¿Cómo reconocer las manifestaciones del Espíritu en mi mismo y en las personas que me rodean? 

Con la fiesta de Pentecostés, que en griego significa el quincuagésimo día, concluimos oficialmente el tiempo de Pascua que hemos dedicado a celebrar y profundizar el misterio pascual, corazón y centro de la fe cristiana.
En este día comienza la misión de la Iglesia que se inició con este evento extraordinario y que prosigue en la actualidad: la proclamación de la buena nueva de la resurrección de Cristo a todas los que conocemos.
Todos somos portadores y testigos de la universalidad del mensaje del Evangelio. Hemos recibido dones especiales para hacerlo. Son los carismas: el de servicio, el de una palabra que consuela, el de una enseñanza que ilumina, etc. San Pablo enumera los principales en su carta a los romanos y da otra lista en la segunda carta a los corintios. No repito estas listas aquí, porque no son exhaustivas. Lo importante es reconocer lo que el Espíritu ha puesto en nosotros para el servicio de nuestras comunidades cristianas y de la Iglesia.
En un día como hoy: ¿Cómo reconocer las manifestaciones del Espíritu en mi mismo y en las personas que me rodean? No es una pregunta sencilla. Rememoro la conversación de Jesús con Nicodemo, donde Jesús le explica que debe nacer de nuevo. La pregunta de Nicodemo es la de todos los discípulos de Jesús: «¿Cómo renacerá el hombre ya viejo? ¿Quién volverá al seno de su madre?». Jesús le contesta: «En verdad te digo: El que no renace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, y lo que nace del Espíritu es espíritu».
En esta respuesta, Jesús asume toda la tradición de la Biblia y nos presenta la realidad misma del Espíritu, que se define como un aliento. La raíz hebrea de la palabra Espíritu es «ruah», que significa el aire que anida dentro de nosotros y nos da vida.
Así comprendes que las manifestaciones del Espíritu pueden ubicarse en varios niveles, pero siempre estamos bajo el registro del «aliento», un aliento de vida que hace todas las cosas nuevas, un aliento que llena los corazones de las personas, un aliento que te dirige hacia los demás y da la bienvenida al don de ser hijos de Dios. El Espíritu que hemos recibido no nos hace esclavos, personas llenas de temores o de miedos; es un espíritu que, incitados por este Espíritu, nos hace clamar al Padre: «¡Abba!».
La acción del Espíritu, este «aliento divino», está lleno de sorpresas si soy capaz de abrir el corazón. Oro hoy para que nuestra Iglesia en su conjunto y yo mi mismo en particular sepamos descubrir los signos de la presencia siempre activa del Espíritu en nuestra vida, que su vigorizante presencia nos alimente espiritualmente y nos ayude a vivir con más autenticidad como hijos de Dios, que nos muestre el camino de la vida, abra nuestros oídos para que podamos escuchar la Palabra y entender su consejo, nos ofrezca inspiración y comprensión para saber lo que quiere de nosotros en cada momento y nos ayude a conocer siempre la voluntad del Padre. ¡Ven, Espíritu, derrama tu gracia sobre mi y haz que abra siempre el corazón para llenarme de Ti!

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¡Espíritu Santo, tu que eres el amor infinito, la auténtica caridad, la verdadera luz, llena mi corazón con tu Santo Amor! ¡Tu, Santo Espíritu, que eres dador de vida, llena mi vida de tu sabiduría, de tu entendimiento y de tu fuerza para caminar en pos de la verdad y de la santidad! ¡Espíritu Santo, que iluminas al hombre con tu iluminación, envía a mi pobre corazón la luz celestial para iluminar cada uno de mis actos, pensamientos, acciones y palabras! ¡Espíritu Santo, dador de vida, purifica mi corazón y mi alma, hazme proclive siempre al bien, hazme rechazar el pecado, y llena mi vida de paz y de amor! ¡Espíritu Santo, Amor del Padre y del Hijo, te pido que perdones mis constantes caídas y mis permanentes infidelidades a la Trinidad! ¡Espíritu Santo, amor de vida, luz de luz, acudo a ti en busca de tu protección, de tu luz, de tu amor, de tu misericordia y tu bondad! ¡Espíritu Santo, Señor de la vida, aliento del alma, acudo a ti para que me renueves, me ilumines, me fortalezcas, me guíes y me consueles, para que sanes la inmundicia que haya en mi corazón, para que sanes mi corazón enfermo y tantas veces manchado por el pecado a causa de las acciones pecaminosas, el egoísmo, la soberbia, el rencor, el dolor, la tristeza…! ¡Espíritu Santo, luz de luz, dame la fuerza para sobrellevar con entereza las cruces de cada día, las adversidades de la vida; conviértete en mi sostén que de seguridad a mi existencia! ¡Espíritu Santo, Don del Altísimo, haz que tus santas inspiraciones transformen mi vida vida y dirige cada uno de mis pasos para que no me desvíe del camino de la santidad! ¡Concédeme la gracia de vivir siempre de acuerdo con las enseñanzas de Cristo y la voluntad de Dios Padre! ¡Envíame tus siete dones y por la intercesión de la Santísima Virgen, te pido no vacilar jamás! ¡Y todo lo que pido para mi lo hago extensible a las personas que me rodean, a la Iglesia santa de Dios y al mundo entero!

Con flores a Marí­a (Obsequio espiritual a la Santísima Virgen María)
María, desde esta tierra te saluda un pecador que merece castigos y no gracia, justicia en vez de misericordia. Bien sé que te complaces en ser tanto más benigna cuanto eres más grande; cuando son más pobres lo que a Ti recurren, tanto más te empeñas en protegerlos y salvarlos.
Te ofrezco: unirme a ti en este día de Pentecostés y sacrificarme con algo importante como verdadero dolor de mis pecados.

