¿Comprendo lo que implica el Dios-que-viene?

Las puertas del tiempo litúrgico de Adviento están a punto de cerrarse porque ¡Dios está cerca! El Señor viene a salvarnos con su nacimiento en Belén. ¡Si, viene Dios, nuestro salvador! No vino hace dos mil diecinueve años. ¡No! Viene en el hoy, en el presente. Viene en el ahora de nuestra vida. Viene en la realidad de nuestro tiempo.
Viene y no puedo desaprovechar este tiempo para vivir mi fe con esperanza viva. Viene para sentirle  en mi corazón y en el presente de mi existencia como una realidad absoluta. Viene para que abra de par en par mi corazón a la Verdad, para que me analice interiormente, para que abra mi mente y mi conciencia y la ponga frente a Dios para ver qué puedo cambiar que no funcione, viene para abrirme al amor al prójimo sin condicionantes de ningún tipo. Viene para que sea capaz de no vivir este acontecimiento de manera anodina sino como algo grandioso, extraordinario y asombroso porque ¡Dios va a nacer en un humilde pesebre haciéndose niño!
¡Dios está cerca! ¡Viene a nuestro corazón con la fragilidad de una criatura que transforma la vida y las relaciones humanas! ¿Lo comprendo? ¿Comprendo que el Adviento, tiempo de espera, es la invitación a despertar en mi interior la realidad de que Dios quiere llegar a lo más profundo de mi corazón y que quiere hacerlo cada día? ¿Comprendo que el Dios-que-viene me está invitando a un cambio radical en mi vida para que se haga presente y futuro? ¿Comprendo que el Dios-que-viene se hace realidad en mi vida porque me tiene presente cada día, cada hora, cada minuto de mi existencia? ¿Comprendo que el Dios-que-viene me está invitando a tomar partido por Él? ¿Comprendo que respetando el principio esencial de la libertad Dios desea permanecer en mi corazón, en mi vida, en mi realidad familiar, social, profesional, eclesial? ¿Comprendo que el Dios-que-viene me quiere alejar del pecado, de todo aquello que me aleja de Él? ¿Comprendo que el Dios-que-viene se presenta en forma humana para salvarme y redimirme? ¿Comprendo que el Dios-que-viene me quiere llenar de su amor, de su misericordia y de su gracia? ¿Comprendo que el Dios-que-viene anhela tener momentos de intimidad conmigo para ayudarme a crecer como persona y como cristiano? ¿Comprendo que el Dios-que-viene me invita a la conversión y al arrepentimiento, a sentir un profundo dolor por mis faltas y mis pecados? ¿Comprendo que el Dios-que-viene me invita a ser un hombre limpio de corazón para poder verle a Él con la mirada nítida del amor? ¿Comprendo que el Dios-que-viene quiere mi pureza espiritual para ser capaz de reconocerle en el pesebre de Belén con una mirada limpia? ¿Comprendo que el Dios-que-viene quiere que mi espíritu esté abierto a la esperanza de verle y sentirle a Él, Señor de todo cuanto ha sido creado y existe?
¡Lo comprendo, Señor, por esto quiero que cada día formes parte de mi vida, de mi existencia y de caminar. Y te abro mi corazón para recibirte con gozo y alegría!

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¡Ven, Señor, Jesús! ¡Ven a mi vida! ¡Ven y quédate en mi casa, en mi corazón, en mi alma, en mi vida, en mi realidad cotidiana! ¡Ven, y no dejes de pensar en mi y en los que quiero, en la humanidad entera, en los que sufren y los que no te conocen, en los que te niegan y los que están desesperados! ¡Ven y haz de mi vida un fiesta de amor y gracia! ¡Ven y enséñame a orar, a vivir con alegría, a tener más intimidad contigo! ¡Ven y purifica mi vida, Señor, hazla más acorde a la verdad del Evangelio! ¡Ven y transforma mi corazón, Señor, y hazlo dócil a tu gracia para que te sientas a gusto en él, para que puedas nacer y te sientas cómodo! ¡Ven a habitar en mi vida, Señor, y haz de mi corazón tu morada! ¡Ven, Señor, y libérame de todo aquello que me aparta de ti! ¡Ven, Señor, y hazme sembrador de esperanza entre los que me rodean! ¡Ven, Señor, y descúbreme la alegría de la espera paciente y confiada, comprometida con el prójimo y con la vida! ¡Ven, Señor, y ayúdame a crecer en santidad para edificar tu Reino allí donde vaya! ¡Que mi vida sea, Señor, como la tuya: donación y compromiso! ¡Vienes, Señor, y yo te espero con el corazón abierto!

