No amar tu voluntad; amar la voluntad de Dios

Hoy la Iglesia nos regala la festividad de uno de los grandes santos de la Iglesia: Ignacio de Loyola. Un hombre recio, valiente, perseverante, decidido que tiene el absoluto de Dios arraigado en lo más profundo del corazón; este es el secreto de la vida de san Ignacio de Loyola.

El encuentro con Cristo, después de haber sido herido en el campo de batalla, con una larga enfermedad que le obligará a una larga convalecencia, perturba por completo la vida de san Ignacio. Su nombre, de origen vasco, en sí es como el resumen de su secreto. Antes de comenzar a escribir he buscado el significado del nombre Ignacio porque pensaba que estaría vinculado al enfrentarse a los problemas y dificultades. Ignacio significa «el que surge entre las llamas» e Ignacio de Loyola era realmente un alma de fuego. Cuando el Señor, que también es un fuego consumidor, entró en su corazón, lo consumió completa y definitivamente. Este es el secreto de la vida de San Ignacio y esto es lo que comunicó a quienes se convirtieron en sus discípulos y sus compañeros. El fuego del amor de Dios que consume y ocupa todo el espacio, sin límites, sin dejar cabida a nada más.

Hay, en los Ejercicios de San Ignacio, que son un fundamento fructífero del misticismo de San Ignacio, en los cuales el alma se encuentra frente a Dios, en ese proceso de examinar la conciencia, de meditar, de contemplar, de orar mental y vocalmente, de disponer el alma, de hallar la voluntad divina en tu vida, la demanda constante a Dios: Señor lo que quiero y deseo. Esto también resume completamente el alma de San Ignacio y de toda la compañía de Jesús. La voluntad de Dios que se convierte en nuestra voluntad hasta el punto de que esto es lo que Dios quiere que pidamos porque es lo que Dios quiere que queramos. Este es el secreto que mantuvo vivo a San Ignacio. Hubo un tiempo en que Dios se le apareció, y él le dio todo, y desde ese momento no tuvo más voluntad que la del corazón de Dios.

Este es el significado de la obediencia de san Ignacio y de la Compañía que él fundó. Obedecer no implica convertirse en un esclavo, no es convertirse en una herramienta inanimada en manos de un jefe tiránico que, arbitrariamente, hace cualquier cosa con él, obedecer es hacer la voluntad del Único. Es no amar tu propia voluntad sino identificar totalmente el impulso más profundo de tu corazón con el impulso del corazón de Dios. Esta es la obediencia de Cristo a la voluntad de su Padre y esta es la obediencia del cristiano a la voluntad de Dios y esto es lo que san Ignacio nos muestra, de una manera maravillosa, y que todos debemos vivir, por nuestra parte y con nuestro propio temperamento, nuestra propia espiritualidad, nuestra propia sensibilidad: para asegurarnos de que el amor de Dios sea lo suficientemente profundo en nosotros como para que haya, tal vez no a primera vista, como san Ignacio, pero en cualquier caso de forma gradual y real, una identificación de nuestra voluntad con la voluntad de Dios, de nuestro deseo con el deseo de Dios, para que solo Él sea el primero en ser servido, Él solo el centro de nuestra vida y de la vida. Haciéndolo así me puedo dar entonces a los demás con un corazón lleno de Dios. «En todo amar y servir» la frase de san Ignacio que es mucho más que un lema. Y que hoy, en su festividad, quiero hacer también ejercicio de vida, ejercicio de amor para darlo a los que conviven conmigo, con los que trato y con los que me relaciono.

Hoy quiero que mi plegaria sean dos oraciones que tengo muy presentes en mi vida. Ambas son de san Ignacio de Loyola.

Oración de entrega, ideal para el inicio de la jornada y para orar después de haber recibido la Sagrada Comunión.

Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad; todo mi haber y mi poseer. Vos me disteis, a Vos, Señor, lo torno. Todo es Vuestro: disponed de ello según Vuestra Voluntad. Dadme Vuestro Amor y Gracia, que éstas me bastan. Amén.

Señor, Tú me conoces, aconsejada en el momento de iniciar la oración personal

Señor, Tú me conoces mejor  de lo que yo me conozco a mí mismo. Tu Espíritu empapa  todos los momentos de mi vida. Gracias por tu gracia y por tu amor  que derramas sobre mí. Gracias por tu constante y suave invitación  a que te deje entrar en mi vida. Perdóname por las veces que he rehusado tu invitación, y me he encerrado lejos de tu amor. Ayúdame a que en este día venidero  reconozca tu presencia en mi vida, para que me abra a Ti. Para que Tú obres en mí, para tu mayor gloria. Amén.

¡Soy un intolerante!

¡Qué importante diferenciar en la vida entre tolerancia y misericordia! La misericordia, que surge del corazón, se otorga al ser humano; la tolerancia se otorga a lo que esa persona hace o como se comporta. La verdadera tolerancia presupone respetar lo que para los demás puede considerarse sagrado como son sus ideas, sus opiniones, sus creencias, sus diferencias, su diversidad, sus intereses, su manera de obrar. Sin embargo, yo me considero alguien intolerante… ¡Intolerante ante el mal! Intolerante ante los comportamientos negativos que limitan la libertad, la justicia, la caridad y los valores morales intrínsecos del ser humano. Intolerante ante la injusticia.

