¿De qué quiere hablarme Dios?

Quedan apenas tres días para llegar a Navidad. En el silencio, necesito que Dios me hable para poder escucharlo. Contemplo a un Niño Jesús que tengo en casa, recostado en una cuna al que beso cada vez que paso por su lado y al que le hablo con lo que me surge del corazón.
En este Niño, Dios me muestra que no es un ser distante. Que haciéndose pequeño, se pone a mi alcance. Me permite que lo tome entre mis brazos, que lo sostenga con mis manos. Dios me revela que no es un principio alejado de la vida del mundo. Dios es el que viene a nosotros, se hace como nosotros, se convierte en alguien como nosotros. No es un Dios silencioso que no puede hablar. Dios habla, y lo hace a través de su Hijo. Dios habla y escucha. Dios escucha y ve.
Pero, ¿de qué quiere hablarme este Dios tan íntimamente? De la gracia y de la verdad que vinieron a través de Jesucristo. A través de Él, te abre a la plenitud de la gracia y la verdad. Y la verdad es conocer a Dios. Jesús es el único a través del cual se nos da el conocimiento del Padre. Nadie conoce al Padre, sino el Hijo. Si lo recibimos, si creemos en su nombre, nos da el poder de convertirnos en hijos de Dios. Solo Él es digno de revelarnos el verdadero rostro de nuestro Padre que está en el cielo.
A Dios nadie lo ha visto nadie pero ahora su Hijo viene a revelarlo. Y así, a través de Jesús, entiendes quien eres al comprender quién es tu verdadero Padre. Él es nuestra vida y nuestra luz.
Nuestra vida porque va más allá de nuestras vidas, viene a traer esta presencia, esta dulzura, esta vitalidad divina. Sí, este niño me da razones para vivir, me introduce en las profundidades de la nueva vida en Dios. Viene a renovar toda mi vida internamente, viene a vivificarme para que sea capaz de vivir al ritmo de Dios, en el esplendor de la vida de Dios. Viene a nacer en mi corazón para que Dios pueda sembrar mi vida con su propia vida.
Pero también es mi luz, quien da sentido y orientación a la vida que llevo. Este niño es luz porque me revela quién es Dios. Mi vida necesita tener un significado y, a menudo, lo que más extraño es esta luz que me permita descifrar mi realidad.
En Navidad, Dios está muy presente. Lo siento con este Niño tomado entre mis brazos. La Palabra de Dios en mi regazo. La Palabra nacida de Dios que dice que cada uno ha nacido de Él.
Solo le pido a Dios que me conceda su espíritu de gracia y me ayude a descubrir en Jesús, el hijo amado del Padre, Su palabra, la palabra que da sentido a mi vida; palabra que es verdadera luz.

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¡Señor, mi corazón late de alegría por tu amor, porque tomándote entre mis brazos siento tu presencia viva! ¡Tomándote entre mis brazos, siento tu amor, siento que me iluminas, que siembras mi vida con tu propia vida! ¡Gracias, Señor! ¡Gracias, porque tomándote entre mis brazos siento en mi regazo tu Palabra! ¡Te pido, Señor, que ilumines mi vida con tu luz ¡Dame la gracia de creer siempre en ti, de llenar mi vida de una fe alegre, con independencia de cuales sean las circunstancias que me rodean! ¡Ilumíname, Señor, cada día de mi vida, haz que tu Palabra de siempre sentido a mi propia vida! ¡Padre celestial, te doy gracias y te adoro por todo lo que me das por medio de Jesús! ¡Bendíceme y guárdame, bendice y guarda a todos los que amo, bendice y guarda a todos los que me han hecho daño y yo he dañado, bendice y guarda a todos los que me encuentre por el camino! ¡Haz, Padre Celestial, que resplandezca tu rostro sobre mi y ten de mi misericordia! ¡Que la lluvia de la bendición descienda sobre mi vida y mi casa sea una bendición permanente a Ti! ¡Te doy gracias amado Dios por todo lo que me has dado,  lo que me concedes y lo que me concederás! ¡Gracias, porque tomándote entre mis brazos, me siento bendecido, amado y glorificado!

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El Señor está cerca; ¡y tan cerca!

