Me siento vencedor

Las pruebas que se nos presentan evidencian el crecimiento que Dios espera de quienes le aman. La victoria es parte de nuestra herencia e identidad en Cristo pues los cristianos somos vencedores por medio de aquel que nos amó. Uno de los grandes consuelos es saber que Dios pretende obtener lo mejor de ti para que tu vida brille con luz de la victoria. ¡Que importante entonces es permanecer en el Espíritu dejándolo todo en manos de Dios que es quien te entrega las armas para enfrentarte a la lucha cotidiana! En este sentido me siento un vencedor en Cristo.
Me siento vencedor cuando acepto que cada prueba que se me presenta es un camino para mi santificación y mi crecimiento personal. Cuando dejo que Dios moldee mi debilidad para transformarla interiormente por medio de la prueba.
Me siento vencedor cuando cada adversidad la convierto en testimonio para el crecimiento del prójimo no desde el victimismo tristón sino desde la madurez de la fe y la creencia en los valores del Evangelio.
Me siento vencedor cuando callo cuando soy despreciado, reprendido, olvidado, injuriado, humillado, puesto en ridículo, juzgado con malicia, no se me haga caso… me permite unirme a Cristo, el que calló ante el desprecio y la humillación de los hombres y fue exaltado por Dios en la cruz.
Me siento vencedor cuando en medio de las dificultades, obstáculos y contrariedades mi fe se sostiene y no se apacigua porque creo en la promesa de Cristo de mantenerse firme a mi lado.
Me siento vencedor cuando invoco al Espíritu Santo para que me otorgue sus dones santos para crecer ante las adversidades, para encontrar soluciones a los problemas que se me presentan, para dejarle a Él que tome el control de mi vida en medio de las dificultades. 
Me siento vencedor cuando en la oración me desprendo de mis soberbias y orgullos y me abajo para que sea el Señor quien en mi desnudez humana y espiritual me ayude a sostener la cruz cotidiana.
Me siento vencedor cuando no me encierro en mi mismo cuando las dificultades se adentran en mi vida y las descargo fielmente en las manos de Dios que todo lo puede y todo lo sostiene y es el Dios de los imposibles.
Me siento vencedor cuando en los días de prueba y tribulación mi confianza es plena en Cristo que no permite que mi humanidad flojee y me da la fuerza espiritual para llevar las cruces con entereza.
Me siento vencedor cuando soy capaz de ver como Dios se manifiesta en mi vida incluso cuando las pruebas parecen insuperables. No hay cruz que uno no pueda sobrellevar bajo el manto amoroso del Padre.
Ser instrumento inútil de un Dios vivo. Seguir los caminos de Dios y amarlo atado a la obediencia a sus mandatos, caminos y palabra. En medio de todos nuestros problemas, la confianza reside en que Jesucristo, quien nos amó, nos ofrece siempre la victoria total. ¡Qué consuelo y qué esperanza!

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¡Señor, confío en ti y sé que contigo la victoria está asegurada! ¡Me postro ante ti, Señor, porque el mal abruma la realidad del mundo volviéndolo cada vez más oscuro! ¡Concédeme la gracia de ser luz que brille para dar testimonio de tu Verdad! ¡Concédeme la gracia de mantenerme firme, con una fe fuerte para luchar contra las maldades del demonio, para llevar tu palabra y que resuene para anunciar tu victoria! ¡Señor, concédeme siempre la fuerza y la confianza para afrontar las dificultades, para no pararme y seguir dando pasos adelante en tu compañía! ¡Señor, tu eres mi roca y mi refugio, que nada me haga desfallecer ante las dificultades! ¡Tu me consideras un vencedor y lo creo con fe especialmente cuando no soy capaz de ver salida a mis problemas o un final cierto a mis dificultades! ¡Déjame, Señor, descansar en ti y obtener la victoria por la fe de mi corazón! ¡Pongo en tu manos a los que a mi alrededor sufren y no se sostienen en ti, los que no te conocen, los que están alejados de ti, dales buenos planes para sus vidas! ¡Señor, sé victorioso en sus corazones para que conozcan la riqueza y la fuerza que supone confiar en ti! ¡Abro mi corazón, Señor, para que la victoria en nuestras vidas se abra a través de la oración!

