Con María en el tiempo de Cuaresma

Último sábado de febrero y primer sábado de Cuaresma acompañado de María, la madre, imagen y modelo de la Iglesia que es guiada por Cristo hacia su propia Pascua, en lo más profundo del corazón.
Hoy deseo caminar de la mano de María, la Señora de la Cuaresma, íntimamente unido a Ella y a Jesús en su caminar hacia el desierto donde es guiado por el Espíritu. Lo hago porque Ella fue la primera que puso a Jesús en camino con su maternidad, camino que lo conducirá a la muerte pero también a la Resurrección. Lo hago de su mano recordando con gozo el primer milagro de Jesús, en la que Ella es protagonista en Caná, acontecimiento que anticipa la Hora del Calvario y me enseña como discípulo de su Hijo a tener fe viva en Él.
Deseo caminar a lo largo de la Cuaresma de la mano segura y tierna de María. Escucharla y meditar con ella la Sagrada Escritura. Pedirle que aprenda a escuchar como ella misma escuchó porque Ella es, sin duda, la “escucha” más perfecta de la Palabra de Dios. Quiero recorrer con Ella el camino de la cruz con dolor pero siempre con esperanza.
Le pido a María que me guíe en su manera de rezar, amar, servir y ayunar, que me inculque esa transparencia de su corazón totalmente reconciliada con su concepción de Cristo. Hasta el día del domingo de Ramos, le pido que me enseñe a contemplar a Jesús en el desierto, a Jesús transfigurado, a Jesús dando agua viva a la mujer de Samaria, a Jesús resucitando a su amigo Lázaro. Hacerlo con Cristo presente en mi vida para ser guiado en el camino de la libertad y la vida a través de su Hijo, que resucitará tras una semana de Pasión y muerte en la cruz.
Le pido a María que me ayude a acercarme al sacramento de la reconciliación y la penitencia con humildad. Sé que Ella me acompañará como una madre acompaña a su hijo al médico para que me libere de la vergüenza de tener que reconocerme profundamente pecador y obtener así el arrepentimiento verdadero y la paz de corazón que trae el perdón de Dios.
Quiero ir de su mano para vivir la Cuaresma desde su prisma de Madre de Dios y descubrir que no es tiempo triste sino de profunda alegría porque lleva a la Resurrección de Jesús. Por eso quiero ir de su mano, la mano de Nuestra Señora de la Cuaresma, porque la Cuaresma es un camino de libertad y vida con Cristo, un camino que ella misma ha recorrido humilde y serenamente y quiere ayudarnos a seguir.
Que acompañado de María, la Madre de Cristo y de su ejemplo e intercesión me preparare con alegría hacia la Pascua de Resurrección.

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¡María, Señora de la Cuaresma, en este camino de cuarenta días, te invoco con alegría, esperanza y confianza para que Tu, la primera creyente en Cristo, me ayudes a vivir este tiempo de oración y penitencia bien preparado para llegar purificado y renovado en el espíritu, al gran misterio de la Pascua de Tu Hijo! ¡En este tiempo, María, ayúdame a profundizar como hiciste Tú en la Palabra de Dios, a ser más constante y fiel en la oración, a retener y meditar en lo más profundo de mi corazón todo lo que el Padre quiere transmitirme! ¡Concédeme, María, la fuerza para responder cada día a la llamada de Dios con autenticidad y responsabilidad! ¡Ayúdame, María, a seguir los pasos de Jesús, a ser como Él, a crecer en la cosas de Dios, a aumentar mi fe, a esperar en la esperanza y a vivir en el amor! ¡Gracias, María, por caminar junto a mi en el camino de la Cruz! ¡Concédeme la gracia de abrir mi corazón y ser obediente a la voluntad del Padre y caminar junto a Ti hacia la cruz de Cristo!

Del desierto a la libertad

Me venía a la imagen del desierto el Rally Dakar que se corrió en enero en el desierto de Arabia Saudita en condiciones extremas. Viendo las imágenes de los corredores de este mítica carrera el desierto comprendes que el desierto es un lugar lleno de trampas. No es un lugar donde uno desee retirarse, excepto para enfrentar estas fuerzas malvadas que ponen a prueba a quien lo arriesga. Esta tierra desolada se opone a la Tierra Prometida, como la maldición se contrapone a la bendición.
El desierto es, además, ese lugar de aridez que abate a los viajeros que se encuentran hambrientos y sedientos. Y, sin embargo, ¿no fue el desierto un paso extraordinario donde Israel, salvado de Egipto por la mano providente y misericordiosa de Dios, aprendió a conocerle, a confiar en él, a rendirse por completo a él? El desierto en la Biblia no es solo una tierra de desolación es también y, sobre todo, un lugar donde se realiza la historia de la salvación.
El desierto visto así no es un lugar hostil, se convierte en un lugar propicio para encontrarse con Dios porque te devuelve a la esencia, a la indigencia de todo, a la inseguridad del mañana, al horizonte lejano del que solo confía en sus propias fuerzas. El desierto te hace ver que no puedes confiar en tus propios medios, esos que te convierten en un dios de barro. Y así el corazón se abre al Otro más allá de uno mismo, a esta dimensión interna que a veces vive obsesionada con el ruido y las actividades de todo tipo. Esto es lo que experimentamos al elegir ir al desierto donde nos encontramos solos pero no abandonados. En ese desierto descubrimos una Fuente de donde surge la vida. Si falta agua, la Palabra de Dios, la palabra de vida, brota en abundancia. Y nuestro corazón puede dejarse habitar para renacer de nuevo. Es la gracia y el don de la Cuaresma.
Tiempo de volver al interior de mi mismo. Este movimiento hacia la interioridad es parte de mi paso por el desierto. Me permite ir al fondo de mi corazón para hacer balance, para vivir una rendición renovada en Dios. Para convertirme de manera auténtica y creer en el Evangelio.
Es en el desierto que Dios se convierte en educador y maestro de la vida. Estos desiertos toman varias formas: insatisfacción, dudas, noches, tristeza, enfermedad, soledad, tibieza, soberbia… Pero como con Israel, aquí es donde Dios me espera este año durante mi Cuaresma lo que implica abandonar verdaderamente la ilusión de ser autosuficiente, de descubrir y aceptar mi propia miseria e indignidad. Eso exige abrir el corazón y prepararme para acoger la gracia.
Es en la fe que espero y que viajo a través de mis pasajes por el desierto para que mi corazón se llene de esperanza. Para ser consciente de mi condición de hombre mortal, limitado y marcado por la finitud, pero que tiene la mirada vuelta hacia el infinito que conoce en la fe y que anuncia siguiendo al que pasó de la muerte a la vida, y que ahora vive eternamente para Dios.
Le pido al Señor por medio de su Santo Espíritu que en esta Cuaresma abra en mi nuevos horizontes y me permita entrar con alegría en el camino de la eternidad.

