¡Ven y sígueme!

Estoy acompañando a una persona a su camino hacia la fe cristiana. Tengo afán de que absorba aquellas verdades que para mi son importantes. Pero el proceso es lento. Me acuerdo de esta frase de Jesús: «Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora». No todos estamos preparados para recibirlo todo: son necesarias las circunstancias, los momentos interiores, los tiempos, la pedagogía con que vamos a recibirlo e, incluso, las personas son relevantes.
La vida se acrecienta dándola y se debilita cuando se vive en el aislamiento y la comodidad. Los que verdaderamente disfrutan de la vida son los que aparcan su seguridad y viven apasionadamente en comunicar a los demás la verdad revelada. Ser cristiano implica ser apóstol, es tener presente una misión. El apostolado cristiano tiene su fundamento en contarle al mundo la experiencia personal con Jesucristo; es comunicar —desde la coherencia personal— la Buena Nueva, la gran noticia de que Dios nos habla desde todo lo creado, desde las Escrituras, desde el envío de su Hijo para liberarnos del pecado y darnos vida plena a través del sacramento de la Eucaristía. Esto nos convierte en testigos vivos de la Buena Nueva del Evangelio pero no todo el mundo está preparado para recibirla. Por eso es tan importante aprender de Jesús. Él nos mostró el camino: en el acompañamiento personal el proceso requiere sus tiempos. No llamo de la misma manera a la puerta de la vida de Pedro que de Zaqueo, no se mostró igual ante el ciego Bartimeo que con la mujer samaritana en el pozo de Siquem, no habló igual al joven rico que al centurión romano… Y cuando Jesús resucitó no lo hizo por igual a todos. No se presentó ante la Magdalena como lo hizo con los discípulos en el Cenáculo; no se presentó igual al incrédulo de santo Tomás que a los decepcionados discípulos de Emaús.
En la vida de Jesús con cada uno daba preeminencia a sus circunstancias y les daba su tiempo. De cada uno respetó su idiosincrasia. Y les mostraba su bondad, su sabiduría, su simpatía, su amor; atendía sus necesidades, escuchaba sus necesidades, creaba vínculos; se ganaba poco a poco su confianza para, entonces, proclamar la palabra mágica: «¡Ven y sígueme!».
¿Es así mi apostolado; paciente, caritativo, amoroso, tierno, cercano…? ¿Impregno mi misión en la sociedad con el espíritu evangélico, todo cuanto realizo trato de convertirlo y transformarlo desde la óptica nueva del Evangelio? ¿Hago posible que todas las personas que forman parte de mi historia personal se llenen del Espíritu Santo y vean en mi un evangelio viviente? ¿Soy perfume del amor de Dios en mi entorno social, familiar, profesional…? De todo esto depende también mi apostolado fructífero y lleno de amor.

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¡Señor, te pido por las personas que no creen y están en camino, que llevan su presente y pasado a cuestas y necesitan de tu encuentro! ¡Hazme, para ellas, perfume de tu amor, evangelio vivo! ¡Como les amas profundamente, Señor, hazte muy presente en su vida, que sientan tu cercanía, tu amor y tu misericordia! ¡Envía tu Espíritu Santo para que remueva sus corazones como hiciste con Pedro, con Bartimeo o con la mujer samaritana! ¡Remueve, Señor, su vida, con todas sus capacidades, limitaciones, fortalezas y debilidades! ¡Transforma, Señor, su vida, para que sean lo que tu quieres que sean, para que iluminados por tu entendimiento y sintiéndote en lo profundo de su corazón vivan a la luz de tu Verdad y de tu Amor! ¡Señor, ábreles el corazón para que se conviertan en personas sensibles a la bondad y claridad de tu Palabra, a la belleza de tus mensajes, a la profundidad de tu vida, para que cada instante de su vida sea un encuentro permanente contigo! ¡Tócales, Señor, el corazón para que crean en la verdad revelada en los Evangelios, para que dejándose conducir por ti su vida sea un encuentro con la alegría, la esperanza, el amor, la paz interior, para que todo su ser esté impregnado de tus palabras, actos y pensamientos, para que toda su vida sea un reflejo de tu presencia viva! ¡Haz, Señor, que sea un instrumento sencillo que transmita tus valores y ayúdame también a mi a estar siempre muy comprometido contigo, siempre en gracia, siempre en unión a la verdad, siempre renovado en tu amor, para ser testigo verdadero de tu Evangelio! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

