Servidor y pacificador

Ayer en el grupo que estamos trabajando en la estepa de la gran cordillera del Pamir, en Asia Central, hubo grandes diferencias de criterio por la manera de proseguir la técnica de trabajo. Dos personas de fuerte carácter llegaron a la descalificación personal pero el más joven del grupo apaciguó los ánimos. Fue una respuesta a la búsqueda de la reconciliación entre seres humanos. No era fácil porque el trabajo en situaciones extremas no siempre es sencillo. Antes de cenar, le dije a este hombre que había ejercido un excelente trabajo de pacificación. Pero soy consciente de por qué lo logro: porque es una persona con un gran corazón que piensa siempre en el bien de los demás.
Ser servidor del prójimo te permite ser un buen pacificador. Es en paz que se siembra justicia. La paz, la armonía o la avenencia personal es un bien común, una riqueza común, que solo podemos disfrutarla juntos. Nadie puede poseerlo en detrimento de los demás. Nadie puede hacerlo si se le priva al otro. Buscar la paz, construirla, es convertirse en servidor.
Para transmitir paz hay que ser un buen artesano de la bondad y del amor. Creo que era San Agustín el que decía que la paz es la tranquilidad del orden. Cuando todo está en su lugar, cuando todo crece en su orden correcto, cuando la vida se desarrolla de acuerdo con su verdadera plenitud, entonces solo reina la paz. Ser alguien que pacifica es, ante todo, hacer justicia, poner todo en su lugar correcto, en su lugar verdadero. De esto somos todos responsables dondequiera que estemos.
Servir a quien tienes a tu lado es un don que, por desgracia, está perdiendo todo su sentido porque en el mundo priva la individualidad. Visto desde una perspectiva trascendente servir al prójimo es servir también a Dios que es quien da vida y existencia a todas las cosas. ¡Ójala algún día pudieran decir que soy un digno sirviente del que se acerca a mi!

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¡Señor, hazme un instrumento de paz! ¡Concédeme la gracia de apaciguar mi carácter, hacerlo humilde y sencillo, buscar siempre la necesidad el otro antes que la mía, no hacer que me pese tanto el egoísmo, entregarme sin quejarme, dar la vida por el otro sin exigir nada a cambio, abrir mi corazón al que lo necesita, detener mis exigencias, aparcar mis necesidades, sembrar amor a mi alrededor! ¡Señor, hazme un instrumento de tu paz! ¡Haz, Señor, que mis manos tapen heridas, curen corazones, consuelen tristezas! ¡Tu que has sanado tantos corazones, que me has consolado tanto, que me has dado tanta paz, que me has llevado a volandas cuando estaba caído, si tu lo hiciste por mi que soy pequeño, frágil y egoísta concédeme la fuerza, la sabiduría y el amor de hacerlo por los demás! ¡Señor, hazme un instrumento de tu paz! ¡Hazme alguien que no ponga límites al amor al entregarse al prójimo, que sea capaz de unir en lugar de desunir, de calmar los corazones divididos pero hacerlo con amor y no con la fuerza, sin tratar de imponer argumentos vacíos sino que contengan la fuerza de tu Palabra! ¡Señor, hazme un instrumento de tu paz!

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