Orgulloso de ser seguidor del Dios amor

En un viaje que estoy realizando por razones laborales en Irán tengo asignado un traductor que, lógicamente, es musulmán. Las largas horas que pasamos juntos me permite dialogar con él sobre diferentes temas y también sobre nuestras creencias. Los hermanos musulmanes creen en Dios pero tienen una visión diferente a la nuestra.
Existen muchos obstáculos entre la religión musulmana y la católica, especialmente en relación a la persona de Jesús, que para ellos es uno de los numerosos profetas musulmanes —como lo pudo ser Moisés o Noé— que Dios ha enviado en su pacto con la creación; Jesús es un profeta que porta consigo un libro, el Evangelio, que nos identifica a los cristianos pero que los hemos tergiversado a nuestra conveniencia.
Fundamental es el dogma de la Trinidad.  Los musulmanes se consideran los únicos y verdaderos monoteístas. Como el Corán prohíbe relacionar otros dioses a Dios, los cristianos somos considerados politeístas que en el islam es un pecado que no se acepta ni se perdona.
Otra diferencia es el de la Revelación. Para ellos la Revelación es el Corán que fue dictado de manera sobrenatural y es el resumen de todos los Libros anteriores, en especial el de Moisés (la Torá judía) y el de Jesús (el Evangelio cristiano). Es decir que El Corán es Dios hecho libro. Para nosotros, la Biblia también es un libro inspirado pero que nos permite conocer en profundidad la figura de Dios hecho hombre, es decir, a Jesucristo.
Podría mencionar otras muchísimas diferencias como el sentido de la oración, de la libertad religiosa, de la razón y de la fe, de la encarnación de Dios en Jesucristo, de la salvación, de los signos de Dios, de la figura de María, de los sacramentos, de la condición de la mujer y un largo etcétera.
Pero para mí la diferencia abismal, y que me llevó ayer a largas disquisiciones con este traductor y, luego, con algunas de las personas que compartimos un ágape es que desde el prisma cristiano Dios es amor, y desde ese amor grande, perfecto, misericordioso, generoso, humilde incluso, busca la salvación del ser humano que Él ha creado. Y eso no se percibe así en el Islam que concibe el amor de Dios circunscrito solo para quienes creen y actúan de manera correcta.
No hay nada más maravilloso sentir en tu vida al Dios que es Amor. Es lo que nos diferencia de las otras religiones. Yo me siento lleno de ese amor de Dios porque es un amor incondicional, sin fronteras, que perdona, que te une a El como Padre. Y que por muy pecador que seas, por muy miserable que sea tu vida, por muy duro que tengas el corazón, nada puede separarte de ese amor incondicional que El entrega a espuertas. Y la mayor demostración de todo ello, es que nos dio a Jesucristo, su Hijo amado, para que muera por nosotros en la cruz para la redención del género humano. Pero hay algo todavía más hermoso, es que hay unos estrechos lazos de amor entre el Padre Creador y el Hijo Redentor antes incluso de la Creación del Universo.
Creo en Dios Padre, en Dios Hijo y en Dios Espíritu Santo y estas tres figuras unidas en una Santísima Trinidad remueven de lleno mi corazón. ¿Por qué? Porque no hay nada más sublime, reconfortante y hermoso que el regalo del Amor divino que un ser humano, pequeño y frágil como puedo ser yo, recibe sin merecerlo cada milésima de segundo de su vida de manera gratuita de esta Trinidad. Me ofrece seguridad, confianza, entereza, esperanza, alegría y gozo y me invita a orar con el corazón abierto para exclamar: ¡Gracias, gracias, gracias por tanto amor desbordado inmerecidamente sobre mí!

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Señor, ¡gracias por darme la fe! ¡Quiero llenarme más de Ti! ¡Quiero dejarme llenar de tu misericordia y de tu infinito amor! ¡Déjame sentirme acariciado por Ti, contarte mis cosas con confianza y con amor! ¡Cuánto me cuesta a veces concienciarme de que Tú eres mi esperanza, mi paz y mi vida, que eres todo Amor! ¡Señor, te ruego que no permita que me olvide de que me acompañas en todo momento! ¡Gracias, Señor, por tu amor infinito, porque me fortalece cuando me faltan las fuerzas, porque aumenta mi fe cuando las dudas me embargan, me consuela cuando me invade la tristeza, me levanta cuando caigo y peco, me escucha cuando te llamo, me serena cuando me siento intranquilo, me guía cuando estoy perdido, me endereza cuando tomo la senda equivocada, me ilumina cuando la oscuridad me invade, mi alienta cuando desespero, se alegra conmigo cuando las cosas funcionan! ¡Gracias, Señor, por estas siempre a mi lado! ¡Envíame tu Santo Espíritu para que me llene con tu presencia y sepa amar como amas Tu, sepa mirar como miras Tú, sepa sentir como sientes Tu!

Las redes de un pescador

Me encuentro en una ciudad costera iraní por razones laborales. Y, aprovechando que mi hotel se encuentra frente al mar me acerqué ayer a primera hora de la mañana al pequeño puerto de pescadores. Permanecí unos minutos mirando el horizonte dándole gracias a Dios por la vida, disfrutando de la sinfonía de las olas marinas rompiéndose contra los bloques de piedra que protegen el puerto y la cadenciosa oda musical de ese mar bravo que muere a orillas del rompeolas. Y absorbiendo el característico olor a salitre. Sintiendo el frescor del viento marinero.
Junto a unas barcas cuatro marineros curtidos por el arduo trabajo de la vida del mar conversaban sobre el tiempo que se avecina y de las rachas de viento que tal vez les impidan faenar en unos días. Uno trajina unas redes con parsimoniosa experiencia.
La voz del mar habla de una manera profunda al alma. En el mar la vida es diferente porque no está formada por horas sino por momentos. En el mar se vive según las corrientes las mareas y las corrientes esas que representan el dolor, la tristeza o los ahogos. Tal vez por ello, Cristo buscará en las orillas a los que iban a ser sus seguidores, a esos sencillos pescadores a los que convertiría en pescadores de hombres, que dejaron aparcadas sus redes y decidieron seguirle sin cuestionarse nada. Aquellos hombres, acostumbrados al sacrificio de la pesca, no pensaron que sus manos repletas de callos servirían para sanar corazones heridos, para abrazar almas desesperadas y para acariciar espíritus que anhelaban esperanza.
Viendo a estos marineros trajinar sus redes, remendarlas y prepararlas para su trabajo voluntarioso, mientras me deleito con la melodía que ofrece el mar, miro al cielo y le digo al Dios de la vida: «¡Señor mío y Dios mío, aquí tienes a este pequeño ser, ayúdame a aparcar las redes de mi comodidad para ir en busca de corazones que anhelan tu encuentro!».