Pedro y Pablo: santos en la diferencia y en el amor a Cristo

Hace unos años compré un pequeño icono con una iconografía hermosa: los dos pilares de la Iglesia cristiana, Pedro y Pablo, abrazándose y juntando sus mejillas. Un abrazo, pese a las diferencias, que les hermanaba en su amor profundo por Cristo. Cuando te fijas en este icono observas, sin embargo, que los rostros de los dos apóstoles tienen las caras ajadas, desgastadas… no sonríen. Aunque su abrazo es caluroso deja constancia de las diferencias que tuvieron.
Hay que ponerse en situación. Pedro era un sencillo pescador de Galilea, sin estudios, un hombre generoso, humilde, trabajador, primario y, podríamos incluso afirmar, titubeante e inseguro en muchas de sus decisiones. Pablo, sin embargo, era un hombre formado, culto, intelectual, que versado en el griego, estudioso de las escrituras rabínicas, vehemente en su defensa del judaísmo, valiente en sus decisiones, audaz en la defensa de sus principios y decidido para emprender cualquier acción que se le encomendara.
Pedro procedía de la Galilea rural; Pablo, de Tarso, importante enclave encrucijada de varias rutas comerciales y, encima, ciudadano romano con todas las consecuencias.
En sus vacilaciones constantes, Pedro es un hombre taciturno, indeciso y cobarde que se protege a si mismo; Pablo, al contrario, un hombre lleno de orgullo que magnifica su prestancia humana.
Los caminos de Pedro y Pablo apenas se cruzaran desde que el segundo cayera del caballo camino de Damasco y se convirtiera de perseguidor a defensor de la fe cristiana. Pedro permanecerá la mayor parte de su vida en Jerusalén y Roma; Pablo no dejará de viajar por el Mediterráneo para anunciar la Buena Nueva del Evangelio.
Pero con todas estas diferencias los dos apóstoles tienen algo que les une, algo maravilloso y hermoso: el profundo amor que sienten por Cristo. Pedro negará a Jesús tres veces pero después de aquella humillante situación ante el pretorio reaccionará después ante Jesús cuando pronunciará una de las más hermosas frases del Nuevo Testamento: «Señor, Tu lo sabes todo; Tu sabes que te amo». Pablo, de voraz perseguidor del cristianismo emergente, se convertirá en el más audaz defensor de la nueva religión hasta el punto de declarar que «ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí: la vida que sigo viviendo en la carne, la vivo en la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí». ¡Profundo testimonio de fe!
Pedro y Pablo. Pablo y Pedro. Dos columnas de la Iglesia. Dos hombres unidos por Cristo. Dos testimonios de amor al crucificado que por su fe en Él y su entrega auténtica seguirán a su Jesús hasta sufrir el mismo proceso de muerte —uno crucificado y otro decapitado—, por defender el camino, la verdad y la vida.
En este día ¿cómo me afecta en mi vida personal esta relación entre estos dos baluartes del cristianismo? Que debo tener siempre presente en mi vida al Cristo Resucitado. Que como con ellos tengo que dejar que Cristo actué en mi vida como actuó en la de ellos, que sane mi corazón como sanó el de ellos, que le deje trabajar en mi interior como lo hizo en el de ellos, que sea una verdadero testimonio de verdad como lo fueron ellos, que me convierta en un predicador de la Buena Nueva sin miedo como hicieron ellos.
Y todavía más. Como, Pedro —piedra sobre la que Cristo edificó su Iglesia— y Pablo —audaz evangelizador al servicio del Señor— dejarme iluminar siempre por la luz del Espíritu Santo, por su aliento y su fuerza. Ir de la mano con otros semejantes a mi para hacerme complementario a ellos, uniendo mis (pobres) carismas con el de otros hermanos, siendo misionero de la mano del prójimo para hacer firme la construcción del reino del Dios en la tierra.
Y como Pedro y Pablo unirme a la pluralidad de la Iglesia en comunión con otros hermanos, porque es en la pluralidad donde la unidad eclesial se hace fuerte. Y como Pedro y Pablo aprender a respetar al otro, a aceptarlo, a participar de sus fortalezas y debilidades con el fin de crecer en valores, principios y santidad que es en definitiva lo que espera Cristo de cada uno de nosotros.

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¡San Pedro, piedra de la Iglesia; San Pablo, predicador incansable, me pongo ante vuestra presencia para pediros vuestra protección y vuestra compañía para mantener la firmeza de mi fe, la esperanza firme y la caridad hacia el hermano siempre viva! ¡Os pido vuestro apoyo para cumplir siempre con alegría la voluntad de Dios en mi vida, para ser perseverante en mi vida cristiana, para vencer siempre las tentaciones mundanas, para transmitir el Evangelio sin miedo ni temor, para actuar siempre con rectitud de intención, para aceptar con  humildad lo que Dios tenga pensado para mi, para que desde mi fragilidad y pasión por Cristo sea un ardoroso defensor suyo, para que me entregue sin reservas a la verdad del Evangelio, para vivir con coherencia mi fe, para ser siempre fiel a los mandatos de la Iglesia, para testimoniar a mis semejantes a Cristo! ¡Os pido, san Pedro y san Pablo que me ayudéis a ser obediente siempre al Señor, para confesar que Cristo es el Amor hecho hombre, el Maestro que sana y que cura, para no negarlo nunca, para ser fuerte ante las cruces que se presenten en la vida! ¡Os pido, san Pedro y san Pablo que sepa siempre imitar vuestras virtudes para atemperar mi carácter, para luchar contra mis pasiones, para arrepentirme siempre cuando haga mal o daño a alguien! ¡Os pido, san Pedro y san Pablo que me deis un poco de vuestro celo apostólico, para aceptar sin sufrir cuando me critiquen por mi fe o por mi defensa de la Iglesia o por ser cristiano; para ser capaz de seguir siempre la voz de Dios cuando me llama! ¡Gracias, Señor, porque me permites serte fiel siguiendo el ejemplo de estos dos grandes apóstoles tuyos, piedra de la Iglesia uno y baluarte de la evangelización otro! ¡Y que nunca deje de  decir Señor que vives en mi y que tu lo sabes todo, tu sabes que te amo! ¡Y, finalmente, te pido por la unidad y la catolicidad de la Iglesia fundada por Ti!