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¡Señor, en este tiempo cuaresmal, en este tiempo de desierto, ayúdame a transitar por un itinerario de oración que me lleve a Ti! ¡Te pongo, Señor, mi pobre realidad; te entrego mis pobrezas y mi indignidad que me llevan a renovar con la fuerza de tu Espíritu mi corazón que tiene la urgente necesidad de regresar a Dios y descubrir que es el deseo de Dios el que sale en mi búsqueda! ¡Ayúdame, Señor, con la fuerza de tu Espíritu, a comprender y vivir el significado de la cruz que implica entregarse sin exigir nada a cambio, amar hasta el extremo, amar sin medida! ¡Ayúdame a transitar por el desierto de la Cuaresma en intimidad contigo para que Tu presencia en lo íntimo de mi interior me transforme por completo! ¡Que en esta Cuaresma, Señor, sea capaz de levantarme y me deje alcanzar la misericordia de Dios! ¡Que este tiempo de desierto se convierta en una peregrinación espiritual de la mano de tu Espíritu para desde lo más profundo de mi alma penitente vaya al encuentro de tu Resurrección! ¡Señor, ayúdame a que este Cuaresma me saques de la esclavitud del pecado y me conduzcas a la tierra de la libertad verdadera! ¡Concédeme la gracia de desasirme de todo lastre mundano que viene del pecado, de mis incoherencia, de mis tibiezas e infidelidades y sea capaz de caminar conforme a la Verdad que Tu representas! ¡Que este tiempo de Cuaresma sea para mi una nueva oportunidad para volver a Dios, para tenerle como garantía de vida y no sucumbir a las asechanzas del enemigo!

Caminar a la luz de la oración cuaresmal

Como Jesús, lleno del Espíritu Santo, regreso un año más a las orillas del Jordán y conducido por el Espíritu me encamino al desierto. Empiezo un tiempo de cuarenta días en el que adentrándome en una travesía de oración te exige mucha autenticidad, verdad y conocimiento de ti mismo. Es la única manera de llegar a la fiesta de la Pascua con un corazón libre, purificado y sin ataduras.
Anhelo que mi oración en este tiempo de acompañamiento de Jesús sea muy penitencial, para salir del mundo y entrar con gozo en la vida nueva. Quiero que mi oración esté muy estrechamente unida a Jesús, amigo, compañero, Señor y Salvador.
Quiero que mi oración impregne todos los resortes de mi ser para que ahonde en mi realidad, para que reflote las heridas de mi corazón para sanarlas, para desenmascarar las máscaras de mi ser, para fortalecer mi debilidad y saciar mi sed de amor.
No es sencilla la oración cuaresmal. En toda su crudeza te permite profundizar en tu pequeñez y en tu desnudez pero tiene un fin: que puedas renacer a la luz de la Pascua, que puedas dar lo mejor de ti mismo a la luz de la Resurrección, que puedas levantarte con alegría a luz del encuentro con el resucitado.
La oración cuaresmal te invita a adentrarte con valentía en tu propio yo, y desde dentro escuchar a Dios, escuchar a Cristo, escuchar el susurro del Espíritu para ganar en fe, en esperanza, en caridad, en fortaleza, en sabiduría, en amor, en perdón, en generosidad… Entrar en lo profundo del alma es llenarse de la grandeza de Dios, es no arquear tu corazón para permitir que de él brote el agua purificadora del Espíritu, esa misma que se derramó el día del Bautismo y que te limpia de toda mancha.
La oración cuaresmal es una oración que vivifica, que te levanta, que no te derrota porque cuando profundizas en tu imperfección es cuando con más ahínco tienes ganas de levantarte.
La oración cuaresmal te permite orar desde tu realidad, desde lo que eres y desde la perspectiva de lo que te gustaría ser. Y eso te hacer crecer para caminar en pos de la santidad.
La oración cuaresmal te permite tener la certeza de que nada sucede al margen de Dios, que vislumbra con claridad lo que acontece en lo más profundo de tu ser. Y eso te permite aprender a esperar y confiar en Él.
Cuarenta día en el desierto, lugar seco y árido. Voy a afrontar así mi oración desde la aridez de mi pequeñez pero refrescándome con el agua fresca que brota de la presencia viva de Cristo en mi corazón, lo que me da la fuerza y alegría de vivir.

