¿Estás orgulloso de mí, Jesús?

Cuando te acuestas por la noche el examen de conciencia es un repaso minucioso a tu comportamiento en la jornada. Es poner en el libro de la vida el repaso de tus acciones buenas y malas. Ser consciente de que cada caída es una oportunidad para levantarse. Para no desfallecer. Para seguir adelante. Para poder ganarme la alabanza de Dios por aceptar su voluntad. Para hacer de mi existencia un acto de amor al Padre. Para no desfallecer en el seguimiento de Jesús. Para cumplir, sin remilgos ni excusas, su Voluntad.
Ayer al cerrar los ojos solo pensaba en sí Jesús puede estar orgulloso de mi. Si el rol que me ha asignado en este vida lo cumplo conforme a su voluntad. Si a pesar de mi pequeñez puedo escribir con letras de oro en el libro de mi vida. Si todo lo que hago es verdaderamente por amor, por amor a Él y a los demás o no soy más que un títere que se mueve al albur de los intereses personales, de los aplausos ajenos.
Al cerrar los ojos solo espero que Jesús pueda estar orgulloso de mi porque mi oración es sencilla y humilde pero honesta, abierta al amor; porque mi vida es testimonio del Evangelio que Él nos dejo; porque mis comportamientos, mis palabras, mis sentimientos son un reflejo de su presencia en el mundo; porque no me dejo llevar por el qué dirán o el qué pensará de mi; porque mi participación en la Eucaristía es un canto de amor al misterio de su Pasión; porque estoy dispuesto a cumplir su Voluntad para gloria de Dios.
Al cerrar los ojos la pregunta que revolotea sobre mi es: ¿Puedes estar orgulloso de mí, Señor?

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¡Señor, es tu misericordia la que me sostiene cuando pienso que voy a caer! ¡Concédeme la gracia, Señor, de tener la capacidad de escucharte en lo profundo de mi corazón, con el alma abierta y dispuesta a entregarme a Ti, con el corazón dócil a tu voluntad y siempre abierto a las inspiraciones que vienen del Espíritu Santo! ¡Señor, no puedo caminar solo por la vida, necesito de tu ayuda y de tu entrega, necesito de la fuerza que viene de tu Santo Espíritu y del poder de acoger con humildad cada una de las gracias que me regalas! ¡Señor, no permitas que me desvíe del camino porque quiero que te sientas orgulloso de mi; no quiero que por mis debilidades te abandone y te niegue! ¡Concédeme, Señor, la gracia de dejarme conducir por tu gracia! ¡Señor, hazme consciente de mi pequeñez, de que soy un pecador, de que mis faltas me alejan de ti, por eso pido al Espíritu Santo que me dirija, me de la luz y me guíe por el camino del bien! ¡Señor, quiero serte fiel, quiero confiar siempre en Ti, quiero cumplir tu voluntad! ¡Señor, soy plenamente consciente de que seguirte a Ti implica entregarse por completo, sacrificando muchas cosas de las que me apetecen pero no me convienen, ayúdame a despojarme del egoísmo que me cubre, del orgullo que me mata y de todos aquellos defectos que me impiden entregarme a Ti por auténticamente! ¡Señor, en ti confío!

Un pequeño Dios nacerá, canto de Adviento:

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