Balance de fin de año

Cerramos un nuevo año en nuestras vidas. Un año que habrá estado repleto de alegrías y sinsabores pero como todos los años bendecido por los tesoros de la sabiduría de Dios, de la misericordia divina, de su poder innegable que ha hecho que todo lo que me (nos) suceda haya sido para mi bien; un año en que todo lo obtenido ha sido por su gracia, don de amor.
En unas horas todo será balance para iniciar una nueva andadura. Un balance que no se resume en los éxitos o fracasos obtenidos, sino en valorar en que ha significado Jesús para mí, y desde Él en qué medida me he dado al prójimo y he sido capaz de amar.
¿Ha sido Él la constante del año que termina? ¿He sido capaz de asimilar sus actitudes, sus sentimientos, sus principios, su Palabra, sus criterios, su amor y su misericordia, su capacidad para perdonar; en definitiva, su escala de valores? ¿Podría afirmar que me he configurado con Cristo en su manera de amar, de servir, de entregarme, de vivir? O mejor dicho, ¿cómo he amado? ¿Cómo me he dado a Él y a los que me rodean? ¿He regado cotidianamente la semilla de mi fe, he dejado encendida la luz de la esperanza, he llenado el cántaro de mi Eucaristía, he abierto las manos de par en par para acoger las necesidades del prójimo? ¿En qué medida he santificado el año que termina? ¿He sido fiel a Dios y a los hombres? ¿He pedido perdón por mis faltas, por mis infidelidades y mis incoherencias? ¿Mi balance de fin de año suma o resta?
En este último día del año quiero aceptar el desafío de Dios a ser santo en mi vida cotidiana, a despojarme de lo que me aparte de Él, a servirle fielmente, a comenzar la nueva andadura transformado en Dios. Lo que fue, ya es; lo que ha de ser, pasó; es hora de despojarme de lo viejo y vestirme con los ropajes del hombre nuevo para renovado en el espíritu caminar a la luz de Dios.

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¡Señor, tu conoces como ha sido mi vida en este año que termina, concédeme la gracia de ser renovado por Ti para comenzar el nuevo año que se avecina! ¡Ayúdame a comenzar el nuevo año santamente, para dar frutos abundantes! ¡Te pido, Señor, perdón por haberte sido infiel, por no haber confiado lo suficiente, por mis debilidades y mis incoherencias, por mi cobardía al afrontar las pruebas, por todo lo que me he alejado de Ti, por mi tibieza en el amor! ¡Concédeme, Señor, la gracia de la santidad! ¡Señor, tu me has sufrido con una paciencia infinita y misericordiosa, has esperado mis síes que tantas veces he demorado por mi orgullo y mi soberbia, dame fe, esperanza y caridad para aceptar tus designios! ¡Tu, Señor, me has colmado de bienes y de oportunidades, gracias por todo lo recibido! ¡Que todas las pruebas pasadas, todos los caminos andados, todas las dificultades vividas, todas las alegrías y éxitos obtenidos sean un canto de alabanza a Ti, Señor! ¡Te pido fe firme, caridad cierta, firmeza en la lucha y permanecer siempre fiel a tu lado, que nada me aparte de Ti, Señor! ¡Me inclino hacia Ti como signo de mi reconocimiento fiel, con un corazón lleno de tu amor y de tu misericordia, solo aspiro a que ser capaz de reconocerte cada día en todo lo que me suceda, en las personas con las que me relacione y en la belleza de cuanto contemple! ¡Que sea capaz de ver en todos los días la grandeza de tu amor!

Fatiga amorosa por el otro

Una madre de mediana edad con cuatro hijos y profesional responsable me decía hace unos días que sentía que su jornada no había sido provechosa si por la noche no se acostaba rendida. No era su intención alardear de su fatiga. Para ella no era importante haber realizado muchas tareas o haberse multiplicado para llegar a todo y a todos. Simplemente aspiraba haber sido capaz de profundizar en la realidad del prójimo, haber sentido su presencia, sentir sus vidas como algo importante, ser refugio de la fragilidad y la vulnerabilidad del que le rodea y que reclama espacios de seguridad y de paz. Es decir, se refería a una fatiga del corazón que ama.
Me sentí profundamente turbado. ¡Cómo cambiaría el mundo si fuésemos capaces de contemplar las vidas ajenas para calmar sus sufrimientos, apaciguar su dolor, sumergirse desinteresada y amorosamente en su realidad! Y me formulo esta pregunta sencilla y directa: y yo… ¿por quién me fatigo cada día?
Le ofrecí ayer en la Eucaristía a Dios las fatigas, hastíos, cansancios y trabajos de quienes me rodean como ofrenda transformadora para que sean tiernamente abrazadas por el Señor en el misterio de la fracción del pan. ¡No hay nada más bello que todas las necesidades humanas sean bendecidas por el mismo Cristo presente en la Eucaristía y ofertadas como alimento que repara todas las necesidades de los seres humanos! ¡Qué hermoso es dejar que todo descanse ante la Presencia misma del Amor!