Acompañando a María en la Visitación y en Pentecostés

Último sábado de mayo, mes de la Virgen, víspera de Pentecostés y fiesta de la Visitación, con María en el corazón. No todos los años estas dos grandes fiestas coinciden en el mismo día. Así que mañana es un día grande. Como el sábado estas meditaciones están centradas en la Virgen, sigamos su camino. Donde está María, allí está Jesús; donde está María, allí se encuentra la Iglesia. Mañana es un día propicio para recordar que en toda la vida de María está la presencia del Espíritu Santo. Como también en la nuestra.
Durante la Anunciación, cuando a la joven de Nazaret se le presentó el ángel y le anunció que iba a ser madre de Dios sin intermediación de varón, recibió el consuelo de que aquel acontecimiento no era una cuestión humana sino parte del proyecto de Dios. María recibió la unción del Espíritu Santo y el anuncio de que la Palabra de Dios se haría carne en ella. Y María, asintiendo, dio la bienvenida al Espíritu Santo en su vida. Es así como María marca el camino. A todos, en algún momento de nuestra vida, Dios nos ha enviado un ángel, con un mensaje para dirigir nuestros pasos. No es un ángel como lo imaginan los pintores, sino una Palabra de Dios que toca el corazón y te impulsa a tomar decisiones, si se está dispuesto a abrir el corazón y seguir esta Palabra.
Después de la Anunciación, aparece el cuadro de la Visitación. María corre al encuentro de Isabel. ¡La virgen que está embarazada cae en los brazos de su prima estéril que también espera un hijo! Dos cosas imposibles que Dios hizo posible. La acción del Espíritu Santo va más allá de los límites, altera lo obvio.
Con aquella visita Isabel se llenó del Espíritu Santo. El niño que habitaba en ella se estremeció de alegría e Isabel, bajo la acción del Espíritu Santo, exaltó a María como la madre de Dios y la verdadera creyente, como tan bellamente cantamos en el Magnificat.
Es este mismo Espíritu Santo el que nos hace verdaderos creyentes: aceptar la palabra de Dios y creer, sin ver, que Dios actúa en la vida. El encuentro de María e Isabel el día de la Visitación es el primer Pentecostés, un Pentecostés doméstico, familiar; es una invitación a reconocer que en cada una de nuestras familias, en cada persona como en cada comunidad, actúa el Espíritu Santo. Porque la acción del Espíritu Santo no está reservada a las grandes figuras del evangelio. Actúa de una manera muy ordinaria, aquí y allá, en el hoy y en el siempre.
Es Él quien pone en el corazón el deseo de darse a su Palabra, una palabra que compromete toda la vida, sin conocer el futuro pero confiando en la fuerza de Dios. Es él quien discierne si una vocación es auténtica y da la fuerza para responder a ella.
En este día de la Visitación, María corre hacia nosotros, portando de la Palabra de Dios. Viene a acompañar el trabajo que Dios comenzó en nosotros, las maravillas que Dios hace en nuestras vidas, esas vidas que tantas veces consideramos mediocres, aburridas y estériles.
Y llega el día de Pentecostés. María reza con los apóstoles reunidos en Jerusalén, donde esperan a aquel a quien Jesús prometió.
Cuando el Espíritu Santo cubre con sus llamas a los Apóstoles, ahí está María. Este espíritu fructífero en Ella llena a los Doce que conforman la Iglesia. Les da el coraje de hablar con determinación mientras la Virgen entra en el silencio contemplativo porque María apoya a la Iglesia con su oración.
La que estaba presente al pie de la cruz, la que recibió en sus brazos el cadáver de su hijo, la que lo introdujo en la tumba, la que esperó con dolor y fe para que él saliera victorioso permanece en el centro, en el corazón de la Iglesia. Su silencio confirma las palabras de los apóstoles. Su presencia sella la comunión que los une.
En este hermoso día de Pentecostés coincidente con el de la Visitación, María nos recuerda que nunca nos abandona, que si invocamos al Espíritu Santo recibimos en abundancia sus santos dones.
Sábado víspera de Pentecostés y de la visitación de María. ¡Qué hermoso día para recordar que en la vida cristiana todo se recibe de estas dos fuentes: de la Iglesia y María. La Iglesia de Pentecostés y María de la Visitación.
¡Gracias, María, por tu ejemplo de amor, por tu confianza en Dios, por abrirte a la gracia del Espíritu clara invitación a seguirte con el corazón abierto! ¡Gracias, Espíritu Santo, dador de vida, gracia de la gracia, por querer entrar en mi corazón!

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¡María, siempre llena del Espíritu Santo, te pido en este día que recuerdo tu Visitación que comprenda que la profundidad de tu testimonio, de tu servicio, de tu entrega, me permita apreciar todo lo que tu presencia en mi vida me trae como don a mi experiencia como cristiano, para poder ser así cada vez mejor hijo tuyo! ¡Gracias, Espíritu Santo, por salir también a mi encuentro, te pido me unjas con tus dones y me ayudes a responderte igual que lo hizo la Virgen! ¡María, Espíritu Santo, os pido que no me aleje nunca de vosotros para que caminando a vuestro lado pueda acercarme cada vez más a Jesús! ¡Espíritu Santo, dame como la Virgen, una mirada de amplios horizontes para no vivir encerrado en mi yo sino siguiendo la voluntad de Dios! ¡Ayúdame a ser capaz, como hizo María, de ver siempre las necesidades del prójimo, para no permanecer impasible a sus sufrimientos! ¡Como a María vierte sobre mi tus santos dones, llena mi vida de paz, alegría, bondad, afabilidad, modestia, paciencia, dominio de mi mismo, fidelidad, entrega, servicio…! ¡Ayúdame a ser como María, Espíritu de Dios, que vivía siempre en referencia al Padre! ¡María, Espíritu Santo, me invitas a transformar mi existencia y convertirla en una liturgia perenne en la que reine siempre la voluntad de Dios! ¡Haced de mi vida fruto abundante! ¡Espíritu Santo, que tu acción santificadora penetre en lo más íntimo de mi ser, en mi sensibilidad, en mi memoria, en mi inteligencia, en mi voluntad! ¡María, quiero ser como tu Hijo, indícame siempre el camino a seguir!

Con flores a Marí­a (Obsequio espiritual a la Santísima Virgen María)
María, Madre, que no te quedaste con la alabanza de tu prima Isabel, sino que la referiste a quien correspondía en verdad, diciendo: «El Señor hizo en mí maravillas»; enséñame a reconocer la mano de Dios en todo y a darle gracias por todo.
Te ofrezco: repetir durante el día esta jaculatoria de la beata Maravillas de Jesús: «Lo que Dios quiera, como Dios quiera, cuando Dios quiera».

¡Ilumina, Espíritu Santo, mi camino!

