El anhelo de un corazón misericordioso

Me encontraba la semana pasada de viaje profesional por una ciudad de centroeuropa. Después de las reuniones, al caer la noche, me acerqué cada día a la catedral para asistir a la Eucaristía y hacer un rato de oración. El viernes por la tarde, antes de dirigirme al aeropuerto a última hora de la tarde, me senté en un banco ubicado en un pequeño rincón del templo con un altar dedicado a la Divina Misericordia (la fotografía que ilustra este texto).
Permanecí allí media hora. En este tiempo, pasaron infinidad de turistas, la mayoría ignorando la imagen, otros haciéndose fotografías a la luz de la velas y otros depositando una moneda en la cajita para tomar una vela y encenderla en honor al Señor de las Misericordias. De estos, la mayoría se arrodillaban en el banco o dirigían su mirada al hermoso cuadro que presidía el altar. «¡Jesús, en vos confío!», me decía cada vez que observaba este hermoso gesto de reverencia a Cristo.
Contabilicé más de cincuenta personas rezando a aquella imagen. Y pensé cuanta necesidad tenemos de misericordia. Necesitamos recibirla de Dios y, por lo tanto, reconocernos pobres, ejercerla en nuestra propia existencia y en relación con los que nos rodean.
No me considero una persona ingenua que solo contempla el bien en todas partes, ni un hipócrita que ignora el mal. Soy alguien realista que trata de medir la distancia que nos separa de la perfección que Dios quiere para los hombres y el abismo que se cruza en las alas de la misericordia.
Y me pregunté: «¿Cuál es el mayor obsequio que le podría pedir a Dios y regalar a mi prójimo?».
¡Un corazón misericordioso! Un corazón henchido de la misericordia de Dios, que sepa buscar y encontrar el bien que esconde el corazón de mi prójimo e, incluso, que sea capaz de revelárselo cuando éste por las circunstancias de su vida lo ignora. Ser capaz de acercarse al pecador para que se convierta y transforme su vida observando la mía propia pobre y pecadora también.
¡Un corazón misericordioso! Un corazón que no tema llamar al mal por su nombre porque no teme al príncipe de la tinieblas ya que sabe que es Dios quien tiene la vara de la victoria y deposita toda su confianza en su poder. Un corazón que no juzga al prójimo ni enjuicia sus caídas porque anhela arrancar del mundo las semillas del pecado para la obra salvífica de Dios que brille en la sociedad.
¡Un corazón misericordioso! Un corazón humilde y pobre que no condena las acciones de los demás, que se lamenta de los que no quieren acercarse a Dios y ora con el corazón abierto por la conversión y la liberación de las almas perdidas.
¡Un corazón misericordioso! Un corazón firme en la fe, confiado en la benevolencia de Dios, que sin cansarse y asumiendo que a veces predica en el desierto, proclama con humildad la Buena Nueva del Evangelio. Que no le importa que le humillen, ridiculicen o lo ataquen porque tiene puesta en Dios toda su confianza.
¡Un corazón misericordioso! Un corazón servicial que se entrega por el prójimo porque servir es el mayor don del cristiano. Servir con amor, generosidad, humildad y sencillez.
¡Un corazón misericordioso! Un corazón volcado en Dios, que se deja llenar por su amor y por su misericordia, que se acoge a la esperanza, que trata de crecer en la santidad, que tratar de vivir en la coherencia y rechaza la mediocridad y que se abre a la felicidad que viene de Dios y que no decepciona nunca.
¡Un corazón misericordioso! Un corazón que no deja nunca de buscar porque está a la espera, anhela y ora para el encuentro cotidiano con Dios y a través de su amor con el prójimo.
¡Un corazón misericordioso! Un corazón que trate de imitar el corazón de la Madre de la Misericordia, a María, que es el modelo más claro y extraordinario de misericordia recibida, acogida y expandida.
Un corazón misericordioso y humilde, que invita al otro a compartir sus anhelos. A cantar el clamor de la misericordia para llevar al mundo la alegría del Amor.
Salí reconfortado de aquella media hora en compañía del Señor de la Misericordia porque aunque mi corazón está lejos de ser misericordioso siente el aliento de Aquel que, con suma misericordia, acoge, ama, perdona y acompaña.

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¡Padre Eterno, te ofrezco el Cuerpo y la Sangre, el Alma y la Divinidad de Tu Amadísimo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, como propiciación de nuestros pecados y los del mundo entero! ¡Por tu dolorosa, Pasión, Señor, ten misericordia de nosotros y del mundo entero! ¡Señor, sufriste el dolor de la Cruz por la redención de nuestros pecados, dame la gracia de olvidarme de mis necesidades y entregarme al prójimo con amor y generosidad, colaborando contigo en tu obra salvífica para hacer en todo momento la voluntad de Dios! ¡Concédeme la gracia de ser humilde y pequeño especialmente con aquellos con los que hoy voy a encontrarme y convivir, ayúdame a compartir con ellos el amor que recibo de ti! ¡Ven a mi vida, Señor, y llena mi corazón de tu misericordia para ser luz, cántaro de amor, de sanación y de protección para todas las personas que se crucen en mi vida! ¡Concédeme la gracia de ser testigo de tu infinita misericordia, guía para las personas a las que quiero sabiendo compartir con ellas sus alegrías y sus penas, sus esperanzas y sufrimientos! ¡Bendice, Señor, a todas las personas que amo e ilumínalas a lo largo de su caminar! ¡Señor, de la Divina Misericordia, en ti confío!

Un comentario en “El anhelo de un corazón misericordioso

  1. Impresionante!!!!

    Espero repasar este texto muchas veces por toda la sabiduría metida en él!!!
    Lo agradezco muchísimo!!! Qué bien tan grande para el alma!!!
    Gracias,

    Bea

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