La amenaza de la soberbia

A medida que van pasando los años y el poso de la vida se va asentando en tu corazón comprendes muchas cosas. Si, además, tienes fe y esperanza, no te importa quién esté de tu lado o contra ti porque tomas consciente de que lo importante es que Dios ocupe todos tus pensamientos y tus acciones, algo que uno olvida con frecuencia. Si eres capaz de hacer las cosas bien y de mantener tu conciencia en orden, sabes que estás cumpliendo con la voluntad de Dios y que Él, ante las situaciones inciertas, te defenderá…
El tiempo también te enseña a callar; y desde el silencio aprendes a sufrir a sabiendas de que con ello también recibes la ayuda de Dios. Uno no puede dudar nunca que el Padre sabe cuando, cómo y de que manera puede librarte de lo que te hace sufrir y te provoca dolor. El abandono en Dios es una liberación, te ayuda a crecer humana y espiritualmente y te libera de toda humillación.
Otra enseñanza es que cuando tienes un corazón soberbio, o al menos la soberbia trata de envolverte, la mayor humildad es que el prójimo sepa de tus errores, de tus faltas y de tus debilidades y que, encima, te las reprochen. Eso te permite reconocer con profunda humildad tus propias faltas, lo que no resulta sencillo.
Las páginas del Evangelio son una exaltación constante a los humildes de corazón; la protección de Dios va dirigida a los sencillos de corazón, a los hombres de corazón humilde. Es a los que más ama, a los que más consuela, sobre los que más vierte su misericordia. Incluso, se podría decir, Dios se reclina ante el humilde para ofrecerle su gloria.
Y cuando tienes todo esto presente —¡pero no en la teoría, sino en la práctica!— entiendes que no avanzas en la vida y que nos has hecho ningún progreso, si crees que eres más que el que tienes al lado, que eres superior a tu semejante, que tienes más capacidades que tu prójimo.
La vida es una invitación constante a no ser nada para serlo todo a los ojos de Dios y de los demás. Y eso solo pasa por el camino de la humildad, senda tan difícil de transitar que exige mucho desprendimiento del yo. ¡Cuanto tengo, entonces, que descargar!

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Mi oración de hoy es la plegaria de la humildad, del cardenal Merry del Val, que cada mañana rezo para pedirle al Señor humildad:

Jesús manso y humilde de Corazón, -Óyeme.
(Después de cada frase decir: Líbrame Jesús)
Del deseo de ser lisonjeado,
Del deseo de ser alabado,
Del deseo de ser honrado,
Del deseo de ser aplaudido,
Del deseo de ser preferido a otros,
Del deseo de ser consultado,
Del deseo de ser aceptado,
Del temor de ser humillado,
Del temor de ser despreciado,
Del temor de ser reprendido,
Del temor de ser calumniado,
Del temor de ser olvidado,
Del temor de ser puesto en ridículo,
Del temor de ser injuriado,
Del temor de ser juzgado con malicia

(Después de cada frase decir: Jesús dame la gracia de desearlo)
Que otros sean más amados que yo,
Que otros sean más estimados que yo,
Que otros crezcan en la opinión del mundo y yo me eclipse,
Que otros sean alabados y de mí no se haga caso,
Que otros sean empleados en cargos y a mí se me juzgue inútil,
Que otros sean preferidos a mí en todo,
Que los demás sean más santos que yo con tal que yo sea todo lo santo que pueda,

Oración
Oh Jesús que, siendo Dios, te humillaste hasta la muerte, y muerte de cruz, para ser ejemplo perenne que confunda nuestro orgullo y amor propio. Concédenos la gracia de aprender y practicar tu ejemplo, para que humillándonos como corresponde a nuestra miseria aquí en la tierra, podamos ser ensalzados hasta gozar eternamente de ti en el cielo.
Amén.

Canto a la humildad:

 

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