Conversaba ayer con una persona con la que, desde hacía varios meses, había perdido el contacto. Recibí su llamada a los pocos segundos de haber terminado la Coronilla de la Divina Misericordia. «Por Su dolorosa Pasión, ten misericordia de nosotros y del mundo entero», palabras que repites siguiendo las cuentas del decenario del rosario. Es alguien que ha sufrido y sufre mucho. El confinamiento, además, ha mermando su capacidad de sufrimiento y le ha provocado profundos sentimientos de angustia. En un momento de la conversación me dice: «Tengo una profunda sensación de vacío, humano y espiritual. He caído en una gran tristeza porque siento que Jesús no escucha mis súplicas y no responde a mi oración. Seguro que mi fe no es lo suficiente firme para mover la ¡Misericordia! de Dios». Conversamos largo rato.
La vida te permite comprender que los primeros pasos que has de dar como persona es abrir el corazón y contemplar que condiciones le pongo al Señor cuando me llama. ¡Si soy capaz de escuchar con el corazón abierto! Si predispongo mi corazón a esa apertura y si lo tengo disponible a lo que Él quiere para mí, a lo que me coloca en mi camino o si le pongo condiciones a su invitación para aceptar su voluntad. El problema radica en que uno se engaña con harta frecuencia. ¡Cuántas veces pienso que lo que tengo que hacer es una cosa cosa que considero buena y aceptable cuando en realidad Dios tenga ideada otra para mi bien!
Vivimos con frecuencia dándole vueltas a nuestro propio yo y nuestras necesidades sin dejarnos iluminar por la gracia del Espíritu. No ponemos en práctica nuestras cualidades recibidas para nuestro propio bien. Nadie mejor que el propio Dios para saber en qué, para qué y cómo emplear esas cualidades que nos ha dado. Por eso la oración no debe ser egocéntrica, no soy yo quien decide sobre la herencia recibida, sobre las riquezas que poseo o sobre las cualidades que atesoro, sino es Él quien a la luz de la oración sencilla y humilde va indicando e iluminando el camino, el momento, la circunstancia y la forma de ponerlo todo en práctica.
Ese es el motivo por el que tantas veces nos somos capaces de ver los frutos que anhelamos, no alcanzamos a dilucidar las respuestas que esperamos; cultivamos aquello que nos interesa pero no cultivamos lo que Dios quiere, en el lugar que quiere y de la manera que quiere.
Solo se me ocurre decirle a esta persona —basándome en mi propia experiencia personal— que tal vez su fe no sea lo suficiente firme para mover la Misericordia de Dios, pero reconocerlo así es un paso decisivo para presentarse con humildad ante Él; su Espíritu anida en quien abre su corazón con inocencia y pureza y se dirige a Él con sincera humildad para preguntarse con franqueza ¿Me encuentro realmente, Señor, entregándome donde Tú verdaderamente quieres o me llamas? ¿Hago todo lo que Tú, Señor, quieres de mi? ¿O lo que hago está basando en función de mis intereses, de mi yo o de lo que yo pienso como debo actuar y qué hacer? Y tal vez lo más relevante y crucial en nuestra vida cristiana: ¿Hasta que punto tengo la disponibilidad para aceptar la voluntad de Dios, dejarlo todo para situarme en el lugar y la actitud que el Señor espera de mi y desea para mi misión en mi entorno personal, familiar, social y profesional?
¡Que importante es, a través de la oración, pedir al Espíritu ahora que llega Pentecostés que nos ayude a discernir cada día sobre nuestra misión y que nos facilite el abrir el corazón para dar respuestas a todos los interrogantes que desasosiegan, angustian y desazonan nuestro corazón y pedirle con fe que nos otorgue la fortaleza y la sabiduría para responder con alegría y no con tristeza a su llamada de amor!

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¡Espíritu Santo, Espíritu Consolador y de amor, soy poca cosa, soy frágil y quebradizo, pero por medio tuyo Dios derrama su amor, su fortaleza, su bondad y su fortaleza y me permite sobrellevar los obstáculos de la vida! ¡Te doy gracias, porque siendo poco y quebradizo, soy grande ante tu ojos y quieres entrar en mi corazón para hacer morada en él y desde él ir modelando mi vida! ¡Ayúdame a discernir siempre y cuando tenga que tomar decisiones que no me oprima el temor a equivocarme ni mi inquieten las posibilidades que se abren; concédeme la gracia de decidir según la voluntad de Dios y ver siempre que es lo mejor para mi! ¡Asísteme siempre en la toma de cualquier decisión que deba tomar porque ante todo deseo que se cumplan en mi vida los planes de Dios! ¡Espíritu Santo, luz de luz, ilumina mi corazón para que sepa valorar todas las cosas que me suceden, para que sea llevar con alegría los planes a los que he sido llamado, los tesoros de gloria que encierra mi propia vida, la grandeza de todas y cada una de las obras que realizas en mi vida! ¡Te pido, Espíritu divino, que mi vida cristiana se fundamente en roca firme, no en una piedad tibia y limitada a meras devociones sino en una auténtica devoción a Cristo crucificado y resucitado, a Ti quieres dador de vida, al Padre que todo me lo da por amor y a María, Madre de Jesús y Madre mía! ¡Sabes que soy impaciente, Espíritu Santo, que necesito entender todo, tenerlo todo claro, esperar respuestas rápidas, pero son muchas las veces que necesito seguir esperando las respuestas que vienen de lo alto, concédeme la gracia de aprender a esclarecer las cosas con paciencia y dejar el tiempo que sea necesario para dejar las preguntas abiertas a la voluntad del Padre! ¡Ven sobre mi corazón, Espíritu Santo, y hazme dócil a la voluntad de Dios!

Con flores a María (Obsequio espiritual a la Santísima Virgen María
María, Madre, tú sembrabas confianza en torno a ti, sabías contar con sencillez tus cosas y estabas siempre abierta al diálogo: enséñame a tener más confianza con los que me rodean y a escucharlos con amor e interés.
Te ofrezco: tratar de dar conversación a mis familiares.

