Da gracias, es la voluntad de Dios

Abro el Nuevo Testamento en busca de una palabra que abra en mi oración de hoy el corazón. Surge de la Primera carta de san Pablo a los Tesalonicenses este consejo crucial: «Da gracias en toda ocasión, porque esta es la voluntad de Dios en Cristo Jesús».
Tener un corazón agradecido no es una cuestión opcional para quien desea seguir la voluntad de Dios en su vida.
Tomo solo un minuto para pensar en las palabras que durante el día de ayer salieron de mi boca. Lamentablemente, la mayoría de ellas, producto de las preocupaciones y la carga laboral estresante, estuvieron cargadas de quejas y de murmullos de reprobación. En pocas ocasiones reflejaban un corazón agradecido a Dios y a los demás. Ni siquiera por las bendiciones más pequeñas e insignificantes de la jornada.
La voluntad de Dios es que tenga un corazón abierto al agradecimiento. En todas las esferas de mi vida. Y el Espíritu envía la Palabra. Da gracias en toda ocasión, porque esta es la voluntad de Dios. ¡En todo! ¡Gracias porque Él siempre está allí para fortalecernos, guiarnos, liberarnos y llenar nuestros corazones con su alegría!
Cuando uno se muestra agradecido al mismo tiempo se vuelve más sensibles a su guía en todas las esferas de su vida.
Así que hoy paso página del ayer y le pido al Espíritu que transforme mi corazón. Le pido un corazón agradecido que abra nuevos horizontes a mi vida y que me ayude a seguir Su voluntad viviendo con el corazón abierto y lleno de esperanza para que pueda dirigir cada uno de mis pasos conforme a su voluntad.

orar con el corazon abierto

¡Padre bueno, maestro de misericordia y de infinito amor, gracias por recordarme la importancia de tener un corazón agradecido! ¡Te pido perdón por dar cabida a mi corazón a la queja, a los lamentos y a los murmullos de desaprobación en lugar del agradecimiento perpetuo por lo que haces por mi! ¡Por el poder de tu Santo Espíritu, acude a mi corazón; ven y ayúdame a darme un espíritu en el que reine la alegría y el agradecimiento! ¡Abre, Padre, mis ojos para que pueda ver como nunca antes todas las cosas buenas que me otorga tu infinita misericordia! ¡Concédeme la gracia de reconocer la fuerza y ​​la guía que a través del Espíritu Santo me ofreces cada día y muéstrame las bendiciones que doy por sentadas y me ayudan a cultivar un espíritu agradecido! ¡Te doy gracias con el corazón abierto revelarme esta dimensión de tu voluntad!  ¡Enséñame a mostrarme siempre alegre, a orar constantemente y a darte infinitas gracias por todas las circunstancias que rodean mi vida! ¡Las acepto, Señor, como tu voluntad para mi vida sencilla! ¡Mi único anhelo es alegrar tu corazón y derrotar el poder del enemigo en mi vida que me impide tener un actitud de alegre contentamiento! ¡Y a Tí, Jesús, me quiero parecer como obedecías a Dios sin queja alguna! ¡Convénceme Tu, Señor, cuando la queja aparezca por mi boca y dame tu actitud de humildad y de aceptación!

Acompañamos la meditación de hoy con un hermoso canto de la Iglesia Ortodoxa Rusa:

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 Sonrisas entre caras sombrías

«Alegre la mañana que nos habla de Ti». Escuchaba ayer esta canción cuando faltaban quince minutos para las siete de la mañana mientras tomaba el metro que me conducía al aeropuerto. Los vagones de tren estaban abarrotados de personas que se dirigían a sus puestos de trabajo. Mi corazón está alegre porque la mañana me habla de Cristo. Es la música que había seleccionado antes de rezar los misterios del Rosario que correspondían al día de ayer.
Observo los rostros a mi alrededor. La seriedad es la tónica común. ¿Son conscientes todos estos compañeros de viaje de que Dios les ama, de que Cristo se hace presente en ese momento en su vida? ¿Son conscientes, verdaderamente conscientes, de que tienen el privilegio de ser hijos de Dios, revestidos de su gracia, de su amor y de su misericordia? ¿Saben que son templos del Espíritu Santo que irradia en ellos las gracias de su amor?
¡Qué privilegio sentirse amado por Dios! ¡Qué privilegio sentirse alegre en esta mañana que me habla de Él! ¡Que privilegio de sentirse envuelto en la gracia de Dios! Como la de estos viajeros mi vida tampoco es sencilla pero me ayuda a sobrellevar las cruces cotidianas.
La certeza profunda de sentirme amado por Dios genera en mi pobre corazón una esperanza firme, real, intensa, viva; una esperanza que me otorga el valor de caminar convencido de que Él me acompaña en mis pruebas, en mis dificultades y en mis fracasos pero también en todos mis pequeños triunfos que no son propiamente míos sino fruto de su benevolencia y de su amor.