Me considero intolerante ante el libertinaje social, ante el individualismo imperante, ante la dictadura del relativismo que se está imponiendo en el mundo para destruirlo, ante los abusos contra los derechos de los seres humanos y, especialmente, de tantos perseguidos por su fe… No me considero superior a nadie, más al contrario, me considero el primero de los pecadores. Pero soy intolerante porque bajo ningún concepto puedo ser tolerante con el aborto y la eutanasia que cercena la vida humana y es contrario a la ley moral, con que se denomine matrimonio a la unión entre personas del mismo sexo porque desvirtúa el valor sagrado de la unión entre el hombre y la mujer, con el terrorismo que abate vidas por imponer unos principios políticos o ideológicos, con la violencia de género que denigra la dignidad de la persona que la sufre, con las violaciones a las mujeres porque menoscaban su dignidad y su integridad como persona, con el ataque a la libertad religiosa que es un elemento esencial del estado de derecho, con la corrupción que corrompe el estado y las instituciones, con las mentiras de la clase política, con la prostitución, con el primar el beneficio en perjuicio del trabajo, con las desigualdades sociales, con el menosprecio al medio ambiente… No, puedo ser tolerante ante todas estas situaciones y tantas otras que harían interminable la lista. La rigidez de mi intolerancia se dirige contra el pecado y contra el mal que este provoca; sin embargo, soy tolerante con quien comete ese pecado y provoca ese mal. Rechazo el mal pero perdono a la persona pues trato de ser misericordioso y compasivo con quienes realizan esos comportamientos negativos.

Por eso trato de abrir mi corazón cada día en la oración y al analizar mi interior, al profundizar lo que soy, cuando trato de conocerme a mi mismo, intento dilucidar y distinguir lo que está bien de lo que está mal. Y quiero desecharlo de mi corazón, arrancarlo de mi alma, hacer un condena explícita en mi propio ser. Y con ello trato de aprender a distinguir esta realidad en los que me rodean. Y tratar de ser capaz de dar la medida correcta. No me resigno a buscar siempre la verdad, a distinguir entre el bien y el mal porque tengo necesidad de alcanzar siempre la verdad. Mi intolerancia se dirige hacia el mal porque quiero que el bien se imponga en el mundo en el que vivo, en el entorno en el que me muevo, en los corazones de los que quiero. 

Todos somos iguales. Con la tolerancia respeto las ideas ajenas pero no puedo permitir que me impongan un relativismo que coarte mi libertad como ser humano y como cristiano; con la misericordia sé que como todos somos únicos e irrepetibles y eso me permite crear un mundo en el que prime el amor. 

¡Señor, pon en mi vida trazos de misericordia para perdonar y entender a los que sufren! ¡Señor, dame por medio de tu Santo Espíritu entrañas de misericordia para que enfrente todo aquello que abusa de la dignidad humana! ¡Hazme consciente de mis limitaciones, Señor, para crecer en bondad, generosidad y amor! ¡Frente al mal, Señor, no permitas que de pasos hacia atrás! ¡Por medio de tu Santo Espíritu, Señor, inspírame siempre lo que debo decir y como decirlo, como actuar en cada ocasión, inspírame los gestos y las palabras adecuadas frente al que se equivoca tanto como yo! ¡Ayúdame a estar siempre disponible para ayudar al que se siente humillado, explotado, utilizado, deprimido, despreciado…! ¡Ayúdame a contraponer el mal para convertirlo en bien, para denunciar con valentía las injusticias morales de este mundo, para que en el mundo primer la verdad, la libertad, la justicia, el amor, la paz, la verdad como tu nos has enseñado! ¡Señor, cada día te busco en mi caminar cotidiano pero necesito que por medio de tu Santo Espíritu me ayudes a discernir los signos de los tiempos; te pido que me ayudes a crecer en fidelidad al Evangelio y no dejarme llevar por el relativismo de este mundo que cada día te niega más y quiere apartar la Verdad de los corazones humanos! ¡Hazme, Señor, discípulo de tu amor y siempre una persona que busque la paz, la justicia, el perdón y la reconciliación!

Me equivoco cuando le digo a Dios como actuar

Hoy la Iglesia nos regala la festividad de santa Marta, tan unida a Jesús como sus hermanos María y Lázaro. Marta parece ser una mujer activa agitada por los vaivenes de la vida; mientras María, la que perfuma los pies de Jesús, parece más serena y con una mayor vida interior. Pero ambas, con sus respectivos caracteres, alcanzaron la santidad.

Me imagino la escena que relata el evangelio. Marta se encuentra en la cocina preparando los platos y tratando con cortesía a sus invitados. Pero cuando te detienes a contemplarla, más que feliz, parece tensa y crispada. ¿Por qué ? Encerrada en su cocina sueña con estar con Jesús, junto a su hermana: ¡no está en el lugar correcto en el momento adecuado! Marta se enoja y reprende indirectamente a María para hacerla reaccionar ordenándole a Jesús: ”Dile a mi hermana que me ayude”…  ¡Qué mala idea decirle a Dios como debe actuar! Podemos decirle que somos infelices, que no entendemos lo que nos está sucediendo, que estamos disconformes con los acontecimientos que nos suceden. ¡Pero Dios es Dios y nunca seremos igual o superiores a Él para ordenarle y decirle lo que tiene que hacer! Marta tiene grandes cualidades en el corazón y una gran fe; es eficaz y delicada; dispone de una gran madurez personal…  pero equivoca su actitud al decirle a Jesús qué hacer, ¡para decirle a Dios qué hacer! 

