Lo que María ha vivido para la eternidad, yo quiero vivirlo en el presente

Cuarto sábado de diciembre, a dos jornadas del día de Navidad, con María en el corazón. Unido entrañablemente a la Virgen, que dará a luz un hijo al que pondrá por nombre Jesús. Él será grande, será llamado Hijo del Altísimo. Un sublime acto de Dios para encajar en la historia de los hombres.
Es un anuncio alegre porque es el amanecer de la salvación. La primera luz que viene a superar la noche. Es el misterio que nos permite admirar la Encarnación de la Palabra eterna de Dios. La palabra se hace carne y Él viene para vivir entre nosotros.
Pero esto no sucede de una manera sencilla. El ángel anuncia que la Virgen concebirá el espíritu. El mismo espíritu que originalmente flotaba sobre las aguas. Y el ángel está esperando la respuesta de María porque debe volver a quien lo envió con un respuesta.
Esta respuesta de María el mundo entero la está esperando porque de la palabra de María depende el alivio de los desafortunados, la redención de los cautivos, la liberación de los condenados, la salvación de todos los hijos e hijas descendientes de Adán, caídos por el pecado original. Una breve respuesta de María es suficiente para recrear la vida misma.
María cuenta con el favor de Dios. Nada es imposible para Él, dice el ángel.
María es el vínculo entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Entre el antiguo y el nuevo pacto. A través del sí de María hay una alianza entre Dios y el hombre para que la salvación brille en la tierra. Es con este sí que Jesús viene a nuestro mundo para salvar a los hombres.
Lo que María ha vivido para la eternidad, yo debo vivirlo en el presente. Dar cabida a Cristo en mi corazón, en mi propia vida. Por eso quiero vivir este día como una nueva anunciación. Una nueva Anunciación que me permita escuchar del Señor que quiere venir de nuevo a mi vida, que quiere que lo acepte con el corazón abierto, porque espera que crea y confíe en Él, en su amor y en su misericordia.
Pero antes de este anuncio, el deseo de Dios es que esté preparado, como María, para recibir a Jesús. Por eso, en este día acudo a María para pedirle que me acompañe en la expectativa de la venida de su Hijo. Dejarle un lugar en la posada de mi corazón. Estar listo para abrirle la puerta, para que su luz pueda entrar en mi morada y disipar los rincones de la oscuridad de mi existencia. Estar listo para encontrar el favor de Dios, para responder como María, que soy su siervo y siervo del Señor. Que todo se haga en mi según su palabra.
Que el Señor me ayude a seguir el mismo camino y a tener la misma disponibilidad que María para recibir con alegría la llegada del Emmanuel, el Dios-con-nosotros.

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¡Dios te salve, María, llena eres de gracia! ¡Dios te salve, Madre de Cristo y Madre mía! ¡Te doy gracias por tu sí a Dios, por tu confianza a Dios nuestro Padre, por tu disponibilidad a cumplir su voluntad y sus planes, por tu espíritu de entrega, por recibir con amor la Palabra de Dios en tu vida, por tu fe en el ángel, por tu vivencia del amor en tu interior, por tu humildad de esclava, por tu vocación de servicio, por sencillez y tu amor! ¡Son ejemplos de vida para mí, María, testimonio inquebrantable que me invitan a cambiar, a transformar mi interior para recibir con alegría a Tu Hijo! ¡Gracias, María, porque en la noche de Belén irradia sobre el mundo la luz eterna que es tu Hijo Jesús! ¡Gracias, María, porque me predispones a abrir mi corazón, a acogerte con el corazón abierto y el alma limpia a Ti y a tu Divino Hijo! ¡Hoy María, quiero pedirte por todas las familias del mundo, tan atacada y disuelta por los errores humanos, para que recuperen el valor de su existencia para que cambien sus dificultades, para que enderecen sus caminos, para que ensalcen sus propósitos! ¡Da a todas las familias del mundo, María, la fortaleza inquebrantable de la fe, de la esperanza, del amor, del respeto, de la comprensión, del perdón y de la generosidad! ¡Gracias, María, por tu amor! ¡Todo tuyo, María! ¡Totus tuus, María!

Bendita eres entre todas las mujeres, te canto hoy María:

Un comentario en “Lo que María ha vivido para la eternidad, yo quiero vivirlo en el presente

  1. Creo que el silencio es, dejar la intimidad vacía de obstáculos y de preguntas sin respuestas, un
    espacio para ser habitado.

    Acerquémonos con humildad de corazón y Alegría gozosa, a la contemplación del niño Jesús. Mirar en su humilde pobreza, la carencia y necesidad de tantos hombres y mujeres, multitud de
    niños-as huérfanos-as, del Amor de sus padres. Hagamos de la Navidad, espacio de encuentro fraterno, donde tengan cabida los otros-as, mis hermanos-as.

    Poderles decir de verdad: ENMANUEL: Dios con nosotros.

    Dejar entrar a Dios en nuestra vida, significa saber escuchar su voluntad, la que nos pide hacer en cada situación. De ahí que, el silencio interior y exterior, deja una estancia diáfana, donde la Luz llena de clara transparencia nuestra vida.

    “El pueblo que caminaba en tinieblas, vió una gran Luz”. Los pastores, vieron la Luz en medio de la noche, que les guiaba hacia el humilde cobertizo, cobijo de María y José.

    Necesitamos el silencio que nos ayude a discernir con criterio, los claroscuros de nuestra vida, las incertidumbres y los miedos, todo aquéllo que convierte en “zombis” autómatas y no nos dá opción, para optar por esa Luz, cuya presencia es Jesús.

    Miren Josune.

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