Morir sin un solo beso, caricia o abrazo

Son ya seis los amigos o conocidos que, a las puertas de la Semana Santa, han fallecido por coronavirus en Madrid y varios los que tienen a familiares hospitalizados o fallecidos en algún lugar de la capital de España. En Cataluña me sucede lo mismo; entre amigos y familiares casi una docena. Y en Valencia. Y en Italia. Y en Francia. Recibo por WhatsApp numerosos testimonios de amigos y familiares con familiares infectados, numerosas peticiones de oración por personas cercanas que piden por la curación de sus familiares o amigos. La muerte es, en la mayoría de las ocasiones, un evento imprevisto, no esperado, pero siempre un evento inevitable.
Ante este evento doloroso surge una pregunta crucial: ¿Cómo debo vivir esta situación?
Observo a muchas personas a mi alrededor que, debido a su gran edad, esperan este evento con cierto desasosiego pero con gran paz y confianza. Mi abuela, por ejemplo, que celebrará sus cien años el 14 de abril. Encerrada en su casa ora intensamente. O a mi madre que, cerca de alcanzar los ochenta, le sucede lo mismo. Y, sobre todo, tantas personas a mi alrededor que envían textos que invitan a la oración, que oran incesantemente, que hacen de su confinamiento un auténtico retiro espiritual.
La esposa de uno de mis amigos, cuando la llamé ayer para darle mi dolorido pésame, me dijo: «Entró grave en el hospital con su Biblia y su Rosario. Pero con serenidad, a la espera de lo peor pero también con una gran esperanza». Desde ese momento no volvieron a verse. Y, repentinamente, el adiós sin un beso, un abrazo o una caricia. Así ha sucedido con miles de familias.
Para ella y para mí es un regalo sentir como afrontó este camino hacia la muerte en profunda paz antes de mudarse de este mundo al nuevo hogar donde el Padre lo espera. Sabemos que el cuerpo, que es nuestra morada en la tierra, será destruido, pero también que Dios nos construye en el cielo una morada eterna que no es una obra humana.
Para el cristiano, el misterio de la vida eterna no es una cuestión filosófica sino el misterio de una relación viva con Aquel que primero cruzó las puertas de la muerte. El bautizado no se queda solo después de su visita a la casa del Padre, encuentra un “hogar” donde tiene su lugar la familia celestial, una mesa donde el Señor le sienta con él y le da la bienvenida al banquete eterno.
Los discípulos lo experimentaron muchas veces después de la resurrección. Pensemos en los discípulos de Emaús que dan testimonio de una presencia que reconocieron al partir el pan o en los apóstoles a orillas del lago de Genesaret, en Galilea, que escuchan de Jesús que vayan a pescar para almorzar con él.
Es triste la muerte de un ser querido por circunstancias excepcionales como el coronarivirus o por cualquier otra causa. Es dramática la muerte en la soledad de un pasillo de un hospital por la falta de medios debido al desborde de una epidemia. Es triste como se ha cercenado la vida de personas con vitalidad que tenían una vida intensa por delante. Pero su hogar no está hecho por manos humanas, es un hogar eterno. Esta casa es parte de una casa más grande. El cristiano ingresa al bautismo en una familia de la cual es miembro por el tiempo y la eternidad: donde está Jesús, también estaremos nosotros. La familia eterna de Dios. A cada uno de los que han entrado en los hospitales de cualquier lugar del mundo y han fallecido Jesús les ha susurrado al oído: “Voy a preparar un lugar para ti”.
Este lugar que Jesús nos está preparando fue construido gradualmente en un camino de vida que es diferente para todos, un camino de vida donde se revelan los talentos y las cualidades personales, así como los límites. Por eso nuestra vida, como la de estos amigos fallecidos, tiene que desarrollarse por medio de una amabilidad constante, una vida impregnada de amor, una aplicación cuidadosa para santificar las tareas cotidianas, un servicio al prójimo, una entereza humana y espiritual, una honestidad personal… Esto son solo los vislumbres sigilosos de un camino porque el misterio de las personas es conocido solo por Dios.
Al final del camino de vida personal, estos amigos que nos han dejado te hacen planearte estas preguntas: ¿Cuál es el camino de mi vida? ¿Cómo lo vivo? ¿A dónde me lleva?
Son las preguntas que me surgen hoy teniendo en cuenta las extraordinarias y esperanzadas palabras de Jesús: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida; nadie va al Padre sin pasar por mí”.
La vida que esperamos, el lugar que está preparado para nosotros lo tenemos cerca. En la Eucaristía ya tenemos acceso a la morada de Dios entre nosotros, a su presencia viva y plena, en esta vida donde esperamos la felicidad que Él promete y el advenimiento de Jesucristo, nuestro Salvador.
Que las almas de todos los fallecidos descansen en paz. Lo merecen y que el corazón misericordioso de Dios descanse también en aquellos que entran en los hospitales infectados por este virus exterminador y no tienen la fe de este amigo para afrontar el devenir que Dios tiene pensado para ellos. No dejemos de orar. Consagremos nuestra esperanza en el Dios Amor. No dejo de pensar en la imagen del Santo Padre bendiciendo con el Santísimo a la humanidad entera. Él está con nosotros, aunque a veces cueste entender que está presente en estos momentos de tanto dolor y sufrimiento.