Santa Marta es muy devota de Jesús, le sirve con la mejor predisposición, pero a diferencia de María, su hermana, lo hace a su manera. Lo podemos ilustrar con dos verbos: Marta da a Jesús y María recibe de Jesús. ¡Y aquí está la gran enseñanza: lo importante no es lo que intentamos hacer por Dios o por los demás, sino lo que Dios hace por nosotros! En la tierra, tenemos una misión, una vocación, un papel que desempeñar, y debemos desempeñarlo lo mejor posible. Pero no debemos caer en el activismo. A diferencia de Marta, María nos recuerda que lo importante es comenzar escuchando, aprendiendo, recibiendo y entendiendo… antes de actuar. Sabemos que nuestras acciones son el desbordamiento de lo que tenemos en mente. Y para que nuestras acciones sean mejores, debemos trabajar para mejorar nuestra mente.

Todos debemos cumplir con nuestro deber personal. ¡Algunas veces ese deber será actuar sin demora, incluso en momentos de dificultad! En otras ocasiones, por el contrario, nuestro deber será reflexionar, dar un paso atrás y confiar en Dios. Dios no necesita nuestras acciones, necesita nuestro amor. Dios espera que le ofrezcamos nuestro corazón, nuestro espíritu, para iluminarlo, inspirarlo, fortalecerlo, regenerarlo, calmarlo. Un cristiano busca vivir permanentemente con Jesucristo, y esto no es fácil porque, aunque siempre permanece en nosotros, ¡no siempre estamos con él! Y cuando nuestro espíritu se disipa o se dispersa hay que intentar volver al lugar donde Dios se encuentra. Esta es la principal lección que he aprendido hoy meditando la figura de santa Marta en su festividad. 

¡Hoy me postro ante Ti, Señor, con el deseo de servirte con amor, entrega y diligencia como hizo Santa Marta! ¡Ayúdame, Señor, a vivir siempre con un corazón abierto, un corazón compasivo y misericordiosos, un corazón que no se endurezca ante las necesidades del otro, que exprese siempre el cumplimiento de tu voluntad! ¡Ayúdame a tener un corazón generoso como el de tu amiga santa Marta, un corazón que se entregue al prójimo, que busque servir al otro, que trate de encontrarte en cada momento de la vida, que anhele estar cerca de ti, un corazón que no sea autosuficiente, que no esté basado en mis propias necesidades ni en mis egoísmos, un corazón que esté bañado en la compasión, el amor, la caridad y la misericordia! ¡Y como santa Marta, Señor, hazme recordar siempre que tu esperas de mi que abra mi corazón, que ame  para que mis acciones estén impregnadas de tu presencia! ¡Señor, como santa Marta te digo que eres el Mesías, el Salvador! ¡Y como con santa Marta, Señor, acepta mi hospitalidad para que te sientas cómodo en mi corazón y en mi casa; ayúdame a servirte siempre con diligencia y amor y por ende hacerlo también con el prójimo para que en su momento me recibas en la morada de la eternidad!

La vida es mucho más que mis problemas

Esta mañana me he levantado cansado, con tedio, con cierta pereza, con una inercia que tiende a afrontar con pesadez la jornada, con la cargas de lo que viene en el día con poco ánimo. He hecho la oración y he rezado las laudes distraído. Pero, enseguida, he tomado el bello y motivador Salmo 62 y lo he leído con ahínco, con esperanza. Y he comenzado clamando como hace el salmista: «Oh Dios, Tú eres mi Dios, por ti madrugo» y he continuado recitándolo con alegría, con esperanza, con gozo y cuando he terminado lo he visto todo con otros ojos, como una ofrenda amorosa a la vida, como un agradecimiento profundo a todo lo que me Dios me concede; con el ímpetu de que este nuevo día y todo lo que él depare, positivo o no tan agradable, me servirá para ir edificando en mi vida, para ir construyendo puentes de afectividad, de esfuerzo, de compromiso y, sobre todo, para que se convierta en una encuentro con Aquel que todo lo da, todo lo ofrece, todo lo entrega. 

Y he permanecido un rato en silencio, sentado en el silla donde he leído el texto. Y me he dicho: «Me pesa el día, ¡pero a cuantos les cuesta cada día la jornada! Me siento cansado, ¡pero cuántos cansancios acumulan tantos cuya vida sí que es difícil y complicada! Hoy tengo que convertir este día en una jornada llena de vitalidad,  de ánimo, de alegría, de esperanza, de caridad, de amor. No lo tengo que hacer por mí, tengo que hacerlo ofreciéndolo por todos aquellos a los que hoy les va costar levantarse por los problemas que les pesan, los sufrimientos que les embargan, las pesadumbres que les agobian, por los que no tienen donde llenar las manos de alimentos o de ilusiones, por los que les falta trabajo o alegría, por los que ven hundirse sus negocios oo su trabajo pende de un hilo si no lo han perdido, por los que están solos y no tienen a nadie que les acompañe».

Y me he puesto en pie. La vida es mucho más que mis problemas, mis cansancios, mis agobios, mis dificultades, ¡mi individualismo! La vida es darse y entregarse. Es dar trascendencia a lo que vivimos. Es dar un sonrisa y llenar al otro. Es dar un abrazo y consolar. Es secar una lágrima con el pañuelo de tu amor. Es humanizar la existencia de los que te rodean. ¡Claro que puedo tener problemas pero puedo ponerlos en un lado para acoger los del otro y unidos, darle un sentido de amor!

La vida es convertir lo ordinario, lo pequeño, lo sencillo en algo extraordinario. Basta un gesto, una sonrisa, una mirada, una palabra y todo se hace acontecimiento. Así, todo se abre a la providencia de Aquel que nos enseñó la Buena Nueva de la entrega por amor al prójimo.

Mi referente es un pequeño hogar de un pueblo perdido donde tres personas santas convirtieron aquel espacio en el centro del amor, de la entrega, del silencio, del trabajo santificado, de la convivencia humanizadora, de la oración sencilla con el corazón abierto; un hogar donde el Espíritu rondaba dando sabiduría, inteligencia, fortaleza, vida interior, trascendencia, pureza, ¡vida en Dios!

