Descubrir la presencia escondida de Cristo en lo cotidiano de la vida

La vida ordinaria es aquella que nos acompaña en las pequeñas tareas de la jornada, en el descanso y en el esfuerzo, en el ocio y en el trabajo, en la familia y con los amigos, en el tiempo de oración y la vida de sacramentos. Esta vida sencilla es una aventura maravillosa. Una vida donde reina la discreción, la prudencia y la tranquilidad, esa que se vive pasando sin hacer demasiado ruido y sin llamar la atención de los que nos rodean. Los detalles monótonos del día a día, incluso aquellos con momentos difíciles, son hermosos cuando están impregnados de santidad y de grandeza.
La vida ordinaria es también tiempo de renuncias, de abandono de lo mundano, de relativizar las cosas y darle a cada cosa y momento su verdadero valor y significado. Es en la grandeza de las pequeñas cosas, en lo ordinario de la vida, donde Dios se hace presente. Aunque no lo percibamos allí está. Depende de nosotros sentir su Presencia. Día a día. Minuto a minuto.
Pero en todo ese palpitar hay algo impresionante que a nadie se le escapa, escondido en el corazón de todo hombre. El Amor con mayúsculas con la que se hacen las cosas. Y eso hace que la vida ordinaria nada tenga de ordinaria. Porque entre las mil pequeñas discusiones diarias, el trabajo en la casa o en la oficina, los problemas que agobian, el estrés, las dificultades económicas, el malestar por una situación… surge una cascada de amor que hace maravilloso el día a día.
Y entonces uno entiende que la vida ordinaria es extraordinaria, sí, que incluso agota porque hasta los pequeños detalles y los más nimios deberes se conviertan en un esfuerzo. Pero entonces piensas en la vida de esa familia de carpinteros de Nazaret, hace más de dos mil años, con una imponente proyección contemplativa. Y entiendes que entre tanto lío allí está Jesús en el centro. Y descubres que para que Dios se haga presente en nuestra vida es necesario transformar la superficialidad de nuestra mirada hacia una más profunda que nos permita observar la historia —nuestra historia— con los mismos ojos con los que Cristo lo mira todo y descubrir entonces su Presencia escondida. Y pides al Espíritu Santo que se haga presente porque con tus solas fuerzas y esfuerzos no puedes. Y descubres que la presencia escondida de Cristo en la cotidianidad de nuestra vida es la gran obra de Dios en cada uno de nosotros. Y Cristo te permite mirar tu entorno con una mirada nueva, con un corazón expansivo. Así es más fácil encontrar a Dios en la vida ordinaria. Vivir desde la fe lo pequeño como un regalo, que en absoluto no es ajeno. Y, así, sin pretenderlo, recuperas poco a poco la alegría escondida en las pequeñas cosas que a uno le van surgiendo. Todo encuentro con Dios une lo espiritual con lo cotidiano. ¡Qué maravilla!

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¡Señor, quisiera mirar mi vida sencilla con ojos nuevos, con un corazón abierto a tu llamada! ¡Quisiera vivirlo todo como un regalo que me haces no como un motivo para la queja! ¡Señor, quisiera aprender de Ti que la santidad que Tu viviste durante aquellos años en Nazaret sea una santidad basada en las actividades más sencillas, impregnadas de trabajo y de vida familiar! ¡Padre, Tu estás presente en todas mis tareas diarias, ayúdame a llenarlas de Tu amor y de tu santidad para irradiar a todos los que me rodean! ¡Espíritu Santo, no permitas que los acontecimientos controlen mi vida sino que sea yo con mi actitud positiva impregnada de Dios el que sea dueño de mi vida! ¡María, quiero que seas espejo de mi alma para que cada una de mis acciones, mis pensamientos y mis deseos estén revestidos de amor, caridad y servicio! ¡Señor, que mi servicio y entrega a los demás no sea para ensalzarme y mostrar mis capacidades sino que tengan la humildad y sencillez como ideal, desposeyéndome a mi mismo para despojarme de mi amor propio y de mi interés!

¿Dónde estás, Señor, que no te veo?

Las mujeres que se acercaron al sepulcro el domingo de Resurrección clamaron con lágrimas en los ojos: «Se han llevado al Señor…». Es un sentimiento que a muchas personas en el mundo de hoy les viene a la mente. Es una impresión generalizada en infinidad de corazones humanos: ¿Donde estás, Señor, que no te veo? ¡Ha desaparecido, se lo han llevado!
¿Cuántas veces ante las dificultades, los problemas, la enfermedad, la soledad, los planes que se rompen uno se puede llegar a preguntar dónde está Dios? Sí, contemplamos esos templos que lo adoran, las palabras confiadas de sacerdotes y laicos que transmiten su palabra, leemos en los Evangelios su Buena Nueva, tenemos sus sacramentos y sus mandamientos… pero da la sensación de que su presencia entre nosotros es tan silenciosa que ni aparece.
Pero en Pascua miras en el interior del sepulcro vacío. El sudario está doblado. Las vendas que lo ataron en el suelo Él las desató dejando atrás la muerte. Y anda libre en el jardín de la vida. Porque a Cristo la muerte no pudo retenerlo. Y si no lo hizo la muerte, implacable siempre, el ser humano tampoco podrá hacerlo.
Cristo pasea alegre por el jardín de la vida, ese jardín que Dios creó al inicio de los tiempos, y que ahora es el jardín de la Iglesia, de los hogares, de las empresas, de las comunidades eclesiales. Jesús pasea en medio del mundo y de la Iglesia. Se pasea sin sudario ni vendas. Se pasea libremente por ese jardín y quiere que cada uno le descubra. Que yo le descubra. Que lo descubra entre mis incertidumbres, mis miedos, mis desesperanzas, mis dudas para sentir que ¡vive! ¡Que vive y me ama! ¡Que vive y me acompaña! ¡Que vive y está en el centro de mi vida! ¡Que vive para darnos esperanza! ¡Que vive para hacerme ver que la fe es algo vivo, que no es una semilla muerta y que no da frutos! ¡Que la Iglesia está viva! ¡Que las familias son pequeños templos suyos, esencia viva de su presencia! ¡Que el trabajo es medio de santificación y vida! ¡Que la amistad y el servicio es presencia viva del corazón que ama! ¡Que los hombres buscamos entre los escombros de este mundo pero no entramos en el jardín de la vida donde Él se pasea a sus anchas vivo y resucitado!
De ahí que la Pascua sea un tiempo de alegría, la del sentimiento de que Cristo, pese a todo lo que nos sucede, bueno o negativo, ¡vive! ¡Y lo hace desprendido de las vendas y el sudario, vestimenta del crucificado, y se presenta ante nosotros vestido de blanco, el de la luz de la esperanza!