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¡Señor, Jesús, me preparo para acompañarte en tu camino de Pasión pero también gozoso a la espera de tu Resurrección, ilumíname cada día con la luz que nace de ti, para que nada empañe mi corazón! ¡Ayúdame, Señor, durante este periodo de introspección y arrepentimiento a vivirlo todo muy cerca de ti, unido en tu preparación para caminar a tu lado junto a la cruz! ¡Concédeme la gracia de abrir mi corazón para que transforme todo lo que tenga que ser cambiado, para que mis egoísmos se vuelvan actos de generosidad, para que mi soberbia se torne en humildad, para que mis heridas sanen con alegría, para que mis máscaras sean transparencia, para que mis malas acciones se conviertan en buenas obras! ¡Abre, Señor, mi corazón pequeño y frágil a tu Palabra para hacer siempre el bien! ¡Que mi oración sea también ayuno para aprender a amar! ¡Que las oscuridades de mi alma se transformen en luz a la lumbre de la oración! ¡Ayúdame, Señor, a ahondar en lo que debo cambiar para salir fortalecido en este tiempo de Cuaresma porque aspiro a la autenticidad, a la verdad y a la santidad de la que tan alejado estoy! ¡Concédeme la gracia de encaminar mi vida desde la rectitud, a ser consciente de mis faltas y a rechazar con valentía las tentaciones y el pecado, a huir de lo que me aleja de ti y a purificar mi corazón! ¡Imploro, Señor, tu misericordia y me propongo cambiar para parecerme cada día más a Ti!

¿Qué quieres que haga durante estos cuarenta días que me preparas para la Pascua?

Hoy es miércoles de ceniza. Comienza la Cuaresma. He comenzado la jornada al levantarme leyendo el Salmo 51 que es una bellísima oración penitencial y te orienta de una manera preciosa hacia la luz de la Pascua. Un salmo que te llena y te reconforta: «¡Ten piedad de mí, Señor, por tu bondad, por tu gran compasión, borra mis faltas! ¡Lávame totalmente de mi culpa y purifícame de mi pecado!… Crea en mí, Dios mío, un corazón puro, y renueva la firmeza de mi espíritu». Este salmo te recuerda que el objetivo de la Cuaresma es redescubrir la alegría, la alegría de sentirse salvado, sanado y perdonado.
La vida transcurre a tal velocidad que uno llega a la víspera de la Pascua sin ser consciente de que se adentra en la Cuaresma. Se nos presenta una interminable lista de pretextos que nos llevan a posponer las buenas resoluciones para el día siguiente. Pero entonces surgen otros pretextos para alentarnos a posponer nuestra entrada en la Cuaresma. Así que este miércoles de ceniza es el que te lanza a ponerte en marcha sin demoras y sin esperar las condiciones favorables ilusorias para vivir plenamente la Cuaresma en el aquí y en el ahora. Es el día para presentarse ante al Señor y preguntarle con el corazón abierto: «¿Qué esperas de mí, Señor? ¿Qué quieres que haga durante estos cuarenta días que me preparas para Tu Pascua? ¿Cómo quieres que afronte este tiempo? Como conoces perfectamente mis muchas debilidades, cuento contigo para que me ayudes a descubrirlo». Y si desconozco cómo hacerlo le puedo confiar al Señor mi deseo de vivir la Cuaresma de manera intensa. Pedírselo hasta cien veces al día si es necesario para rogarle poder entrar de su mano y con la fuerza del Espíritu para hacer camino en su compañía. ¿Alguien duda de que dejará este ruego sin respuesta?
La Cuaresma no es un castigo sino uno de los grandes regalos de la vida cristiana. La razón de la Cuaresma no es el pecado y la realidad de nuestras faltas, sino el amor: el amor desbordante de Dios, la locura del Dios que ama y que busca por todos los medios hacernos dóciles para que aceptemos la felicidad con la que Él quiere llenar nuestro corazón y nuestra vida.
La Cuaresma hay que vivirla como un proceso comunitario y personal al mismo tiempo. Uno no es cristiano en su individualidad, lo es para vivir con y para el prójimo: por lo tanto, no vivimos la Cuaresma el uno para el otro, sino unidos entre sí por la Comunión de los Santos. Y esto es particularmente cierto en las pequeñas iglesias domésticas que son las familias.
Lo bello de la Cuaresma es que Dios tiene una historia de amor absolutamente personal para vivir con cada uno de nosotros: la Cuaresma es, por lo tanto, también un proceso profundamente personal, para disfrutarla en la soledad y el silencio del corazón. Un viaje íntimo en compañía de Dios.
En este viaje de cuarenta días Dios desea apoderarse de nuestra vida, que nos llenemos de Él para ver nuestro interior, para dar respuesta a nuestros deseos secretos, a nuestros anhelos de transformación, a nuestra necesidad de cambiar. Es Él quien los causa, y es Él quien luego responde.
En el umbral de esta Cuaresma que hoy comienza, le pido al Señor que haga en mi todo lo que precise para encontrar la alegría de la Pascua en mi corazón.