En este tiempo de adviento tengo más conciencia de que el Señor está a punto de llegar para salvar a todos los hombres y que ofrece su palabra para la alegría del corazón. Pensamiento hermoso porque es la magnífica proclamación que hace la Iglesia de que Dios no nos olvida; al contrario, viene a nuestro encuentro para salvarnos. Depende de cada uno preparar su futuro.
Siguiendo el patrón de Juan el Bautista, hay que preparadle el camino al Señor, allanad sus senderos. Me corresponde alentar mi corazón para la penitencia, estar atento y alegre al mismo tiempo, ya que «el Señor está cerca». ¡Y tan cerca!
Y como Juan el Bautista mi voluntad debe estar decidida a cumplir la misión divina. Vivir como Juan en la humildad, una vida austera y hermosa, valiente y entregada, reveladora de un espíritu de oración. Dios también me pide que proclame a Cristo y prepare su camino. La tarea es difícil: pero dado que Dios me la confía, pongo mi confianza en su ayuda infalible.
Juan el Bautista me invita a una profunda renovación interior, en cada una de mis ocupaciones cotidianas. Cambiar aquellas cosas torcidas de mi corazón. Rectificar aquellas actitudes sinuosas. Mejorar las circunstancias personales que están en penumbra. Dejar de lado las acciones en apariencia desinteresadas. Dejar de lado los intereses egoístas. Evitar autojustificarme cada vez que me equivoco. Utilizar bien el tiempo para mi propio bien y el de los demás. Tratar de no encerrarme en mis propios intereses y placeres mundanos. Hacer que mis metas sean elevadas. Es decir, rectificar para hacer mi camino una senda de rectitud para que Cristo pueda llegar a mí por el camino llano.
Es un tiempo de conversión personal pero también de oración por la conversión de las mentalidades y los comportamientos de nuestros contemporáneos inmersos en sociedades descristianizadas. ¡Hay tantas personas, cerca y lejos de nosotros, que viven como si Dios no existiera! Incluso Dios es expulsado de las estructuras y las leyes de la sociedad en nombre del «bien» de la humanidad.
Como cristiano soy consciente de que la venida del Señor es inminente. Para recibir la gracia especial del Mesías, tengo que hacer penitencia por mis pecados, corregir mis comportamientos equivocados y reparar los daños causados por mis acciones. Estas son las bellas palabras de Isaías, que salen también de los labios de Juan: suavizar las colinas, restaurar los caminos. La tibieza, la autosuficiencia, el orgullo, la confusión de la mente, el conformismo, el desánimo, la autocomplacencia… no son elementos apropiados para un cristiano que se prepara concienzudamente para la Navidad. Preparar el camino exige olvidarse de uno mismo para comprometerse a anunciar al Niño-Dios que nacerá en Belén.

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¡Espíritu Santo, ayúdame a enderezar los camino y allanad el sendero para que Cristo llegue a mi vida como merece! ¡Abaja en mi interior aquello que me impide allanar el camino como la soberbia y el orgullo, la vanidad y los egos, la autosuficiencia y las complacencias mundanas! ¡Permíteme, Espíritu Santo, transformar mi corazón, renuévalo y purifícalos, para que Dios pueda acercarse a él sin encontrar barreras de ningún tipo! ¡Reduce mi vida a la humildad y la modestia, para que el Niño Dios hecho Hombre llegue a mi corazón con la alegría de llegar a lo pequeño! ¡No permitas, Espíritu Santo, que mi preparación sean superficial, repleta de adornos exteriores, sino que lo que brille es mi interior! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a contribuir en esta misión desde la autenticidad de mi testimonio y desde la humildad de mi trabajo apostólico! ¡Espíritu Santo, sanador de corazones hambrientos de Dios, no permitas que cierre mi corazón al amor de Dios, escogiendo la comodidad y la autosuficiencia, lo fácil y lo que me desvía de Dios! ¡Espíritu divino, permíteme enderezar de mi vida todo lo que tiene que ser cambiado y torcido! ¡Toma, Espíritu divino, las riendas de mi vida y ayudarme a preparar las sendas para que Cristo llegue a mi corazón! ¡María, Virgen Santa, Estrella de la Evangelización, ayúdame a ser dócil a la llamada del Señor y trabajar con humildad en dar a conocer la Verdad de tu Hijo Jesús! ¡Te pido, Espíritu de Dios, que transformes también los corazones de aquellos que están alejados de Jesús, que lo han abandonado o que luchan por alejarlo de la sociedad actual!