¿Para qué vino Dios al mundo?

Al releer uno de los pasajes del nacimiento de Cristo me ha provocado interiormente una profunda desazón leer: «Los suyos no la recibieron». Es del prólogo del Evangelio de san Juan. Dios ha tenido para mi tiempo de hacerse presente en mi vida con su nacimiento en la cueva de Belén, de testimoniar su amor sobre la tierra, de morir por mi salvación y de resucitar de la muerte para dar esperanza a mi camino de fe. Y me ocurre como en los tiempos de su nacimiento:  «Los suyos —también yo— no la recibieron». Y pienso entristecido como mi soberbia llega a cerrar en tantas ocasiones las puertas a Dios y también a tantas personas que me rodean.
Al leer esta frase tomo conciencia de que cuando te envuelve la soberbia es imposible contemplar a Dios. Te conviertes en una especie de Herodes contemporáneo que se cree el soberano de su realidad y no eres capaz de comprender que es Cristo el verdadero rey. Con esta actitud no permites escuchar los cantos celestiales de alabanza al Amor. Pones freno a la verdad, te alejas de Dios, no aceptas convertirte en uno de los suyos y devenir propiedad de Dios porque la soberbia solo te convierte en esclavo de ti mismo.
Y «la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros». ¡Entre nosotros! ¡En mí! ¡En mi corazón para reconocerlo como dueño y Señor de mi propia vida!
¿Soy verdaderamente consciente para qué vino Dios al mundo? Para destruir mi soberbia, para impregnar toda mi vida de amor, de sabiduría, de misericordia, de caridad, de entrega, de humildad. Quiere con todos estos ingredientes liberarme de las fauces del orgullo, de la vanidad y el amor propio y darme la auténtica libertad del corazón para llegar a exclamar que he «visto su gloria…».
Le pido a Dios que me permita ver con claridad el misterio de su nacimiento y me abra los ojos al mundo y a los demás y que mi mirada no esté solo clavada en mi mismo y en mi yo. ¡Quiero, deseo y anhelo ser portador de alegría, de esperanza, de luz, de confianza, de misericordia, de amor! ¡Quiero ser genuino testigo del reino de Dios! Y eso no puede estar reñido con el orgullo que anide cómodamente en mi corazón.

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¡Jesús, me postro ante tu presencia y te pido que me ayudes a acogerte amorosamente en mi corazón para tener silencio en mi interior! ¡Concédeme la gracia de que Tú siempre seas el centro de mi vida para alejar de mi el orgullo, la soberbia y la vanidad! ¡Señor, me reconozco un pecador, te pido humildemente perdón y me acojo a tu divina misericordia! ¡Concédeme la gracia de confiar siempre en tu bondadoso corazón y aprender de él para que pueda renovarme en mis esfuerzos por crecer en santidad! ¡Tu que eres la Palabra Eterna que te hiciste carne y pusiste tu morada entre nosotros! ¡Eres uno de los nuestros, Señor, y me hablas directamente al corazón para abrirme a tu amor, para ser verdaderamente tu amigo! ¡Ayúdame a crecer contigo alejando de mi todo lo que estorba en mi corazón! ¡Que estos días, Señor, me sirvan para recordar que tu quieres que la relación contigo no sea lejana sino cercana, amorosa, cordial, de confianza! ¡Abre mi corazón para recibirte siempre porque tu has venido a quedarte siempre y habitar entre nosotros! ¡Que te perciba siempre en mi vida, Señor, que no me aleje de Ti, que mi relación contigo esté impregnada de amor! ¡Concédeme la gracia de reconocer tu santo rostro en la humildad del pesebre con el fin de que comprenda que la auténtica grandeza no reside en las cosas mundanas sino en hacerme pequeño por amor al prójimo!