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¡Señor, hoy comienzan cuarenta días de peregrinación dedicados a la reflexión interior, a la oración y al ayuno! ¡Ayúdame a vivirlos muy unido a ti como preparación para la Pascua! ¡Señor, tu eres el camino, la verdad y la vida, por esto quiero darte gloria en este día porque en ti está la salvación! ¡Por medio de tu Santo Espíritu, Señor, concédeme la gracia de vivir este tiempo con generosidad, con apertura de corazón, con ayunos fervorosos, con interiorización profunda, con un corazón nuevo que ahonde en tus mismos sentimientos! ¡Tu me invitas a convertirme y creer en el Evangelio, a mirar la realidad de mi interior, a ver y entender como puedes cambiar mi vida, a buscar en mi interior lo que es auténtico, a descubrir lo que esperas de mi, a vivir una vida que testimonie que soy cristiano! ¡Tu me invitas, Señor, a convertir mi vida en evangelio! ¡Tu me invistas a abrirme al mundo que me rodea para saborear la grandeza de tu amor y llevarla a los demás! ¡Señor, tu sabes que convertir mi corazón no es algo que pueda hacerlo sin tu ayuda porque mi voluntad es débil y me cuesta cambiar de actitud! ¡Lléname de tu amor para cumplir tu voluntad y desde tu inmenso amor crecer interiormente para que tu moldees aquello que consideres y cambies aquello que deba ser cambiado! ¡Empieza, Señor, por lo pequeño pues son muchas las cosas que debo transformar! ¡Ayúdame a apartar de mi corazón lo que no sirva, a dedicar tiempo a descubrir los ayunos que debo hacer en estos días de Cuaresma, apartando de mi vida lo superficial y que no me llena! ¡Señor, aspiro a la libertad de la santidad y deseo hacer un hueco en mi vida a la verdad del Evangelio porque quiero parecerme a ti en la pequeñez de mi vida!  

Vivir la verdad y sin máscaras

Si uno lo analiza bien el ser humano es de por sí bastante complicado. Y cuando las complicaciones abruman cubrimos la impotencia que nos inunda por medio de máscaras. Dejas de ser tu para perder tu originalidad y acomodarlo todo a un apaño de medias verdades y poco originales justificaciones.
¿No es mejor vivir la vocación de cristiano, de padre o madre de familia, de amigo, de creyente, de profesional, de ama de casa, de estudiante o de lo que sea desde la autenticidad, la sencillez o la descomplicación?
Estamos porque hemos sido creados por un Dios que es Amor. Sin ese amor no somos nada porque todo nos viene regalado. Hay que aprender a dejarse moldear por la acción del Espíritu para que Cristo se encarne en mi persona, me llene, me impregne, me invada y me posea. Para que Cristo entre por completo en mi vida y la transforme desde lo auténtico y veraz. Es su Espíritu el que moldea esa frágil vasija de barro que conforma la vida. Delicada, quebradiza y vulnerable por fuera pero con abundantes dones por dentro pero no por méritos propios sino porque Cristo, motor de la historia y por tanto de vida, vive en cada uno. Entonces, logro que mi mirada sea su mirada, mis pensamientos sean sus pensamientos, mis actos sean sus actos, sus sentimientos sean los míos… en un acompasamiento de acciones y de gestos. Es decir, vivir con Cristo, en Cristo, para Cristo, por Cristo y desde Cristo.
Cuando esto ocurre te puedes desprender de las máscaras que en apariencia te «protegen» exteriormente pero que carcomen y devoran por dentro y que conforman parte de nuestra identidad impostada para redescubrir y mostrar como somos en realidad.
La esencia del ser cristiano es vivir la verdad y la autenticidad con todas sus consecuencias. No querer aparentar, fingir o disfrazarse sino agradar a Dios y hacer lo que Dios ha pensado de mí y para mí; supone aceptarme a mí mismo como «pensamiento de Dios», tal como soy, con mis límites y con mi grandeza. Esconderse de uno mismo no lleva a ningún lugar. El cristiano auténtico es aquel que tiene trasparencia de alma, que no se esconde detrás de un personaje, que su autenticidad va acorde con lo que hace, dice y piensa. El cristiano auténtico no necesita disfraces porque su espejo es Cristo, el más auténtico de los hombres. Él llena nuestro corazón y nuestra vida para vivirla en libertad. ¡Qué tranquilidad vital no tener que colocarse la máscara diariamente para fingir lo que no se es!

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¡Señor, envía tu Espíritu sobre mí para que me haga crecer en autenticidad y verdad! ¡Líbrame, Señor, de todas aquellas máscaras que entorpecen mi crecimiento como cristiano, como discípulo y seguidor tuyo! ¡Hazme tener plena conciencia, Señor, de que mi identidad es ser uno contigo! ¡Señor, tu me invitas a seguirte para ser sal de la tierra, luz del mundo, parte de la vida verdadera, fermento que da fruto, semilla que crece; eso no lo puedo lograr sin no soy auténtico a semejanza tuya! ¡Señor, tu me invitas a ser tu amigo, me has elegido para llevar tus frutos abundantes y para ser siervo de la justicia; es no lo lograré sin autenticidad cristiana! ¡Tu, Señor, me has convertido en siervo de Dios, en hijo espiritual de Dios, en hijo verdadero de mi Padre, me has hecho coheredero tuyo para compartir la herencia del cielo; eso no lo lograré sin autenticidad cristiana! ¡Tu Espíritu mora en mi, Señor, porque me soy templo morada de Dios, por estoy unido a Él en espíritu y vida, por soy miembro de tu cuerpo producto de la nueva creación, hecho a la hechura de Dios, llamado a ser santo en una sociedad que se aleja de la autenticidad; no permitas que caiga yo también en este quebranto! ¡Señor, soy una de las piedras vivas de Dios, soy miembro de tu linaje escogido, miembro de su Iglesia santa, enemigo del diablo, promotor de la alegría cristiana; no seré creíble si me escondo detrás de una máscara que no deja traslucir mi autenticidad como ser humano! ¡Señor, aspiro a ser como eres Tu, por eso quiero vivir en Ti, para Ti, por Ti y desde Ti! 