Tiempo de invitación a la sencillez

El tiempo del Adviento es un tiempo que te invita a la sencillez. Sencillez como la de María, que todo lo hizo en silencio, como pasando desapercibida a pesar de que la decisión que tomó fue la más trascendente de la historia. Sencillez como la de san Juan Bautista, que se despojó de todo, para allanar los caminos de Jesús. Sencillez como la de Cristo, el Dios hecho Hombre, que viene a nosotros en la pobreza más absoluta. La sencillez es la virtud que jalona la vida de estos tres significados protagonistas del Adviento. Y yo, ¿cómo ando de sencillez?
Y es cuando caes que todo lo que tiene que ver con Dios no puede estar revestido de grandilocuencia sino impregnado de sencillez. Cristo, fuera donde fuera, hiciera lo que hiciera, no buscaba nunca el espectáculo sino, simplemente, remover el corazón del hombre. Jesús me quiero pequeño. Quiere que me haga como un. Niño. Quiere que me desprenda de todo aquello que no abone en mi vida el discurso de la sencillez. Renunciar a la soberbia, al egoísmo, a creerme más que el otro, a no vivir en la autosuficiencia; a ser consciente de que ser sencillez es mostrarme al prójimo como lo que soy sin pensar en el qué dirán, ni el qué pensarán de mi, o de si me juzgarán. Ser sencillo es vivir de manera descomplicada, sin complejos, buscando llenarse de la gracia que viene del Espíritu, con un corazón abierto siempre a Dios, sin media tintas ni medias verdades, sin recovecos en los que esconder mis miserias.
Ser sencillo para mostrar todo el amor que mi corazón atesora hacia Ti, para que cada una de mis obras esté precisamente impregnada de ese amor. Que mis palabras y mis sentimientos reflejen el profundo amor, la inmensa alegría y la gran esperanza que tengo por ser Hijo de Dios y hermano de Cristo.

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¡Señor, concédeme la gracia de optar por la sencillez de vida para ser más libre interior y exteriormente! ¡Envíame, Señor, tu Santo Espíritu para vivir acorde con las enseñanzas de Jesús, para redescubrir la belleza de la vida, de la creación naturaleza y de las relaciones humanas! ¡Hazme ver, Espíritu Santo, que no tengo que depender tanto de las cosas para ser feliz! ¡Libérame de todas aquellas ataduras y dependencias que me impiden crecer en santidad! ¡Ayúdame a ser sencillo en todos mis gestos y acciones para darme a conocer a los demás como realmente soy con sinceridad, humildad y sin máscaras! ¡Ayúdame a aceptar la verdad de mi vida, con honestidad, sin orgullo, vanidad y soberbia! ¡Ábreme, Espíritu Santo, a una apertura sincera a Dios y al prójimo! ¡Abre mi corazón con sencillez al prójimo para acogerlo, amarlo, perdonarlo y acompañarlo! ¡Libra, Espíritu Santo, mi corazón de rencores, odios, malos pensamientos, actitudes egoístas y juicios despiadados! ¡Permíteme, Espíritu Santo, abrir mi corazón para ser interpelado por Dios, valorar mi propia vida, aceptar su santa voluntad! ¡Hazme ver, Espíritu Santo, en todo lo que me acontece la huelle amorosa y misericordiosa de Dios! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a que mi corazón permita que Dios intervenga en mi vida! ¡Que mi vida sea grande, Espíritu divino, pero apoyada sobre todo en la humildad y en la sencillez de Jesús y que todo lo que haga tenga el envoltorio de la ternura, el amor, la sencillez, la generosidad, la entrega y el perdón! ¡Transfórmame, Espíritu Santo, para conformar mi voluntad a la voluntad de Dios!