orar con el corazon abierto

¡Qué privilegio sentirse amado por Ti, Señor! ¡Que privilegio sentirse envuelto en tu gracia! ¡Gracias, Señor, por tu bondad, por tu amor y por tu misericordia! ¡Enséñame, Señor, a vivir en una permanente acción de gracias; no permitas que mis lamentos salgan de los labios cuando las cosas no salen como las tengo previstas! ¡Te doy gracias, Señor, por el regalo de la vida que, aunque a veces está jalonada de cruces, tu la llenas de amor y de bendiciones! ¡Gracias, Señor, por ese amor que lo impregna todo, cuidándome de día y de noche! ¡Gracias, Señor, por mi familia, por mis amigos, por mis compañeros de comunidad de oración, por los compañeros de trabajo y por todas aquellas personas que has ido poniendo a mi lado a lo largo de la vida! ¡En esta oración, Señor, pongo ante tu corazón misericordioso a los que no creen en Ti para que el Espíritu Santo les llene de gracia y puedan sentir en algún momento tu amor lleno de ternura y paz y corran a tus sagrados brazos para que les hagas sentir tu protección y la calidad de tu misericordia! ¡Espíritu Santo de Dios te ruego les haga ver siempre la verdad!

Alegre la mañana que nos habla de ti:

¿Soy consciente de mi propia debilidad? 

Las personas somos débiles. Diría, incluso, que muy débiles. Aparte de que enfermamos fácilmente, nos afecta sobremanera todo cuanto acontece a nuestro alrededor. No son pocas las ocasiones que somos incapaces de controlar nuestros propios instintos. Se nos desboca el carácter. Fallamos y nos equivocamos con relativa frecuencia y ¡cuanto cuesta reconocerlo!, el miedo nos embarga ante lo que nos pueda suceder. Las dudas nos sobrevienen al igual que el sufrimiento. Las circunstancias de nuestra vida nos hacen tropezar una y otra vez. A veces tratamos de ocultar estas debilidades o, simplemente, las postergamos. Incluso odiamos reconocer su existencia… la realidad nos recuerda permanente quienes somos.
Sin embargo, Dios declara que cuando uno le invita a estos espacios donde se hace presente la debilidad, ¡acaban por convertirse en el punto de entrada de ese increíble y sorprendente poder que ejerce en cada uno! ¡Menuda promesa la de Dios!
¿Y cómo debo actuar en la debilidad? No dejándome arrastrar por el temor, más al contrario poniendo toda mi confianza incondicional en Dios, como el mismo Cristo enseñó: «¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe? Entonces se levantó, increpó a los vientos y al mar, y sobrevino una gran bonanza». ¡Cuánto me cuesta contemplar en mi vida la verdad de esta Palabra y verla hecha realidad! ¿No será que, en mi debilidad, me cuesta realmente creer que Dios me ama de verdad?

orar con el corazon abierto

¡Te doy gracias, Padre Celestial, porque tu asombrosa gracia es suficiente para cubrir todas las áreas de debilidad que asoman en mi vida y en mi carácter! ¡Te doy gracias, Dios de bondad, porque todas mis debilidades, aunque me son difíciles de admitir, son el punto de entrada de tu gracia y de tu inmenso y misericordioso poder! ¡Concédeme la gracia, por intercesión del Espíritu Santo, de cambiar la manera en que vislumbro mis debilidades, de reconocerlas sin temor y cómo cambiarlas! ¡No permitas que la incertidumbre, ni el miedo, ni la falta de autenticidad traten de esconderlas o cubrirlas, sino que con la fuerza de tu Santo Espíritu, tome mi debilidad y Tu la llenes con tu poder!! ¡Confía, Señor, que por medio de tu Santo Espíritu trabajarás en mi!

Te alabo en verdad, cantamos hoy:

¿De qué te puedo dar gracias, Dios mío?