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¡Señor, Tú eres mi fortaleza, mi refugio, mi descanso y mi paz! ¡Tu eres el que me permite seguir las luchas cotidianas con esperanza; soy consciente de que las luchas y las fatigas seguirán pero ayúdame a sufrirlas a tu manera, contigo y con la alegría de saberme acompañado de tu presencia! ¡Pongo en tus manos las luchas y las fatigas de mi prójimo para que también las hagas tuyas! ¡Deseo, Señor, descansar en Ti y colocar sobre tus hombros, ofrecidos con misericordia y amor, todas mis fatigas, tentaciones, miedos, penas, desfallecimientos, intentos de huir, alegrías y esperanzas y las de los que me rodean! ¡Señor, gracias, porque sentir que las acoges me permite descansar y seguir con fuerzas, lleno de paz y serenidad y con la ilusión de proseguir el camino en tu compañía! ¡Jesús, Tu eres el Pan de Vida, alimento de nuestras almas, del que podemos saciar nuestros anhelos más profundos, nuestra hambre de Dios, nuestra nostalgia infinita de felicidad y de plenitud, te entrego la fragilidad y vulnerabilidad de todos cuantos me rodean para que les llenes de gracia y estar siempre unidos a Ti en el amor y convertir nuestras mentes y nuestro corazón de modo que nuestra unión contigo sea completa!

Un ideal de relaciones donde todo es posible

Hoy celebro con entusiasmo y alegría la festividad de la Sagrada Familia a la luz de la Natividad. Una celebración que pone de manifiesto la señal dada por Dios a los pastores en la Nochebuena de que Su Hijo adopta la condición humana vinculado de una manera especial a un unidad familiar que integran Él mismo y los padres del sí a Dios, José y María. ¿No es hermoso y extraordinario?
¿Has notado que en las oraciones e invocaciones rara vez nombramos a la Sagrada Familia? No decimos «Santísima Familia, ruega por nosotros» sino expresiones similares a esta: «Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía».
El hecho de que las invocaciones recaigan en las tres personas que configuran la Sagrada Familia nos centra en las relaciones que tienen entre sí. Me hace comprender que la familia no es una realidad abstracta sino una realidad viva. Enfatiza y destaca la solidaridad entre sus miembros que se unen para crecer, enriquecerse humana y espiritualmente, apoyarse, ayudarse, amarse y perpetuarse en el tiempo y en el espacio.
Este es el gran misterio que celebramos hoy. Y a mí, personalmente, me llena de profundo gozo y alegría porque me hace sentir que la Sagrada Familia de Nazaret no es solo la representación de una familia ideal, inalcanzable en su santidad, sino más bien un ideal de relaciones a las que puedo aspirar. Un ideal de relaciones donde todo es posible.
Una Familia donde todas las vías permanecen abiertas, donde lo inesperado de la gracia y la acción de Dios encuentra un terreno particular para asentarse. Es la máxima expresión del «Hágase en mí según tu palabra». Esta Familia se nos presenta bajo el signo de la fe en el Dios de lo imposible.
Una familia en la que sus tres integrantes vivieron momentos de zozobra. Jesús tuvo momentos de vacilación, María se preguntó cómo sería posible concebir si no conocía varón y José se planteó repudiar a la Virgen cuando se enteró de su embarazo. Y sin embargo, ¿qué sucedió? Que en los diferentes momentos de su existencia los tres se sumergieron en una fe que fue más allá de sus certezas personales para confiar en la Palabra de un Dios que se hizo Hombre entre nosotros. Los tres experimentaron una rendición total a la voluntad divina. Cuando pienso esto no puedo más que dar alabanzas a Dios por tener un modelo tan extraordinario. ¡Menudo ejemplo más inspirador!
En un mundo en que las familias se rompen por los egoísmos personales, que la comunicación entre padres e hijos se silencia, que el futuro se presenta sombrío en ciertos momentos, que el impulso de la comunidad eclesial carece de vigor, que la renovación de la fe parece ir mermando… aparece la fuerza y el poder de la Palabra de Dios, del Dios entre nosotros, que no falla nunca. Al igual que la Sagrada Familia, que Jesús, María y José, me siento llamado (o nos deberíamos sentir llamados) a vivir una fe que crea en lo imposible, a una confianza que no se base en nuestras certezas personales, sino en Aquel que nunca nos falla, Aquel que acompaña ayer, hoy y siempre.
¿Cómo celebrar con el corazón abierto esta fiesta de la Sagrada Familia? Con fe en la presencia de Aquel que continúa haciéndose uno entre nosotros y que nos da la oportunidad de vivir más cerca del prójimo en un abandono confiando en Dios.

