Como un pastorcillo de Fátima

Último sábado de enero con María, Señora del Rosario y de la Confianza, en nuestro corazón.
Prometí a mi hijo pequeño, gran devoto de María, llevarlo un día a Fátima. Desde ayer, coincidiendo con el año del centenario de las apariciones, nos encontramos los dos, unidos padre e hijo en oración, en este pequeño pueblo de Portugal siguiendo la estela de María. Llevábamos preparando con ilusión el viaje desde que compré los billetes y reservé la hospedería en el mes de noviembre. Vimos un película sobre las apariciones, rezamos el Rosario, hemos ofrecido sacrificios por la conversión del mundo, hemos profundizado en el mensaje de María y con enorme alegría estamos en el centro de nuestra peregrinación humana y espiritual.
Me siento lleno de María. Me complazco felizmente en ver este lugar como una escuela maravillosa de fe en el que María es la auténtica maestra. Caminando por los caminos que condujeron a los pastorcillos hasta el encuentro con Ella se revela de nuevo en mi corazón la belleza de la oración, de la fe, del esperar en María y desde María en Jesús. Se reafirma en mí la auténtica y valiosa experiencia de este santo lugar donde vivencias la presencia amorosa y misericordiosa de Dios en tu propia vida.
Regresando pausadamente por uno de los caminos cercanos al Santuario, entre la belleza del paisaje, mi hijo me dice: «¡Papá, te das cuenta que somos como los pastorcitos a los que la Virgen y Dios nos aman mucho!». Me siento profundamente conmovido. Un niño de apenas doce años, casi la misma edad que tenía Lucía cuando le habló por primera vez la Virgen, me ha transmitido de nuevo la dimensión del amor de Dios. Efectivamente, somos tan pequeños como esos pastorcillos, amados por el Dios del Amor, el amor que transforma, vivifica y mueve el mundo. Un amor que pasa también por María que nos invita a la conversión profunda de nuestro corazón para vivir el conocimiento de ese amor puro y dadivoso que viene del Padre, señor y dador de vida.
Y no solo eso. Me permite comprender que hemos de ser como esos partorcillos que, sin formación intelectual, se movían en la pequeñez de su vida con un corazón sencillo abierto a la gracia, que vivieron sin miedo al que dirán y a la persecución, que fueron coherentes con la fe recibida de sus padres, que confiaron en María, la Señora de la Confianza y del sí a la voluntad divina. Y lo hicieron porque en María se puede confiar siempre, porque la Virgen no falla nunca, no abandona nunca, siempre te cubre con su manto maternal.
Está siendo para mí una profunda experiencia de fe peregrinar con mi hijo pequeño. Me transmite con su sencillez su amor por María. Lo miro caminar alegre, confiado, esperanzado, lleno de fe, por el recinto del Santuario y sus aledaños participando en las ceremonias y siento que con el gozo de su preparación me hace ver que a Jesús se llega por María.
No puedo más que elevar mi plegaria a Dios y la Virgen y darle gracias por mis hijos, por la esposa que me los ha dado, por mis padres y mis abuelos que me han llevado a la fe, por todos aquellos que caminan conmigo en el camino de la Iglesia y por los miles de lectores de esta página que me permite intensificar cada mañana mi oración confiada. Todos se encuentran estos días a los pies de María y pido con fe y esperanza para que, como hizo con los pastorcitos, transforme nuestros corazones, los haga pequeños y nos permita vivir acorde con los valores del Evangelio.

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¡Maria, me consagro a tu Inmaculado Corazón y te ofrezco a todos los que quiero! ¡Te ofrezco, María, a los que no aman a tu Hijo, a los que lo vilipendian, a los perseguidores de los que tienen fe, a los pecadores que no se arrepienten! ¡Concédeme la gracia de vivir mi vida en la voluntad y las leyes divinas, siendo obediente, puro y virtuoso! ¡Concédeme la gracia de la pequeñez y la humildad para ser un pastorcito moldeado por las manos amorosas del Padre! ¡Ayúdame a caminar directo hacia el cielo! ¡Ayúdame a convertir mi corazón, a alejarme del pecado, a vivir una vida santa! ¡Y como tu nos pediste, exclamo: Jesús mío, perdónanos, líbranos del fuego del infierno, lleva todas las almas al cielo, especialmente las más necesitadas de tu divina misericordia! ¡Ayúdame a soportar en tu compañía todos aquellos sufrimientos que me sobrevengan y aceptarlos con esperanza y como reparación de los pecados que dañan el corazón de Jesús! ¡Hazme, María, apóstol del Santo Rosario para contemplar en cada misterio la vida de tu Hijo! ¡Hazme una persona de oración! ¡Me entrego a tu Inmaculado Corazón, Madre, y te pido una fe viva, humildad de corazón, sencillez de vida, sabiduría para conocer y amar a Tu Hijo y por Él al prójimo, paciencia para sobrellevar las dificultades y gracia para servir a los demás! ¡Inmaculado Corazón de María, en ti confío! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

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