Hoy en la oración me he propuesto buscar las razones por las que debo dar gracias a Dios. En el silencio de la oración he cerrado los ojos y he abierto el corazón. «¿De qué te puedo dar gracias, Dios mío?» Por la pequeñez de mi corazón pensaba que no me saldrían más de diez razones pero por influjo del Espíritu Santo las gracias han salido a borbotones. Gracias en primer lugar porque por tu gran amor porque eres el Amor. Gracias por la vida, por mi vida y por la vida de los que me rodean. Gracias por el pan nuestro de cada día. Gracias por la salud. Gracias por la esperanza que me das, porque confortas mi alma, me llenas de confianza y eres mi sustento. Gracias porque me perdonas los pecados y tienes misericordia de mi. Gracias porque me has dado a Jesús, Tu Hijo, que ha salido triunfante de la muerte en la Cruz. Gracias por la fuerza que tiene la Cruz, incluso mis cruces cotidianas. Gracias porque como cristiano soy vencedor con Jesús. Gracias por la santa Iglesia católica, próspera por la fuerza que le otorga el Espíritu Santo. Gracias, también, por el Espíritu Santo que nos purifica, renueva e ilumina. Gracias porque el Espíritu Santo mora en mí y me puedo convertir en templo en el que Tu te sientas a gusto. Gracias porque Tu Palabra alumbra mis oscuridades. Gracias por la institución de la Eucaristía que cada día puedo vivir con pleno amor. Gracias porque siempre haces que lo imposible se haga posible. Gracias porque perdonas mis pecados. Gracias porque puede reposar en tu presencia. Gracias porque llenas de alegría mi vida. Gracias por esa fuerza que me otorgas a pesar de mi debilidad. Gracias por cada una de las lágrimas que has ido enjugando con cada uno de mis pesares. Gracias por permanecer a mi lado cuando estoy convencido de que estoy solo. Gracias por cada minuto de vida, cada día que avanza, cada rayo de sol o gota de agua, cada presencia tuya en el caminar de cada día. Gracias porque Tu amor es infinito y sin ese amor nada tiene sentido. Gracias porque no permites que la tristeza ni la desazón llenen mi corazón. Gracias por no miras la apariencia sino el corazón y sabes que, pese a mis faltas y caídas constantes, yo te amo de verdad. Gracias porque siendo pecador me abres el camino hacia el reino celestial. Gracias porque me ayudas a limpiar mi corazón de toda maldad.  Gracias porque me libras de los engaños del diablo. Gracias porque me has dado la fe. Gracias porque me rodeas con tus favores. Gracias porque enderezas mi camino. Gracias por ayudarme a sostener las cruces cotidianas. Gracias por mi sustento cotidiano. Gracias porque me ayudas a ser justo con los demás. Gracias porque conoces mis derrotas y mis triunfos. Gracias porque tu misericordia recae cada día sobre mí. Gracias porque me permites caminar conforme a tu Espíritu. Gracias porque me levantas cuando caigo. Gracias porque eres la luz que ilumina mi camino. Gracias porque llenas mi corazón de alegría. Gracias escuchas siempre mi oración. Gracias porque me cuidas cuando me acuesto y me levanto. Gracias por las personas que has puesto a mi lado en el peregrinaje de la vida. Gracias porque tu Palabra es alimento de vida. Gracias porque soy heredero de tu reino. Gracias porque puedo ser uno en tu Hijo Jesucristo. Gracias porque me has escogido para ser uno de tus hijos amados. Gracias porque me ayudas a librarme del egoísmo y la soberbia. Gracias por limpias mi corazón en la confesión. Gracias por que me permites poner mi conciencia frente a Ti. Gracias por me muestras la senda correcta de la vida. Gracias porque a tu lado todo es plenitud. Gracias porque está siempre atento a mis súplicas. Gracias porque en Ti todo es amor…
Dios me ama. Dios me cuida y me protege. Sus manos están abiertas para acoger mis súplicas y mis gracias. Sin embargo, hay ocasiones que mi corazón está frío, duro como una piedra, incapaz de emitir palabras de agradecimiento; de mi interior no brota el amor. ¡Con cuanta frecuencia descubres que está revestido de pequeñez, tapizado de sencillez, ataviado de insignificancia, cubierto de fragilidad y repleto de autosuficiencia! ¡Y aún así Dios te ama! Por eso hoy, y mañana, y pasado mañana, y siempre no puedo silenciar los muchos motivos que tengo para darle gracias al Dios que me ha dado la vida. ¡Gracias, Dios mío, por tu amor y misericordia!

orar con el corazon abierto

Gloria a Dios en el cielo,
y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor.
Por tu inmensa gloria te alabamos,
te bendecimos, te adoramos,
te glorificamos, te damos gracias,
Señor Dios, Rey celestial,
Dios Padre todopoderoso Señor,
Hijo único, Jesucristo.
Señor Dios, Cordero de Dios, Hijo del Padre;
tú que quitas el pecado del mundo,
ten piedad de nosotros;
tú que quitas el pecado del mundo,
atiende nuestra súplica;
tú que estás sentado a la derecha del Padre,
ten piedad de nosotros;
porque sólo tú eres Santo,
sólo tú Señor, sólo tú Altísimo, Jesucristo,
con el Espíritu Santo en la gloria de Dios Padre.
Amén.

