«¿Dónde vives, Señor, y donde vivo yo?»

¿Cómo cambiará mi vida después del Covid-19? ¿cómo cambiará la vida de mis amigos, vecinos, conocidos, clientes, proveedores, compañeros de los grupos de oración…? ¿Cómo será el mundo cuando abramos las puertas de nuestros hogares y salgamos definitivamente del confinamiento? ¿Cómo será el día después de nuestras vidas? ¿Habremos aprendido algo? ¿Cambiaremos nuestras prioridades? Me hago estas preguntas porque muchos habrán perdido su pasado y sus ilusiones, su presente y la esperanza del futuro. Tendrán que poner el contador a cero porque habrán perdido familiares, negocio, trabajo o, simplemente, la ilusión.
Me ha surgido la respuesta en Juan, en su Evangelio: «Él se dio vuelta y, viendo que lo seguían, les preguntó: «¿Qué queréis?» Ellos le respondieron: «Rabbí —que traducido significa Maestro—¿dónde vives?», «Venid y lo veréis», les dijo».
«Venid y lo veréis». Una invitación a seguirle. Y aquellos dos discípulos —que nos representan a ti y a mi—, movidos por la obediencia y la esperanza, decidieron proseguir el camino de la vida junto a Él. Y lo hacen lanzando una pregunta: «¿Dónde vives?», o lo que es lo mismo: «Sabemos quien eres, sabemos que eres el que das la vida por eres la vida y esa vida es la que anhelo para mi». Es reconocer que por muchas tormentas que me acosen, por muchos obstáculos que tenga que superar, por muchas cruces que tenga que llevar… a su lado siempre podré tirar las redes, bien engarzadas y firmes, para pescar en abundancia. Porque lo que quiero es vivir en abundancia y eso implica vivir por, con y en Cristo sin miedo ni temores.
La realidad que vivimos nos hace plantearnos muchas de nuestras necesidades. Los hombres nos hemos cubierto de envoltorios banales y hemos confundido en demasía el auténtico camino de nuestra vida, de la Vida, cuya meta es Jesucristo Resucitado.
«¿Dónde vives, Señor, y donde vivo yo?», esa pregunta es importante para sentirte muy unido a Él. Para saber donde me sitúo en los momentos cruciales de mi vida cuando las circunstancias que me suceden me impiden elevar el vuelo hacia lo eterno, lo trascedente, lo infinito porque muchas veces el drama es que, por la falta de fe, confianza y esperanza, uno cae en la incertidumbre, la tristeza, la desesperanza o la amargura ante lo que le sucede o se le avecina. Por eso es crucial preguntarse: «¿Dónde vives, Señor, y donde vivo yo?». ¿Vivo en Ti que eres el camino, la verdad y la vida? ¿Vivo en mis pensamientos y mis intereses acomodaticios? ¿Vivo en mi prójimo? ¿Vivo en la relatividad del mundo o vivo en la Creación del Padre?
Aleccionado por el Espíritu Santo, al que en este tiempo de Pascua es tan hermoso invocar cada día, le pregunto al Señor hoy con el corazón abierto: «¿Dónde vives, Señor, y donde vivo yo?». Y tras un largo silencio siento como me responde con ternura que Él vive en la autenticidad de mi vida, en la humildad de mis actos, en la sencillez de mi jornada, en el abandono a su gracia, en la obediencia serena a su voluntad, en la oración confiada y paciente, en el silencio vivificador de su presencia, en la escucha atenta de su Palabra y, sobre todo, en el «sí» confiado de cada día, ese «sí» que María puso como máximo testimonio del «hágase tu voluntad y no la mía». Sabiendo donde vive Él y donde vivo yo todo puede resultar más fácil.

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¡«¿Dónde vives, Señor, y donde vivo yo?», esta pregunta que me diriges y que yo mismo me formulo quiero responderla con el corazón abierto a tu gracia! ¡Dime ¿dónde vives, Señor y dónde puedo encontrarte? porque voy a ir detrás de tus huellas para como hicieron aquellos discípulos escuchar tu amoroso, tierno y convincente: «Ven y verás»! ¡Señor, ayúdame a no perder nunca la referencia que eres tu, el auténtico fin de mi vida y concédeme la gracia para actuar siempre de acuerdo con Tu Palabra teniendo siempre la disposición para poner los medios para lograrlo! ¡Anhelo, Señor, conocerte mejor, estar más cerca tuyo, intimar más contigo por eso quiero saber donde vives y donde vivo yo en realidad porque deseo dar respuesta a todos los interrogantes que se me plantean, dar respuesta a mis incertezas! ¡Señor, te pido que me vayas mostrando dónde vives, pues deseo conocerte más, encontrarme cada día contigo, servirte con alegría, amarte con un corazón puro! ¡Quiero, Señor, que nada me frene, dar sentido a mi vida, ser testimonio de tu verdad, afrontar las dificultades con decisión, las pruebas con valentía, levantarme cada vez que caiga y tropiece por mis torpezas y mi pecado! ¡Quiero, Señor, ver tu presencia en el día a día de mi vida, sentirte en el prójimo, en las circunstancias que me suceden! ¡Quiero, Señor, saber donde vives para no separarme nunca de Ti, de tu amor misericordioso, de tu amistad inquebrantable! ¡Te pido, Señor, perdón con el corazón abierto porque a sabiendas que tu amor es eterno desconfío y dudo muchas veces porque mi fe es frágil y quebradiza! ¡Te pido disculpas porque sé que no te cansas, Señor, en caminar bordeando mi vida, buscándome para que me abra a Ti, para que me deshaga de mi indiferencia, de mis proyectos quebradizos y tan humanos y me desprenda de mi constante indecisión ante tu llamada a seguirte con más fidelidad! ¡Concédeme, Señor, la gracia de regalarme la sabiduría de seguirte sin condiciones, de dejar apartadas mis redes, para seguirte seducidos por Ti! ¡Hazme, Señor, escuchar esta llamada que transforme mi vida! ¡Y sí, Señor, quiero saber dónde vives porque quiero ir a tu encuentro y como hizo tu Madre disfrutar cada día de la alegría de encontrarse contigo, vivificarse contigo y penetrar con amor en tu misterio!

Con flores a María (Obsequio espiritual a la Santísima Virgen María)
María, Madre, cuando Jesús expuso las ocho bienaventuranzas, no hizo más que fijarse en ti: enséñame a ser misericordioso, es decir, a amar a cada uno con sus defectos.
Te ofrezco: ser hoy más comprensivo con los defectos de los que me rodean.

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