¡Gracias, Señor, por amarme tanto!

He despertado hoy con un sentimiento profundo: mi confianza ilimitada en el poder de Dios. En su fidelidad inquebrantable. En ese amor infinito que emana a raudales. En su desbordante misericordia. Siempre ha estado a mi lado en los momentos de congoja y soledad. En épocas de derrotas y fracaso. En los momentos más difíciles de mi existencia cuando sobre mi vida se cernía una sucesión de nubarrones que presagiaban tormenta. En las épocas de adversidad. En la más honda de mis tristezas y desánimos. Tal vez no supe verlo porque esos nubarrones me cegaban pero sí, ahí estaba paciente a que confiara. Lo ha hecho también siempre cuando la alegría se desbordaba a raudales y los triunfos me amparaban pese a que los considerara algo propio de mi capacidad y no como un don y regalo suyo. Pero ahí estaba paciente hasta que yo lo viera.
La confianza en Dios me ha dado paz interior, sosiego y mucha serenidad. Es un estado que me llena de alegría y esperanza porque sintiendo a Dios en mi vida comprendo que todo está llevado por Él, de acuerdo con sus designios y su voluntad. Es su mano amorosa la que conduce mis pasos. Es su mirada tierna la que sosiega mi corazón. Es su voz reconfortante la que aquieta mi vida.
Cuando miro atrás y vislumbro los pasos que he dado observo sus huellas a mi lado. Y noto que cuando me he ido desviando del camino Él ha enderezado sutilmente la senda. Siento como ha ido trenzando de esperanza los vericuetos de mi vida pasada y presente. Por esto tengo tanta confianza en el futuro porque aunque es imposible predecir a lo que atenerse sé que la sinfonía de mi vida está magníficamente compuesta. A su imagen y semejanza. Habra espinas o cruz, bálsamo o alfombra roja. Eso no importa.
Por eso hoy, al levantarme y escribir un nuevo capítulo de mi vida no puedo más que dar gracias al Señor por la belleza de sus actos, por el gran amor que siento tiene por mi pobre persona, por la gran misericordia que ejerce conmigo, por el consuelo que me otorga, por la ternura que me transmite, por las ayudas que me provee y por el eterno amor que me dispensa. ¡Gracias, Señor, por amarme tanto!

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¡Abro mi corazón de par en par, Señor, y no puedo más que clamar para darte gracias por el infinito amor que siento me tienes! ¡Quiero cada día corresponder a este amor tan grande! ¡Gracias, Señor, por amarme tanto! ¡Gracias, Señor, por tu paciencia porque no te cansas nunca de esperarme, de consolarme, de guiarme, de bendecirme y de proveerme! ¡Gracias, porque a todas horas me invitas a sentir tu amor y tu misericordia! ¡Gracias porque mis desplantes y mis olvidos no me hacen merecedor de tantas gracias ni de tu infinita misericordia! ¡Gracias, Padre, por la gratuidad de tu amor que tanto me conforta! ¡Gracias por mis talentos y mis virtudes que me permiten ir caminando serenamente por la vida, son regalo tuyo! ¡Espíritu Santo no permitas que lo olvide nunca! ¡Gracias, Padre, porque por medio del Espíritu Santo me concedes la esperanza, la fe, la gracia, me sostienes cuando decaigo y me das el viento de la fortaleza! ¡Gracias, Padre, porque cada uno de mis pasos, de mi respirar, de mi vivir están alumbrados por tu presencia amorosa! ¡Gracias, Padre, por darme la vida, por poder vivirla junto a Ti, en comunión con Jesús, con María, con el Espíritu Santo y con la humanidad entera, hijos tuyos creados por amor! ¡Gracias, Padre, por el regalo a participar de tu gloria, de la vida eterna! ¡Concédeme la gracia de no desfallecer para alcanzarla! ¡Dame la alegría del cristiano! ¡Gracias, María, Señora del sí y de la aceptación divina, ayúdame a reconocer siempre los dones que me llegan de tu Hijo para acogerlos y agradecerlos con gozo y profunda alegría!

