La vida es mucho más que mis problemas

Esta mañana me he levantado cansado, con tedio, con cierta pereza, con una inercia que tiende a afrontar con pesadez la jornada, con la cargas de lo que viene en el día con poco ánimo. He hecho la oración y he rezado las laudes distraído. Pero, enseguida, he tomado el bello y motivador Salmo 62 y lo he leído con ahínco, con esperanza. Y he comenzado clamando como hace el salmista: «Oh Dios, Tú eres mi Dios, por ti madrugo» y he continuado recitándolo con alegría, con esperanza, con gozo y cuando he terminado lo he visto todo con otros ojos, como una ofrenda amorosa a la vida, como un agradecimiento profundo a todo lo que me Dios me concede; con el ímpetu de que este nuevo día y todo lo que él depare, positivo o no tan agradable, me servirá para ir edificando en mi vida, para ir construyendo puentes de afectividad, de esfuerzo, de compromiso y, sobre todo, para que se convierta en una encuentro con Aquel que todo lo da, todo lo ofrece, todo lo entrega. 

Y he permanecido un rato en silencio, sentado en el silla donde he leído el texto. Y me he dicho: «Me pesa el día, ¡pero a cuantos les cuesta cada día la jornada! Me siento cansado, ¡pero cuántos cansancios acumulan tantos cuya vida sí que es difícil y complicada! Hoy tengo que convertir este día en una jornada llena de vitalidad,  de ánimo, de alegría, de esperanza, de caridad, de amor. No lo tengo que hacer por mí, tengo que hacerlo ofreciéndolo por todos aquellos a los que hoy les va costar levantarse por los problemas que les pesan, los sufrimientos que les embargan, las pesadumbres que les agobian, por los que no tienen donde llenar las manos de alimentos o de ilusiones, por los que les falta trabajo o alegría, por los que ven hundirse sus negocios oo su trabajo pende de un hilo si no lo han perdido, por los que están solos y no tienen a nadie que les acompañe».

Y me he puesto en pie. La vida es mucho más que mis problemas, mis cansancios, mis agobios, mis dificultades, ¡mi individualismo! La vida es darse y entregarse. Es dar trascendencia a lo que vivimos. Es dar un sonrisa y llenar al otro. Es dar un abrazo y consolar. Es secar una lágrima con el pañuelo de tu amor. Es humanizar la existencia de los que te rodean. ¡Claro que puedo tener problemas pero puedo ponerlos en un lado para acoger los del otro y unidos, darle un sentido de amor!

La vida es convertir lo ordinario, lo pequeño, lo sencillo en algo extraordinario. Basta un gesto, una sonrisa, una mirada, una palabra y todo se hace acontecimiento. Así, todo se abre a la providencia de Aquel que nos enseñó la Buena Nueva de la entrega por amor al prójimo.

Mi referente es un pequeño hogar de un pueblo perdido donde tres personas santas convirtieron aquel espacio en el centro del amor, de la entrega, del silencio, del trabajo santificado, de la convivencia humanizadora, de la oración sencilla con el corazón abierto; un hogar donde el Espíritu rondaba dando sabiduría, inteligencia, fortaleza, vida interior, trascendencia, pureza, ¡vida en Dios!

Esa escuela me enseña a que la vida tiene como horizonte la eternidad y que mis cansancios cotidianos puedo convertirlos en un estadio más para mi crecimiento personal y espiritual.

¡Espíritu Santo, tu lees lo que hay en mi interior, en mi vida, en mi camino; sabes que hoy me he levantado cansado y con pocas fuerzas, desgastado por el agotamiento de ayer y por las cargas de mis agobios! ¡Pero tengo, esperanza, tengo fe, tengo alegría, tengo a la Trinidad Santa que me acoge y no puedo más que dar gracias, que bendecir, que alabar y que seguir adelante! ¡Acudo a ti, Espíritu de Dios, para darme la fortaleza que me falta, el empuje que necesito, la sabiduría para ver las cosas con otra mirada! ¡Me acuerdo, Espíritu divino, como acompañaste a Cristo en sus jornadas agotadoras dándole fuerza para seguir adelante y sobre todo recuerdo como estabas a su lado aquel día capital de su subida al Calvario cargando con la cruz de mis pecados! ¡Me acuerdo como diste a nuestra Madre, la Santísima Virgen, el valor y la fuerza para permanecer a los pies de la cruz y me digo: ven, Espíritu de Amor, ven a mi vida y no me permitas que me queje nunca por mis cansancios! ¡Dame la fuerza para sostener a los que están a mi lado y dales a todos los que amo y a la humanidad entera la fuerza para luchar cada día, para no decaer ni desfallecer antes los cansancios de la jornada! ¡Y que los cansancios de mi jornada no me hagan caer en el desánimo ni en la desesperanza más al contrario que me permitan abrir el corazón para ser testimonio del amor de Dios a loa humanidad entera!  

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