Carismas y vida cotidiana

Sigo preparándome para la fiesta de Pentecostés que llegará en unos días. Me introduzco en la escena del derramamiento del Espíritu, en el Cenáculo, como si fuera Matías, el apóstol que reemplazó a Judas después de traicionar a Jesús. Con los once allí diligentemente en oración, con las otras mujeres y con María, la Madre. Todos reunidos, en comunidad. ¡Qué detalle tan importante!
¿Por qué? Porque en aquel día el Espíritu Santo no se manifestó solo a los doce apóstoles que se convertirán en los mensajeros privilegiados del Evangelio. También bajó sobre todo el grupo. Todos estaban llenos del Espíritu Santo: comenzaron a hablar en otras lenguas, y cada uno habló de acuerdo con el don del Espíritu. Es por eso que a menudo observamos iconos donde María aparece en medio de los apóstoles y sobre ella, como sobre ellos, se cierne  una paloma o descienden lenguas de fuego, símbolos del Espíritu Santo.
La acción del Espíritu se manifestó vívidamente en el día de Pentecostés. Y continuó en los siglos siguientes, hasta el día de hoy. Aquel día los apóstoles, como hoy nosotros, fueron bendecidos con diversos dones para su misión. Estas gracias del Espíritu son los carismas, regalos que recibimos, cada uno o de manera colectiva, para edificar la Iglesia. El Espíritu sigue actuando, Él es quien anima, alienta y sigue edificando a la Iglesia. Y con él surge el kerygma o la primera proclamación del Evangelio que es más actual para nosotros.
Mi corazón se abre en esta semana con alegría a la preparación de Pentecostés para ser cada vez más consciente de que la acción del Espíritu Santo, en este tiempo de tantas dificultades y sufrimientos, con tantos corazones rotos y temerosos, está siempre presente en las personas y en la Iglesia. Necesitamos vivir verdaderamente insertados en Él, que los dones y las gracias recibidas del Espíritu se conviertan en fermento para dar sentido a una Iglesia carismática. El mundo lo demanda.
¿Una iglesia carismática? Si, una Iglesia carismática que esté llena de los carismas del Espíritu, corriente de gracia para seguir predicando el Evangelio a todos los hombres; una iglesia que camine permanentemente bajo el influjo del Espíritu Santo, que alabe al Señor sin cesar, que ore junto a los cristianos de las diversas iglesias y comunidades cristianas, que busque la unión, que perdone al prójimo, que ore y adore sin cesar a Dios, que actúe en favor de los más necesitados, que no abandone a los pobres y enfermos, que ponga por encima el amor a la ley… Una Iglesia que posea dones espirituales y que dependa de ellos para ser efectiva. La Iglesia la formamos seres espirituales, débiles, frágiles, sencillos y corrientes pero podemos servirnos unos de otros para dar sentido a la vida y al mundo. Y tenemos el influjo del Espíritu Santo, dador de vida, y sus dones de sabiduría, conocimiento, enseñanza, consejo, fortaleza, libertad, liderazgo, dirección, inteligencia, servicio, consolación, exhortación… Estos dones son tan vitales para la Iglesia como lo eran para los creyentes del primer siglo.
Nuestra vida cotidiana es carismática desde que el día de nuestro bautismo fuimos llenados del Espíritu y como consecuencia de ello tenemos dones con los cuales servir al cuerpo de Cristo. Cada uno tiene los suyos, Dios nos los ha distribuido a cada uno de acuerdo a su voluntad y nuestras capacidades. Por eso nadie sobra, nadie puede considerarse inútil. Cada uno tenemos un papel relevante dentro de la Iglesia. Sin esta contribución el cuerpo se empobrece, porque depende de lo que cada uno aporte para hacerla grande. ¡Le pido a Dios que Pentecostés me haga más consciente de mi misión como cristiano insertado en esta Iglesia pecadora pero carismática que tanto amo y que pueda utilizar mis carismas para ser dar a conocer la Buena Nueva de Jesucristo, servir siempre con amor a mi prójimo, manifestar el amor de Dios por el mundo y el amor misericordioso que tiene por cada uno de los hombres!

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¡Gracias, Padre, porque te amo y amo a tu Santa Iglesia Católica una Iglesia que quiso Jesús fuera Universal, capaz de acoger y abrigar a todos con sus diferencias, sensibilidades, personalidades, gustos, opiniones y riquezas! ¡Gracias porque me permites amarla y sentirme unida a ella por el Amor que siento por ti, por Cristo tu Hijo y por el Espíritu Santo! ¡Doy gracias a mis padres por haberme bautizado e insertado en tu Iglesia! ¡Me siento feliz de formar parte de ella, de ser católico, de los carismas y dones que me has dado, de enviar cada día tu Espíritu sobre mi para transformar mi vida! ¡Gracias por la fe, Espíritu Santo, qué don más grande he recibido de Dios! ¡Gracias por mi catolicidad; gracias por enviarme de misión; gracias por la experiencia personal de tu presencia y de tu poder en mi vida; gracias porque con tus dones cotidianos reavivas en mi corazón las gracias del bautismo! ¡Gracias porque en lo ordinario y sencillo de mi vida te haces presente cada día! ¡Gracias por tu acción santificadora, purificadora, renovadora, sanadora! ¡Gracias porque mi vida es una vida ordinaria y sencilla pero insertada en la Trinidad, en la que siento de una manera amorosa y misericordiosa la presencia y el poder que ejerces en mi vida! ¡Gracias porque reavivas mi vida! ¡Gracias, Espíritu de Dios, porque guías mi vida! ¡En este día te pido que reavives la llama del fuego de tu amor en mi corazón para fortalecer mi fe, para hacer mi servicio más amoroso, más entregado y más servicial; para santificar mi trabajo cotidiano; para buscar siempre el bien; para vivir insertado en Cristo; para perdonar y no juzgar; para llevar al mundo el mensaje de Jesús; para dar a conocer al prójimo la acción de tu gracia! ¡Concédeme la gracia de vivir una vida que en todo momento esté guiada por Ti! ¡Espíritu Santo, regala a tu Iglesia diferentes carismas, para ir plasmando en cada uno nosotros nuestras distintas espiritualidades para enriquecerla y responder a la llamada que Dios nos regala para edificarla cada día! ¡Ayúdame a contribuir a que la Iglesia sea ante los que me rodean la expresión real y cierta de que Dios nos ha amado, nos ama y nos amará eternamente!

Con flores a Marí­a (Obsequio espiritual a la Santí­sima Virgen María)
María, Madre, que conoces mis pensamientos: haz que no sean nunca de venganza, ni de envidia, ni de darme vueltas a mí mismo.
Te ofrezco: tratar de vivir en presencia de Dios.

En tiempos de pandemia ¡acudir al Espíritu!