El día del banquete

Me preguntaba alguien por qué decimos que el domingo es el día del Señor. Lo es porque el domingo es el día de la resurrección de Cristo, el primer día de la semana, el día en que conmemoramos el primer día de la creación. Toda fiesta requiere de un banquete en el que el Señor esté en el centro invitando a toda la comunidad. Es el día de santificar las fiestas celebrando la fiesta por excelencia, la Santa Misa. Es el día en que Cristo está en el centro alejado de los quehaceres diarios. Descansar para entender que el descanso viene de Él para santificar Su Nombre.
Al séptimo día la creación, al terminar Dios su obra, descansó de todo lo que había hecho. Y bendijo y consagró esa jornada. Es un día de agradecimiento, de sentir viva en el corazón la creación para acogerla e interiorizarla, vivificarla y ofrecerla. ¿Y cómo vivo yo el domingo? ¿Lo vivo solo en el hacer o hago que la Misa se convierta en el centro de esta jornada? ¿Hago que sea un día de abstención del trabajo y del esfuerzo y rebose tranquilidad, armonía, serenidad, encuentro, alegría…? ¿Vivo el domingo como un tiempo para estar más los míos, para vivir uno por el otro? ¿Soy capaz de salir de la rueda de las querellas, de los disentimientos, de las contiendas, de los enfrentamientos, de las disputas, de los enfrentamientos, de la falta de confianza, de las facetas dispares que hacen triste nuestra existencia? ¿Es para mí el domingo el día santificar a Aquel que nos ha dado la vida? ¿Es para mí el día de amor a la vida? ¿Hago que el domingo todo se detenga y el Espíritu de Dios repose en mi interior y se convierta en el centro de toda mi existencia?
El domingo, como día del descanso, es bendecido y santificado por Dios mismo para ocuparnos de las cosas santas y no de las profanas. Es el descanso que honra la vida y desata lo que obstruye y anida en nuestro interior. El tiempo de sentirnos conducto de la Presencia sanadora de Cristo y reconocer quién es nuestro Creador y Salvador, para llevar al alma la profundidad de nuestra realidad.
El domingo es el día descanso que enaltece y ensalza la vida y nos permite concienciarnos de nuestra condición de seres creados por Dios y rehacer nuestras fracturas interiores. La vida nos ha sido donada por Dios y el domingo nos ayuda a ser agradecidos en esto.
¿Por qué cuesta tanto, entonces, convertir el séptimo día de la semana en una jornada repleta de bendición, serenidad, pacificación, alabanza y gracia?

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¡Señor, en este día de descanso santificado por Ti, te alabo y te doy gracias por tu fidelidad y por tu amor! ¡Quiero, Señor, permanecer unido a Ti con un espíritu alegre y agradecido, para salir de mi mismo y honrarte y alabarte! ¡Te doy gracias, Señor, porque siento tu presencia y te agradezco poder encontrarme contigo en la serenidad de este día después de una semana repleta de quehaceres aunque también repleta de tus bendiciones! ¡Qué este domingo, Señor, me sirva para sentirte más cercana en mi corazón, para cumplir tu voluntad, para no alejarme de Ti, para no volcarme en la mundanidad, para que mi corazón no se desvíe detrás de los placeres terrenales, para darte gracias por todo lo que tengo, especialmente la vida y la fe, donación tuya! ¡Gracias, Señor, por permitirme amarte cada día más! ¡Bendice, Señor, a mi familia y haz que entre nosotros reine la comprensión, la paz, la bondad, la esperanza, la alegría, la unidad y la divina sensibilidad de tu amor! ¡Que en este día, Señor, nuestras vidas se llenen de Ti y de tu amor, de tu paz, de tu misericordia y de tu fortaleza para convertirlo todo en motivo de bendición! ¡Bendícenos, Señor, para sentir tu presencia amorosa! ¡Pongo, Señor, ante ti a todas las personas que inician este día con alguna necesidad o problema, especialmente por mis familiares y seres queridos!

El amor es, sobre todo, detallista

Tercer sábado de enero con María, la mujer de los pequeños detalles, en lo más profundo del corazón. De María aprendes a ser fiel en lo pequeño, constante en las cosas sencillas. La Virgen es la mujer que da relevancia a las cosas ordinarias, a los detalles impregnados de amor que acompañan los gestos cotidianos. El detalle es la filigrana de las acciones cotidianas porque una obra sin detalles precisos es una obra inacabada.
De la mano de María comprendes que toda obra de amor hacia el prójimo tiene que estar impregnada del pensamiento en el otro, del aprecio, de la adivinación de sus necesidades, del cariño, de la sorpresa, de la paciencia, de la aceptación de su particularidad, del sufrimiento e, incluso, del sacrificio.
De María aprendes que, por encima de todo, el amor es esencialmente detallista. Su vida, desde el sí obediente a la voluntad del Padre hasta la unión con el coro apostólico en Pentecostés, pasando por Caná de Galilea, en su vida de oración, en su visita a su prima Isabel, en su vida cotidiana de Nazaret, en su Purificación en el Templo, en la búsqueda del Niño en Jerusalén, en el camino del Calvario y su firmeza ante la Cruz es un camino de santidad impregnada de detalles del amor. He aquí otra de las grandes enseñanzas de la Virgen para este día, que la santidad está repleta de un catálogo repleto de pequeños detalles. Ejemplo para imitarla cada día.
Los detalles delicados de María se contemplan también en su consagración a Dios, en su vida de recogimiento interior, en su unión con Dios por medio de la oración, en su confianza ciega en Él.
Hoy le pido a María que en lo sencillo de mi vida me permita imitarla en los pequeños detalles para hacer la vida de mis prójimos más alegre, más vivaz, más cómoda, más unida a Dios. Que impregne cada uno de mis gestos y acciones de amor, de un amor detallista, un amor que detalle el verdadero valor de mi vida apartando de mi corazón el amor propio, poniendo en todo alegría, generosidad, humildad, paciencia, prontitud, constancia. Impregnarlo todo de pequeños detalles que dejen la impronta de Dios en el otro aunque me encuentre cansado, abrumado por los problemas, aunque me cueste, aunque me duela, aunque no me apetezca.
¡Qué fortuna que María sea el modelo supremo en quien mirarme! Contemplándola a Ella, observando la delicadeza de sus detalles, tengo un buen espejo donde inspirarme para que todo lo que haga esté revestido de un amor servicial a la medida que Dios gusta.

