¡Por mi redención!

He acudido a Misa a una iglesia a la que entraba por primera vez. Eramos pocos feligreses. He llorado en el momento de la consagración. El celebrante, un sacerdote joven, ha manifestado un amor increíble en cada palabra y en cada gesto. Ha elevado la Hostia con una delicadeza suprema. Ha levantado el cáliz con una mirada de fe profunda.
Ha dado realce al auténtico sacrifico que es la Eucaristía. Ha rememorado el sacrificio de Cristo con un amor explosivo pero humilde al mismo tiempo. Y me han saltado las lágrimas. No he podido más que exclamar «¡Señor mío y Dios mío, muéveme el verte clavado en esa cruz y escarnecido!». Se me han saltado las lágrimas porque el amor con el que este sacerdote presentaba el Cuerpo y la Sangre de Cristo lo hacía muy presente en el santuario de la vida con su propia sangre. Mis ojos llorosos agradecían ese sacrificio de Cristo como precioso acto de obediencia a la voluntad salvadora del Padre. ¡Qué hermoso acto de oblación, de entrega generosa, de humildad perfecta, de amor inconmensurable!
No puedo dejar de pensar la gracia que supone poder recibir cada día a Cristo en la Eucaristía. Sentirle en lo más profundo de mi ser. ¡Un gesto de tanto sufrimiento y de tanto amor! ¡Un gesto trascedente que es por mí! Porque en la Eucaristía revivimos la Pasión y la Muerte de Cristo como acción glorificadora del Padre pero por encima de todo para la redención del hombre. ¡Por mi redención! ¡Qué sublime es el sacrificio de Cristo!
Y he salido del templo alegre, feliz, gozoso, lleno de esperanza. He participado de nuevo en el sacrificio de la Santa Misa. He hecho sencilla y humildemente con amor la oración más perfecta que en mi pequeñez le puedo ofrecer al Creador: participar de la Eucaristía. Y por algo nada más tan sencillo que por simple amor.

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¡Señor, te doy infinitas gracias por que te haces pequeño en un trozo de pan para alimentar mi vida! ¡Te doy gracias, Señor, porque me permites rememorar en cada fracción del pan y en cada copa de vino la última cena y sacias con tanto amor mi hambre y mi sed de Ti! ¡Te doy gracias, Señor, amigo, porque tu amistad es tan profunda y amorosa que diste la vida por mi hasta la muerte en Cruz! ¡Te doy infinitas gracias, Jesús, porque me llenas cada día con tu presencia amorosa y misericordiosa! ¡Gracias, Señor, porque me permites amarte y sentirte cada día, porque en la unión contigo en la Eucaristía me fortalezco, porque me haces comprender que como Tú debo entregar la vida por el prójimo! ¡Gracias, Señor, gracias, porque cada día en la Eucaristía siento que participo en una comunión de amor contigo y con los que me rodean! ¡Señor, no merezco recibirte pero una palabra tuya bastará para sanarme! ¡Gracias, Señor, por haber venido a mi alma, por haberme creado, redimido, hecho cristiano y conservado la vida, por todo lo que cada día me ofreces, por los dones que me concedes diariamente, por los dones que desconozco y me otorgas, por tu perdón generoso y, sobre todo, por haberme dado a María como Madre! ¡Gracias, por todos los que me rodean, dame fe, esperanza cierta y caridad sin límites para servirlos con amor, generosidad y entrega!

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