Antes del virus que ha asolado el planeta y que ha cercenado nuestras vidas de una manera inesperada muchos creían que en la vida lo relevante era el poder y la seguridad que da el dinero, el reconocimiento social, la lucha por la perfección estándar de cara a la galería, el disfrutar de la vida sin reparar en nada ni en nadie… pero entonces se presenta la adversidad, pierdes a un ser querido, la salud se desquebraja, te quedas sin empleo o sin ingresos porque tu negocio permanece cerrado y sin clientes, tienes que afrontar los retos que la vida te presenta, esas secretas ambiciones fracasan… y, en estas circunstancias, se necesitan respuestas a preguntas que antes no te cuestionabas. Desde la fe, el cristiano sabe que su transitar por esta vida no es en soledad; que no estamos solos, que hay un Dios Padre Todopoderoso, que por encima de todo es Amor, que es el Creador y Hacedor de la vida, que nos acompaña y nos sostiene, que no nos quita las pesadas cruces ni los amargos problemas que se nos vienen encima pero que provee Su ayuda para cargarlas con entereza. Es el Dios que da sentido verdadero a nuestra existencia. Es quien, por medio del Espíritu Santo, nos otorga la fuerza para dar profundo sentido al sufrimiento y a la cruz del día a día. En tiempos de pandemia ¡que gran sentido tiene acudir al Espíritu de la Verdad que nos ilumina, hace vibrar nuestro corazón frágil y quebradizo y nos permite sentir que no estamos solos! El Espíritu de Dios es la fuente de la fortaleza del hombre para vencer los miedos y temores porque no nos ha dado Dios el espíritu de temor, sino el de fortaleza, de amor y de templanza.
Esta crisis que estamos viviendo es una oportunidad para avanzar en la fe, en la confianza, en la esperanza sin que nos venza el desánimo ni la tristeza, fuertemente agarrados al Espíritu.
El Espíritu que proviene de Dios espera de nosotros el día luminoso en que logremos la interiorización de las cosas sin miedo, contemplándolas con la luz interior que nos faculta para alcanzar una viva, profunda y atenta conciencia que elimine de nuestra vida el egoísmo y la soberbia, la necedad y la simpleza y, fundamentalmente, nuestros apegos tan arraigados en el corazón y los miedos que nos atenazan. No seremos ni mejores ni peores, sino personas auténticas, cristianos de verdad, que no se esconden detrás de máscaras volubles. Y estos cambios que nazcan en nuestra vida no serán consecuencia de nuestros proyectos y esfuerzos, sino el fruto maduro de entrega al Padre y una naturaleza vivificada a la luz del Espíritu. ¡Se acerca la gran fiesta de Pentecostés y quiero que me coja unido a la verdad del Espíritu!

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Deseo que hoy mi oración sea una consagración plena con el corazón abierto al Espíritu Santo, dador de vida:

Recibe ¡oh Espíritu Santo!, la consagración perfecta y absoluta de todo mi ser, que te hago en este día para que te dignes ser en adelante, en cada uno de los instantes de mi vida, en cada una de mis acciones, mi director, mi luz, mi guía, mi fuerza, y todo el amor de mi corazón.
Yo me abandono sin reservas a tus divinas operaciones, y quiero ser siempre dócil a tus santas inspiraciones.
¡Oh Santo Espíritu! Dígnate formarme con María y en María, según el modelo de tu amado Jesús. Gloria al Padre Creador. Gloria al Hijo Redentor. Gloria al Espíritu Santo Santificador. Amén

Con flores a María (Obsequio espiritual a la Santísima Virgen María)
María, Madre, tu  relación el Espíritu Santo fue siempre muy estrecha y a la vez privilegiada. Todo tu ser, tus acciones y tu Misión como Madre se movieron a la Luz del Espíritu Santo.
Te ofrezco: vivir solícito a la voluntad del Padre y abrir mi corazón al Espíritu Santo para convertir mis esfuerzos y proyectos en caminos de entrega a la luz de sus dones.

¿Qué significa negarse a si mismo?

Una lectora de esta página, no creyente desde la óptica del catolicismo, pero sí desde la óptica de lo trascendente me pregunta en relación al texto ¿Negarme a mi mismo y tomar la cruz? ¿qué significa negarse a si mismo?
Negarse a si mismo es, ni más ni menos, que abrir el corazón de par en par a Dios. Es abandonar el yo que abunda en nuestras vidas para subliminarlo todo a la voluntad de Dios. En un mundo en que potencia el individualismo, el mercantilismo, el consumismo, el éxito —siempre tan voluble como efímero— el ser humano cree que todo es logro suyo. Sin embargo, esta frase tiene una profundidad extrema: todo lo que poseemos y tenemos es don de Dios, regalo que recibimos a consecuencia de su Amor. Nosotros nos somos más que instrumentos de sus manos, pequeños renglones torcidos que nos permite ser lo que somos, vivir acorde con sus mandamientos y pequeñas semillas que puedan dar frutos abundantes. Pequeños seres creados para darle gloria y honor, a Él que es el Creador de todo.
¡Negarse a si mismo! ¡Tremenda frase para tiempos en que prima el hedonismo, la búsqueda permanente de la satisfacción personal, el placer por el placer, el utilitarismo del prójimo! La vida cristiana te enseña que si te amas a ti mismo no puedes amar a Dios. Es incompatible. Estamos en esta vida como don de amor, para darle gloria a Él no para darnos gloria a nosotros mismos pues quien busca su propia gloria no hace más que buscar su propio bien. Pero cuando te niegas a ti mismo y te pones en las manos bondadosas y misericordiosas de Dios solo buscas darle gloria a Él.
¡Negarse a si mismo! ¿Para qué? Para librarse del deseo de ser alabado, honrado, aplaudido, preferido a otros, consultado, aceptado; para no temer ser humillado, despreciado, reprendido, olvidado, puesto en ridículo, injuriado, juzgado con malicia; para tener el deseo de que otros sean más amados y estimados que uno mismo, para que otros crezcan en la opinión del mundo y tu yo se eclipse, que otros sean alabados y de uno no se haga caso, que otros sean empleados en cargos y a uno se le juzgue inútil, que otros sean preferidos a mí en todo. Esta propuesta puede parecer un despropósito pero cuanto más te niegas a ti mismo más fácil es abrir el corazón y encontrarse con la verdad. Cuando más se acerca uno a Dios más cerca está de encontrarse a si mismo. Cuando más se aleja uno de la mundanalidad del mundo, más cerca está del cielo.
Y en este día que camino hacia la hermosa jornada de Pentecostés con más ahínco deseo negarme a mi mismo, escuchar el susurro del Espíritu Santo, dejar que ilumine mi ser, y abrir el corazón de par en par para que Dios penetre en Él.

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¡Señor, acojo con plenitud y con el corazón abierto tu invitación a negarme a mi mismo, a cumplir tu voluntad, a tomar mi cruz, a poner las necesidades del prójimo por delante de las mías, a honrar siempre al Padre por todo lo que me ha dado y ha hecho por mí! ¡Espíritu Santo, dador de vida, luz de luz, que obras en mi vida, dame la capacidad para negarme a mi mismo para honrar siempre la voluntad de Dios! ¡Hazme, Espíritu divino, dócil a este mandamiento de Jesús todos los días de mi vida, con un compromiso firme no solo cuando me apetezca o me convenga! ¡Que no me importe, Espíritu Santo, negarme lo que quiero y deseo o lo que necesito; dame la fuerza para lograrlo! ¡Espíritu Santo, que no me importe ser bien recordado, respetado y querido por los demás me basta sentirlo de Dios! ¡Ayúdame, eso sí, Espíritu Santo, a vivir por y para los demás, darlo todo por su bien, su sufrimiento y su necesidad sin importar lo que me conviene a mi! ¡Ayúdame a no perder la vida en cosas insustanciales sino salvar mi alma para caminar hacia la vida eterna! ¡Elimina de mi corazón aquello que me impide una profunda unión con Jesús! ¡Ayúdame a predicar la cruz, la bondad, el amor, la santidad, el sufrimiento, el dolor, la fe, el vencer los miedos y las dudas, la lucha contra la vida cómoda…! ¡Ayúdame Espíritu Santo a negarme a mi mismo, a estar dispuesto a no vivir en mi sino que Cristo viva en mi; que toda ambición personal muera en mi corazón, que todas las ataduras terrenales se alejen de mi pues todo lo hago por amor a Cristo! ¡Que mi vida sea un negarme a mi mismo y vivir para la gloria y la gracia de Dios!