Esa escuela me enseña a que la vida tiene como horizonte la eternidad y que mis cansancios cotidianos puedo convertirlos en un estadio más para mi crecimiento personal y espiritual.

¡Espíritu Santo, tu lees lo que hay en mi interior, en mi vida, en mi camino; sabes que hoy me he levantado cansado y con pocas fuerzas, desgastado por el agotamiento de ayer y por las cargas de mis agobios! ¡Pero tengo, esperanza, tengo fe, tengo alegría, tengo a la Trinidad Santa que me acoge y no puedo más que dar gracias, que bendecir, que alabar y que seguir adelante! ¡Acudo a ti, Espíritu de Dios, para darme la fortaleza que me falta, el empuje que necesito, la sabiduría para ver las cosas con otra mirada! ¡Me acuerdo, Espíritu divino, como acompañaste a Cristo en sus jornadas agotadoras dándole fuerza para seguir adelante y sobre todo recuerdo como estabas a su lado aquel día capital de su subida al Calvario cargando con la cruz de mis pecados! ¡Me acuerdo como diste a nuestra Madre, la Santísima Virgen, el valor y la fuerza para permanecer a los pies de la cruz y me digo: ven, Espíritu de Amor, ven a mi vida y no me permitas que me queje nunca por mis cansancios! ¡Dame la fuerza para sostener a los que están a mi lado y dales a todos los que amo y a la humanidad entera la fuerza para luchar cada día, para no decaer ni desfallecer antes los cansancios de la jornada! ¡Y que los cansancios de mi jornada no me hagan caer en el desánimo ni en la desesperanza más al contrario que me permitan abrir el corazón para ser testimonio del amor de Dios a loa humanidad entera!  

Correr hacia la tumba abierta

Esta pandemia con sus rebrotes, sus miles de infectados y muertos, con tantos negocios cerrados, con tantas personas pasando estrés, sufrimientos emocionales o precariedad económica me retrotrae de nuevo al día que vivimos la Resurrección de Cristo que cogió a la humanidad confinada en sus casas. Recordemos, sin embargo, que la tumba no estaba vacía sino abierta.

De hecho todo sigue abierto: la fe y, con ella y de manera especial, nuestro futuro. Nuestra vida. El nuevo reino.

Están abiertas, incluso, las tumbas de nuestra humanidad y con ellas el sufrimiento que ya no debería encerrarnos en nosotros mismos o aplastarnos. En esta epidemia mortal nuestra tierra y nuestros cielos, nuestras comunidades humanas y nuestras sociedades, siguen abiertas a la nueva Jerusalén.

Hoy la humanidad corre como Pedro y el otro discípulo, el que Jesús amaba, hacia la tumba que está vacía. Al verla el otro discípulo “ve y cree”. Recorre el camino de la oscuridad hacia la luz. Poco tiempo antes, Pedro, en el Huerto de los Olivos, con la resistencia de su corazón, había jurado fidelidad eterna.

Hoy, con nuestras vidas amenazadas, se nos exige confianza, fe, esperanza. Depende de nosotros ver y confiar en nuestra propia existencia, la de los demás, la de la humanidad también, ya no como una tumba vacía, sino como una realidad abierta. Vemos cuán vacía a veces es nuestra existencia; la vemos como una tumba vacía si no está animada por este Aliento de Vida, de Amor y de Esperanza. Y pienso que, en estos días, mucha gente así lo entiende y lo experimenta.

Moisés, mientras pastoreaba sus ovejas en el desierto, llevaba una vida vacía. Pero Dios le hizo ver y escuchar lo que Él mismo ve y oye: la miseria del pueblo y los gritos de la gente.  

Esta es la voluntad del Padre. Esto es lo que Jesús ve y oye en el Jardín de los Olivos: la inmensidad de este grito de sufrimiento que surge dolorido de toda la humanidad: la urgencia de una liberación radical, la urgencia de hacer viva la Pascua de la vida. Esa en la que Jesús se levanta para abrir el camino a la nueva Tierra y los nuevos Cielos, donde no habrá más llanto, ni luto, ni sufrimiento.

Ante estos tiempos de incertidumbre, de desasosiego, de desesperanza, de incertezas, de miedos, de sufrimiento… hay que correr hacia esa tumba vacía de la existencia y no hacer como los discípulos en Getsemaní, que abandonaron la lucha y huyeron. Depende de nosotros ver estas tumbas vacías como tumbas abiertas. Depende de nosotros ver y creer que el camino de Cristo en su Pascua, que dura toda la vida, es el camino, la verdad, la vida. Creer, esperar, confiar. Dejar que Cristo, maestro de la vida, nos levante con él. El aliento de la vida nos habita. Por eso deseo compartir con todos los que amo este aliento de vida, esta fuerza del corazón y dejar que amanezca cada día la esperanza en nuestra vida para no caer en la tristeza y en la desafección que esta pandemia trae a tantos corazones humanos.