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¡Señor mío y Dios mío, aquí tienes a este pequeño ser, ayúdame a aparcar las redes de mi comodidad para ir en busca de corazones que anhelan tu encuentro! ¡Ayúdame a remar siempre mar adentro del corazón del prójimo, de hacerme uno con él como tu haces conmigo! ¡A confiar como cuando tu le pediste a Pedro que remara mar adentro y echara las redes! A hacer de mi vida una vida entregada por amor al prójimo, a llevarle a donde tu habitas que es el amor, la esperanza y la misericordia. ¡Ayúdame, Señor, a ser un auténtico pescador de hombres, a ser yo mismo con mi propia barca, mis propias redes y mis pequeñas manos encallecidas por los sinsabores de la vida! ¡Ayúdame a hacer de mi vida la razón de tu apasionante misión: convertirme en un pescador de hombres! ¡Señor Jesús, en cada comunión diaria que pueda escuchar de ti que esperas que cuando mi red parezca vacía sea capaz de contemplar la obra de tu salvación! ¡Señor, Tú sabes lo mucho que te amo y también conoces de mi pequeñez y mi indignidad aunque también sé que confías en mi! ¡Ayúdame a llevar una vida coherente para que pueda cada día responder a tu llamada y ser capaz de anunciarte a los demás con un corazón lleno de Ti!

 

Vivir una vida exprés

Al comenzar el año existe la tendencia de llenarse de grandes propósitos. Adelgazar e iniciar esa dieta milagro que te dejará el cuerpo de modelo de pasarela. Apuntarse al gimnasio para estar en forma. Aprender un idioma para relacionarse con otros. Así un largo etcétera. Muchos de estos propósitos se quedan en el camino rápidamente. No creo en los propósitos exprés. No creo en estas dietas que te prometen adelgazar a base de poco esfuerzo. No creo en la regularidad de llevar una vida de ejercicio en el gimnasio sin exigencia. Como tampoco creo en la vida sin esfuerzo, sin sacrificio, sin entrega, sin disciplina, sin orden, sin entrega, sin perseverancia ni constancia. La vida es compromiso y un continuo vencer obstáculos y dificultades.
Este compromiso exige que mi vida cristiana no sea una vida exprés. Exige orden, recogimiento, entrega, perseverancia, constancia; exige no dejarse doblegar por el desánimo, la apatía o el desaliento. La vida cristiana requiere dar mucho para recibir también. Exige mucho compromiso, rectitud e integridad, gestos que surjan de un corazón que ama, un corazón humilde y sencillo, que testifiquen que Cristo vive en el yo interior y ese vivir te permite testificarlo en tus gestos, en tus palabras, en tus sentimientos, en tus comentarios, en la cotidianidad de la vida. La sociedad nos lleva a vivir de la comodidad y de manera exprés, en lo inmediato sin ahondar en lo que es esencial, pero como cristiano no puedo acomodarme a la comodidad de la vida porque cuando lo hago acomodo mis valores y mis principios a lo que la sociedad demanda y no a lo que Cristo anhela.
Vivir en cristiano no es vivir una vida exprés dejándote llevar por el hedonismo imperante, por el individualismo insultante, por el materialismo agobiante, por el egoísmo lacerante. No es dejarse manipular por los medios y la opinión ajena. Eso es lo sencillo y fácil. Pero también lo que te aleja de la verdad.
Vivir en cristiano es vivir una vida en coherencia con el Evangelio, vivir de acuerdo con la voluntad de Dios, vivir la Buena Nueva de Cristo. Vivir así no es vivir de manera exprés porque exige esfuerzo, mucho compromiso y mucha vida de oración. Al comienzo del año me propongo continuar con alegría y esperanza mi dieta milagrosa de la Eucaristía, acudir cada día al gimnasio de la oración para vigorizar mi pobre vida interior y aprender por medio del Espíritu Santo los idiomas del alma que me permiten acudir al prójimo para servirlo hablando su lenguaje y también alimentarme de la Palabra.
Vivir una vida exprés es lo fácil, vivir una vida cristiana ya no es tan sencillo. Pero uno vive más feliz, más entregado, más lleno, más confortado, más vigoroso, más alegre y más lleno de Dios. ¿No es una opción que vale la pena?

