Rezar por las vocaciones

En la 57ª Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, la Iglesia invita a orar desde el confinamiento por todas las vocaciones, para que el Señor siga llamando y los jóvenes respondan a su llamada. Tal vez esta entrada sea más larga de lo habitual pero quiero narrar una anécdota vivida personalmente que presenta de una manera clara como Dios llama a su manera a la vocación sacerdotal.
Ocurrió el 4 de abril de 2015, Sábado Santo, en el Santuario de Lord, en Solsona. A las tres y media, concluida la sobremesa de la comida y recogido el comedor, acompañado de mi mujer y de Fernando y Covadonga, dos amigos del alma, nos dirigimos a la pequeña capilla del santuario para rezar por Josep Maria, un amigo común que estaba muriendo de cáncer en el hospital, para que sintiera el consuelo del Espíritu Santo y para que la Virgen María, cuya presencia es tan cercana en el Santuario, le asistiera en su última agonía.
Allí estábamos los cuatro en la capilla semioscura del piso superior. Ante el Sagrario, con enorme fe y grandes dosis de confianza, rezando una oración de sanación del libro del padre canadiense Ghislain Roy, Para liberarse y sanar. De fondo sonaba una música que invocaba al Espíritu Santo. «Ven, Espíritu ven, y lléname Señor con tu preciosa unción; purifícame y lávame, renuévame, restáurame, Señor con tu poder…». Se había creado un ambiente de oración hermoso, muy espiritual, aferrándonos al deseo de que por qué no puede darse el milagro de la sanación de Josep María. También implorábamos para que, al menos, afrontase sus últimos días con fortaleza, con fe y con esperanza en compañía de Jesús y María.
Estábamos rezando estás oraciones en voz alta con el «Ven, Espíritu ven» de fondo cuando entró en la capilla un joven. Aparentaba veinticinco años. Estaba hospedado aquellos días en el Santuario. Sin embargo, no lo habíamos visto antes. Fernando le pidió disculpas por rezar en voz alta e, incluso, respetuoso le preguntó si podíamos terminar las oraciones pues ya casi estábamos al final de nuestros rezos.
El joven asintió con un movimiento de cabeza y se colocó de rodillas con el cuerpo inclinado hacia adelante.
Cuando la oración terminó salimos de la capilla. Fernando, intuitivamente, se fijó en el rostro del joven que, sin inmutarse, ajeno aparentemente a lo que sucedía a su alrededor, parecía recluido en sí mismo en un silencio profundo. En el pasillo, nos preguntó al resto si no habíamos observado algo en ese joven pues tenía la íntima percepción de que debíamos rezar por él. Dijimos que no pero impactado por el convencimiento entré de nuevo en la capilla y le pregunté al joven si no le importaría que rezásemos por él.
El chico extrañado me miró de reojo, pero inmediatamente contestó escuetamente con un monosílabo que resonó en toda la estancia:
—No.
Los dos matrimonios entramos de nuevo en la capilla y rezamos por él. Los hombres extendimos nuestras manos sobre él, sin llegar a tocarle. En el banco de detrás, arrodilladas u orantes, las mujeres. «Ven, Espíritu ven, y lléname Señor con tu preciosa unción; purifícame y lávame, renuévame, restaúrame, Señor con tu poder…». Covadonga había encendido de nuevo el móvil y la música sanadora invocando al Espíritu sonaba suave dando al ambiente una mayor unción.
Fernando y yo permanecíamos callados. Cada uno invocábamos a nuestra manera al Jesús de la Misericordia.
El joven, arrodillado ante el Sagrario y bajo el manto protector de María, comenzó a sollozar y, poco a poco, los sollozos se convirtieron en un llanto incesante. Es la humildad que atrae al Señor a su encuentro. Con esas lágrimas Dios otorga el don de la gracia, la fuerza de devolver la felicidad del que bucea en las tinieblas de la tristeza. Esas lágrimas son una gracia especial y firme de intercesión aunque los cuatro amigos nos sorprendimos por la escena y, casi sin saber qué hacer, seguimos rezando con más intensidad, mayor fervor y una fe más firme. Era evidente que ese joven, amado por Cristo, necesitaba sanar algo muy profundo y eso nos llenó de pena y de piedad. Después de un tiempo salimos de la capilla y dejamos al joven solo en compañía de Jesús vivo en el Sagrario.
Entramos en la biblioteca del Santuario para compartir tertulia con el padre Joan, prior del santuario, y otros peregrinos que estaban allí pasando el día. Unos minutos más tarde, el joven hizo acto de presencia en la biblioteca. Su rostro denotaba que había derramado infinidad de lágrimas.
Todos fijamos nuestra mirada en el joven. Permaneció en silencio toda la velada. Cuando concluyó la tertulia, se nos acercó tímidamente a los dos matrimonios y, en un rincón, se presentó preguntándonos si hacíamos eso con regularidad.
—Sinceramente —respondió Fernando—, es la primera vez.
En una conversación íntima, de las tantas a las que invita la intimidad del Santuario, el joven se sinceró:
—Mi abuela, a la que estaba muy unido, se ha muerto hace unos meses. No me salían las lágrimas para llorar por ella. Mi corazón está endurecido. Nada ni nadie me conmueven. Pero las oraciones que habéis rezado por mí me han ablandado el corazón, han logrado desatar el nudo que me tenía agarrotado. Cuando me habéis impuesto las manos he sentido un calor que ardía sobre mi cabeza, como un fuego abrasador que sanaba mi corazón.
Nos comprometimos a rezar por él. El padre Joan, unos días más tarde, comentó que el joven había tenido una profunda transformación interior; que, desde ese encuentro, no era el mismo joven con el que había hablado antes de esa oración. Los dos matrimonios decidimos entonces seguir encomendándole en nuestras prácticas piadosas cotidianas, para que aquel corazón de piedra siguiera ablandándose.
Para mayor alegría y gozo de Dios este joven que había estudiado mecánica, que se ganaba la vida con esta profesión, lo dejó todo para incorporase a la Comunidad de Lord y vivir durante todo un año feliz en el Santuario. Los primeros sábados se le veía con un semblante lleno de alegría, serenidad y paz. El padre Joan, posteriormente, le sugirió que fuera un año al Monasterio Cisterciense de Santa María de Huerta, en la provincia de Soria, para afianzar su vocación en el caso de que la hubiera. Él, obediente, impregnado de la Regla de San Benito, accedió. Hoy se encuentra realizando sus estudios de teología con la confianza y ayuda del Obispo de Solsona, con la vista puesta en convertirse en sacerdote.
Los cuatro orantes de la capilla, incrédulos por la gracia misericordiosa de Dios, todavía no damos crédito a esta maravilla de Dios y cuando nos encontramos con él en el Santuario damos gracias y alabamos a Dios con enorme alegría. Seguimos rezando por esta vocación y por las vocaciones en la Iglesia para que el Señor llame a tantos jóvenes a la vida del sacerdocio y la vida consagrada, escuchen su voz y den el paso a la entrega, y lo hagan también de la mano de María.
Los necesitamos. Necesitamos sacerdotes y consagrados y consagradas santos. La Iglesia los necesita. La sociedad los necesita. En estos días estamos observando el papel fundamental que sacerdotes, religiosos, religiosas, consagrados y consagradas realizan en esta situación extraordinaria de pandemia. Que nuestro rezo y la santificación de nuestros actos de la jornada estén dedicados a ellos.

