Transfigurado con Cristo

Hoy la Iglesia nos regala la fiesta de la Transfiguración del Señor. ¿Qué sentido tiene la palabra transfiguración para mi?

Tengo un amigo que es cirujano plástico, especializado en el rejuvenecimiento facial de del rostro. Se muestra orgulloso presentando el resultado de su trabajo médico: un hombre o una mujer en el antes y el después de su operación para cambiar su aspecto. Y comenta siempre la felicidad de sus pacientes con el cambio experimentado. Es un mal ejemplo que me ayuda a comprender la reacción de los apóstoles que presenciaron la Transfiguración de Jesús. Un hecho extraordinario al contemplar como Cristo cambia por completo.

Pero en Jesús hay más que una transformación de su persona. Si los apóstoles mantuvieron tan vivo el recuerdo de esta Transfiguración de Jesús es porque no solo fueron testigos de aquel hecho sino que ellos mismos también fueron transformados.

A través de esta escena comprendemos que los apóstoles experimentaron en su carne el rostro divino de aquel hombre con el que viajaban, comían, compartían experiencias… Sentían que había más en él de lo que veían todos los días: una luz divina, una fuente de agua viva, una belleza diferente a cualquier otra, algo que ningún otro hombre tenía. Y eso que se experimenta no puede olvidarse. Esto es lo que el relato de la Transfiguración de Jesús en el Monte Tabor expresa.

Para Pedro, Santiago y Juan, que representan no solo a los demás apóstoles sino a los que seguimos a Jesús a lo largo de la historia, Jesús no solo es un hombre es, también, un ser divino, lleno de luz divina, de la belleza divina que brilla en él. La presencia de Moisés y Elías con quienes Jesús habla en la historia de la Transfiguración marca la continuidad del Plan de Salvación de Dios para la humanidad que Jesús cumple total y definitivamente, porque él es la Palabra de Dios hecha carne. Es la revelación perfecta de Dios a la humanidad.

Esta revelación de Dios, esta luz de Dios, esta belleza de Dios que habita en él, Jesús no quiere guardársela para sí mismo. Quiere comunicarla y compartirla. Esta es la misión que cumple predicando, sanando, yendo tan lejos como para morir en una cruz. Jesús, la Luz del mundo, quiere que se derrame sobre aquellos que lo acogen, que lo reconocen en la fe como el enviado del Padre.

¿Y qué aplicación tiene este hecho extraordinario en mi vida? A través del bautismo tenemos la suerte de convertirnos en partícipes de la naturaleza divina, hermanos y hermanas de Cristo por adopción. La luz de Jesús está en nosotros y se extiende a nuestro alrededor. «Vosotros también sois la luz del mundo», nos anuncia Jesús en el Monte Tabor.  

¿Cómo ser la luz del mundo? Permitiendo que la luz de Dios pase a través de mis gestos, mis acciones, mis palabras, mis preocupaciones, mis compromisos, mis actos. Amando, llevando una vida de oración, aceptando el sufrimiento. Si lo reconozco en mi por la fe, me transfigurará a su vez, sin ni siquiera notarlo. Y sorprenderá escuchar a la gente decir: «Tiene algo especial. Cuando me acerco a él, me siento bien, me siento mejor». La luz de Dios se manifiesta de varias maneras. Puede brillar como un sol invasor al igual que en la Transfiguración de Jesús, pero también puede brillar a través de rayos más finos e intermitentes. Siempre es la misma fuente de luz que está trabajando, es Dios mismo por su Espíritu y por sus dones.

Se trata de brillar a nuestra manera como Jesús, que no tenía otra preocupación que darse plenamente a los demás, amar a sus hermanos y hermanas entregándose totalmente, como todavía lo hace cada día en la Eucaristía donde tenemos la fortuna de compartir su Cuerpo y su Sangre redentora.

¡Señor, gracias por el gesto extraordinario de tu Transfiguración en el monte Tabor, por antes de tu Pasión; nos muestras que tu divinidad! ¡Nos enseñas que te transfiguraste después de una tiempo de profunda oración para que Dios se hiciera presente en tu vida; que este hecho se convierta en un punto de encuentro contigo y con el Padre! ¡Quiero sentirme siempre cerca tuya, gozando del anticipo del cielo, como le ocurrió a tus tres apóstoles! ¡Quiero sentir siempre tu presencia, Señor! ¡Quiero darte gracias, Señor, porque en este hecho preanunciaste tu muerte en la Cruz, testimonio de tu amor, camino para nuestra salvación! ¡Gracias, Señor, porque tu transfiguración es ejemplo de tu amor! ¡Ayúdame a ser luz del mundo! ¡Ayúdame, Señor, a caminar sin miedo por este valle de lágrimas; que no tema al sufrimiento; que viva siempre con la esperanza de que mi destino es el cielo prometido; que allí veré la gloria del Padre; que no tenga miedo a vivir momentos de dificultad y sufrimiento porque Tu siempre estás conmigo! ¡Señor, Tu me enseñas que la vida es sacrificio y que por medio de este mi vida es mas plena! ¡Enséñame, Señor, también a orar como hiciste intensamente antes tu Transfiguración, para tener una estrecha comunión contigo y con el Padre, para transformar mi vida, para aprender a amar más al prójimo, para ser cada día mejor, para vivir el mandamiento del amor, para renovar mi camino hacia la santidad, para iluminar mi camino! ¡Señor, te pido por nuestra Iglesia Santa que en este tiempo sufre tanta persecución en el mundo, para que camine transfigurada a tu lado; te pido por el Santo Padre y por todos los obispos y sacerdotes, para que sirvan con fidelidad a todos los fieles! ¡Y, Señor, ayúdanos a todos los que te amamos a brillar en este mundo para que sigamos caminando al resplandor de tu luz, siempre con esperanza, con generosidad, con caridad y amor!

