El humus de un ser humilde

La semana pasada visité unas instalaciones agropecuarias de un cliente. En una de sus fincas el hedor del abono era intenso. Volviendo en el tren de regreso a mi ciudad me vino a la mente que la palabra humildad viene del latín humus, la sustancia compuesta de la descomposición de los restos orgánicos de la tierra que los agricultores esparcen para fertilizar sus campos. Una materia orgánica que provoca mucho hedor; es lo más simple y esencial para dar vida a la tierra, para que sea posible dar frutos.

La humildad es el diminutivo de este humus; vendría a ser lo más pequeño de lo más pequeño. Implica hacerse pequeño entre lo pequeño. Cuando nos llenamos de nosotros mismos o de cualquier otra cosa el lugar que Cristo debería ocupar en nuestro interior ya no se hace presente. Borramos la humildad de un plumazo. Humildad. Lo primero que nos dice Cristo de si mismo es que es humilde. Humilde de corazón. El ha venido a acoger a los pobres y a los humildes. 

La grandeza de nuestro Dios recae en una cruz. Los cristianos proclamamos ¡un Dios humillado! ¡Un Dios humilde! ¡Tanto que parece haber perdido su dignidad colgado en la cruz! Predicamos que creer en Dios es amar de la única manera que es posible amar al prójimo: con sencillez de corazón. Pero para amar es imprescindible desprenderse de los yoes personales, estar dispuestos a desnudar nuestros egoísmos, hacerlo imitando a Cristo que aceptó la cruz. Es Él quien nos invita a descubrir el misterio de la humildad. Es una humildad que parte de la pobreza humana, del desprendimiento, de la simplicidad, del amor. Darse a los demás es lo que da sentido a nuestra existencia. Es una invitación a olvidarse de uno mismo y de nuestro egocentrismo para poner al otro en el centro.

Por eso le pido al Señor que en la vida de cada día tener la capacidad y la perspectiva de saber ser humilde. De comprender que la perspectiva de la cruz es lo que trasciende todo, que en ella recae todo el poder y toda la fuerza. Cada uno de nosotros tiene que saber interpretar que representa esto para su vida. Hemos de saber ser humildes sin humillarnos. Hemos de tener la perspectiva de un Dios que se abaja y que nos invita a nosotros a hacer lo mismo porque la perspectiva del abajamiento es lo que nos permite sentir que Dios se hace presente. Y la vida de cada día implica en infinidad de ocasiones escuchar, acompañar, perdonar, empatizar con los otros… con humildad de corazón.

La humildad toma muchas formas pero en todas ellas exige de cada uno una donación, un abajamiento. Y Dios nos invita cada día a hacer esto: saber descubrir la grandeza del humus de la humildad, saber amar las cosas sencillas de la vida, descubrir su amor en el prójimo, descubrir que en lo pequeño está la raíz esencial de nuestra existencia. ¡Pero cuanto cuesta ponerlo en práctica!

¡Quiero, Señor, acercarme cada día a Ti para ser más humilde porque cuando más lo sea más cerca estaré de tu corazón! ¡Señor, cuánto me cuesta reconocer que la humildad es la respuesta a la experiencia de tu presencia en mi vida! ¡Señor, hazme comprender que la humildad es el reino de Tu Corazón en mi porque Tú amas al humilde, a los pequeños y a los débiles! ¡Ayúdame a ser pequeño, muy pequeño, para ganar mi alma para Ti y ganar también almas para el cielo! ¡Ayúdame, Señor, a regar el árbol de la humildad para que mi vida no se seque con el orgullo y la soberbia! ¡Señor, ayúdame a servirme de mis miserias para crecer humana y espiritualmente!  ¡Te pido, Señor, la gracia de la humildad para aprender a perdonar, para aceptar las críticas, para soportar los fracasos, para atenuar las dificultades, para evitar imponer mi voluntad en todo y a todos, para sentirme pequeño, para no molestarme cuando me corrijan, para tener un espíritu autocrítico! ¡Señor, ten piedad de mí y dame la gracia de la humildad! ¡Dame la gracia para que mi corazón se serene cuando me desprecian, o se olvidan de mí o la gente se me muestra indiferente, cuando no se toman en cuenta mis opiniones o no se hace lo que yo pienso! ¡Dame, Señor, la gracia de la humildad , paraque mi corazón se abra a la bondad y al servicio, a la entrega y a la generosidad! ¡Dame, Señor, la gracia de tu amor y envía tu Espíritu sobre mí para adquirir un corazón humilde, paciente, bueno y manso!

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