Orar, callar y dar ejemplo

Regresaba el jueves por la noche después de unos días de viaje; para dirigirme a casa tomé primero el metro desde el aeropuerto y a continuación un autobús. En la parada me encontré a un conocido, jubilado, con el que coincido en el voluntariado del Cottolengo del Padre Alegre.
Hicimos el trayecto de 25 minutos en el autobús juntos y conversamos animadamente de varias cosas. Me contaba que desde que está jubilado disfruta haciendo el camino de Santiago, que realiza en varias etapas. Le tengo especial cariño porque en mis oraciones está presente una hija suya, consagrada, que vive en Roma.
En el trayecto me explicó la historia de un sacerdote de la congregación a la que pertenece su hija que vivió una tremenda experiencia en Siria. Allí, unas monjas fueron asesinadas por un fundamentalista islámico debido a que, pese a que ni las monjas ni los sacerdotes predican, con su ejemplo de servicio, de entrega y de amor al prójimo ofrecen un testimonio claro de oración y evangelización. Cuando el asesino fue detenido señaló: «Las he matado porque con su forma de actuar dan a conocer a Cristo». Vivir el evangelio en los gestos y las actitudes. En el bullicio del autobús, en aquel momento repleto de viajeros, momentos antes de bajar ambos en la misma parada y tomar direcciones opuestas mi acompañante remató: «Todo se resume en tres palabras: orar, callar y dar ejemplo».
Y añado: orar, callar y dar ejemplo para mirar en lo profundo y en lo hondo del corazón de uno mismo y del prójimo. Para hacer oración la conversación y el servicio, para entregarse y no pretender dominarlo, para crecer en el compromiso y la fe, para anunciar la Buena Nueva, para entender las necesidades del otro, para confiar en la voluntad de Dios. Orar, callar y dar ejemplo para afrontar lo inesperado de la vida, para abrir el corazón a las sorpresas que Dios te regala, para comprender que para Dios no hay nada imposible, para hacer luminosa la vida del que tienes al lado, para respetar su libertad sin manipulaciones ni recovecos. Orar, callar y dar ejemplo para no juzgar, para entender su realidad, para afirmar la realidad del Evangelio, para que la presencia de Dios se haga Palabra viva en la vida de las personas. Para asombrarme al experimentar que mi vida depende del Dios que es amor y pura misericordia a quien quiero contemplar, entender, alabar, adorar y seguir. Orar, callar y dar ejemplo para mostrar al mundo que vivimos en la realidad de nuestra vida testimoniando a Cristo. Orar, callar y dar ejemplo para afirmar la verdad de lo que creemos, aquello que rebosa en el corazón que ama a Cristo. Orar, callar y dar ejemplo para abrirse a la confianza de aquel que en su debilidad se hizo respuesta hace no mucho en el portal de Belén.
Orar, callar y dar ejemplo. Tan simple y a la vez tan de Dios. Tres gestos abiertos a la interioridad, la sencillez del corazón y a la entrega. Tres gestos que identifican el ser de Cristo en cada una de las páginas del Evangelio.

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¡Señor, creo profundamente en Ti, confío en Ti, te adoro, te bendigo y te amo, y quiero ser como Tu; ayudarme a ser alma orante, a aprender a callar cuando toque, a dar ejemplo siempre para que mis palabras, mis gestos y mis actitudes sean un reflejo tuyo ante el prójimo! ¡Señor, en tus manos pongo la pequeñez de mi vida, todas mis intenciones para que sean santas, te entrego todo lo que tengo en el corazón, pequeño y pobre, para que cuando se abra refleje lo mucho que te amo! ¡María, Madre de la esperanza, ayúdame a tener un corazón abierto a la oración, al silencio y al servicio; un corazón como el tuyo! ¡Hazme, Señor, ser auténtico testimonio de la verdad pero no de palabra y con grandes gestos sino con obra concretas que muestren que Tú vives en mi! ¡Envía a tu Espíritu Santo sobre mí para que con sus siete dones me convierta en testigo de la verdad! ¡Dame la gracia, Señor, por medio de tu Espíritu Santo de conocerte, de amarte, de experimentarte en cada instante de mi existencia, para darte a conocer por medio de mis acciones y de una manera cierta allí donde mis pasos me dirijan! ¡Concédeme la gracia, Señor, de ser testigo tuyo, siempre, sin miedo al qué dirán, sin temor a humillaciones; quiero ser lámpara, Señor, lámpara que ilumine el camino del prójimo que no te conoce, que te niega, que te rechaza, que está confundido, que busca o se interroga! ¡Concédeme la gracia de aprender a orar, callar y dar ejemplo para comunicarte a Ti que eres el Cristo vivo, la verdad y la vida!

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