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¡Señor, no te veo con frecuencia porque estoy ciego de soberbia, de egoísmo, de falta de compromiso, con una fe tibia, con desesperanza, poniendo lo mío siempre por delante! ¡No te veo, Señor, porque mi ánimo decae cuando tu no estás en el centro; entonces me doy cuenta que mi vida no tiene sentido! ¡Insértate, Señor, en mi vida; hazte presente en mi corazón en esta Pascua! ¡Llévame al jardín de la vida, en la Galilea de mi hogar, de mi trabajo, de mi familia, de mis amigos, de mis grupo de oración, de mi parroquia! ¡Llévame allí donde tu estás siempre y hazme descubrir la alegría de la vida; descubrir la bondad de las personas, la belleza de las cosas, la relatividad de los problemas que me embargan, las sonrisas de quienes me quieren! ¡Señor, hazme ver con alegría las certezas de tu Resurrección, los efectos que ello conlleva! ¡Renueva mi corazón, mi ser y mi vida! ¡No permitas que me quede en silencio y sin reaccionar ante tu sudario doblados y las vendas en el suelo de tu sepulcro vacío! ¡Despierta mi corazón y mis ojos, Señor, para verte a Ti en lo que es importante, para que no me quede seducido por las ofertas de este mundo que engaña, de este materialismo que seduce, de este prestigio efímero que distorsiona mis egos! ¡Hazme, Señor, pequeño, humilde, unido a Ti; llévame hacia ti porque mi deseo es amarte y descubrirte en la vida, en la relación con el otro, en el conocimiento de mis limitaciones y mis virtudes, en el servicio a los demás, en la santificación de mi trabajo cotidiano! ¡Señor, te busco y necesito encontrarte! ¡Y si no te veo, Señor, hazte conmigo el encontradizo!

Acompañados de la luz de Cristo

Mi segunda hija es una joven universitaria que estudia en una Universidad fuera de nuestra ciudad y comparte piso con tres compañeras también estudiantes. A diferencia de otros universitarios, salió a tiempo para regresar y pasar el confinamiento estudiando en casa. Pertenece a un grupo de oración que cada día se reúne por medio de Internet para rezar juntos via Zoom el Santo Rosario y, los jueves, en torno al Santísimo Expuesto en la parroquia donde habitualmente se reunían, hacen un rato de oración y, al guardar el sacerdote la custodia, comparten testimonios de cómo viven desde la fe este tiempo de confinamiento.
Me explica que uno de sus amigos no tuvo tiempo para regresar a la casa de sus padres. Permanece en el piso que comparte con otros estudiantes pero ahora lo hace solo preparando sus exámenes. En realidad no está solo. Se siente muy acompañado. Con la mejor compañía. En su mesa de estudio ha colocado una imagen del Sagrado Corazón y, junto a ella, una vela permanentemente encendida. Esa llama que le acompaña le recuerda a la luz de Cristo. Hacer compañía es estar con alguien, y Cristo dijo: “yo estoy con vosotros…”. Otra de sus amigas cada vez que hace oración se retira a su habitación y enciende también una vela. Quiere visualizar con ello la compañía de Cristo en su plegaria y en su vida.
¡Qué bello el descubrir en el Cristo Resucitado el amor que sustenta la propia vida, el amigo fiel que no falla, el compañero que siempre acompaña! No hay nadie como Jesús para enseñarnos el camino, para como con los discípulos de Emaus sentir que camina a nuestro lado, de sentir cerca su presencia, de sentirse sostenido en la soledad o en los cansancios. De saber que Él se alegra cuando avanzamos con alegría y esfuerzo, y que llora y nos tiende la mano cuando el desánimo nos vence.
Pequeñas velas que acompañan. La vela es un símbolo hermoso de ofrenda espiritual, de sentir la presencia física del Señor, de María o de los santos en un espacio propio. Esas sencillas velas encendidas por estos estudiantes te recuerda que Jesús es la luz del mundo y que está con nosotros en todo momento. Que hoy y cada día te espera, te llama, te tiende su mano marcada por los clavos de la cruz, te deja su amor y te acompaña todas las horas de tu vida. Porque es luz, ¡es la luz viva de quien verdaderamente ha Resucitado!