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¡María, Madre, acompáñame en mi camino cotidiano para impregnarlo todo de detalles llenos de amor que surjan de un corazón alegre! ¡Guíame, Madre, en mi camino hacia la santidad llenándolo todo de pequeños gestos llenos de amor que hagan agradable y feliz la vida de quienes me rodean! ¡Hazme como la viuda pobre que dio generosamente todo lo que tenía por amor a Dios! ¡Ayúdame a ser como Tu que sabías leer el corazón de las personas para acudir en su ayuda y llenar su vida de gestos y detalles de amor! ¡Hazme ver, María, que mi santidad no depende de la grandeza de mis actos sino de la intensidad del amor que ponga en ellos a tu imagen y semejanza! ¡Ayúdame a imitarte en todo, Madre, para convertir las cosas ordinarias de mi vida en un canto al amor impregnándolo todo con gestos de entrega y generosidad gratuitas! ¡Que mis actos estén llenos de ternura y amor como los tuyos y tengas siempre muy presente la presencia de Dios! ¡Que mi vida, María, sea ir al encuentro de Jesús a través de tu intercesión para mis gestos y acciones cotidianas no estén manchados por el amor propio, la soberbia y el egoísmo! ¡Ennoblece, Virgen santa, todas mis pequeñas acciones para hacerlas santas! ¡Y ayúdame a poner cada una de mis acciones ante el altar de la Eucaristía para poner todo lo soy y lo que ofrezco al otro en manos de tu Hijo y sean elevadas ante el trono majestuoso del Padre!

Sacudirse el yugo de los agobios

Hay días que los cansancios por el trajín de la jornada te vencen. Estas dosis de cansancio te aplacan y te paralizan en tu capacidad para darte a los demás, para servir, para trabajar, para estar amable. Pero hay cansancios que no son físicos, son cansancios del alma. ¿Reparo en ellos? Porque estos cansancios lastiman interiormente: la codicia del querer más, el anhelo de buscar la propia comodidad, el dejarse vencer por el consumismo, el ansia de conseguir metas por encima de los demás, el apoyar cada una de nuestras acciones en un egoísmo vital…
El activismo desmedido nos desgasta. Uno de los cansancios principales es no darle al corazón un sustento al que agarrarse. Cuando el ego sustituye al amor como coraza del corazón todo se desmorona. El ego es el instinto de supervivencia emocional del hombre porque distorsiona nuestra esencia, una identidad ilusoria que aplaca lo que somos verdaderamente. Con el ego impregnándolo todo fallan nuestras relaciones personales, nuestra felicidad, nuestra paz interior, nuestra serenidad. Todo se vuelve apatía. Los ruidos que nos acechan nos impiden vivir en paz. Cada uno sabe y reconoce las causas de su desgaste emocional y vital.
«Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados», nos invita Jesús. Es una llamada que se dirige a todos los que sienten la religión como un peso que les imposibilita entender la alegría de un Dios Amigo y Salvador. Cristo te invita abandonar el yugo de la desazón y sin alegría para cargar el suyo que hace más llevadera la vida. No porque nos exija menos sino porque Jesús ofrece el amor que libera al hombre y aviva en su corazón la necesidad de hacer el bien y la alegría de la alegría fraterna.
Quiero aprender de Jesús que es humilde y sencillo de corazón y que no se enreda ni enmaraña con las cosas de la vida sino que la transforma en más clara, más simple, más sencilla pero, sobre todo, más humilde permitiendo lo mejor que hay en cada uno y mostrando como vivir de manera más honesta, auténtica, digna y humana.
Cristo promete que si te acercas a Él aprendes a vivir de modo diferente, encontrando el descanso en la propia vida. Jesús sacude el yugo de los agobios, no los genera; te permite desarrollar la libertad, y te aleja de las servidumbres; te lleva hacia el amor, no hacia el egoísmo; te inunda de alegría, expulsando la tristeza. La pregunta es sencilla: ¿Soy capaz de encontrar descanso en Jesús? ¿De qué están impregnados mis cansancios?