¡Padre bueno, confío en tu amor y en tu misericordia, en tu justicia y en tu bondad y por eso te pido en este tiempo de incertidumbres y tanto sufrimiento que atiendas la súplica que te hago! ¡Te pido encarecidamente por todos los enfermos del mundo y por los que se han contagiado por el Covid, te pido por su sanidad, para que sostengas su espíritu y cures su enfermedad! ¡Tu, Padre, puedes detener la infección con un simple aliento; que esta sea tu voluntad! ¡Te pido por todas las personas vulnerables, por los que tienen miedo, por los que su estado de ánimo está al límite, por los ancianos y los niños, por los pobres, por los que no tienen coberturas médicas… hazte presente en su vida, Padre, y libéralos de todo mal! ¡Te pido por los que estamos sanos y fuertes para que nos des la protección para evitar la infección! ¡Te pido por la comunidad científica, dales la sabiduría para que encuentren el remedio a esta infección, para que sean capaces de encontrar un medicamento eficaz! ¡Te pido por todos los responsables en todos los ámbitos de la gobernanza para que tomen siempre las decisiones más acordes con el bien común y que sepan combatir esta pandemia con justicia y rectitud! ¡Te pido por los médicos y sanitarios para que sean instrumentos de tu amor y por todos los cristianos para que sepamos llevar tu evangelio de amor y de paz y transmitamos con nuestras palabras de esperanza la verdad de tu Buena Nueva! ¡Y para todos, Padre, danos la seguridad de tu amor y la valentía para no huir y abandonar la fe, la esperanza y la misericordia y no hacer como los discípulos que huyeron sin confiar!

Padres de María, abuelos de Jesús

De nuevo la Iglesia nos regala una fiesta hermosísima: la festividad de san Joaquín y santa Ana, padres de la Virgen María y abuelos de Jesús. Dos personas santas que conocieron al Hijo de Dios, que compartieron con él momentos de intimidad, que lo cuidaron, lo escucharon y disfrutaron de su presencia. Y en este tiempo en que la pandemia ha cercenado las vidas de tantos abuelos es un día para revivir con gratitud la memoria de nuestros abuelos y nuestra responsabilidad ética de ofrecer a los ancianos de nuestra sociedad el trato digno que merecen.

San Joaquin y santa Ana engendraron a María de una manera providencial: preservada del pecado original con el fin de que acogiera en su seno y diera luz la Palabra divina. Me imagino la disposición de los dos ancianos preparando a María en su formación humana y espiritual. Me los imagino cuidándola y amparándola. Me los imagino ayudándola a disponer toda su humanidad, en cuanto el ángel se le apareció en Nazaret, para prepararse para tan gran acontecimiento. Me los imagino protegiéndola y dándole todas las atenciones para que la Virgen diera a luz al Hijo de Dios como éste merecía.

Somos deudores agradecidos de estas dos almas. Somos deudores porque Dios les regaló a san Joaquín y santa Ana la gracia de ser los padres de la Madre de Dios, la elegida para ser santa entre las santas.

Y cuando aquella noche de diciembre Cristo nació en la pobreza de un portal de Belén, el Hijo de Dios entroncó con la vida de aquellos abuelos. Y como nos ha ocurrido a tantos a lo largo de la historia Jesús pudo encontrar en san Joaquin y santa Ana el amparo, el consuelo, el cobijo, la seguridad, el amor, la alegría, el gozo de unos abuelos que amaban a su nieto con vocación cristiana. Los míos me han demostrado siempre que eran el corazón de la familia, a imitación de san Joaquin y santa Ana.

En el plan de Dios los abuelos tienen una transcendencia fundamental pues son un pilar en el crecimiento de las familias. Ellos, en su sabiduría, forman en muchas ocasiones la conciencia del ser humano, unifican familias, ellos suscitan la alegría de vivir, son un tesoro que dan testimonio de fe, por nosotros se han entregado, sacrificado e incluso inmolado. Si es así, en el plan de Dios san Joaquin y santa Ana ejercieron un papel esencial en el crecimiento espiritual y humano de María y también de Jesús. Esta fiesta nos permite recordar que ambos asentaron también las bases para que se cumpliera la promesa de la salvación. Ellos pusieron la semilla para el nacimiento de María. Hoy es un día para pedir por el beneficio de su intercesión en favor de las familias del mundo, por los abuelos y por los ancianos de nuestras sociedades para que su presencia viva en la familia, en la Iglesia y en la sociedad no se apague en este mundo tan individualista, para que no se permita a los abuelos quedar arrinconados de las familias y sigan siendo testigos vivos de unidad, de defensa de los valores de la fe, de la esperanza y del amor. Ellos todavía conservan talentos valiosos para hijos y nietos. De mis abuelos he aprendido mucho, los amo, los respeto y doy gracias a Dios por haberlos puesto en mi camino.

Lo curioso es que nada ha quedado escrito sobre san Joaquin y santa Ana en los Evangelios. El Espíritu Santo, en su infinita sabiduría, por alguna sabia razón no lo quiso revelar para no desvelar los pensamientos de Dios tan alejados de nuestra concepción humana. Tal vez este silencio sobre su figura nos quiera mostrar algo excepcional del que mucho tenemos que aprender: la trascedencia del trabajo callado y silencioso de las personas que se desviven por los demás, tan bien aplicable a la figura de los abuelos. Y hoy que veneramos a los abuelos de Jesús tengamos un recuerdo especial para los que, con su experiencia y entrega, han dado lo mejor de si mismos para los que viven a su alrededor.  

Cada año, en este día, rezo esta hermosa oración escrita por Benedicto XVI en honor de los abuelos. Leedla despacio y con el corazón abierto, es un canto de amor a los que han dado su vida por la familia:

Señor Jesús: Tú naciste de la Virgen María, hija de San Joaquín y Santa Ana. Mira con amor a los abuelos de todo el mundo. ¡Protégelos! Son una fuente de enriquecimiento para las familias, para la Iglesia y para toda la sociedad. Sosténlos! Que cuando envejezcan sigan siendo para sus familias pilares fuertes de la fe evangélica, custodios de los nobles ideales hogareños, tesoros vivos de sólidas tradiciones religiosas.