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¡Señor no quiero vivir una vida cristiana exprés sino una vida que ahonde tu presencia en mi corazón! ¡Quiero vivir en comunión contigo, Señor! ¡Envía tu Espíritu, Señor, sobre mí para que pueda vivir una vida acorde que te agrade siempre, que me permita estar preparado para realizar buenas obras que testifiquen que vives en mi! ¡Concédeme la gracia de vivir de acuerdo con tu Palabra para que me guíe en el camino de la vida, para ganar en sabiduría que tanto necesito para transitar en el día a día, para enriquecer mi devoción a ti, para ganar sentido común, para fortalecer mis relaciones con el prójimo, para llevarlo todo a la perspectiva tuya no la de mi propio yo! ¡Concédeme la gracia de llevar una vida oraste que me permite crecer interiormente y llevar el peso de mis aflicciones pero también para salir al mundo y ser testimonio de tu verdad en mi entorno familiar, social o profesional! ¡Que mi vida sea una consagración a Ti! ¡Envía tu Espíritu sobre mi, Señor, para que enseñe a perseverar, que me guíe en mi caminar y me fortalezca en mis tiempos de necesidad y de avanzar, para que sea mi consejero y me ayude a comprender la verdad revelada por Ti! ¡No permitas, Señor, que lleve una vida exprés sino una vida comprometida contigo y con los demás! ¡Una vida que acreciente mi compresión por las cosas que vienen de Ti, y me permitan adorarte, aprender y servir! ¡Que mi vida no sea una vida exprés sino una vida de servicio a los demás como manera de servirte a Ti y testificar que vives en mí! ¡Que mi vida no sea una vida exprés sino que mi corazón se llene siempre de tu presencia porque quiero ser hechura tuya! ¡No permitas, Señor, que las dudas me atenacen, que las incertidumbres me venzan, que el hedonismo, el materialismo y el individualismo me derroten! ¡Que sepa ver, Señor, que tu gracia es suficiente para enfrentar las demandas de cada nuevo día! ¡Que sepa ver también, que los contratiempos, los problemas, las dificultades o cualquier experiencia de sufrimiento tienen una perspectiva nueva cuando tu te haces presente en mi vida! ¡Acrecienta, Señor, mi fe para que pueda descubrir el poder, el consuelo y la fortaleza del Padre en todas y cada una de las experiencias de mi vida! ¡Y que mi vida exprés no me deje llevar por las tentaciones y me detenga en ellas, ayúdame a tener entereza para vencer la tentación, por medio de la oración, del conocimiento de tu Palabra y con una vida eucarística plena!

Dios obra el milagro de la sanación

Alguien por el que siento un profunda estima tiene el corazón herido, su salud está desquebrajada por una grave enfermedad. Rezo intensamente por él porqué sé que Dios sana. Es una verdad que nadie puede negar. Cuando hacemos referencia a la sanación hablamos de una imperiosa necesidad actual. La voluntad de Dios es que todos estemos sanos, no es cierto que quienes sufren enfermedades, sean del cuerpo o del alma, es porque Dios lo desea. Quienes tienen este pensamientos no intentan encontrar en Él la respuesta a su crecimiento interior y a sus necesidades de salud.
Dios envío a su Hijo para darnos la vida y dárnosla en abundancia. En boca de Jesús no hay una sola frase en la que dijera que la tribulación, el sufrimiento, el dolor o la tribulación fueran voluntad de su Padre. Lo único que manifestó es que Dios permite la enfermedad en la vida humana como manifestación de su gloria. Entendiendo esto comprendemos que Dios anhela que el hombre esté sano en espíritu, cuerpo y alma.
En la Biblia hay infinidad de textos en los que Dios manifiesta su inmenso amor y su eterna bondad. A mi me sobresalta el Salmo 147 que exclama que «Él sana a los de corazón roto y venda sus heridas…».
Rezo por mi amigo, pero también le aconsejo que ore él con fe y con confianza abundante porque quien pide y ruega al Señor, es escuchado. Dios gusta de escuchar las plegarias de quien le invocan porque es un Padre amoroso que se deleita en la confianza de sus Hijos aunque conozca sus necesidades, dolores, sufrimientos, desesperanzas y enfermedades. Pero, además, le recomiendo que se confiese, para purificar su corazón del pecado y renunciar a lo malo que hay en su interior y acudir a Él en su petición con la gracia santificante de la confesión. Que acuda a la Eucaristía para recibir al que es dueño de su vida, el único en cuyas manos está devolverle la salud quebrada. Y, finalmente, que ore por su médico para que a través de sus conocimientos y de sus manos Dios pueda actuar en él porque Dios utiliza instrumentos para obrar el milagro de la sanación.
Dios no quiere a ningún hijo suyo enfermo, quiere sanar sus dolencias porque lo único que anhela es su felicidad, libre de todo dolor.

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¡Señor, pongo hoy en tus manos todas aquellas personas que a mi alrededor sufren dolencias físicas o espirituales! ¡Tu, Jesús, te hiciste hombre para redimirnos y sanar a los enfermos, míralos con piedad y cura aquellas heridas que cada de ellos uno tengan! ¡Reconforta a cada uno de ellos con tus manos amorosas y misericordiosas y con la fuerza de tu poder haz que sus corazones se llenen de esperanza para superar todos sus males; y permite que confíen plenamente en la eficacia del dolor para su santificación, transformación y salvación! ¡Haz, Señor, que siempre sepamos ver que tu nos otorgas el dolor como designio de tu gran amor y tu infinita misericordia! ¡Ayúdanos a saber llevar la cruz de la enfermedad y que nuestro sufrimientos tengan un fin de eternidad! ¡Espíritu Santo, envía a cada enfermo la gracia de la fe para que ésta crezca en su interior, para que su esperanza no se debilite y la paz habite en su corazón!