La plaga apocalíptica de los incendios

Una lectora escribió ayer un comentario en la página: «Necesito que nos hable de los incendios, se propagan por todas partes. Animales y plantas son las víctimas inocentes, esto me descorazona, no consigo entenderlo». Le estuve ayer domingo dándole vueltas a esta idea. Los incendios arrasan anualmente millones de hectáreas arboladas, incluyendo fauna amenazada. Son como un plaga apocalíptica. Estos incendios comportan un impacto socioeconómico elevado y provocan grandes cifras de víctimas y enormes pérdidas económicas. Los animales y las plantas son las víctimas, pero por encima de todo lo es el hombre. Los incendios forestales son el síntoma más evidente de un espacio rural gravemente enfermo consecuencia de décadas de abandono del medio rural lo que hace necesario crear otro modelo económico.
El ser humano es el primer depredador de la naturaleza creada por Dios. El hombre es el principal artífice de la destrucción del planeta. Lo destruye por causas accidentales como la limpieza de matorrales, los fuegos de las barbacoas, los cigarrillos mal apagados, por el mal estado del tendido eléctrico; por motivos indirectos como la sobre-explotación de los acuíferos, la mala conservación de los bosques… y, en su mayor parte, por acciones deliberadas como los intereses urbanísticos y económico-especulativos, para obtener réditos con las pólizas de seguro forestales, por el abandono de la tierra y por motivos políticos. Los incendios son un drama social y natural consecuencia de la elevación de la temperatura del planeta que genera un cambio climático de consecuencias desastrosas por el calentamiento global que provocará no solo incendios sino también inundaciones devastadoras, lluvias torrenciales descontroladas como ya viene ocurriendo ahora lo que obligará a la emigración y éxodo de poblaciones enteras, a la carencia de agua potable, a la agonía de la tierra agrícola en muchos territorios, a la extinción de numerosas especies.
Lamentablemente somos los hombres los más voraces destructores de la naturaleza, del planeta en el que vivimos, de nuestro hábitat natural. El hombre destruye para crear y aniquila para sobrevivir. Es contradictorio. Pero en su afán de ser un dios en minúsculas se considera el dueño de la vida y del universo y olvida con harta frecuencia que la naturaleza tiene sus ciclos, sus fases y su razón de existir y que nada ha sido creado por Dios de manera improvisada sino que la rueda de la vida tiene un alfa y un omega que hay que respetar.
El reino de la naturaleza es un regalo de Dios. Es don de Dios. Lo dice claramente el canto inicial del Salmo 24: «Del Señor es la tierra y todo lo que hay en ella». Hay que preservarla y amarla, respetarla y cuidarla. El progreso es necesario pero es contradictorio progresar destruyendo la Creación.
El planeta no es nuestro. Es de Dios. Nosotros solo somos huéspedes de la Tierra. Y ningún huésped destruye la casa de su propietario. Hay que conservar la tierra, hay que preservarla de la destrucción. Hemos necesitado millones de años para dominar la tierra pero hoy, con nuestro comportamiento, arriesgamos la supervivencia del planeta y nuestra propia existencia. Es lícito que el hombre trate de emplear los recursos que la naturaleza le ofrece para su beneficio y no es negativo que participe del ciclo natural pero debe hacerlo respetando en todo momento el equilibrio interno de la vida. De lo contrario, como sucede ahora, sus efectos son devastadores. El agua que sustenta la vida se va agotando; la nieve de las montañas derritiendo; los incendios por el aumento de la temperatura y la mano destructora del hombre para ganar tierras, arrasando; los ríos secándose; los mares empobreciéndose por las basuras acumuladas y los desechos vertidos; las selvas, que oxigenan la tierra, taladas cortando el ciclo ecológico; la pesca y la caza furtiva destruyendo la capacidad reproductiva del planeta…
Los que nos sentimos implicados con el Planeta, creación perfecta de Dios, hemos de levantar la voz. Los cristianos no podemos permanecer callados. Estamos de acuerdo como dice el Compendio de Doctrina Social de la Iglesia que el crecimiento demográfico es plenamente compatible con un desarrollo integral y compartido para asegurar el verdadero bien de las personas.
Es imprescindible abandonar la mentalidad actual que está centrada en el mero consumismo y hacer que el mundo revele el misterio de Dios que lo ha creado y lo sostiene. Hemos de hacer teología práctica de la ecología cristiana: consumir conscientemente, cuidar la tierra, adquirir productos que inflijan poco daño a la tierra, reciclar con conciencia, usar el agua de manera racional, llevar una vida acorde con la defensa del medio ambiente… Son maneras de cuidar la Creación. El redescubrimiento del verdadero sentido de la naturaleza no sólo contribuye a descubrir a Dios, sino también permite actuar de modo responsable para proteger lo que nos ha sido dado en custodia: la Tierra, con toda su hermosura, belleza y majestuosidad.

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¡Señor, Tu eres el Creador de todo y nosotros somos los custodios de la tierra; concédeme la gracia de amarla, de protegerla, de sostenerla, de cuidarla y de no maltratarla! ¡Vivir en la tierra, Señor, es un privilegio, un regalo que tu nos haces! ¡Me extasío con las montañas, con los árboles, con los ríos, con las estrellas, con los pájaros del cielo, con un cervatillo que se me cruzó hace unos días mientras caminaba por el campo, y doy gracias por tanta belleza! ¡Ayúdame a ser custodio responsable de ella, regalo tuyo! ¡Tu nos la das para que la protejamos! ¡Ruego, Señor, por la humanidad, por los responsables políticos, por los ciudadanos de todos los continentes para que seamos conscientes de la necesidad de preservar la naturaleza, amarla, no destruirla y sobreexplotarla! ¡Te pido, Señor, una actitud siempre humilde respecto al planeta, una actitud de gratitud y de mucha responsabilidad para cuidar nuestro entorno! ¡Gracias por la Tierra, Padre, regalo supremo lleno de amor; hazme protector de ella, hazme sembrador de belleza y no de destrucción y contaminación; hazme admirador de su hermosura y luchar para que se preserve en buen estado! ¡Tu, Señor, puedes cambiar los corazones humanos, tócalos con tu gracia para que seamos conscientes de la responsabilidad que tenemos y evita que la mano humana destruya el medio ambiente!