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¡Señor, pongo en tus manos el alma de todas aquellas personas que en estos días nos dejan por causa de este virus letal y también por el ánimo de sus familiares y amigos! ¡Te doy gracias por el don de la vida que me permite elevarte con el corazón abierto esta oración de súplica y de esperanza! ¡Señor, te haces cargo del dolor que supone la pérdida de un ser querido, el dolor que rasga el corazón, pero tu presencia en mi vida y en la de sus familiares me reconforta y me da esperanza porque sé que pese a la pérdida están llamados a tu presencia; te doy gracias por que tu los acoges en tu seno y los amparas con tu amor! ¡Señor, elevo mi súplica hacia ti; tu les has llamado a tu presencia en unas circunstancias excepcionales; con toda humildad y con el corazón abierto te suplico que su alma descanse en la gloria del Padre! ¡Confío, Señor, en tu misericordia eterna, en tu amor desmedido, en tu palabra de vida eterna! ¡Señor, todos los que han fallecido han dejado en nuestro corazón un vacío por su generosidad, por su bondad, por su don de servicio, por su calidad humana; hoy sentimos tristemente la ausencia de su presencia; tu conocías lo que había en lo más profundo de su alma y de su ser, perdonables los pecados cometidos y llévalos ante tu presencia! ¡Señor, eres la paz y la serenidad, consuela a sus familiares y dales la fortaleza para seguir su camino con esperanza, dales el consuelo para superar su tristeza y dales la sabiduría para comprender los designios de Dios! ¡Qué en Ti, Señor, encontremos siempre el consuelo y la paz! ¡Bendice y da fortaleza a todos los sanitarios que luchan cada día por el bien de los enfermos, por los celadores, por los voluntarios, por los policías, por todos los que ponen sus manos y su corazón para hacer más llevadero este drama social que estamos viviendo! ¡Y también, Señor, por nuestros dirigentes para que tengan una mirada certera para tomar la mejor de las decisiones!

Un corazón que palpita la alegría del encuentro

Cuaresma. Tiempo de reconciliación. De cambio. De conversión. De transformar la vida. De encontrar el sentido de la vida. De buscar el perdón de Dios. El Evangelio te invita a acercarte a Cristo desde el desierto de tu interior. Y desde ese encuentro con Él, con ese unirse a su amor tierno y a la vez vivaz, uno reciba la sanación que necesita y el perdón que suplica.
En este tiempo de reconciliación la confesión es necesaria. Sin embargo, en este tiempo de confinamiento no puedes acercarte al sacerdote para decirle tus pecados. Pero existe la posibilidad de reconciliarte con el Señor por teléfono. El sacramento de la Reconciliación y el Perdón es un regalo sublime de la Iglesia. Necesito confesarme con frecuencia. Poner ante Dios los dilemas de mi vida, mis faltas y mis caídas para que Él las acaricie con misericordia, las perdone y me haga crecer humana y espiritualmente desde ellas. Necesito confesarme porque me siento pecador. Tengo esa necesidad de acercarme a la fuente de la vida y del perdón para que mi ser viva unificado con el Amor, que mi corazón camine en armonía con el ser de Jesús. Necesito que mi corazón —pobre, frágil, desarmado y tantas veces infiel— quede purificado porque sin el brillo de la gracia es difícil amar a Jesús. Necesito experimentar de una manera intensa y sanadora el perdón de Dios porque si no lo experimento en mi propio ser… ¿cómo seré capaz de perdonar a los demás?
Pero, sobre todo, es una necesidad vital porque cuando me levanto del confesionario, expulsando toda la inmundicia que hay en mi interior, me siento la persona más amada del mundo; siento la caricia de Dios; siento la ternura del Padre; siento la gracia desbordada en mi ser. Y mi corazón se sublima de alegría, de misericordia, de gracia, de paz y de amor. Me siento como el hijo pródigo abrazado por el Padre, con un corazón que palpita la alegría del encuentro.
Y lo más grato, más entrañable y más fascinante: siento el abrazo amoroso de Dios. Y siento cuanto me ama, cuanto me quiere y cuanto me comprende a pesar de mi pequeñez y fragilidad. Y, ante su mirada, me siento limpio, sanado y purificado para caminar al ritmo del Espíritu hacia la santidad soñada de la que tan alejado estoy.

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¡Gracias, Padre, por tus abrazos frecuentes a pesar de mis infidelidades y mis caídas! ¡Gracias, Padre, porque me acoges en la debilidad y me ayudas a crecer por medio de la confesión! ¡Concédeme la gracia de abrir siempre mi corazón para ser consciente de mis faltas, de los errores que cometo, del bien que debería hacer y no hago! ¡Concédeme la gracia, Padre, de vivir en orden y toca lo más profundo de mi corazón para abrirlo a la gracia y convertirme de manera sincera y profunda! ¡Padre, llena mi vida de gracia y fortalece mi debilidad para crecer en el amor, en el perdón, en la humildad, en la gracia, en la entrega, en la generosidad…! ¡Concédeme la gracia, Padre, de transformar mi corazón para asemejarlo al de Jesús! ¡Me postro ante Ti, Padre, arrodillado con mi pecado y te pido me perdones por tantas ofensas cometidas contra Ti y contra los demás! ¡Cúbreme, Padre, de tu amor y de tu misericordia y concédeme la gracia de la contricción y ayúdame a tener siempre un firme propósito para enmendar mis fallos, mis errores y mi pecado y la valentía y la firmeza para no volver a caer en tentación!