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¡Señor, enciende mi corazón con el fuego de tu amor! ¡Cuánta necesidad de verlo encendido tengo, Señor, pues muchas veces los agobios, los problemas y las dificultades apagan la vela porque mi mundanalidad me impide verte cerca! ¡Que tu Palabra, Señor, sea luz que ilumine siempre mi camino, que eres la verdadera luz que nos ilumina! ¡Quiero, Señor, hacer tuyas las palabras que pronunciaste de que «Nadie enciende una lámpara para ponerla bajo el celemín, sino sobre el candelero, donde puede iluminar a todos los de la casa»! ¡Ayúdame a mantener siempre la llama viva de tu presencia en mi vida, y ayúdame también a mantener encendida la llama de mi esperanza! ¡Ayúdame siempre a estar en vela para mantener vivo y puro mi corazón! ¡Y en estos días de confinamiento quiero recordar las miles de velas que acompañan los miles de sagrarios de todo el mundo, donde estás Tu presente! ¡Recordar que esa vela nos indica que estás ahí, al frente nuestro, acompañando nuestra existencia, recordando que Tu eres la luz del mundo, el que ilumina nuestro camino hacia el Padre, que nos alejas de los miedos y las tinieblas, las oscuridades y las ofuscaciones! ¡Y quiero recordar también, Señor, a los que viven solos este confinamiento que, como los primeros cristianos, viven su fe en las catacumbas de sus hogares pero vivificados por tu presencia amorosa y misericordiosa haciendo de tu presencia un tiempo de gracia!

¡Quiero ser como el pan ácimo de la Pascua!

El día de la Santa Cena para acompañar al cordero pascual Jesús, después de consagrarlo, repartió entre sus discípulos pan ácimo, el que se elabora sin levadura. Aquella noche santa Jesús instituyó la Eucaristía, el alimento que nos llena espirituamente.
Las obleas de nuestras comuniones —la hostia que consagran los sacerdotes— están elaboradas de pan sin fermentar y sin levadura —símbolo de corrupción y del pecado—. Este pan es el que representa el Cuerpo de Nuestro Señor.
¡Durante este tiempo de Pascua quiero ser como un pan ácimo para mi prójimo! ¡Un pan nuevo, puro, vivificante, simple, humilde, y fecundo de buenas obras!
Y quiero serlo porque el pan es el alimento principal en la vida de los hombres. Porque cada nueva jornada al rezar el Padrenuestro le pedimos al Señor que nos conceda el pan de cada día para alimentar nuestra vida y nuestro corazón. Ser pan para alimentar también la vida del prójimo con mis acciones y mis palabras, con mis sentimientos y mis actos.
Porque el pan ácimo es un pan sin levadura que se elabora con masa nueva, limpia y yo quiero resurgir en esta Pascua con un corazón renovado, purificado, transformado interiormente. Porque hago mías las palabras de san Pablo que recomienda vivamente en su Primera Carta a los Corintios que nos despojemos de «la vieja levadura, para ser una nueva masa, ya que nosotros mismos somos como el pan sin levadura. Porque Cristo, nuestra Pascua ha sido inmolado. Celebremos, entonces, nuestra Pascua, no con la vieja levadura de la malicia y la perversidad, sino con los panes sin levadura de la pureza y la verdad».
Porque el repartir el pan es símbolo de comunidad, de unión fraterna, de generosidad y de hospitalidad. ¿Acaso la Eucaristía no nos enseña que, además de llenarnos de alegría y de consuelo, de esperanza y de amor, nos sitúa en el centro con Jesús, que en medio de la comunidad, muestra el camino para darse al prójimo y servir y no ser servido? ¿Al comer el Cuerpo de Cristo en total entrega por la humanidad no nos convertimos en signos de su Buena Nueva y si somos coherentes con nuestra fe en símbolos de fraternidad y amor?
Porque el pan es también fruto de la Palabra viva de Dios. ¿O no surgió de la boca de Jesús cuando fue tentando en el desierto el recordatorio de que «El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios»? ¿Y no tengo como cristiano el deber ineludible de transmitir la riqueza de la palabra de Dios, de mostrar la Buena Nueva del Evangelio y de poner en práctica en mi entorno sus enseñanzas?
Porque siendo pan ácimo me convierto en un ser lleno de confianza para vivir en el abandono en Dios. Para aprender a confiar en Él, para vivir según su voluntad y no la mía, para esperar en su providencia divina. ¿Acaso cuando huyó de Egipto el pueblo de Israel y merodeó por el desierto no les dio Dios el pan y el agua necesarios para sobrevivir?
Y porque amo a María, la mujer pura, inmaculada, sin rastro de pecado, adornada de humildad, sencillez, generosidad, entrega, de una vida interior sin dobleces, con manos siempre abiertas al servicio, atenta a las necesidades del prójimo, llena de comprensión, caridad y misericordia. Ella es el referente, auténtica puerta hacia el cielo y la gracia. El pan sin levadura del que nació Jesús.
Todos somos, en cierta manera, panes nuevos, los panes ácimos de la Pascua comprometidos con aquel que ha resucitado de entre los muertos. Y yo quiero parecerme a Él. ¡Jesucristo ha resucitado, en verdad ha resucitado!