Volver a la fuente viva de nuestras asambleas

Cada año en este día celebramos en la Iglesia la consagración de la Basílica de Santa María la Mayor, la única de las basílicas mayores de Roma ⎯San Juan de Letrán, san Pedro, san Pablo Extramuros y san Lorenzo Extramuros⎯ que conserva su estructura original pese a las modificaciones que ha sufrido a lo largo de la historia. Es una iglesia erigida en el siglo IV por el emperador Constantino. ¿Cuáles son las razones para incorporarla en el calendario litúrgico? El principal, sin duda, es que esta iglesia es la sede, la catedral, del obispo de Roma. Es el corazón de la comunidad de creyentes que viven en Roma alrededor de su pastor, sucesor de San Pedro.

Por un lado es una celebración de connotaciones materiales, unido a las raíces visibles, inscritas en el suelo, en el espacio y en el tiempo que acogió a las mayores congregaciones de los primeros cristianos romanos. La verdadera realidad, la profunda, es que celebramos el sentido de comunidad de fe, con todos sus riesgos que los ha habido a lo largo de la historia, y nuestra solidaridad con el pastor del rebaño y, sobre todo, con el pastor de los pastores: Cristo.

Este lugar sagrado, para quienes hemos tenido la fortuna de visitarlo, exhala una enorme paz, no solo por la belleza arquitectónica y artística. Conmueve el corazón y abre el alma especialmente cuando te encuentras ante la imagen la Virgen María, venerada con la dulce  advocación de Salus Populi Romani, que durante las celebraciones pascuales el Papa quiso que presidiera todos sus actos.

No es tan solo un templo de piedra, es un monumento que cobra vida, que se convierte en una fuente viva de fe. Como catedral de Roma nos recuerda que es Jesús en su total obediencia al Padre, en su humanidad rebajada y exaltada por el Padre que lo resucita, quien es la verdadera fuente de la vida de los creyentes y de la Iglesia. «Vosotros sois el cuerpo de Cristo» nos recuerda san Pablo como recordaba con fuerza y ​​vigor a las primeras comunidades cristianas. Y esta afirmación no ha perdido vigencia.

En una sociedad donde las comunicaciones vuelan a ritmo vertiginoso ⎯redes sociales, aviones, internet, etc.⎯ la movilidad es un activo. ¿Pero no hay peligro de perder sus raíces, su esencia, la profundidad del mensaje?

Celebrar la dedicación de una iglesia no es solo la celebración de quienes nos han transmitido una herencia sino también y sobre todo la ocasión de volver a la fuente viva de nuestras asambleas: la presencia de Cristo muerto y resucitado en el seno de nuestra iglesia, de nuestros corazones y de nuestra vida.

¡Señor en este día te pido que nos ayudes a mantener los cristianos la unidad, que estemos siempre unidos en la creencia de Ti, en Tu Palabra, en tu Evangelio, en tu Buena Nueva! ¡Que esta unidad sea algo más que una coexistencia pacífica, que se convierta en romper las dificultades y las diferencias que hay entre nosotros para que bautizados en un solo cuerpo todos seamos uno contigo! ¡Y a ti Madre, Salus Populi Romani, Madre de Dios y Madre Nuestra, te pedimos por el Santo Padre, por los obispos y sacerdotes, por los consagrados y consagradas, por todos los fieles cristianos, por los que no creen, para que nos ayudes a superar los vaivenes de la vida, para vencer los escollos que nos diferencian, para que nos unas en torno a tu Hijo! ¡Acudimos a ti, Madre Santa, para que protejas a todos los que en estos tiempos de incertidumbre acudimos a ti en busca de paz interior, de consuelo, de esperanza, de amor, de serenidad! ¡Acoge con amor, Madre, las súplicas que te presentamos y elévalas al Padre para que nos libere de las aflicciones, de los sufrimientos, de las dudas y de las incertezas! ¡Fuente de todas las gracias, conviértete en nuestra luz, nuestra guía y nuestra esperanza! 

El hombre es un hombre pobre que necesita pedirle a Dios todo

Que fiesta tan hermosa nos propone hoy la Iglesia. Celebramos la festividad de san Juan María Vianney, patrono de los párrocos de todo el mundo. Este santo era un sacerdote humilde en una pobre y remota parroquia de la Francia rural. Sin embargo, su trabajo delicado, amoroso, servicial, generoso y entregado revela la fecundidad de la oración en el sacerdocio. Humilde en sus gestos, grande en su corazón. Estos es lo que hizo de este sacerdote un pastor santo. 

Una frase, de las muchas que escribió y en las que se refiere a la bondad y misericordia de Dios, resume el pensamiento de este santo francés: «El hombre es un hombre pobre que necesita pedirle a Dios todo». Conmueve esta breve frase porque testifica que la humildad con la que tenemos que vivir ofrecida por la grandeza de Dios y la belleza de nuestra vocación a la vida eterna. 

San Juan María Vianney era consciente de su pobreza, de su fragilidad humana y de sus debilidades pero siempre fue fiel a su vocación como sacerdote y con su vida quiso testimoniar su amor profundo por Jesucristo tratando de ganar, jornada a jornada, almas para Él.

Cuando fue enviado a Ars, un pequeño pueblo de no más de 300 habitantes, logró despertar la fe de sus feligreses pero no solo con su vibrante predicación sino con lo más importante, con su vida de oración y su coherencia de vida. Se siente pobre ante la misión que tiene encomendada pero no hay día que no se deje llevar por la misericordia de Dios. ¡Este es el testimonio del cristiano! Asediado por muchas pruebas y obstáculos su corazón, tan enraizado en Dios, no perdió nunca la fe y la esperanza.  

