Acoger la gracia

Lo analizas bien y te das cuenta que Jesús y su séquito fueron siempre percibidos como transgresores de la Ley, como personas peligrosas que atentaban contra la propia identidad del Pueblo Elegido. Esta percepción pudo haber sido muy perturbadora para los buenos judíos piadosos y observadores de su tiempo.

Sin embargo, Jesús y sus discípulos no transgredieron directamente la Ley de Moisés a pesar de que les reprochaban que no respetaran algo que no estaba recogido en la Ley. ¿Qué lección puedo obtener de todo esto en mi vida cristiana?

Que debo recibir con mansedumbre la Palabra sembrada: esto es lo que me permite salvar mi alma. Poner en práctica la Palabra, no solo desde la escucha, sino desde la acción, con una conducta pura y sin mancha o lo que es lo mismo, sirviendo, amando, entregándome al otro en su aflicción.

Esta es la gran lección. No con el fin de ofrecer una lección de moral sino como un valor insuperable, infinitamente más importante que evitar sufrir uno mismo el mal que se hace a los demás.

La ley de Moisés hizo que la humanidad diera un paso inmenso, pero lo que Jesús nos enseña no es inmenso,… es infinito. No enseña que en las profundidades del ser, desde dentro del corazón, cada uno debe evaluar su práctica religiosa de una manera totalmente nueva: no ante su propia conciencia, no ante los ojos de los demás, sino ante Dios, el Padre que nos ama.

Descubrir y aceptar que solo Dios puede convertirnos en seres puros es vivir en clave cristiana. El problema no es permitirse un gran ascetismo para volverse puro; sino aceptar dejarse purificar por Aquel que toma sobre sí el pecado del mundo.

Y Jesús sabe muy bien lo que está diciendo cuando nos invita a poner en sus manos todo el peso del pecado que habita en nosotros. Jesús sabe perfectamente lo que puede habitar un corazón humano: mala conducta, robo, asesinato, adulterio, codicia, maldad, fraude, libertinaje, envidia, difamación, orgullo, excesos. ¡Menuda lista! Te imaginas leyendo el periódico en el desayuno o escuchando las noticias de la radio. ¡Qué formidable peligro encierra un corazón humano! Jesús no es ingenuo, lo sabe bien. Ya nos advirtió que todo este mal viene de dentro y hace al hombre impuro. Y, sin embargo, no desespera por salvarnos. Jesús cree en el poder del amor. Cree que su amor por nosotros, hecho visible en la Cruz, puede salvar al mundo de este océano de impureza, estupidez y maldad.

Este es el resumen de nuestra fe. ¡Qué importante acoger esta gracia! Este el gran trabajo como cristiano: acoger la gracia; aceptar ser salvo de manera gratuita.

Y entonces me acuerdo de esta hermosa asombrosa frase de la Carta de Santiago que nos invita a recibir dulcemente la Palabra sembrada en nuestro corazón; es ella quien puede salvar nuestra almas. 

¡Señor, hay mucho ruido y demasiados voces a mi alrededor, demasiado activismo, exceso de estrés y de conformar mis necesidades, en busca de la intimidad personal para que la eficacia de mi servicio, de mi entrega, de mi darme esté presidido por un amor comprometido de verdad! ¡Ayúdame a acoger en mi ser y en mi corazón el sentido de tu Palabra, de tu Buena Nueva, para acoger lo bello que hay en ella, la verdad, la eficacia del amor, el sentido del darse, del aprender a participar de tu misma vida! ¡Concédeme la gracia, Señor, de que tu Palabra se haga presencia viva en mi propia vida! ¡Por eso, Señor, te ofrezco mi fragilidad, mi pequeñez, la pobreza de mi corazón que se quiere abrir cada día a Ti! ¡Te pido, Señor, que siembres en mi corazón tu Palabra de vida, de amor, de fe, de esperanza y acude a Ti para que envíes a tu Santo Espíritu con el fin de que la haga fecunda cada instante de mi vida porque Tu Palabra me da vida, me ayuda a afrontar los problemas y las dificultades, a seguir siempre hacia delante, me permite orar, meditar, acogerla en el corazón, suaviza mis penas y mis dolores, me reconforta cuando sufro, me ayuda a tomar decisiones y a aprender a discernir con sentido crítico! ¡Concédeme, Señor, la gracia de acudir siempre a tu Palabra para verme reflejada en ella y poder descubrirte en cada frase y con el corazón abierto tener un encuentro amoroso contigo!

En este mes de septiembre que hoy iniciamos nos unimos a la intención de oración universal del Santo Padre: Recemos para que los recursos del planeta no sean saqueados, sino que se compartan de manera justa y respetuosa.