El difícil arte de aceptar los errores

Hace unos días ante un conflicto en mi entorno profesional dos personas centraron todo su esfuerzo en señalar al que tenía la culpa. Para cada uno era el otro el responsable. En ningún momento trataron de encontrar analizar qué había generado el problema y como solventarlo. Me correspondió escuchar las dos versiones y tratar de comprender lo que había sucedido. En la vida todos tendemos a buscar culpables y que, como sabemos, la culpa se encuentra claramente en el lado contrario, completamente alejado de la responsabilidad última que cada uno tenemos.
Nos encanta encontrar a alguien a quien culpar. Todos sabemos que la culpa nunca será mía. Pero cuando uno centra su tiempo en tratar de hallar al culpable has perdido un tiempo precioso para dar solución a lo que se ha quebrado.
Cuando tratamos de encontrar culpables se crea en el entorno en el que te mueves una barrera de recelo y de miedo que impide alcanzar la solución deseada. ¿Qué es preciso hacer para solventar este problema?
La responsabilidad personal no empieza en el que tenemos enfrente. Comienza con uno mismo. Lo más sencillo es sacar punta de los defectos ajenos, pero ¡cuánto alguien cuesta analizar los propios!
La responsabilidad personal pasa por hacerse haga responsable de los propios pensamientos y de nuestro propio comportamiento. Esto exige disciplina. Puedes transcurrir la vida tratando de cambiar a los que tienes cerca y no mover ni un dedo por cambiarte a ti mismo. Y, a pesar de que son muchas las ocasiones en que no puedes controlar lo que sucede a tu alrededor, sí puedes controlar tu forma de pensar y de actuar.
Cuando pensamos en quien necesita cambiar, transformar o mejorar su vida, pensamos en lo que el otro necesita pero no lo que es mejor para mi.
El punto de partida para dejar de culpabilizar al prójimo es desprenderse de las comodidades que nos embargan y comenzar a aceptar que con mucha frecuencia nos equivocamos, permitir que nos corrijan, eliminar las dosis de esa gruesa coraza que nos cubre que tiene un nombre: orgullo, y tratar de ser en primer lugar lo más sinceros con nosotros mismos para poder serlo también con las demás personas.
Errar es un elemento innato en el ser humano, causa importante de nuestro aprendizaje personal. Cuando asume un error aprendes de él y esto te permite crecer como ser humano, comprender al prójimo cuando yerra y perdonarlo cuando sus actitudes nos han afectado en cierta manera. Es la mejor forma de madurar, crecer humanamente y controlar nuestra vida.

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¡Señor, con humildad me presento ante ti para reconocer que muchas veces me cuesta aceptar mis errores, que he fallado, que no he respondido como debía a los que me pedían algo, que he sido egoísta en mis actitudes! ¡Señor, peco de poca paciencia y son muchas las veces que cuando yerro o me equivoco me cuesta reconocer mis errores, reconocer que debo cambiar, pedir perdón a los que he ofendido o fallado y proponerme cambiar! ¡Ayúdame a transformar aquello que deba ser cambiado! ¡No permitas que dañe también con mis palabras o mis comentarios a otros! ¡Dame, Señor, la sabiduría innata para actuar siempre bien, para pensar y madurar cada una de mis acciones y mis actos, para reconocer cuando hago algo que esta mal! ¡Abre mi mente, Señor, para que pensar bien lo que debe ser cambiado en mi, para que mis errores se conviertan en una oportunidad para cambiar a mejor! ¡Dame el don de la sinceridad para reconocer que me he equivocado, para no echar balones fuera, para no esconder la cabeza debajo el ala, para ser auténtico y reconocer que me he equivocado! ¡Señor, cuida de mi y aleja de mi corazón y de mi vida aquello que me hace daño y, por encima de todo, alegra mi corazón con tu Presencia!

Con María, la primera discípula de Jesús

Cuarto sábado de junio, con María, la primera discípula de Jesús, en lo más profundo de mi corazón. Un día después de vivir con amor la festividad del Sagrado Corazón de Jesús quiero imitar de su Madre su manera propia de seguir a Cristo. Haciéndolo como hizo Ella, conservándolas las cosas y meditándolas en el corazón, desde la interioridad, madurando desde los profundo del corazón todo cuanto sucede a su alrededor. Hacerlo desde la preocupación, el respeto y cuidado del prójimo —en su caso, que conozcamos de los Evangelios, con san José, con su prima Isabel, con los novios de las bodas de Caná, con el discípulo amado, san Juan, con los discípulos, con las mujeres que acompañaban a Jesús—. María acompaña a Jesús como madre, pero ejerciendo su maternidad desde la vertiente humana pero, sobre todo, espiritual.
Ser con María discípulo alegre de la vida; hacer presente la alegría en lo profundo de mi ser para darme al prójimo y para elevar mi canto gozoso por la grandeza de Dios, para ser portador del hágase en mi según tu palabra y llevar siempre en mi corazón la alegría de portar en él al mismo Dios.
Pero hay otros tantos ejemplos que invitan a seguir a María como discípula de Jesús: su humildad, su sencillez, su desprendimientos, su entrega, su inquebrantable fe firme, su capacidad de amar, su servicio amoroso, su manera de afrontar las pruebas y el dolor, su contrastada esperanza, su comprensión, su paciencia, su benignidad…
María, madre y discípula, compañera en el camino hacia Jesús y guía para seguirle en las sendas de la vida.
Contemplo hoy a la Virgen con el corazón abierto a la esperanza, en la plegaria para dejarme cubrir por su amor maternal, consagrado a Ella, santa entre las santas, para que me guíe en los caminos de la vida, para que tome mi mano y me enseñe a caminar hacia Jesús. ¿Quién sino como María que cumplió la voluntad de Dios, escuchó Su Palabra y la cumplió a cabalidad para guiarme por el camino hacia la Santidad?