Limpiar el establo de mi corazón antes de Navidad

La Navidad se acerca y me corazón rebosa de alegría. Ya no solo rezo el Rosario por la calle o la Coronilla de la Divina Misericordia, me regocijo cantando villancicos a Jesús y a María.
Ayer hice un acto que me llenó de alegría. Limpiar el establo de mi corazón para reconciliarme con Jesús en el sacramento del Perdón, reconciliarme con aquel que dio la vida por nosotros, que se hace presente en el altar para recordar su Pasión y su Muerte; necesitaba terminar el Adviento en gracia de Dios con fuerzas para rectificar mis incoherencias, para sentir el abrazo amoroso del Padre, para aliviar mis pesadas cargas de egoísmo, para hacer limpieza a fondo de mi conciencia, para poner las cosas de mi vida en su debido lugar para que haya orden, para impedir que en los rincones de mi corazón se acumule el polvo del pecado. Aunque me confieso regularmente quería ser capaz de acercarme al pesebre de Belén bien limpio de corazón. Y me sentí felizmente reconfortado en ese encuentro maravilloso entre el que se siente pecador y el Amor infinito que ofrece su perdón y su misericordia. Salí aliviado de cargas y con la alegría de saber que voy a dejar a Cristo que nazca en el interior de mi corazón simbólicamente el día de Navidad aunque de una manera real en mi propia vida, especialmente cuando cada día lo recibo en la Eucaristía.
En este camino hacia la Navidad, como lo haré en el camino de la Pascua, durante la Cuaresma, necesitaba transitar con el corazón limpio y dispuesto con profunda humildad, con un amor encendido, despreciando la oscuridad del pecado, para enriquecerme con los frutos de la misericordia divina y sentirme cerca de Cristo para que mi corazón se convierta en un humilde pesebre donde Él pueda nacer y sentirse cómodo.
En Navidad Dios se hace hombre para habitar entre nosotros. Jesus se hace luz, se hace plenitud de vida, se convierte en el amigo verdadero. Es tu amigo y mi amigo, ¡que mejor manera que more en uno que limpiar por dentro la casa para recibirle con alegría!

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¡Señor, quiero hacer limpieza en mi corazón para recibirte como mereces! ¡Ilumina siempre mi entendimiento, Señor, para que sea capaz de ver claramente cuáles son mis pecados y fortalece mi voluntad para aborrecerlos y arrepentirme de ellos! ¡Ayúdame a crecer espiritualmente y cumplir siempre tu voluntad para no caer en tentación! ¡Lléname de tu amor y de tu misericordia para ser un buen cristiano! ¡Ayúdame a ser humilde para perdonar al prójimo, para no juzgarlo, para no tener malos pensamientos ni que mis palabras hieran! ¡Ayúdame a no menospreciar al prójimo, a no mentir, a no vivir en la tibieza ni en la comodidad! ¡Ayúdame a ser justo con todos, a no hacer daño al que se acerque a mi, a ser responsable en todos mis actos, a respetar la idiosincrasia y el pensamiento ajeno! ¡Ayúdame a respetar siempre tu Creación! ¡Ayúdame a defender las verdades del Evangelio! ¡Ayúdame a no vivir en lo mundano sino como un auténtico cristiano! ¡Ayúdame a servir al prójimo con amor y vivir para ser servido! ¡Enséñame a perdonar y a amar! ¡Enséñame, Señor, a ser como tu, a tener siempre un corazón puro y limpio, generoso y caritativo! ¡Concédeme la gracia de vivir en gracia para recibirte con honestidad esta Navidad!

Discípulo imitador de Cristo

Acabo de releer la novela Zorba, el griego, de Nikos Kazantzakis. He subrayado varias frases a lo largo del libro pero una me ha hecho recapacitar profundamente: «El buen maestro no desea recompensa más brillante que ésta: la de formar un discípulo que lo sobrepase». Todo discípulo es la biografía del maestro que le ha enseñado. Mi gran maestro es Cristo. Y me planteo que como cristiano, es decir, como discípulo de Jesús, estoy en este mundo para imitar a Cristo, para ser reflejo vivo de su rostro. Ser otro Cristo. Como diría san Pablo en su Carta a los Romanos ser capaz de «alcanzar la estatura de Cristo». Este debe ser, sin duda, mi principal objetivo vital.
Y me planteo como avanzo cada día en esta meta. ¿Soy constante en mi vida espiritual? ¿Soy disciplinado en las cosas que se refieren a Dios? ¿Soy metódico en mi crecimiento como cristiano? En definitiva, ¿tengo un plan de vida acorde para convertirme en un discípulo del Señor?
La vida espiritual está estrechamente unida con la vida mundana. No tengo por qué dejar de hacer lo que habitualmente hago ni cambiar mi forma de vivir por tener un plan de vida acorde con Cristo. Lo único que Él quiere que en todo lo que haga siempre le ponga en el centro. Que deposite mi corazón en Él para tener una visión diferente de la vida y de las cosas. Como san Pablo digo que todo lo estimo pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo. Por Él todo lo estimo basura con tal de ganarle a Él y existir en Él.
Seguir a Jesús implica el renunciar a todo aquello que el mundo aprecia y contemplar las cosas desde otra perspectiva.
Termina un año y comienza uno nuevo. A los pocos días del comienzo del nacimiento de Cristo me hago el propósito de tener una amistad más íntima y personal con Él, vivir en comunión con Él, santificar mi vida por Él. Soy consciente de que caminando con Jesús, conversando con Jesús, atendiendo lo que dice Jesús seré un hombre nuevo que aprenderá a pensar, sentir, escuchar, hablar y vivir como Él.

