Conciencia de que caminas junto a Dios

Después de cenar en un restaurante, invitado por mi anfitrión en el país, caminaba bien entrada la noche por Tashkent, la capital de Uzbekistan, donde me encuentro por razones laborales. El frío era intenso superando con creces los cero grados. La ciudad estaba desierta. Aunque me ofrecieron acompañarme hasta el hotel preferí caminar la media hora larga que había desde el restaurante para respirar la ciudad. Me coloqué los auriculares del iPhone para disfrutar del hermoso concierto en mi menor para violín de Mendelssohn. Solo, por las avenidas estrechas de la ciudad, en el silencio de la noche, en el frío penetrante del invierno de Asia Central, en la seguridad de una ciudad tranquila, tome conciencia de mi libertad. Conciencia de que caminas al albur de Dios. Caminas en total libertad, con la serena despreocupación de que nada puede ocurrirte. Avanzas sin mirar atrás. Sigues adelante sin que nada te detenga. Que cada paso es un proceso de transformación interior. De que todo lo tienes por Dios. Y te preguntas: ¿qué me inmoviliza y por qué en la vida? ¿Qué comodidades me llevan a instalarme en el inmovilismo? ¡De que cosas poco importantes depende mi vida? ¿A qué cosas estoy atado? ¿Que elementos me privan de libertad, tanto interior como exterior?
Y cuando vislumbraba a lo lejos la silueta del hotel donde me hospedo, pensaba: «Ya me queda poco para llegar». La vida es un camino, un camino que puedo caminar con miedo o con esperanza, con desasosiego o con confianza, con tranquilidad o con inquietud, con pesadumbre o con alegría, con serenidad o con desazón. La clave es no detenerse, ponerlo todo en manos de Dios, para ir transformándote con cada paso que des.

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¡Señor, tu conoces mi pequeñez, mis debilidades, mis ataduras, aquello de lo que me suelto, mis inconsistencias y mis tonterías y te las entrego todas para que las transformes! ¡Señor, no soy más que polvo y ceniza que se lo lleva el viento y sin embargo quieres que de fruto, que sea luz, que sea sal para la tierra! ¡Señor, ayúdame a caminar en la libertad de ser hijo tuyo cumpliendo tu voluntad y los planes que tienes pensado para mi! ¡Señor, soy pecador y me quieres santo! ¡No soy nada y me quieres instrumento de tu misericordia, de tu amor, de tu Palabra! ¡Señor, soy poca cosa y quieres que me transforme en uno contigo! ¡Señor, tu eres pan y vino, cuerpo y sangre, pero yo no soy digno de entrar en tu casa! ¡Pero te amo tanto, Señor, que quiero caminar por la vida consciente de que me amas, de que me transformas con cada paso que doy, de que eres mi esperanza, de que eres mi salvador, de que me sanas, de que eres libertad, de que eres el amor absoluto! ¡Señor, confío en ti, espero en ti! ¡Transforma, Señor, mi vida con la ayuda del Espíritu Santo, manténme cerca de Ti al tiempo que vas transformando la sociedad y los corazones humanos! ¡No permitas, Señor, que nada me quite mi libertad interior porque todo lo puedo contigo!

Aleluya, canto de Adviento:

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