¿Cuál es el valor de mis palabras?

El pasaje de los discípulos de Emaus es uno de los que más han transformado mi vida. Impresiona la pregunta de Jesús: «¿De qué discutís entre vosotros mientras vais andando?». De aquí podríamos extraer una pregunta, ¿de qué hablo en el camino de mi vida? ¿De qué están impregnadas las palabras que pronuncio? Es una pregunta transformadora que altera el sentido de nuestra existencia. Nuestra cotidianidad está repleta de palabras, muchas de ellas vanas, o bien dichas por nosotros mismos o oídas de terceros. De hecho somos palabras, nos construimos y edificamos con palabras pues de ellas damos a conocer la verdad o la realidad de las cosas aunque también podemos manipular, mentir, confundir y allanar el camino hacia el dolor.
Cuando alguien dice algo esas palabras que han vaciado nuestros labios vuelan libremente. Ya no nos pertenecen. Si pronuncio palabras que bendicen, entregaré bendiciones. Si pronuncio palabras maliciosas, invado al otro con el mal. Por eso cada cosa que digo debe ir acorde con mis pensamientos y mis acciones pues cada palabra es parte de mi patrimonio humano.
No somos conscientes del poder de una palabra. Puede ser signo de ternura o alfiler que clava. Puede ser paloma que transmite buenas nuevas o cuervo que trae noticias sombrías.
¡Qué acertadas las palabras de Jesús de que el hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque de lo que rebosa el corazón habla la boca! ¡O esas de san Pablo de que no profieras palabras inconvenientes; al contrario, que tus palabras sean siempre buenas, para que resulten edificantes cuando sea necesario y hagan bien a aquellos que las escuchan!
Y al igual que se tienen que cuidar las palabras que se dicen hemos de tener cuidado con las conversaciones en las que estamos involucrados pues no todas ofrecen frutos abundantes. Al igual que hay poemas que no riman, chistes que no hacen gracias o letras de canciones que no alcanzan la mínima calidad hay también conversaciones que no nos dignifican porque corrompen deseos, sensaciones, vivencias y sentimientos o deshonran y pervierten la dignidad de las personas.
Cada palabra que pronunciamos le otorga un significado a nuestra existencia. Las palabras son la imagen de nuestro ser interior, el fruto de nuestros diálogos internos. Es necesario saborear todo aquello que pronuncio. ¡Que la fuente de mi espíritu se convierta en manantial de agua pura y que cada una de mis palabras instrumento edificador para las vidas de quien se cruzan en mi camino!

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¡Señor, que mis palabras sean siempre como las tuyas un canto de bendición al prójimo! ¡Envía tu Espíritu sobre mí cada vez que abra los labios para que mis palabras sean cantos de sabiduría, que cada una de mis palabras te agraden, sean positivas a los oídos del prójimo! ¡Que no haya, Señor, maldad o doblez en lo que pronuncie para que te sientas a gusto en mi presencia! ¡Refrena, Señor, por medio de tu Santo Espíritu mis labios para ser prudente en mis juicios y comentarios, para transmitir amabilidad y dulzura en cada palabra! ¡Ponle, Señor, candado a mis labios cuando profieran palabras ofensivas, imperativas, abusivas, hirientes o cuando mis labios expulsen frases repletas de ira, enfado, maldición, mentiras o calumnias! ¡Señor, refrena siempre mi boca cuando no vaya a pronunciar palabras amables y limpia mis palabras con el poder de tu Espíritu Santo! ¡Señor, concédeme la gracia de no lastimar con mis palabras a las personas que amo y con las que convivo y a todos aquellos que rodean mi caminar diario! ¡Bendice, Señor, mis labios para que pronuncien palabras de bendición, agradecimiento y alabanza y transmitan a los demás tus maravillas, de cómo me has salvado de la iniquidad, y de cómo has tenido misericordia y me has perdonado mis múltiples pecados! ¡Que aprenda, Señor, a darle un sentido bueno a mis palabras porque Dios no me ha dado una lengua que sea transmisora de ofensas, mentiras, juicio, maldición y hablar mal del prójimo! ¡Y haz, Señor, que antes de hablar piense en que lo que diré esté presidido por tu presencia!