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¡Señor, iluminado por tu Santo Espíritu, te doy gracias porque soy consciente de que mis agobios y mis cansancios pueden servir para hacer que tu presencia en mi vida sea real! ¡No permitas, Señor, que mis cansancios me envuelvan en mi mismo sino que me lleven volverme hacia Ti y hacia otros rostros con los que convivo diariamente! ¡Gracias, Señor, por invitarnos a acudir a Ti a los cansados y agobiados, porque me impiden liberarme de mis máscaras, de mis infidelidades, de mi incapacidad para amar, de mis egoísmos! ¡Pongo, Señor, en tus manos a todos los que sufren y viven sin esperanza, los que lloran desconsolados y que esperan en soledad un vida incierta repleta de sufrimiento! ¡Hay muchos a mi alrededor, Señor, y los conoces por su nombre! ¡Llámalos, Señor, abrázalos y dales el consuelo que les dé la paz y empújame a mi, con la fuerza del Espíritu Santo, a salir a su encuentro en tu nombre! ¡Envía tu Espíritu sobre mi, Señor, para que aprenda a ayudar al prójimo con la carga de sus cansancios! ¡Abre mi corazón al amor, para que te siga fielmente! ¡Tu no me obligas a nada, más bien me ofreces tu estilo de vida que es el único que me hace libre, que no me ata a los prejuicios ni lo centra todo en el bienestar propio sino en el del bien común! ¡Jesús, tu yugo es amar y hacer el bien, no permitas que me deje engañar por esos proyectos de felicidad que te excluyen a ti de mi corazón!

¿Embellezco mi entorno con el espíritu de gratitud?

Los seres humanos estamos hechos para la ofrenda y la alabanza. Contemplas a Cristo y te conmueves al observar como extendía sus manos para levantar al caído, abrazar al cansado, sanar al enfermo, acariciar al desolado. Levantaba y daba gracias al Padre eterno por cada una de las personas que en su camino se cruzaban. Vigorizaba sus vidas. Alentaba su espíritu. Enderezaba su esperanza. Todo cuanto hacía era para ofrecer la vida de aquellas personas. Cristo embellecía los lugares por donde pasaba con su gratitud. ¿Hago yo lo mismo? ¿Embellezco mi entorno con el espíritu de la gratitud? ¿Soy portador de gratitud? ¿Estoy agradecido con lo que tengo, con mi vida? ¿Agradezco lo que me sucede aunque sea la cruz y tal y como me sucede? ¿Lo percibo todo como una bendición y doy gracias por ello en mi oración diaria?
El corazón que rebosa gratitud se desprende de los miedos, de la incertidumbre, de los temores, de la confusión; es un corazón que permite aceptar en su totalidad lo que a uno le sobreviene. La gratitud es manantial de apreciación y fuente de esperanza, caridad, humildad y paz interior. Es un fontanal de pureza y amabilidad que aparca el orgullo. Siendo agradecido en lo que se recibe y en lo que se entrega generas a tu alrededor ternura y compasión. Pero cuando el corazón se cierra al agradecimiento bloqueas las puertas para recibir bendiciones y dar amor.
En la oración el agradecimiento y la alabanza bajan a lo más íntimo y profundo del ser. Es el Espíritu Santo quien abrasa interiormente, generando una dulzura que inflama nuestra vida y que irradia luz cegadora.
En el agradecimiento de nuestra realidad acompasada con la alabanza el Espíritu nos inunda de bondad. Nos hace seres nuevos. Nos abre a una nueva resurrección de nuestro espíritu. Y de esta manera puedes embellecer el entorno con un espíritu rebosante de gratitud.
Aunque no sea sencillo, basta con seguir el ejemplo de Jesús. Convertir mi vida en una ofrenda eucarística, la mayor de las gratitudes, para ser portador de alegría, esperanza, generosidad, paz, humildad, caridad y amor. Tan fácil pero tan difícil a la vez. ¿Qué me falta para conseguirlo?