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¡Señor, abre mi corazón a tu infinito amor por las personas, hacerme presente a través tuyo en mi familia, en mi trabajo, en mi parroquia, en mi círculo social, a ser uno contigo para llamar a la justicia, a la caridad, a la misericordia, a la paz! ¡Abre mi corazón, Señor, para que los sacramentos susciten en mi el amor que Tu sientes por el prójimo y me recuerden tu amor y tu entrega que deseo esforzarme en imitar! ¡Concédeme la gracia, Señor, para imitar siempre tu ejemplo! ¡Concédeme, Espíritu Santo, la gracia de que mis ojos vean lo invisible que es la llamada que me hace Cristo cada día, la exhortación a vivir cada día una fe coherente y comprometida, ser testigo de la justicia y la paz, que mis acciones estén inspiradas en el amor y que me transformen a mi y al mundo que me rodea! ¡En tu nombre, Señor, hago un nuevo compromiso para vivir en completa paz y armonía con mi familia, con mis amigos, socios, vecinos y con todo aquel que se cruce en mi camino! ¡Hoy, Señor, abro mi corazón para vivir en el amor y escojo no ser egoísta, soberbio, juzgador, amargado, poco amable y resentido! ¡No le daré cabida en mi corazón a las insidias del diablo y perdonaré de inmediato y de corazón! ¡Espíritu Santo, ayúdame a examinar cada día mi corazón para vivir en el amor y colocar el amor de Cristo en el centro de mi vida y la de los demás!

¿Es posible ser un poco más misericordioso?

Con toda probabilidad quien lea esta entrada practica numerosas obras de misericordia corporales —a saber: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, dar posada al peregrino, visitar al enfermo, redimir al cautivo y enterrar a los muertos—. Obras tales como la colaboración en Caritas o en otra organización caritativa recolectando ropa o repartiendo alimentos, visitando ancianos o discapacitados en una residencia, a los enfermos en su casa o en un hospital, acudiendo al funeral de un amigo o familiar.
Además, con seguridad practica las siete obras de misericordia espirituales al enseñar al que no sabe, corregir al que se equivoca, dar buen consejo al que lo necesita, perdonar las injurias, consolar al triste, sufrir con paciencia los defectos del prójimo y orar por los vivos y muertos. Lo hará escuchando a alguien que necesita consuelo, dando catequesis en la parroquia, compartiendo la fe en un grupo de comunidad eclesial o en el trabajo, perdonando al que le ha causado daño, rezando por las personas que le rodean…
Entonces… ¿es posible ser un poco más misericordioso? ¿Cómo puedo llevar en mi entorno familiar, social o profesional una vida impregnada de la misericordia de Dios? Me hago esta pregunta y la respondo con una respuesta sencilla. Adentrándome en mi corazón y yendo más allá de las apariencias. Cultivando la bondad. Aceptando también la misericordia ajena para sentir del otro el amor de Dios. Buscando en mi interior el amor para sentir lo que mi prójimo siente. Hacer realmente mío su sufrimiento, su dolor, su soledad, sus angustias, sus miedos, sus tribulaciones. Incluso, su dolor físico. En definitiva, viendo al prójimo desde la mirada misericordiosa de Cristo. No dándole la espalda porque haciéndoselo a él se la estoy dando a Cristo. Solo así mis obras de misericordia tienen sentido. ¿Lo hago?
Lo seré también si soy capaz de amar sin condiciones, con un amor gratuito, generoso, humilde y desinteresado. Ese amor que perdona y no guarda rencores, que no critica ni juzga, que no chismorrea ni deshonra. Que solo permite que el prójimo sea juzgado por la justicia de Dios. ¿Lo hago?
Lo seré si no busco el ojo por ojo, si soy capaz de vaciar por completo mi corazón para llenarlo de amor y no de resquemores y deseos de venganza. Eliminando la amargura para impregnarlo todo de paz y serenidad. Siendo consciente de que mi incapacidad para perdonar solo me tortura a mi trastocando mi paz interior y encadenándome a mis resentimientos. ¿Lo hago?
Y sobre todo orar, orar intensamente para convertirme en un alma misericordiosa. Orar por los que quiero que requieren de la misericordia. Por los que he dañado y herido, por los que no conozco y sufren por variados motivos y para que el mundo sea un canto de amor a la misericordia divina. ¿Lo hago?