Dios mío, yo creo, adoro, espero y te amo

En la primera de sus tres apariciones en 1916 a los tres pastorcillos de Fátima, Lucía y sus primos los santos Francisco y Jacinta, antes de las de la Santísima Virgen, el Ángel del Señor les enseñó a orar, a hacer penitencia y a comulgar adecuadamente.
A los tres se les hizo presente en una luz más blanca que la nieve, bajo la apariencia de un joven de unos 14 o 15 años, transparente y de una gran belleza. Les enseñó esta oración: «Dios mío, yo creo, adoro, espero y te amo. Te pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan y no te aman»; y les dijo: «Rezad así. Los Corazones de Jesús y de María están atentos a la voz de vuestras súplicas».
Ayer, en el día de la conversión de Pablo, cuando frente a la réplica de esta aparición en Fátima (ver fotografía que acompaña este texto) estuve un rato meditando estas palabras grabadas en un granito, sentí vivamente como la vida se lleva con más ligereza en la dulce presencia de Dios.
La primera parte de la frase deja constancia que las ofensas a Dios es una de las cuestiones esenciales del mensaje de Fátima, una invitación a ofrecer sacrificios y reparar el pecado y las ofensas cometidas contra Dios. Pero esto solo es comprensible a la luz de lo que implica el pecado y sus graves consecuencias.
El pecado te hace perder toda comunión con Dios a la que estamos invitados pero también daña la relación entre las personas. Estas heridas deben sanarse, al igual que se debe restablecer la comunión con el Padre por medio de Cristo, su Hijo, pues es Él quien repara por nuestras faltas y satisface al Padre por nuestros pecados.
Viendo las figuras orantes de los tres pastores comprendes la llamada de Jesús de tomar la cruz y a seguirle, pues desea asociar su sacrificio redentor a los que somos sus primeros beneficiarios asociándolo también a María, corredentora del género humano.
En su mensaje, ¿qué me dice el ángel? Que no solo debo pedir perdón por el daño a Dios sino ofrecer sacrificios, reparar y pedir perdón para convertirme en copartícipe del gran amor que en su sacrificio pone de manifiesto Jesús. Me está invitando claramente a asociarme al misterio pascual, que es el gran misterio del amor, para convertirme así en un auténtico discípulo del Señor. Profunda y comprometida llamada que acojo con un corazón abierto a la voluntad de Dios.

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¡Señor, invitado por el Ángel, quiero unirme a Ti a participar de la expresión de tu amor por el género humano pues de tu mano y como seguidor tuyo quiero construir en mi entorno personal un mundo donde impere el amor, la generosidad, la humildad, la caridad y la paz! ¡Abro mi corazón, Señor, pues quiero ser discípulo tuyo para reparar y ofrecer sacrificios por los que no creen, no adoran, no esperan y no te aman! ¡Me ofrezco a Ti, Señor, para soportar todos cuantos sufrimientos quieras mandarme como acto de reparación por los pecados por los cuales eres cada día ofendido y como súplica para la conversión de los pecadores!  ¡Concédeme la gracia de ser un alma penitente, un alma de oración, un alma que desborde fe, esperanza y caridad! ¡Ayúdame a formar parte de la escuela de los pastores de Fátima y acoger en mi vida los sacrificios que tu me pidas, aunque me duela y me cuesten! ¡Envía, Señor, tu espíritu sobre mi para que abra siempre mi corazón con un confianza ciega y una constante perseverancia para hacer de mi vida un camino de oración! ¡Así, Señor, te ofrezco mi trabajo cotidiano, mis virtudes y mis defectos, mis alegrías y mis penas, mis sufrimientos, mi servicio a los demás, mis tantas incapacidades, todo lo que me supone esfuerzo o no me gusta, mi tiempo, mis acciones, mis oraciones, mis mortificaciones… todo es tuyo y a ti te lo entrego por los que no creen, no adoran, no esperan y no te aman!