Ejercer la autoridad

Hay ocasiones que utilizamos la autoridad, la toma de decisiones o la coordinación de ciertas tareas en la familia, en el trabajo, en el ámbito social o parroquial de manera errónea; en lugar de hacer el bien subyugamos al prójimo no respetando su dignidad y ni su valor intrínseco como persona. Tratar al prójimo con respeto, sin suplantar sus ideas o pensamientos, su forma de hacer las cosas… forma parte de nuestro crecimiento humano y espiritual. Como cristiano me debo guiar por los métodos que utilizó Cristo. Es conveniente no olvidar que el Señor murió en la Cruz no solo para redimirnos del pecado sino también para expulsar del Templo a aquellos que querían convertirla en una especie de cárcel religiosa y espiritual.
Nos convertimos en muchas ocasiones en “mercaderes en el Templo” aunque por nuestro bautismo deberíamos ser más “templos del Espíritu Santo” que profanamos, sin embargo, con abusos éticos, morales y espirituales. Esta situación debería suscitar un cambio en nuestro corazón y una pasión por lo que verdaderamente es importante: el corazón del ser humano. Comprendiendo esto respetaremos siempre su dignidad como personas. Me doy cuenta que en todos los aspectos de mi vida siempre hay cosas que tengo que mejorar.

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¡Señor, hazme comprender que el valor supremo de la vida es el amor y que debo tratar siempre con amor al prójimo! ¡No permitas que mis gestos no estén impregnados de amor para que lo que haga no se quede en algo vacío, superficial y vano! ¡Hazme comprender, Señor, que toda autoridad ejercida sin amor, respeto y cariño no es más que tiranía y tú nunca te comportaste así! ¡Ayúdame a ejercer siempre mi situación de autoridad habilitando al otro, haciéndole sentir bien, beneficiando su camino de libertad, respetando su dignidad, propiciando sus capacidades, favoreciendo sus valores y virtudes, y siempre beneficiando el bien común! ¡Hazme ver, Señor, tu que siempre ejerciste la autoridad sobre los demás que debo ejercerla también para llevarla a la confianza, al diálogo, al encuentro; no utilizaste nunca la vanidad ni la ventaja, más al contrario tus gestos estuvieron siempre dirigidos hacia lo eterno, hacia el Padre! ¡Que por medio de tu Santo Espíritu, Señor, sepa acercarme al Evangelio y aprender de ti para ejercer mi autoridad rebajando mis egos, mi dureza de corazón, mi vanagloria, con actitudes que sumen, que enriquezcan, que ayuden, que abran puertas, que animen a vivir en una dimensión de amor pleno, de libertad cierta y de paz generosa! ¡Concédeme la gracia de imponer en mi vida el poder del amor!

¡Es una bendición tenerte como Madre, María!

Cuarto sábado de febrero con María, la Mujer bendita entre las mujeres, en lo más profundo de mi corazón. Es María, la que con su presencia y su mirada acaricia mi despertar en este día. Es Ella la que cada día va acompañando mis pasos ciertos e inciertos, firmes y vacilantes, de cada jornada. Es Ella la que me toma de la mano para que pueda seguir caminando para hacerme entender que debo hacer el bien cada día.
Es Ella la que me da el calor de la esperanza cuando decae mi ánimo, cuando me abraza y me acurruca en su pecho maternal en el momento que me sobrevienen las dificultades; es Ella la que me reconduce a Jesús cuando me desvío del camino que hacia Él me lleva.
Me siento seguro en las manos de María. Me siento alegre y confiado sintiendo su presencia. Me gustar rezarle y hablarle porque con Ella hay una relación de complicidad, de cariño, de amor, de protección. Es una gran bendición tener a María como Madre. Es un regalo tenerla como obsequio de Dios porque Ella te abre la puerta del corazón a Jesús, te adentra en la casa del Padre, te coloca en el atrio donde mora el Espíritu Santo que arroja luz sobre tu vida. ¡Que gran bendición la de María, porque su ejemplo te humaniza, de hace más pequeño y humilde, te hace entender que debes prescindir de tus soberbias y egoísmos y, sobre todo, te acerca más a Cristo, razón de nuestra existencia!