Acudir a María, Salud de los enfermos

Último sábado de marzo con María, Salud de los enfermos, en lo más profundo de mi corazón. El número de infectados y fallecidos por el virus que asoma el mundo aumenta. Las cifras son números, las víctimas y los contagiados son seres humanos con nombres y apellidos e historias familiares. Las cifras hablan de una realidad, las personas hablan de sufrimiento humano.
Hay una enfermedad común que va más allá del contagio. Es la que une a enfermos, personal sanitario y familiares. Es una enfermedad silenciosa, en forma también de virus: la tristeza que nos embarga.
Tristeza ante tanta impotencia de los sanitarios que no dan abasto para atender a tantos enfermos; tristeza por ver a tanta gente caer enferma; tristeza por los familiares que ven perder a sus seres queridos y no poder despedirse de ellos cogiéndolos de la mano, dándoles un abrazo o, simplemente, besando su rostro enfermo; tristeza por tanto sufrimiento que Dios envía y permite porque Él todo lo tiene controlado.
Estamos terminando la Cuaresma. Vamos directos a la Pasión de Jesús, que muchos están viviendo en carne propia. Cruces pesadas y dolorosas en tiempo de desierto. Y aquí surge María, la Madre, Salud de los enfermos, Consoladora de los afligidos. En silencio, al pie de la cruz de tantos, en la esquina de cada cama del hospital, en las manos de cada sanitario, en el corazón de cada familiar que sufre, aunque no crea siquiera. Allí aparece Ella, sin pronunciar palabra pero llenándolo todo con su presencia. Elevando sus súplicas al Padre. Y haciendo lo que mejor sabe hacer Ella, la Madre del hágase tu voluntad y del fíat: acompañar al hijo que necesita de su consuelo.
Hoy le pido a María que no ceje en su misión de corredentora, en su misión de Madre, en su misión de salud de los enfermos. Que se haga más presente que nunca en cada cama del hospital, en cada residencia de ancianos, en cada casa donde estamos todos confinados, en que cada enfermo que agoniza, en cada UCI de cada hospital del mundo entero. Que en el silencio de su presencia, junto a la cruz de cada uno, consuele, ampare, seque las lágrimas del dolor y de la desesperanza, que acoja los sufrimientos y los llene de confianza, que ante la triste amargura de tantos otorgue la fortaleza para confiar en la providencia del Padre. Que de manera invisible coja cada uno de los cuerpos de los enfermos y los ponga en su regazo para transmitirles paz interior y serenidad en el alma; que mitigue su dolor y lo haga consuelo vivo. Yo confío en María, amo a María, y he vivido en mi propia vida las gracias de María.
Por eso le imploro: ¡María, Tu estuviste a los pies de la cruz, y conociste en primera persona los estragos de la tristeza, haz que tu presencia en cada hospital del mundo sea un motivo de esperanza y no dejes de velar por la salud de cada uno de tus hijos!

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¡María, Tu estuviste a los pies de la cruz, y conociste en primera persona los estragos de la tristeza, haz que tu presencia en cada hospital del mundo sea un motivo de esperanza y no dejes de velar por la salud de cada uno de tus hijos! ¡María, Salud de los enfermos, de los necesitados, de los que agonizan, de los que no tienen fuerzas, de los contagiados por el coronavirus y otras enfermedades, Tú que caminaste a paso firme y con dolor hacia el Calvario acompañando a tu Hijo, Tu que permaneciste arrodillada a los pies de la Cruz viendo morir a tu Hijo entre tanto sufrimiento, Tu que fuiste copartícipe de tanto dolor, abre tus manos santos y bondadosas y acoge cada sufrimiento de cada hijo tuyo como si fuese tuyo y elévalo al Padre; une María cada uno de los sufrimientos de tantas personas en todos los rincones del mundo a los de Jesús, llénalos a todos de tu consuelo y de tu esperanza! ¡María, te pido con el corazón abierto que te hagas presente en el corazón de cada ser humano, que te hagas presente con tu mirada de consuelo, con tus manos sanadoras, con tus sonrisa de Madre para dar paz al alma! ¡Ayúdanos, María, a no perder nunca la fe y la esperanza! ¡Ayúdanos a repetir contigo, con esperanza y amor, que se haga en mí según tu Palabra, que demos un sí siempre al Dios amor que todo lo permite y todo lo controla! ¡Hazte, María, salud de los enfermos y consoladora de los afligidos, a comprender la voluntad de Dios y a sacar positividad ante tanto dolor que nos embarga! ¡María, Madre del amor y de la misericordia, que en este tiempo de cruces no dejemos de contemplar a tu lado el rostro de tu hijo colgado en la cruz pero también la luz resplandeciente de su Resurrección gloriosa! ¡Todo tuyo, María, siempre tuyo!

