No amar tu voluntad; amar la voluntad de Dios

Hoy la Iglesia nos regala la festividad de uno de los grandes santos de la Iglesia: Ignacio de Loyola. Un hombre recio, valiente, perseverante, decidido que tiene el absoluto de Dios arraigado en lo más profundo del corazón; este es el secreto de la vida de san Ignacio de Loyola.

El encuentro con Cristo, después de haber sido herido en el campo de batalla, con una larga enfermedad que le obligará a una larga convalecencia, perturba por completo la vida de san Ignacio. Su nombre, de origen vasco, en sí es como el resumen de su secreto. Antes de comenzar a escribir he buscado el significado del nombre Ignacio porque pensaba que estaría vinculado al enfrentarse a los problemas y dificultades. Ignacio significa «el que surge entre las llamas» e Ignacio de Loyola era realmente un alma de fuego. Cuando el Señor, que también es un fuego consumidor, entró en su corazón, lo consumió completa y definitivamente. Este es el secreto de la vida de San Ignacio y esto es lo que comunicó a quienes se convirtieron en sus discípulos y sus compañeros. El fuego del amor de Dios que consume y ocupa todo el espacio, sin límites, sin dejar cabida a nada más.

Hay, en los Ejercicios de San Ignacio, que son un fundamento fructífero del misticismo de San Ignacio, en los cuales el alma se encuentra frente a Dios, en ese proceso de examinar la conciencia, de meditar, de contemplar, de orar mental y vocalmente, de disponer el alma, de hallar la voluntad divina en tu vida, la demanda constante a Dios: Señor lo que quiero y deseo. Esto también resume completamente el alma de San Ignacio y de toda la compañía de Jesús. La voluntad de Dios que se convierte en nuestra voluntad hasta el punto de que esto es lo que Dios quiere que pidamos porque es lo que Dios quiere que queramos. Este es el secreto que mantuvo vivo a San Ignacio. Hubo un tiempo en que Dios se le apareció, y él le dio todo, y desde ese momento no tuvo más voluntad que la del corazón de Dios.

Este es el significado de la obediencia de san Ignacio y de la Compañía que él fundó. Obedecer no implica convertirse en un esclavo, no es convertirse en una herramienta inanimada en manos de un jefe tiránico que, arbitrariamente, hace cualquier cosa con él, obedecer es hacer la voluntad del Único. Es no amar tu propia voluntad sino identificar totalmente el impulso más profundo de tu corazón con el impulso del corazón de Dios. Esta es la obediencia de Cristo a la voluntad de su Padre y esta es la obediencia del cristiano a la voluntad de Dios y esto es lo que san Ignacio nos muestra, de una manera maravillosa, y que todos debemos vivir, por nuestra parte y con nuestro propio temperamento, nuestra propia espiritualidad, nuestra propia sensibilidad: para asegurarnos de que el amor de Dios sea lo suficientemente profundo en nosotros como para que haya, tal vez no a primera vista, como san Ignacio, pero en cualquier caso de forma gradual y real, una identificación de nuestra voluntad con la voluntad de Dios, de nuestro deseo con el deseo de Dios, para que solo Él sea el primero en ser servido, Él solo el centro de nuestra vida y de la vida. Haciéndolo así me puedo dar entonces a los demás con un corazón lleno de Dios. «En todo amar y servir» la frase de san Ignacio que es mucho más que un lema. Y que hoy, en su festividad, quiero hacer también ejercicio de vida, ejercicio de amor para darlo a los que conviven conmigo, con los que trato y con los que me relaciono.

Hoy quiero que mi plegaria sean dos oraciones que tengo muy presentes en mi vida. Ambas son de san Ignacio de Loyola.

Oración de entrega, ideal para el inicio de la jornada y para orar después de haber recibido la Sagrada Comunión.

Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad; todo mi haber y mi poseer. Vos me disteis, a Vos, Señor, lo torno. Todo es Vuestro: disponed de ello según Vuestra Voluntad. Dadme Vuestro Amor y Gracia, que éstas me bastan. Amén.

Señor, Tú me conoces, aconsejada en el momento de iniciar la oración personal

Señor, Tú me conoces mejor  de lo que yo me conozco a mí mismo. Tu Espíritu empapa  todos los momentos de mi vida. Gracias por tu gracia y por tu amor  que derramas sobre mí. Gracias por tu constante y suave invitación  a que te deje entrar en mi vida. Perdóname por las veces que he rehusado tu invitación, y me he encerrado lejos de tu amor. Ayúdame a que en este día venidero  reconozca tu presencia en mi vida, para que me abra a Ti. Para que Tú obres en mí, para tu mayor gloria. Amén.

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