La felicidad de ser feliz

La felicidad es una gracia inmensa. Para ser feliz son imprescindibles dos principios: saber qué es la felicidad y saber alcanzarla. Todos queremos ser felices. Todos necesitamos que nuestro corazón exulte de alegría. Un corazón alegre tiene paz, serenidad interior, esperanza… pero, en muchas ocasiones, la medimos mal porque no la alcanzamos por no saber qué es lo que más nos conviene. ¡Hay mundanidad que me aleja de la alegría!
Pienso en Dios. Lo inmensamente feliz que es. ¿Es feliz porque es el Rey del Universo? ¿por que conoce todo lo bueno? ¿por que tiene en sus manos la capacidad de lograrlo todo? Por todo esto y por algo más: porque Él es el Amor y todo lo ha creado por amor. Y nos ha dado a su Hijo por amor, el desprendimiento más grande en la historia de la humanidad.
Antes de crearlo todo, Dios ya era feliz. No creó la naturaleza, ni a los animales ni a los hombres para que le hiciésemos feliz si no para que pudiéramos ser partícipes de su felicidad.
Por eso la felicidad sólo la puedo encontrar en Dios. Y en Jesús. Dios me ha creado a su imagen y semejanza. Me ha creado para ser feliz. Me ha creado para compartir su alegría, su sabiduría y su felicidad. Si sólo Jesús me ofrece la felicidad, ¿para qué pierdo el tiempo buscándola fuera de Él!

¡Quiero ser feliz, Señor! ¡Pero quiero ser feliz a tu manera pero no como entendemos los hombres la felicidad! ¡Quiero ser feliz basándome en el amor, en el amor sin límites, en la entrega, en el desprendimiento de mi yo, en el servicio generoso, en la caridad bien entendida, en la paciencia de dadivosa! ¡Señor, quiero participar de tu felicidad encontrándome cada día contigo y desde ti con los demás! ¡Señor, me has creado para compartir tu alegría! ¡Envía tu Espíritu para que me haga llegar el don de la alegría y transmitirla al mundo! ¡No permitas, Espíritu Santo, distracciones innecesarias en mi vida que me alejan de la libertad y la felicidad de auténticas! ¡Señor, ayúdame a que encuentre felicidad en dar felicidad a los que me rodean, que abra mis manos para dar siempre, que abra mis labios para compartir tu verdad, y que abra mi corazón para amar profundamente! ¡Señor, sé que me amas y que deseas que yo sea feliz; acompáñame Señor siempre porque eres el autor de mi felicidad y la razón de mi existir!

Decepciones y adversidades que abruman

Con cierta frecuencia, la manera en que reaccionamos ante las decepciones llega a ser más debilitadora y dolorosa que esas desilusiones en si mismas. Conozco una persona que se pierde las alegrías de la vida porque no se recobra jamás de las decepciones que padece. Eso le provoca verse inmovilizada por su profunda amargura. Como no es feliz no transmite felicidad. Conozco también personas que viven con la carga pesada de un rencor contra familiares y amigos que, en su opinión, le menospreciaron o humillaron. Lamerse las heridas y no volver a confiar en alguien provoca profundas heridas en el corazón. He pasado alguna vez por esta situación.
Como también he sufrido grandes decepciones, trágicas desde el punto de vista personal. Y, con toda probabilidad, habré generado también grandes decepciones en muchas personas que me rodean. Pero los hombres tenemos siempre la posibilidad de elegir.
Ante una adversidad y de mi subsiguiente decepción siempre pienso que la vida sigue –y seguirá- a pesar del infortunio y la fatalidad. Se trata de esforzarse en aprender de lo sucedido y aceptar las cosas tal como son. Toda decepción es una enseñanza. Si las cosas no salen como está previsto, habrá que hacer lo previsto según las cosas. Si lo consigo, me resultará mas fácil trazar nuevos planes y crear estrategias nuevas de acuerdo con los cambios vividos por esa situación. Pero hay algo más profundo y vital que los creyentes no debemos olvidar nunca: que podemos encontrar consuelo en nuestra fe, confiar en la sabiduría de Dios y la corrección del plan que ha trazado para mi, que soy ese hijo al que el Señor nunca abandona. Es un camino no siempre fácil porque el abandono implica muchas renuncias pero compensa con creces porque la adversidad es más llevadera con la Cruz a cuestas.

¡Señor, hay día que no me son favorables, que son difíciles de sobrellevar, con tantas decepciones y tanto dolor! ¡Necesito de ti, mi Señor, porque siento que mi corazón se rompe y me falta coraje y valentía para seguir adelante! ¡Ayúdame, Señor, a que surja de mi corazón la fortaleza para amar porque es sencillo amar a los que me corresponden! ¡En estas situaciones, Señor, báñame en el río de tu Espíritu, porque cuando Tú no estás en mi me siento incapaz de conseguirlo! ¡Que no me falte nunca tu gracia, Señor, ni tu aliento, ni tus fuerzas, ni tu presencia! ¡Señor, Tu eres la Roca firme en la que puedo confiar! ¡Espíritu Santo ayúdame a ir a la oración no como un escape para liberar mi dolor sino en busca del Señor, el único que es eternamente fiel y el que me ayuda a superar toda decepción y todo dolor!