Hoy la Iglesia celebra la festividad de Santa Teresa de Jesús. Hemos leído y orado tantas veces con su poema Nada te turbe. En momentos de dificultad lo ponemos en nuestro corazón conscientes de que Dios está por encima de todo. Lo añadimos de nuevo para llevarlo al corazón para darle gracias también a Dios porque no nos abandona nunca:

Nada te turbe,
nada te espante,
todo se pasa,
Dios no se muda,
la paciencia
todo lo alcanza.
Quien a Dios tiene
nada le falta.
¡Sólo Dios basta!

Gloria, gloria, aleluya:

María mírame porque Él me mirará

Segundo sábado de octubre, mes del Rosario, con María en el corazón. Una de mis canciones favoritas dedicadas a la Virgen es María, mírame. Durante el rezo del Santo Rosario uno siente la mirada de María. Ella toma de su santísima mano nuestros propios miedos porque somos sensibles a las incertezas de la vida y nos dificulta el caminar solos. Pero ahí está María, la Madre que consuela, la Reina que llena nuestra vida. Es tal la fuerza de su presencia en el corazón que basta una mirada suya para comprender lo que uno necesita. En ese María, mírame se resume la grandeza de su omnipotencia. En ese María, mírame se condensa su poder de intercesión. A ella le puedes entregar tu matrimonio, tus hijos, tu familia, tu trabajo, tus amigos, tus anhelos, tus ilusiones, tus preocupaciones, tu enfermedad, tus desvelos, tus proyectos, tu economía… Ella te mira con amor, lo acoge todo con amor y lo eleva al Padre por medio de Jesucristo su Hijo. Es un gran consuelo saberlo y experimentarlo porque no hay petición que surja del corazón que María no la haga suya. Y no hay ofrecimiento de María que Dios no lo acoja con alegría porque Ella es la preferida de Dios como constató al elegirla Madre de Cristo.
En ese María, mírame puedes pedirle el milagro para tu vida. Ella no lo negará. Uno le puede pedir su propio milagro de Caná porque en su corazón Ella ya sabe lo que necesitas. En ese María, mírame Jesús también te mira porque María te conduce a Jesús. Cada vez que miras a María, miras a Jesús. Cada vez que piensas en María, Ella piensa en Dios por ti. Cada que veneras a María, veneras también a Jesús. Cada vez que oras a María, estás orando a Dios.
María mira a todos desde el cielo. Ve tus propias faltas, tu miseria y tu pequeñez pero al mismo tiempo es capaz de ver en cuanto amor hay en tu corazón.
No necesito muchos argumentos para convencerme de lo que María, la Madre, implica en mi salvación. No necesito muchas razones para sentir su mirada y la ternura de su amor. Me siento reconfortado porque Jesús me la ha dado como Madre y Ella me dice cada día: «Si buscas a Jesús, mírame a mi. Si buscas a Jesús, búscalo entre mis brazos en Belén, en Nazaret o en el Gólgota. Y si me lo pides, yo te llevaré a Él».

orar con el corazon abierto

¡María, Madre de Dios y Madre nuestra, eres toda belleza, mírame! ¡Que seas siempre me espejo, Señora! ¡María, mírame, y llévame a Jesús! ¡Renueva en mi el deseo de ser santo, que en cada una de mis palabras resplandezca siempre la verdad, el deseo de hacer el bien, la generosidad, que cada una de mis obras sea un canto a la caridad y la autenticidad, que en mi cuerpo y en mi corazón sólo quepa la pureza, que mi vida sea un reflejo del esplendor del Evangelio! ¡Mírame, Madre, y ayúdame a estar siempre atento a la llamada de Tu Hijo, a escuchar la voz del Padre, a estar muy atento a las necesidades de las personas que me rodean, a atender con generosidad al sufrimiento de los enfermos y los necesitados, que no me distraiga ante la llamada del oprimido y no sea indiferente a la soledad de los que pasan por mi lado! ¡Mírame, María, porque quiero cambiar mi modo de ver, sentir, pensar y obrar imitándote a Ti! ¡Mírame, María, porque quiero ver las cosas con tus mismos ojos, ver el mundo como lo ves Tu, quiero sentir como sientes Tu, quiero amar como amas Tu! ¡Mírame, María, porque si tu me miras Él también me mirará!