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¡Bendita tu eres entre todas las mujeres, Virgen María! ¡María, llena eres de gracia, llena de la vida de Dios, entrégame un poco de tu santidad y de tu gracia para crecer en virtudes, en santidad, en pureza, en humildad, en donación al prójimo, para tener una belleza en mi corazón que transmita a tu Hijo, para ser testigo de la alegría, esperanza para el prójimo, para ser tan sencillo como lo eres Tu, para llenarme del amor de Dios en mi vida! ¡María, tómame de tu mano, para que camine seguro por las imperfecciones de la vida, para no tener miedo y dar siempre un sí confiado a Dios, para aceptar su voluntad, para preparar mi corazón a los vaivenes y dificultades de la vida, para tener siempre mi alma pura para acoger a Cristo en la Eucaristía como tu lo llevaste en tu seno maternal cuando diste el sí al ángel, para que acompañarte en el camino de la cruz yendo junto a Jesús, para ponerme a los pies de la cruz y sentirme Iglesia contigo, para ir de tu mano hacia la santidad de la que tan alejado estoy cada día! ¡María, que ruegas por los pecadores, soy un hijo tuyo pecador, hijo pródigo que con frecuencia me desvío del camino, ruega a Dios para que no me desvíe de la senda del bien; dile a Jesús que me falta el vino, que a veces se me termina la alegría y la esperanza, que no soy capaz de dar amor, que necesito abrazar en mi interior la verdad y la vida, pídele que me conceda la gracia de vivir en santidad! ¡Bendita eres, María, que viviste siempre a imagen y perfección de Dios, que eres el modelo de mujer cristiana, que eres del ideal y modelo de ser humano, que eres el mejor apóstol de tu Hijo, que eres la llena de gracia, me uno en este día a Ti, María, y te entrego la pequeñez de mi vida para que la eleves al Padre y hagas de mi un ser cristiano auténtico, alegre y esperanzado! ¡Te amo, María, como Madre de Dios, como Madre mía, y te venero y me lleno de orgullo de llamarte Madre! ¡Enséñame a amar, a ser bueno, a no caer en la tentación, a no endurecer mi corazón, a escuchar siempre la voz del Espíritu Santo y, sobre todo, hazme instrumento útil de tu Hijo Jesús!

La experiencia del asombro

Cuando camino por cualquier ciudad intento hacerlo por calles poco transitadas para evitar la excesiva sonoridad o por parques para disfrutar relajándome del entorno. Me ofrece calma y más contacto con la naturaleza. Me permite recrearme en mis pensamientos, rezar con más serenidad, hablar por teléfono sin estridencias, escuchar música sin el volumen tan alto…
Ayer cruzando un parque me quedé observando una imagen bucólica. Dos pajaritos bebiendo en un fuente. Después de introducir sus picos en el agua piaban como agradecidos al Creador por el bebida que les saciaba la sed. Al intentar hacer una fotografía ambos pajaritos partieron volando. Y yo, también, me dirigí hacia mi reunión pero con la experiencia del asombro.
Sí, en la vida todo es gracia. El asombro por las pequeñas cosas te une en una relación especial con Dios. Es ese sentimiento profundo del corazón que emerge de manera hermosa cuando te enfrentas a algo que no esperas, incluso que te sobrepasa. Caminaba y pensaba la cantidad de veces que no nos asombramos por las circunstancias que nos acontecen porque la rutina diaria nos las hace ver como normales. El día anterior incluso una de mis hijas me había llamado para contarme un suceso que le había ocurrido, a todas luces asombroso. El asombro es esa actitud que invade tu vida de un sentimiento trascendente, de una emoción alegre, de una sensación de agradecimiento.
Y pienso que cada nuevo despertar debería ser motivo de asombro; que cada beso de un ser querido debería llevarnos al asombro; que cada árbol, que cada nube, que cada estrella… es motivo de asombro; que cada pájaro que vemos volar, que cada vaso de agua que bebemos, que cada trozo de pan que comemos, que cada teléfono que utilizamos cada día creación del hombre por la inteligencia dada por Dios es para asombrarse; que cada pensamiento que surge del amor es razón para el asombro; que cada gesto amoroso de alguien debería ser un canto al asombro… También es cierto que no todo es hermoso en la vida, que hay injusticias y sufrimientos, personas que viven en la desdicha y en el infortunio, destrucción de la naturaleza y accidentes, todo eso es también motivo para el asombro.
Antes de escribir este texto he buscado el Salmo 8, que concluye con este hermoso versículo: «¡Señor, nuestro Dios, qué admirable es tu Nombre en toda la tierra!». Es un salmo de exaltación al asombro. Que invita a vivificar y enardecer el interés por todo lo que haces, experimentas y vives de modo que al concluir la jornada te hayas impregnado del asombro por las tantas cosas con las que Dios nos obsequia cada día. Es una invitación a crear una nueva dimensión de nuestro espacio vital, hayamos recibido mucho o poco, para abrirlo a la hermosura de la vida, para reconocer su belleza y agradecerlo con el corazón abierto a la gracia.
El asombro abre el corazón al encuentro con lo nuevo y esa novedad puede ser una mejor relación con las personas que amas, el combatir con nuevo ánimo tu rutina cotidiana, el estar más abierto a aprovechar mejor el tiempo, a despertar los talentos recibidos que tengo adormecidos, a buscar fórmulas para impregnar mi entorno de más alegría, a servir con más gozo para dar mayor esperanza… pero sobre todo es entender que nuestra vida está impregnada de la Belleza y del Amor de Dios y eso sí que debería ser motivo constante para el asombro.

