Un ser imperfecto al que Dios ama

Ayer en una charla en la parroquia preguntaron que hemos de limpiar de nuestro templo interior. Cada uno sabe que debe barrer. Me invadió una sensación de profundo agradecimiento por el amor y la gracia de Dios. Como en mis infidelidades e incoherencias, Dios me ama profundamente. Y uno se pregunta como es que merecemos tal amor, este regalo tan grande que nos otorga Dios. Y comprendes que no eres más que un pequeño ser imperfecto amado intensamente por un Dios que es perfecto.
Solo Dios sabe nuestros pecados ocultos, esos que ocultan nuestras máscaras, y que te hacen ser alguien indigno a la gracia de Dios. Solo Dios sabe que muchas de nuestras obras están manchadas por el alquitrán pegajoso de la incoherencia; ¡Se hace tantas veces dificultoso aceptar todas y cada una de nuestras malicias, flaquezas y debilidades que nos hacen tomar conciencia de que nos somos dignos del perdón y la gracia del Padre!
Pero hay algo muy hermoso detrás de esto. Uno siente lo mucho que Dios le ama porque Dios nos ha escogido a cada uno de nosotros creándonos, nos ha santificado, nos ama intensamente y desea que le dejemos actuar en lo más profundo de nuestro ser. Para ello, es necesario que miremos al mundo y a los que nos rodean con su misma mirada, tratar de vernos como Él mismo nos ve a nosotros, sintiendo como Él siente, amando como el ama. Dios quiere utilizar a cada persona incluso a pesar de sus debilidades, caídas, defectos e incoherencias porque su deseo es transformar el corazón del hombre para hacerlo semejante a Él.

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¡Señor, cada nuevo día tengo la oportunidad de parecerme más a Ti! ¡Actúa, en mi vida, Señor, y no permitas que me aleje de Ti! ¡Entra en mi vida, Señor! ¡Entra en mi alma, en mi corazón, en mi interior para hacerme una persona nueva! ¡Señor, soy consciente de que me has escogido, no permitas que me aleje de Ti! ¡No permitas que mis debilidades me alejen de tu presencia! ¡Ayúdame a que mi mirada, mis gestos, mis acciones, mis pensamientos y mis sentimientos se asemejan cada día a los tuyos! ¡No permitas que el miedo me atenace y fortaléceme, Señor, en mi debilidad! ¡Envía tu Espíritu sobre mí, Señor, para que mi vida esté repleta de tus santos dones! ¡Haz de mi vida un testimonio de Tu Verdad!

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