María, mírame:

En lo pequeño, lo grande

Cuesta en ocasiones entender que en lo pequeño reside la grandeza de las cosas. Y que aquello que se hace desde el silencio, desde lo invisible de la vida, desde el más profundo anonimato, tiene siempre mucho más valor porque es producto del amor.
La vida es una concatenación de pequeños detalles basados en el amor. Lo que mejor alimenta el corazón ⎯y el alma⎯ son los afectos. Los auténticos y genuinos. Personalmente el título del que mayor orgullo siento es el de esposo, padre, hijo, amigo… porque con esos con los que convivo y pongo a prueba mi capacidad de amar (aunque no siempre con acierto). En la universidad de la vida nadie te coloca el birrete de licenciado porque no hay más escuela que la propia vida para ir aprendiendo cada día. No existe manual teórico. Ni textos clásicos a los que acudir. Aunque sí un Maestro del que aprender. Él es el que muestra que el camino no se encuentra ni en el cielo ni la tierra sino en el centro de ambos: en el corazón mismo de cada uno. Él es el primero en practicar el mandamiento del amor. Es quien recuerda que mi yugo es suave y mi carga ligera y nos ayuda a portarla a su lado.
Sus enseñanzas recuerdan para que ser grande hay que ser humilde; ser uno mismo en la sencillez del corazón. Que la aspiración de la felicidad propia y ajena pasa por el amor. Que todo lo que hago tiene como finalidad el otro; que todo trabajo que realizo tiene que estar planteado como servicio; que cada palabra que pronuncio tiene que ser de consuelo o de iluminación. Que todo tiene que radicar en la fidelidad a la voluntad del Padre, mediante el don de uno mismo como Él mismo hizo.
Jesús condenó con firmeza la vanagloria humana. Reprochó obrar para ser visto por el hombre porque eso socava toda la autenticidad humana.
Jesús era el más grande y poderoso pero se abajó a si mismo para darse en la Cruz. Esa es la lección de humildad y de amor más extrema. Esta es la gran propuesta para la vida: ser grande es ser pequeño siervo de los demás para convertirnos en eficaces testimonio de amor. ¿En qué fallo entonces?

orar con el corazon abierto

¡Te reconozco, Señor, que tantas veces en mi vida he obrado por mero egoísmo, por el anhelo de tener o de disfrutar de ciertos privilegios y que el amor ha estado ausente de mis actos! ¡Perdóname, Señor, porque Tú conoces lo que anida en lo más profundo de mi corazón! ¡Concédeme un corazón nuevo, un corazón que sepa amar y entregarse, que sea sensible a las necesidades de los demás y generoso con el prójimo, un corazón que se conmueva con el sufrimiento del hermano y pacificador para sembrar paz y concordia! ¡Dame, Señor, un corazón siempre limpio que no actúe con dobles intenciones y que promueva siempre la verdad aunque eso traiga consecuencias! ¡Dame, Señor, un corazón que ame intensamente, que dispense alegría por doquier, que te alabe cada día, que de testimonio de tu fidelidad y de tu misericordia! ¡Dame, Señor, un corazón humilde y sencillo que sepa agradecerte cada día los regalos que me ofreces! ¡Hazme, Señor, ser consciente de mi pequeñez y de mi pobreza para que, acercándome cada día a Ti, sea capaz de crecer humana y espiritualmente! ¡Dame, Señor, tu capacidad de amar porque mi corazón es de piedra y tengo mucho que aprender para cambiar mi vida!

Cristo eres tu, cantamos hoy:

Cerca de Cristo en la Escritura

Le comento a un conocido que si desea conocer a Jesús y las circunstancias que rodearon su vida que lea el Evangelio. Cuando profundice en sus páginas conocerá a Cristo. Y podrá amarlo. Y en ese encuentro personal podrá sentir su corazón, sus miradas, su amor, su generosidad, sus virtudes, su perdón, su belleza, su misericordia, su voluntad, su manera de orar, su poder, su trato con los hombres… todo está resumido en las páginas del Nuevo Testamento. Así que si uno no conoce en profundidad las Escrituras difícilmente puede conocer a Jesús. No se puede penetrar en el sentido vivificador de los milagros de Cristo, de sus mensajes y de su propio misterio y sacar fruto de todo ello si no se busca una unión íntima y estrecha con Él. No se puede ser discípulo eficaz de Cristo sin un conocimiento profundo de su vida.
Las páginas del NT no son como me decía esta persona «una novela de hechos inverosímiles difíciles de creer» porque son inspiración del Espíritu Santo; son el compendio vivo de las enseñanzas de la vida terrena del Hijo de Dios. En cada párrafo de estas páginas sagrada habla el mismo Cristo; así con ellas y desde ellas uno puede hacer oración. Con su lectura uno puede acercarse a su Sagrado Corazón. Profundizando en ellas recibe la luz que ilumina el camino a seguir.
Cuando conoces las escrituras conoces a Cristo y entras en el misterio de su Verdad. Nadie que contemple con fe la verdad revelada puede dejar de vivir en gracia. Cada palabra, cada párrafo y cada página del Evangelio son un modelo de contemplación que nos permite aplicar sus enseñanzas en la vida concreta de cada día.
La pregunta que me surge hoy: ¿En qué medida amo las Escrituras y aplico en mi vida cotidiana la singularidad de sus enseñanzas? ¿Soy consciente de que Cristo se hace presente también en mí en la lectura consciente, sosegada y profunda de las textos sagrados? Porque si no es así algo falla en mi encuentro con el Señor.