Como un pastorcillo de Fátima

Último sábado de enero con María, Señora del Rosario y de la Confianza, en nuestro corazón.
Prometí a mi hijo pequeño, gran devoto de María, llevarlo un día a Fátima. Desde ayer, coincidiendo con el año del centenario de las apariciones, nos encontramos los dos, unidos padre e hijo en oración, en este pequeño pueblo de Portugal siguiendo la estela de María. Llevábamos preparando con ilusión el viaje desde que compré los billetes y reservé la hospedería en el mes de noviembre. Vimos un película sobre las apariciones, rezamos el Rosario, hemos ofrecido sacrificios por la conversión del mundo, hemos profundizado en el mensaje de María y con enorme alegría estamos en el centro de nuestra peregrinación humana y espiritual.
Me siento lleno de María. Me complazco felizmente en ver este lugar como una escuela maravillosa de fe en el que María es la auténtica maestra. Caminando por los caminos que condujeron a los pastorcillos hasta el encuentro con Ella se revela de nuevo en mi corazón la belleza de la oración, de la fe, del esperar en María y desde María en Jesús. Se reafirma en mí la auténtica y valiosa experiencia de este santo lugar donde vivencias la presencia amorosa y misericordiosa de Dios en tu propia vida.
Regresando pausadamente por uno de los caminos cercanos al Santuario, entre la belleza del paisaje, mi hijo me dice: «¡Papá, te das cuenta que somos como los pastorcitos a los que la Virgen y Dios nos aman mucho!». Me siento profundamente conmovido. Un niño de apenas doce años, casi la misma edad que tenía Lucía cuando le habló por primera vez la Virgen, me ha transmitido de nuevo la dimensión del amor de Dios. Efectivamente, somos tan pequeños como esos pastorcillos, amados por el Dios del Amor, el amor que transforma, vivifica y mueve el mundo. Un amor que pasa también por María que nos invita a la conversión profunda de nuestro corazón para vivir el conocimiento de ese amor puro y dadivoso que viene del Padre, señor y dador de vida.
Y no solo eso. Me permite comprender que hemos de ser como esos partorcillos que, sin formación intelectual, se movían en la pequeñez de su vida con un corazón sencillo abierto a la gracia, que vivieron sin miedo al que dirán y a la persecución, que fueron coherentes con la fe recibida de sus padres, que confiaron en María, la Señora de la Confianza y del sí a la voluntad divina. Y lo hicieron porque en María se puede confiar siempre, porque la Virgen no falla nunca, no abandona nunca, siempre te cubre con su manto maternal.
Está siendo para mí una profunda experiencia de fe peregrinar con mi hijo pequeño. Me transmite con su sencillez su amor por María. Lo miro caminar alegre, confiado, esperanzado, lleno de fe, por el recinto del Santuario y sus aledaños participando en las ceremonias y siento que con el gozo de su preparación me hace ver que a Jesús se llega por María.
No puedo más que elevar mi plegaria a Dios y la Virgen y darle gracias por mis hijos, por la esposa que me los ha dado, por mis padres y mis abuelos que me han llevado a la fe, por todos aquellos que caminan conmigo en el camino de la Iglesia y por los miles de lectores de esta página que me permite intensificar cada mañana mi oración confiada. Todos se encuentran estos días a los pies de María y pido con fe y esperanza para que, como hizo con los pastorcitos, transforme nuestros corazones, los haga pequeños y nos permita vivir acorde con los valores del Evangelio.

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¡Maria, me consagro a tu Inmaculado Corazón y te ofrezco a todos los que quiero! ¡Te ofrezco, María, a los que no aman a tu Hijo, a los que lo vilipendian, a los perseguidores de los que tienen fe, a los pecadores que no se arrepienten! ¡Concédeme la gracia de vivir mi vida en la voluntad y las leyes divinas, siendo obediente, puro y virtuoso! ¡Concédeme la gracia de la pequeñez y la humildad para ser un pastorcito moldeado por las manos amorosas del Padre! ¡Ayúdame a caminar directo hacia el cielo! ¡Ayúdame a convertir mi corazón, a alejarme del pecado, a vivir una vida santa! ¡Y como tu nos pediste, exclamo: Jesús mío, perdónanos, líbranos del fuego del infierno, lleva todas las almas al cielo, especialmente las más necesitadas de tu divina misericordia! ¡Ayúdame a soportar en tu compañía todos aquellos sufrimientos que me sobrevengan y aceptarlos con esperanza y como reparación de los pecados que dañan el corazón de Jesús! ¡Hazme, María, apóstol del Santo Rosario para contemplar en cada misterio la vida de tu Hijo! ¡Hazme una persona de oración! ¡Me entrego a tu Inmaculado Corazón, Madre, y te pido una fe viva, humildad de corazón, sencillez de vida, sabiduría para conocer y amar a Tu Hijo y por Él al prójimo, paciencia para sobrellevar las dificultades y gracia para servir a los demás! ¡Inmaculado Corazón de María, en ti confío! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

Letanías que abajan tu yo

Desde hace varios años cada mañana rezo las Letanías de la humildad del cardenal Merry del Val. Me aconsejó su rezo diario un sacerdote al salir de una larga confesión en un retiro de Emaús celebrado en Madrid. Con esta letanía encuentras la gracia para intentar vivir una auténtica vida cristiana apartando la complacencia personal, venciendo el fastidio y el hastío de sentirte mal tratado o herido por los demás y tratando de hacer el bien a los que te rodean en el actuar cotidiano.
Las letanías te permiten entender que, aunque es aconsejable que se reconozca nuestro trabajo, desde el punto de vista espiritual hemos de tratar que esta apetencia personal no se acabe convirtiendo en un signo de identidad pues todo trabajo, del tipo que sea, tiene que tener como finalidad la alabanza al Señor. Siguiendo el ejemplo de Cristo, que se despojó de sí mismo para nuestra salvación, que murió en la ignominia de la cruz en el mayor de los servicios, nuestro trabajo tiene que estar impregnado del servicio a los demás.
Por otro lado, cuando sufrimos calumnias, insultos, desprecios, abandonos no debemos levantar muros defensivos para protegernos de tales ataques sino ponerlo todo en las manos de Dios, confiando plenamente en Él, que es el único que verdaderamente tiene la potestad de solventar la situación. Podremos tener un profundo dolor pero no hay que olvidar jamás que Cristo calló durante su proceso de pasión. Y que Dios lo hizo también al ver a Cristo durante su Pasión y muerte en el Calvario.
Por último, estas letanías te colocan en el lugar que te corresponde colocando a los demás por delante de ti. Y, una enseñanza más: desde la perspectiva espiritual su rezo cotidiano te permite entender que nunca debemos compararnos con los demás con el fin de alimentar nuestro orgullo sino de abajándonos a los más pequeño para ponerse al servicio del Señor como el último de sus servidores. Conseguirlo ya es otra cuestión.