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¡Dios mío, has venido al mundo en el seno de una familia humana; hazme ver que mi familia es también el lugar donde puedo encontrarte, conocerte y amarte! ¡Concédeme la gracia de amar para crear unidad entre todos por medio del amor! ¡Conviérteme, Padre, en testimonio de amor, de esperanza, de entrega; ayúdame a ser portador de todos los valores que la dignifican! ¡Conviérteme, Padre, en en ejemplo para todos los que la integramos, para que en mi hogar impere el amor y la fidelidad a tu Hijo; que sea ejemplo de oración cotidiana, de puesta en práctica de las virtudes que Él nos ha enseñado, ejemplo de comprensión y que se imponga siempre el respeto entre nosotros! ¡María, Reina de la familia; San José, esposo serenísimo de María, os confío en este santo día mi vocación para desempeñar esta hermosa misión de esposo y padre que Dios ha puesto en mis manos y hacerlo bajo vuestra bendición! ¡Ayudadme a poner siempre mi mirada en vuestro hogar de Nazaret para que el mío también se convierta en una escuela de virtudes cristianas y humanas y aprender de vosotros tres a vivirlas con la convicción y humildad de hijo de Dios! ¡En este día pongo en vuestras manos a todas las familias del mundo para quienes las formamos crezcamos en ellas como personas responsables y honestas, sustentadas en la fe para dar testimonio unos de otros, para acoger en nuestro seno al mismo Dios, para crecer como hizo Jesús en sabiduría, en estatura y en gracia, para ser auténticos custodios de este maravilloso don que viene de Dios! ¡Ayudadnos, María y José, a vivir siempre en presencia de Dios con el mismo amor, la misma fe, la misma esperanza y la misma alegría con la que vivisteis los tres en Nazaret!

Los santos inocentes

Tres días después de contemplar al Niño del pesebre, la liturgia nos invita a celebrar la fiesta de los Santos Inocentes. Hoy honramos la santidad de estos niños pequeños que fueron víctimas de la crueldad del rey Herodes furioso por haber sido engañado por los Magos que regresaron por otra ruta a sus lugares de origen.
Este día es muy oportuno para recordar que la santidad es sobre todo un regalo gratuito de Dios. Se nos pide que recibamos este regalo como niños pequeños, sin obstáculos. Su sacrificio permite entender que el Reino es para aquellos que son como ellos. Además, para marcar la preeminencia al que siempre se comporta como el más pequeño, el más humilde, el más sencillo.
Te recuerda también que, si la venida de Jesús es una gran noticia para nosotros porque Él es nuestro Salvador que viene para liberarnos de la muerte y el pecado, el camino es el de la cruz. El martirio de los santos inocentes anuncia el martirio de los inocentes por excelencia: Jesús, al que siempre hay que imitiar.
Celebrar los Santos Inocentes tres días después de Navidad no solo es un recordatorio de que los dos eventos están relacionados, sino también contemplar en el Niño Jesús a aquel cuyo profundo amor por nosotros lo conducirá a la muerte. El que adoramos en Navidad no es solo al Niño Jesús, es a Jesús el Salvador, muerto y resucitado por nosotros.
Es a través de la Cruz, y no a pesar de ello, que estamos invitados a celebrar la alegría de la Navidad. Ahora sabemos que la Cruz a veces puede ser muy pesada incluso y, quizás especialmente, en Navidad. Sin embargo, misteriosamente, la alegría también está ahí.
Hoy me uno especialmente al dolor de los padres de estos pequeños asesinados brutalmente por Herodes que me recuerda que muchos hombres, mujeres y niños viven la Navidad con profundo dolor y sufrimiento debido a la enfermedad, a la pérdida de un ser querido, al no poder llegar a final de mes, por la privación de libertad, etc. También me uno al dolor de todas las personas inocentes que aún mueren cada día víctimas de la guerras, de la miseria en sus países… y del aborto.
¡Ojalá la gracia de la Navidad me de suficiente amor, imaginación y coraje para luchar sin descanso desde la oración y mis actos para salvar a estas inocentes víctimas de los poderosos que hoy dirigen nuestras sociedades!

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¡Señor, Rey de Reyes, naciste como un niño frágil y humilde y después de la adoración de los reyes mientras permanecías acostado en el pesebre, creyendo perder su reino, Herodes ordenó matar a niños inocentes! ¡Que siempre tenga presente que has venido para salvarnos del pecado y destronar al diablo que acampa por el mundo llenando de odio tantos corazones humanos! ¡Que vea siempre en Ti al Salvador del mundo y sepa vivir siempre con el corazón abierto a la gracia y no con un corazón torturado por el ansia del poder, del dinero, del egoísmo…! ¡Vivimos, Señor, en un mundo donde los Herodes están muy presentes, donde el mal impera y anida en muchos corazones humanos, concédeme la gracia de ser testimonio de verdad para cambiar su vida! ¡Ayúdame a dar esperanza a aquellos sumidos en la drogadicción, a los vicios, la los que en sus familias hay desesperanza, destrucción o separación, los que roban la vida de niños inocentes practicando el aborto,  los que degradan la dignidad humana, a los que aplacan la libertad, a los que son maltratados por sus deficiencias físicas, a los que son humillados por su color de piel, a los que son perseguidos por cuestión de su fe por Ti, a los que son asesinados por razón de sus creencias…! ¡Los pongo ante los pies de Tu Cruz, Señor, para que los acojas con tu infinito amor! ¡Hazme, Señor, instrumento de tu amor, de tu compasión y de tu misericordia y te pido perdón cada vez que cometa una injusticia que te hiera, cada vez que abandone al prójimo que me necesita, cada vez que gire la cara al que reclama mi ayuda, cada vez que atropelle a otro con mis acciones o mis gestos, cada vez que lo maltrate de palabra o de obra, cada vez que me cruce de brazos cuando alce la voz reclamando mi auxilio! ¡Llena mi corazón, Señor, de bondad para no convertirme en un Herodes contemporáneo que actué con indiferencia ante los que tengo cerca!