No me importa si Dios me conduce al desierto

Nuestra existencia gira en torno a una multiplicad de interrogantes. Es lo que ocurre con el virus que, implacable, avanza por el orbe. Agotamos nuestras fuerzas tratando de encontrar una pequeña rendija de luz que nos permita comprender el por qué de determinadas situaciones; descorazona, a veces, pensar que Dios nos conduce al desierto y nos deja allí como abandonados.
Si hay algo que no se puede negar es que los pensamientos y las acciones de Dios no van en consonancia con los que cada uno tiene porque Él camina seguro por delante, despejando el camino que uno por si solo no recorrería y aplanando la senda que pisarán nuestros pies de peregrinos.
Por eso aunque no tenga miedo, confíe y tenga esperanza mi ilusión es abrir el corazón para decirle que, pese a que decaiga tantas veces y me fallen las fuerzas, camino seguro a su lado. Pero no siempre ocurre así porque me dejo llevar por el desconcierto.
Me encantaría ser ese ser humano perfecto que nunca duda y nada teme, pero soy frágil, de barro y con multiplicidad de carencias. Me encantaría saber gestionar todas las situaciones con serenidad y confianza, pero no siempre estoy a la altura de las circunstancias. Me encantaría afrontar con temple y decisión los conflictos pero no siempre soy lo suficiente valiente para hacerlo. Me encantaría tener la entereza para ser coherente pero la debilidad me gana a veces. Me encantaría que mi rostro fuese el espejo de Cristo pero no siempre está impregnado de alegría. Me encantaría darme siempre a los demás con infinita generosidad pero no siempre mi corazón está predispuesto al servicio. Me encantaría ser testigo de las bienaventuranzas pero no siempre me atengo a la Buena Nueva del Evangelio. Me encantaría que mis primeros pensamientos fuesen dirigidos a Aquel que es el Amor infinito, pero mi mente tiene muchas veces demasiadas preocupaciones mundanas. Me gustaría ser árbol que diera frutos, pero no siempre la semilla de mi corazón está bien regada y abonada. Me encantaría impregnarme de la sabiduría de Dios, pero no siempre estoy atento a su llamada.
En este tiempo de Cuaresma quiero aprender a caminar confiado. No me importa si Dios me conduce al desierto. Es más, necesito que me lleve al desierto porque en este lugar quedaré reducido a lo esencial, seré capaz de despojarme de lo superfluo y me quedaré solo con lo importante: con la fe que despelleja mis deseos y apetitos mundanos y caminar hacia esa Pascua que nos desató de la esclavitud del pecado y nos invita a participar de la vida nueva; una vida impregnada de santidad, de plenitud, de gracia y de esperanza.

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¡Señor, que no me incomode que me lleves hacia el desierto porque quiero renovar mi fe y hacerla más viva y esperanzada! ¡Concédeme la gracia de vivir esta Cuaresma como un viaje interior que me invite a un cambio profundo! ¡Ayúdame a ahondar en mi existencia, en transformar mi vida de pecado en una vida santa, en llenar de luz todas mis sombras, a poner seguridad donde impere el desconcierto, a llenar de certezas todos los momentos de duda! ¡Ayúdame a contemplarte en la oración y abrir mi corazón para darte gracias por todo lo que haces en mi vida! ¡Concédeme la gracia de vivir una vida bienaventurada, envuelta en la virtud de la caridad y con el perfume hermoso de la misericordia! ¡No permitas que las tentaciones me puedan, que mi fe se debilite, las fuerzas me fallen! ¡Dame la gracia de vivir de tu Palabra, fortalecer mi espíritu con el ayuno, ser desprendido con obras de misericordia, aceptar la cruz de cada día y estar siempre alerta para aceptar tu voluntad y comprender lo que tu quieres para mi vida! ¡Hazme humilde, Señor, para vivir esta Cuaresma desde la sencillez, desprendido de lo mundano y para llenarme cada día de Ti, de tu amor y de tu misericordia!

Sospecho que hoy empiezo a ser canción

«Sospecho que hoy empiezo a ser canción. Y tengo la impresión de que seré tu sol si logro ser tu canto». Esta frase procede de una canción de Silvio Rodriguez que tocaba de fondo en un bar hace unos días donde me tomaba una caña con un cliente. Le dije: «Perdona, pero déjame de acabar de escuchar este letra porque me interpela a ser corazón que transforme».
El cristiano está llamado a ser canción sanadora, misericordiosa, amorosa, generosa, entregada, transformadora del prójimo. Acompañamiento que seque lágrimas y ahogue llantos, que enderece veredas torcidas y reposo para corazones doloridos. Son muchos los que a nuestro alrededor necesitan escuchar el canto de la ternura y de la esperanza, del consuelo y de la compasión, del amor y del cariño.
El prójimo debe sentir siempre que estás abierto al abrazo, a la escucha, a hacer más bello lo que nos rodea. Como dice la canción del cantautor y poeta cubano ser sol; ¿Sol? Sol que ilumine el camino del otro, luz que haga brillar la vida del prójimo.
Dios nos pone en el camino de muchas personas, a veces sin ser conscientes, para empezar a ser canciones hermosas que transmitan alegría y despierten sueños de esperanza.
Ser canción para el prójimo es ser buen samaritano; es no ponernos en el centro a nosotros mismos sino a los que nos interpelan. Depende de mí ser o no ser un canto hermoso para el prójimo. ¿Cuantas veces me hago prójimo o simplemente paso de largo antes las necesidades del otro?

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¡Señor, ayúdame a ser canción sanadora y purificadora para el prójimo! ¡No permitas, Señor, que pase de lejos ante las necesidades de las personas que tengo cerca; ayúdame a acercarme a ellos y a contagiarme de sus necesidades para a través tuyo convertirme en un instrumento de compasión, de ternura, de amor y de misericordia! ¡Hazme, Señor, canto de esperanza para dar palabras que consuelen, abrazos que sanen, miradas que interpelen, silencios que escuchen! ¡Ayúdame a tener la valentía de acercarme al que necesita de consuelo, de tu presencia, del que está en horas bajas y clama levantarse! ¡Señor, hazme tener tus mismos sentimientos de servicio humilde y de entrega generosa! ¡No dejes, Señor, que cuando alguien requiera de mi entrega me aleje de él, de un rodeo para no encontrarlo; hazme ser, Señor, compañero en sus caminos de sufrimientos, dolor, tribulación y desesperanza, amigo en sus necesidades y soledades, cercano en sus cansancios y tristezas! ¡Ayúdame a ser canción para que al escuchar mi canto sientan que quien entona esa música y esa letra eres tu con tu presencia!