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¡Señor líbrame de ser aplaudido, preferido a otros, honrado, alabado y aceptado! ¡Señor líbrame del temor a ser humillado, calumniado, puesto en ridículo, injuriado, juzgado con malicia, olvidado o reprendido! ¡Señor, dame la gracia que los otros sean más amados que yo, estimados que yo, alabados que yo, preferidos a mí en todo, más santos que yo con tal de que yo sea todo lo santo que pueda! ¡Señor, haz que otros crezcan en la opinión del mundo y yo me eclipse, que de mí no se haga caso, que se me juzgue inútil porque si es tu voluntad la acepto con agrado! ¡En este día, Señor, quiero prometerte que no me apegaré a las cosas mundanas, a lo mío, a lo que hincha mi orgullo, a lo que sólo se contempla desde mi perspectiva y mi entendimiento, a mis verdades y seguridades, a mis certezas y mis miedos! ¡Señor, quiero prometerte hoy que caminaré con la humildad como bandera, con el espíritu abierto a tu misericordia, para reconocer en los acontecimientos de la vida tus huellas! ¡Señor, quiero prometerte hoy que dejaré aparcado mi orgullo y mi vanagloria y actuaré con la sencillez con la que tú te mostraste siempre! ¡Señor, quiero prometerte hoy que cuando me hables y me pidas que sea el último entre los últimos no suponga para mí un motivo de tristeza! ¡Señor, quiero prometerte hoy que no me desgastaré en luchas vanas para alcanza el reconocimiento ni defenderé aquellos privilegios que no me correspondan! ¡Señor, quiero prometerte hoy que callaré para dejar a otros expresar sus opiniones y escucharé aprender de aquellos que en tanto me superan, que seguiré y obedeceré tu voluntad y, aunque no luzca y pueda parecer sencilla, me posicionaré en el lugar que tú decidas!

Orar no es más que dejar que el amor hable del amor

Anochece. Me encuentro parado en un semáforo. Hace mucho frío y viento. Un matrimonio de ancianos cogidos del brazo y muy abrigados al que veo habitualmente por el barrio está esperando al igual que yo a que la luz verde les permita cruzar la calle. En un gesto amoroso, el hombre besa con ternura a su mujer en la mano. «¿Cuanto tiempo llevan casados?», me atrevo a preguntarles. «Setenta y dos años», responde ella sonriente. Ese tierno beso es el testimonio de la plenitud de su amor. Con sus altos y sus bajos esta pareja, cuyas vidas desconozco, han crecido juntos inundados de amor.
Se sienten a gusto uno con el otro. Se sienten a gusto con sus vidas. Con el mundo. Y te das cuenta que un gesto sencillo como esté después de setenta y dos años juntos aviva la esperanza del amor humano.
Cuando el corazón está henchido de amor la propia vida es más plena, más viva, más intensa. Es como el fruto maduro del árbol que se hace vida en el silencio de la naturaleza, en la sencillez de la creación. El amor tiene que ser regado cada día para que la vida desborde afecto, cariño, generosidad, sacrificio, esperanza, caridad…
Un gesto tan sencillo como el beso de dos ancianos que se aman llena de esperanza. Te invita a perseverar en el amor. Amor en el respirar, en el sentir, en el hablar, en el actuar, en el pensar. Amor en el observar lo que te rodea con humildad. Amor en el entregarse a los demás. Amor en el mirar el rostro del hermano, en el percibir sus necesidades, en el abrazar sus sufrimientos.
Vamos habitualmente demasiado rápidos. En el fragor de nuestras vidas no tenemos tiempo para percibir las necesidades del otro. No tenemos tiempo de amarlo porque transitamos por la vida como autómatas sin destino fijo. ¿Cuál es el mandamiento más importante? Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. Y al prójimo como a ti mismo.
Desbordar amor a raudales. Pero el amor se cultiva fundamentalmente en la oración. Jesús amaba porque oraba. Oraba con el corazón abierto en un canto de súplica, alabanza y de acción de gracias a Dios. Su fuego interior, fruto de la acción del Espíritu Santo, era el amor. Orar no es más que dejar que el amor hable del amor. ¡Qué nunca me aleje de la oración, Señor, porque no deseo más que amar al prójimo viéndote a Ti!