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¡Señor, en la Santa Cena partiste el pan mientras bendecías a Dios! ¡Con este gesto hermoso y humilde instituiste la Eucaristía! ¡Con este gesto, Señor, nos mostraste al mundo el sentido vivo de la solidaridad humana! ¡Hazme un pan ácimo de tu Pascua para que me limpie del veneno del pecado y de la muerte e infunda en mi la savia vital del Espíritu Santo: la vida divina y eterna! ¡Bendice mi vida, Señor, y la de los mío como hiciste al partir el pan! ¡Quiero, Señor, como los discípulos de Emaús reconocerte al partir el pan! ¡Quiero vivir la Pascua de manera alegre y esperanzada pero sin perder la perspectiva de tu Pasión, tu cuerpo magullado y mancillado en la cruz! ¡Quiero ser, Señor, pan ácimo de tu Pascua para ser signo de caridad y de unidad fraterna, de amor y servicio al prójimo! ¡Ayúdame a ser símbolo de tu amor, que mis miradas se vuelvan hacia el prójimo, que mi vida trascienda por encima de mis necesidades y sea capaz de ver lo que necesita mi hermano! ¡Concédeme la gracia de verte a Ti en el prójimo, para escuchar sus necesidades, sus clamores, sus sufrimientos, sus miedos, sus desesperanzas… como tu escuchas y atiendes las mías! ¡Concédeme la gracia de ser compasivo y tierno, generoso y servicial, para llevar consuelo al que sufre y el que lo necesita, como Tú haces conmigo! ¡Concédeme la gracia de atender la llamada del prójimo para entender y encontrar sentido a sus clamores como Tú atiendes los míos! ¡Concédeme la gracia de amar al prójimo como Tú me amas, de ser paciente y misericordioso como Tú lo eres conmigo, y de entregarme a Él como Tú lo hiciste conmigo! ¡Que aprenda a ser durante este tiempo de Pascua un pan ácimo para mi prójimo!

 

Hoy, que celebramos la festividad de la Virgen de Montserrat, nos encomendamos a la Madre de Dios, para que interceda por nosotros, le confiamos nuestro cuidado, la intercesión a nuestros seres queridos y a todos los que se sienten enfermos, solos o heridos. Y le pedimos que nos ayude a llevar nuestras cargas en esta vida hasta que lleguemos a participar de la gloria eterna y la paz con Dios. Y lo hacemos cantando el Virolai con la Escolania de Montserrat:

 

Fe y esfuerzo personal

Me doy cuenta que en estos tiempos de incertidumbre dos cosas fundamentales me sostienen: la fe y la oración. Pero cuando más me adentro en la oración y abro mi corazón trato de evitar que la fe se convierta en el bálsamo de mis preocupaciones. No deseo que mi fe trate de adormecer mis virtudes humanas por mi soberbia espiritual o, simplemente, porque puedo llegar a pensar que orando Dios dispondrá.
Y no deseo caer en la tentación de tentar al Señor entregándole una preocupación, una incertidumbre, un cambio de actitud, un sufrimiento, una necesidad… y exigirle o esperar de Él el milagro inmediato. Sabemos que Dios hace milagros pero conforme a su calendario, no al marcado con una «x» en el calendario de mi voluntad.
Y es aquí donde debo poner además de mi fe y mi oración mi esfuerzo personal. Poner en marcha las virtudes connaturales que todos los hombres tenemos: la perseverancia, el esfuerzo, el sacrificio, la firmeza, el ánimo decidido, la valentía, la sabiduría, la entrega, la perspicacia, la constancia… necesito engrasarlas, ponerlas en marcha y no dejar que paren.
La fe es un estímulo que ayuda en los momentos cruciales de dificultad y de bonanza, que imprime carácter, que llena de alegría y esperanza, que robustece espiritualmente, que fortalece humanamente y que enaltece cristianamente, pero en ningún caso releva ni reemplaza las cualidades y las virtudes que atesoramos los seres humanos.
Tener fe es tener garantía de lo que se espera; tener certeza de las realidades que no se ven lo que te permite realizar grandes empresas y obtener las fuerzas para contraponer las dificultades que se abren en el camino. Cuando no hay fe, la vida está vacía. Por eso la fe te crea obligaciones adicionales: la de vivir en coherencia, en verdad, en un esfuerzo constante para crecer en santidad, aprendiendo a no lamentarse, a aceptar las consecuencias que sobrevienen, a no cometer imprudencias y desde la fragilidad y debilidad esperar la misericordia y la gracia de Dios.
Quiero convertir hoy mis pequeños logros cotidianos y mis pequeñas acciones de la jornada, mis gestos para con los demás, los trabajos que lleve a cabo en elementos que me permitan crecer en confianza para que la fe se afiance más en mi corazón y lo entienda como algo que es beneficioso para mi desarrollo humano, personal y espiritual.

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¡Señor, fortalece mi fe y ayúdame a crecer en santidad! ¡Concédeme la gracia de tener mucha confianza en ti, a no confundirla con esfuerzos exigentes para provocar que actúes en mi favor porque ya creo y confió por lo que hiciste por mi en la cruz! ¡Ayúdame a acrecentar mis virtudes humanas para ponerlos sobre el altar y me ayuden a crecer como persona confiando siempre en tu benevolencia y misericordia! ¡Te doy gracias, Señor, porque veo en mi vida tus manos de alfarero, como me moldeas, y todo lo que has hecho para mi bien que muchas veces me cuesta entender! ¡Señor, gracias por todo lo que has provisto para mi! ¡Hazme entender que eres Tu, Señor, el que tienes la última palabra en todo; que eso me haga entender que debo caminar seguro a tu lado, confiando siempre! ¡Que no olvide jamás que tu no te olvidas de mi, que quieres que haga las cosas bien, que me quieres proveer con tu gracia! ¡Señor, hoy quiero repetirte con el corazón abierto que todo lo puedo en Ti, que me fortaleces! ¡Sé que decirte esto no me aliviará de mis problemas y mis dificultades pero me llena de mucha paz, de enorme serenidad y de una gran confianza! ¡Señor, sé que buscas siempre lo mejor para mí, que eres el Señor de los desafíos, de los retos, de los esfuerzos pero también el de la victoria final, por eso sé, Señor, a que tu lado nunca seré derrotado por el desánimo, las dudas, las incertezas o la desconfianza! ¡Dame, Señor, la lucidez para vivir en coherencia contigo, con mucha fe, con mucha oración y poniendo a tu servicio mis virtudes humanas! ¡Gracias, Señor, por tu amor y tu misericordia, por sostenerme siempre, por ayudarme a dar lo mejor de mi y a superar todos los obstáculos que se presenten en mi caminar diario!