Hacer mío el «fiat» de la Anunciación

Hoy celebramos un día bellísimo: la fiesta de la Anunciación. Me situó en la escena: el ángel de pie junto a un zaguán y María arrodillada en actitud de oración, de escucha y de interioridad. En silencio humilde, en un acogimiento del corazón, María escucha del ángel que va concebir un hijo al que dará por nombre Jesús y al que se le conocerá como Hijo del Altísimo. Y María da su fiat. Se convierte así en la morada del Hijo de Dios. Para siempre, en un rol único y privilegiado. ¡Ser la Madre de Dios! ¡Qué privilegio!
Dios nos ofrece a Jesús al mundo a través de María, la sierva del Señor, y continuará permaneciendo espiritualmente en ella hasta el final de su vida e incluso hasta la gloria del cielo. María se define a sí misma como una doncella que se pone al servicio del proyecto de Dios. Al convertirse en la Madre del Salvador, la Madre de Dios, la Madre de la Iglesia, María, se presenta como una persona que sirve: responder a la voluntad de Dios es servir. Desde el pesebre en Belén al pie de la cruz, María se entrega por completo a su Hijo; este Hijo a quien ella seguirá hasta el final, en los momentos alegres de Caná, en los momentos dolorosos de la Pasión y en los momentos gloriosos de la mañana de Pascua. María, sierva del Señor, anuncia, de cierta manera, el camino que Cristo enseña de vivir no para ser servido sino para servir.
Y al pie de la cruz, la Madre de los dolores, se convertirá en nuestra Madre, ya que Jesús la entrega a toda la Iglesia diciéndole al apóstol Juan que nos representa a todos a los pies del madero santo: “He aquí a tu madre”.
El ‘sí’ de María, el día la Anunciación, definitivamente abrió la historia de la salvación a la venida de Dios a nuestra humanidad, a la Encarnación del Hijo de Dios en nuestra carne, a la presencia entre nosotros de la Palabra de Dios.
Hoy es un día hermoso. Y como María deseo aceptar plenamente la palabra de Dios en mi corazón, recibir con alegría las buenas noticias de Dios, aquellas promesas de que todo se hará realidad en mi vida. Aceptar la Palabra de Dios no es simplemente dejarla sonar en mis oídos y luego olvidarla, sino, seguir a María, dejar que se forme en nosotros y en nuestro corazón. Y como María quiero decir: ¡Hágase en mi según tu palabra! ¡Cuánta confianza en estas palabras de María! ¡Qué confianza en esta ilimitada acogida de todo lo que Dios le pide: convertirse en la madre de Aquel que reinará para siempre y cuyo reinado no tendrá fin! Si hay una actitud profunda que caracteriza a María, es su confianza en Dios, una confianza que quiero incrustar en mi corazón. Frente a las cosas que van más allá de Ella, que la preocupan o la cuestionan, María no pierde la confianza sino que medita y guarda en su corazón todos estos eventos. El corazón de María es un corazón creyente y confiado, incluso cuando es traspasado por el dolor. Ella siempre permanece fiel hasta el final, fuerte en su fe y en la misericordia de Dios. ¡Cuanto tengo que aprender de María!
En esta fiesta de la Anunciación, hago mío el “sí” de María y aprender a decir “sí” a la venida de Cristo en mi vida. Siguiendo a María, siempre me atreveré a decir “sí” al plan de Dios colocándome como ella el delantal del servicio, escuchando la Palabra de Dios y atreviéndome a seguir adelante, en caminos a menudo difíciles y desconocidos, en confianza, a donde el Señor me guíe porque nada es imposible si caminas de la mano de María y de la sombra invisible de Dios.

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Hoy mi oración es el canto pausado y sereno del Magnificat:

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí;
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.
El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de la misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abrahán y su descendencia para siempre.
Gloria al Padre y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
Por los siglos de los siglos. Amén.

