Nacimiento y muerte en Navidad

Siempre me ha impresionado como en el contexto alegre y gozoso de la Navidad celebramos la festividad de san Esteban, el primero de los mártires que dieron su vida por Cristo. Su lapidación por defender con fe profunda los valores evangélicos que había escuchado de Jesús te invita a reflexionar sobre el significado verdadero de la Navidad, que tiene como trasfondo el misterio pascual de la muerte y resurrección de Cristo simbolizado en la Cruz.
¿A qué me invita y alienta hoy este martirio de un hombre bueno, que oraba con fe, que alababa con esperanza a Dios, que estaba iluminado por el Espíritu Santo para realizar milagros y hablar al pueblo judío, y que cumplió con ahínco, decisión y valor la transmisión de la buena nueva de Cristo? A ser fiel y a dar testimonio de los valores del Evangelio con un compromiso firme, con una alegría renovada, con una esperanza viva, con la verdadera certeza de que cuando me adhiero sin contemplaciones y componendas a Dios y a su Palabra revelada y me entrego generosamente a mi prójimo estoy logrando la plenitud de mi vida como cristiano.
Pero me recuerda también algo que no por sabido es sorprendente y hermoso: que Dios se hizo hombre y bajó a la tierra no para reinar, ni dominar, ni disfrutar del poder o la gloria que ya de por sí le correspondían por ser el Rey del universo. Cristo vino a servir y finalmente murió en la cruz por nuestros pecados. Y este es el significado que tantas veces olvido de la Navidad. Como cristiano comprometido estoy llamado a imitar la entrega total de Cristo. Este don absoluto y supremo de uno mismo se configura de una manera clara y rotunda en el primer mártir y testigo de la fe que es san Esteban.
Y sí, puede parecer curioso, pero cualquier cristiano si entrega su vida por el servicio al Evangelio pueda verse sujeto a persecución de cualquier tipo. Hoy no estamos llamados al martirio por lapidación como san Esteban o por crucifixión, flagelación u otras formas de tortura física, como le ocurrió a Cristo. Pero si anhelo ser fiel a Jesús debo estar preparado y convencido de que puedo experimentar otra forma de martirio: el desprecio de familiares o compañeros de trabajo por mis creencias, la exclusión en determinados ámbitos por defender mi fe, el desprecio a mi manera de ver la vida. Pero también otro tipo de sacrificios en la rutina diaria, las demandas diarias de amor y renuncia hacia nuestras parejas, nuestros hijos, nuestros vecinos, amigos, colegas. Pequeños y constantes actos de caridad, hechos con amor, son todas formas de pequeños martirios. Así como Cristo notó el sacrificio supremo de san Juan Bautista, también se da cuenta de nuestros pequeños sacrificios y bendice cada uno de nuestros esfuerzos.
Cada uno de mis sacrificios dan fruto vivo en mi familia y en mi entorno social y profesional y en todas las almas que se acerquen a mi. En la vida no hay rosas sin espinas. No hay domingo de Pascua sin Viernes Santo. No existe la paz y el fruto apostólico sin una aceptación generosa y amorosa de la cruz.
Mientras medito la figura de san Esteban me he sentado ante el pesebre. He contemplado con profundo amor a Cristo recostado en su fragilidad en la cuna de Belén, rodeado de José y María, y le he pedido con humildad pero gran alegría la gracia de un corazón generoso dispuesto para sacrificarme por Él porque al venir al mundo tomó en sus manos mi debilidad y me otorga toda la grandeza de su inconmensurable amor, misericordia y poder.

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¡Gracias, Jesús, porque te veo en el pesebre y mi compromiso contigo se hace más firme! ¡Quiero ser como san Esteban, Señor, fiel siempre a ti, comprometido con tu Palabra, seguidor dispuesto a dar mi vida por tu Evangelio, apóstol del amor y de la entrega, para ir al mundo a llevar tu mensaje a donde la fuerza de tu Espíritu me lleve! ¡Quiero seguirte, Señor, para llevar la alegría, el amor, la caridad, la misericordia y el perdón donde fallen todos estos principios que tu nos enseñas! ¡Quiero, Señor, ser transmisor de esperanza allí donde se haya perdido! ¡Quiero, como hiciste Tú, darme al prójimo, extender mi mano, abrir mi corazón y acoger con alegría al que se haya caído o esté desesperado! ¡Quiero que a través mío quien a mi se acerque sepa que existe un Dios que es amor y que ama con un amor infinito! ¡Quiero como san Esteban no tener miedo a hablar de Ti, a proclamar tu Palabra, a comprender que cuando me expreso, siento o actúo lo hago porque soy coherente con mi ser cristiano y porque he conocido la grandeza de tu amor! ¡No permitas que en ninguna circunstancia me avergüence de ser cristiano y que no recule ante las circunstancias adversas de la vida! ¡Quiero que mis manos sean bálsamo para el que sufre porque transmiten el amor sanador que mana de tu persona! ¡Quiero ser un cristiano coherente, servicial, que lucha firme y decididamente contra el pecado porque lo que tu deseas es que triunfe el amor! ¡Quiero sentirte cada día en mi corazón y en mi vida a pesar de las dificultades, los problemas, la rutina, la tibieza o los cansancios que me ofrece la vida! ¡Quiero que no ponga trabas a tu envío, estoy dispuesto a servirte Señor en lo que precises! ¡Y en este día quiero orar por los perseguidos por razón de su fe y de su amor a Ti, que tu infinita misteriosa llene sus corazones, envía al Espíritu Santo para que les otorgue sus siete dones y puedan dar testimonio fiel y creíble de tus promesas!

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