Arropado por el amor maternal de María

Último sábado de agosto con María, Madre de la alegría y de la esperanza, en lo más profundo de mi corazón. Está a punto de terminar un mes en el que me he sentido muy unido a María. Arropado por su amor maternal de Madre y por esa ternura que tiene con cada uno de sus hijos.

Cuando rezo en mis oraciones de cada día, cuando paso las cuentas del Santo Rosario, cuando el sacerdote eleva la hostia consagrada me acuerdo también de María. Puedo decir con alegría y gozo que Ella me ha acompañado en todos los momentos de mi existencia, la he sentido y la siento muy presente en cada acontecimiento que me ha sucedido, especialmente en aquellos que estaban presididos por el sufrimiento, el dolor o la angustia. Allí está siempre Ella, cubriéndome con su manto protector y maternal.

Ella sustenta cada día mi fe cristiana, mi peregrinaje como hijo del Padre, con mis imperfecciones y debilidades.

Ella es la que desde hace mucho tiempo protege cada uno de mis pasos, la de los míos, guía mucha de mis decisiones, consuela mis penas, está junto a mi cuando cargo la cruz, me apoya en las jornadas difíciles…

La oración cotidiana me permite adentrarme también de manera constante en el misterio de María, acercarme a su Corazón Inmaculado, descubrir su belleza interior, vislumbrar sus virtudes como ejemplo para mi vida, aprender de ese «fiat» amoroso y sublime que es testimonio de amor a la voluntad del Creador. Este «fiat» ha supuesto para mí una guía, una luz, un testimonio y una brújula que ha marcado mi irregular camino de la vida. 

Me siento profundamente alegre, feliz y orgulloso de tener a María como Madre. Una de las cosas hermosas que aprendido es a tratar de imitar a María. Tratar de parecerme a Ella, en sus quehaceres cotidianos, en sus virtudes, en su forma de actuar, de pensar y de sentir. Imitándola a Ella también sé que estoy tratando de parecerme a su Hijo. La Virgen María es el espejo más fiel de Jesucristo. Y ese es mi ideal de cristiano: ser otro Cristo. 

Hoy quiero abrir de nuevo mi corazón y sellar con Ella una nueva alianza de amor, de esperanza y de fe. ¡Todo tuyo, María!

¡Dios te salve, María, toda hermosa; todo en ti es bello: tu nombre, tu corazón, tu alma, tus sentidos, tu mirada, tus sentimientos; nada en ti está mancillado por la suciedad del pecado; conviérteme María en el espejo en el que mirarme! ¡Dios te salve, María, la del dulce nombre, que nunca fuiste esclava del pecado sino esclava del Señor; que a imitación tuya me aleje siempre de la tentación de pecar, que no me haga esclavo del demonio y de sus pasiones! ¡Dios te salve, María, Madre de la misericordia y del amor, no solo tu nombre es bello es también hermosa tu grandeza y tu majestad por eso Dios te ha dado el poder para mandar en nuestros corazones; entra en el mío, María, tan necesitado de bondad, generosidad, humildad y servicio los distintivos de tu persona! ¡Dios te salve, María, bálsamo de mis fatigas, que alivias mis tribulaciones y mis sufrimientos, que iluminas esa ceguera que tantas veces me aleja de Dios y que das fortaleza a mis pasos! ¡Dios te salve, María, la del bendito nombre, que intercedes siempre ante el Padre; pide mucho por mí, Madre, implorando al Dios omnipotente por mi alma! ¡Dios te salve, María, dulce nombre que consuela y llena el corazón de alegría; renueva mi confianza en tu Hijo y ayúdame a hacer siempre la voluntad de Dios! ¡Dios te salve, María, que cada día al pronunciar tu nombre me sirva para iniciar un dialogo amoroso con Jesús Tu Hijo!

Vivir la fe a la luz de las obras de misericordia

Te suceden en la vida cosas complejas pero siempre sientes que a tu lado ¡Jesucristo ha resucitado! Este suceso llena de alegría nuestros corazones y lo que hemos vivido no nos deja indiferentes. Y comprendes que has de vivir con mayor intensidad los acontecimientos de la Resurrección del Señor de la Misericordia. 

Vivir nuestra fe a la luz de las obras de misericordia nos da una luz muy clara de nuestra concepción cristiana. Es hermoso testimoniar como Dios que se hizo carne se ha acercado a nuestra vida asumiendo nuestra humanidad en la suya propia. Y muriendo por nuestra redención. Es un motivo de alegría y de esperanza comprender la manera con la que actúa Dios.