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¡Padre bueno, Creador de todo, Señor de la Belleza, del Amor y de la Misericordia, concédeme la gracia de abrir cada día mi corazón y perderme en el asombro! ¡Quiero perderme, Padre, en el asombro de la Creación, de la multiplicidad de dones y gracias que me regalas cada día! ¡Tu, Padre, eres el creador de todo, el que sustentas el universo, el que me has creado, el que me has dado la vida, el que sabe de mis necesidades, el que tiene el poder de transformar las cosas, el que tiene la fuerza de revertir las contrariedades, el Dios que ama y hace que todo sea posible, por eso hoy abro mi corazón a ti y te pido la gracia de perderme en tu asombro! ¡Me asombro Padre porque todo lo puedo en Cristo, tu Hijo, con los dones que vienen del Espíritu! ¡Me asombro por las capacidades y talentos que me has dado, con los dones que me has regalado, me asombro porque lo que hago no lo hago con mis propias fuerzas sino que eres Tu quien todo lo sostiene! ¡Me asombro porque todo descansa en ti y eres tu quien me infunde la fortaleza y la vivacidad para que mi espíritu crezca cada día! ¡Me asombro por tu amor incondicional cuando yo te fallo tantas veces! ¡Me asombro de cómo provees todas mis necesidades, mis anhelos y mis esperanzas y las de los que están cerca mío! ¡Te doy gracias, Dios mío, porque eres bueno y tu amor perdura para siempre! ¡Señor, nuestro Dios, qué admirable es tu Nombre en toda la tierra! ¡Haz que mire siempre la grandeza de tu creación, que mi mente y mi corazón se dirijan siempre hacia Ti, que lo ponga todo en relación contigo, que todo esté en armonía con tu pensar, que todos mis pensamientos sean para contemplar tu grandeza y me ayuden a crecer para darte gloria! ¡Haz de mi un alma orante, Padre, para que mi asombro surja de una oración con el corazón abierto, para ser consciente de tu grandeza, de tu amor, para pedirte lo que necesito y me lo concedas para mi asombro, para que el Espíritu me abra la mente y los ojos al entendimiento, para que todos mis esfuerzos crezcan en el asombro constante y pueda captar en mi vida la grandeza de tu amor infinito! ¡Líbrame, Padre, de la indiferencia, del vacío, de la superficialidad y no dejes que las cosas del mundo me deslumbren sino que piense solo en ti desde la fascinación por la contemplación de lo bello, creación tuya! ¡Dame, Señor, apertura al asombro como canto al amor que ejemplificas Tu, en quien pongo toda mi fe y mi esperanza!

Orar bajo el canto de la Creación

Me encuentro fuera de mi ciudad por razones laborales. En la puerta de una Iglesia, cercana a mi hotel, se anuncia que un grupo de Gospel universitario de visita en la ciudad ofrecerá un concierto nocturno con entrada gratuita. Y así, a la hora establecida, me encamino expectante desde el hotel al templo en el que se va a ofrecer el concierto. En la fotocopia que nos entregan en la entrada se explica que la palabra gospel proviene del anglosajón godspel, lo que traducido al castellano equivaldría a palabra de Dios. El programa es variado. La primera de las canciones es un canto a la Creación. Solo puedo decir que la de ayer fue una noche hermosa, plácida y bendecida.
Desde el primer momento me recreo en la hermosura de la música, en el ritmo que imponen los integrantes del coro, en la majestuosidad de sus voces pero también mi pensamiento se eleva, en oración, a la extraordinaria obra de Dios que todo lo ha creado con ternura, armonía, gozo, belleza, alegría y bondad. Y recuerdo que en el principio creó Dios los cielos y la tierra y vio Dios la hermosura de su creación.
Mientras el coro canta mis ojos permanecen cerrados. Imagino ese momento mágico en el que Dios, probablemente, levantó un dedo e hizo que hubiera luz y apartó la luz de la oscuridad; e hizo que hubiera un firmamento por en medio de las aguas y secó las aguas para que hubiera tierra para que produjera vegetación, y árboles frutales y semillas, y luceros, y animales y aves y seres marinos hasta crear al ser humano a su imagen y semejanza, dándole el mayor grado de perfección. Y como Dios vio que todo aquello era bueno. ¡Y cómo no lo iba a ser si es obra de su creación, una sinfonía perfecta y delicada creada por amor!
La de este grupo heterogéneo de cantantes enriqueciendo con la alegría de sus voces una música sublime me invita a la oración, a dar gracias a Dios por la vida, por el mero hecho de existir, por la maravilla de la Creación. Por todo lo que es creación de Dios. La vida que Dios nos entrega por puro y desinteresado amor. Un amor que comunica desde la gratuidad.
Es que la vida debe ser canto permanente a las maravillas que nos ofrece y hace Dios; en el pasado, en el presente y en el devenir que nadie conoce pero que será siempre bendecido porque todo lo que viene de Él es gracia santificante.
El concierto concluyó con All Glory to God, un canto bellísimo de alabanza. Y, sí, ¡claro que sí! Toda la gloria a Dios, que nunca cesen las alabanzas, que no se interrumpan los cantos de glorificación al Padre celestial. Y no olvidar, pensar y actuar teniendo como base el amor pues hemos sido creados para preservar la Creación al estar hechos a imagen y semejanza de nuestro Creador, la suma expresión del amor.

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¡Señor, mi alabanza y mi gloria a Ti por tanta hermosura regalada, por tantas cosas bellas ofertadas, por tantas maravillas entregadas! ¡Gracias, Padre, porque todo lo que nos rodea es una obra perfecta tuya, regalo de tu amor bondadoso e infinito! ¡Te doy gracias, por la vida, por la existencia, por toda la Creación, pues sin tu amor infinito no me habrías dado la vida! ¡Te doy gracias, Padre, por tu amor gratuito, que es la fuente inagotable de tantos dones! ¡Te doy gracias por permitirme contemplar cada día todo lo creado, por abrir la mirada a la belleza de las cosas, por darme un corazón agradecido a tu gran obra! ¡Abro mi boca y mis labios te alaban, Padre, por tu amor, por permitirme gozar de tantas cosas bellas pero también por las cruces cotidianas! ¡Concédeme la gracia, Padre, de ser sensible para preservar tu obra, para ser sembrador de gracia, para proteger el medio ambiente, para ser servidor de los que sufren, para no dañar a mi prójimo, para ser consciente del valor que tienen las cosas, para sentir tu presencia en todo lo que ocurre y sucede! ¡Te doy gracias, Padre, por todas y cada una de las criaturas de la tierra; bendícelas a todas y llena de amor a todos aquellos que pasan por dificultades!