Absorto ante el pesebre

Ayer miraba absorto un pequeño pesebre que estaba en el escaparate de una tienda dando preponderancia al sentido de la Navidad, no del consumismo que nos invade. Me admiraba no por su belleza, sino por lo que trasluce en si mismo el portal de Belén. ¿Cuál es la gran paradoja del tiempo navideño? La figura de un niño nacido casi a la intemperie, envuelto en pañales, acompañado de unos padres agotados por el cansancio de un largo viaje y recostado en un pesebre. Vuelves ligeramente la mirada y en un extremo del pesebre hay cuatro pastores con sus ovejas observando a un ángel que les ofrece estas claves para que puedan reconocer al Dios hecho Hombre.
Me pongo en la tesitura de aquellos hombres, al que se les anuncia el nacimiento del Mesías, cuando en aquel tiempo la divinidad se representaba con grandes signos. Sin embargo, allí está ese Niño frágil en un Belén. ¡Que manera tan hermosa tiene Dios de hacer las cosas! ¡Manifestarse ante la humanidad como un niño desvalido, en un lugar casi indigno porque no hay lugar para ellos en ninguna posada! ¡El Rey de Reyes manifestándose en la pobreza del mundo!
Y no puedes más que dar gracias a Dios; darle gracias y bendecirle porque sabes que Él se aparece en lo cotidiano de la vida, en lo sencillo de la jornada, en la simple existencia de cada día. Dios está en todo, en lo grande y maravilloso, pero sobre todo en lo cercano de nuestras vidas, en nuestro ahora permanente, en la simplicidad de nuestro vivir, en la pequeñez de nuestro entorno. Y, esto que parece obvio, es cada año una novedad para el corazón del hombre.
Miro el pesebre y me surge decirle al Dios-con-nosotros: «Señor, mío y Dios mío, cuyo primer hogar fue un pesebre, no permitas que me deje llevar por las cosas materiales sino por la sencillez de la vida; tu que llegaste como monarca para traer la paz, hazme un instrumento de tu paz allí donde vaya; Tu que eres el Señor de Señores y tu reino es el del servicio, hazme servidor de todos para transformar el mundo a imagen y semejanza tuya. ¡Gracias, Padre, porque te puedo encontrar en lo cotidiano de mi vida!»

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¡Gracias, Padre, porque te puede hallar en lo cotidiano de mi vida! ¡Concédeme la gracia de hacerme siempre pequeño para parecerme cada día más a Ti! ¡Soy de barro, Señor, pero un barro al que tu aliento divino de vida eleva sobre toda la creación! ¡Este barro, Señor, simboliza mi condición de hijo tuyo pero también mi propia fragilidad! ¡Te contemplo, Señor, recostado en el pesebre, sencillo y humilde, y te pido la gracia de parece a ti! ¡Señor, soy consciente de que mi camino de crecimiento personal pasa por hacerme pequeño, por reconocer mi debilidad! ¡Allí donde no soy nada, Señor, tu lo eres Todo porque tu gracia me basta, porque tu fuerza se manifiesta en mi pequeñez! ¡Solo me basta contigo, Señor, con tu gracia! ¡Ayúdame a poner cada día mi fragilidad, mi pequeñez y mi debilidad ante los pies de tu cuna, Señor, abierto a tu docilidad, para que todo se abra a tu acción amorosa! ¡Me postro ante el portal, Señor, y te alabo por la grandeza de tu amor y me complazco en mi pequeñez porque quiero aceptar ante Ti, que eres el Rey de Reyes, el Señor de Señores, lo que realmente soy y mi entrega total, mi disponibilidad absoluta para que obres en mi corazón, lo transformes y lo llenes de tu gracia! ¡Señor, miro el portal donde te hayas recostado en la cuna y no puedo más que dar gracias por el misterio de verte encarnado en la debilidad humana! ¡Gracias porque eres el Dios encarnado y esto me llena de gran esperanza porque va unido también a mi salvación! ¡Gracias, Señor, por tan grande gesto de amor!

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