Un ideal de relaciones donde todo es posible

Hoy celebro con entusiasmo y alegría la festividad de la Sagrada Familia a la luz de la Natividad. Una celebración que pone de manifiesto la señal dada por Dios a los pastores en la Nochebuena de que Su Hijo adopta la condición humana vinculado de una manera especial a un unidad familiar que integran Él mismo y los padres del sí a Dios, José y María. ¿No es hermoso y extraordinario?
¿Has notado que en las oraciones e invocaciones rara vez nombramos a la Sagrada Familia? No decimos «Santísima Familia, ruega por nosotros» sino expresiones similares a esta: «Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía».
El hecho de que las invocaciones recaigan en las tres personas que configuran la Sagrada Familia nos centra en las relaciones que tienen entre sí. Me hace comprender que la familia no es una realidad abstracta sino una realidad viva. Enfatiza y destaca la solidaridad entre sus miembros que se unen para crecer, enriquecerse humana y espiritualmente, apoyarse, ayudarse, amarse y perpetuarse en el tiempo y en el espacio.
Este es el gran misterio que celebramos hoy. Y a mí, personalmente, me llena de profundo gozo y alegría porque me hace sentir que la Sagrada Familia de Nazaret no es solo la representación de una familia ideal, inalcanzable en su santidad, sino más bien un ideal de relaciones a las que puedo aspirar. Un ideal de relaciones donde todo es posible.
Una Familia donde todas las vías permanecen abiertas, donde lo inesperado de la gracia y la acción de Dios encuentra un terreno particular para asentarse. Es la máxima expresión del «Hágase en mí según tu palabra». Esta Familia se nos presenta bajo el signo de la fe en el Dios de lo imposible.
Una familia en la que sus tres integrantes vivieron momentos de zozobra. Jesús tuvo momentos de vacilación, María se preguntó cómo sería posible concebir si no conocía varón y José se planteó repudiar a la Virgen cuando se enteró de su embarazo. Y sin embargo, ¿qué sucedió? Que en los diferentes momentos de su existencia los tres se sumergieron en una fe que fue más allá de sus certezas personales para confiar en la Palabra de un Dios que se hizo Hombre entre nosotros. Los tres experimentaron una rendición total a la voluntad divina. Cuando pienso esto no puedo más que dar alabanzas a Dios por tener un modelo tan extraordinario. ¡Menudo ejemplo más inspirador!
En un mundo en que las familias se rompen por los egoísmos personales, que la comunicación entre padres e hijos se silencia, que el futuro se presenta sombrío en ciertos momentos, que el impulso de la comunidad eclesial carece de vigor, que la renovación de la fe parece ir mermando… aparece la fuerza y el poder de la Palabra de Dios, del Dios entre nosotros, que no falla nunca. Al igual que la Sagrada Familia, que Jesús, María y José, me siento llamado (o nos deberíamos sentir llamados) a vivir una fe que crea en lo imposible, a una confianza que no se base en nuestras certezas personales, sino en Aquel que nunca nos falla, Aquel que acompaña ayer, hoy y siempre.
¿Cómo celebrar con el corazón abierto esta fiesta de la Sagrada Familia? Con fe en la presencia de Aquel que continúa haciéndose uno entre nosotros y que nos da la oportunidad de vivir más cerca del prójimo en un abandono confiando en Dios.

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¡Dios mío, has venido al mundo en el seno de una familia humana; hazme ver que mi familia es también el lugar donde puedo encontrarte, conocerte y amarte! ¡Concédeme la gracia de amar para crear unidad entre todos por medio del amor! ¡Conviérteme, Padre, en testimonio de amor, de esperanza, de entrega; ayúdame a ser portador de todos los valores que la dignifican! ¡Conviérteme, Padre, en en ejemplo para todos los que la integramos, para que en mi hogar impere el amor y la fidelidad a tu Hijo; que sea ejemplo de oración cotidiana, de puesta en práctica de las virtudes que Él nos ha enseñado, ejemplo de comprensión y que se imponga siempre el respeto entre nosotros! ¡María, Reina de la familia; San José, esposo serenísimo de María, os confío en este santo día mi vocación para desempeñar esta hermosa misión de esposo y padre que Dios ha puesto en mis manos y hacerlo bajo vuestra bendición! ¡Ayudadme a poner siempre mi mirada en vuestro hogar de Nazaret para que el mío también se convierta en una escuela de virtudes cristianas y humanas y aprender de vosotros tres a vivirlas con la convicción y humildad de hijo de Dios! ¡En este día pongo en vuestras manos a todas las familias del mundo para quienes las formamos crezcamos en ellas como personas responsables y honestas, sustentadas en la fe para dar testimonio unos de otros, para acoger en nuestro seno al mismo Dios, para crecer como hizo Jesús en sabiduría, en estatura y en gracia, para ser auténticos custodios de este maravilloso don que viene de Dios! ¡Ayudadnos, María y José, a vivir siempre en presencia de Dios con el mismo amor, la misma fe, la misma esperanza y la misma alegría con la que vivisteis los tres en Nazaret!

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