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¡Señor, te doy gracias por todo lo que he recibido de Ti, pues haces que mi vida sea un canto a lo bello y hermoso sean cuales sean las circunstancias en las que me encuentre! ¡Que mi vida, Señor, en todo lo que me suceda, sea bueno o malo, esté impregnada de gratitud! ¡Señor, acudo a ti con frecuencia para pedirte cosas, pero concédeme la gracia de ser siempre agradecido por tu amor incondicional que me ama a pesar de mis caídas y mi pecado! ¡Gracias por tu perdón que me enseña como perdonar al prójimo! ¡Gracias, Señor, porque me levantas cuando estoy caído y me muestras como levantar al que está caído a mi lado! ¡Gracias, Señor, por las experiencias vividas porque las has vivido a mi vera! ¡Gracias, Señor, por todas las personas que has puesto a mi lado en momentos de dificultad y de alegría pues son una bendición que me has regalado! ¡Gracias, Señor, por tu protección constante porque incluso en los momentos difíciles nunca me ha faltado de nada! ¡Gracias, Señor, la belleza de la creación y ayúdame a saber preservarla! ¡Gracias, Señor, y elevo mis brazos al cielo para alabarte, para bendecirte, para darte gloria! ¡Gracias, Señor, por mi pobre corazón que late de amor por ti y me muestra como amar al prójimo! ¡Gracias, Señor, por olvidarte de mis errores y permitirme comenzar de nuevo! ¡Gracias, Señor, por mis piernas que me permiten ir al encuentro del prójimo sea cual sea el camino a recorrer! ¡Gracias, Señor, por hacerte hombre, por morir gratuitamente en la cruz y resucitar al tercer día para salvarnos del pecado! ¡Gracias, Señor, porque todo en ti es gratitud amorosa! ¡Concédeme la gracia de embellecer el mundo con mi gratitud humilde y entregada que testimonie la grandeza de tu amor del que nunca quiero apartarme!

¡Por mi redención!

He acudido a Misa a una iglesia a la que entraba por primera vez. Eramos pocos feligreses. He llorado en el momento de la consagración. El celebrante, un sacerdote joven, ha manifestado un amor increíble en cada palabra y en cada gesto. Ha elevado la Hostia con una delicadeza suprema. Ha levantado el cáliz con una mirada de fe profunda.
Ha dado realce al auténtico sacrifico que es la Eucaristía. Ha rememorado el sacrificio de Cristo con un amor explosivo pero humilde al mismo tiempo. Y me han saltado las lágrimas. No he podido más que exclamar «¡Señor mío y Dios mío, muéveme el verte clavado en esa cruz y escarnecido!». Se me han saltado las lágrimas porque el amor con el que este sacerdote presentaba el Cuerpo y la Sangre de Cristo lo hacía muy presente en el santuario de la vida con su propia sangre. Mis ojos llorosos agradecían ese sacrificio de Cristo como precioso acto de obediencia a la voluntad salvadora del Padre. ¡Qué hermoso acto de oblación, de entrega generosa, de humildad perfecta, de amor inconmensurable!
No puedo dejar de pensar la gracia que supone poder recibir cada día a Cristo en la Eucaristía. Sentirle en lo más profundo de mi ser. ¡Un gesto de tanto sufrimiento y de tanto amor! ¡Un gesto trascedente que es por mí! Porque en la Eucaristía revivimos la Pasión y la Muerte de Cristo como acción glorificadora del Padre pero por encima de todo para la redención del hombre. ¡Por mi redención! ¡Qué sublime es el sacrificio de Cristo!
Y he salido del templo alegre, feliz, gozoso, lleno de esperanza. He participado de nuevo en el sacrificio de la Santa Misa. He hecho sencilla y humildemente con amor la oración más perfecta que en mi pequeñez le puedo ofrecer al Creador: participar de la Eucaristía. Y por algo nada más tan sencillo que por simple amor.

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¡Señor, te doy infinitas gracias por que te haces pequeño en un trozo de pan para alimentar mi vida! ¡Te doy gracias, Señor, porque me permites rememorar en cada fracción del pan y en cada copa de vino la última cena y sacias con tanto amor mi hambre y mi sed de Ti! ¡Te doy gracias, Señor, amigo, porque tu amistad es tan profunda y amorosa que diste la vida por mi hasta la muerte en Cruz! ¡Te doy infinitas gracias, Jesús, porque me llenas cada día con tu presencia amorosa y misericordiosa! ¡Gracias, Señor, porque me permites amarte y sentirte cada día, porque en la unión contigo en la Eucaristía me fortalezco, porque me haces comprender que como Tú debo entregar la vida por el prójimo! ¡Gracias, Señor, gracias, porque cada día en la Eucaristía siento que participo en una comunión de amor contigo y con los que me rodean! ¡Señor, no merezco recibirte pero una palabra tuya bastará para sanarme! ¡Gracias, Señor, por haber venido a mi alma, por haberme creado, redimido, hecho cristiano y conservado la vida, por todo lo que cada día me ofreces, por los dones que me concedes diariamente, por los dones que desconozco y me otorgas, por tu perdón generoso y, sobre todo, por haberme dado a María como Madre! ¡Gracias, por todos los que me rodean, dame fe, esperanza cierta y caridad sin límites para servirlos con amor, generosidad y entrega!