Open bible with rosary beads on wooden table

¡Señor, el salmo canta de manera hermosa aquello de que meditaré tus leyes y tendré en cuenta tus caminos, por eso quiero centrar toda mi vida en Ti para seguir tus sendas! ¡En las Escrituras Tu me hablas directamente al corazón por eso te pido que me hagas entender tu camino y tus enseñanzas; concédeme la gracia de saber lo que quieres de mí, lo que me apuntas en cada lectura! ¡Espíritu Santo dame la sabiduría para entender lo que Jesús me comunica a través de Su Palabra! ¡Hazme ser uno contigo, un personaje más de tus Evangelios, Señor, y hazme entender todo lo que brota de tu corazón, de tus palabras, de tu mirada y de tus gestos! ¡Hazme ver también, Señor, todo lo que haces en mi vida; como me has salvado tantas veces, todas las oportunidades que me ofrecen, todas las buenas nuevas que me traes, todo lo que he aprendido de tí y de los demás! ¡Quisiera, Señor, meditar bien cada pasaje para entender y recordar quien eres para mí, para que mi corazón se incline hacia Ti para adorarte! ¡Espíritu Santo de Dios, concédeme la gracia de elevar mi mirada hacia ese Cristo salvador que es dechado de virtudes! ¡No permitas que mi corazón, soberbio y egoísta, se deleite más que en la Palabra de Cristo y haz que le dé siempre el enfoque correcto para crecer humana y espiritualmente! ¡Ayúdame a seguir las enseñanzas de Cristo y hacer conforme a lo que está escrito! ¡Dame la fuerza espiritual para seguir a Jesús con todas las consecuencias, para obedecerle siempre, para abandonar mis pecados y mis faltas y dame la gracia de caminar cada día como auténtico seguidor de Cristo!

Hoy celebramos la advocación de la Virgen del Pilar. María es la columna que sostiene nuestra vida cotidiana y a la vez el pilar que une la tierra con las puertas del cielo. A Ella nos encomendamos hoy para que solidifique nuestra vida y nos convierta en columnas de la Iglesia de Cristo.

Escuchamos hoy el Himno a la Virgen del Pilar:

os en su esfuerzo por edificar el reino de Dios.

Un vaso de misericordia

En el libro de los Salmos se evidencia que la misericordia es una de las características propias de Dios; aquí radica la grandeza de su omnipotencia. Existen bellísimos poemas en el Salterio que podrían considerarse salmos de la misericordia ⎯los salmos 25, 41, 42, 43, 51, 57, 92, 103, 119, 136 y 137⎯ en las que se pone de relevancia la acción amorosa del Señor sobre el ser humano. Dios es Alguien que siempre está cercano, es providente, es santo y misericordioso.
¿Qué es para Dios la misericordia y como la debo entender yo que vivo inmerso en el fragor ruidoso del siglo XXI? Como fuente de gracia, de clemencia, de perdón, de ternura, de amor, de bondad, de generosidad, de benevolencia… El vocabulario es amplio y generoso pero todos los términos que uno pueda aportar a esta definición en Dios se resume en un rasgo maravilloso y asombroso: su maternidad. Si existe un espacio donde tiene lugar la misericordia divina es en las entrañas mismas de Dios. Es en lo profundo de su seno donde Dios, estremecido por su grandioso amor, ablandado por la grandeza de su estima, enternecido por la perfección de su obra, le ha dado al hombre luz, lo nutre, lo consuela y, lo más estremecedor, le perdona su pecado. La Luz de la misericordia divina implica dar vida a la vida, dar sentido a la realidad del hombre.
Así, los salmos de misericordia constatan la paciencia y la misericordia divina, dejan constancia de su bondad que prevalece sobre el castigo porque Dios perdona toda culpa, sana toda dolencia, corona de gracia y llena de misericordia.
Siendo esto así yo no puedo ser más que un vaso de misericordia, un vaso que nutra la vida para dar gloria. Con cada salmo puedo acercarme confiadamente al trono de la gracia para recibir su misericordia y encontrar la gracia para el socorro que tanto necesito. En cada palabra que pronuncio tengo el ejemplo de la misericordia de Dios para llevarla al prójimo y no sea indiferente a su necesidad. ¡Misericordia, Dios mío, misericordia, para este corazón sencillo!