No deja de conmoverme como Jesús ha dejado también testimonio de que en los momentos de cruz se puede vivir con gran intensidad el misterio de las bienaventuranzas. Jesús, que es el rostro visible del Dios invisible, nos ha hecho comprender que lo único importante es amar a las personas no a las ideas. Jesús, muerto en la Cruz por amor, nos deja a los pies del madero santo la enseñanza de que el amor es el único camino para la vida del cristiano. Es allí donde ponemos en cuestión nuestra verdadera identidad. Llegará un momento, a la entrada del reino celestial, que todos individualmente seremos examinados de amor. Amor.

Hay que vivir en clave de misericordia, obras que se convierten para cada uno en el termómetro más fidedigno de nuestro compromiso y fidelidad con nuestra fe; el test para comprobar si verdaderamente seguimos al Señor. 

Es hermoso sentir como Cristo resucita cada día en tu vida, renovando también nuestro interior. Lo sientes vivo, cercano, próximo en la Eucaristía cotidiana. Es el momento para caminar por la senda del amor que sólo podremos materializar en acciones y gestos que denoten nuestra capacidad para amar sin olvidar nunca que es imposible amar al Dios que no vemos si somos incapaces de amar a aquellos que nos rodean y que cada día vemos.

¡Dios de amor, que me amas tanto, que no me olvidas, que no me abandonas, que me tienes siempre presente, haz que mi mirada siempre esté volcada en el prójimo, que pueda ver todos los que me rodean como me ves tu a mi, con ojos tiernos llenos de amor y de misericordia! ¡Permite que los vea con esa dignidad de hijos tuyos, más allá de las apariencias de cada uno, de sus circunstancias vitales, de su situación social, de sus ideas…! ¡Concédeme la gracia de ver a quienes me rodean como hijos amados tuyos, queridos por ti! ¡Permite, Señor, que mi corazón se abra siempre a la escucha de las necesidades del prójimo, para acoger sus necesidades y sufrimientos con esa compasión, amor, ternura, caridad y acogimiento que tu prestas a quien acuden a Ti! ¡Que mi corazón, Señor, esté siempre abierto a comprender lo que necesitan, lo que sienten, lo que esperan! ¡Hazme atento a los consejos que me dan porque tu, Señor, sabes que a veces mi orgullo y mi soberbia me impide escuchar y dejarme aconsejar por las personas que me aman! ¿Que mi corazón, Señor, esté predispuesto al amor, a la entrega generosa, al servicio pleno, lleno de alegría para dar lo mejor de mi para todos aquellos que lo necesitan! ¡Señor, hazme un testigo de tu misericordia!

Tolerancia ante el sufrimiento

La tolerancia a la frustración es uno de los elementos que comprometen nuestro dolor en el sufrimiento cualquiera que éste sea porque siempre surge como un chantaje o una amenaza a nuestros deseos. Todos queremos ser felices sin esperas. Pretendemos que nada se interponga nuestro camino por ser felices: ni los problemas económicos, ni nuestros desencuentros con seres queridos, ni la enfermedad propia o de un ser querido, ni los desengaños amorosos o afectivos; ni la desaparición de una persona cercana, o tantas otras “perturbaciones” que ponen en jaque nuestro proyecto de felicidad.
Este aprendizaje que se vincula con la tolerancia a la frustración es imprescindible para aprender a soportar el dolor. ¡Cuántas gente conocemos que se ahoga en un vaso de agua cuanto tiene que afrontar un problema de lo más niño! ¡Cómo adoptan entonces ese rol de víctimas frente a la existencia quejándose de su mala fortuna, entregándose al llanto y al desconsuelo! Sin embargo, también conocemos a muchos que saben afrontar los problemas con entereza, con valentía, con madurez y con amor, y que se fortalecen y maduran a través del dolor.
No podemos depender de las circunstancias para ser felices y vivir consagrados al Señor. Las contrariedades de la vida son oportunidades para el aprendizaje, y hemos de estar decididos a recibirlas con entereza, con espíritu de gallardía, dispuestos a afrontarlas con amor y con sencillez. El secreto se consigna en una frase de san Pablo en su carta a los Filipenses: “Todo lo puedo en Cristo, que me fortalece”. ¡Cuántas veces me ha ayudado esta frase del apóstol de la caridad para entender que la verdadera fuerza proviene de lo Alto! ¡Qué es el Señor , a través del Espíritu Santo, el que lo que nos entrega la fortaleza interior para no sucumbir y salir debilitados de las pruebas la vida!
Cuando alguien vive en el temor es que le falta Cristo en su corazón. Dale al Señor la oportunidad de ser quien hoy te sostenga, te fortaleza y te de esa esperanza que anhela tu corazón.

