Abrir mis ojos como los discípulos

Me imagino la mirada interrogante de Pedro y Juan al ver la tumba vacía. Me imagino la mirada sorpresiva de María Magdalena al comprobar que el cuerpo de Jesús no estaba en el sepulcro.
Imagino a los discípulos congregados en el cenáculo. Los ojos de sorpresa al recibir la noticia de sus allegados. Ojos abiertos a la expectativa. Ojos abiertos a la esperanza, a la gracia, a la verdad del Cristo vivo. Ojos de fe. Ojos iluminados por la verdad revelada.
Imagino hoy todos y cada uno de los ojos de los discípulos. Los ojos de Juan, lacrimosos y sufrientes en el Calvario, al ser testigo de la agonía de Jesús, su amigo y en quién pone al cuidado de su Madre. Ojos que contemplan la entrega por amor de Cristo. Ojos ahora llenos de agradecimiento, de alegría y de esperanza.
Imagino los ojos de Pedro, rojos de tanto llanto desconsolado en la noche de la Pasión. Ojos hinchados por el dolor del abandono al Maestro. Ojos tristes por no haber dado la talla, por haberle negado tres veces ⎯¡hay, Señor, cuantas veces te niego yo cada día!⎯, por haberse dormido en el huerto de Getsemaní y por no haber comprendido el sentido de ser escogido como la piedra sobre la que Cristo edificará su Iglesia. Pero ahora sus ojos están iluminados por la luz de la gracia, del perdón, de la reconciliación y la alegría de la Pascua.
Imagino los ojos temerosos de Felipe, de Simón, de Andrés, de Bartolomé, de los dos Santiagos, de Tadeo y de Mateo. Sus ojos no mienten, son el espejo de su alma: tienen miedo, están desconcertados, se sienten huérfanos. Sus ojos delatan lo que siente su corazón, testimonian su falta de confianza, sus incertezas, el no comprender el mensaje de la Buena Nueva. Pero al ver al Cristo resucitado sus ojos irradian luz, traslucen viveza y la alegría que inunda su corazón.
Imagino también los ojos de Tomás. Ojos incrédulos, desconfiados y escépticos ante lo que los otros le cuentan. Ojos cegados al Cristo que puso en Él su confianza. Y cuando ese Cristo le invita a introducir su dedo en las llagas de su Pasión sus ojos se abren y exclama: «Señor mío y Dios mío», para mí una de las plegarias mas hermosas jamas pronunciadas.
Deseo abrir mis ojos como lo hicieron los discípulos. Abrirlos a la gracia para llenarme del amor puro de Cristo. Abrirlos para que se conviertan en ventanas que vean el corazón de cada persona. Abrirlos para que en mi mirada vean a un cristiano sencillo con sus fragilidades que intenta vivir en coherencia el Evangelio. Abrirlos para que desde el trasluz se vea la fe que me acompaña, el orgullo de mi alegría cristiana. Abrirlos para ser capaz de descubrir la grandeza de cada ser humano en el que Cristo se hace presente en su vida. Abrirlos para no juzgarlos. Abrirlos para que sientan mi cercanía. Abrirlos para no discriminar a nadie. Abrirlos para comprometerme con ellos. Abrirlos para ver todo lo que sucede a la luz de la Resurrección.
Quiero ver la vida con los ojos de los apóstoles y los primeros discípulos. Ellos abrieron los ojos en Pascua y su mirada fue limpia y traslúcida y viendo pudieron exclamar con gozo y alegría: ¡Jesucristo ha resucitado, en verdad ha resucitado!

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¡Señor, dame tu mirada que me lleva a Dios, que es un don del Padre de bondad, que me espera en cada una de las encrucijada de la vida! ¡Señor, dame tu mirada para que pueda mirar con tus ojos misericordiosos y darme a los demás! ¡Espíritu Santo, concédeme la gracia de ver con los dos de los apóstoles para contemplar en el día a día de mi vida al Cristo resucitado! ¡Transforma, Espíritu divino, mi mirada no solo en relación a los demás sino en relación a mi mismo! ¡Haz, Espíritu Santo, que mi mirada como la de los apóstoles sea una mirada transformadora, abierta a la alegría, al entusiasmo, al compromiso, a la fe, a la proclamación de la buena nueva del Evangelio! ¡Abre mis ojos, Espíritu divino, para ser compasivo con los demás, para aprender a aceptarlos como son y aceptarme a mi como soy yo! ¡Abre mis ojos para valorar las virtudes ajenas y no juzgar, para admitir mis fallos y mis defectos, para saber apreciar las angustias y los sufrimientos del prójimo, para mirar con ojos de perdón y de reconciliación! ¡Dame nuevos ojos para celebrar la vida con sus cruces y sus alegrías, para alegrar con mi presencia al que lo necesita! 

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