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¡Padre Eterno, te ofrezco el Cuerpo y la Sangre, el Alma y la Divinidad de Tu Amadísimo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, como propiciación de nuestros pecados y los del mundo entero! ¡Por tu dolorosa, Pasión, Señor, ten misericordia de nosotros y del mundo entero! ¡Señor, sufriste el dolor de la Cruz por la redención de nuestros pecados, dame la gracia de olvidarme de mis necesidades y entregarme al prójimo con amor y generosidad, colaborando contigo en tu obra salvífica para hacer en todo momento la voluntad de Dios! ¡Concédeme la gracia de ser humilde y pequeño especialmente con aquellos con los que hoy voy a encontrarme y convivir, ayúdame a compartir con ellos el amor que recibo de ti! ¡Ven a mi vida, Señor, y llena mi corazón de tu misericordia para ser luz, cántaro de amor, de sanación y de protección para todas las personas que se crucen en mi vida! ¡Concédeme la gracia de ser testigo de tu infinita misericordia, guía para las personas a las que quiero sabiendo compartir con ellas sus alegrías y sus penas, sus esperanzas y sufrimientos! ¡Bendice, Señor, a todas las personas que amo e ilumínalas a lo largo de su caminar! ¡Señor, de la Divina Misericordia, en ti confío!

¿Qué le digo a Dios después de comulgar?

Un amigo al que quiero mucho me decía que después de recibir la comunión solo pide cosas y enseguida permanece en silencio; tiene así la sensación que esa es una oración pobre y egoísta. Le digo que con Jesús puede tener una conversación franca de amigo a amigo. Basta con comenzar con una petición de gracias por haber entrado en su corazón y llegado a su alma, por todos los dones que le ha otorgado (los que conoce y los que le han pasado desapercibidos), por el perdón con el que le cubre, por haberle creado, por haberle dado la fe, hecho cristiano y darle y conservarle la vida, por todas las cosas que le regala como la familia, los amigos, el trabajo, la salud, la enfermedad, sus talentos; puede, incluso, darle gracias por haberle entregado a María como Madre. Hay multitud de razones para agradecer a Dios.
Después de estos agradecimientos uno puede elevar sus súplicas y pedir con fe y humildad, porque aquí se cumple aquello del «pedid y se os dará». Pero, ¿qué pedir? Para mí lo primero y principal que me aumente la fe, la esperanza y la caridad. Pedir por mi santidad como esposo, como padre, como amigo, como profesional, como integrante de mi parroquia. Pedir que mi corazón tenga dolor de amor para amar al prójimo como el mismo Jesús, con un corazón henchido de alegría. Pedir que llene mi espíritu de vida interior, generosa y humilde. Pedir por todos los miembros de mi familia, por mis amigos, por mis compañeros de trabajo, por los miembros de mi comunidad eclesial, pero hacerlo en concreto con nombre y apellidos dando razón de su necesidad. Pedir por los enfermos que sufren de cuerpo y alma, especialmente los más cercanos. Pedir también por el sacerdote que ha oficiado la Misa, por los que conocemos, por el Santo Padre, por el obispo de la diócesis, por las vocaciones sacerdotales, por la Iglesia perseguida, por la unidad de los cristianos, por los difuntos cercanos y por las almas del purgatorio. Pedir para que cesen las guerras, las desigualdades, para que haya paz en el mundo, por los mandatarios de nuestro país. Pedir para que se legisle correctamente para salvaguardar la dignidad del ser humano, pedir perdón por los abortos que se van a cometer. Y, sobre todo, por la conversión del mundo en nombre del Sagrado Corazón de Jesús.
Seguido de la oración de petición ¡qué hermoso es entonces adorar al Señor! Decirle que deseas amarle con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu ser; que deseas amarle en nombre de todos aquellos que no le aman o no le conocen; que te haces suyo para que en uno mismo Él pueda actuar; hacerle saber que le entrego la vida para que la convierta en otro Cristo.
Y, antes de salir, desagraviar su Sagrado Corazón por mis pecados y por los de la humanidad entera, por mis faltas de amor y las de todos los hombres, por mis incoherencias y mis olvidos y por los de tantos que se olvidan de Él, por la rutina de mi vida espiritual y, sobre todo, por acudir a Él sólo en los momentos de necesidad.
Así uno al finalizar la Misa no tiene necesidad de levantarse inmediatamente sino de gozar en su interior del inmenso amor que tiene Cristo para hacerse presente en el alma y el corazón.

