¿Deseo fervientemente la vida eterna?

Realizaba ayer al atardecer una larga caminata por el campo. Al pasar junto a una Iglesia entré a saludar al Señor. Al salir, el camposanto de la población estaba abierto sin muro alguno y junto al templo se concentraban las tumbas de los fallecidos de aquel lugar. Una me llamó poderosamente la atención (fotografía que ilustra este texto). Una imponente figura de Cristo extendiendo su mano sobre la sepultura, cubriendo con su poder la vida eterna de aquellos que en su momento partieron a la gloria prometida.

Al proseguir mi caminata me acordé de la pregunta de aquel doctor de la ley a Jesús: «¿Qué se necesita para obtener la vida eterna?» En realidad no es solo una pregunta, es una máxima que persigue a todos los humanos desde tiempos inmemoriales. Olvidamos pensar lo que hay después de la muerte; estamos tan enredados en el materialismo que olvidamos que estamos provisionalmente en la tierra pero como cristiano es un acto natural imaginar que hay una hermosa secuela después de esta vida.

Los cristianos creemos en la vida eterna que Jesús anunció. Pero, seamos honestos, como estamos influenciados por la vibraciones mundanas ¿quién piensa en el más allá? ¿Lo pensamos todos los días, varias veces al día? Oramos por infinidad de cosas temporales —cuestiones que nos afectan o afectan a nuestros seres queridos— pero ¿pedimos para alcanzar la vida eterna ya sea para nosotros o para aquellos que amamos? Contemplando esta imagen de Jesús imponiendo su mano en el camposanto, pienso que esta debería ser la primera oración que pronuncien nuestros labios surgida del corazón. En la tierra —llena de fatigas, dolores, cansancios, tensiones, con la perspectiva de la muerte— solo estaremos unos años, ¡pero la eternidad es para siempre! Entonces ¿no deberíamos pedirle al Señor lo mejor para nosotros y para los demás, es decir, el cielo prometido? Para querer algo, debes pedirlo: no puedes querer algo que no anhelas. 

Me hago esta pregunta: ¿Deseo fervientemente la vida eterna? Es el corazón de la fe cristiana lo que nos dice: debes pasar por la muerte para resucitar, para volver a otra vida. Gracias a Jesucristo, sabemos que hay un mundo mejor donde el Mal no existe, donde reina la justicia, la libertad y la Verdad. Y la felicidad perpetua. Pero este mundo lo desconocemos porque no es una extensión del actual. Es otra vida de la cual no tenemos experiencia. 

¡Lo principal no es imaginar el cielo sino alcanzarlo! Y el método para llegar a él lo anunció Jesús en una simple frase: «Amarás al Señor tu Dios y al prójimo como a ti mismo». Las tres direcciones de un amor equilibrado fundado en Dios. El Santo Cura de Ars lo tradujo de manera sublime: «En la tierra, uno solo debe hacer lo que puede ofrecer al Buen Señor. Si no podemos ofrecerle algo a Dios, mejor no hacerlo». Este debe ser nuestro programa porque es el programa de Jesucristo. Y debemos seguirlo, porque él mismo dijo: «Yo soy la puerta, el que entre por esta puerta se salvará».

No sabemos mucho sobre la vida eterna, pero viendo en esta fotografía como Jesús extiende su mano amorosa y misericordiosa sobre los que reposan en la vida terrena es suficiente para satisfacer mi razón, alimentar mi fe y elegir mi camino en la tierra para que mi alma alcance cuando Dios así disponga el cielo prometido. ¡Porque en la eternidad quiero vivir bajo el amparo protector del Amor supremo!

¡Jesús, contemplando esta imagen en el camposanto te entrego mi corazón, mi alma y mi ser para que hagas de mi un cristiano comprometido que aspire cada momento de su existencia en la vida eterna! ¡No permitas, Señor, que me aparte del camino que tu has marcado! ¡Sabes, Señor, que me cuesta enderezar muchos aspectos de mi carácter, de mi comportamiento, de mis actitudes, que debo mejorar muchas cosas pero también sabes que mi fe es firme, que quiero estar siempre a tu lado, que mi corazón está predispuesto a estar en tu presencia, que confío en ti, que quiero aprender a amar como tu amas! ¡Señor, quiero que la salvación sea para mi un objetivo claro, aunque también soy consciente de que no todos llegarán a tu Reino ni gozar de tu presencia! ¡No permitas, Señor, que me aparte del camino que lleva al cielo, a la vida eterna! ¡Señor, envía tu Espíritu sobre mi, para que me ayude a tener la sabiduría de seguir siempre tu Palabra y tus promesas! ¡Señor, anhelo fervientemente una vez se ponga fin a los pasos que voy dando en esta vida estar junto a Ti en tu reino celestial! ¡Señor, soy consciente de mis miserias y de mis pecados, reconozco ante ti la imperfección de mi vida, de los constantes errores que cada día cometo; envía sobre mi a tu Santo Espíritu para que me de un corazón humilde, sencillo y pequeño para que acepte mis equivocaciones y enmendar aquello que deba ser corregido! ¡Te pido, Señor, también por las personas que quiero para que todos ellos vivan según tu Palabra y crean firmemente en el cielo prometido; para que sus vidas estén impregnadas de tu presencia y sientan como tu gracia se derrama sobre ellos! ¡Te alabo, Señor, te bendigo, te glorifico y te doy gracias por todos los bienes que derramas sobre mi corazón cada día; ayúdame a ser testimonio de tu amor y de tu misericordia en el mundo en el que me muevo!

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