¿Qué aprender de este santo? Nuestra libertad para sentir el amor de Dios en nuestro corazón. Un amor que nos permite ver a Cristo en cada uno de nuestros hermanos para darnos a ellos, servirles, quererles, ayudarles, aliviar su sufrimiento, permitir que alcancen la felicidad, que se sientan libres abrazados al amor de Dios, acompañarles en todas sus dimensiones. 

En su día, por ser el patrón de todos los sacerdotes, quiero llevar especialmente en mi corazón a tantos sacerdotes que han marcado mi experiencia humana y espiritual. Quiero confiar su ministerio y su vocación sacerdotal a su santo patrón. Dar gracias a Dios por la belleza del sacerdocio, instituido por Jesucristo, y orar por las vocaciones sacerdotales. Hoy es una jornada alegre, festiva, gozosa. La vida de san Juan Maria Vianney es una llamada universal a la santidad. Y, aunque estoy muy lejos de lograrla, el santo cura de Ars nos muestra el camino a seguir: dejarse santificar por Dios, tomar los medios de esta unión con Dios, aquí en la tierra y por la eternidad.

¡Señor, por medio del cura de Ars, quiero pedirte por tus sacerdotes, institución la del sacerdocio creada por para continuar en la tierra tu obra de salvar almas! ¡Señor, acógelos y llénalos de tu amor para que sus palabras sean las tuyas, sus obras sean las tuyas, sus gestos sean los tuyos, su vida reflejen tu presencia en sus vidas! ¡Hazlos testigos de tu Buena Nueva del Evangelio, fieles en su compromiso, su vocación y su entrega! ¡Especialmente te pido por todos los párrocos del mundo para que sean fieles servidores de su comunidad eclesial, que conviertan sus parroquias en centros donde impere el amor y el servicio, que sean capaces de vivir con la alegría de un don tan grande como el sacerdocio! ¡María, Madre, Reina de los sacerdotes, llénalos de tu amor y acompáñales en su vocación! ¡Te pido por los sacerdotes que han perdido la fe, que tienen dudas, que sufren incomprensión, que están perseguidos por lo que representan, los sacerdotes tibios, por los que están enfermos; hazlos santos, Señor! ¡Bendice, Espíritu Santo, cada día los trabajos de los sacerdotes, fortalece sus fatigas, haz firme su vocación, vivificante su oración, vivida la manera en que imparten los sacramentos! ¡Aumenta, Señor, las vocaciones sacerdotales para que tu Iglesia pueda seguir difundiendo por el mundo la Verdad de tu Evangelio! ¡Yo te pido especialmente por todos los sacerdotes que han pasado por mi vida, gracias Señor porque han dejado el sello de tu amor!

¿Deseo fervientemente la vida eterna?

Realizaba ayer al atardecer una larga caminata por el campo. Al pasar junto a una Iglesia entré a saludar al Señor. Al salir, el camposanto de la población estaba abierto sin muro alguno y junto al templo se concentraban las tumbas de los fallecidos de aquel lugar. Una me llamó poderosamente la atención (fotografía que ilustra este texto). Una imponente figura de Cristo extendiendo su mano sobre la sepultura, cubriendo con su poder la vida eterna de aquellos que en su momento partieron a la gloria prometida.

Al proseguir mi caminata me acordé de la pregunta de aquel doctor de la ley a Jesús: «¿Qué se necesita para obtener la vida eterna?» En realidad no es solo una pregunta, es una máxima que persigue a todos los humanos desde tiempos inmemoriales. Olvidamos pensar lo que hay después de la muerte; estamos tan enredados en el materialismo que olvidamos que estamos provisionalmente en la tierra pero como cristiano es un acto natural imaginar que hay una hermosa secuela después de esta vida.

Los cristianos creemos en la vida eterna que Jesús anunció. Pero, seamos honestos, como estamos influenciados por la vibraciones mundanas ¿quién piensa en el más allá? ¿Lo pensamos todos los días, varias veces al día? Oramos por infinidad de cosas temporales —cuestiones que nos afectan o afectan a nuestros seres queridos— pero ¿pedimos para alcanzar la vida eterna ya sea para nosotros o para aquellos que amamos? Contemplando esta imagen de Jesús imponiendo su mano en el camposanto, pienso que esta debería ser la primera oración que pronuncien nuestros labios surgida del corazón. En la tierra —llena de fatigas, dolores, cansancios, tensiones, con la perspectiva de la muerte— solo estaremos unos años, ¡pero la eternidad es para siempre! Entonces ¿no deberíamos pedirle al Señor lo mejor para nosotros y para los demás, es decir, el cielo prometido? Para querer algo, debes pedirlo: no puedes querer algo que no anhelas. 

Me hago esta pregunta: ¿Deseo fervientemente la vida eterna? Es el corazón de la fe cristiana lo que nos dice: debes pasar por la muerte para resucitar, para volver a otra vida. Gracias a Jesucristo, sabemos que hay un mundo mejor donde el Mal no existe, donde reina la justicia, la libertad y la Verdad. Y la felicidad perpetua. Pero este mundo lo desconocemos porque no es una extensión del actual. Es otra vida de la cual no tenemos experiencia. 

¡Lo principal no es imaginar el cielo sino alcanzarlo! Y el método para llegar a él lo anunció Jesús en una simple frase: «Amarás al Señor tu Dios y al prójimo como a ti mismo». Las tres direcciones de un amor equilibrado fundado en Dios. El Santo Cura de Ars lo tradujo de manera sublime: «En la tierra, uno solo debe hacer lo que puede ofrecer al Buen Señor. Si no podemos ofrecerle algo a Dios, mejor no hacerlo». Este debe ser nuestro programa porque es el programa de Jesucristo. Y debemos seguirlo, porque él mismo dijo: «Yo soy la puerta, el que entre por esta puerta se salvará».