Junto a María, Señora de la paciencia

Cuarto sábado de abril con María, Señora de la paciencia, en lo más profundo de mi corazón. El Sábado Santo, en el silencio de la jornada, vi por la tarde en directo por Internet la adoración a la Sábana Santa que se retransmitía por televisión. Allí, ante el sudario de Cristo, me vinieron infinidad de imágenes. Una de ellas, la de María a los pies de la cruz y recogida también en el cenáculo después de haber embalsamado el cuerpo de su Hijo. Y medité: «¡Ahora que estamos confinados en nuestros hogares, qué gran enseñanza la de María de mostrarnos la virtud de la paciencia». Paciencia en la espera. Paciencia de la que espera en Dios. María sabía íntimamente que las palabras de Jesús de que iba a levantar el templo en tres días se refería a su resurrección. Y esperó, esperó con paciencia en la casa sola con Juan, con las dos Marías y, más tarde, con el grupo de los apóstoles que fueron llegando llorosos, desolados y desconcertados buscando el consuelo, el acogimiento y la serenidad de la Madre. ¡Ella les transmitió la virtud de la paciencia y a confiar en las palabras de Jesús!
Contemplas a María, la Madre, la Corredentora, y ves en Ella el vivo ejemplo de la paciencia, una virtud interiormente arraigada en su corazón. Como cree firmemente en Dios su interior firme y sólido lo forja en el silencio orante, el que te permite hacer florecer con amor esta virtud esencial.
Y pensé: ¡qué infinidad de ocasiones me falta paciencia en mi vida! ¡Cuántas veces quiero las cosas para ayer! ¡Cuantas veces me falta paciencia para afrontar los acontecimientos de la vida! ¡Cuántas veces tengo paciencia con el prójimo! Y, entonces, te viene la imagen de María, cuyo corazón acrisola en su interior el testimonio de la paciencia infinita, de la espera confiada, la mirada paciente de Dios que te lleva a confiar y aguardar en silencio vivificante.
María, en el cénaculo, esperaba. Esperaba orando, confiando. Esa espera de María te enseña que la paciencia es una virtud que te hace crecer humana y espiritualmente. Cada circunstancia tiene su tiempo. Cada cosa tiene su momento. Y cuando aprendes a vivir paciente puedes vivir con más serenidad interior, con más paz, con más seguridad. La paciencia es la ciencia de la paz interior. Tienes paz, transmites paz. Vives en la paz, generas paz.
En este día, en plena Pascua, confiando en mi hogar, pido a María aprender de Ella la virtud de la paciencia para enfrentar la realidad de mi mundo desde la esperanza de la vida eterna como forma de darle su lugar a quien me rodea y demostrar decididamente mi confiar en Dios.

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¡María, cuanto tengo que aprender de ti para ser paciente y confiando! ¡Concédeme la gracia de vivir como tu, con paciencia ante los acontecimientos de la vida, procediendo lentamente, yendo más despacio, orando en silencio para avivar mi paz interior, para escuchar antes de actuar, para cuestionarme con serenidad las peguntas de la vida sin obligarle a Dios a responder de inmediato, para esperar que Él me revele sus deseos, apara no adelantarme a los planes de Dios, para querer más al prójimo, para soportar con amor las dificultades y los contratiempos! ¡Concédeme, María, la gracia de vivir como tu la paciencia esperando sin alterarme, sin revelarme, sin enfadarme! ¡Concédeme, María, la gracia de tener como tu más vida interior para mi alma desarrolle la virtud de la paciencia que tan olvidada tengo! ¡Concédeme, María, la gracia de tener paciencia interior con los que me rodean para hacer como hiciste tu con los apóstoles y las Marías a la espera de la resurrección consolándoles, orientándoles, tratándolos amorosamente, sobrellevando con ellos su dolor y su desolación, encomendando a Dios sus amarguras! ¡Concédeme la gracia, María, de tener paciencia conmigo mismo para afrontar las luchas de mi propia vida con alegría y en la espera de que se haga siempre la voluntad de Dios! ¡Pero sobre todo, María, ayúdame a tener mucha paciencia para con todo para fijar siempre mi mirada a Dios como hiciste Tu, y en Él y por Él ponerme al servicio de los demás! ¡Todo tuyo, María, siempre tuyo! ¡Y cuando me falta la paciencia, tómame de la mano y serena mi corazón!

