¿Quién no ha sido humillado alguna vez?

¿Quién no ha sido humillado alguna vez? La mayoría de las humillaciones te llegan cuando tu alma no está preparada. Y, tal vez por eso, según las circunstancias, esta experiencia provoque tanto desgarro y dolor.
Pero una humillación puedes revertirla para que de frutos. Recibir una humillación cerca del Señor es menos dolorosa que si estás alejado de Él.
Hay una máxima incuestionable. Quien humilla es, habitualmente, alguien con un corazón frío, egoísta, soberbio y mezquino. Es alguien que disfruta menospreciando al prójimo. Al ridiculizar al otro le hace creerse superior. Pero quien así actúa tiene el corazón enfermo y el alma en encefalograma plano porque la amargura, ese cáncer de los corazones soberbios, le aplaca. Además, quien humilla necesita del escenario público para dar mayor realce a la imposición de sus criterios.
Cuando recibes una humillación Dios te invita a volverte humilde. Es Él quien permite las humillaciones porque Dios está siempre detrás de cualquier suceso feliz o triste que acontece en la vida del hombre.
Al recibir una humillación no puedes mirar más que la figura de Cristo, el que siendo Dios se humilló por amor hasta la muerte en cruz; el que, pudiendo cambiar los acontecimientos, acepto todas y una de las humillaciones recibidas para cumplir con la voluntad del Padre. PEñ que a pesar las crueldades recibidas no se amargó ni envenenó su espíritu y lo transformó todo en amor, ternura y serenidad interior! Pero también, mirar la figura de María, la que se humilló para ser enaltecida ante los ojos de Dios.
La reacción, nunca sencilla, ante una humillación es la humildad, la sencillez y la caridad. Tratar de ser consciente de que en la humillación recibes la bendición de Dios. Toda humillación debe verse desde el prisma de la voluntad del Padre que es quien, en definitiva, permite que tengan lugar para el bien del alma humana. Entenderlo es difícil pero también lo es comprender la muerte humillante de Cristo en la Cruz, símbolo de amor y de reconciliación. ¡Y cuántos frutos han supuesto para la humanidad!

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¡Señor, por encima de todo enséñame a transformar cualquier humillación o desprecio en un acto de amor, de serenidad interior y de ternura! ¡Señor, tu has cargado con nuestras dolencias y dolores a pesar de que te hemos castigado y humillado y de que nuestras faltas y pecados te han aplastado, sin embargo tus llagas, tus heridas y tu muerte en cruz, humillante a los ojos humanos, nos han sanado del pecado! ¡Hoy te pido, Señor, la humildad para aceptar cualquier humillación! ¡Hoy te pido que ninguna humillación me vuelva vulnerable! ¡Te pido, Señor, que con tus llagas sanes mi corazón y destruyas cualquier atadura que provoque en mi interior dolor, sufrimiento, egoísmo, frustración o soberbia! ¡Permite, Señor, que abra mi corazón para que lo llenes con tu amor y que tu gracia ilumine a quienes me han humillado o despreciado! ¡Serena mi corazón, Señor, y hazlo proclive al perdón y al amor! ¡Señor, que cada humillación sea la ocasión para transformar mi alma y no envenenarla, para cambiar mi corazón y hacerlo más constructivo! ¡Concédeme la gracia de entregarme siempre a Ti para entender que mi entrega puede ser transformar cualquier padecimiento en un canto de amor!

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