Con la Alegría de los afligidos

Celebramos hoy la festividad del día de la Madre de Dios, Alegría de los afligidos. La primera imagen que me viene a la mente es cuando María partió hacia una ciudad de las montañas de Judá para visitar a su prima santa Isabel. Y las palabras de la anciana a María: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?». ¡Que emotividad comprender la profundidad de estas palabras que brotan del corazón!
Y es que la Virgen, la Madre, la esclava del Señor, la humilde entre las humildes, la sencilla doncella de Nazaret, es alegría de los afligidos, la que acude en pos del necesitado. De los que su vida está marcada por la brutalidad de la humillación, de los abusos de los poderosos, de la enfermedad. De los que viven con una discapacidad física o mental. De los que conocen una adicción. De los que no encuentran su lugar en el mundo. De los padres que asumen las dificultades de sus hijos. De los matrimonios que viven el desgaste de los años de convivencia. De los que viven con la angustia de perder sus empleos, de los que no tienen techo donde cobijarse, de los que no tienen familia. De los que su corazón está lleno de heridas causadas por la vida. De los que están rotos de desamor, de comprensión, por las injusticias cometidos con ellos… ¡Hay tantos afligidos en el mundo!
Pero ahí está María, consoladora de los afligidos, ¡alegría de los afligidos! Que conduce a los que sufren al Padre amoroso por medio de su Hijo.
¡María, alegría de los afligidos! Y así la siento porque por medio de Ella comprendes que Cristo invita a todos a seguirle en una presencia rica en misericordia. Es por su gracia que todos somos salvos. Es en los que sufren que Cristo se identifica. Es a través de los rostros sufrientes y de los corazones rotos que Cristo se revela a si mismo.
Y entonces recuerdas las palabras de Jesús desde el madero santo: «¡Aquí tienes a tu Madre… Aquí tienes a tu hijo!». Y por medio de María observas como la misericordia del Padre, la compasión del Hijo y la fuerza del Espíritu Santo hacen que las cosas tengan sentido y ayudan al ser humano a descubrir su grandeza y dignidad. Y María te revela a ese Dios que está tan cerca, un Dios que agarra el peso de nuestra humanidad, un Dios que calma, que da paz y sosiego en el sufrimiento. Entonces, comprendes mejor lo que significa estar en peregrinación. Es salir de uno mismo e ir al otro. Es decidir vivir un encuentro con el que el Señor nos da y pone en nuestro camino de la humanidad. A partir de este encuentro, de la constatación de que la vida comporta la cruz, un exceso de vida se manifiesta en cada uno, algo se mueve en el interior. Pero ahí está María, alegría y consoladora de los afligidos, que ilumina nuestra fe para que los interrogantes ante el sufrimiento no se queden en una respuesta vacía. El dolor y el sufrimiento exprimen el corazón constantemente. Pero ahí está María Santísima, la Madre la Consoladora de los afligidos, cuyo anhelo no es más que endulzar cada amargura y alivia cada dolores si le abres el corazón y le permites la cura.
María toma cada una de nuestras aflicciones y las hace suyas; toma cada uno de nuestros dolores y se los apropia. En sus manos y con una sola mirada, llena de amor, de ternura, de dulzura y de piedad la Madre serena cualquier corazón diezmado por le sufrimiento y suaviza las adversidades más profundas que nos invaden.

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¡María, Madre buena, cercana con los que sufren, alegría de los que padecen, consuelo de los sufren, danos mucha fe para soportar las dificultades! ¡Quiero compartir tu alegría para superar las pruebas de la vida! ¡Te pido que me mires y eres a los que acudimos a Ti con confianza para que alivies nuestros pesares, hagas menos pesadas nuestras cargas, des mucha serenidad a nuestros corazones afligidos, llenes de paz nuestro interior, te apiades de nosotros en cada momento que aflore la amargura! ¡Acompáñanos, María, en el caminar por esta vida y llévanos con confianza hacia el cielo! ¡Ayúdame cada día a afrontar como lo hiciste Tu las dificultades del día a día y a vivir confiado, alegre y esperanzado cogido de tu mano!

Hermosa la vi, le cantamos hoy a María:

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