Al encuentro del Dios-con-nosotros

He leído un libro extraordinario, una historia real en la Afganistan de los años ochenta en el momento de la invasión soviética. Una novela de perdón y de amor entre dos jóvenes de distintas clases sociales unidos por la amistad que el tiempo los separa para volver a unirse décadas después. Aunque el libro no es en absoluto religioso, más al contrario es un crudo relato de un tiempo duro y doloroso, está impregnado de detalles que tal vez el autor no tenía intención de mostrar desde esta perspectiva pero que te enseña como Dios, en sus obras, se sirve de una manera increíble de instrumentos inútiles para hacer el bien y cambiar las circunstancias. La novela habla en cierta manera de la libertad del hombre. Y mi conclusión al terminarla ha sido que Dios nos otorga una voluntad libre que desea que la utilicemos para hacer el bien; desea que seamos sus instrumentos inútiles poniendo nuestra voluntad a sus disposición para transformar el mundo. No es más que poner en práctica en la vida las palabras de María: «¡He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tu Palabra!». ¡Con qué fuerza resuena esta frase en este tiempo de Adviento de la boca de la Virgen! Porque estas palabras son una invitación permanente a vivirlas en nuestra vida cotidiana. Vivir para hacer la voluntad de Dios, en perfecta armonía con Él.
Adviento es el tiempo de la alegría, del ir al encuentro del ¡Dios-con-nosotros! Y que mejor manera de hacerlo que de la mano de la Virgen.

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¡Señor, ayúdame a caminar por la vida con la esperanza de que todo es para hacer el bien, seguir tu voluntad, cumplir con tus mandatos! ¡Me pongo, Señor, a tu servicio para que me hagas instrumento inútil de tu obra en mi pequeño mundo! ¡Concédeme, Señor, la gracia de caminar paso a paso, confiadamente, con la alegría de saber que Tú estás a mi lado! ¡Ayúdame, Señor, a utilizar siempre para bien la libertad que me otorgas! ¡Utilízame, Señor, como pequeño instrumentos de tu obra redentora para cambiar el mundo según tu voluntad! ¡María, Señora del Adviento, predispón mi corazón en este tiempo para que se haga siempre la voluntad del Padre! ¡Predispón, Madre, mi vida para que se haga siempre en mi según la Palabra de Dios! ¡Que no deje nunca de imitarte, Madre, porque mi deseo es hacer como hiciste Tu que viviste siempre en perfecta armonía con el Creador!

Navidad, un canto del Amor Divino

La Navidad es para mí como un canto del Amor Divino. Amor Divino el de ese Niño que, recostado en un pesebre, te abre el corazón para recibir la abundancia de su gracia. ¿Cómo es posible que perdamos con tanta frecuencia la capacidad de entender que el amor divino es capaz de transformar y trascender todo en nuestra vida? ¿Por qué nos cuesta tanto confiar en esta fuerza e, incluso, en los milagros que se provienen de ella? Los seres humanos tendemos a dejarnos llevar por la tristeza, la decepción, las dudas, los miedos, los temores, las dificultades, las angustias… todo esto nos invade y cuando se asienta en nuestros pensamientos y emociones frenan nuestro crecimiento interior y bloquean determinados aspectos de nuestra vida.
Pero en Navidad contemplas al Niño recostado en el pesebre, arropado por José y María, y no puedes más que ver al Amor Divino. Amor Divino que es la paz, la alegría, la confianza, la armonía, la fe, el valor, la esperanza, la bondad, la gracia, la libertad, la compasión, la sabiduría, el perdón, la humildad, la unión, el valor, la espera, la misericordia, la sinceridad, la entrega, el servicio, la magnanimidad, el respeto, la sinceridad… cualidades todas ellas del corazón divino de Cristo que llega a nuestro propio corazón cuando se abre a la gracia y rompe lo que nos bloquea y angustia.
El Amor Divino te enseña a amar sin condiciones, a entregarte sin condiciones, a servir sin condiciones, a vivir alimentados de este gran Amor. El Amor Divino te permite reconocer en tu propia alma la profundidad de su trascendencia.
El tiempo de Navidad es el más adecuado para dejarse impregnar de este Amor Divino que, como un rayo, lo llena todo de amor, compasión y alegría. El Amor Divino te permite tomar conciencia de tu realidad y saber que puedes convertirte en ese rayo de esperanza, de amor y de alegría que caliente a todos los que están a tu alrededor. Ese rayo abrasador penetra en el corazón del prójimo y corresponde al Amor Divino abrasar su corazón, su alma y su conciencia por medio de la gracia.
¡Bendita sea la Navidad que nos da la oportunidad de abrir nuestro corazón al Amor Divino manifestado en un niño nacido en un portal!