Haz que sean maestros de sabiduría y valentía, que transmitan a las generaciones futuras los frutos de su madura experiencia humana y espiritual.

Señor Jesús, ayuda a las familias y a la sociedad a valorar la presencia y el papel de los abuelos. Que jamás sean ignorados o excluidos, sino que siempre encuentren respeto y amor.

Ayúdales a vivir serenamente y a sentirse acogidos durante todos los años de vida que les concedas.

María, Madre de todos los vivientes, cuida constantemente a los abuelos, acompáñalos durante su peregrinación terrena, y con tus oraciones obtén que todas las familias se reúnan un día en nuestra patria celestial, donde esperas a toda la humanidad para el gran abrazo de la vida sin fin. Amén.

Confiarse a María como el apóstol Santiago

Último sábado de julio con María, Madre de la Esperanza, en lo más profundo de mi corazón. Ante las cruces cotidianas, ¡qué mejor que acudir a María que estuvo siempre al pie de la cruz! A María te puedes dirigir siempre sin circunloquios, sin palabras bonitas, sin frases grandilocuentes… basta que le abras el corazón de par en par y sentir como Ella acoge tu plegaria, te arrope con su manto, te escuche con amor y eleve tu súplica al Padre.

María es la Madre que siempre está presente para acoger lo que cada uno le pide. Por eso se hace tanto de querer. Abre sus manos para que depositemos en ellas nuestra oración quebradiza, nuestras peticiones tímidas, la pequeñez de nuestras cosas porque para ella esa oración es grande, las peticiones importantes y lo pequeño sustancial. Todo lo que se ofrece a la Virgen se transforma por completo en obra del Espíritu Santo, con quien María ha tenido siempre una relación especial.  No hay nada que nos inoportune, nos duela, nos haga sufrir, nos preocupe, nos altere, nos entristezca que lo sienta ajena a Ella. Nada de cuanto nos ocurre queda al margen de su amor y de su misericordia. Cualquiera de nuestros pasos en su maternal compañía nos dirigen directamente a Dios.

Hoy, en esta festividad de Santiago Apóstol, más que nunca le confío a Ella mi vida como hizo el hijo del Zebedeo quien en Zaragoza obtuvo la bendición de la Madre de Dios para emprender su misión de evangelizar celtiberia. Aquel día, la Virgen se le apareció al apóstol sobre un pilar de mármol mientras un coro de ángeles cantaban el Ave María. Quienes nos hemos acercado a la Basílica del Pilar con frecuencia nos acordamos de la frase que dirigió a Santiago el Mayor: que la virtud de Dios obre portentos por mi intercesión con aquellos que en sus necesidades imploren mi patrocino. Y, como es de imaginar, tomo con alegría las palabras de María para confiarle mi vida y la de todos los que amo para que llene nuestras vidas de su presencia y haga que brille en nosotros la luz de Cristo, esa luz que un día Ella iluminó en un rincón perdido del mundo. Y como el apóstol dejarme guiar con confianza por su Palabra, por sus gestos, por su compañía y por su amor imperecedero.

¡María, Madre de Dios y Madre Nuestra, quien te hiciste presente en Zaragoza para dar fuerzas y vigor al Apóstol Santiago y le invitaste a erigir en tu honor un templo a las riberas del Ebro, llena a nuestro país y a todos los que lo conformamos de mucho amor, de mucha caridad, de mucho respecto, de muchas gracias, de mucha generosidad y de mucha comprensión mutua! ¡Ayúdanos a persevera cada día en la fe, en la esperanza y en la caridad para que los valores perennes de tu Hijo pervivan en nuestras sociedades! ¡Te confío, Madre, mi cuidado y el de todas las familias del mundo especialmente las que están sufriendo dificultades económicas, sociales o enfermedades entre sus miembros! ¡Te confío el bienestar del alma para que no decrezca nuestra esperanza y nuestra fe; ayúdame a ser transmisor de esperanza, de acompañar a quien sufre, a buscar siempre la verdad, a acompañar a los que más lo necesitan como haces tu con cada uno tus hijos! ¡Te pido, Virgen Santa, que atiendas a los que padecen desgracias, soledad, enfermedad, falta de fe o poca disponibilidad para una entrega plena a Dios! ¡Conviértete, Madre, en verdadero auxilio para quienes acudimos a ti, consuelo para los que padecen sufrimientos, luz cuando las incertidumbres hagan mella en nuestra vida, pilar para sostenernos en las vacilaciones y aliento cuando decaigan nuestras fuerzas!

Dios no exige la perfección

En un colmado de mi barrio venden productos transgénicos. Cuando te acercas a las frutas y, en concreto a las manzanas, todas tienen una apariencia perfecta. Todas del mismo color, tamaño, textura, piel brillante y lisa. Pero no parecen manzanas cosechadas, parecen manzanas de laboratorio, como ideadas para colocarlas como elemento decorativo en alguna de las estancias de tu hogar.

Vivimos en un sociedad que invita al perfeccionismo, que no tolera los errores, que no acepta la debilidad, que se burla de la vulnerabilidad del ser humano. Los medios de comunicación ⎯ejemplo de nada⎯ nos dicen como debemos vivir, ser y actuar. Tratan de imponer las modas, los peinados, qué tabletas o móviles usar, que comida comer, cómo modelar el cuerpo para tenerlo perfecto… Tienden a la tentación de eliminar o negar lo que para cada uno es bello para componer nuestros estándares con un criterio universal.

La vida es como un campo de rosas en el que también crecen las malas hierbas. Pero, a veces, al tratar de quitar esa mala hierba destrozas también la rosas. En la vida se trata de desenfocar el mal y mirar el bien para que este crezca en el mundo, en el otro y en uno mismo.