orar con el corazon abierto

¡Concédeme la gracia, Señor, de tener siempre una mirada misericordiosa para no juzgar al prójimo según sus apariencias sino que sea capaz de encontrar en él lo que más destaque! ¡Concédeme la gracia, Señor, de escuchar siempre y atender al que lo necesita y no mostrarme indiferente a sus sufrimientos y sus dolores! ¡Concédeme, Señor, la gracia de tener siempre gestos de misericordia y obrar siempre haciendo el bien! ¡Concédeme la gracia, Señor, de utilizar siempre palabras misericordiosas para no juzgar, para no hablar mal de otros, para dar consuelo, para perdonar siempre! ¡Concédeme, Señor, la gracia de saber cargar con los trabajos más complejos, pesados y difíciles para descargar al otro de aquello que le cuesta! ¡Pero sobre todo, Señor, concédeme la gracia de ser sensible al padecimiento del hermano; dame para ello un corazón misericordioso, un corazón semejante al tuyo!

Wie bist du denn, o Gott (Lamento) de Juan Sebastian Bach para acompañar la meditación de hoy:

¡Para que Cristo sea glorificado en mi!

La vida del ser humano está basada en las relaciones humanas. Estas son las que, pese a las diferencias que nos separan, permiten alcanzar una atmósfera donde prime el respeto, la comprensión y el interés por alcanzar el bien común. Nos relacionamos con vecinos, compañeros de trabajo, de la comunidad eclesial; vivimos con los esposos, con los hijos, con otros familiares. Con todos ellos podemos ser un alter Christus. Otro Cristo, pues cada persona somos un hijo en Cristo, un padre o una madre en Cristo, un esposo o una esposa en Cristo, un amigo en Cristo, un compañero de trabajo en Cristo. Alguien que en Cristo es fiel, noble, leal, honrado, generoso… Una de las sentencias que más grabada tengo en mi vida pertenece a san Pablo: «Así lo espero ansiosamente, y no seré defraudado. Al contrario, estoy completamente seguro de que ahora, como siempre, sea que viva, sea que muera, Cristo será glorificado en mi cuerpo». ¡Glorificado en mi cuerpo! ¡Qué elevado es este principio que nos plantea del apóstol de los gentiles! Es una invitación a vivir en Cristo en cada esfera de la vida. Para eso he nacido. Para eso he sido bautizado. Para eso estoy en este mundo. Para eso trato de vivir en cristiano, para que Cristo sea glorificado en mi. ¡Cuánta sencillez en tanta profundidad! ¡Y que enormes consecuencias comporta para mi vida sencilla!
Con independencia del estado civil; del trabajo que tenga; del entorno social, familiar o laboral; de lo más o menos amplio que sea el mundo en el que me mueva; de los desvelos, preocupaciones y sufrimientos que viva; de las alegrías, el gozo y la felicidad que sienta; de lo bien o mal que le vayan las cosas… todo esto tiene un rol secundario pues lo preponderante es que Cristo sea glorificado en mi. No estoy en este mundo para otra cosa que para, tratando de alcanzar la santidad cotidiana, ser glorificado en Cristo. Alcanzar la felicidad no es lo prioritario. Alcanzar éxito social, profesional, económico no es lo prioritario. Lograr títulos universitarios, másters, hablar varios idiomas no es lo prioritario. Todo es importante pero lo fundamental, lo esencial, es que Cristo viva en mi. Que se cumpla en mí según tu Palabra. Que mi vivir en Cristo sea para que la obra de Dios se perfeccione en mi. Por eso solo me queda pedirle a Jesús cada día, por medio del Espíritu Santo, que me ayude a vivir en Él para en Él servir al Padre en los demás.