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¡Niño Jesús, Emmanuel, Dios con nosotros, Dios que salva, ilumíname interiormente y haz que tu luz brille en mi corazón para que disipe toda oscuridad! ¡Envuelve, Niño Dios, tu luz en mi alma para que esté dispuesta alimentarse de Tu Palabra! ¡Dios con nosotros, tu eres la luz que ilumina mi vida porque tu amor es eterno! ¡Tu que habitas, Niño Dios, en el misterio de la luz inefable y has creado la luz, guía mis pasos para convertir mis oscuridades en luz! ¡Niño Dios, que eres la luz que brilla en la oscuridad, inunda mi corazón con tu amor para que a través de tu luz y con la fuerza del Espíritu Santo, caminar en tu luz! ¡Envía tu luz y tu verdad para que resplandezcan en mi alma, porque ya sabes de que soy tierra estéril que necesita de tu luz para dar fruto! ¡Niño Dios, derrama sobre mí las gracias del cielo y haz que llueva sobre esta tierra árida la gracia del Espíritu Santo y las fecundas aguas de la piedad, del amor, de la entrega, de la generosidad para que produzca frutos buenos y saludables en mi entorno familiar, social y profesional!

Domingo de la alegría

Tercer domingo de Adviento, el conocido como el domingo de la alegría. Alegría de la espera. Alegría por la cercanía del Señor, razón de nuestra alegría. Alegría por el encuentro con él en la oración perserverante, alegría por la vida que nos regala, alegría para vivir en permanente agradecimiento por lo que recibimos de Él. Alegría por poder adorar al que va a venir. Alegría por la Redención Prometida. Alegría por la fe.
Y, sobre todo, alegría que proviene del Espíritu Santo que es quien, como a María, nos une a Jesús. Alegría por sentir a Cristo nacer en nuestro interior. Alegría por esa capacidad que nos ofrece el Espíritu Santo para transformar y renovar nuestra vida. Alegría por la esperanza que se abre a nuestro alrededor. Alegría por acoger en nuestra vida la esperanza. Alegría por la serenidad interior que viene de Jesús. Alegría del compartir con el prójimo la cercanía del Niño Dios. Alegría por los dones y gracias que cada día se reciben de Dios. Alegría por la bondad y paciencia que Él tiene con cada uno. Alegría por su infinito y fiel amor.
Alegría porque Cristo es la Alegría. Cristo es el Amor. Cristo es la Esperanza. Cristo es la Misericordia.
Alegría porque caminamos con María, en este tiempo de Adviento, causa de nuestra alegría. ¡Bendito el domingo de la alegría que llena el corazón de esperanza!

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¡Señor, estoy alegre porque ya estás cerca! ¡Estoy alegre, Jesús, porque en unos pocos días celebraremos la Navidad, la fiesta de tu venida, del Dios que se ha hecho niño para compartir nuestra condición humana! ¡Jesús, estoy alegre porque siento en esta cercanía tuya la gran bondad de Dios! ¡Señor, estoy alegre porque siento que nada me puede separar del amor de Dios que se manifiesta en ti!  ¡Señor, estoy alegre pero consciente de que el pecado me aleja de Ti! ¡Estoy alegre, Señor, porque conociendo mi pequeñez y mi miseria no dejas de amarme y tu misericordia me llena! ¡Estoy alegre, Señor, porque soy consciente de que puedo elevarte todas mis peticiones, mis preocupaciones, mis sufrimientos, mis heridas, necesidades y mis súplicas y tu las escuchas siempre, las acoges y las elevas a Dios! ¡Estoy alegre, Señor, porque reconozco en ti tu gran misericordia, tu infinita bondad y tus gracias! ¡Gracias, Señor, por este domingo de la alegría! ¡Concédeme, Señor, la gracia de abrir mi corazón y mi espíritu a la alegría, ir a tu encuentro! ¡Virgen María, que esperaste y preparaste, silenciosa y orante, el nacimiento del Redentor, abre mi corazón a la alegría! ¡Amén!

So this is Christmas, con Celin Dion:

Educarse en la libertad

Tercer sábado de diciembre con María, Señora del Adviento, en el corazón. El tiempo de Adviento es un tiempo muy mariano. Es Ella la que lleva en su seno al Niño Dios. Es gracias a su entrega absoluta que María se convierten en la liberadora del ser humano. Su «hágase» humilde y entregado a la voluntad del Padre tuvo como consecuencia el nacimiento de Jesús. ¿Qué pensaría María los días previos al nacimiento del Salvador? ¿Sería consciente de lo que suponía ser la Madre de Dios?
Esta pregunta me lleva a plantearme una cuestión fundamental en la vida de María. Su libertad. La libertad de María le permite liberarse de cualquier egoísmo; ella asume desde la concepción de Jesús que su vida estará marcada por el dolor, por las renuncias, por la persecución, por la incomprensión y por el desgarro del corazón.
Esta es una de las grandes misiones de cualquier cristiano, hijo de María. La defensa de su propia libertad. Una libertad que exige la lucha contra uno mismo, para liberarse del egoísmo que llena el corazón; que derrote las pasiones, que venza las debilidades y que luche contra los instintos. Es imposible alcanzar la libertad cuando te encuentras atado a las personas o lo material de la vida. Ser como María, libre en el corazón, instrumento útil para el servicio a los demás.
La figura de María te permite comprender que la fe y el amor son los dos pilares en los que se sustenta la libertad.
Hoy le pido a María que me eduque en la libertad, a su imagen y semejanza, para actuar siempre como un ser libre, abierto al mundo, disponible a la voluntad de Dios y al servicio del prójimo. Y en base a esa libertad, que me haga un instrumento eficaz de liberación en mi entorno familiar, profesional, social, comunitario y parroquial.

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¡María, quiero ser libre como lo fuiste tu, que diste el Sí más relevante de la historia! ¡Quiero ser libre para sentirme liberado por Tu Hijo! ¡Anhelo parecerme a Ti, manteniéndome siempre firme en mi libertad de hijo de Dios e hijo tuyo! ¡Tómame de la mano, María, para que no ceda ni un ápice en esta libertad! ¡Para no que me oprima en el yugo de la esclavitud que me lleva el pecado o las tentaciones del demonio! ¡Tómame de la mano para que no me deje llevar por el individualismo, ni por el espíritu mercantilista, ni por el consumismo desenfrenado, ni por la pereza, ni por el creerse una buena persona, ni por llenarme de orgullo y egoísmo, ni por vivir alejado de las enseñanza de tu Hijo, ni por hacer caso omiso a las leyes que puedo leer en el Evangelio! ¡Tómame de la mano, María, para que sepa apreciar la verdadera libertad, la que nace de Dios, la que te permite seguir Su voluntad y aceptar sus caminos! ¡Tómame de la mano, María, para buscar mi salvación caminando hacia Cristo y su verdad! ¡Tómame de la mano, Madre, porque es contigo como puedo llegar al corazón de Jesús, a vivir la vida en plenitud, a gozar de la auténtica libertad, a vivir con alegría cristiana, a ser semilla, luz, sal de la tierra, fruto abundante, sarmiento! ¡Tómame de la mano, Madre santa y buena, porque quiero enraizarme en la fe, en la esperanza, en la confianza y en el amor, semillas de la verdadera libertad! ¡Tómame de la mano, María, porque quiero ser libre en Cristo, Tu Hijo, que es quien nos ha liberado del pecado! ¡Edúcame en la libertad, Madre, para estar siempre disponible a la llamada de Dios!

Absorto ante el pesebre

Ayer miraba absorto un pequeño pesebre que estaba en el escaparate de una tienda dando preponderancia al sentido de la Navidad, no del consumismo que nos invade. Me admiraba no por su belleza, sino por lo que trasluce en si mismo el portal de Belén. ¿Cuál es la gran paradoja del tiempo navideño? La figura de un niño nacido casi a la intemperie, envuelto en pañales, acompañado de unos padres agotados por el cansancio de un largo viaje y recostado en un pesebre. Vuelves ligeramente la mirada y en un extremo del pesebre hay cuatro pastores con sus ovejas observando a un ángel que les ofrece estas claves para que puedan reconocer al Dios hecho Hombre.
Me pongo en la tesitura de aquellos hombres, al que se les anuncia el nacimiento del Mesías, cuando en aquel tiempo la divinidad se representaba con grandes signos. Sin embargo, allí está ese Niño frágil en un Belén. ¡Que manera tan hermosa tiene Dios de hacer las cosas! ¡Manifestarse ante la humanidad como un niño desvalido, en un lugar casi indigno porque no hay lugar para ellos en ninguna posada! ¡El Rey de Reyes manifestándose en la pobreza del mundo!
Y no puedes más que dar gracias a Dios; darle gracias y bendecirle porque sabes que Él se aparece en lo cotidiano de la vida, en lo sencillo de la jornada, en la simple existencia de cada día. Dios está en todo, en lo grande y maravilloso, pero sobre todo en lo cercano de nuestras vidas, en nuestro ahora permanente, en la simplicidad de nuestro vivir, en la pequeñez de nuestro entorno. Y, esto que parece obvio, es cada año una novedad para el corazón del hombre.
Miro el pesebre y me surge decirle al Dios-con-nosotros: «Señor, mío y Dios mío, cuyo primer hogar fue un pesebre, no permitas que me deje llevar por las cosas materiales sino por la sencillez de la vida; tu que llegaste como monarca para traer la paz, hazme un instrumento de tu paz allí donde vaya; Tu que eres el Señor de Señores y tu reino es el del servicio, hazme servidor de todos para transformar el mundo a imagen y semejanza tuya. ¡Gracias, Padre, porque te puedo encontrar en lo cotidiano de mi vida!»