El Señor no elimina las imperfecciones sino que las transforma. Así, Saulo se convierte en Pablo; Mateo, el avaro recaudador de impuestos se convierte en el apóstol Mateo; el fariseo José de Arimatea se convierte en el discípulo de Jesús que después de su muerte en la cruz lo enterrará en su propio sepulcro; María Magdalena, la mujer adúltera y pecadora, se convertirá en la privilegiada que anuncia la resurrección de Cristo a los apóstoles…

Dios no nos exige la perfección. No tenemos que ser como esas manzanas genéticamente modificadas, las manzanas perfectas e ideales. Lo que Dios busca en nosotros es que confiemos en él, en su sabiduría, en su benevolencia, en su misericordia, en su justicia, en su amor. Y si no nos rendimos por completo a él, sabemos que el Espíritu Santo viene en ayuda de nuestra debilidad, porque no sabemos cómo orar adecuadamente. El Espíritu mismo interviene para nosotros con gritos inexpresables. Y un día, en el día de la coger las rosas, estaremos permanentemente separados del mal y del sufrimiento. Esta es, al menos para mi, la gran esperanza.

¡Señor, abro mi corazón a ti para que me llenes del perfume de tu amor! ¡Te pido, Señor, que me ayudes a regar cada día el abono de la esperanza, de la caridad, de la generosidad, de la justicia, de la caridad… para hacer que el jardín de mi corazón rebose bondad y hermosura; también te pido que me ayudes a arrancar de él todas las malas hierbas que crecen constantemente! ¡Llena, Señor, tu Espíritu en mi corazón para llenarme de ti, para cubrirme de tu presencia, para estar preparado para la llamada! ¡No permitas, Señor, que lo mundano cubra mi vida sino que tenga siempre una mirada sobre lo trascedente, sobre lo que es importante y camine acorde con tus enseñanzas! ¡Renueva, Señor, mi corazón con la fuerza de tu Santo Espíritu! ¡Transforma, Señor, todo aquello que en mi interior tiene que ser transformado y cambiado! ¡Señor, quiero estar preparado, quiero cultivar en mi corazón la bondad y el amor y quiero cada día parecerme más a ti y desde tu Amor llevar a quienes me rodean toda tu bondad, misericordia y caridad!

A lo que te invita la vida

En la vida no tiene ninguna relevancia lo que has sido, lo importante es lo que puedes llegar a ser. No importa lo que los demás piensen de ti y de tu pasado, lo relevante es ser ante Dios.

Los condicionamientos y limitaciones de nuestro pasado no tienen porque cercenar nuestro presente. ¿Y cómo se logra esto? Si en tu vida actual logras ser capaz de entrar en la esencia de tu interior, en lo que es importante; si en el lugar del corazón dejas que fluya de una manera recurrente la fuente de agua viva para que te purifique; si eres capaz de encontrarte a ti mismo en tu realidad cotidiana; si eres capaz de encender la luz que te da la energía y la fuerza que es necesaria para ser sin máscaras ni condicionamientos lo que eres, lo que estás llamado a ser como persona, lo que anhelas y lo que puedes ser.

La vida te invita en todo momento a conseguirlo; te invita en el desierto del silencio interior donde sin ruidos puedes escuchar lo que anida en tu corazón. La vida te invita a encontrar momentos de recogimiento, un tiempo en el que merece la pena escuchar el silencio, permanecer unos instantes acariciando con ternura esa soledad que a uno tanto le espanta a veces y con la que teme enfrentarse. Y en ese silencio descubres, a la luz silenciosa del Espíritu, que no caminas en soledad porque ese silencio es tan revelador que se dirige hacia ti y te concede la gracia en el presente de la vida de entender y comprender lo que es necesario e imprescindible para vivir lo que eres y lo que deseas ser.  Ese silencio te ayuda a confiar en tus posibilidades, te permite dar un nuevo crecimiento espiritual a tu vida y convertir tu pobre humanidad en una obra apostólica de auténtica humanización. Se trata de llamar divino a la plenitud de lo humano, y cielo a una vida que, aunque sencilla, te permita vivir feliz en la unidad del amor. Yo, aunque lejos estoy, aspiro a este unión, a esta perfección, a ese anhelo porque desde lo íntimo puedo llegar más a la unión con Dios y desde Él, a los que me rodean.

¡Señor envía tu Santo Espíritu sobre mi para que me renueve, transforme, purifique, lave, vivifique! ¡Haz, Señor, que mi vida tienda hacia lo interior, que no tema el silencio para encontrarme contigo porque desde ese silencio alcanzaré mayor plenitud espiritual! ¡Haz, Señor, que mi vida esté impregnada de mucha oración, de mucha vida interior, de mucho recogimiento, de mucha soledad acompañada, de mucha gracia de tu Espíritu porque quiere caminar viviendo en tu presencia, sintiendo tu presencia, aprendiendo de tu presencia, amando como tu amas! ¡Señor, quiero darle plenitud a mi vida con tu presencia divina porque quiero impregnar mi humanidad de tu Espíritu, de tu fuerza, de tu amor, de tu presencia, de tu misericordia! ¡Anhelo, Señor, vivir feliz en la unidad contigo, unido siempre a ti! ¡Señor, haz que mi alma esté siempre atenta en los momentos de recogimiento, silencio y soledad para verte! ¡Señor, permíteme comprender que mi tesoro como cristiano está en el cielo y no en la tierra, que mis pensamientos, mi oración y mi vida tiene que ir encaminado siempre hacia la eternidad! ¡Haz, Señor, que mi vida sea un encuentro y una unión permanente contigo!