Enraizado en un Dios que ama

El día de Navidad después de asistir por la mañana a la Eucaristía, de comer en familia y de disfrutar de una jornada fraternal me retiré al caer la noche a una capilla de adoración perpetua. Allí estaba el Señor en la humildad de una Hostia pero con la grandeza de su Presencia. Y me sentí profundamente enraizado en la creación. Arraigado en el seno de una familia que Dios ama porque está en el centro mismo de ella. Enraizado a una ciudad y a un país a los que amo. A un Madre tierra a la que venero por ser creación de Dios. Arraigado en la fe en Jesús que es mi Señor y Salvador. Enraizado en la esperanza y la caridad porque como cristiano anhelo producir en mi vida cotidiana frutos de santidad. Enraizado en mi compromiso como cristiano como ese árbol frondoso que asienta sus raíces en la tierra y busca que el sol lo eleve hacia el cielo. Enraizado en el amor que a veces me cuesta entregar.
Vivimos atrapados en un mundo globalizado que nos hace olvidar nuestras propias raíces, pero también la cercanía al prójimo, especialmente a los que tenemos más cercanos, en la familia, en el edificio, en la comunidad parroquial, en el trabajo, en el barrio… ¡Cómo se empobrece así nuestro corazón! Nuestras pobrezas humanas y espirituales se hacen cada vez más patentes.
Nuestra sociedad lanza gritos de angustia porque hay mucha soledad, mucha desesperanza, mucha carestía, porque cada vez hay más contemporáneos que no saben cómo llegar a final de mes, porque no tienen ilusiones, porque el sufrimiento por cualquier causa se ceba con ellos. ¡Son tantos los que expresan la angustia interior y nadie les escucha!
La grave crisis que estamos atravesando hoy es un reflejo del grito interno del alma del hombre contemporáneo que pretende edificar un mundo en el que Dios no existe. Al ganar altura ante la dolorosa situación que estamos experimentando, depende de nosotros decir en todas partes que el hombre no está solo. Frente al Santísimo, ante ese trozo de pan que es el Amor mismo, uno puede exclamar: «El hombre no vive solo del pan, sino de cada palabra que sale de la boca de Dios». La crisis social, económica y moral que atravesamos nos confronta con nuestra propia conciencia personal, enfrentando a Dios, enfrentando este encuentro con la historia. Frente a la salvación de las almas. La presencia de la Iglesia, pero sobre todo de los laicos, en este momento difícil y crucial, a través de sus palabras y sus acciones, es urgente. ¡Ningún cristiano comprometido, enraizado en su fe, debe permanecer en silencio!
Los ángeles y los pastores el día de Navidad volvieron la mirada hacia el niño Jesús. María y José dirigieron su mirada hacia Jesús. Los Magos de Oriente se dirigieron a Belén para contemplar a Jesús. Todos adoraron al Niño Dios.
Depende solo de mi anunciar lo que está sucediendo en Navidad. Me corresponde recordar que la respuesta a los derechos del alma se encuentra en el Niño del pesebre. En el pesebre mismo. En la Eucaristía, fuente y cumbre de la vida cristiana. Frente a un mundo que muere de frío y hambre en el interior del alma solo cabe el amor, el perdón, la alegría, la esperanza, la entrega, ¡ningún cristiano puede dejar a un contemporáneo huérfano de amor! Si uno se encuentra enraizado en Jesús sabe que El le dará la fórmula para convertir sus manos en una caridad inventiva y audaz y un amor que viva en lo más profundo del corazón.

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¡Señor, Dios del cielo y de la tierra, que has creado al hombre a tu imagen y semejanza, que amas con amor eterno, que perdonas por razón de tu infinita misericordia, que te haces presente en la Sagrada Hostia, ven a mi corazón, a mi vida, a mi alma! ¡Gloria a ti, mi Dios! ¡Gracias por tanto amor derramado! ¡Gracias por tantos dones recibidos que no merezco! ¡Gracias por mi familia, por las personas que pones en mi camino, gracias incluso por aquellos que me han dañado y me han acercado a Ti por causa de mis sufrimiento! ¡Concédeme siempre la gracia de prepararme siempre para recibirte con el corazón abierto, con amor, con alegría y con esperanza! ¡Te amo y te adoro, Dios del amor, y quiero darte infinitas gracias porque me siento enraizado en esta vida que tu has creado y porque la llenas con tu presencia amorosa! ¡Te pido por nuestras sociedades para que sean conscientes de que Tu, Señor, eres el creador de la vida, de la esperanza, que sin Ti nada tiene sentido, que nuestras luchas y nuestros esfuerzos están acompasados con el soplo del Espíritu! ¡Te pido, Señor, que nazcas en los corazones de todos los hombres para que seamos capaces de llevar amor al prójimo siempre, para que seamos capaz de desbordar tu misericordia en la sociedad! ¡María, Madre, Señora del Mundo, Madre de la Iglesia, Madre del ser humano creado por Dios, protege la vida de tantos seres que andan en la tristeza y la desolación y cúbrelos con tu manto! ¡Y a ti, san José, protector del hombre como lo fuiste de Jesús y de María, intercede para que seamos siempre personas que caminemos por el mundo unidos en el amor, la caridad, la paz y la reconciliación!