¡Señor, me pongo ante tu presencia amorosa, para iniciar mi oración y pedir tu bendición, tu consuelo y tu amor! ¡Señor se que es tu fuerza y tu amor lo que me sostienen! ¡Te pido, Señor, un pequeño impulso para realizar todos los trabajos que tengo que afrontar el día de hoy! ¡Quiero, Señor, en este día llenarme de Ti, de tu presencia, de tu estímulo y de tu misericordia! ¡Señor, tu conoces mi debilidad y las dificultades que me atenazan!¡Tu sabes, Señor, cuáles son los dolores de mi corazón! ¡Necesito recibir hoy tu bendición, Señor, para vencer mis inseguridades y caminar seguro cogido de tu mano! ¡Te ofrezco, Padre de bondad y misericordia, todos mis trabajos, mis anhelos, mis esperanzas, mis luchas, mis sacrificios, mis dudas, mis esfuerzos, mis frustraciones…! ¡Hazlo todo tuyo, Señor de la vida y del amor, porque sé que a través de todo ello alcanzaré aquello que me propongo! ¡Señor, gracias por hacerte cargo de mi pequeñez! ¡Gracias, Señor, Padre de bondad, por ayudarme a seguir caminando! ¡Gracias, Señor, por todo lo que me regalas hoy, incluso aquello que se aparta de mi voluntad! ¡Gracias, Señor, por enviar tu Espíritu para iluminar todos mis pasos! ¡Gracias, Señor, gracias!

Enfermedad y fe

Debido a una parálisis facial repentina y un agudo dolor de cabeza ingresé ayer de urgencias en el hospital a las 3 am. Afortunadamente, después de varias pruebas y de un tac y una larga convalecencia a la espera de la visita final de los médicos con el diagnóstico me dieron el alta doce horas más tarde. Entré con la prevención lógica de un susto a consecuencia de un profundo malestar y los médicos pudieron encontrar finalmente el resultado que no reviste gravedad pero si es aparatoso. Mi primera reacción al entrar en el hospital fue dirigirme a la pequeña capilla. Allí estaban Él y Ella, en el silencio de la madrugada, amparando a enfermos, médicos y personal del hospital. Puse mi situación física en sus santas manos.

La larga espera en el box antes de ser atendido me permitió hacer una larga oración, redactar en el teléfono el post publicado en la mañana de ayer y estar atento a lo que sucedía a mi alrededor. Escuchaba quejidos de dolor de otros pacientes, palabras de consuelo de médicos y, sobre todo, de enfermeras y voces de familiares requiriendo acompañar al enfermo… En los momentos que la enfermedad aprieta comprendes la fuerza, el sentido y la esperanza que ofrece la fe cristiana. Observas a tu alrededor las muchas necesidades de los que sufren. Comprendes la fortaleza que se requiere para superar un trance de dolor, fortaleza que viene del Espíritu Santo. Debido al virus, los familiares deben estar lejos y muchos enfermos necesitan de la compañía humana de sus seres queridos para afrontar el reto de la incertidumbre. Sobre todo hay mucha necesidad de amor, de esperanza, de apoyo humano y espiritual, de seguridad humana.  

Desde que entré en el hospital tuve claro que Cristo, médico de cuerpos y almas, está muy presente en todos los enfermos. Que Él, que es un amigo cercano, acompaña en el sufrimiento, que se preocupa de todos, principalmente de los que más padecen y que ayuda a cargar la cruz pesada del sufrimiento.  

Fueron doce horas largas, agotadoras e intensas pero espiritualmente vividas. Estar en un hospital y rezar por los enfermos, médicos, enfermeras y demás personal me permitió vivir este tiempo en una unión profunda con los que allí estaban. Y con Dios. Traté de que mi oración llegara al corazón de todos los que estaban en la misma planta en la que me ingresaron. Y, yo, que soy en líneas generales una persona inquieta puede ejercitar a su vez la virtud de la paciencia, ofreciendo las largas horas de espera viendo entrar y salir gente como una manera hermosa de acercarme a Dios y ofrecer mi situación por los que allí sufrían. Fue un hermoso abajamiento de mi habitual activismo.

Doy gracias a Dios porque en esta mañana puedo escribir este post desde la comodidad de mi hogar, sabiendo que debo hacer unos días de reposo para una completa recuperación. Y mi gran enseñanza fue comprender que la fe te ayuda a sobrellevar la enfermedad con paz, acrecentar tu esperanza en Jesús y María, iluminar el sentido de tu existencia, mantener la paciencia para esperar tu curación, vivir con entereza el diagnóstico, abrir al Espíritu tu corazón para que te de la fortaleza necesaria para dar sentido a la enfermedad y descubrir que en el silencio de la oración puedes llegar a ser alma que conforte y anime a los que se encuentran en la misma situación que tu.