Con flores a Marí­a (Obsequio espiritual a la Santísima Virgen María)Tú, que eres Maestra de las almas, enséñanos a ser dóciles como tú al Espíritu Santo para acoger con obediencia y agradecimiento toda la verdad que nos enseña tu Hijo a través de la Iglesia y su Magisterio.
Te ofrezco: rezar el credo para pedir a Dios el don de la fe y la fidelidad a lo que la Iglesia enseña.

Reclamar los dones del Espíritu Santo

Comienza la semana que nos lleva a Pentecostés, día glorioso para la Iglesia. Día en que se vierten sobre los hombres y mujeres de la Iglesia los dones del Espíritu. Siete, necesario recordarlos: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Siete dones que sostienen la vida moral del cristiano y lo hacen dócil y sensible a la voluntad de Dios. ¿Con que medida se los pido?
Los dones del Espíritu, tan necesarios para enriquecer mi vida. Son los que otorgan la fuerza, el compromiso, la energía para actuar con decisión, para comportarse con rectitud, para vivir en clave cristiana. Son los medios que tiene el Espíritu para potenciar en el ser humano todas sus virtudes, para enriquecer su ser humano y divino. Los dones del Espíritu solidifican la vida interior, elevan la vida humana hacia Dios, ayudan a vivir en libertad, unen a Dios para hacerse semejantes de Él. Estos mismos dones te abren el corazón, sensibilizan el ser, comprometen con el prójimo, ensanchan la hondura de la vida interior.
Los dones del Espíritu son como esa lluvia menuda y persistente que penetra de manera imperceptible en lo profundo del alma y hace fecunda la vida del hombre porque lo llena de gracia, de carismas, de aptitudes, de habilidades y conduce hacia la excelencia.
Siete dones que multiplican la capacidad del hombre. Dones recibidos el día mismo del Bautismo al recibir el agua santa del sacramento, que nos hizo templo y sagrario de Dios. Agua que nos limpió del pecado. Aquellos dones recibidos se cubren de polvo si no se ejercitan y necesitan renovarse permanentemente. De ahí, que el Espíritu, dador de vida, alma de la Iglesia, y alma de nuestra alma, necesite nuestra colaboración para actuar en nuestra vida. Sin esa colaboración, su preciosa unción renovadora, purificadora y restauradora queda limitada. Sin un corazón humilde, orante, generoso, amoroso, limpio, servicial, alejado del pecado, libre de esclavitudes mundanas, abierto a la gracia… el Espíritu de Dios no puede actuar.
En los siete dones del Espíritu se hace fecunda la Palabra del Evangelio, la Buena Nueva de Cristo, el anuncio de Jesús, la acción misionera a la que estamos llamados, el ejercicio de nuestro ser cristianos al que estamos invitados.
Siete dones que deben ser reclamados insistentemente en la oración que es donde se fortalecen en nuestra alma. Es desde la experiencia interior, desde la apertura del corazón, como el ser humano puede amar al estilo de Cristo, pone en práctica exterior e interiormente todo lo que Jesucristo nos ha enseñado, es desde ahí que se reciben las fuerzas para seguir la voluntad de Dios, que se siente el impulso de llevar el Evangelio a toda persona.
El mundo más que nunca necesita del Espíritu Santo. Necesita de sus dones para que la sociedad en la que estamos enraizados supere tantos signos preocupantes de desesperanza, de dolor, de sufrimiento, de cansancio, de dudas y de miedos. Por eso en estos días hay que pedir con intensidad y con el corazón abierto a Dios que nos envíe su Espíritu y la gracia de sus dones para renovar la faz de la tierra.

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¡Oh Espíritu Santo, ven a mi vida, ven a mi alma, ven a mi corazón, llénalo todo con la abundancia de tus santos dones y haz que fructifiquen en mi de manera viva! ¡Espíritu Santo, amor infinito y santificador, transforma mi existencia para hacerla dócil a tus santos mandatos! ¡Te pido me llenes de tus santos dones para caminar según los designios de Dios! ¡Envía sobre mí el don de la sabiduría para vivir de acuerdo con los gustos del Padre, para que me aleje de la mundanalidad del mundo y me aparte de lo que me separa de la verdad! ¡Envía sobre mí el don del entendimiento para que sepa vivir en clave cristiana, para fortalecer mi fe, para darle lustre a mi ser de hijo de Dios, para que ilumine mi camino y ahuyente los miedos, incertezas y tibiezas que llenan mi corazón! ¡Envía sobre mí el don del consejo para saber actuar siempre correctamente, para perseverar en mi camino espiritual, para caminar hacia la santificación en mi vida diaria y evitar desviarme de la senda del bien! ¡Envía sobre mí el don de la fortaleza para ir venciendo con decisión todos aquellos obstáculos que se presenten en mi vida, para levantarme cuando caiga, para superar la debilidad, para no tener miedo a luchar, para ser valiente en la defensa de mi fe! ¡Envía sobre mi el don de ciencia con el fin de saber discernir con claridad lo que está bien y lo que está mal, para no dejarme vencer por las acechanzas del demonio, para no dejarme vislumbrar por los influjos mundanos y dar verdadero sentido a lo que tiene auténtico valor en mi vida! ¡Envía sobre mí el don de piedad para amar a Dios por encima de todo y al prójimo como a mi mismo, en una vida en la que el amor lo represente todo, una vida orante en la que no quepa más que el perdón, la compasión, la misericordia, la entrega, el servicio y la caridad! ¡Envía sobre mi el don de temor de Dios para cumplir siempre los mandamientos recibidos de Él y evite convertirme en un dios de barro cubierto de orgullo, soberbia y vanidad! ¡Ven, Espíritu Santo, ven para que guíes mi vida y la dirijas hacia la santidad de la que tan alejado estoy!

Con flores a Marí­a (Obsequio espiritual a la Santí­sima Virgen María)
Tú, que eres Intercesora ante tu Hijo, mantén siempre tu mirada misericordiosa sobre cada uno de los miembros de esta familia y, ya que no percibimos nuestras propias necesidades, acércate a tu Hijo implorando, como en Caná, el milagro del vino que nos falta.
Te ofrezco: rezar un Avemaría por cada persona de mi familia.

