Llenarse del espíritu de paz

Desde hace varias semanas me encuentro en Asia central por razones laborales. Me toca transitar por parajes desérticos en los que te encuentras pastores solitarios, pequeñas comunidades de campesinos pobres materialmente pero ricos en experiencias de vida, nómadas que transitan con sus enseres por los caminos llenos de polvo y de frío.
Ayer montamos nuestro campamento de trabajo junto a un aldea de pastores. Al llegar, el más anciano de los hombres, un individuo con un rostro que traslucía gran sabiduría y bondad, se dirigió a nosotros con estas palabras: «Os damos la bienvenida y os queremos llenar de nuestro espíritu de paz, concordia y acogimiento».
¡Palabras que nacían del corazón! La paz que transmitía este hombre era una paz nacida del Espíritu. Esa frase dejaba constancia que su paz, siendo creyente o no, es una paz que transita en armonía con la creación, consigo mismo e, incluso, sea creyente o no, con el mismo Dios. Una paz en concordancia con la vida fraterna, el deseo del corazón de acoger.
Por la noche la comunidad organizó una sencilla cena con productos tradicionales, bailamos danzas tradicionales tayikas y a luz de la noche escuchamos historias del más ancianos de la comunidad.
Y uno piensa: ¡Cómo olvidamos estas experiencias de fraternidad en las sociedades avanzadas, en el núcleo familiar, en el entorno socio laboral, en la propia vida interior porque nuestras vidas están marcada por el frenesí, por el correr, por las tensiones por alcanzar el máximo bienestar!

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¡Señor, mi enseñanza de ayer es que la paz que nace del espíritu, como te ocurrió a ti, que eres el Príncipe de la Paz, es la paz de la entrega! ¡Tu nos enseñaste, Señor, que habiendo llegado tu hora te dispusiste a dar libremente tu vida en la cruz, y nos diste tu paz durante la Última Cena! ¡Y esta paz, Señor, que nunca pasará la tengo que llevar siempre a los demás! ¡Que aprenda, Señor, que la paz de la restauración del hombre, del cumplimiento de la creación, de la armonía restaurada por tu Padre, de la relación perfecta entre el hombre y Dios, sellada por tu sangre, es mi misión llevarla al mundo! ¡Ser transmisor de paz! ¡Que no olvide jamás, Señor, que los dones de la paz y del Espíritu van siempre unidos! ¡Que no olvide pronunciar nunca esta frase tan hermosa de la paz sea contigo para que el otro reciba tu Espíritu, el Espíritu que nos conduce al Padre, el Espíritu que es luz que enciende y fortalece para lanzarlo al mundo sin miedo al que dirán o los ataques del enemigo del hombre, el demonio! ¡Ayúdame a ser transmisor de paz para construir entornos de amor, reconciliación, perdón y misericordia! ¡Que no olvide, Señor, que el Espíritu de paz se asienta en la iglesia que es la gran asamblea de las personas resucitadas por ti! ¡Que no olvide, Señor, debo ser templo de paz para la gloria de Dios Padre! ¡Que ame esa paz que tu siempre nos das, esa paz que es suelo fértil, lugar interior del pacto de Dios con cada uno de nosotros! ¡Concédeme la gracia de ser transmisor de paz para que en el mundo se cumpla la voluntad de Dios, para ser fiel a la misión que tu nos has encomendado: la salvación de todos los hombres!

Música caucásica para acompañar la meditación de hoy:

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