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¡Gracias, Padre, porque te puede hallar en lo cotidiano de mi vida! ¡Concédeme la gracia de hacerme siempre pequeño para parecerme cada día más a Ti! ¡Soy de barro, Señor, pero un barro al que tu aliento divino de vida eleva sobre toda la creación! ¡Este barro, Señor, simboliza mi condición de hijo tuyo pero también mi propia fragilidad! ¡Te contemplo, Señor, recostado en el pesebre, sencillo y humilde, y te pido la gracia de parece a ti! ¡Señor, soy consciente de que mi camino de crecimiento personal pasa por hacerme pequeño, por reconocer mi debilidad! ¡Allí donde no soy nada, Señor, tu lo eres Todo porque tu gracia me basta, porque tu fuerza se manifiesta en mi pequeñez! ¡Solo me basta contigo, Señor, con tu gracia! ¡Ayúdame a poner cada día mi fragilidad, mi pequeñez y mi debilidad ante los pies de tu cuna, Señor, abierto a tu docilidad, para que todo se abra a tu acción amorosa! ¡Me postro ante el portal, Señor, y te alabo por la grandeza de tu amor y me complazco en mi pequeñez porque quiero aceptar ante Ti, que eres el Rey de Reyes, el Señor de Señores, lo que realmente soy y mi entrega total, mi disponibilidad absoluta para que obres en mi corazón, lo transformes y lo llenes de tu gracia! ¡Señor, miro el portal donde te hayas recostado en la cuna y no puedo más que dar gracias por el misterio de verte encarnado en la debilidad humana! ¡Gracias porque eres el Dios encarnado y esto me llena de gran esperanza porque va unido también a mi salvación! ¡Gracias, Señor, por tan grande gesto de amor!

¿Me esfuerzo cada día para ser mejor?

En este tiempo de Adviento me gusta fijarme en san Juan, el primo de Jesús que le prepara el camino al Señor. Y me fijo en él porque es alguien, pese a su firmeza, al que las cosas le cuestan —¡Y a quién no!— pero que tiene el firme convencimiento de mejorar cada día porque aspira a la santidad. Y yo, como el Bautista, ¿me esfuerzo cada día para ser mejor? ¿Me sacrifico en lo pequeño y en lo grande para hacerme pequeño a los ojos de Dios y de los demás, para vencer mi egoísmo y mi soberbia? ¿Trato de vivir en mi entorno personal como hijo auténtico de Dios? ¿Busco realmente llegar a conquistar el Cielo, la meta de un cristiano auténtico? Y entonces surgen todavía más preguntas que van en relación con esta conquista: ¿Lucho denodadamente por mi santidad? ¿Me esfuerzo cada día por conseguirla? ¿Me planteo cómo puedo lograrla? ¿Me derrumbo a las primeras de cambio o me esfuerzo pese a las caídas constantes y a los obstáculos que se me presentan en el camino?
¿Soy consciente de cómo puedo alcanzar el Reino prometido, ese del que habla san Juan Bautista? En realidad lo sé, pero no siempre lo aplico. Y lo puedo lograr por ejemplo, mostrándome siempre contento y alegre pese a las dificultades; rechazando el orgullo o la soberbia de mi vida; venciendo a la pereza que tantas veces me invade; sirviendo a los demás; dándole al prójimo la atención que requiere aunque tenga que sacrificar mi «¿valioso?» tiempo para lo que me apetece; perdonando de corazón y no de boquilla; controlando mi mal humor cuando las cosas no salen como las tengo previstas; pensando en las necesidades del que tengo cerca en lugar de priorizar las mías; no dejándome llevar por el desánimo cuando caigo y en apariencia no tengo fuerzas para levantarme; trabajando con esmero, con ilusión y ofreciendo cada jornada a Dios; evitando caer en tentación… ¡son tantas las luchas que merecen la pena cada día para conquistar el Reino!
En este tiempo quiero que estos gestos cotidianos sean fruto de un corazón abierto, bajo la protección de María, para agradar a Dios, bajo el sostén de Cristo y la luz del Espíritu Santo. ¡Bendito el Adviento que abre caminos para la transformación de la vida!