¡Señor, gracias por tu compañía ayer en mi larga estancia en el hospital! ¡Gracias, Madre, por tu presencia maternal! ¡Tu, Señor, eres la plenitud de la vida! ¡Tu, María, eres la Salud de los enfermos! ¡Os presento, Jesús y María, con el corazón abierto a todos los enfermos, a los que sufren, a los que padecen mal, porque para vosotros no existe barreras que impidan la sanación de la enfermedad! ¡Tened compasión, Jesús y María, de todos los enfermos! ¡Me postro ante vosotros en actitud de oración para que miréis los cuerpos marcados por el dolor y la enfermedad y deis coraje y esperanza a los que la padecen, para que puedan vencer estos momentos sintiendo vuestra presencia amorosa y misericordiosa! ¡Haced de todos los enfermos pacientes abiertos a vuestros corazones compasivos! ¡Ayudad a los médicos y enfermeras a ser vuestras manos y vuestro corazón para sanar con amor a todos los enfermos!

Sanar el corazón

Abro mi corazón en esta mañana de agosto con fe, sinceridad, humildad, confianza y perseverancia. Lo abro para dar gracias y alabar al Señor porque cada día se hace presente en mi vida, me ofrece de manera gratuita su misericordia, porque sabiendo lo que necesito y anhelo se adelanta siempre para presentarme mis intenciones y para ir corrigiendo mis caminos tantas veces tortuosos. Ante esta perspectiva me facilita caminar cada día en su presencia y, sobre todo, confiar en Su Palabra.

Pero hay algo muy hermoso que sucede en mi vida. La sanación del corazón. Hay días que mi corazón escupe amargura, dolor, queja… Pronuncia palabras que duelen a los que están cerca. Resoplan descontento porque mi interior está bañado en la acritud. Y veo como el Señor sana esas heridas del corazón que tanto me torturan para ser capaz de amar más y mejor. Mi ser clama sanación. Sanación del alma. Y me veo en mis limitaciones y flaquezas postrado en mi parálisis en esa camilla cerca del Señor, rogándole que tenga misericordia de mi, clemencia para transformar mi ser, sabiduría para ser capaz de abrir de par en par mi corazón a su gracia y su verdad. Postrado en esa camilla constato mi pequeñez, mis defectos y mi fragilidad. Y le expongo con confianza lo que soy y lo que necesito para que Él le de solución. Él sabe con cuanta frecuencia tropiezo, como necesito que alguien me sostenga.  Él quiere ser mi fortaleza y mi seguridad. Quiere que confíe ciegamente en Él. Y al sentir su mano rozar mi vida puedo levantarme confiado, cargar con la camilla y, pronunciando palabras de agradecimiento, comenzar a andar en búsqueda de mi santidad personal. 

¡Señor, abro mi corazón a Ti y de doy infinitas gracias por lo que haces en mi vida, por como corriges mis errores, con enmiendas mis faltas, como te adelantas a mis intenciones, como cada día tienes paciencia conmigo y me ofreces tu infinita misericordia! ¡Gracias, Señor, porque cada día abres tu corazón para acoger mi pequeñez y mi fragilidad, porque me invitas a que yo abra el mío y levante mi espíritu y aprenda a caminar firme y decidido, alegre y esperanzado, en tu presencia confiando en tu Palabra y en tus Buenas Nuevas! ¡Señor, gracias porque sanas mi corazón enfermo, mi ignorancia tantas veces acomodaticia, mi necedad cuando soy consciente de mi pecado! ¡Señor, necesito tu perdón y tu sanación! ¡Necesito, Señor, de tu mucho amor para cambiar mi corazón, para limpiar mi alma! ¡Envía, Señor, tu Espíritu sobre mí para que sea capaz de abrir mi corazón y llenarme cada momento de mi vida de tu gracia santificante y por medio de ella levantarme de esa camilla que me tiene postrado y en tu Santo Nombre levantarme confiado! ¡Envía, Señor, tu Espíritu para que abra los ojos a la sabiduría, para aprenda a creer con confianza, para que rompa mi incredulidad tantas veces egoista, para tomar fuerzas, para hacer el bien! ¡Lléname, Señor, de paz interior, de tu consuelo, de calma, de serenidad interior para que mi alma se sienta apenada por no haber estado a tu altura y se transforme en un alma libre, generosa, entregada, fiel, amorosa, servicial… que inunde la vida de amor! ¡Envía el Espíritu Santo sobre mi, Señor, porque aspiro a la santidad porque como hijo del Padre quiero parecerme a Ti, ser semejante a Ti, quiero ser partícipe de su plan de salvación que nos invita a la santidad que es el gran regalo que nos haces, porque quiero tener un estrecha amistad contigo, porque quiero ser feliz, porque quiero vivir en plenitud, porque quiero dejar mi impronta cristiana! ¡Señor, sana mi corazón y envía tu Santo Espíritu a mi corazón para lo transforme, renueve, guíe y eduque en la adhesión y comunión contigo! 

