Buscar el Reino y amar a Dios

Reconforta profundamente sentir que Dios se hace presente con su acción providente en todas aquellas cosas que suceden en mi vida. Me procura el sustento y cuanto preciso para mí y para los míos. En los momentos de desazón, me invade con su esperanza. En el desaliento, en los instantes de incerteza o desventura se hace amorosamente presente primero como Padre y después como amigo. Ocurre que después de las tormentas que cubren mi existencia, le precede la calma. Y eso acontece en todas las circunstancias. Pero Dios se hace presente también en los momentos de alegría, de felicidad, de abundancia participando junto a mí de ese gozo interior que alegra mi vida.
La fuerza de Dios, imbuida por la gracia del Espíritu, radica en cómo impulsa, acrecienta y sostiene mi vida sobrenatural. Mi vida de fe y de oración. Mi vida de entrega y generosidad. Dios desea de mi un encuentro personal con Él por medio del amor y buscando el Reino y su justicia, esa que está siempre latente sobre nuestras vidas. No es la justicia de las normas, es la justicia bíblica. Vivimos para ser santos, seres «justos» de modo que la santidad de Dios sea un reflejo que brille en nuestros rostros. Hacer real lo que dice el salmo de que el Señor dirige los pasos de los justos y se deleita en cada detalle de su vida.
Esta debería ser la aspiración de mi vida: amar y buscar el Reino de Dios en cada momento de mi existencia. Ese es el elemento central de mi santificación personal. Si busco con ahínco el Reino y soy capaz de amar, el resto se me entregará por añadidura.

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¡Padre bueno, por medio del Espíritu Santo, concédeme la gracia de amar siempre! ¡Ayúdame a ser justo para ser aceptable para Ti! ¡Ayúdame a caminar contigo! ¡Padre, anhelo ser santo en la pequeñez de mi vida, quiero estar unido, en Cristo, a Ti, que eres perfecto y santo! ¡Quiero ser santo porque Tu me has creado a tu imagen y semejanza! ¡Quiero ser santo porque Tu mismo nos has dicho que seamos santos porque Tu mismo eres santo! ¡No permitas que me aleje de la santidad, no dejes que me aleje de la verdad, de la plenitud de la vida cristiana y la perfección de la caridad! ¡No dejes, Espíritu Santo, que mis incoherencias y mis actos me alejen de la unión íntima con Cristo y, en Él, con la Santísima Trinidad! ¡Hazme ver, Espíritu de Dios, que el camino auténtico de la santidad pasa por la cruz! ¡Haz de mí, Espíritu divino, una persona que ame como amó Cristo y que busque siempre el Reino de justicia, de amor y de paz!

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