¿El «Déjalo todo y sígueme» se refiere a mi?

A lo largo de los siglos donde ha vivido el hombre le ha parecido que el momento de su vida es el más difícil que el de otros tiempos. Si hubiéramos vivido hace un siglo, todo sería diferente. El agua estaba más limpia, el aire era más transparente y la gente vivía creyendo en Dios. Siempre pensamos de esta manera, encadenados como estamos a estos pensamientos y, así, permanecemos inactivos.
Estamos seguros de que todas las cosas importantes que podrían suceder, ya han sucedido antes que nosotros.
Y vivimos al ralentí: rezamos poco, leemos poco, hacemos algunas cosas sin demasiado esfuerzo, sin romper nuestros hábitos, sin cambios significativos en nuestras vidas tranquilas.
«Déjalo todo y sígueme». ¿Estas palabras a quién van dirigidas? ¿A los apóstoles? ¿A los santos? ¿A los consagrados o consagradas? No, estas palabras se dirigen también a mi pero leo el Evangelio y desecho lo que no me gusta. Tomo la Palabra de Dios tal como está escrita con todo lo que me ofrece alegría y todo lo que puede condenarme.
Imagino que alguien me llama por mi nombre. ¿Permanezco en silencio o, por respeto, respondo a quien se dirige a mi? Si el Señor se dirige a nosotros, ¿por qué permanecer en silencio sin responder con nuestra vida, con nuestras obras y nuestras acciones?
La historia te enseña que aquellos que respondieron a la llamada de Dios nunca se quejaron. Que el sol no siempre brillará, que un día la muerte aparecerá en mi vida y que, después de la muerte, existe otra vida donde los valores son diferentes de lo que ahora valoramos. Que las palabras de Cristo son la piedra angular de su enseñanza en los Evangelios porque es la manera de conocer la voluntad de Dios. Que todo en la vida es imposible sin tener a Cristo porque Él vive dentro de cada uno cuando tomamos la comunión.
Por eso el centro de nuestra vida no es el dinero, ni el prestigio, ni la salud, ni un cuerpo perfecto, ni… sino la Eucaristía, que es nuestra acción de gracias a Dios por nuestra vida y la unión con Él en el sacramento de la Sagrada Comunión.
«He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo». Esta promesa se cumple especialmente cada vez que el Señor Jesús se hace presente de manera real bajo la apariencia de pan, en el sacramento de la Eucaristía, Misterio de misterios, el auténtico don del amor de Dios cada uno.
«Déjalo todo y sígueme». La Eucaristía no sólo es la plenitud de nuestra vida cristiana es la fuente de donde brota toda su vitalidad para, desprendidos de todo, vivir unidos en humildad y sencillez con el que es por si mismo el auténtico Amor.

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¡Señor, que no olvide nunca que la raíz y el centro de mi vida personal y espiritual es el Santo Sacrificio del Altar! ¡Que la Santa Misa se convierta, Señor, en el centro de mi vida interior para estar contigo y abandonar mi mundanalidad y todo lo que no es importante para mi crecimiento personal y espiritual! ¡«Déjalo todo y sígueme», me pides Señor; ayúdame a conseguir que la Eucaristía sea la raíz de mi vida interior para hacer de mi jornada un acto de culto cotidiano, una manera de santificar mi día, mi trabajo, mi relación con mi familia, con mis amigos y los que me rodean, para luchar por mi vida interior, para desprenderme de lo que no es importante, para hacer de mi existencia una vida de oración! ¡Señor, tu de donas por completo en la Eucaristía, para que podamos tenerle cerca movido por tu gran Amor, que así sea también mi vida! ¡Me pides, Señor, el «Déjalo todo y sígueme» y lo quiero hacer ofreciéndote toda mi vida, todas mis obras cotidianas, todo lo que soy y lo que poseo, toda mi inteligencia, toda mi voluntad, todo mi entendimiento, todo mi trabajo, todas mis ocupaciones, todos mis anhelos, todas mis preocupaciones, todos mis seres queridos, todas mis caídas y todos mis sufrimientos! ¡Todo, Señor, lo pongo a los pies del altar para que lo santifiques y los renueves! ¡«Déjalo todo y sígueme» me pides, Señor, y por esto te pido que me ayudes a desprenderme de mis egoísmos para ser un alegre alma de Eucaristía!

En este primera día de octubre nos unimos a la petición del Santo Padre Francisco que nos  pide orar durante el mes por la misión de los consagrados y las consagradas, para que “despierten su fervor misionero y estén presentes entre los pobres, los marginados y con los que no tienen voz”.

Que delicia es tu morada, le decimos a Jesús con este Motete a cuatro voces mixtas con acompañamiento de órgano y arpa de Camille Saint-Saëns:

 

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Un comentario en “¿El «Déjalo todo y sígueme» se refiere a mi?

  1. Se refiere a todos-as, tan sólo que la opción es libre. Si, Jesús no impone ni coarta la libertad. Sugiere, aconseja y propone, un proyecto de Amor, que edifique el Reino querido por Dios.

    Para Jesús, el seguimiento a él, no está sujeto a parámetros de cálculo interesado, estrategias de poder, pactos y conveniencia.

    No hay alternativa al Amor ni sucedáneos para paliar la falta de compromiso; con Jesús es claro aquéllo de: “o lo tomas o lo dejas”, sin nostalgias que miren atrás y piensen: todo tiempo del pasado, fue mejor. No es verdad, creer que todo está perdido y no hay nada que hacer.

    Cambian las formas y maneras, los usos y costumbres, criterios y mentalidades, en definitiva, el escenario donde se desenvuelve la vida de las personas y de los pueblos.

    Y mientras, la llamada de Jesús al igual que su Amor, sigue hoy tan vigente como aquél lejano día, en que paseando por el lago Galilea, se escuchó en el aire, la llamada definitiva, que hizo un joven desconocido:
    ¡Eh, vosotros, seguidme, venid conmigo, os haré pescadores de hombres! ¿Y las mujeres? Nunca fueron ignoradas por Jesús. Un día, después de Resucitado, les dirá: “¡Id a mis amigos, decidles que vayan a Galilea, que allí me verán!”.

    Raudas, palpitando su corazón de Amor, llenas de júbilo, fueron las primeras en anunciar, que Jesús no estaba allí, donde los muertos yacen, sino que ellas le habían visto y escuchado Vivo.

    Y si esto es así, la apuesta que debemos hacer, bien merece un SI sin otra credencial, que hacer vibrar de Amor, nuestra entrega a la llamada de Jesús.

    Laicos-as del Siglo XXI, es hora, ha llegado como nunca antes, nuestro tiempo y respuesta a Jesús, que nos sigue diciendo:

    ¡Eh, vosotros-as, seguidme!
    Hay mucho por hacer, muchas heridas que sanar y sufrimiento que aliviar, mucha vida que dar, muchas alegrías que compartir, mucha Esperanza que alentar.

    Miren Josune

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