Un ser imperfecto al que Dios ama

Ayer en una charla en la parroquia preguntaron que hemos de limpiar de nuestro templo interior. Cada uno sabe que debe barrer. Me invadió una sensación de profundo agradecimiento por el amor y la gracia de Dios. Como en mis infidelidades e incoherencias, Dios me ama profundamente. Y uno se pregunta como es que merecemos tal amor, este regalo tan grande que nos otorga Dios. Y comprendes que no eres más que un pequeño ser imperfecto amado intensamente por un Dios que es perfecto.
Solo Dios sabe nuestros pecados ocultos, esos que ocultan nuestras máscaras, y que te hacen ser alguien indigno a la gracia de Dios. Solo Dios sabe que muchas de nuestras obras están manchadas por el alquitrán pegajoso de la incoherencia; ¡Se hace tantas veces dificultoso aceptar todas y cada una de nuestras malicias, flaquezas y debilidades que nos hacen tomar conciencia de que nos somos dignos del perdón y la gracia del Padre!
Pero hay algo muy hermoso detrás de esto. Uno siente lo mucho que Dios le ama porque Dios nos ha escogido a cada uno de nosotros creándonos, nos ha santificado, nos ama intensamente y desea que le dejemos actuar en lo más profundo de nuestro ser. Para ello, es necesario que miremos al mundo y a los que nos rodean con su misma mirada, tratar de vernos como Él mismo nos ve a nosotros, sintiendo como Él siente, amando como el ama. Dios quiere utilizar a cada persona incluso a pesar de sus debilidades, caídas, defectos e incoherencias porque su deseo es transformar el corazón del hombre para hacerlo semejante a Él.

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¡Señor, cada nuevo día tengo la oportunidad de parecerme más a Ti! ¡Actúa, en mi vida, Señor, y no permitas que me aleje de Ti! ¡Entra en mi vida, Señor! ¡Entra en mi alma, en mi corazón, en mi interior para hacerme una persona nueva! ¡Señor, soy consciente de que me has escogido, no permitas que me aleje de Ti! ¡No permitas que mis debilidades me alejen de tu presencia! ¡Ayúdame a que mi mirada, mis gestos, mis acciones, mis pensamientos y mis sentimientos se asemejan cada día a los tuyos! ¡No permitas que el miedo me atenace y fortaléceme, Señor, en mi debilidad! ¡Envía tu Espíritu sobre mí, Señor, para que mi vida esté repleta de tus santos dones! ¡Haz de mi vida un testimonio de Tu Verdad!

