Reivindicar lo sagrado del domingo

Tengo amigos y conocidos que desde que se declaró la pandemia y el confinamiento no acuden a la Misa dominical. Antes la seguían por Internet pero han relajado también su interés por el gran misterio de la vida. Cada domingo es un día grande porque en la Misa dominical, fiesta de Dios, te unes a la mesa eucarística. El Señor nos invita a la mesa para darnos lo mejor que tiene para ofrecernos: a Él mismo. Y a cada uno lo que necesita. 

Recibir al Señor es el gran negocio de nuestra vida. Pasa, ofrece, da, pero ¿de qué sirve si no podemos reconocerlo, si no sabemos cómo recibirlo? Cristo está en medio de cada uno, es a él a quien tenemos que recibir para que entre en nuestra existencia.

Cristo está en medio de nosotros, no solo como un amigo que pasa, sino como el centro de gravedad de nuestra vida y, mucho más, de la vida del mundo. Es solo en Cristo que nuestro mundo desorientado puede encontrar su coherencia y unidad. Es solo en Cristo que cada uno de nosotros logrará la plena vitalidad y libertad que buscamos a través de la sucesión a veces incoherente de nuestras metas diarias.

El domingo es un día sagrado. Es el día de la Resurrección de Jesús, el día que se apareció a la Virgen y a los apóstoles reunidos en el cenáculo. Es el día del Señor. El primer día de la semana, el día que conmemora la creación. Es el día de su banquete porque hoy nos reunimos todos en comunidad para encontrarnos con el Cristo resucitado y conmemorar su memorial en la cruz. Es el día que nos deja palpable que Cristo vence la muerte y completa su obra de redención. Es el día para testimoniar nuestra fidelidad a Él. Es el día en que la ley queda superada por la novedad de su mensaje. Es el día que se anuncia el descanso del hombre en Dios. Es el día en que cada ser humano es bendecido por su amor. Es el día del descanso santificado por Dios. El es día para ocuparnos de las cosas santas. Es el día para ahondar en el amor al prójimo. Es el día para testimoniar nuestra fe. Es el día para confesar la divinidad de Dios. Es el día para dejar patente el señoríao de Jesucristo. Es el día para honrar a Cristo, Señor del tiempo, de la vida y de la historia. Es el día para escuchar su Palabra. Es el día para dar gracias al Padre por hacernos renacer a la viva esperanza de la Resurrección. Es el día en que los fieles estamos obligados a participar en la Eucaristía porque estamos invitados a la mesa del Señor. Esta vez, él no es el invitado, él es quien nos invita. En el pan y el vino que nos ofrece recibimos con gran confianza el misterio de su presencia y la fuerza para seguirlo hasta su Reino.  Cristo en medio de nosotros, la esperanza se hace gloria. ¡Bendito sea el domingo, que es la gran fiesta del Señor!

¡Señor Jesús te doy gracias por este domingo que comienza, lo inicio lleno de ilusión y de esperanza, de gozo y de alegría porque voy a vivirlo en tu presencia, voy a disfrutar de tu Eucaristía, voy llenarme de Ti! ¡Hoy, Señor, especialmente voy a sentarme en el banquete de la Eucaristía y voy a darte gracias por la vida, por todas las cosas hermosas que haces en mi, por la inmensa riqueza de sentirme tu amigo, por todo lo que me ofreces y no necesito! ¡Hoy, Señor, voy a poner sobre el altar a todas las personas que quiero, a mi familia, a mis amigos, a mis trabajadores, a mis compañeros de comunidad; voy a pedirte para todos tu bendición y tu gracia, voy a pedirte que llenes su vida de amor, de paz, de confianza, de esperanza, de comprensión, de paciencia, de luz, de sabiduría, de fuerza y también sensibilidad hacia todo lo que tu representas! ¡Voy a pedirte, Señor, que en mi entorno familiar, social y profesional reine la paz, el amor, el respeto, la bondad, la alegría…! ¡Voy a pedirte fortaleza para mantener firme portando la cruz ante las pruebas que se me presentan! ¡Y voy a darte infinitas gracias por tu presencia en la Eucaristía, por morir por mi en la cruz, por tu entrega, por tus bendiciones! ¡Haz, Señor, que el domingo sea el punto de inicio de la semana que comienza y que cada una de mis obras esté impregnada de tu presencia! ¡Bendito sea el domingo, Señor, lleno de tu adorable presencia! ¡Que sepa vivirlo con profundo amor, humildad, sencillez y generosidad!

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