No sabemos mucho sobre la vida eterna, pero viendo en esta fotografía como Jesús extiende su mano amorosa y misericordiosa sobre los que reposan en la vida terrena es suficiente para satisfacer mi razón, alimentar mi fe y elegir mi camino en la tierra para que mi alma alcance cuando Dios así disponga el cielo prometido. ¡Porque en la eternidad quiero vivir bajo el amparo protector del Amor supremo!

¡Jesús, contemplando esta imagen en el camposanto te entrego mi corazón, mi alma y mi ser para que hagas de mi un cristiano comprometido que aspire cada momento de su existencia en la vida eterna! ¡No permitas, Señor, que me aparte del camino que tu has marcado! ¡Sabes, Señor, que me cuesta enderezar muchos aspectos de mi carácter, de mi comportamiento, de mis actitudes, que debo mejorar muchas cosas pero también sabes que mi fe es firme, que quiero estar siempre a tu lado, que mi corazón está predispuesto a estar en tu presencia, que confío en ti, que quiero aprender a amar como tu amas! ¡Señor, quiero que la salvación sea para mi un objetivo claro, aunque también soy consciente de que no todos llegarán a tu Reino ni gozar de tu presencia! ¡No permitas, Señor, que me aparte del camino que lleva al cielo, a la vida eterna! ¡Señor, envía tu Espíritu sobre mi, para que me ayude a tener la sabiduría de seguir siempre tu Palabra y tus promesas! ¡Señor, anhelo fervientemente una vez se ponga fin a los pasos que voy dando en esta vida estar junto a Ti en tu reino celestial! ¡Señor, soy consciente de mis miserias y de mis pecados, reconozco ante ti la imperfección de mi vida, de los constantes errores que cada día cometo; envía sobre mi a tu Santo Espíritu para que me de un corazón humilde, sencillo y pequeño para que acepte mis equivocaciones y enmendar aquello que deba ser corregido! ¡Te pido, Señor, también por las personas que quiero para que todos ellos vivan según tu Palabra y crean firmemente en el cielo prometido; para que sus vidas estén impregnadas de tu presencia y sientan como tu gracia se derrama sobre ellos! ¡Te alabo, Señor, te bendigo, te glorifico y te doy gracias por todos los bienes que derramas sobre mi corazón cada día; ayúdame a ser testimonio de tu amor y de tu misericordia en el mundo en el que me muevo!

¡Un amor que puede hacer que nuestras vidas sean verdaderas y benditas Eucaristías!

Me regocijo cuando leo el Evangelio. Es un canto permanente al amor, a la amistad, a la vida… Pasajes repletos de testimonios de amistad sincera, de renuncias, de encuentros inesperados que transforman corazones. Las lágrimas de Jesús en la tumba de Lázaro, el salto del pequeño Juan en el vientre de su madre cuando ésta se encuentra con la Virgen también encinta; el mismo Juan lleno de alegría en las aguas del río Jordán al escuchar la voz de su primo; en el otro extremo del Evangelio con el “¿Me amas?” de Jesús a san Pedro y la respuesta firme de este: ¡Señor, tu lo sabes todo, tu sabes que te amo!”; los encuentros con el centurión, la mujer samaritana, el encuentro con María Magdalena… Si seguimos el camino de la amistad a lo largo del Evangelio, nos convertiremos en amigos de Jesús y haremos, con Jesús, muchos amigos.

La amistad que Cristo comparte con sus apóstoles me impresiona sobremanera. Esa ternura especial con san Juan, el discípulo amado, al que le encomienda hacerse cargo de su Madre; con la fuerza de una amistad incondicional, incluso podría decirse obstinada, por Judas… en el mismo momento en que el apóstol le traiciona y está a punto de entregarlo, lo llama ¡mi amigo! Y Él, Jesús, va a renunciar a su vida por él y por cada uno de nosotros dejando patente que no hay amor más grande que dar su vida por sus amigos. Incluso en la desesperación Judas, cuando es consciente de la locura de haber traicionado al Amigo, se produce un emotivo testimonio de amistad. ¡Sorprendente!

Las amistades que se nos dan para vivir diariamente y que tratamos de escribir día a día de nuestras vidas son, en general gracias del Evangelio, pero quizás deberíamos evangelizarlas más. ¡Debemos asegurar el sabor del Evangelio en cada una de nuestras amistades! Gratitud, escucha atenta, generosidad, humildad, entrega, servicio, recuerdo del amor en Dios nuestro Padre, corazón universal, un amor de amistad que podemos extraer de cada Eucaristía, que podemos recibir del mismo Corazón de Jesús, nuestro Amigo, amigo de todos. ¡Un amor que puede hacer que nuestras vidas sean verdaderas y benditas Eucaristías!

¡Señor, quiero imitarte en tu relación con tus amigos; abrirles el corazón y llenarme de su amistad! ¡Te pido, Señor, que bendigas a cada una de las personas que quiero, a mis amigos, y revélate en cada uno de ellos con tu amor, tu misericordia y tu poder! ¡Señor, envía sobre ellos tu Santo Espíritu para que se convierta en el guía de su vida! ¡Cuando sufran, Señor, o tengan dificultades del tipo que sea, conviértete tu en el sostén de su vida y dales paz en el corazón! ¡Cuando en sus vidas, las dudas aparezcan y la incerteza se asiente en su corazón, llénalos de confianza y dales mucha fe para que desistan del camino! ¡Cuando el cansancio haga mella en su vida, dales la fuerza para resistir los embates de la vida! ¡Cuando el miedo se presente en su vida, revélales tu cercanía y hazles ver que caminas a su lado y nunca los abandonas! ¡Señor, bendice con tu amor a cada uno de mis amigos, bendice sus esperanzas, sus alegrías, sus penas, sus dudas, sus luchas, sus retos, sus sueños, sus travesías, sus incertezas, su vida espiritual, su vida familiar, sus trabajos! ¡Hazte presente, Señor, en sus vida como hiciste con cada una de las personas con las que te encontraste en cada pasaje del Evangelio! ¡Gracias, Señor, por escuchar mi oración!