Ser flor que llene de fragancia la vida

Durante estos cincuenta días que recorremos hacia Pentecostés y que celebramos a Cristo resucitado la liturgia pascual se llena de signos muy hermosos. Este año hay uno que observo en las Misas, en las horas santas o en los encuentros de oración que sigo por Internet que faltan. Las flores.
Las flores son el fruto que crece en el jardín del Calvario, el signo vivo que anuncia la primavera de la Resurrección. Las flores ⎯coloridas y llenas de vida, alegres en su esplendor florido, con esa fragancia que llena el ambiente, revestidas de su pureza⎯, han estado muy presentes siempre en las celebraciones pascuales. Pero como las floristerías están cerradas por la pandemia nuestros altares no tienen el colorido de otros años. Y sin estas flores la Pascua se llena de una sobriedad inhabitual como recordando el tiempo de confinamiento que vivimos.
Me ha venido a la mente un dicho: «echar flores» o lo que es lo mismo hacer elogios, loas o alabanzas de alguien. En mi oración, a Cristo, por supuesto. Pero hoy quiero ir más lejos. En la noche del Jueves Santo Jesús nos invitó al mandamiento del amor sirviendo. Servir al prójimo para reinar en su vida. ¿Por qué no puedo ser yo para mi pareja, mis hijos, mis amigos, mis compañeros de trabajo, mis vecinos, mis amigos de comunidad eclesial, para los que me quieren mal… flor? ¡Flor de servicio! ¡Flor que llene con mi fragancia mi entrega a ellos! ¡Flor que llene de color su vida! ¡Flor que llene de alegría y esperanza sus necesidades! ¡Flor de servicio para hacerles la vida más agradable!
Vivimos confinados en nuestras casas, en grandes o pequeños habitáculos, donde la vida exige de mucha paciencia, amor, comprensión, generosidad. ¡Es ahora el momento de regalar la flor del propio corazón! Ser flor sonriendo, cediendo en lo que no te apetece, teniendo más paciencia y comprensión, siendo generoso, anticipándose a una necesidad, callando antes de enfadarse, haciendo aquello que no te cuesta, ordenando más tus cosas, asumiendo responsabilidades de otros, teniendo detalles sencillos y amorosos hechos con más delicadeza, perdonando ante un mal gesto o una mala palabra, cuidando más lo que se dice, escuchando con más atención… mil detalles para hacer un ramo florido de servicio.
Si los altares del mundo no pueden tener flores, ¿por qué no adornar el altar de la vida con las flores del servicio hecho por amor? ¿Por qué no ser fragancia de esas flores que perfume la vida de los que conviven conmigo? ¡Jesucristo ha resucitado, en verdad ha resucitado y su vida nos llena con la fragancia del amor y de la misericordia! ¡Buen ejemplo a seguir!

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¡Señor, revísteme de humildad para servir con amor a los que tengo cerca! ¡Que no me importe inclinarme ante ellos y servirles como hiciste tu! ¡Concédeme la gracia de ser flor cuya fragancia impregne la vida de mi prójimo! ¡Ayúdame a servir con amor, como hiciste Tu! ¡Ayúdame incluso a servir a los que me cuesta, a los que me quieren mal, a los que me critica y llenar su vida de tu fragancia y de tu amor por medio de mis gestos generosos y amables! ¡Ayúdame a saber arrodillarme o inclinarme para pedir perdón cuando me equivoque y provoque daño al que tengo cerca pero hacerlo con el corazón abierto! ¡Concédeme la gracia de ser fragancia que lleve tu amor y tu misericordia al mundo! ¡Señor, te doy gracias porque me has amado tanto que no te aferraste a Tu condición divina y humillaste al punto de nacer como un bebé en medio de la pobreza de Belén, sufriendo  lo que uno sufre por vivir en esta sociedad, moriste en la cruz para pagar el precio de mis pecados, para tener acceso directo a Dios y  tener vida eterna donde rezuma la fragancia de la perfección, la belleza y la bondad! ¡Gracias, por todo lo que has hecho por mi; hoy quiero corresponderte siendo otro Cristo para los demás! ¡Creo en ti, espero en ti, me entrego a ti, que eres mi Señor y Salvador, y por medio tuyo quiero ser tu espejo en la vida para hacer más agradable la vida a los demás!

La escuela alegre de la Pascua

Converso con numerosos clientes que, confinados en sus hogares, están muy preocupados por el devenir de sus negocios, de sus trabajos, de su economía… y de sus vidas. Observo mucha desesperanza en muchos corazones humanos con este terremoto pandémico que ha asolado el mundo.
Trato de confortar a los que se sienten más agobiados y atribulados. Les digo que rezaré por ellos. Y lo agradecen. La mayoría de las respuestas es «hazlo, que falta me va a hacer». A todos los digo lo mismo: «Yo rezaré por ti pero no basta con mi oración, sino que tú también debes orar con ahínco».
Esta actitud de tantos que no creen o tienen desesperanza choca con este tiempo de Pascua, un tiempo que se nos presenta para vivir con una actitud confiada, llena de esperanza y ¡de alegría! ¿De alegría! Sí, vivimos tiempos de incertidumbre. Sí, la crisis es profunda. Sí, el confinamiento no es fácil. Sí, el futuro es gris. Pero creer es confiar. Creer es esperar en la misericordia de Dios. La Pascua invita a la alegría. Y la alegría es un clamor, el canto de los que testimoniamos que el sepulcro de Jesús está vacío porque Él ¡ha resucitado! Esta es la alegría del «aleluya» cristiano.
¡Sí, sabemos que hay dificultades! ¡Sí, sabemos que se perderán muchos empleos, que a muchos les costará llegar a final de mes, que habrá problemas sociales! ¡Sí, sabemos que hay motivos infinitos para el pesar, la desazón y la tristeza! ¡Sí, sí y sí, pero como cristiano debo vivir este tiempo con esperanza, con confianza y alegría! Si no creo de verdad que Cristo ha resucitado, que Él lo puede todo: ¿Qué valor tiene mi existir y mi vida? ¿En qué eslabón coloco mi fe, en la del temor o en el de la confianza!
Como cristiano no puedo tener más afán que ver el lado positivo de las cosas. Si soy cristiano no puedo ser más que transmisor de alegría. Si soy cristiano mi compromiso es con la oración amorosa al Padre. Si soy cristiano debo saber encontrar la alegría en cualquier rincón y en cualquier circunstancia. ¡Ser alegría absoluta! ¡Ser alegría en la prueba de la fe! Esta es la invitación de la Pascua. Cristo ha resucitado no para que el mundo se convierta en un valle de lágrimas sino en un mundo de conquistas esperanzadas y alegres.
¡Jesucristo ha resucitado, en verdad ha resucitado! Si me lo creo, no puede haber lugar para la tristeza, la desazón y el desconsuelo.