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¡María, me uno enteramente a Ti en este nuevo día, tu que fuiste para la primera cristiana de este mundo, la Madre de la Fe en el Nuevo Testamento; la primera discípula de Tu Hijo! ¡Me uno a Ti y comienzo el Ave María y me alegro de sentirte tan unida al Padre, llena de gracia, unida siempre a Jesús, bendita entre todas las mujeres! ¡Me uno a Ti, María, que me enseñas a fundirte en una unión perfecta con Jesús! ¡Me uno a Ti, María, que me muestras como hacer siempre la voluntad de Dios, a cumplir sus designios, a dejarse llevar por la luz del Espíritu Santo, a dejarse llenar por sus dones y sus gracias! ¡Me uno a Ti, María, que me guías por el camino de la vida, que atiendes siempre mis llamadas y mis plegarias, que me prestas siempre tu socorro y tu auxilio, que me esperas siempre con los brazos abiertos para cubrirme con tu mano! ¡Me uno a Ti, María, para buscar tu amable y cariñosa compañía, para acudir con confianza a ti, para que me ayudes a cuidar los detalles pequeños de mi vida cotidiana como hiciste Tu, para que me ayudes a hacerme niño y pequeño ante Dios, para que me ayudes a reconocer que sin Jesús no soy nada y nada puedo, para que me llenes de gracia, para que me procures las fuerza para perseverar en mi camino de fe, para que me enseñes a pedir, para que me ayudes a ser sencillo, a estar siempre alegre, para que me ayudes a abrir siempre el corazón! ¡Me uno a Ti, María, y te confío mis alegrías y mis desventuras, pero sobre todo te pido que me ayudes a conocer y seguir a Jesús con más ahínco e ilusión!

Cada día es una llamada a la santidad personal

Cada día al abrir los ojos es la oportunidad magnífica para dar gracias a Dios por el nuevo día. Alabarle por el don de la vida que nos regala. Bendecirle por esa bondad infinita. Adorarle por todo lo que nos ofrece lo bueno y lo malo —que es negativo a los ojos que no tienen una mirada de Cruz—. Es tiempo también para pedir perdón y proponerse mejorar lo que ayer hicimos mal.
Cada día es una llamada a la santidad personal. La oportunidad de ser mejores, más comprometidos, más llenos del Espíritu Santo. La ocasión para vivir en la confianza, en la esperanza y en la fe.
Y de suplicarle al Señor: «¡No te avergüences de mi, Señor!». No te avergüences de mi falta de autenticidad y compromiso. No te avergüences de mi falta de amor y misericordia. No te avergüences para la cantidad de veces que me he comprometido a serte fiel y te he fallado estrepitosamente. No te avergüences por mis promesas incumplidas. Por mis buenas intenciones rotas por la comodidad del día a día, por mi egoísmo y mi soberbia. No te avergüences porque mi «sí» siempre tiene algún pero y muchas condiciones.
Aspiro a la santidad pero estoy a años luz de lograrla. Por eso, estoy convencido de que el Señor, en su misericordia infinita, no se avergüenza de ningún pecador que asume su derrota para levantarse con la mirada puesta en la verdad de su vida. Que aspira a una santidad en su vida cotidiana. Pero no hay que olvidar que es Dios a través del Espíritu Santo quien sopla en nosotros para hacernos santos. Y es Cristo, en su bondad infinita, el que a través de su Sagrado Corazón anhela Su Santidad conmigo.
Por eso no basta con abrir los ojos y dar gracias, y alabar, y bendecir y adorar al Señor al levantarse. La santidad va acompañada acción y contemplación. Y la contemplación surge de la oración humilde y confiada. Confiar en Cristo, explicarle todos los anhelos e ilusiones, las tristezas y frustraciones, los problemas y las alegrías, las desviaciones del camino y los atajos de la virtud. Confiar en Jesús es entregarle toda la vida, es abrirle el corazón para confiarle la verdad de nuestra vida.
Por eso no basta con abrir los ojos y dar gracias, y alabar, y bendecir y adorar al Señor al levantarse. Es necesario dejar entrar a Jesús en nuestro corazón de piedra y ser serviciales con los demás, dar amor gratuito, vivir la caridad sin contrapartidas, dejar el poso de la palabra amable, la belleza de la sonrisa sincera, el reflejo de la mirada cariñosa, el abrazo de la fidelidad verdadera.
Por eso no basta con abrir los ojos y dar gracias, y alabar, y bendecir y adorar al Señor al levantarse. Es necesario dejarse llenar por el Espíritu Santo. Dejar que fluya el Espíritu en nuestra alma. Dejar que el Espíritu de Dios hable a través de mí, actúe a través de mí, piense a través de mí, ame a través de mí.
Por eso no basta con abrir los ojos y dar gracias, y alabar, y bendecir y adorar al Señor al levantarse. Se requiere dejarse iluminar por la luz de Dios. Esa luz transparente, viva, bella, que alumbra todo cuanto hacemos y todo lo que nos rodea. Esa luz que permite vislumbrar la figura de Cristo, Él que es la luz del mundo, el que le sigue no anda en tinieblas sino que tiene la luz de la vida.
Por eso le pido al Señor que no se avergüence de mí. Que hoy, y mañana y pasado sea capaz de abrir la puerta de mi corazón, acogerle a Él y a los demás, dejar que el viento del Espíritu esparza su gracia, elimine el polvo de mi pecado y deje entrar la gracia de Dios.
¡Es un anhelo hermoso, ya lo sé, Señor! Pero si mañana me olvido de todo lo que hoy te digo: ¡No te avergüences de mí, Señor, porque soy débil y tiendo a desfallecer!