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¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío! ¡Inmaculado Corazón de María, a ti me entrego! ¡San José, padre de Jesús, en ti pongo mis anhelos! ¡Yo quisiera, Señor, recibiros con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra Santísima Madre, con el espíritu y fervor de los Santos! ¡Alma de Cristo, santifícame. Cuerpo de Cristo, sálvame. Sangre de Cristo, embriágame. Agua del costado de Cristo, lávame. Pasión de Cristo, confórtame. ¡Oh, buen Jesús!, óyeme. Dentro de tus llagas, escóndeme. No permitas que me aparte de Ti. Del maligno enemigo, defiéndeme. En la hora de mi muerte, llámame. Y mándame ir a Ti. Para que con tus santos te alabe. Por los siglos de los siglos!

Amén.

Mi corazón, como la cueva de Belén

En este tercer domingo de Adviento encenderé una nueva vela de la corona que ilumine mi vida y mi camino. Se acerca el día feliz de la Navidad. Me siento muy jubiloso y alegre para salir al encuentro del Salvador que viene.
En esta jornada me siento muy unido a María. Es Ella la que me invita con su amor de Madre a preparar la llegada de su Hijo. A pesar de que mi corazón es pobre, lleno de inmundicia, de pecado, repleto de espinas, de suciedad y de angustias, de tristezas y de incapacidades para amar o perdonar María quiere asentarse en él porque le recuerda aquella destartalada e inmunda cueva de Belén donde dio vida al Hijo de Dios. Y, sorprendente, es también en este corazón pobre donde desea nacer el mismo Jesús. ¡Señor, no soy digno de que entres en mi casa pero una palabra tuya bastará para sanarme!

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¡María, Madre de Dios y Madre mía, a ti me consagro en este tercer domingo de Adviento para que me ayudes a limpiar mi corazón y dar cabida a Tu Hijo! ¡Ayúdame a limpiarlo con amor, con generosidad y con mucha humildad! ¡Me consagro a Ti, María; dame la gracia para ir limpiando aquello que ennegrece las paredes de mi corazón; para eliminar aquello que lo cubre de pecado; para expulsar el mal que haya dentro! ¡Conviértete, María, en la luz del Adviento de mi vida, ayúdame a fortalecerme en la oración vivificante para prepararme para la venida de tu Hijo, para salir al encuentro del Amor de los amores, para vivir con la misma intensidad con la que lo viviste Tu el nacimiento del Niño Dios! ¡María, sé que Jesús no vendrá a mi corazón si no has entrado tu primero; ven conmigo, te lo suplico Madre! ¡María, Tú recibiste la gracia de contemplar al Niño de Belén, de sentir con tus manos la delicadeza de su amor, hazme portador de la ternura de Dios! ¡María, quiero convertirme en un auténtico hijo de la espera, que lo espere todo de Dios con la valentía de la fe y la certeza de la esperanza! ¡María, concédeme la gracia de entrar en el misterio del amor, de la esperanza, de la paz del corazón y la alabanza para cantar con tu misma voz la grandeza de Dios que nos envía a tu Hijo! ¡Quiero seguir, María, tu ejemplo en la espera; que seas Tu mi modelo; ayúdame a prepararme vigilante en la oración y alegre en la esperanza para salir al encuentro de Tu Hijo!

La pobreza de María

Tercer sábado de diciembre con María, la mujer que guarda con dulzura en su corazón las riquezas de Dios, en nuestro corazón. Cuando el ángel del Señor le anuncia a María que se convertirá en Madre del Salvador la escuela de la Virgen nos enseña que cuando Dios nos muestra cuál es nuestra misión necesitamos previamente grandes dosis de pobreza, desprendimiento y vaciamiento interior.
La pobreza de María está íntimamente apoyada en la más firme y absoluta disponibilidad y en la profundidad de su fe. La pobreza de María está unida a su disposición interior hacia las cosas de Dios porque es una actitud del alma. La riqueza de la pobreza de María es que su corazón es de Dios, para con Dios y está con Dios. Dios es lo que da sentido a su pobreza interior, el que sustenta la integridad de su corazón, el que da sentido a sus esperanzas, consuelos, sueños y alegrías. La pobreza de María es saber aceptar con un fíat confiado y sereno su misión, el camino que le ha trazado Dios. La pobreza de María es saber contemplar con grandeza de corazón la belleza que procede de Dios. La pobreza de María es saber acoger en el corazón el canto de las bienaventuranzas para saber llevarlas a los demás.
Solo con esta pobreza interior es posible dar frutos para ir a la misión: en la familia, en el entorno laboral, en las cárceles, en la vida parroquial, entre los amigos, en la vida social, en el voluntariado de servicio a los necesitados…
«Porque miró la humildad de su sierva». En este sábado pongo mi corazón en manos de María para que me lo predisponga a aceptar aquello que Dios quiere de mi con pobreza de corazón y grandes dosis de humildad.

