Cuando Dios te habla a través de un no creyente

Recuerdo una comida en un santuario mariano en lo alto de una montaña. Todos los que allí estábamos habíamos subido a lo alto de aquel peñasco donde se encuentra el santuario para disfrutar de un sábado familiar en compañía de María. A la comida asistió una persona no creyente invitado por una amiga común. En el ágape planteó muchas objeciones sobre el cristianismo, sobre la Iglesia y sobre la fe. Y los que allí estábamos tratamos de convencerle con argumentos basados en la razón. Él estaba cerrado en banda, no podía entender ni asumir nuestro argumentario. Cuando regresé caí en la cuenta que personalmente le había fallado. Mis argumentos habían sido racionales y no desde la perspectiva del amor ni de mi testimonio cristiano. Aquel hombre seguramente se habría llevado la misma impresión, ¡qué corazones tan duros los de esos cristianos que trataban de imponer una idea, un argumentario, una fe!
He llorado interiormente bastante tiempo porque mis palabras aquel día estuvieron carentes de amor. Las semanas fueron pasando y me encontré a esta misma persona en un entorno diferente tres semanas antes de Navidad. Me alegré de verlo allí. Dios quiso que fuera en un lugar especial. Durante tres días compartimos experiencias de terceros, nos cruzamos palabras de afecto, miradas cómplices, sonrisas amables. Pero nada más. El último día nos abrazamos desde la fraternidad. Y desde el corazón. Y tuvimos ocasión de compartir, brevemente, con afecto, respeto y cariño.
Hace tres días me escribió un WhatsApp con sentidas palabras  felicitándome las fiestas y el nuevo año que me removieron interiormente. Desde aquel día en el santuario estaba en mi oración diaria porque era consciente de que no le había mostrado a Cristo viviendo en mi, al Cristo del amor, sino que había visto en mi la arrogancia de mi voluntad, la insensibilidad de mi corazón y la vehemencia de mi fe. Y me sentía desarmado en la pequeñez de mi misión como cristiano. Le había fallado a él y le había fallado al Señor.
Todos tenemos una misión universal. Hablar de Cristo es testimoniar a Cristo. Mostrar a Cristo. Mirar como Cristo. Amar como Cristo.
Somos enviados a continuar el plan de Dios en nuestros entornos de vida. Debemos tomar o retomar el camino. Debemos estar entre quienes proclaman las buenas nuevas a todos los hombres y mujeres de todos los tiempos y de todos los lugares. Jesús quería hombres y mujeres que proclamaran por su Iglesia. Para ir a una misión, tienes que viajar ligero. No tienes que estar abarrotado de demasiadas cosas en el corazón. Debemos dejar estos lazos que nos impiden salir y ver la nueva Iglesia que está en todas partes.
Dios está en todos. En los que creen y en los que no. En los que se entregan y los que hacen lo que pueden. Siempre hay hombres y mujeres que, en nombre de su fe, trabajan para construir un mundo más justo, un mundo de paz, un mundo en el que el amor y el respeto por los demás sean de suma importancia. Pero también hay hombres justos que en nombre de su «no importa el qué» trabajan para construir un mundo más justo, un mundo de paz, un mundo en el que el amor y el respeto por los demás sean de suma importancia.
Lo importante es el compromiso. Pero el compromiso no es una tarea fácil. Desde tiempos inmemoriales, ha habido y todavía hay mujeres y hombres que han llevado y que todavía llevan una palabra de libertad, justicia, paz y amor. La mayor alegría de estos discípulos, dice Jesús, no es cumplir la misión, es ver que sus nombres estén inscritos en el cielo. Tenemos que ser uno de ellos. Lo que se nos pide es que no tengamos muchas cosas que ofrecer para convencer a la gente. Es suficiente para nosotros ser mensajeros de paz, portadores de esperanza en un mundo que lleva sus bellezas y sus fortalezas, pero también sus debilidades y su pobreza.
Todos somos misioneros. Tenemos diferentes maneras de hacer las cosas, pero todos estamos trabajando para la misma meta, todos vamos en la misma dirección: llevar al mundo el reino del amor.
Lo hermoso es saber que, se sea creyente o no, es Dios quien prepara, quien llama y quien envía. Dios tiene sus tiempos, Él asegura nuestra misión de evangelización incluso si a escala global nuestra impotencia nos parece obvia e insuperable. Siempre podemos actuar en nuestro entorno inmediato. En nuestro trabajo, en la familia, con nuestros amigos, con todos los que nos rodean. A esta persona la llevaré siempre en el corazón. Desde aquel día que me lo encontré en lo alto de un monte, en una comida familiar, acompañado de la Virgen, me ha hecho meditar mucho sobre mi misión apostolar. Me ha predispuesto de otra manera para llevar a cabo esta misión que siento Jesús me ha confiado. Que finalmente pueda asumir este desafío y dar así un nuevo significado a mi vida vino, sorprendentemente, de alguien alejado de la fe. ¡Qué grandeza la de Dios! ¡Cómo escribe torcido el Creador! Nuestros medios y nuestro único equipaje para el compartir serán simplemente nuestra fe, nuestro amor y nuestro sentido de la solidaridad. Desde la humildad y desde el corazón. ¡Gracias, amigo, porque sin saberlo ni esperarlo Dios me habló con mucha claridad a través de ti!

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¡Señor, te pido bendigas a todos aquellos que se cruzan en mi camino y transforman mi corazón! ¡Señor, especialmente te pido por aquellos que sin saberlo me han hablado de Ti! ¡Me postro ante Ti, Señor, para que protejas siempre a los que se acerquen a mi, cobíjalos con tu luz, llénalos de tu amor, fortalecemos en su serenidad interior, cúbrelos de tu misericordia! ¡Hazte omnipresente en ellos porque su vida me interesa, Señor! ¡Cuando las tinieblas les embarguen, Señor, elimina las nieblas que les cubran! ¡Hazme un instrumento de tu paz, que puedan ver en mi lo mucho que les amas pero ayúdame a ser testimonio de tu amor, a aceptar su idiosincrasia y su realidad sin imponer! ¡Derrama tu Espíritu sobre ellos, Señor, para que se sientan protegidos en el camino de la vida, en su propia realidad! ¡Dales tu bendición! ¡Gracias, Señor, porque tantas veces te manifiestas a través del prójimo y así me lo haces ver! ¡Gracias, Señor, porque me abajas llevándome a caminar a través de terceros! ¡Bendice especialmente al que se ponga en mi camino y se haga presente por medio de Ti! ¡Concédeme la gracia de aprender a amar a los que conviven conmigo compartiendo mi vida, mi fe, mis incongruencias, mis errores, mis lágrimas, mis éxitos, mis penas y mis alegrías! ¡Que sepa verte en el rostro sereno de aquel que pones en mi caminar!

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