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¡Gracias Dios mío por este nuevo día que me regalas! ¡Tu que eres misericordioso y omnipotente, Señor, abre mis ojos de ciego y permite que descubra todo aquello que hago mal para mejorar cada día! ¡Espíritu Santo, abre mi corazón al bien, a la sinceridad, para convertirme al Señor con verdadera devoción! ¡Restaura cada día en mi corazón el amor y la fidelidad a Jesús! ¡Y cuando falle, no te avergüences de mí! ¡Mi anhelo es la santidad, Señor, por eso te pido que siga tus huellas para aprender cada día más de Ti! ¡Que no pase ni un minuto de mi vida sin pensar en Ti, en darte gracias, en alabarte y en bendecirte! ¡Y cuando esté cansado, agotado, triste, desalentado, agobiado o menesteroso de tu misericordia, cuando mi egoísmo y mi soberbia me ahoguen, cuando mis desánimos me mortifiquen, toma mi pobre corazón y restaúralo con tu infinita misericordia!

Todo es don de la caridad de Dios

Recomiendo la lectura del libro Carta a un religioso de Simone Weil, el texto que la autora escribe al dominico Jean Couturier en 1942. Este hombre de bien consagró su vida a la pastoral en el mundo del arte. Es imposible que alguien pueda reunir en el momento de su muerte una suma de elogios más ilustres, numerosos y entrañables como los que le tributaron sus amigos Chagall, Picasso, Braque, Le Corbusier, Rouault, Matisse, Miró… El fraile Coutuirer amaba de una manera obsesiva la libertad y la verdad. En 1925, este monje que había experimentado la vida de una forma diferente, escribió que ese año la libertad y la verdad entraron en su vida en forma de amor. ¿Qué ocurrió en 1925 para que Couturier lo considerara excepcional? Aquel año el padre Couturier profesó como religioso. Me parece tan hermosa la grandeza simple de esta historia que cierro los ojos con el consuelo de saber que Dios es todo amor. Y que en toda vocación, sea laical o religiosa, todo nace de la iniciativa amorosa de Dios, todo es don de la caridad de Dios. El amor de Dios en nuestra vida es un amor sin reservas, que nos sostiene y nos va llamando durante el camino de nuestra vida pues todo cristiano está llamado a hacer de su vida un servicio y una respuesta a Dios consecuencia del bautismo. Y toda respuesta a la vocación implica una orientación profunda de la vida, renunciar a uno mismo, desapegarse de lo cómodo y vivir con coherencia para centrar nuestra vida en Jesús. En definitiva, seguir a Jesús es aceptar que el Espíritu de Dios penetre en nuestra alma, solidifique nuestra coherencia de vida y suscite en nosotros el deseo firme de ser testimonios del Señor.

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¡Gracias, Señor, porque me buscas siempre con amor infinito aunque tantas veces no escuche ni acepte tu invitación! ¡Gracias también por tu comprensión cuando no acudo a tu llamada tan absorto como estoy en mis propios asuntos y tan ajetreado y ensimismado como estoy en buscar las comodidades y lo material de este mundo! ¡Te doy gracias, Señor, por la fe y por el bautismo! ¡Quiero responderte con mi ! ¡Hazme fiel a tu causa, Señor, y renueva cada día mi vocación de cristiano! ¡Renueva con tu espíritu de entusiasmo mi servicio a mi familia, a mis amigos, a mis compañeros, a la Iglesia y a la comunidad! ¡Dale a mis hijos el deseo de ser buenos cristianos y si en algún momento alguno de ellos está llamado a la vocación de la vida religiosa bendícelos con tu amor! ¡Espíritu Santo, llena mi corazón con tu Espíritu de Sabiduría para proclamar el Evangelio y dar testimonio de tu presencia en este mundo! ¡Inspíranos siempre a conocerte mejor y abrir nuestros corazones para escuchar la llamada de Dios! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío!

¿Puedo ser también precursor de Cristo?

Hoy la Iglesia festeja el nacimiento del Precursor, la persona que desempeñó un papel único en el plan de salvación de Dios para la humanidad: san Juan Bautista. Su nombre fue escogido por sus padres, Zacarías e Isabel, bajo el influjo del Espíritu Santo. Escogen ese nombre que quiere gracia de Dios, o lo que es lo mismo, aquel en quien está la gracia. Porque este nombre anuncia la economía del Evangelio. Juan anuncia al Señor por quien la gracia es otorgada al mundo.
San Juan Bautista descubre que su misión en la edad adulta, se retiró al desierto y otorgó, al sumergir a quienes lo seguían en las aguas del Jordán, un bautismo para el perdón de los pecados y para prepararse para recibir a Aquel a quien la gente esperaba y a quien los profetas habían anunciado. Cuando Jesús se presenta, lo reconoce y proclama que «Yo bautizo con agua, pero en medio de vosotros está uno a quien no conocéis, que viene detrás de mí, a quien yo no soy digno de desatarle la correa de su sandalia».
Cuando he buscado esta frase en el Evangelio de san Juan me he preguntado si, mirando a san Juan Bautista, desarrollo actitudes similares a las suyas que me hacen, como él, discípulo y siervo de Jesús. Por supuesto, las condiciones de vida y los tiempos ya no son los de la época de la vida terrenal de Jesús en Palestina, pero al igual que Juan el Bautista, todavía puedo encontrarme con Jesús porque ha resucitado y sigue vivo.
La misión de san Juan Bautista no ha terminado. ¿Por qué no debería ser también yo una especie de Juan Bautista que saben cómo reconocerlo y anunciarlo? La festividad de hoy me debería hacer alguien que testifique de mi fe en Jesús, el amado Hijo de Dios y e invitar a quien me rodean a reconocerlo como el Salvador y Señor de nuestras vidas.
Hoy, cuando acuda a la celebración eucarística, recibiré el regalo perfecto que viene de Dios: Jesús presente bajo la especie de pan y vino. Y acudiré a la iglesia para pedirle a Jesús, a través de la intercesión de San Juan Bautista, saber cómo reconocerlo en mi vida y en el mundo en que vivo. Para preguntarme con el corazón abierto si mi comportamiento y mis acciones son motivo de alegría para los que me conocen, los que conviven conmigo y los que me quieren; si viéndome actuar doy verdadero ejemplo cristiano; si gracias a mi actitud, mis gestos y mis acciones los que se crucen conmigo se pueden sentir más cerca de Dios; de si ante la forma cómo trato de solventar las cosas o de gestionar los problemas, experimentan la alegría del cristiano; si el saber llevar mi Cruz cotidiana es motivo para acercar más a la gente a Cristo… Podría hacerme muchas más preguntas, pero sólo con estas tengo bastante trabajo para mejorar cada día.

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¡Señor, quiero a imagen de san Juan Bautista serte fiel cada día! ¡Quiero como él, Señor, vivir mi fe desde la sencillez y desde la pobreza! ¡Quiero, Señor, vivir más allá de mis apariencias! ¡Quiero, Señor, a imagen de san Juan Bautista, difundir el amor, proclamar que Tú eres el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo; quiero apartar la tibieza de mi vida para vivir con coherencia y alegría cristiana! ¡Señor, soy un cristiano torpe y pequeño, ya lo sabes, pero ayúdame a desatar tus correas, a llevar tu Cruz, a sujetarte la túnica, a vocear en el desierto tu Palabra aunque nadie en apariencia me escuche! ¡Señor, quiero darme a los demás como hizo san Juan pero para reflejarte a Ti y no a mí! ¡Quiero ser un verdadero don tuyo, Señor, un pensamiento de tu amor para transmitir amor! ¡Transparéntate a través mío, Señor, para convertirme en tu voz, en tu pensamiento, en tu Palabra, en tu caridad, en tu servicio, en tu amor, en tus gestos! ¡Ayúdame a convertirme en un verdadero servidor tuyo como fueron san Juan y tu Santísima Madre! ¡Envía Tu Espíritu, Señor, para que me ilumine siempre y me ayude como a San Juan a amar la Belleza de Cristo, ser verdadero discípulo de la caridad, de la mortificación, de la conversión, del arrepentimiento! ¡Ayúdame, como hizo san Juan, a no traicionar nunca la verdad, ni disfrazar mis sentimientos, ni mostrar cobardía por defender a Jesús, ni mostrar complacencia por mi vida, ni callar ante la mentira y los ataques contra la Iglesia y la fe! ¡Ven Espíritu Santo a mi vida para fortalecerla cada instante como hiciste con san Juan!

Mostrarnos con el arma del amor

Un grupo de oración que nos reuníamos para compartir la Palabra tuvo que suspender sus actividades debido a la pandemia. De alguna manera había contacto por las redes sociales pero ayer volvimos a encontrarnos para despedir el curso. Confrontados todos a esta situación sin precedentes y llena de incertidumbres, incluso de preocupaciones, descubrimos que hemos vivido una verdadera comunión espiritual entre todos, favorecida por los medios de comunicación que nos ha permitido relacionarnos e, incluso, participar de los diferentes servicios litúrgicos.
La conclusión más hermosa es: Dios continúa entregándose a nosotros, mostrándonos sus gracias y manteniéndonos en la esperanza porque quiere que seamos sus testigos en la situación particular que estamos viviendo colectivamente. Nos ha dado la gracia de su presencia ante la ausencia de la posibilidad de comunicarse sacramentalmente con su cuerpo y su sangre y cada uno según sus circunstancias ha podido recolectar los frutos todos los días por medio de más paciencia, más oración, más sacrificios, más actos de piedad, más conciencia, más interioridad…
En la pizarra de la sala donde nos encontrábamos un texto: «Un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros como yo os he amado». Es experimentar el gesto de lavar los pies al que tenemos cerca. Sabemos que la gestión de la crisis por parte de las autoridades no ha sido ejemplar; los cristianos debemos mostrar nuestra ejemplaridad, confianza y entrega con el arma del amor.
La conclusión del encuentro: que seamos estos sirvientes que a su regreso el Maestro encontrará en uniforme de servicio con la oración y el amor como bandera.

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Terminamos ayer la oración con esta súplica del Papa Francisco en su impresionante rezo en solitario en la Plaza de San Pedro:

Te adoramos, Oh Señor
Verdadero Dios y verdadero hombre, realmente presente en este Santo Sacramento
-Te adoramos, Oh Señor.
Nuestro Salvador, Dios con Nosotros, fiel y rico en Misericordia
-Te adoramos, Oh Señor.
Rey y Señor de la Creación y de la Historia
-Te adoramos, Oh Señor.
Vencedor del Pecado y de la muerte
-Te adoramos, Oh Señor.
Amigo del hombre, Resucitado y vivo a la derecha del Padre
-Te adoramos, Oh Señor.
Creemos en Ti, Oh Señor
Hijo Unigénito del Padre, descendido del Cielo para nuestra Salvación
-Creemos en Ti, Oh Señor
Medico Celeste, que te inclinas sobre nuestra miseria
-Creemos en Ti, Oh Señor
Cordero Inmolado, que te ofreces para rescatarnos del mal
-Creemos en Ti, Oh Señor
Buen Pastor, que das la vida por el rebaño que amas
-Creemos en Ti, Oh Señor
Pan Vivo y Medicina de la Inmortalidad, que nos das la Vida Eterna
-Creemos en Ti, Oh Señor
Libéranos, Oh Señor
Del poder de Satanás y de la Seducción del mundo
– Libéranos, Oh Señor
Del Orgullo y de la presunción del poder prescindir de Ti.
– Libéranos, Oh Señor
De los engaños del miedo y de la angustia
– Libéranos, Oh Señor
De la Incredulidad y de la Desesperación
– Libéranos, Oh Señor
De la dureza del corazón y de la incapacidad de amar
– Libéranos, Oh Señor
Sálvanos, Oh Señor
De todos los males que afligen a la humanidad
-Sálvanos, Oh Señor
Del hambre, de la carestía y del egoísmo
-Sálvanos, Oh Señor
De la enfermedad, de la epidemia y del miedo al hermano
-Sálvanos, Oh Señor
De locura devastadora, de intereses despiadados y de la violencia
-Sálvanos, Oh Señor
Del engaño, de la mala información y de la manipulación de las conciencias.
-Sálvanos, Oh Señor
Consuélanos, Oh Señor
Mira a tu Iglesia, que atraviesa el desierto
– Consuélanos, Oh Señor
Mira a la humanidad, aterrorizada por el miedo y la angustia.
– Consuélanos, Oh Señor
Mira a los enfermos y moribundos, oprimidos por la soledad.
-Consuélanos, Oh Señor
Mira a los médicos y a los operarios sanitarios, afectados por la fatiga
– Consuélanos, Oh Señor
Mira a los políticos y administradores, que tienen el peso de las decisiones.
– Consuélanos, Oh Señor
Danos tu Espíritu Señor
En la hora de la prueba y la pérdida.
– Danos tu Espíritu Señor
En la Tentación y en la Fragilidad
– Danos tu Espíritu Señor
En el combate contra el malo y el pecado
– Danos tu Espíritu Señor
En la búsqueda del verdadero bien y la verdadera alegría
– Danos tu Espíritu Señor
En la decisión de permanecer en ti y en tu amistad
– Danos tu Espíritu Señor
Ábrenos a la Esperanza
Si el pecado nos oprime
-Ábrenos a la Esperanza
Si el odio cierra nuestros corazones
-Ábrenos a la Esperanza
Si el dolor nos visita
-Ábrenos a la Esperanza
Si la indiferencia nos angustia
-Ábrenos a la Esperanza
Si la muerte nos aniquila
-Ábrenos a la Esperanza

Agradecimiento, siempre agradecimiento

Con frecuencia levantamos la voz enérgicamente contra aquellas personas que no han sabido agradecer aquello que hemos hecho por ellas. Nos duele que no tengan en cuenta nuestro esfuerzo y nuestro sacrificio. Nos cuesta aceptar que el darse no tenga un retorno en afecto, en agradecimiento, en reconocimiento. Pero al mismo tiempo, nos cuesta mucho aceptar que hemos sido desagradecidos con aquellos que nos han entregado su generosidad. ¡Qué fácil es mirar la paja en el ojo ajeno!
¿Y cómo es mi relación de agradecimiento al Señor? No hay que olvidar que el ser humano no existiría si previamente Dios no lo hubiera amado de manera especial, única, individual. Los seres humanos existimos porque Dios así lo ha querido. Nuestra mera existencia por voluntad de Dios debería hacer imposible que existan hombres y mujeres frustrados, desalentados, viviendo en la amargura, sin alegría, sino hombres y mujeres felices, siempre arrimados a la mano de su Creador. ¿Cuántas veces a lo largo del día, de la semana, del mes, del año agradezco a Dios que me haya otorgado el don de la vida? ¿Cuántas veces al levantarme por la mañana le digo al Señor, «¡Gracias por la vida que me has dado! ¡Permíteme amarte, permíteme dar frutos, permíteme ser testimonio!». Como cristiano que comprendo que mi vida tiene sentido en el camino de la fe, ¿qué es lo que me da la seguridad en la vida, la razón de mi cristianismo? Aviva en mi corazón esas palabras tan intensas, tan profundas, tan impresionantes de la santa de Ávila: «¡Nada te turbe, nada te espante, a quien Dios tiene nada la falta». Sin fe mi vida sería una vida de desesperanza, de tristeza, de desazón, de amargura pero la fe es un don que Dios me entrega gratuitamente. Si es así, ¿cuántas veces al día, a la semana, al mes, al año le agradezco a Dios la gracia de la fe que me ha transmitido gratuitamente?
Esa falta de agradecimiento a Dios, pero también a los que nos rodean por todo lo que han hecho por nosotros, indica nuestra imperfección como hombres. Pero como Dios nunca se cansa de concedernos el perdón, de agraciarnos con su misericordia día a día, semana a semana, mes a mes, año a año nos da la posibilidad de poder rehacer nuestra vida. Sólo por eso deberíamos estar dándole gracias, agradeciéndole esa misericordia, esa paciencia, ese amor para con nosotros.
Y… ¿Cómo estoy yo de comprensión, de tolerancia, de paciencia, de generosidad hacia los demás especialmente con los que constituyen mi círculo más cercano?