El anhelo de un corazón misericordioso

Me encontraba la semana pasada de viaje profesional por una ciudad de centroeuropa. Después de las reuniones, al caer la noche, me acerqué cada día a la catedral para asistir a la Eucaristía y hacer un rato de oración. El viernes por la tarde, antes de dirigirme al aeropuerto a última hora de la tarde, me senté en un banco ubicado en un pequeño rincón del templo con un altar dedicado a la Divina Misericordia (la fotografía que ilustra este texto).
Permanecí allí media hora. En este tiempo, pasaron infinidad de turistas, la mayoría ignorando la imagen, otros haciéndose fotografías a la luz de la velas y otros depositando una moneda en la cajita para tomar una vela y encenderla en honor al Señor de las Misericordias. De estos, la mayoría se arrodillaban en el banco o dirigían su mirada al hermoso cuadro que presidía el altar. «¡Jesús, en vos confío!», me decía cada vez que observaba este hermoso gesto de reverencia a Cristo.
Contabilicé más de cincuenta personas rezando a aquella imagen. Y pensé cuanta necesidad tenemos de misericordia. Necesitamos recibirla de Dios y, por lo tanto, reconocernos pobres, ejercerla en nuestra propia existencia y en relación con los que nos rodean.
No me considero una persona ingenua que solo contempla el bien en todas partes, ni un hipócrita que ignora el mal. Soy alguien realista que trata de medir la distancia que nos separa de la perfección que Dios quiere para los hombres y el abismo que se cruza en las alas de la misericordia.
Y me pregunté: «¿Cuál es el mayor obsequio que le podría pedir a Dios y regalar a mi prójimo?».
¡Un corazón misericordioso! Un corazón henchido de la misericordia de Dios, que sepa buscar y encontrar el bien que esconde el corazón de mi prójimo e, incluso, que sea capaz de revelárselo cuando éste por las circunstancias de su vida lo ignora. Ser capaz de acercarse al pecador para que se convierta y transforme su vida observando la mía propia pobre y pecadora también.
¡Un corazón misericordioso! Un corazón que no tema llamar al mal por su nombre porque no teme al príncipe de la tinieblas ya que sabe que es Dios quien tiene la vara de la victoria y deposita toda su confianza en su poder. Un corazón que no juzga al prójimo ni enjuicia sus caídas porque anhela arrancar del mundo las semillas del pecado para la obra salvífica de Dios que brille en la sociedad.
¡Un corazón misericordioso! Un corazón humilde y pobre que no condena las acciones de los demás, que se lamenta de los que no quieren acercarse a Dios y ora con el corazón abierto por la conversión y la liberación de las almas perdidas.
¡Un corazón misericordioso! Un corazón firme en la fe, confiado en la benevolencia de Dios, que sin cansarse y asumiendo que a veces predica en el desierto, proclama con humildad la Buena Nueva del Evangelio. Que no le importa que le humillen, ridiculicen o lo ataquen porque tiene puesta en Dios toda su confianza.
¡Un corazón misericordioso! Un corazón servicial que se entrega por el prójimo porque servir es el mayor don del cristiano. Servir con amor, generosidad, humildad y sencillez.
¡Un corazón misericordioso! Un corazón volcado en Dios, que se deja llenar por su amor y por su misericordia, que se acoge a la esperanza, que trata de crecer en la santidad, que tratar de vivir en la coherencia y rechaza la mediocridad y que se abre a la felicidad que viene de Dios y que no decepciona nunca.
¡Un corazón misericordioso! Un corazón que no deja nunca de buscar porque está a la espera, anhela y ora para el encuentro cotidiano con Dios y a través de su amor con el prójimo.
¡Un corazón misericordioso! Un corazón que trate de imitar el corazón de la Madre de la Misericordia, a María, que es el modelo más claro y extraordinario de misericordia recibida, acogida y expandida.
Un corazón misericordioso y humilde, que invita al otro a compartir sus anhelos. A cantar el clamor de la misericordia para llevar al mundo la alegría del Amor.
Salí reconfortado de aquella media hora en compañía del Señor de la Misericordia porque aunque mi corazón está lejos de ser misericordioso siente el aliento de Aquel que, con suma misericordia, acoge, ama, perdona y acompaña.

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¡Padre Eterno, te ofrezco el Cuerpo y la Sangre, el Alma y la Divinidad de Tu Amadísimo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, como propiciación de nuestros pecados y los del mundo entero! ¡Por tu dolorosa, Pasión, Señor, ten misericordia de nosotros y del mundo entero! ¡Señor, sufriste el dolor de la Cruz por la redención de nuestros pecados, dame la gracia de olvidarme de mis necesidades y entregarme al prójimo con amor y generosidad, colaborando contigo en tu obra salvífica para hacer en todo momento la voluntad de Dios! ¡Concédeme la gracia de ser humilde y pequeño especialmente con aquellos con los que hoy voy a encontrarme y convivir, ayúdame a compartir con ellos el amor que recibo de ti! ¡Ven a mi vida, Señor, y llena mi corazón de tu misericordia para ser luz, cántaro de amor, de sanación y de protección para todas las personas que se crucen en mi vida! ¡Concédeme la gracia de ser testigo de tu infinita misericordia, guía para las personas a las que quiero sabiendo compartir con ellas sus alegrías y sus penas, sus esperanzas y sufrimientos! ¡Bendice, Señor, a todas las personas que amo e ilumínalas a lo largo de su caminar! ¡Señor, de la Divina Misericordia, en ti confío!

¡He nacido para la vida eterna!

Hoy celebramos una fiesta hermosa, la del bautismo de Jesús. Es un día de alegría profunda porque también es el día que recuerda nuestro bautismo. Es un día de profunda alegría, de regocijo máximo porque con el bautismo de Cristo recordamos también que Dios nos quiere salvar a todos; quiere que seamos semilla que de frutos, luz que ilumine el mundo.
El día de mi bautismo fue el más importante de mi vida porque en aquella jornada junto a mis padres y mis padrinos el Padre me adoptó para siempre, y lo más impresionante: ¡nací para la vida eterna!, ese cielo donde Dios me espera con los brazos amorosos abiertos de par en par. Un día en que mi espíritu se llena de gozo porque anunciamos de nuevo que Cristo es el Hijo amado de Dios al igual que lo somos cada uno de nosotros. Es el día que nos recuerda que —y me llena de congoja solo pensarlo— que también yo recorro mis pasos desde el desierto.
En el bautismo de Juan a Jesús todos estamos representados porque Cristo se presenta en el Jordán para santificar a la humanidad entera. Lo hace en la figura de Juan pero nos santifica a todos. ¡Qué emoción tan grande! El propósito del Padre es que todos seamos santos.
Hoy es un día para recordar mi bautismo, ese día marcado como supremo en el haz de luz de mi vida en el que quedé limpio del pecado original y entré en la comunidad cristiana. Ese día en el que Dios me puso en el camino hacia la gloria del cielo. Ese día que derribé en mi alma la inmundicia del mal y se abrieron de par en par la esperanza de la eternidad prometida.
Y sobre Jesús, al salir del agua, desciende el Espíritu Santo. ¡Ven Espíritu Santo, dador de vida sobre mi corazón y sobre mi vida! ¡Baja del cielo y lléname de sus siete dones para dar testimonio de la verdad de Cristo en el mundo!