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¡Señor, estamos inmersos en una crisis sin precedentes que a muchos tiene desconcertados, sufrientes y doloridos, viviendo sin esperanza! ¡Quiero darles consuelo y alegría para que entiendan que el misterio de tu Pasión pasa por el acontecimiento glorioso de tu Resurrección, expresión máxima de alegría y esperanza! ¡Haz señor que la alegría sea mi seña de identidad frente a los que tengo cerca, para los que se relacionan conmigo, para mostrar que tus nos liberas para vivir con alegría, son sobriedad y con confianza! ¡Ayúdame a ser testimonio convincente de mi fe en Ti! ¡Ayúdame a ser alegría ante las pruebas de la fe! ¡Ayúdame a ser paciente, sensato y sobrio para rezar cada día con el corazón abierto! ¡No permitas, Señor, que bajo ninguna circunstancia la situación que vivimos ahogue mi oración, mi fe y mi esperanza y apague mi relación contigo! ¡Ayúdame a vivir en clave de eternidad, con alegría! ¡Concédeme la gracia de vivir este tiempo de crisis como una oportunidad y hacerlo con alegría! ¡Convierte, Señor, mi oración con el corazón abierto en un vivir cristiano, en autenticidad con los valores del Evangelio, mirando siempre hacia lo transcendente de la vida! ¡No permitas, Señor, que las incertidumbres, los problemas y las dificultades minen mi vida interior, no permitas que jamás la desesperanza anide en mi corazón; y ten compasión de los que sufren y tienen miedo al futuro! ¡Quiero alegrarme siempre en Ti, Señor, y desde Ti transmitir alegría a mi prójimo!

Abrir mis ojos como los discípulos

Me imagino la mirada interrogante de Pedro y Juan al ver la tumba vacía. Me imagino la mirada sorpresiva de María Magdalena al comprobar que el cuerpo de Jesús no estaba en el sepulcro.
Imagino a los discípulos congregados en el cenáculo. Los ojos de sorpresa al recibir la noticia de sus allegados. Ojos abiertos a la expectativa. Ojos abiertos a la esperanza, a la gracia, a la verdad del Cristo vivo. Ojos de fe. Ojos iluminados por la verdad revelada.
Imagino hoy todos y cada uno de los ojos de los discípulos. Los ojos de Juan, lacrimosos y sufrientes en el Calvario, al ser testigo de la agonía de Jesús, su amigo y en quién pone al cuidado de su Madre. Ojos que contemplan la entrega por amor de Cristo. Ojos ahora llenos de agradecimiento, de alegría y de esperanza.
Imagino los ojos de Pedro, rojos de tanto llanto desconsolado en la noche de la Pasión. Ojos hinchados por el dolor del abandono al Maestro. Ojos tristes por no haber dado la talla, por haberle negado tres veces ⎯¡hay, Señor, cuantas veces te niego yo cada día!⎯, por haberse dormido en el huerto de Getsemaní y por no haber comprendido el sentido de ser escogido como la piedra sobre la que Cristo edificará su Iglesia. Pero ahora sus ojos están iluminados por la luz de la gracia, del perdón, de la reconciliación y la alegría de la Pascua.
Imagino los ojos temerosos de Felipe, de Simón, de Andrés, de Bartolomé, de los dos Santiagos, de Tadeo y de Mateo. Sus ojos no mienten, son el espejo de su alma: tienen miedo, están desconcertados, se sienten huérfanos. Sus ojos delatan lo que siente su corazón, testimonian su falta de confianza, sus incertezas, el no comprender el mensaje de la Buena Nueva. Pero al ver al Cristo resucitado sus ojos irradian luz, traslucen viveza y la alegría que inunda su corazón.
Imagino también los ojos de Tomás. Ojos incrédulos, desconfiados y escépticos ante lo que los otros le cuentan. Ojos cegados al Cristo que puso en Él su confianza. Y cuando ese Cristo le invita a introducir su dedo en las llagas de su Pasión sus ojos se abren y exclama: «Señor mío y Dios mío», para mí una de las plegarias mas hermosas jamas pronunciadas.
Deseo abrir mis ojos como lo hicieron los discípulos. Abrirlos a la gracia para llenarme del amor puro de Cristo. Abrirlos para que se conviertan en ventanas que vean el corazón de cada persona. Abrirlos para que en mi mirada vean a un cristiano sencillo con sus fragilidades que intenta vivir en coherencia el Evangelio. Abrirlos para que desde el trasluz se vea la fe que me acompaña, el orgullo de mi alegría cristiana. Abrirlos para ser capaz de descubrir la grandeza de cada ser humano en el que Cristo se hace presente en su vida. Abrirlos para no juzgarlos. Abrirlos para que sientan mi cercanía. Abrirlos para no discriminar a nadie. Abrirlos para comprometerme con ellos. Abrirlos para ver todo lo que sucede a la luz de la Resurrección.
Quiero ver la vida con los ojos de los apóstoles y los primeros discípulos. Ellos abrieron los ojos en Pascua y su mirada fue limpia y traslúcida y viendo pudieron exclamar con gozo y alegría: ¡Jesucristo ha resucitado, en verdad ha resucitado!

