Padre, me abandono a Ti

Conmueve contemplar la agonía de Cristo en el Huerto de Getsemaní. Jesús enfrenta a su Padre su sufrimiento, en un combate espiritual de profunda intensidad. Es una lucha interna para aceptar la voluntad de Dios. Al decir sí a la voluntad del Padre en su alma y en lo más profundo de su corazón esta lucha será central en su Pasión, más importante incluso que la crucifixión y la muerte mismas.
Cristo viene con el poder del amor del que ya no puede deshacerse. También en nuestra vida hemos de enfrentar batallas, luchas cotidianas que requieren humildad para decir si interiormente y acoger en nuestra vida la voluntad de Dios.
Cristo logra la victoria sobre el mal cuando pronunció este desde lo más profundo de su alma mientras sus discípulos permanecían dormidos. Allí, en su soledad, solo le queda exclamar: “«¡Abbá! ¡Padre!: aparta de mí este cáliz. Pero no sea como yo quiero, sino como tú quieres».
Pero una vez ofrece su corazón al Padre y también a toda la humanidad, sus torturadores solo tienen su cuerpo por magullar y herir porque nada destruirá el amor de su corazón. Todas las torturas a las que se someterá no cambiarán su decisión firme de entregarse al Padre.
Todo se juega en el Huerto de los Olivos. Es la lucha entre el temor de Cristo como hombre y el amor que llega hasta el final. Cristo nos presenta la escuela del amor eterno. ¡Es impresionante, tremendo, conmovedor! Te permite entender que desde este momento somos vencemos sobre el pecado y la muerte al ponernos delante del Señor y junto a Él decir sí a la voluntad de Dios, ofreciéndole también nuestra vida. Con ello devuelves la sencillez de tu vida a Dios. Los cristianos ya sabemos que Dios es amor, que su misericordia es infinita… Pero ¿qué sucede si me entrego completamente a Él?
Esto es lo que hacemos al participar de cada Eucaristía; pedimos la fuerza interior para estar en comunión con la Pasión, la muerte y la Resurrección del Salvador; cogemos turno para cuando llegue el momento de confrontarnos al Padre, confiándonos plenamente en el Señor. La misa diaria y la dominical nos da esta fuerza interior. Es el pan de los fuertes, el pan para el viaje en el que un día estaremos invitados a repetir nuestro sí al Padre, cuando la verdad de nuestra vida quedará a la luz de su misericordia y de su amor.
Cada vez que compartimos el Cuerpo y la Sangre del Señor, acumulamos fuerzas internas para recibir esta voluntad de Dios en nuestras vidas. Y para ser una fuente de resurrección, de alegría, a través de este don de Dios.
En este miércoles santo, uniéndome a Jesús en su agonía de Getsemaní, me postro en oración humilde ante la mirada del Padre para que venga a desarraigar mi complicidad con el pecado, mis faltas de amor, de compasión, de paciencia, de perdón, mi soberbia o mi egoísmo, mis juicios ajenos… pedir que esta fuerza que viene Cristo me haga salir a su encuentro y me otorgue la gracia para resucitar con Él.

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¡Señor, quiero unirme a ti y permanecer despierto acompañándote en el huerto de los olivos! ¡Quiero, Señor, entrar en comunión contigo en estas horas que todo se pone a prueba y el sufrimiento es tan tremendo! ¡Te doy gracias, Señor, por tu sacrificio voluntario para librarme de mi pecado y mis infidelidades! ¡Me uno a ti en tu agonía, Señor, en la soledad de Getsemaní para que me enseñes a  aceptar la voluntad de Dios, y no me desaliente ante las tentaciones de abandonar cuando no me salen las cosas como tengo previstas! ¡Concédeme la gracia de abrazar siempre la voluntad de Dios sin ponerle nunca obstáculos a lo que Él tenga pensado para mi! ¡Al ver tu rostro afligido, Señor, permíteme ponerme a tu lado y velar contigo, para sentir tu amor, para amarte más, para aprender a sufrir, para alabar a Dios, para agradecer tantas cosas buenas que me suceden y comprender aquellas que no entiendo, para suplicar la voluntad del Padre, para escuchar el susurro del Espíritu, para no decir nada simplemente acompañándote! ¡Toca, Señor, ligeramente mi pobre corazón y llénalo de vida! ¡En este día, ayúdame a ser uno contigo para que mi voluntad humana encuentra su realización plena en el abandono de mi yo al Padre, para entender que mi voluntad humana debe estar orientada siempre a la voluntad divina, en mi «sí» a Dios! ¡Señor, tu sabes que soy de los que con frecuencia te abandonan, de los que les cuesta tomar decisiones, de los que la debilidad agrieta su vida, de los que no encuentran respuestas, de los que buscan y se tornan tristes si no encuentran, de los que la tentación les hace desertar, de los que a veces esperan de la oración y desesperan cuando no hay respuesta a mis palabras, de los que fracasan con frecuencia! ¡Pero hoy quiero mirarte, Jesús, sentarme a tu lado en Getsemaní, rezar contigo, acompañarte, arroparte, cuidarte! ¡No permitas que el miedo me aleje de Ti!

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