 

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¡María, en este día me pongo en tus maternales manos para pedirte que me ayudes a confiar siempre en Dios! ¡Ayúdame a aceptar la misión que Dios me encomienda con la misma pobreza de corazón con la que tu aceptaste ser Madre de Jesús! ¡Ayúdame a ser como Tu, María, con tu alma siempre rendida a Dios y con la sencillez de la entrega total! ¡Ayúdame que mi corazón sea como un libro abierto hacia Dios con gestos y acciones escritos con sencillez y humildad! ¡Haz, María, que mi corazón esté siempre abierto a Dios para que todo lo demás venga por añadidura! ¡Me consagro por medio tuyo, María, a Jesús para que mis ojos solo sirvan para mirar como miraba Él, para que mis labios solo pronuncien palabras que hagan bien, para que mis oídos estén predispuestos a la escucha y el consuelo, para que mis manos sirvan para acariciar con la misma ternura de Dios! ¡Ayúdame a engendrar a Jesús en mi corazón y en el de los más! ¡Quisiera aprender de Ti, María, a meditar y acoger con docilidad en mi corazón los mensajes que me vienen de Dios! ¡Y como hiciste Tu, ayúdame a imitarte para ser custodio del amor de Dios y saberlo transmitir a los demás!

Dios en el camino de la procreación

Acudí ayer a una adoración al Santísimo. La custodia en el centro del altar estaba rodeada de varias imágenes representando episodios de la vida de la Virgen (ver fotografía). Estuve fijándome en una con el niño Jesús en el vientre de María. Pensé en mis hijos dándole gracias a Dios por el regalo de su custodia; son todos hechos a la imagen de Dios.
Recordé también lo que representó para mi mujer y para mí aquellos embarazos, alguno de ellos difíciles.
Y di gracias a Dios por habernos dado a María como Madre. Ella llevó con humildad sus nueves meses de embarazo y sufrió, también, el dolor del parto dando a luz al Creador del mundo y de la vida en un pobre establo de una sencilla aldea perdida en los confines del mundo. ¡Qué ironía tan hermosa!
Cristo vino a la tierra procreado por una madre como desde el inicio de la humanidad han hecho un sinnúmero de mujeres que han custodiado durante nueve meses en sus entrañas las vidas de sus retoños. Conmueve que Cristo escogiera participar de la bella simplicidad de formarse en el vientre materno para hacerse hombre y habitar entre nosotros. Le doy también gracias a Dios porque aceptó ser entretejido como una tierna criatura en el vientre de María. ¡Qué bello es pensar que en toda mujer embarazada Dios recorre con ella íntimamente durante nueve meses el camino de la procreación!
Y, entonces, lloró ínteriormente por los niños no nacidos, por todas las madres que han tomado la decisión de cercenar la vida de sus hijos, por los legisladores que han aprobado leyes contrarias a la vida.
Y doy gracias a María por su fíat. Y me lleno de gozo porque hasta ayer, contemplando la imagen de María con el niño en su vientre, no había comprendido que la maternidad en una mujer no es únicamente parte del ciclo de la vida sino que, fundamentalmente, es un proceso de nueve meses de santificación en la que una madre se aviene a ser un alter christus, otro Cristo, llevando vida a la vida, vida creada por el mismo Dios.
¡A pocos días de llegar a la Navidad no puedo más que alabar a Dios porque nuestra salvación comenzó con la llegada de un indefenso bebé que era ni más ni menos que el Dios de todo lo creado! ¡Gloria por siempre a ti, mi Dios!