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¡Padre, gracias porque un día como el que hoy celebramos tu Hijo fue bautizado en el Jordán y enviaste sobre Él la fuerza del Espíritu Santo! ¡Te doy gracias, Padre, que me haces recordar con el corazón abierto el día en que mis padres me acercaron al altar para recibir mi bautismo y recibir con inmensa alegría el agua de la vida! ¡Gracias, Padre, porque desde ese día me convertí en cristiano y miembro de tu Santa Iglesia! ¡Gracias, Padre, porque en aquel día entré a formar parte de tu familia de Hijos de Dios y de la gran familia cristiana! ¡Gracias, Padre, porque llenaste entonces mi vida con la gracia del perdón, del amor, de la misericordia, de la luz, de la santidad, aunque tantas veces esté alejada de ella! ¡Gracias, Padre, porque me siento unido a Ti como hijo y me permites llamarte Padre y siento como me infundes tu amor y tu misericordia! ¡Gracias, Padre, porque ese día hiciste que se derramaran sobre mi los dones sagrados del Espíritu Santo! ¡Gracias, Padre, porque desde el día de mi bautismo me indicas el camino a seguir hacia la vida eterna! ¡Gracias, Padre, porque recibí el bautismo en Tu nombre y con este honor tan grande quiero proseguir mis pasos hacia la vida eterna!

Con María, Madre de la Misericordia

Este año como todos los años es un un año santo a los ojos de Dios. A los ojos de los cristianos es también un año santo de misericordia porque nuestras sociedades necesitan de la misericordia divina. Cuando proclamamos el Magnificat, repetimos el canto de Santa María a la misericordia, el amor alegre del Padre que devuelve la felicidad a una sociedad entristecida, apagada, individualista y hedonista. La Virgen es la primera Hija de la misericordia divina al tiempo que se convirtió en Madre de la misericordia porque de sus entrañas nació Dios mismo. Es lo que proclamamos en las letanías del Santo Rosario con gozo y alegría: Madre de la misericordia.
Este año es santo porque Dios se dirige hacia nosotros para salvarnos del pecado, de los egoísmos, de las soberbias, de la tibiezas, de las infidelidades que le procesamos. Es santo porque nos quiere santos. Por eso tenemos a María que vuelve hacia cada uno sus ojos misericordiosos y nos dignifica para que seamos capaces de contemplar el rostro de la misericordia de Cristo.
Desde la misericordia de María y a imitación suya te puedes hacer pequeño, humilde de corazón, bondadoso en gestos y palabras, servicial con el corazón abierto, dispuesto a que Jesús nazca en la propia vida.
Este año que comienza, santo a los ojos de Dios y santo para vivir la misericordia hacia el prójimo, acudo a María con confianza para que agrande mi corazón y me haga tener entrañas de misericordia en mi vida.

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¡Oh, María, eres la Madre de la Infinita Misericordia! ¡En este año que da sus primeros pasos, quiero poner a tus pies mi vida para que sea más misericordiosa! ¡Acudo a Ti para que me ayudes a ser libre en mis experiencias cotidianas y mis ataduras al pecado! ¡Te pido que fortalezcas mi fe para que pueda cumplir los designios del Padre y tener un corazón henchido de misericordia para llevarla al prójimo! ¡Haz, María, que las virtudes que te hicieron ser elegida por Dios se impregnen en mi pobre corazón y que los dones de tu misericordia se conviertan en un ideal para mi! ¡Que tu mirada, María, llena de misericordia y de amor sea la guía que me permita recorrer con esperanza mi camino interior! ¡Que sean tus manos puras, abiertas siempre a la misericordia, las que bendigan mi misión de cristiano! ¡Que tu corazón misericordioso abra mi corazón egoísta y soberbio para glorificar siempre al Padre, a Tu Hijo y sea capaz de llevar al prójimo los dones de la misericordia!