¿Negarme a mi mismo y tomar la cruz?

«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz de cada día, y sígame». A veces pienso ¡que lejos de mí están estas palabras con mi mundanidad, mis egoísmos, mis intereses…!; pienso que estas palabras Jesús las pronunció para aquellos que dieron su vida por el Evangelio. ¿La doy yo? Sin embargo, el Señor me llama, con la fuerza del Espíritu, a extender la Buena Nueva de su Evangelio entre los que me rodean, sean creyentes o estén alejados de la fe. Como hijo de Dios y bautizado en el Espíritu estoy comisionado para llevar a cabo esta bella tarea, mis manos son las del segador de este tiempo, necesitado de recoger los frutos de la cosecha. ¿Por qué cuesta tanto en creer lo que Él dijo: El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aún mayores hará, porque yo voy al Padre?
¿Qué me impide realizar estas grandes cosas a las que Jesús me invita? ¿Que es lo que me paraliza para recoger los frutos de la cosecha? La flacidez de mi fe y y mi incapacidad para una entrega más plena.
Se acerca uno de los días más hermosos del año: Pentecostés. Como cristiano he sido proveído sobrenaturalmente por el Espíritu Santo, amigo íntimo escondido en el fondo de mi alma, divinizador de mi ser, que con sus santos dones me prepara para servirle en su obra. Pero ante la falta de entrega y compromiso Pentecostés es el que te provee de la fuerza, el que te permite ser luz, la simiente para dar frutos abundantes. Es el que me ayuda a negarme a mi mismo, tomar como valor la Palabra revelada, ponerme en camino, dar sentido a mi vida cristiana con mis intenciones, pensamientos y acciones, ser candela que ilumine el caminar de los que me rodean, ser canto orante de alabanza.
Pentecostés, de la mano del Espíritu, me invita vivir la gran promesa del Padre de la que Jesús tanto nos ha hablado. Y como el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo me propongo ser luminaria para el mundo sabiendo que ningún trabajo que realice para el Señor será en vano.
«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame». ¿Cómo soportar las pruebas, de donde sacar el ardor, la fuerza, la valentía, la firmeza en la fe, la constancia en los quehaceres y la oración, la paciencia, la alegría, el perdón? Pidiéndole incisamente al Espíritu Santo, dejándome invadir por Él, del Espíritu de Dios en lo más íntimo de ser, que es el que produce estos efectos en quien abre su corazón. Y entonces las cargas son livianas y el corazón se abre para dar frutos en la vida cristiana.

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¡Señor, me pides que me niegue a mi mismo para seguirte! ¡Me pides que me entregue de manera incondicional a Ti negándome a mi mismo, que tome mi cruz y que te siga! ¡Me niego a mi mismo, Señor, dispuesto a perder la vida por Ti si es necesario porque te amo, dándote las gracias por la oportunidad que me ofreces de ser seguidor tuyo! ¡Quiero, Señor anteponer mi voluntad, a no amar tanto mis yoes y centrarlo todo en Ti que eres el camino, la verdad y la vida! ¡Quiero dejar lo viejo que hay en mi y llenarlo todo de Ti, que los has creado todo, entregarme a los demás, entregarme a una vida de oración y de seguimiento a tu Palabra, de generosidad, servicio y de amor! ¡Quiero negarme a mi mismo bajando del pedestal de mis egoísmo y de mis soberbias para aplacar de mi corazón aquello que me separa de Ti porque quiero renacer en tu presencia como un hombre nuevo, aceptar las cruces del camino y seguirte con alegría, fe y esperanza! ¡Quiero negarme a mi mismo, Señor, porque quiero penetrar íntimamente en tu corazón misericordioso y hacerlo desde la sencillez de la vida! ¡Envía para ello, Señor, a tu Santo Espíritu para que transforme mi vida! ¡Te ofrezco, Señor, la desnudez de mi alma, el desprendimiento de lo material, el abandono de mis apetencias mundanas, el gusto por los bienes innecesarios pues lo que deseo y anhelo es entregarme fielmente a tu amor misericordioso! ¡Envía, Señor, tu Espíritu sobre mi para que se afiance en mi este deseo vivo y no me deje nublar por el gusto por lo material porque lo que quiero es poseerte a Ti, Señor de la vida, del amor y del mundo! ¡Envía tu Espíritu, Señor, para que me permita abrir el corazón y, desde la humildad, saque de mi interior tantos amores terrenales que me impiden renunciar a mi mismo, tomar la cruz y seguirte con amor verdadero! ¡Que el buen nombre, ni el dinero, ni el reconocimiento, ni el brillo social, ni el triunfo, ni los éxitos… me nubles, Señor, sino que en esta Pascua que casi terminamos alcance la libertad del corazón, reniegue de mi hombre viejo y renazca en ti como un hombre nuevo renacido a la luz de tu Santo Espíritu! 

Con flores a Marí­a (Obsequio espiritual a la Santí­sima Virgen María)
María, Madre, que guardabas la Palabra del Señor en tu corazón, ayúdame a comprender la Escritura y a guardarla en mi corazón.
Te ofrezco: vivir buscando la verdad, negándome a mi mismo y tener un encuentro con Jesús en cada instante de esta jornada.

Con María, que llena mi corazón de la alegría pascual

Al concluir la Eucaristía de ayer el oficiante, antes de dar la bendición, se dirige a los que estamos en el templo y dice: «Cantemos con alegría el Regina Coeli a María, que llena nuestro corazón de la alegría pascual». Y así hacemos todos. Para mí ha sido una semana complicada, con numerosos problemas y dificultades que han ido minando mi capacidad física. Este estado de ánimo, lógicamente, afecta a las relaciones personales, emotivas, profesionales… Pero estas palabras del sacerdote pronunciadas ayer me han abierto el corazón: María, la Madre del resucitado, la madre del Cristo vivo, fue una mujer de una entereza grande, de una fortaleza vivificante, con una viveza de ánimo que no se apagaba en medio de los obstáculos y las dificultades. Fue ella la que contagio de alegría y esperanza a los discípulos recluidos en aquel cenáculo a la espera de los acontecimientos. Ella es, en verdad, la que llena nuestro corazón de la alegría de la Pascua, en su mes de mayo, el que dedicamos a su persona.
Sí, María es el espejo de la alegría. Su valentía, su compromiso, su vida orante te ayuda a no decaer en el ánimo. Sí, María llena el corazón de la alegría pascual. Ella te enseña también a no resignarte ante las adversidades, incluso ante las injusticias que te acontecen, porque ella muestra que en todo está la mano de Dios.
Sí, María llena el corazón de la alegría pascual y te enseña que con discreción y mesura puedes ir caminando al lado de Cristo, ser paciente, dejar que los acontecimientos no te sobrepasen, que tus desesperanzas no te agobien, que poniendo tus esfuerzos comedidos se cumplan los planes de Dios en tu vida.
Sí, María llena el corazón de la alegría pascual. Ayer me acosté con la llama de mi corazón débil; hoy al despertarme resonaban en mi corazón las palabras del sacerdote y mi ánimo se ha levantado y la llama de mi lámpara se ha vivificado: ¡Qué hermoso es sentir la protección maternal de María, alegría de la Pascua, en los momentos complicados de la vida!