En el alba de la mañana

El alba es para mi el momento más agradable del día. Es ese momento en que el silencio apacigua, que te permite orar y reflexionar en tu intimidad, que despiertas de nuevo a la vida, que rompes los claroscuros de la noche para proponerte crecer de nuevo en la jornada que se abre.

Me gusta descubrirme cada mañana en el alba para intentar verme reflejado en Cristo por medio de la oración con el corazón abierto, con la intención de ser mejor persona en este día, para abrir el corazón a mi prójimo, para llenar las horas de mis seres queridos, de mis amigos, de mis compañeros de trabajo o de oración con abrazos, con palabras amables, con intenciones buenas. No siempre lo consigo porque mi corazón a veces se extravía pero al menos pretendo ser un corazón que la gente sienta cercano.

En el alba te descubres en tu fragilidad y en tu pequeñez pero también en tu intención de amar desde lo profundo, desde la interioridad, para dar un amor que ame sin fronteras, sin exclusiones, sin condicionamientos; un amor que trate de desplegar y testimoniar el verdadero Amor, siguiendo Sus huellas; un amor que intente ser reflejo de la luz que ilumina mi vida, que da sentido a mi existencia, que se convierta en la sal que sazona mi ser, que sea, incluso, la sangre que corre por mis venas llenándolo todo de su tierna y misericordiosa presencia.

En el alba te sientes una luz diminuta que refleja la luz viva de la presencia del Dios que te ama, que te da la vida, la salud, los talentos, las cualidades, que te ayuda a caminar ante los obstáculos de la vida.

En el alba sientes la necesidad de convertirte en espacio de acogimiento para dar y entregar amor, calor, entrega, servicio, esperanza… aunque no siempre la actitud que atesoro sea ejemplo de nada.

En el alba te sientes como una paleta de colores vivos, llenos de alegría, que con sus trazos va pintando tu vida y la de los que te rodean inundando de color cada momento.

En el alba te sientes también como esas diminutas gotas de rocío que impregnan de frescura el ambiente para dar esperanza a la esperanza. 

El alba, en definitiva, es ese amanecer de tu vida, esa primera luz del día antes de que salgan los rayos del sol que iluminarán la jornada. De la mano de Cristo quiere ser luz que refleje su amor, abrazo que testimonio su presencia, camino que marque el sendero de la esperanza. Hoy al alba, levanto mi voz y exclamo: «¡Señor, quiero ser reflejo de tu presencia en mi vida, reflejar tu amor y dar testimonio de tu gran amor!»

¡Señor, quiero ser reflejo de tu presencia en mi vida, reflejar tu amor y dar testimonio de tu gran amor! ¡Señor, anhelo vivir la vida según tu estilo, ver tu gloria cada día, transformarme a tu imagen y semejanza, parecerme a ti! ¡En el alba del día quiero tener una nueva relación contigo y con el prójimo, renovar mi vida según tus planes para mi transformación interior! ¡En el alba, Señor, quiero reflejar tu gloria, ser transformado por el Espíritu Santo para un encuentro directo contigo, con tu Verdad, con tu Palabra, con tus Buenas Nuevas! ¡En el alba, Señor, quiero vivir mi vida como una respuesta a tu amor por mi, que cada encuentro cotidiano sea un motivo para ser mejor, para hacerme más como Tu, para llenarme de tu presencia, de tu amor, de tu ternura, para equiparme de tu gracia para amar a los demás! ¡Espíritu Santo, en el alba de este día hazme sentir la cercanía de Cristo y parecerme a Él para ser testimonio ante mi prójimo! ¡En el alba, Espíritu Santo, dame la luz de la coherencia para que mi vida sea testimonio de verdad, para mostrar en mis actos lo que abunda en mi corazón! ¡Dame la sabiduría del discernimiento para mirar la vida desde la praxis del Evangelio y ser peregrino de la verdad revelada por Jesús intentando descubrir en mi vida lo que Dios quiere de mi! ¡En el alba, Señor, dame tu luz para caminar siguiendo tus pasos, para que mi vida te refleje, para que pueda ser espejo de tu presencia, para tu luz brille en mi y cada aurora de la mañana sea un canto de alabanza, gloria y exaltación de lo que has hecho en mi vida!

En lo alto de una cima sentir el ¡«Effetá»! ¡«Ábrete»!

Un grupo de personas subimos hasta lo alto de un cima de altura considerable. Han sido cuatro horas de larga caminata hasta llegar a nuestro destino y contemplar desde las alturas la belleza del paisaje. Lo hemos hecho por la tarde para evitar el intenso calor. Es el atardecer del día. En el último tramo hemos venido rezando el Santo Rosario y hemos ofrecido el último misterio para abrir nuestro corazón a los que lo necesitan a nuestro alrededor.