Nacimiento y muerte en Navidad

Siempre me ha impresionado como en el contexto alegre y gozoso de la Navidad celebramos la festividad de san Esteban, el primero de los mártires que dieron su vida por Cristo. Su lapidación por defender con fe profunda los valores evangélicos que había escuchado de Jesús te invita a reflexionar sobre el significado verdadero de la Navidad, que tiene como trasfondo el misterio pascual de la muerte y resurrección de Cristo simbolizado en la Cruz.
¿A qué me invita y alienta hoy este martirio de un hombre bueno, que oraba con fe, que alababa con esperanza a Dios, que estaba iluminado por el Espíritu Santo para realizar milagros y hablar al pueblo judío, y que cumplió con ahínco, decisión y valor la transmisión de la buena nueva de Cristo? A ser fiel y a dar testimonio de los valores del Evangelio con un compromiso firme, con una alegría renovada, con una esperanza viva, con la verdadera certeza de que cuando me adhiero sin contemplaciones y componendas a Dios y a su Palabra revelada y me entrego generosamente a mi prójimo estoy logrando la plenitud de mi vida como cristiano.
Pero me recuerda también algo que no por sabido es sorprendente y hermoso: que Dios se hizo hombre y bajó a la tierra no para reinar, ni dominar, ni disfrutar del poder o la gloria que ya de por sí le correspondían por ser el Rey del universo. Cristo vino a servir y finalmente murió en la cruz por nuestros pecados. Y este es el significado que tantas veces olvido de la Navidad. Como cristiano comprometido estoy llamado a imitar la entrega total de Cristo. Este don absoluto y supremo de uno mismo se configura de una manera clara y rotunda en el primer mártir y testigo de la fe que es san Esteban.
Y sí, puede parecer curioso, pero cualquier cristiano si entrega su vida por el servicio al Evangelio pueda verse sujeto a persecución de cualquier tipo. Hoy no estamos llamados al martirio por lapidación como san Esteban o por crucifixión, flagelación u otras formas de tortura física, como le ocurrió a Cristo. Pero si anhelo ser fiel a Jesús debo estar preparado y convencido de que puedo experimentar otra forma de martirio: el desprecio de familiares o compañeros de trabajo por mis creencias, la exclusión en determinados ámbitos por defender mi fe, el desprecio a mi manera de ver la vida. Pero también otro tipo de sacrificios en la rutina diaria, las demandas diarias de amor y renuncia hacia nuestras parejas, nuestros hijos, nuestros vecinos, amigos, colegas. Pequeños y constantes actos de caridad, hechos con amor, son todas formas de pequeños martirios. Así como Cristo notó el sacrificio supremo de san Juan Bautista, también se da cuenta de nuestros pequeños sacrificios y bendice cada uno de nuestros esfuerzos.
Cada uno de mis sacrificios dan fruto vivo en mi familia y en mi entorno social y profesional y en todas las almas que se acerquen a mi. En la vida no hay rosas sin espinas. No hay domingo de Pascua sin Viernes Santo. No existe la paz y el fruto apostólico sin una aceptación generosa y amorosa de la cruz.
Mientras medito la figura de san Esteban me he sentado ante el pesebre. He contemplado con profundo amor a Cristo recostado en su fragilidad en la cuna de Belén, rodeado de José y María, y le he pedido con humildad pero gran alegría la gracia de un corazón generoso dispuesto para sacrificarme por Él porque al venir al mundo tomó en sus manos mi debilidad y me otorga toda la grandeza de su inconmensurable amor, misericordia y poder.

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¡Gracias, Jesús, porque te veo en el pesebre y mi compromiso contigo se hace más firme! ¡Quiero ser como san Esteban, Señor, fiel siempre a ti, comprometido con tu Palabra, seguidor dispuesto a dar mi vida por tu Evangelio, apóstol del amor y de la entrega, para ir al mundo a llevar tu mensaje a donde la fuerza de tu Espíritu me lleve! ¡Quiero seguirte, Señor, para llevar la alegría, el amor, la caridad, la misericordia y el perdón donde fallen todos estos principios que tu nos enseñas! ¡Quiero, Señor, ser transmisor de esperanza allí donde se haya perdido! ¡Quiero, como hiciste Tú, darme al prójimo, extender mi mano, abrir mi corazón y acoger con alegría al que se haya caído o esté desesperado! ¡Quiero que a través mío quien a mi se acerque sepa que existe un Dios que es amor y que ama con un amor infinito! ¡Quiero como san Esteban no tener miedo a hablar de Ti, a proclamar tu Palabra, a comprender que cuando me expreso, siento o actúo lo hago porque soy coherente con mi ser cristiano y porque he conocido la grandeza de tu amor! ¡No permitas que en ninguna circunstancia me avergüence de ser cristiano y que no recule ante las circunstancias adversas de la vida! ¡Quiero que mis manos sean bálsamo para el que sufre porque transmiten el amor sanador que mana de tu persona! ¡Quiero ser un cristiano coherente, servicial, que lucha firme y decididamente contra el pecado porque lo que tu deseas es que triunfe el amor! ¡Quiero sentirte cada día en mi corazón y en mi vida a pesar de las dificultades, los problemas, la rutina, la tibieza o los cansancios que me ofrece la vida! ¡Quiero que no ponga trabas a tu envío, estoy dispuesto a servirte Señor en lo que precises! ¡Y en este día quiero orar por los perseguidos por razón de su fe y de su amor a Ti, que tu infinita misteriosa llene sus corazones, envía al Espíritu Santo para que les otorgue sus siete dones y puedan dar testimonio fiel y creíble de tus promesas!

