La mirada del amor…

Hay momentos en la que vida en que te das cuenta de que te vas quedando atrás sin aportar nada nuevo, sin ofrecer nada relevante, perdido entre mil quehaceres sin sentido, pasando el tiempo con distracciones inútiles que nada aportan. También intentas huir de lo que duele, de lo que te hace sufrir, de lo que te incomoda. Hay momentos que estás en el desierto y en la soledad, en la nada, comprendes que tu vida no tiene sentido sin una entrega auténtica. Pero, ¿cuál es el problema?
El problema es que te sientes bueno, generoso, entregado pero, en realidad, no eres tan fantástico como crees. Y observas que no tienes nada que ofrecer al prójimo, que no te involucras ni preocupas por el que tienes al lado. Solo te importa lo tuyo, lo inmediato, lo que te afecta y te incomoda.
Cuando no eres capaz de ser, no puedes ofrecer generosidad. Si no estás capacitado para amar, es imposible que puedas dar amor. Si vives encerrado en tu «mundo mundial» creas un muro protector de hormigón a tu alrededor. Si no eres capaz de lanzar un mensaje de necesidad es imposible que te acerques al otro para ofrecerle ayuda.
En estas circunstancias no puedes aplicar a tu vida el primer mandamiento porque es imposible amar al que tienes cerca sin primero aprender a amarte a ti mismo. No puedes valorar al prójimo si antes no has descubierto tus propios valores. No puedes contemplar al otro con amor si siempre rehusas las miradas ajenas. No eres capaz de sonreír si eres incapaz de acoger la sonrisa de otro.
Y entonces comprendes que el amor a Dios y al prójimo son inseparables y que la figura de Jesús y todo su misterio conforman la unidad del amor de Dios y del otro. Que el amor no es un mandato sino un don, una realidad que Dios quiere que experimentemos para aprender a querer siempre y mirar al otro no sólo con nuestros ojos sino con la mirada de Dios, que es la mirada de Jesucristo, la mirada del amor.

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¡Señor, haz que mi mirada este fija en las personas que tengo cerca, para que pueda verlos a cada uno como los ves tu, con su dignidad, con sus errores, con sus valores, con sus cosas buenas! ¡Que no solo vea sus defectos ni sus apariencias sino el amor que sientes por ellos! ¡Permíteme, Señor, que en cada persona sea capaz de ver al prójimo tal y como lo ves tu, como un hijo al que amas profundamente! ¡Permíteme, Señor, escuchar al prójimo todas sus necesidades y sus lamentos, y hacerlo como lo haría tu con profundo amor, con ternura, con misericordia, con generosidad y con compasión para poder comprenderlos, amarlos y dar plenitud a sus necesidades! ¡Sobre todo, Señor, permíteme que comprenda a las personas que tengo cerca para servirles mejor, para amarlos más, para quererlos con el corazón abierto, para volver mi corazón hacia ellos, para no hacerles sufrir, para supeditar mi yo a sus necesidades, para ser paciente, misericordioso, generoso y amoroso! ¡Ayúdame a estar unido a ellos para estar unido a ti por siempre y para siempre!

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