¡María, ruega a Jesús por mi!

Primer sábado de agosto con María, Madre del Redentor y Madre de Misericordia, en lo más profundo de mi corazón. Estos dos atributos los refiere con asiduidad en su magistral tratado a la Virgen san Alfonso María de Ligorio, del que hoy celebramos su festividad. Las Glorias de María es una profunda y hermosa recopilación de temas en defensa de la Virgen María. De este santo italiano aprendemos que sí, que María es Madre del Redentor y Madre de misericordia, que Jesús es el mediador de la justicia y que María es mediadora de la gracia porque todas las gracias que Cristo nos otorga, sin excepción, han pasado previamente por las manos de Nuestra Madre.

A los ojos de Dios, cualquier oración de alguien que haya alcanzado la santidad es un oración atendida con amor pero las oraciones que salen del corazón de María, del corazón de la Madre, llegan íntimamente al corazón de Dios. Y san Alfonso nos invita y nos recomienda a recurrir con confianza y asiduidad a esta Madre divina. Y la jaculatoria más hermosa que nos enseña, que nos permite abrir el corazón, que nos sirve como recurso recurrente, es pronunciar con humildad un devoción tierna a María es: ¡María, ruega a Jesús por mí!.

Y como el poder de Jesús, que es todopoderoso, le viene por naturaleza, a María le es otorgada por la gracia. ¡Solo pensando que fue escogida por Dios para ser su Madre hace que nada que le pida Ella a Dios no sea otorgado!

Doy gracias cada día por tener a María como Madre. Ella nos obtener todas las gracias que precisamos. Pedirle una gracia a María es obtenerla con toda seguridad a pesar de mi indignidad de pecador y de estar tan alejado tantas veces de Dios con mis comportamientos. Pero cuando más pecador eres, más digno de te hace María a través de su intercesión. La finalidad de María es que no cejemos en nuestra oración diaria, en el rezo del Santo Rosario, oración que san Alfonso nunca abandonó, con el fin de obtener la salvación que Ella tan fervientemente desea para cada uno de sus hijos.  

Y como san Alfonso quiero decir hoy: ¡Oh, María! Espero salvarme con entera certidumbre por vuestro medio. Rogad a Jesús por mí; no os pido otra cosa. Vos me habéis de salvar, porque sois mi esperanza. Entre tanto, no cesaré de repetir estas consoladoras palabras: ¡Oh María, esperanza mía; Vos me habéis de salvar!

¡Oh, María! Espero salvarme con entera certidumbre por vuestro medio. Rogad a Jesús por mí; no os pido otra cosa. Vos me habéis de salvar, porque sois mi esperanza. Entre tanto, no cesaré de repetir estas consoladoras palabras: ¡Oh María, esperanza mía; Vos me habéis de salvar! ¡Oh María, que eres mi Madre y eres mi Esperanza, me refugio bajo el manto de tu protección; no me alejes nunca de tu Hijo; mira con misericordia y afecto mi miseria y ten piedad de mí para interceder ante el Padre por mis pecados y mis miserias, intercede para que el Espíritu Santo se pose sobre mi y me llene de su amor y de luz a mi vida! ¡María, te pido que obtengas para mi la santa perseverancia, el amor de Dios, una vida santa y una buena muerte! ¡Todo tuyo, María, esperándolo todo de ti, porque eres la preferida de Dios que siempre te escucha! ¡María, en ti donde pongo todas mis esperanzas y como dejó escrito san Alfonso: “Si mi corazón es indigno de amaros, por estar manchado y lleno de afectos terrenos, procurad, Señora, trocarlo, ya que lo podéis hacer. Unidme y estrechadme de tal manera con Dios, que no pueda jamás separarme de su santo amor”!

Hoy comienza el mes de agosto. Nos unimos a la intención del Santo Padre que pid recemos por todas las personas que trabajan y viven del mar, entre ellos los marineros, los pescadores y sus familias.

No amar tu voluntad; amar la voluntad de Dios

Hoy la Iglesia nos regala la festividad de uno de los grandes santos de la Iglesia: Ignacio de Loyola. Un hombre recio, valiente, perseverante, decidido que tiene el absoluto de Dios arraigado en lo más profundo del corazón; este es el secreto de la vida de san Ignacio de Loyola.

El encuentro con Cristo, después de haber sido herido en el campo de batalla, con una larga enfermedad que le obligará a una larga convalecencia, perturba por completo la vida de san Ignacio. Su nombre, de origen vasco, en sí es como el resumen de su secreto. Antes de comenzar a escribir he buscado el significado del nombre Ignacio porque pensaba que estaría vinculado al enfrentarse a los problemas y dificultades. Ignacio significa «el que surge entre las llamas» e Ignacio de Loyola era realmente un alma de fuego. Cuando el Señor, que también es un fuego consumidor, entró en su corazón, lo consumió completa y definitivamente. Este es el secreto de la vida de San Ignacio y esto es lo que comunicó a quienes se convirtieron en sus discípulos y sus compañeros. El fuego del amor de Dios que consume y ocupa todo el espacio, sin límites, sin dejar cabida a nada más.