El difícil compromiso de amar la enfermedad en tiempos de Coronavirus

En estos días de dolor y tristeza por tantos contagiados y tantos fallecidos surge en mi corazón algo que puede llegar a contrariar y crear rechazo. Pero ¡que importante es amar con el corazón abierto la enfermedad que a uno le sobreviene! Lo digo cuando, en el refugio de mi hogar, nadie de mi entorno más cercano sufre esta situación. Pero este tiempo, me recuerda a mi padre que murió a consecuencia de un cáncer múltiple de páncreas y de hígado. Él fue para mí un ejemplo de testimonio de fe, amando su enfermedad. Él decía que el cáncer lo tenía él, no era el cáncer quien poseía su cuerpo. Con este planteamiento ponía la enfermedad en su corazón y le permitía amar su dolor en el sufrimiento. Vencía a este terrible enemigo en su oración de cada día y eso le hacía mostrarse esperanzado ante el sufrimiento que le carcomía la vida.
Cada seis horas se actualizan las cifras de enfermos y de fallecidos. Las flechas marcadas en rojo suben como la espuma. Eso nos hace darnos cuenta de la fragilidad humana, de la debilidad del hombre, de que la enfermedad es, sin esperarlo, algo intrínseco que cercena la vida del ser humano. Que la vida es tan efímera que un virus transparente surgido de no se sabe donde se apropia de tu vida y la desmorona en pocos días.
Amar la enfermedad. Difícil compromiso para el ser humano. Es el momento de intensificar la oración, la plegaria, el compromiso por el otro, el hacer sacrificio por los que sufren, por los que no tienen fe ni esperanza, por los que yacen en las UCIs de los hospitales… Orar con el corazón abierto por tantos enfermos porque ellos representan al Cristo en la cruz, ellos testimonian de manera clara y perfecta el amor del Padre por el ser humano que Él, con infinito amor, ha creado.
El enemigo de la enfermedad es perder la paz y la esperanza. La enfermedad trata de desnudar tu debilidad, tus certezas, tus anhelos, tus ilusiones, tu paz interior, tus pensamientos, tus esperanzas, tus criterios vitales… Es hora de intensificar la oración para que todos los que hoy sufren no se sientan golpeados por el dolor sino acariciados por el amor del Cristo sufriente. Orar para que todos vean en su enfermedad al Dios que ama. Orar para que sean fuente del amor imperecedero. Dios en su gloria se hace presente en el sufrimiento humano. Orar, orar, orar sin cesar para que esta lacra pase pronto y para que se haga la voluntad de Dios en la tierra.

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Oración contra el coronavirus

Señor Jesús, nuestro Médico Divino te pedimos que nos guardes y protejas del coronavirus y de todas las enfermedades letales.
Ten piedad de todos los que han muerto.
Sana a todos los que están enfermos.
Ilumina a todos los científicos que están buscando un remedio.
Fortalece y protege a todos los asistentes sanitarios que están ayudando en estos momentos a los enfermos.
Dales la victoria a todos los responsables civiles que están intentando limitar el contagio, y dale la paz a todos los que tienen miedo y están preocupados, especialmente los ancianos y las personas en situación de riesgo.
Que tu Preciosa Sangre sea nuestra defensa y salvación.
Por tu gracia, transforma el mal de la enfermedad en estos momentos de consolación, crecimiento en la fe y esperanza.
Que temamos el contagio del pecado más que cualquier otra enfermedad.
Nos abandonamos con toda confianza en tu infinita misericordia.
Y a ti, María, Salud de los Enfermos, estamos seguros del poder de tu intercesión, de modo que, como lo hiciste en Caná de Galilea, la alegría y celebración puedan regresar después de este momento de prueba.
Ayúdanos, Madre del Amor Divino, a conformarnos a la voluntad del Padre y a hacer lo que Jesús nos dice:
Él que nos enseñó a “amarnos los unos a los otros, como yo los he amado a ustedes” tomó nuestros sufrimientos sobre sí mismo y llevó nuestras penas para llevarnos, a través de la Cruz, a la alegría de la Resurrección.
Pon bajo tu manto de protección a todos los que dan cuidado a los enfermos y atienden a sus necesidades, como tu Hijo nos implora que hagamos el uno por el otro. Amén

¿Me pides a mí ser luz de las naciones?

Días de desconcierto ante el coronavirus que asola el mundo arrasando esperanzas y vidas humanas. Abro aleatoriamente la Biblia para buscar una palabra que oriente mi oración de la mañana. Y surge, brillante y sanadora, esta frase de Isaías: «Te hago luz de las naciones». Es la palabra que Dios quiere para mí en este despertar cuaresmal.
Y le doy gracias, porque siendo tan frágil y pequeño, sentir que Dios te considera luz de las naciones insufla esperanza a mi corazón cristiano. ¡Luz de las naciones!
Luz de las naciones es ser luz en tu pequeño entorno: en la familia, en la vida social, en el ámbito profesional, parroquial, en la vida apostólica, en el servicio del voluntariado.
Luz para ser testimonio de Cristo, luz para ser testigo de Dios, para manifestar su amor salvador. Luz para ser testigo vivo de la bondad divina. Luz para ser transmisor de su amor, para iluminar a toda persona con la que te cruzas.
Pero es que la frase va más allá: «Te he puesto para ser luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta los extremos de la tierra». Luz para llevar la luz allí donde camine con mi pequeñez, mi fragilidad y mis miserias. Pero Dios que me conoce, sabe como soy, lee mi interior, sabe de mis virtudes y dones y de mis flaquezas y debilidades, así lo quiere. Espera de mi que sea luz. Luz para caminar con claridad por la vida y ser canal de bendición en todos mis entornos para que su salvación prometida a los hombres les alcance a través mío —de cada uno—.
¡Luz que ilumine por medio de la oración a tantos que sufren, a tantos enfermos contagiados, a tantos que en estos días han perdido la esperanza, que tienen angustia por su futuro! ¡Seamos en nuestro entorno luz que ilumine!
Que Dios me escoja —nos escoja— para ser luz de las naciones es un desafío porque lo que pretende es hablar a través mío —nuestro— a la pareja, a los hijos, a los amigos, a los compañeros de trabajo, a los vecinos de la comunidad, a los miembros de tu comunidad parroquial, a los grupos de oración… Ser luz para ser transmisor de Su luz. ¡Qué reto tan enorme y tan estimulante!