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¡María, Madre mía, que llenas mi corazón de la alegría de la Pascua, permíteme que ponga en tu regazo las confidencias y los secretos de mi pobre alma! ¡No dejes que mi oración sea monótona y mecánica sino que se convierta en una verdadera intimidad con tu Hijo! ¡Enséñame, María, que llenas mi corazón de la alegría de la Pascua, a contemplar, en el silencio de la oración, esos secretos del Padre que sólo un alma sencilla es capaz de acoger con humildad y entrega! ¡Y dame confianza, Madre, que llenas mi corazón de la alegría de la Pascua, para afrontar los desafíos de mi vida! ¡Por eso, en las dificultades, ayúdame María! ¡De los enemigos del alma, sálvame María!
 ¡En los desaciertos, ilumíname María! ¡En mis dudas y penas, confórtame María! ¡En mis soledades, acompáñame María! ¡En mis enfermedades, fortaléceme María! ¡Cuando me desprecien, anímame María! ¡En las tentaciones, defiéndeme María!
 ¡En las horas difíciles: Consuélame María! ¡Con tu corazón maternal: ámame; y con tu inmenso poder: protégeme!¡Todo tuyo, María, que llenas mi corazón de la alegría de la Pascua!

Con flores a María (Obsequio espiritual a la Santísima Virgen María)
Tú, que eres Mediadora de las gracias, sé el canal seguro por el cual nosotros recibamos las gracias de conversión, de luz, de discernimiento, de fidelidad, de sabiduría, de santidad y de unión que provienen del Corazón de Cristo.
Te ofrezco: pedir por las personas que se han encomendado a mi oración.

¿Puedo comunicarme con Dios como lo hacía Jesús?

Cuando lees atentamente los cuatro evangelios saboreas los sentimientos que despertaba en el corazón de Cristo la relación con su Padre, como sentía su divinidad Jesús unida a la Paternidad de Dios y como ese encuentro era alentado por la fuerza del Espíritu.
Desde la mirada íntima de Jesús, primogénito de toda la Creación, ¿puedo yo comunicarme con Dios como lo hacía Él? ¡Claro que puedo!
Y puedo hacerlo sintiéndome como Él hijo predilecto y amado de Dios; dirigiéndome a Él como lo hacía el mismo Jesús, que nos invita llamar a Dios como Padre. Pero Jesús no solo le llama así le denomina también Abba —papá en arameo—, dejando al descubierto la ternura de Dios y la cercanía entre Jesús y su Padre. Y el mejor ejemplo es el Padrenuestro.
Y puedo comunicarme con Él en la oración. Jesús contempla al Padre en el conjunto de la creación, sin excluir a ningún ser humano de su amor, su misericordia y su compasión. Dios es Amor y no se encuentra sentado en el trono de la gloria exclusivamente para acoger a los hombres y mujeres de corazón limpio. Convierte el mundo en un espacio en el que todos tenemos cabida, donde habita la maldad y la bondad, la injusticia y la verdad. Y pide un encuentro con Él en la oración con el corazón abierto.
Y puedo llenando mi vida del amor de Dios como hizo el mismo Jesús, ungido por la luz del Espíritu Santo al que hay que acudir en todo momento y toda ocasión. Dios nos busca a todos los seres humanos con independencia de la vida que llevemos. Jesús te enseña que hemos de abrir el corazón a la escucha para atender los susurros del Espíritu para clamar como Él, en tantas circunstancias del Evangelio, Abba, Padre.
Y como sucedió con Jesús el encuentro con el Padre pasa por hacer el bien dando sentido al mandamiento nuevo del amor. Un amor como el de Cristo paciente, bondadoso, que no es envidioso ni jactancioso ni orgulloso; que no se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor; una amor que no se deleita en la maldad, sino que se regocija con la verdad; un amor que todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. Un amor movido al ritmo del Espíritu que te empuja a vivir como Jesús, Hijo querido de un Dios que es Padre amoroso y cuya vida y enseñanzas te mueven a transformar el mundo para hacerlo más amoroso, fraterno y amable.
¿Puedo entonces comunicarme cada día con Dios como lo hacía Jesús? ¡Sí puedo!

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¡Quiero, Señor, encontrarme contigo y unirme en una sola mirada! ¡Yo te busco, Señor, y anhelo encontrarme contigo! ¡Te busco, Señor, en los caminos que transito por la vida! ¡Te busco, Señor, en Tu Hijo crucificado! ¡Te busco en el prójimo! ¡Te busco en la belleza de tu creación! ¡Te busco en las dificultades de mi vida, en mis cruces, en los obstáculos que se me presentan; te busco en mis alegrías, en mis éxitos y en mi fracasos, en mis esperanzas y mis consuelos! ¡Te busco, Señor, porque sé que estás en el corazón de la vida, en la debilidad de los hombres, en el corazón de los cansados, en las fragilidad de los que sufren! ¡Te busco, Señor, porque quiero llevar alegría, paz, esperanza y amor al corazón de los que tengo cerca! ¡Te busco porque quiero abandonar mi vida comodona, mediocre y frágil y entregar a la verdad como hizo tu Hijo! ¡Te busco porque quiero cambiar mi vida, porque quiero dejarme tocar profundamente por tu amor misericordioso, porque quiero abrir mi corazón, sediento y ansioso de Ti, para conocerte, amarte y dejarme amar!  ¡Quiero volver al inicio para encontrarme contigo, para revertir aquello que me separa de ti, reconstruir mis valores, regresar al camino y seguir las sendas de tu Evangelio! ¡Quiero llenar mi corazón de tu amor, Señor, y a la luz del Espíritu estar atento a tu llamada para cumplir tu voluntad y caminar hacia la santificación de mi vida cotidiana!

Con flores a María (Obsequio espiritual a la Santísima Virgen María)
María, Madre, en cuya casa todos servíais a todos sin dar espacio a la pereza: ayúdame a cumplir con mi deber sin exigencias ni malos humores.
Te ofrezco: cumplir siempre la voluntad de Dios y convertir mi jornada en motivo de servicio para los que me rodean.