Hay, en los Ejercicios de San Ignacio, que son un fundamento fructífero del misticismo de San Ignacio, en los cuales el alma se encuentra frente a Dios, en ese proceso de examinar la conciencia, de meditar, de contemplar, de orar mental y vocalmente, de disponer el alma, de hallar la voluntad divina en tu vida, la demanda constante a Dios: Señor lo que quiero y deseo. Esto también resume completamente el alma de San Ignacio y de toda la compañía de Jesús. La voluntad de Dios que se convierte en nuestra voluntad hasta el punto de que esto es lo que Dios quiere que pidamos porque es lo que Dios quiere que queramos. Este es el secreto que mantuvo vivo a San Ignacio. Hubo un tiempo en que Dios se le apareció, y él le dio todo, y desde ese momento no tuvo más voluntad que la del corazón de Dios.

Este es el significado de la obediencia de san Ignacio y de la Compañía que él fundó. Obedecer no implica convertirse en un esclavo, no es convertirse en una herramienta inanimada en manos de un jefe tiránico que, arbitrariamente, hace cualquier cosa con él, obedecer es hacer la voluntad del Único. Es no amar tu propia voluntad sino identificar totalmente el impulso más profundo de tu corazón con el impulso del corazón de Dios. Esta es la obediencia de Cristo a la voluntad de su Padre y esta es la obediencia del cristiano a la voluntad de Dios y esto es lo que san Ignacio nos muestra, de una manera maravillosa, y que todos debemos vivir, por nuestra parte y con nuestro propio temperamento, nuestra propia espiritualidad, nuestra propia sensibilidad: para asegurarnos de que el amor de Dios sea lo suficientemente profundo en nosotros como para que haya, tal vez no a primera vista, como san Ignacio, pero en cualquier caso de forma gradual y real, una identificación de nuestra voluntad con la voluntad de Dios, de nuestro deseo con el deseo de Dios, para que solo Él sea el primero en ser servido, Él solo el centro de nuestra vida y de la vida. Haciéndolo así me puedo dar entonces a los demás con un corazón lleno de Dios. «En todo amar y servir» la frase de san Ignacio que es mucho más que un lema. Y que hoy, en su festividad, quiero hacer también ejercicio de vida, ejercicio de amor para darlo a los que conviven conmigo, con los que trato y con los que me relaciono.

Hoy quiero que mi plegaria sean dos oraciones que tengo muy presentes en mi vida. Ambas son de san Ignacio de Loyola.

Oración de entrega, ideal para el inicio de la jornada y para orar después de haber recibido la Sagrada Comunión.

Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad; todo mi haber y mi poseer. Vos me disteis, a Vos, Señor, lo torno. Todo es Vuestro: disponed de ello según Vuestra Voluntad. Dadme Vuestro Amor y Gracia, que éstas me bastan. Amén.

Señor, Tú me conoces, aconsejada en el momento de iniciar la oración personal

Señor, Tú me conoces mejor  de lo que yo me conozco a mí mismo. Tu Espíritu empapa  todos los momentos de mi vida. Gracias por tu gracia y por tu amor  que derramas sobre mí. Gracias por tu constante y suave invitación  a que te deje entrar en mi vida. Perdóname por las veces que he rehusado tu invitación, y me he encerrado lejos de tu amor. Ayúdame a que en este día venidero  reconozca tu presencia en mi vida, para que me abra a Ti. Para que Tú obres en mí, para tu mayor gloria. Amén.

¡Soy un intolerante!

¡Qué importante diferenciar en la vida entre tolerancia y misericordia! La misericordia, que surge del corazón, se otorga al ser humano; la tolerancia se otorga a lo que esa persona hace o como se comporta. La verdadera tolerancia presupone respetar lo que para los demás puede considerarse sagrado como son sus ideas, sus opiniones, sus creencias, sus diferencias, su diversidad, sus intereses, su manera de obrar. Sin embargo, yo me considero alguien intolerante… ¡Intolerante ante el mal! Intolerante ante los comportamientos negativos que limitan la libertad, la justicia, la caridad y los valores morales intrínsecos del ser humano. Intolerante ante la injusticia.

Me considero intolerante ante el libertinaje social, ante el individualismo imperante, ante la dictadura del relativismo que se está imponiendo en el mundo para destruirlo, ante los abusos contra los derechos de los seres humanos y, especialmente, de tantos perseguidos por su fe… No me considero superior a nadie, más al contrario, me considero el primero de los pecadores. Pero soy intolerante porque bajo ningún concepto puedo ser tolerante con el aborto y la eutanasia que cercena la vida humana y es contrario a la ley moral, con que se denomine matrimonio a la unión entre personas del mismo sexo porque desvirtúa el valor sagrado de la unión entre el hombre y la mujer, con el terrorismo que abate vidas por imponer unos principios políticos o ideológicos, con la violencia de género que denigra la dignidad de la persona que la sufre, con las violaciones a las mujeres porque menoscaban su dignidad y su integridad como persona, con el ataque a la libertad religiosa que es un elemento esencial del estado de derecho, con la corrupción que corrompe el estado y las instituciones, con las mentiras de la clase política, con la prostitución, con el primar el beneficio en perjuicio del trabajo, con las desigualdades sociales, con el menosprecio al medio ambiente… No, puedo ser tolerante ante todas estas situaciones y tantas otras que harían interminable la lista. La rigidez de mi intolerancia se dirige contra el pecado y contra el mal que este provoca; sin embargo, soy tolerante con quien comete ese pecado y provoca ese mal. Rechazo el mal pero perdono a la persona pues trato de ser misericordioso y compasivo con quienes realizan esos comportamientos negativos.