Una de mis hijas que participa de esta caminata lleva una camiseta de los retiros de Effetá y en la espalda puede leerse el lema del retiro: «Después, levantando los ojos al cielo, suspiró y dijo: «Effetá», que significa: «ábrete» (Mc, 7:34)». Le hago una fotografía contemplando el paisaje y en ese momento el sol irradia un rayo de luz sobre el grupo, como una invitación a abrirnos a la providencia divina (ver fotografía que acompaña este texto).

¡«Effetá»! ¡«Ábrete»! Esta palabra en arameo nos lo dice Jesús a cada uno de nosotros en nuestro propio idioma, con palabras cotidianas.

Jesús nos aconseja abrirnos siempre. No nos dice que nos abramos a Dios, sino que simplemente nos abramos y, por tanto, que nos abramos a Dios, a los demás, al futuro y al cambio. Es la base de nuestra capacidad para amar a Dios, amar a los demás, amar la vida tal como es y luego buscar avanzar y seguir adelante desde la fe, la esperanza, la santidad, el amor…

Para recibir las maravillas que Dios nos tiene reservadas debemos tener una mente y un corazón abiertos. Dios es un inventor absolutamente increíble, de Él puedes esperar cualquier cosa. Esta es una de las razones por las que es mejor no decirle demasiado lo que nos gustaría que hiciera por nosotros, es mejor abrirse a él y confiar en que lo hará. Abrirse a todo porque de Él solo pueden salir las buenas sorpresas, y si hay alguien que se abre a los demás, y por tanto a nosotros, es él: Dios. La Luz de la vida, la Luz de la esperanza, la Luz del Amor. Esa luz reflejada en el rayo de luz que nos regaló en la cima de la montaña.

A su imagen, Dios nos ofrece, o nos aconseja, abrirnos a los demás. Dios crea en nosotros, si queremos, la capacidad de abrirnos a los demás no de cualquier modo pero sí a sus sufrimientos y sus problemas, a sus cualidades y sus puntos de vista, a sus planes para escucharlos. Por supuesto, no somos Dios y no podemos abrirnos personalmente a todas las miserias de todas las personas del mundo, pero cada persona debe tener al menos otra persona que se abra a ellos para reconocerlos. Nadie debe ser olvidado y, ciertamente, Dios cuenta con cada uno de nosotros para abrirnos un poco a tal o cual persona.

Esta fue la especial misión de Cristo. Vino al encuentro del hombre para que éste fuera capaz de escuchar la voz de Dios, la voz de la Esperanza, de la Ternura, de la Misericordia, del Perdón… del Amor para quien lo acoja en su corazón sea a su vez capaz de emplear en su vida cotidiana el lenguaje del amor, comunicar con Dios y comunicar su fe. 

¡«Effetá»! ¡«Ábrete»! ¡Le pido a Dios que sea capaz de experimentar cada día en mi vida la capacidad de abrirme a la fe, al milagro cotidiano del «Effetá», para vivir plenamente en comunión con Dios y con los que me rodean.

¡Señor, gracias por el regalo de haberte hecho presente desde las alturas con la luz de tu amor! ¡De haberte manifestado en nuestros corazones invitándonos a abrirnos al amor, a los demás! ¡Me pides, Señor, que aprenda a abrir mi corazón, mi mente, todo mi ser para acogerte, abrirme a ti, a transformar mi interior para ser capaz de darme a Ti y a los demás! ¡Señor, tocas mi corazón, mi alma, mi ser, para abrirme a una nueva posibilidad de enfrentar cada uno de los acontecimientos de mi vida desde tu perspectiva! ¡Gracias, Señor, por tu invitación a abrirme a la verdad, al amor, a la generosidad, a la humildad, al servicio, al abandono del pecado, a no vivir encerrado en mi mismo, a abrir caminos hacia el encuentro con el prójimo! ¡Señor, gracias, porque también me invitas a la escucha de tu Palabra y meditándola con el corazón abierto asumir con plenitud tu Buena Nueva! ¡Gracias, porque acogiendo en mi interior Tu Palabra, Señor, me abro a todo lo demás! ¡Gracias, Señor, porque mirando al cielo y observando el rayo de luz de tu presencia me siento bendecido, me siento protegido, amado, me siento como intercedes por mi y, sobre todo, siento como me invitas a abrirme a tu amor! ¡Señor, sé que cuando te escucho se abren los cielos, los ruidos que me rodean se apagan y mi vida se fortalece con la luz de tu Espíritu, con tu gracia, con la paz en mi corazón, con la sanación de mi corazón, con el sentimiento de que me regalas tu presencia! ¡Señor, acojo tu invitación y sintiendo tu soplo sobre mi quiero abrirme cada día a tu presencia y dar lo mejor de mi a los demás!