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¡Gracias, Padre, por este enorme reto! ¡Gracias, porque me escoges en mi pequeñez para ser luz de las naciones! ¡Gracias, Padre, porque con ello reconoces la confianza en el ser humano! ¡Y asumo el reto, Padre, porque quiero dar a conocer al mundo la verdad de Tu Hijo, la verdadera luz que ilumina a la humanidad entera! ¡Y voy a tratar de ser cada día mejor para que mi corazón irradie tu luz, la luz de tu amor, de tu misericordia, de tu ternura, de tu bondad, de tu generosidad, de tu gracia! ¡Gracias, Padre, porque haciéndome luz también sanas mi vida, mi corazón, mis heridas, mis penas y mis sufrimientos; las sanas y me lanzas al mundo a proclamar tu amor y la Buena Nueva del Evangelio mostrado por Jesús! ¡Gracias, Padre, porque actúas cada día en la pequeñez de mi vida y enciendes en mi pequeño ser la luz luminosa de tu presencia! ¡Gracias, Padre, porque actúas siempre en mi vida! ¡Y en este tiempo de preparación a la Cuaresma, en la que mi corazón se estremece en el desierto de la introspección para orientar mi vida, te doy gracias porque entiendo que en la cruz es la luz que ilumina la vida del cristiano; que no tenga miedo a cargarla en el día a día de mi vida; que sepa llevarla irradiando luz al prójimo para que todos vean que camino por la vida al lado de Jesús, Tu Hijo, con amor y con esperanza! ¡Envía tu Espíritu sobre mi, Padre, para irradiar la luz que surge de recibir tus dones y que todos sin distinción puedan reconocerte a través de mí!

El Espíritu Santo, vivificador de mi Cuaresma

El Espíritu Santo, durante los cuarenta días que Jesús permaneció en el desierto, consagró, amparó, iluminó e impulsó la oración de Jesús y también, va santificando nuestro camino cuaresmal hacia la Pascua. Su presencia en nuestro corazón nos anima a profundizar en la realidad de nuestra vida en este proceso de conversión de mente y corazón para acompañar a Cristo en nuestro camino y descubrir la verdad y el amor.
Es la luz del Espíritu, los dones que recibimos cuando abrimos el corazón, la que nos ilumina para examinar nuestra conciencia en lo cotidiano de la vida y nos da la fuerza para ir corrigiendo aquellas faltas que nos hacen caer y la que endereza los renglones torcidos de nuestra vida.
Es el Espíritu el que me invita a ir al desierto. Es el mismo Espíritu que condujo al Señor. Lo hace y lo acepto para que me evite el ruido ensordecedor del mundo y del entorno en el que transito en el día a día. El Espíritu te ayuda a pisar las arenas del desierto del corazón para distanciarte de lo que te impide vivir en clave cristiana y luchar contra esos vicios, defectos y malas prácticas que ensucian el corazón. El Espíritu te conduce hasta allí, el Espíritu te saca también de allí con un corazón purificado.
Hoy deseo escuchar la brisa suave del Espíritu que pasa a mi lado y decirle: riega la tierra en sequía de mi vida, sana mi corazón enfermo, lava las manchas que ensucian mi corazón, infunde calor de vida en el hielo de mi existencia, doma mi espíritu indómito y guíame cuando me tuerza del sendero para llegar a la Pascua con un corazón renovado y preparado para acoger el gozo de la Resurrección.

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¡Oh! Espíritu Santo, te invoco con el corazón abierto y con una fe firme y sencilla implorando tu gracia para que me selles contra los defectos y las falta que cometo! ¡Concédeme la gracia de vivir siempre en cercanía a Dios para crecer en santidad! ¡Santo espíritu, ilumina mi vida, concédeme el gozo de la salvación, y otórgame la sabiduría y entendimiento para resolver las situaciones o conflictos que la dinámica de la vida misma me presenta cada día y dame la capacidad discernir entre el bien y el mal! ¡Espíritu Santo, que muestras el camino de la rectitud, otórgame la sabiduría para tomar el camino recto y las respuestas prudentes, sabias y acertadas para saber decidir con corrección! ¡Oh Espíritu Santo, tu que eres espíritu de libertad interior, renueva mi espíritu y ennoblécelo para actuar siempre con autenticidad! ¡Espíritu Santo, dador de vida, tu llevaste a Jesús al desierto y del desierto regresó con tu fuerza para proclamar la buena nueva! ¡Haz lo mismo conmigo, ábreme el corazón para mi conversión interior! ¡Descansa sobre mí, Espíritu divino, para proclamar la verdad del Evangelio, para proclamar que Dios es amor, para proclamar que con Cristo uno obtiene la libertad! ¡Ábreme los ojos, Espíritu Santo, para ver siempre la verdad, para aceptar las cosas como son y como quiere Dios y no desde mi óptica egoísta! ¡Espero en ti, Espíritu Santo, para mi nuevo Pentecostés, para que ungido por tu amor y por tu gracia, pueda salir al mundo a proclamar que Dios es amor y que Cristo ha resucitado!