Por eso trato de abrir mi corazón cada día en la oración y al analizar mi interior, al profundizar lo que soy, cuando trato de conocerme a mi mismo, intento dilucidar y distinguir lo que está bien de lo que está mal. Y quiero desecharlo de mi corazón, arrancarlo de mi alma, hacer un condena explícita en mi propio ser. Y con ello trato de aprender a distinguir esta realidad en los que me rodean. Y tratar de ser capaz de dar la medida correcta. No me resigno a buscar siempre la verdad, a distinguir entre el bien y el mal porque tengo necesidad de alcanzar siempre la verdad. Mi intolerancia se dirige hacia el mal porque quiero que el bien se imponga en el mundo en el que vivo, en el entorno en el que me muevo, en los corazones de los que quiero. 

Todos somos iguales. Con la tolerancia respeto las ideas ajenas pero no puedo permitir que me impongan un relativismo que coarte mi libertad como ser humano y como cristiano; con la misericordia sé que como todos somos únicos e irrepetibles y eso me permite crear un mundo en el que prime el amor. 

¡Señor, pon en mi vida trazos de misericordia para perdonar y entender a los que sufren! ¡Señor, dame por medio de tu Santo Espíritu entrañas de misericordia para que enfrente todo aquello que abusa de la dignidad humana! ¡Hazme consciente de mis limitaciones, Señor, para crecer en bondad, generosidad y amor! ¡Frente al mal, Señor, no permitas que de pasos hacia atrás! ¡Por medio de tu Santo Espíritu, Señor, inspírame siempre lo que debo decir y como decirlo, como actuar en cada ocasión, inspírame los gestos y las palabras adecuadas frente al que se equivoca tanto como yo! ¡Ayúdame a estar siempre disponible para ayudar al que se siente humillado, explotado, utilizado, deprimido, despreciado…! ¡Ayúdame a contraponer el mal para convertirlo en bien, para denunciar con valentía las injusticias morales de este mundo, para que en el mundo primer la verdad, la libertad, la justicia, el amor, la paz, la verdad como tu nos has enseñado! ¡Señor, cada día te busco en mi caminar cotidiano pero necesito que por medio de tu Santo Espíritu me ayudes a discernir los signos de los tiempos; te pido que me ayudes a crecer en fidelidad al Evangelio y no dejarme llevar por el relativismo de este mundo que cada día te niega más y quiere apartar la Verdad de los corazones humanos! ¡Hazme, Señor, discípulo de tu amor y siempre una persona que busque la paz, la justicia, el perdón y la reconciliación!

Me equivoco cuando le digo a Dios como actuar

Hoy la Iglesia nos regala la festividad de santa Marta, tan unida a Jesús como sus hermanos María y Lázaro. Marta parece ser una mujer activa agitada por los vaivenes de la vida; mientras María, la que perfuma los pies de Jesús, parece más serena y con una mayor vida interior. Pero ambas, con sus respectivos caracteres, alcanzaron la santidad.

Me imagino la escena que relata el evangelio. Marta se encuentra en la cocina preparando los platos y tratando con cortesía a sus invitados. Pero cuando te detienes a contemplarla, más que feliz, parece tensa y crispada. ¿Por qué ? Encerrada en su cocina sueña con estar con Jesús, junto a su hermana: ¡no está en el lugar correcto en el momento adecuado! Marta se enoja y reprende indirectamente a María para hacerla reaccionar ordenándole a Jesús: ”Dile a mi hermana que me ayude”…  ¡Qué mala idea decirle a Dios como debe actuar! Podemos decirle que somos infelices, que no entendemos lo que nos está sucediendo, que estamos disconformes con los acontecimientos que nos suceden. ¡Pero Dios es Dios y nunca seremos igual o superiores a Él para ordenarle y decirle lo que tiene que hacer! Marta tiene grandes cualidades en el corazón y una gran fe; es eficaz y delicada; dispone de una gran madurez personal…  pero equivoca su actitud al decirle a Jesús qué hacer, ¡para decirle a Dios qué hacer! 

Santa Marta es muy devota de Jesús, le sirve con la mejor predisposición, pero a diferencia de María, su hermana, lo hace a su manera. Lo podemos ilustrar con dos verbos: Marta da a Jesús y María recibe de Jesús. ¡Y aquí está la gran enseñanza: lo importante no es lo que intentamos hacer por Dios o por los demás, sino lo que Dios hace por nosotros! En la tierra, tenemos una misión, una vocación, un papel que desempeñar, y debemos desempeñarlo lo mejor posible. Pero no debemos caer en el activismo. A diferencia de Marta, María nos recuerda que lo importante es comenzar escuchando, aprendiendo, recibiendo y entendiendo… antes de actuar. Sabemos que nuestras acciones son el desbordamiento de lo que tenemos en mente. Y para que nuestras acciones sean mejores, debemos trabajar para mejorar nuestra mente.

Todos debemos cumplir con nuestro deber personal. ¡Algunas veces ese deber será actuar sin demora, incluso en momentos de dificultad! En otras ocasiones, por el contrario, nuestro deber será reflexionar, dar un paso atrás y confiar en Dios. Dios no necesita nuestras acciones, necesita nuestro amor. Dios espera que le ofrezcamos nuestro corazón, nuestro espíritu, para iluminarlo, inspirarlo, fortalecerlo, regenerarlo, calmarlo. Un cristiano busca vivir permanentemente con Jesucristo, y esto no es fácil porque, aunque siempre permanece en nosotros, ¡no siempre estamos con él! Y cuando nuestro espíritu se disipa o se dispersa hay que intentar volver al lugar donde Dios se encuentra. Esta es la principal lección que he aprendido hoy meditando la figura de santa Marta en su festividad. 

