La pobreza de María

Tercer sábado de diciembre con María, la mujer que guarda con dulzura en su corazón las riquezas de Dios, en nuestro corazón. Cuando el ángel del Señor le anuncia a María que se convertirá en Madre del Salvador la escuela de la Virgen nos enseña que cuando Dios nos muestra cuál es nuestra misión necesitamos previamente grandes dosis de pobreza, desprendimiento y vaciamiento interior.
La pobreza de María está íntimamente apoyada en la más firme y absoluta disponibilidad y en la profundidad de su fe. La pobreza de María está unida a su disposición interior hacia las cosas de Dios porque es una actitud del alma. La riqueza de la pobreza de María es que su corazón es de Dios, para con Dios y está con Dios. Dios es lo que da sentido a su pobreza interior, el que sustenta la integridad de su corazón, el que da sentido a sus esperanzas, consuelos, sueños y alegrías. La pobreza de María es saber aceptar con un fíat confiado y sereno su misión, el camino que le ha trazado Dios. La pobreza de María es saber contemplar con grandeza de corazón la belleza que procede de Dios. La pobreza de María es saber acoger en el corazón el canto de las bienaventuranzas para saber llevarlas a los demás.
Solo con esta pobreza interior es posible dar frutos para ir a la misión: en la familia, en el entorno laboral, en las cárceles, en la vida parroquial, entre los amigos, en la vida social, en el voluntariado de servicio a los necesitados…
«Porque miró la humildad de su sierva». En este sábado pongo mi corazón en manos de María para que me lo predisponga a aceptar aquello que Dios quiere de mi con pobreza de corazón y grandes dosis de humildad.

 

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¡María, en este día me pongo en tus maternales manos para pedirte que me ayudes a confiar siempre en Dios! ¡Ayúdame a aceptar la misión que Dios me encomienda con la misma pobreza de corazón con la que tu aceptaste ser Madre de Jesús! ¡Ayúdame a ser como Tu, María, con tu alma siempre rendida a Dios y con la sencillez de la entrega total! ¡Ayúdame que mi corazón sea como un libro abierto hacia Dios con gestos y acciones escritos con sencillez y humildad! ¡Haz, María, que mi corazón esté siempre abierto a Dios para que todo lo demás venga por añadidura! ¡Me consagro por medio tuyo, María, a Jesús para que mis ojos solo sirvan para mirar como miraba Él, para que mis labios solo pronuncien palabras que hagan bien, para que mis oídos estén predispuestos a la escucha y el consuelo, para que mis manos sirvan para acariciar con la misma ternura de Dios! ¡Ayúdame a engendrar a Jesús en mi corazón y en el de los más! ¡Quisiera aprender de Ti, María, a meditar y acoger con docilidad en mi corazón los mensajes que me vienen de Dios! ¡Y como hiciste Tu, ayúdame a imitarte para ser custodio del amor de Dios y saberlo transmitir a los demás!

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