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Presento hoy dos oraciones que pueden utilizarse para este día.

Oración por las vocaciones sacerdotales y religiosas
Señor Nuestro Jesucristo, Tú dijiste a tus Apóstoles: “la mies es mucha pero los obreros pocos; rogad al Señor de la mies que envíe obreros a su campo”. Humildemente te suplicamos que envíes a tu Iglesia numerosas y santas vocaciones sacerdotales y religiosas. Te lo pedimos por la intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, y por la de nuestros Santos Patronos y Protectores, que con su vida y merecimientos santificaron nuestro suelo. Amén.

Ofrecimiento diario de sí mismo por las vocaciones sacerdotales
Oh Jesús, Salvador mío, Tú que confiaste a los sacerdotes, -y solamente a ellos-, el poder de celebrar la Eucaristía, fin principal de su ordenación sacerdotal, perdonar los pecados, administrar otros Sacramentos, predicar con autoridad la Palabra de Dios y dirigir a los demás fieles a mirar y a subir hacia Ti, por medio de tu Santísima Madre, te ofrezco para la santificación de los sacerdotes y seminaristas, durante este día, todas mis oraciones, trabajos y alegrías, mis sacrificios y sufrimientos. Danos, Señor, sacerdotes verdaderamente santos que, inflamados del fuego de Tu amor, no procuren otra cosa que Tu gloria y la salvación de aquellos a los que Tú encomendaste. Amén.
Voy a rezar en particular por esos muchachos que conozco, que tal vez puedan recibir la vocación sacerdotal, y responder a la llamada de Dios: Mira Jesús, tu Iglesia y el mundo necesitan hombres generosos que se entreguen a Ti para ser apóstoles tuyos. Elige.a los que quieras; llama y da la valentía de dejarlo todo y seguirte para ser sembradores de tu doctrina de amor y portadores de tu salvación. Amén.

Con flores a María (Obsequios espirituales a la Santísima Virgen María)
María, Maestra de vida, enseña a los jóvenes a pronunciar el sí que da significado a la existencia y hace descubrir el nombre escondido por Dios en el corazón de cada persona..
Te ofrezco: una oración por las vocaciones sacerdotales y de vida consagrada.

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