Ser testimonio del amor

Acabo de terminar una novela magna que abarca una gran parte de la historia de Roma, desde Nerón a Trajano. En este escenario aparecen como es de suponer la figura de tantos cristianos devorados por esa Roma arrogante e imperial. Pero serán ellos los que sobrevivirán a aquel Imperio basándose exclusivamente en una máxima, como le recuerda san Juan al emperador Domiciano antes de que éste ordene introducirlo en un gran caldero con aceite ardiendo por negarse a reconocerlo como el único dios, martirio del que saldrá indemne: «Nosotros solo reconocemos al Dios-Amor. Hemos abrazado un nuevo mandamiento, que es el amaros los unos a otros como Él nos ha amado. Con esto le demostramos que somos sus discípulos, en el amor que nos manifestamos el uno por el otro».
Es el amor mutuo que vivieron los primeros cristianos lo que nos da la mejor explicación para la rápida difusión de la Buena Nueva que se extendió como un reguero de pólvora por todo el Mediterráneo con Pablo y Bernabé, quienes transmitieron el mensaje de Jesús a los nuevos discípulos. «Ámense los unos a los otros».
Durante la historia de la Iglesia, esta inspiración soplará en la vida de las comunidades cristianas: en el momento de las persecuciones, los cristianos de las catacumbas se apoyaron mutuamente en un amor mutuo que hizo la admiración de sus perseguidores. En la Edad Media, se comenzaron a establecer hospicios, leprosarios y hospitales para acomodar a los pacientes, a menudo descuidados por las familias o marginados por la sociedad. Luego son los trastornos de las revoluciones en Europa los que provocan una renovación en la sociedad al servicio de la educación, los trabajadores, las personas desplazadas, las personas oprimidas de todo tipo que culmina en el Concilio Vaticano II.
La Palabra de Dios recibida y puesta en práctica en el amor mutuo es capaz de crear cielos nuevos y una tierra nueva. El mundo de hoy necesita con urgencia este testimonio. Las pendientes hacia el estrechamiento de las aspiraciones —el «No me importa» o el «No tengo nada que ver con los demás»—, la ceguera del consumo excesivo y las luchas de poder para dominar el mercado, la deriva de los radicalismos… solo pueden sanarse si los discípulos de Jesús de hoy sabemos, con la ayuda del Espíritu Santo, ser testimonios de que algo más es posible al vivir esta caridad fraterna que va más allá de los conflictos y de las fronteras de todo tipo.
El amor mutuo se ordena porque así es como uno entra en la estela del mismo amor de Dios por la humanidad. Es porque seguimos a Jesús y somos sus discípulos que los cristianos deseamos vivir en amor fraternal más allá de los estándares sociales y humanos, una señal del amor de Dios por la humanidad, lo que el Nuevo Testamento denomina «ágape».
El amor fraternal en la vida diaria y en la situaciones concretas de la vida manifiesta la presencia de un Dios-Amor. Los cristianos nos convertimos así, como dice Jesús, en la «sal de la tierra» y la «luz del mundo». No podemos presentarnos a nosotros mismos como superiores a nuestros conciudadanos, pero testificando, amándonos unos a otros, manifestando que estamos llenos de un amor que nos supera y que nos hace entrar en el misterio de un Dios que es Amor es como se enfrenta San Juan al emperador Domiciano, «si Dios nos ha amado de esta forma sublime, nosotros también debemos amarnos unos a otros».
He pensado mucho durante la lectura de esta novela. Cuando el amor fraternal se deja habitar por el amor de Dios, naturalmente se convierte en misericordia. De hecho, la misericordia es el fruto del amor. Es esta sensibilidad interior a la miseria de nuestros hermanos y hermanas y a la nuestra.
Esta miseria a menudo se experimenta como un peso aplastante. Cubre todos los límites que encontramos en nuestros diversos caminos. Se llama rechazo, odio, envidia, egoísmo, dominación, orgullo.
Se podría decir que cuando el amor fraternal se envuelve en la misericordia, florece en su mejor momento. De hecho, cuál sería el uso de un supuesto amor fraternal que no sea capaz de mantenernos conscientes de nuestros pecados y de nuestra necesidad del amor misericordioso del Padre.
Esto te enseña a girar siempre la mirada al rostro perfecto del amor misericordioso de Dios. Está aquí, en el corazón de nuestras vidas. Lo podemos encontrar cada día en el pan y el vino consagrados por el que Jesús da su la vida por el mundo.
Podemos estar seguros de que Él continúa, a través de este alimento espiritual, desarrollándose en los corazones de aquellos que nos declaramos sus discípulos, a pesar de nuestros límites, para demostrar al mundo que es el amor el que transforma, el amor que nos ha dejado el Cristo que verdaderamente ha resucitado.

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¡Padre, Dios-Amor, que mi primer pensamiento de la mañana esté dirigido a Ti y después al prójimo! ¡Cuando salga de casa para ir a trabajar, muéstrame al prójimo para darle mi amor! ¡En el seno de mi hogar, hazme dador de amor! ¡Mientras hago oración, que mi oración sea de agradecimiento a Ti, de transmisión de amor, de perdón y de misericordia! ¡Dame, Señor, la capacidad para amar en las alegrías y en las penas! ¡Te glorifico, Señor, Padre nuestro, y te doy infinitas gracias por tu inmenso amor y porque me invitas a amarnos unos a otros, y al amarnos con el corazón abierto, te amamos a Tí y te reconocemos como Padre de amor y de misericorida! ¡Tu, Señor, eres fuente viva de la vida y del Amor infinito, en Ti nos reconocemos hermanos, creados a tu imagen y semejanza; enséñame en mi condición de hijo tuyo a cumplir tu mandamiento de amar al que tengo cerca, sea quien sea, como Tú me amas! ¡Envía tu Espíritu sobre mí, Señor, para amar más y mejor al prójimo porque solo así puedo manifestar a la sociedad que soy hijo tuyo y cumplo el mandamiento del amor! ¡Señor, quiero amarte con todas las fuerzas de mi alma, de mi mente y corazón; pero te pido para ello que transformes mi corazón para eliminar todos aquellos rencores, resentimientos y emociones negativas que impiden abrir mi corazón hacia los demás! ¡Concédeme la gracia de desprenderme de esas emociones negativas que me impiden el crecimiento de mi alma y me impide amar como amas Tu!

Con flores a María (Obsequio espiritual a la Santísima Virgen María)
María, Madre, tú que trabajabas para atender a Jesús y lo recibías contenta cuando llegaba cansado del trabajo: concédeme tener la alegría siempre a punto y ayudar a los cansados.
Te ofrezco: tratar de estar más alegre con los que me rodean y tratarlos con mucho amor.

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