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¡Te alabo, Dios mío, por regalarnos la vida! ¡Te alabo y te doy gracias por mis hijos y por todos los niños que están en el vientre de las madres embarazadas porque están formados a Tu imagen y semejanza! ¡Envía, Padre, sobre cada madre a Tu Santo Espíritu para que las ilumine con tu gracia, las llene de tu gloria y de tu luz, al igual que hiciste en el vientre de María para engendrar a Tu Hijo Jesucristo! ¡Derrama, Padre, por medio de tu Santo Espíritu, tus gracias sobre todas las criaturas no nacidas! ¡Ilumina y llena de gracia a todas las madres que estén pensando en tomar la drástica decisión de abortar! ¡Ayúdales a descubrir la verdad, a encontrar el apoyo necesario, a tener la valentía y la gracia para resistir la tentación y vencer las presiones para elegir la vida en lugar del aborto! ¡Me uno, Padre, espiritualmente a todos los niños que están por nacer y te ofrezco mis trabajos, mis sufrimientos, mis alegrías, mis esfuerzos y mis oraciones para que estas criaturas tengan la oportunidad de nacer y darte gloria con su vida! ¡Señor, bendice a los que trabajan por construir una cultura de vida! ¡Y a ti, Jesús, que te presentaste en esta tierra en forma de una humilde criatura humana, ayúdame a respetar y amar al Dios que nos da la vida y convertir mi corazones en un centro repleto de amor a tu imagen y semejanza!

  

¿Por qué oro?

Me preguntaba alguien por qué oro. Solo puedo decir que aunque me siento sostenido por la misericordia y el amor de Dios siento la fragilidad de mi vida. Mi pequeñez. Es la oración con el corazón abierto lo que me adentra en el camino de la humildad consciente de que soy un pobre pecador. Cuando me hago consciente de mi pequeñez y de mis infidelidades a Dios es cuando más intensamente siento lo frágil de mi fragilidad. Aunque la buena nueva es que Dios, que es Amor infinito, acoge amorosamente esa fragilidad y por obra y gracia de su misericordia me redime de mi pequeñez. Por eso oro.
Una de las hermosuras de la plegaria es que a través de ella se siente como Dios la recibe henchido de alegría porque uno, que nada tiene que ofrecerle a Dios más que su pobre entrega porque todo es don y gracia que viene de Él, recibe todo milagrosamente multiplicado por el poder que tiene Dios para conceder. Por eso oro.
En la relación pobre y confiada, pequeña y animada con Dios Él, por medio de la gracia que viene del Espíritu Santo, siento como te marca el camino a seguir. Y así se siente la cercanía del Padre. Por eso oro.
El Espíritu Santo es el gran artífice de la apertura del corazón, el que permite que sintamos la profundidad del amor divino en nuestro corazón. La fuerza que otorga el Espíritu Santo es tal que te ayuda a abrir de par en par las puertas del corazón para orar amando y sentir al mismo tiempo el amor dadivoso del Padre. Por eso oro.
Oro porque para mí la oración es una invitación a amar y desde el amor me permite corregirme; implorar; someterme a la voluntad de Dios para que sus inefables propósitos permanezcan siempre en mi corazón; para vencer la tentación; para hacerme más dependiente del Padre; para confiar sin medida; para comprender lo que es más conveniente para mí; para interceder por los demás; para prepararme para llevar la tribulación, el sufrimiento y el dolor; para sanar mi corazón; para pedir perdón por mis faltas; para dar gracias por todo lo que he recibido incluso la cruz; para poner a los míos a sus pies y, sobre todo, para llevar a buen puerto mi santificación personal.
Fundamentalmente oro porque quiero amar porque si Dios es Amor yo quiero asemejarme a Él.

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¡Señor, te amo y porque te amor quiero encontrarte en los momentos de intimidad contigo en la oración! ¡Espíritu Santo ayúdame a que mi oración pobre y frágil esté llena de amor a Dios, que esté impregnada de humildad, intimidad, generosidad y entrega a Él! ¡Señor, Creo en Ti, espero en Ti, confío en Ti, te amor con todo mi corazón, con toda mi alma y con todas mis fuerzas! ¡Espíritu Santo, enséñame a orar! ¡Haz que mi corazón se abra y dirija su mirada al cielo para reconocer la presencia de Dios en mi vida! ¡Ayúdame Espíritu Santo con la gracia de la humildad a penetrar en mi mismo y desde la fragilidad de mi ser dar un espacio a Dios en mi corazón para Él pueda hacerse uno conmigo! ¡Dame la gracia de ser un alma orante que irradie al mundo el amor que siento por Dios! ¡Sé mi guía, Espíritu divino, para que convierta mi vida en una escuela de oración y a través de la plegaria aprenda a vivir en Dios!