¡Feliz Navidad con el corazón abierto!

¡Feliz Navidad a todos los lectores de esta página! ¡Feliz Navidad, porque Dios ha nacido en Belén, por que el «Emanuel», Dios con nosotros,  se hace pequeño para vivir en nuestro corazón! ¡Feliz Navidad porque el Niño Dios, en el pobre pesebre de Belén, se nos hace cercano para que podamos tratarle de tu a tu, para que podamos besarle, cogerlo entre nuestros brazos y decirle que le amamos! ¡Feliz Navidad, porque en su pequeñez de Niño, Dios se manifiesta en la plenitud de su amor, porque Dios quiere hacernos saber que su amor es un amor inmenso pero al mismo tiempo indefenso, porque es un amor que desarma por la grandeza de su conquista al corazón humano! ¡Feliz Navidad porque Dios quiere vivir en lo más profundo de nuestro ser interior, transformar nuestra vida desde lo íntimo, desde lo profundo de nuestro ser! ¡Feliz Navidad, porque hoy es un día de alegría inmensa que podemos trasladar a los demás! ¡Feliz Navidad porque es la oportunidad de desprendernos de nuestros apegos mundanos, de nuestros egoísmos y soberbias, de nuestros rencores, de nuestras heridas del corazón! ¡Feliz Navidad, porque este Niño que está envuelto en pañales acurrucado por María, Nuestra Madre, y tiernamente protegido por San José, nuestro ejemplo de entrega, amor y servicio, nos reviste de inmortalidad, nos fortalece en nuestra debilidad y nos alimenta con su infinito amor!
¡Feliz Navidad, querido lector, que el Niño Jesús nazca plenamente en tu vida y en la de los tuyos, que llene tu corazón de amor y de paz, que te colme de esperanza y de gozo, que sea la luz que ilumine tus pasos, que sea la razón que renueve tu vida, que te llene de serenidad interior y sientas como su ternura y su gracia envuelven tu vida! ¡Feliz Navidad con el corazón abierto!

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¡Padre, gracias por la generosidad de hacerte niño! ¡Gracias, Señor, porque me enseñas que en la pobreza de corazón está la grandeza del hombre! ¡Gracias, Señor, porque caminando en la humildad aplacamos nuestro orgullo y nuestra vanidad! ¡Gracias, Señor, porque en tu entrega generosa nos enseñas a entregarnos nosotros a los demás! ¡Gracias, Señor, porque has salido a mi encuentro, has inundado mi corazón de paz y me permite crecer en el amor! ¡Gracias, Señor, porque adorándote a Ti no tengo que idolatrar esos dioses que merodean mi corazón! ¡Gracias, Señor, porque en la penumbra del portal tu amor calla y me haces comprender que el sufrimiento, el dolor, la dificultad me acompañarán también en mi camino de cada día pero que contigo a mi lado nada tengo que temer! ¡Gracias, Señor, por darnos a María, Tu Madre, que junto al pesebre sabe estar y esperar! ¡Gracias, Señor, porque teniéndolo todo te presentas en Belén sin nada y eso me hace replantearme muchas cosas de mi vida! ¡Gracias, Señor, porque vives en mi corazón y me llenas de gozo, alegría, esperanza y de paz!

De rodillas ante el Niño Dios

De rodillas ante el misterio del Nacimiento para adorar su divina presencia. De rodillas ante la dulzura del Niño. De rodillas ante la fragilidad humana del Dios hecho hombre envuelto en pañales. De rodillas ante el Dios Amor que ama hasta el extremo para enseñarnos a amar. De rodillas con sencilla humildad y profunda alegría para tomar a este Niño Dios entre mis brazos, besarle y susurrarle palabras de amor, de agradecimiento, de entrega y de mucho cariño. De rodillas para decirle que ante su presencia ¡qué importan los problemas, las dificultades, los sufrimientos, los agobios por las incertidumbres que te invaden, por el desasosiego por lo perentorio, por la preocupación por lo inmediato. De rodillas para dejar de pensar en mi mismo y en mis circunstancias y verle a Él para comprender que mi vida debe ser amar al prójimo.
De rodillas ante el Niño recién nacido para que cuando me levante de la adoración me ponga en camino, con el corazón abierto, enraizado en el misterio del amor divino, y ser apóstol del amor, de la esperanza, de la caridad y de la misericordia. Para construir en mi vida el misterio de Belén ese que hace desprenderte de tus incertidumbres y te llena de confianza y, sobre todo, te invita a proclamar que Dios ha nacido y está presente en el mundo.
De rodillas, para que sea capaz de mirar con ternura en este día la sencillez del pesebre de Belén donde José, María y Jesús acogen mi fragilidad y me la llenan de humildad, amor y esperanza.
¡Gloria Dios en el cielo y en la tierra, paz a los hombres que ama el Señor! ¡Cristo ha nacido en Belén pero, sobre todo, ha nacido en la pequeñez de mi pobre corazón!