orar con el corazon abierto

¡Señor, quisiera ser reflejo tuyo en cada instante de mi vida! ¡Señor, sabes que en la oración te lo pido intensamente porque te amo pero que me cuesta cargar la cruz! ¡Señor, tú sabes que te amo, cómo te amo y cuánto te amo con mi pequeñez, mi miseria y mi debilidad! ¡Señor, cuando renuncie a la cruz no me lo tengas en cuenta; dámela de nuevo para que pueda cargarla contigo; para que pueda amarla intensamente! ¡Señor, cuando caiga, levántame; cuando me levantes, no permitas que vuelva a caer! ¡Ayúdame, con la fuerza del Espíritu a ser uno contigo! ¡Ayúdame a ser, con la gracia del Espíritu divino, a ser tu reflejo en este mundo, a ser tu imagen, tus palabras, tus sentimientos, tus gestos, tu mirada…! ¡Retira de mi interior aquello que sobra de mi, la inmundicia que invade mi corazón; pule todo aquello que debe ser transformado! ¡Te doy gracias, Señor, porque intercedes ante Dios por mi y quieres, con la fuerza del Espíritu Santo, que sea uno en tu amor! ¡Concédeme la gracia de vivir en unión contigo y en comunión con el prójimo! ¡Concédeme la gracia de buscarte diariamente en el hermano y siendo uno con él hacerme uno contigo! ¡Que mi vivir en Ti sea para que la obra de Dios se perfeccione en mi!

Quiero ser otro Cristo, para ser pobre a los ojos del mundo y rico a los ojos De Dios cantamos hoy:

La súplica de la Cruz en mi oración

De manera indirecta escucho con frecuencia a mi alrededor el mismo grito desgarrador que Cristo emitió desde la Cruz: «¡Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Lo mismo que muchos pudieron pensar respecto a Jesús, pudiera parecer que Dios se olvida de uno, lo abandona, dejándolo al albur de su propio destino.
Pero Dios está ahí. No se ha ido. La muerte de Cristo se produce en un entorno de abandono total de sus propios amigos y seguidores. Ahí radica el gran secreto del impresionante lienzo del Calvario. En el sufrimiento humano, en la carga de la cruz, Dios se retira para que exista un abismo que lleve luego a la vida. En cualquier cruz que se carga se produce el abandono de Dios. Su ausencia y su lejanía responde, sin embargo, al abismo interior del hombre. Ante nuestro propio vacío tiene lugar el silencio de Dios. Pero lo sucedido en el Gólgota demuestra que no todos los vacíos acaban en angustia, ni todas las ausencias en soledad, ni todos los abandonos en desesperanza. Cuando uno es capaz de vaciarse interiormente tiene más capacidad para llenarse de Dios y lograr una mayor plenitud.
Cuando llevo a Dios la súplica de mi cruz en la oración con la certeza de que Él se hace presente estoy rompiendo el muro de mi yo interior y de mis necesidades y problemas y los coloco ante la misericordia de Dios. Personalmente me ayuda poner mis necesidades abriéndolas al sufrimiento de mi prójimo porque mi carga es siempre inferior al que a mi lado atraviesa momentos de dolor, sufrimiento y dificultad. Colocando mi confianza y mi esperanza en la misericordia de Dios, uniéndolo al sufrimiento de mi hermano, con fe firme y esperanza cierta, mi grito de necesidad acaba por convertirse en un canto de alabanza. Comprendes así que cuando buscas consuelo no te queda más remedio que buscar a Dios en el padecimiento y la tribulación aunque la respuesta de Dios no haga desaparecer eso que me provoca dolor.

 

orar con el corazon abierto

¡Señor, Tú me enseñas que al morir pronunciaste las palabras del salmo que no es más que la oración del justo que sufre, un salmo lleno de esperanza y de confianza en la actuación de Dios para liberar las angustias humanas! ¡Que como Tú, Señor, no pierda nunca la fe, que nunca se desvanezca mi esperanza en la presencia de Dios en mi vida, que nunca pierda la confianza en Ti! ¡Ayúdame a comprender, Señor, con la gracia del Espíritu Santo a entender que sentido tiene lo divino en mi vida, a comprender que la Cruz que vivo y sufro me une más a Ti y al prójimo! ¡Señor, tu grito es la exclamación del justo que sufre por las injusticias de este mundo y el aparente silencio de Dios es su deseo de compartir mis soledades, la oscuridad de tantas noches, el dolor de tantas desesperanzas, la experiencia de las muchas tristezas, la angustia de tantos desamparos pero ahí está su gran amor, su misericordia y su enorme compasión por alguien tan pequeño y miserable! ¡Gracias, Padre, porque a pesar de mis continuos «noes» hacía Ti es mayor el amor que sientes por mí; en cada uno de mis «noes» abres una rendija en mi corazón para lograr mi «sí»! ¡Gracias, Padre, porque a pesar de mi mezquindad tiendes tu mano misericordiosa y consoladora!

Dios mío, por qué me has abandonado, cantamos con Jesed: