Hablar de Dios en la sociedad del cansancio

Ayer lunes realicé un viaje profesional desplazándome de mi ciudad a otra para visitar a varios clientes. Cinco horas de coche acompañado de una persona a la que aprecio y por la que oro cada día. Trabaja conmigo. Es un colaborador muy profesional, honesto, comprometido, sobresaliente en su trabajo, siempre aportando soluciones. Declaradamente agnóstico. Su vida, como la de tantos, no es fácil. Tres matrimonios fallidos y cinco hijos por el camino, tres de ellos jóvenes sin empleo y alguno con adicciones, confirmación que vivimos en una sociedad en la que se escucha el grito atronador de la incerteza y el sufrimiento.
El sufrimiento de este hombre es también el de una sociedad que a voz en grito clama por las desigualdades, la desesperanza, la inseguridad sanitaria, los conflictos sociales, las divergencias políticas insalvables, la falta de humanidad en unos que priman el olor del dinero por encima del bien común de los silenciados, las colas cada vez más dolorosas ante los almacenes de comida ofrecidos por la Iglesia o colectivos sociales, el deterioro de la tierra…
Cada día doy gracias a Dios por la estabilidad de mi vida, por mi trabajo, por mi familia, por mis hijos, por mis amigos, por encontrar el amor en quien me ama, porque mis problemas comparados con los de otros ruborizan… pero me duele ver que formo parte de una sociedad ahogada por el cansancio. No es única y exclusivamente un cansancio físico sino que, por encima de todo —y sobre todo—, es un cansancio que afecta a lo más profundo de lo humano, a lo psíquico y, especialmente, a lo espiritual que es la raíz de la existencia.
Vivimos en una sociedad en la que las personas que están más cansadas son la que tienen ingresos mínimos, que tratan de encontrar desesperadamente un trabajo cada vez más escaso, que no divisan la línea de la esperanza porque ese horizonte se ha borrado de su mirada. Ese cansancio existencial ahoga, agota, desespera y, la consecuencia de todo ello, es una parálisis del espíritu, un decaimiento del ánimo, un desespero que provoca hartazgo, inseguridad, desasosiego y arrinconamiento. Y falta de fe.
Durante una hora éste fue el tema de conversación con esta persona. Pero de esta situación de parálisis hay una palabra mágica, llena de luz y de esperanza: Creer. Tener la certeza de la fe. Y lo digo rugiendo de esperanza. Creo, creo que el Dios de la vida está presente en nuestras sociedades. Que lo hace ahondando en las cruces de la existencia humana. Es necesario proclamar en voz alta que el Dios de la vida existe, nos acompaña y se conmueve ante tanto sufrimiento humano.
Dios es un Dios de vida. No me imagino a un Dios que se deleite con el sufrimiento de sus hijos como tampoco creo en un Dios que se contente con los abusos, las desigualdades, los desórdenes, los atropellos, las arbitrariedades y las injusticias de nuestro mundo porque Su amor misericordioso es consustancial con su justicia.
Creo en el Dios de la vida. Como creo en el Cristo resucitado. Y creer en la resurrección tiene como correspondencia la defensa decidida de la vida de los abandonados de la sociedad, los más vulnerables, lo más frágiles, los menospreciados. Buscar a Jesús en la sociedad en la que vivimos implica el compromiso de unirse en oración y con actos con aquellos que cada día ven maltrecha su existencia y sus derechos vulnerados. Creer en la resurrección es poner la vida por encima de la muerte en cualquiera de sus variantes.
A los pocos días de Pentecostés, la misión que nos traslada Jesús es predicar la Buena Nueva; no es una cuestión de sobrevivir, el tema central es el servicio.
Entonces, ¿como le hablo yo del Dios de la vida a los cansados de este mundo? Haciéndome presente en sus vidas. Estando cerca de ellos. Replegando mis yoes para darme al prójimo. Saliendo a su encuentro. Hablándoles de esperanza. Buscando soluciones a sus necesidades. Implicándome en la caridad del servicio. Cargando sus cruces. Haciendo con mis palabras, actos, gestos, entregas, sentimientos y acciones que Dios se haga presente en sus vidas. Hoy son ellos… mañana podría ser yo. Pero en cada uno está Dios, vivo y presente, con los mismos cansancios. ¿Puedo quedarme impasible y replegado ante este hecho?

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¡Elevo hoy mi súplica hacia Ti, Dios bueno y misericordioso, por todos los que están cansados física, psíquica y espiritualmente! ¡Tu me llamas para acompañar a mi prójimo en el camino de la vida, en sus soledades y sufrimientos, en sus decaimientos y sus desgracias para que unido a Tu Hijo, que sufrió en la cruz, pueda llenar de esperanza su corazón! ¡Tu me invitas, Padre, a orar por ellos, para alimentar su corazón de esperanza y para que por medio de mi intercesión te hagas muy presente en sus vidas! ¡Padre, tu me invitas a consolar, a aliviar, a acoger, a consolar, a alegrar los corazones cansados y desesperados! ¡Pero que no sea yo quien lo haga sino tu por medio mío! ¡Envía tu Espíritu sobre todos ellos, Dios de la vida, para que sientan que son tus preferidos, que los amas y los sostienes, que avives en su corazón tu amor eterno! ¡Te ofrezco mi vida, Padre, para que hagas de ella un instrumento de tu amor en el prójimo; hazme caritativo, servicial, entregado y generoso; un ser amoroso que se entregue por los demás para que sientan tu presencia! 

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