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¡Niño Dios, con emoción profunda y gozo inmenso me postro de rodillas ante Ti que eres la Palabra hecha carne! ¡Me postro para decirte que te quiero, que eres todo para mi! ¡Me pongo de rodillas para olvidarme de mi mismo y aprender de Ti a amar y entregarme a los demás! ¡Niño Dios, viendo tu fragilidad envuelta en pañales, pongo ante tu humilde cuna todos mis anhelos y mis preocupaciones como regalo de Navidad para que lo acojas todo con amor! ¡Niño Dios, viéndote a ti desvalido y desnudo, junto a María y José, siento que solo puedo vivir de la confianza, del amor y de la fe, sirviendo al prójimo por amor a Ti y a los demás! ¡Niño Dios, te pido la pureza de María para vivir con integridad! ¡Te pido la confianza de san José para vivir con esperanza! ¡Niño Dios, tú que nos has dado la vida para disfrutarla con sencillez concédeme la gracia de vivirla acorde con tu ejemplo! ¡Te doy gracias, Niño Dios, porque me enseñas que quien se entrega con alegría te recibe a Ti, que quien da con amor, se acerca más a Ti! ¡Niño Dios, de rodillas solo te pido que nazcas en mi pobre corazón y me permitas tomarte entre mis frágiles brazos, como lo hicieron tus Santos Padres, María y José, en esta noche en que las estrellas iluminan mi vida por la bondad, la misericordia y el amor de Dios!

El regalo es Jesús

Miras a tu alrededor y observas cuánta gente no acude a lo que es verdaderamente esencial sino a lo accesorio. ¿Y que es lo esencial? Que la Navidad es Jesús. Que Santa Claus, los regalos organizados en base a catálogos que recibimos con semanas de antelación, las comilonas con alimentos cada vez más caros y sofisticados, la decoración extremada, los adornos, la fiesta… consecuencia del materialismo que nos invade por todas partes y nos llega a agobiar es verdaderamente accesorio.
Lo esencial es que en Navidad nos abrimos al misterio de Dios hecho hombre, al intercambio entre lo divino y lo humano; un Niño frágil y pobre que viene a dar su vida por el hombre. Esto es lo que debe centrar nuestra vida. Lo que cuenta. Lo que de verdad importa.
La Navidad es Navidad porque sentimos el gozo de conmemorar el nacimiento de nuestro Salvador. En estas fechas nos acercamos al misterio de la Sagrada Familia donde el Niño Dios nace en el seno de una familia humilde pero firme en su fe y confiada en la voluntad divina. Jesús nace para que seamos capaces de abrir las puertas de nuestro corazón al Padre por medio de la acción y la gracia del Espíritu Santo.
El sentido de la Navidad es Jesús. Sin el nacimiento de Cristo, sin este milagro de amor extraordinario, nadie —ni los no creyentes—, nada tendrían que celebrar. El misterio de la Navidad, la imagen de este Niño humilde recostado en un pesebre, adorado por pobres pastores que nos representan a todos los seres humanos y que se acercan a Él con amor y respeto, nos lleva también la simbología real de la Cruz, esa que nos redime del pecado y nos permite vivir la postrera Resurrección que da sentido a nuestra vida cristiana.
Lo esencial de la Navidad no se mide en la abundancia de los regalos y de los caprichos que nos hacen perder el valor de las cosas sino en el amor a raudales que nace del espíritu de la Navidad.
La esencia de la Navidad es el Amor con mayúsculas. La Navidad es el canto supremo al ser humano donde el amor verdadero es un reflejo del amor del Salvador que se refleja en el dar sin esperar recibir nada a cambio; el de llenar de alegría el corazón del prójimo; el de olvidarse de uno mismo e ir al encuentro del que está cerca nuestro; es deshacerse de lo que no tiene importancia para poner atención en esos valores que sustentan la vida del cristiano como la paz, la misericordia, la caridad, el servicio, la humildad o el perdón.
La Navidad es comprender que cuanto más amor doy, más amor recibirán los demás.
Navidad es tiempo de regalos, sí; pero si nuestro primer y principal regalo no es Jesús el resto de los obsequios se convierten en algo accesorio, irrelevante y carente de la verdadera esencia de la Navidad. Y el mejor regalo es, en nombre de Jesús, sembrar amor y ternura a nuestro paso.