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¡Señor Jesús, gracias, porque has vendido al mundo a salvarnos del pecado y darnos vida eterna! ¡Gracias por la vida! ¡Gracias por tu Cruz, Señor, en la que has dado Tu vida para salvarnos y devolvernos la nuestra muerta por el pecado! ¡Quiero bendecirte, Dios de la vida, quiero bendecir a tu Hijo, que nos rescató de la muerte y quiero darte gracias por todos los dones recibidos! ¡Señor, eres mi respuesta a la necesidad, mi refugio en las tormentas que pasan por mi vida, mi consuelo ante la tristeza y mi fortaleza ante mi debilidad! ¡Señor, gracias, gracias porque todo es por tu gracia y tu amor! ¡Espíritu Santo, ayúdame a que la gracia entre en mi corazón y que la Palabra se avive en mi! ¡No permitas que me cierre a las palabras del Señor y que me aleje de Él! ¡Gracias, Señor, por la fe recibida que me has dejado como la mejor herencia para fortalecer mi vida cada día! ¡Gracias, Señor, por la vida, por mi familia, por mi hogar, por mis amigos, porque me permites compartir todo lo que Tu nos provees con ellos! ¡Gracias, Señor, por tu infinita bondad!

La Cantata 76 Die Himmel erzählen die Ehre Gottes (Los cielos cuentan la gloria de Dios) BWV76 de Juan Sebastian Bach el compositor nos recuerda en la XIV Chorale: “Es danke, Gott, und lobe dich” (“Gracias, Dios, te alabamos“) que tan bien se ajusta a la meditación de hoy:

 El arte de amargarse la vida (y la de los demás)

Conozco una persona que vive en la permanente amargura. En la vida puedes tener alegrías y penas, momentos gloriosos y de gran dolor, días repletos de bondades pero también de infinitas desdichas. Pero cuando tu vida es una permanente amargura es motivo de máster de postgrado. Es el arte de amargarse la vida… y la de los que le rodean.
El arte de amargarse la vida es aquel en que desde las ventanas de la vida todo se observa desde la negatividad. El que lo impregna todo de la queja. El que solo ve lo negativo de los demás. El que únicamente ve la injusticia de las cosas y las situaciones. El que se deleita vomitando su rencor sobre los que le rodean. El que cautiva con sus palabras y sus gestos a los que tiene cerca. El que llena de sentimientos negativos todo lo que subyace en su vida. El que ve en las bondades de la vida una desgracia. El que siempre tiene un pero a lo bonito que acontece. El que siempre tiene una frase cínica que rompe el encanto de una conversación apacible. El que siempre mira al pasado subliminándolo para no aceptar el presente. El que ve en todo lo que sucede en el mundo cosas malas y suerte que está esa persona para poder solventarlo.
Esta inclinación al placer por amargar la vida al prójimo convierte todo lo que le rodea en una perfume de infelicidad. Normalmente estas personas están llenas de rencores, resentimientos, hiel en el corazón y pesadumbre en el alma. Estos elementos se anclan en la vida y hacen que la persona se quede varada en la playa de la vida y a la deriva en el mar de la existencia.
Pero uno no nace con amargura. Nace con el corazón limpio. Son las experiencias propias y el regar el dolor en el corazón lo que te impide gestionar con esperanza y alegría las situaciones de la vida, por muy dificultosas que estas sean. Una persona que no tiene paz interior no puede estar bien consigo misma ni con los demás y entrará siempre en conflicto con todo lo que le rodea y con todos los que le rodean.
Por eso es tan importante una vida de oración, vivir buscando en el interior la paz serena para vivir en libertad, para que no sean las circunstancias las que te posean y tomen posesión de tu vida sino que desde el conocimiento de uno mismo que viene iluminado por el Espíritu Santo te permita caminar en libertad, con esperanza y con amor.

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¡Señor, envía tu Espíritu sobre mí para que me ayude a caminar por la vida siempre con optimismo y esperanza, con el don de la alegría, para ver siempre lo positivo de la vida, la belleza del mundo, la grandeza del corazón humano, la bondad con la que tu te comportas con los hombres, la alegría de caminar por la vida pese a las cruces cotidianas! ¡Envía, Señor, tu espíritu sobre mi para que llene de luz mi corazón y me permita conocerme más con el fin de crecer en bondad, paciencia, alegría, esperanza, humildad, amor, generosidad…! ¡Te doy gracias, Señor, por los dones recibidos, porque me siento tu hijo amado, porque todo es en mi vida una oportunidad para vivir según tu Evangelio y un regalo para caminar en tu presencia! ¡Gracias, Señor, porque me siento protegido por ti, por que vivo recogido por tu presencia en mi vida; eso me hace vivir en el optimismo y en la esperanza! ¡Por eso, Señor, te doy todo mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y mi voluntad porque tu me lo has dado y a ti te lo devuelvo, quiero que hagas de tu amor y de tu gracia un camino para mi santificación! ¡No permitas, Señor, que amargue la vida a los que me protejan y que cuando mi vida se impregne de amargura sea tu Santo Espíritu quien elimine de mi corazón el rencor, el resentimiento o el dolor! ¡Te pido, Señor, por aquellas personas que conozco que viven en la amargura permanente, en la decepción que les duele, por los que les cuesta cambiar, por los que piensan en negativo, por los que acumulan demasiadas decepciones y no pueden asumir la cruz, por los que tienen una visión negativa de tu existencia, por los que sienten que no contratan su vida… Señor, hazte muy presente en ellos para que germine en su corazón la esperanza y a alegría; hazme entonces un instrumento de tu amor para que pueda ser un pequeño instrumento que les llene de tu amor!