¡Hoy me postro ante Ti, Señor, con el deseo de servirte con amor, entrega y diligencia como hizo Santa Marta! ¡Ayúdame, Señor, a vivir siempre con un corazón abierto, un corazón compasivo y misericordiosos, un corazón que no se endurezca ante las necesidades del otro, que exprese siempre el cumplimiento de tu voluntad! ¡Ayúdame a tener un corazón generoso como el de tu amiga santa Marta, un corazón que se entregue al prójimo, que busque servir al otro, que trate de encontrarte en cada momento de la vida, que anhele estar cerca de ti, un corazón que no sea autosuficiente, que no esté basado en mis propias necesidades ni en mis egoísmos, un corazón que esté bañado en la compasión, el amor, la caridad y la misericordia! ¡Y como santa Marta, Señor, hazme recordar siempre que tu esperas de mi que abra mi corazón, que ame  para que mis acciones estén impregnadas de tu presencia! ¡Señor, como santa Marta te digo que eres el Mesías, el Salvador! ¡Y como con santa Marta, Señor, acepta mi hospitalidad para que te sientas cómodo en mi corazón y en mi casa; ayúdame a servirte siempre con diligencia y amor y por ende hacerlo también con el prójimo para que en su momento me recibas en la morada de la eternidad!

La vida es mucho más que mis problemas

Esta mañana me he levantado cansado, con tedio, con cierta pereza, con una inercia que tiende a afrontar con pesadez la jornada, con la cargas de lo que viene en el día con poco ánimo. He hecho la oración y he rezado las laudes distraído. Pero, enseguida, he tomado el bello y motivador Salmo 62 y lo he leído con ahínco, con esperanza. Y he comenzado clamando como hace el salmista: «Oh Dios, Tú eres mi Dios, por ti madrugo» y he continuado recitándolo con alegría, con esperanza, con gozo y cuando he terminado lo he visto todo con otros ojos, como una ofrenda amorosa a la vida, como un agradecimiento profundo a todo lo que me Dios me concede; con el ímpetu de que este nuevo día y todo lo que él depare, positivo o no tan agradable, me servirá para ir edificando en mi vida, para ir construyendo puentes de afectividad, de esfuerzo, de compromiso y, sobre todo, para que se convierta en una encuentro con Aquel que todo lo da, todo lo ofrece, todo lo entrega. 

Y he permanecido un rato en silencio, sentado en el silla donde he leído el texto. Y me he dicho: «Me pesa el día, ¡pero a cuantos les cuesta cada día la jornada! Me siento cansado, ¡pero cuántos cansancios acumulan tantos cuya vida sí que es difícil y complicada! Hoy tengo que convertir este día en una jornada llena de vitalidad,  de ánimo, de alegría, de esperanza, de caridad, de amor. No lo tengo que hacer por mí, tengo que hacerlo ofreciéndolo por todos aquellos a los que hoy les va costar levantarse por los problemas que les pesan, los sufrimientos que les embargan, las pesadumbres que les agobian, por los que no tienen donde llenar las manos de alimentos o de ilusiones, por los que les falta trabajo o alegría, por los que ven hundirse sus negocios oo su trabajo pende de un hilo si no lo han perdido, por los que están solos y no tienen a nadie que les acompañe».

Y me he puesto en pie. La vida es mucho más que mis problemas, mis cansancios, mis agobios, mis dificultades, ¡mi individualismo! La vida es darse y entregarse. Es dar trascendencia a lo que vivimos. Es dar un sonrisa y llenar al otro. Es dar un abrazo y consolar. Es secar una lágrima con el pañuelo de tu amor. Es humanizar la existencia de los que te rodean. ¡Claro que puedo tener problemas pero puedo ponerlos en un lado para acoger los del otro y unidos, darle un sentido de amor!

La vida es convertir lo ordinario, lo pequeño, lo sencillo en algo extraordinario. Basta un gesto, una sonrisa, una mirada, una palabra y todo se hace acontecimiento. Así, todo se abre a la providencia de Aquel que nos enseñó la Buena Nueva de la entrega por amor al prójimo.

Mi referente es un pequeño hogar de un pueblo perdido donde tres personas santas convirtieron aquel espacio en el centro del amor, de la entrega, del silencio, del trabajo santificado, de la convivencia humanizadora, de la oración sencilla con el corazón abierto; un hogar donde el Espíritu rondaba dando sabiduría, inteligencia, fortaleza, vida interior, trascendencia, pureza, ¡vida en Dios!

Esa escuela me enseña a que la vida tiene como horizonte la eternidad y que mis cansancios cotidianos puedo convertirlos en un estadio más para mi crecimiento personal y espiritual.

¡Espíritu Santo, tu lees lo que hay en mi interior, en mi vida, en mi camino; sabes que hoy me he levantado cansado y con pocas fuerzas, desgastado por el agotamiento de ayer y por las cargas de mis agobios! ¡Pero tengo, esperanza, tengo fe, tengo alegría, tengo a la Trinidad Santa que me acoge y no puedo más que dar gracias, que bendecir, que alabar y que seguir adelante! ¡Acudo a ti, Espíritu de Dios, para darme la fortaleza que me falta, el empuje que necesito, la sabiduría para ver las cosas con otra mirada! ¡Me acuerdo, Espíritu divino, como acompañaste a Cristo en sus jornadas agotadoras dándole fuerza para seguir adelante y sobre todo recuerdo como estabas a su lado aquel día capital de su subida al Calvario cargando con la cruz de mis pecados! ¡Me acuerdo como diste a nuestra Madre, la Santísima Virgen, el valor y la fuerza para permanecer a los pies de la cruz y me digo: ven, Espíritu de Amor, ven a mi vida y no me permitas que me queje nunca por mis cansancios! ¡Dame la fuerza para sostener a los que están a mi lado y dales a todos los que amo y a la humanidad entera la fuerza para luchar cada día, para no decaer ni desfallecer antes los cansancios de la jornada! ¡Y que los cansancios de mi jornada no me hagan caer en el desánimo ni en la desesperanza más al contrario que me permitan abrir el corazón para ser testimonio del amor de Dios a loa humanidad entera!