Seguir el ejemplo de perseverancia de María Magdalena

Hoy la Iglesia celebra la festividad de Santa María Magdalena, fiel seguidora de Cristo a quien salvó del pecado. Me la imagino aquel día, triste y llorosa, a los pies de Jesús. Me la imagino también a los pies de la cruz, llorando al amigo muerto. Es el punto final a su historia de salvación. Me la imagino desconcertada porque Aquel que la había salvado había muerto como un gusano. 

Pero la historia de María de Magdala es una historia luminosa. Es la historia de un encuentro extraordinario. Es la historia de alguien que te busca para transformar tu vida. Es Jesús quien se acerca a ella. María lo encuentra con su mirada cuando sus ojos se cruzan. Nadie la quería por ser portadora del pecado y porque cargaba con siete demonios. Jesús la toma de la mano… y la redime del mal.

María Magdalena es el mejor ejemplo de perseverancia en la vida espiritual. Es el testimonio vivo de que, pese a nuestras faltas y pecados, hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, que nos busca a lo largo de la vida para tener un un encuentro personal con nosotros. A lo largo de su existencia, María Magdalena te muestra que es posible encontrarse con el Dios vivo. Aquella mujer había tratado de llenar su corazón de muchas maneras y el rumbo de su vida se había extraviado. Aquel día que se encontró con Jesús, un día transformador de su corazón y de su alma, Él le reveló el sentido auténtico del amor. María debió quedarse paralizada. Había buscado en vano la verdad a lo largo de la vida y con aquel encuentro su corazón descubrió lo que tanto tiempo había estado buscando y no había sido capaz de encontrar. Cuando San Pablo narra cómo es crucificado con Cristo y el mundo que crucificó a su Señor es crucificado por él también se puede aplicar a María Magdalena. Y a cada uno de nosotros.

Ella, la primera discípula de Jesús, tuvo además el privilegio de ser la primera en ver a Cristo resucitado. La primera en escuchar de sus labios su nombre, de vivir en primera persona el anuncio del gran misterio de la Resurrección y anunciarlo a los apóstoles.  

Y la gran pecadora nos lo anuncia a todos, como un guiño de Dios que vierte sobre el hombre una doble llamada: la de la fe y la la misión. Y María Magdalena no duda; ni de su perdón ni del amor absoluto que Cristo tuvo por ella ⎯y por todos⎯, del cual el perdón misericordioso es la gran promesa. Y eso ocurre porque reconoce en Jesús al Hijo de Dios que por el poder de la gracia la convirtió del pecado y porque creyó siempre en la soberanía de una presencia que no era la de un hombre, sino la del Hijo de Dios.  

De este diálogo entre María Magdalena y el Resucitado quiero hacer mío el camino de la vida. Como ocurrió con ella necesito renovar mi fe en la compasión y la misericordia del Señor. Conocer mis flaquezas y debilidades, mi falta de determinación y confianza. Soy conocedor de mis miserias y de mis pecados y el perdón que recibo de Cristo es un paso de gracia y de luz en mi pequeña vida.

María Magdalena no fue perdonada porque fuese santa. Ella es santa porque fue perdonada y acogió el perdón para una profunda transformación de su corazón, de su alma y de su ser.

¡Santa María Magdalena, fiel seguidora de Jesús, ayúdame a encontrar siguiendo tu ejemplo de humildad, compromiso, amor, arrepentimiento y conversión el amor de Jesús en este tiempo de purificación interior! ¡Muéstrame el camino del arrepentimiento y de la conversión para hacerme un verdadero discípulo suyo! ¡Ayúdame a abrir el corazón de par en par a Cristo para serle fiel en lo pequeño y en lo grande y tener un verdadero conocimiento de mi mismo y reconocer cuáles son mis miserias y mis culpas, mi pecado y mis faltas, y cambiar para seguir muy unido a Él como lo estuviste tu! ¡Ayúdame a ser un buen discípulo de Jesús como lo fuiste tu y enséñame el camino para avanzar por la vida cristiana, para acoger en mi corazón la Palabra de Jesús, para poner en sus manos la pobre arcilla del que estoy hecho, para ser testigo de su misericordia, para amar con el corazón abierto, para abrirme a la humildad, para tener mucha fe de que con Jesús todo lo puedo, para vivir una auténtica conversión del corazón, para testimoniar que con Jesús todo es posible, para ir al encuentro suyo sin ataduras ni miedos! ¡Enséñame a vivir una vida auténtica, entregada, fiel, generosa que muestre siempre gratitud y amor; una vida que muestre a Jesús su agradecimiento por todo lo que hace por mi; una vida que le demuestre que estoy muy lleno de Él, que agradezca todo el amor que siente por mi; que no dude en seguirle en los caminos de la vida, que me muestre como llevar la cruz de cada día! ¡Ayúdame, María Magdalena, a salir siempre a su encuentro, a enamorarme de Él como lo hiciste tu desde la gracia, el perdón y la fidelidad! ¡Ayúdame a convertir mi vida en una vida apostólica como discípulo de Jesús del que tu fuiste un auténtico ejemplo de fidelidad y de entrega! ¡Ayúdame a contemplar contigo al Cristo ensangrentado en la Cruz, para leer en las llagas de su cuerpo, para ver sus manos y sus pies clavados en el madero, para ver su rostro manchado de sangre por la corona de espinas, para ver su piel degollado… con el único fin de serle fiel siempre y comprender de donde viene la fuerza del amor, de donde procede la fuente de la gracia, de la esperanza, del perdón, de la sanación del corazón; para entender que no hay nada más bello que dar la vida por el otro; para comprender que sin vida fiel a Cristo no hay gracia!