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¡Señor, dame tu mirada que me lleva a Dios, que es un don del Padre de bondad, que me espera en cada una de las encrucijada de la vida! ¡Señor, dame tu mirada para que pueda mirar con tus ojos misericordiosos y darme a los demás! ¡Espíritu Santo, concédeme la gracia de ver con los dos de los apóstoles para contemplar en el día a día de mi vida al Cristo resucitado! ¡Transforma, Espíritu divino, mi mirada no solo en relación a los demás sino en relación a mi mismo! ¡Haz, Espíritu Santo, que mi mirada como la de los apóstoles sea una mirada transformadora, abierta a la alegría, al entusiasmo, al compromiso, a la fe, a la proclamación de la buena nueva del Evangelio! ¡Abre mis ojos, Espíritu divino, para ser compasivo con los demás, para aprender a aceptarlos como son y aceptarme a mi como soy yo! ¡Abre mis ojos para valorar las virtudes ajenas y no juzgar, para admitir mis fallos y mis defectos, para saber apreciar las angustias y los sufrimientos del prójimo, para mirar con ojos de perdón y de reconciliación! ¡Dame nuevos ojos para celebrar la vida con sus cruces y sus alegrías, para alegrar con mi presencia al que lo necesita! 

Glorificar a Dios en todas las cosas

Cuando contemplo a los médicos y sanitarios esforzarse sin contar las horas en las UCIs de los hospitales pienso: «tal vez no se dan cuenta pero con su trabajo entregado y amoroso están glorificando a Dios». Cuando veo a los voluntarios ofrecer sus manos para ayudar en estos tiempos de pandemia pienso: «¡cómo glorifican a Dios con su servicio». Cuando veo a religiosos y consagradas acercarse a los enfermos para darles consuelo y esperanza mi corazón se contrae y siente «como glorifican a Dios en todo lo que hacen por Jesucristo». Cuando veo a padres, hijos y hermanos confinados en sus casas, algunas con poco espacio, ayudarse con amor, respeto, mucha paciencia y generosidad pienso: «¡Qué manera más hermosa de glorificar a Dios!».Y así un largo etcétera que haría interminable este texto.
Hay una certeza que nadie puede discutir. Cualquier cosa buena que uno haga, se encuentre donde se encuentre, sea creyente o no, es como el reflejo vivo de Dios en nuestro mundo.
En estos días que observas a médicos, sanitarios, voluntarios correr de un lado a otro de los hospitales, aplaudir cada curación, sentir dolor por cada fallecimiento no puedes dejar más que pensar «¡Qué Dios sea glorificado en todo!».
Pascua es tiempo de alegría. Es tiempo para glorificar más que nunca a Dios en todas las cosas.
Abro hoy mi corazón en mi oración y le pido a Dios que sea capaz de glorificarle en cada minuto de mi vida con mis palabras, con mis sentimientos, con mis sueños, con mis gestos, con mis actitudes… que todo mi ser hable siempre de Dios para comunicar al prójimo la gracia a los demás, que mi amor sea el reflejo de Dios en el que me rodea. Que cada una de mis pequeñas acciones en el trabajo, en la ayuda en casa, en el orden, en la escucha, en la conversación con mi pareja, con mis hijos, con mis amigos, con mis familiares… sea una manera de comunicar al Dios de la misericordia.
Vivimos tiempos de incertidumbre. Es ahora más que nunca que el Jesús de la Misericordia quiere hacerse especialmente presente en el mundo, derramar todo su amor para transformar el mundo. Y cada uno con sus actitudes de amor hacia los demás puede contribuir a este anhelo de Cristo. Además, cuando uno hace el bien y elige amar glorifica a Dios con su vida.Hoy más que nunca en este tiempo de dificultades quiero glorificar a Dios por Cristo, vivo y resucitado.
Y quiero glorificarlo porque nos ha salvado del pecado, nos ha redimido de la muerte, nos ha mostrado el camino de la vida, nos ha legado a su Madre, ha instituido nuestra Santa Madre Iglesia, nos ha dejado el legado de su Palabra, nos permite vivificarlo en la Eucaristía y nos ha dejado la gracia de los sacramentos. Hoy, más que nunca, quiero hacer de mi pobre, pequeña y frágil vida un canto de alabanza y glorificación al Dios de la vida. ¡Jesucristo ha resucitado, en verdad ha resucitado!

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¡Bendito seas Padre, glorioso, te glorió por Jesús, tu Hijo! ¡Eres, Padre, el Señor todopoderoso, el Alfa y la Omega, el Principio y Fin, el Señor de Señores! ¡Bendito sea tu nombre por los siglos de los siglos! ¡Doblo con el corazón abierto mis rodillas ante Ti mi Señor y me presento a Ti con regocijo y cánticos de jubilo! ¡Tu, Señor, eres mi fuerza, el escudo mi corazón! ¡Te glorifico, Señor de las Alturas, vuelco mi alma en Ti para darte las gracias por todo: por mis problemas y sus soluciones, por mis cruces y las veces que me levanto para sobrellevarlas, por mis tristezas y alegrías, por lo bueno y lo negativo que me sucede! ¡Gracias por hacerte siempre presente en mi vida! ¡Te siempre misericordia de mi! ¡Me has regalado Señor infinidad de dones que no soy capaz de compensarte por eso te doy gracias, te alabo y te bendigo! ¡Señor, Tu lo abarcas y lo cubres todo, y yo pequeño y frágil apenas no soy nada pero Tu estás siempre acompañándome allí donde vaya y eso es motivo para amarte, agradecerte y glorificarte! ¡Gracias, Señor, por tu amor, enséñame a amar; me has dado la libertad, ayúdame a utilizarla bien; me has dado virtudes, ayúdame a contribuir al bien; permite que todo cuanto haga cada día sea para vivir de la manera que esperas de mi! ¡Hoy, más que nunca, quiero hacer de mi pobre, pequeña y frágil vida un canto de alabanza y glorificación a Ti, Señor, Dios de la vida!