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¡Ven Espíritu Santo, enciende en mi alma el fuego de tu amor! ¡Abre mi corazón de piedra a la oración franca, humilde y sencilla con el Señor! ¡Señor, tu me medirás por cómo he amado y no me preguntarás por nada más! ¡Concédeme la gracia, por medio de tu Santo Espíritu, para encontrar el sentido y el gozo en la vida! ¡Enséñame a amar, Señor, a poner mi corazón en todo lo que hago, digo, pienso y siento! ¡Ayúdame, Señor, a vivir como vivías Tu! ¡Ayúdame a ser apóstol de tu amor! ¡Necesito, Señor, para lograrlo que me guíes en mi camino, que me enseñes a abrir el corazón! ¡Ven, Señor, por medio de tu Santo Espíritu, y transforma mi corazón, hazlo dócil y humilde, generoso y caritativo! ¡Señor, al igual que tu amor me levanta y me transforma, me sana y me vivifica, haz que mis actitudes sirvan para levantar, transformar y vivificar al prójimo por medio del amor! ¡Ven Espíritu Santo y enséñame a amar! ¡Abre las puertas de mi corazón! ¡Concédeme, Espíritu divino, los dones de la alegría y la esperanza, de la caridad y de la humildad, para con las heridas de mi corazón sanadas, abrirme al mundo con amor! ¡Qué nunca me aleje de la oración, Señor, porque no deseo más que amar al prójimo viéndote a Ti!

¿Puedo crecer en sabiduría?

Me conmueve profundamente uno de los aspectos sustanciales de la vida oculta de Jesús. En el sagrado hogar junto a María y José, Cristo crecía, se desarrollaba y se fortalecía lleno de sabiduría. Este elemento es crucial para su crecimiento interior y su desarrollo como persona. Y me pregunto, ¿puedo crecer yo en sabiduría o solo es una cualidad a la que estaba llamado Jesús? Puedo, asumiendo en mi interior la certeza de que Dios es el amor auténtico. Sabiendo que Dios es amor te sientes más amado. Así, en el momento en que la personalidad de Dios se te revela como un Padre tierno y amoroso te descubres como un hijo querido y quieres crecer en sabiduría y fuerza.
Dios desea de mi que me convierta en una persona madura, auténtica, íntegra, plena. Pero el corpus interior de mi santificación personal requiere de una sólida y correcta base humana. No lo lograré si no pongo mi empeño en luchar y, sobre todo, trabajar en elementos cruciales de mi carácter, de mi temperamento, de mi autoestima cristiana y personal, haciendo que crezca mi inteligencia, preparándome bien en mi formación, ejercitando una voluntad recia que no se deje vencer por la tibieza, con sentimientos bondadosos, actitudes generosas, espíritu de servicio, con una afectividad integrada, no dejándome vencer por los vaivenes de lo cotidiano o por el calor del momento. La sabiduría también la adquiero cuando soy capaz de aprender a dar una solución humana a los problemas humanos sin miedo ni apocamiento: sabiendo solventar mis crisis sin abandonar a la primera y aprendiendo a llevar la cruz con la dignidad del cristiano. Actuando de manera que mis reacciones no me hieran ni a mi ni a las personas con las que convivo. Cuando hablo y actúo de manera correcta, dejándome aconsejar, para ir a la verdad de los asuntos que me conciernen a mi o en relación con el prójimo, para juzgar entre lo que es bueno y es malo. Numerosos de los errores que impiden mi crecimiento vital no estarán causados por mi carencia de motivaciones espirituales sino por la inmadurez con la que en ocasiones afronto mi propia vida.
Creceré en sabiduría cuando sea capaz de caminar por la sendas que Dios ha ido poniendo en mi vida y cumpla siempre con su voluntad.
La sabiduría la otorga el entendimiento y la sagacidad para comprender los misterios de la vida. Convierte la vida en claridad, en algo simple y directo y eso proviene del saberme humillar a mí mismo y buscar de manera persistente las cosas de Dios.
Creceré en sabiduría en tanto en cuanto progrese en el camino de la transformación interior, ahondando en mi propia naturaleza humana. Todo ello a base de buscar las virtudes y la imagen de Cristo en mi vida. Como Él, cuanta más sabiduría más anhelo tendré de Dios que por medio del Espíritu Santo me mostrará a lo que debo renunciar para liberarme del pecado y para caminar hacia la santidad de la que tan alejado estoy.

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¡Señor, quiero ser como eres tu, quiero ser un verdadero discípulo tuyo, imitarte en todo, crecer en sabiduría, reproducir en cada uno de mis gestos, actitudes, pensamientos y sentimientos tu propia imagen! ¡Concédeme, Espíritu Santo, la gracia de alcanzar la estatura de Cristo a la que nos invita san Pablo! ¡Ayúdame, Espíritu divino, a ser constante en mi vida espiritual, a que mi vida esté impregnada de la sabiduría divina para crecer en santidad! ¡Concédeme la gracia, Espíritu de sabiduría, de poner siempre en todo lo que haga mi corazón a Jesús! ¡Ayúdame a perseverar en mi vida de fe, en mi amistad con Jesús en mi caminar como cristiano, en mi ahondar en la fortaleza de mi voluntad, en tener una comunión viva y auténtica con El! ¡Ayúdame a desprenderme de mis yoes para ir a la esencia de lo verdadero, para centrarme en lo que es importante, en lo que Cristo quiere de mi, en seguir su Palabra y sus mandatos! ¡Concédeme la gracia de ganar sabiduría en mi vida e impregnarla toda de un diálogo sincero de amor por Jesús, siendo fiel en lo poco y en lo mucho, obediente a su voluntad y teniendo un conocimiento personal con Él! ¡Espíritu Santo envíame tus siete dones para convertir mi vida en un ideal de santidad, para que mi modelo de acción sea siempre Cristo y para que sepa valorar mi vida a los ojos de Dios!