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¡Niño Dios deseo que te conviertas en el principal regalo de la Navidad! ¡Quiero que seas el centro de mi vida, de mis palabras, de mis gestos, de mis sentimientos, de mis actitudes, de mis pensamientos! ¡Quiero que tu presencia en mi corazón sea motivo para regalar alegría, gozo, perdón, reconciliación, paz, consuelo, humildad, justicia, conversión, gracia, luz y, sobre todo, amor! ¡Quiero desterrar de mi corazón la pesadumbre, la soberbia, el juicio ajeno, la maldad, el resentimiento, la mentira, la tibieza, los miedos, las faltas de caridad, la pereza, la ira, la debilidad, la envidia, el orgullo o todo aquello que en mi vida puede tener cabida y me desvía del camino que me acerca a ti! ¡Espíritu Santo, concédeme la gracia de caminar a la luz de Dios, al encuentro del Niño Dios! ¡Fortalece, Espíritu divino, mi fe para ir al encuentro del Dios hecho hombre! ¡Concédeme la gracia de vivir arraigado en Cristo para que desde Él sea capaz de llevar a mi entorno grandes dosis de amor! ¡Ayúdame, Espíritu de Dios, a que mi mirada y mi corazón estén puestos siempre en Dios! ¡Concédeme, Espíritu Santo, la gracia de la entrega generosa de mi vida hacia el prójimo para que desde mi pequeñez todos puedan ver nacer al Niño Dios! ¡María, Madre de Dios y Madre mía, Señora del sí confiado, ayúdame a no olvidar nunca que la Navidad es por encima de todo tu Hijo Jesús y siguiendo tu ejemplo de amor y humildad, ayúdame a ser apóstol del Amor de Dios en mi entorno familiar, social y profesional!

 

La alegría de la Navidad es Cristo

Hoy, cuarto y último domingo de Adviento, la Navidad ya está a la puerta invitándome a cerrar un tiempo que ha sido de oración y reflexión sobre mi propia existencia. He avanzado hacia la Navidad con la vigilancia en espera de la venida del Señor tratando de vivir en un ambiente de armonía y amor en la familia y con los compañeros de trabajo, los vecinos, mis hermanos de comunidad… reflexionando sobre la preparación del camino para la llegada de Jesús, buscando la reconciliación con Dios acudiendo al Sacramento de la Reconciliación que nos devuelve la amistad con Él o siguiendo el testimonio de servicio al prójimo de María.
Hoy abro mi corazón para aceptar a Cristo que es la Luz del Mundo. Deseo hacerlo con alegría, armonía, fraternidad y fe con plena disponibilidad de mi mente y mi corazón para un hágase sincero a la voluntad de Dios, para ser consciente de que debo seguir los caminos que el Señor me pida y hacerlo, como hizo María, fiándome completamente de Él.
Comprender que mi vida debe ser un «sí» valeroso y humilde con una entera disponibilidad a Dios al que no debo ponerle trabas. Ser consciente de que durante estos días Cristo volverá a llamar a mi corazón porque desea ardientemente entrar en él para sentirse cómodo; anhela encontrar en mi interior alegría, humildad, generosidad, caridad, amor y misericordia. ¿Estoy preparado para darlo?
Soy consciente de que Cristo durante el año que termina ha pasado infinidad de ocasiones por mi lado pero que, como consecuencia de mi egoísmo, de mi pereza o tal vez de mis miedos, no he sido capaz de vislumbrar su presencia y darme cuenta que me llamaba. Mis múltiples ocupaciones, mis tareas «tan importantes», mi verme envuelto en mi mundo o en mis propios pensamientos, mi búsqueda de la comodidad personal impedía que escuchara como Jesús llamaba insistentemente a la puerta de mi corazón con la pretensión de entrar pasando de largo hasta otra ocasión porque no fui capaz de contestar a su llamada.
La alegría de la Navidad es Jesús, razón de mi felicidad interior. A dos días de la Navidad abro mi corazón y lo desbordo de alegría y de gozo, que brotan de la certeza de que Jesús vive en medio de nosotros. Y lo hago un corazón bien dispuesto y con la predisposición de regalar mi tiempo, mi esfuerzo, mi vida y mis sueños por amor al que considero el mejor de mis amigos: Jesús.

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¡Jesús, amigo, que este tiempo que me queda hasta tu nacimiento no me haga olvidar que te encarnaste en María por su «sí» valeroso y humilde! ¡María, Madre, concédeme la gracia de aprender de ti que todo momento es válido para acoger a Jesús en mi vida! ¡Ayúdame, María, a tener siempre un corazón disponible y una actitud generosa para atender su llamada! ¡Espíritu Santo, ante la llamada de Jesús, ilumina mi vida para estar plenamente dispuesto a acogerlo en mi corazón! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a mirar con perspectiva y con humildad para vislumbrar lo que se va terminando y lo que va a nacer para mirar al Dios que viene en lo pequeño, para abrir mi mirada y mi atención a lo que me invita a comenzar de nuevo! ¡Espíritu Santo, dame la fortaleza de la fe y de la esperanza, recordando lo frágil y tierna que fue la presencia de Dios en el pesebre de Belén, acogido entre los brazos de María, para comprender que es la fragilidad de Dios su enorme grandeza! ¡Ayúdame, Espíritu divino, a permitir que Dios me sorprenda cada día y desde la sorpresa de su presencia viva en mi corazón, haga factible el cambio en mi vida y reajuste todas aquellas cosas que deben ser cambiadas! ¡Concédeme la gracia de descubrir siempre las necesidades ajenas, las necesidades de las vidas que me rodean, y ver en ellas al Dios mismo! ¡Concédeme, Espíritu divino, entrar en los mismos sueños de Dios para construir un mundo nuevo en el que el amor, la humildad, la generosidad, la caridad, la misericordia y el perdón sean los pilares de nuestra existencia! ¡Hazme testigo del amor de Dios y no permitas que me cierre a su llamada cuando toca las puertas de mi corazón!