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¡Señor, el Adviento es tiempo de espera porque Tú te acercas para darnos vida nueva! ¡Que este camino sea para mi un camino de transformación interior, de búsqueda del Reino prometido, de compromiso contigo! ¡Quiero, Señor, que bajo la protección de María y la inspiración del Espíritu Santo, se convierta para mí en un tiempo de conquista del Reino que nos prometes! ¡Que sea un tiempo de esperanza, de alegría,  de compromiso contigo! ¡Te pido, Señor, que de la mano de María y bajo la luz del Espíritu Santo, sea un tiempo para vivir entregado a Ti, con generosidad y alegría! ¡Concédeme la gracia, Señor, de ofrecerte mi vida como la ofreció Tu Madre a Dios con el «Sí» más valioso, hermoso y decidido que la humanidad nunca haya pronunciado! ¡Concédeme, Señor, la gracia de la transformación interior, de vivir una vida cristiana auténtica, de caminar hacia Belén con esperanza para ir presuroso a tu encuentro! ¡No permitas, Señor, que me quede rezagado, dormido y vencido por las dificultades, porque quiero construir en mi vida un mundo nuevo, una esperanza nueva, edificar las bases para llegar al Cielo! ¡Señor, en este tiempo quiero sentir tu presencia viva en mi vida! ¡Quiero experimentar que Tu eres el Dios en nosotros, el que me das vida, esperanza, amor y misericordia! ¡Quiero ser tu testigo, Señor, quiero abrir mi corazón para recibir tu fuerza!

¡Cultivar la gratitud!

En una discusión entre dos compañeros de trabajo —bronca, por cierto— en la que estoy presente uno de ellos se da la vuelta y se aleja enojado. El otro me dice: «creo que ha reaccionado así porque no es muy dado a cultivar la gratitud».
¡Cultivar la gratitud! Creo que tiene razón. La gratitud es una virtud que requiere un minucioso trabajo de jardinería. Plantar, podar, regar, cuidar. Tienes que preocuparte de que la tierra y el abono sean los adecuados. Debes evitar que el agua no ahogue la planta. Es necesario retirar las malas hierbas y procurar que reciban la suficientes vitaminas para crecer con viveza.
La gratitud es como la tierra fértil my unida en este caso al conocimiento de Dios. Cuanto mayor es la cercanía y el encuentro con Él, sintiendo su amor, más fácil resulta agradecerle todo cuanto acontece a nuestro alrededor. Así es más sencillo comprobar lo que hacer por mí y dar gracias por las personas que, en cada momento, va colocando a mi lado para hacer el bien. Con un conocimiento de Dios uno elimina, como con las malas hierbas, el rencor, la inquina, la envidia, los celos, el equiparse a los demás, el desprecio… y lo llena todo de gratitud.
Nadie puede decir que su vida sea fácil. Las preocupaciones y los problemas aparecen por cualquier rendija que permanece abierta. La gratitud, entonces, no depende de lo que vivo sino de mi relación con Dios. Si elijo cultivar la gratitud estoy cuidando de la mejor manera el jardín de mi corazón. Si por el contrario cultivo el resquemor solo permito que el jardín se llene por completo de hierbajos que se harán difíciles de podar.
Por eso deseo que mi jardín esté siempre resplandeciente, repleto de hermosos colores, para quienes se acerquen a él sepan que ese lugar es una permanente canción de gratitud.

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¡Concédeme, Señor, la gracia de tener un corazón siempre abierto al bien, a cultivar la gratitud, a ser caritativo y amable con los demás, a no dejarme llevar por la soberbia y el individualismo! ¡Te pido, Señor, un corazón abierto al bien que no sucumba a la tentación de pronunciar palabras ligeras, abrazos falsos, sonrisas vacías de autenticidad o perdones que no se sienten! ¡Ayúdame, Señor, a no construir mi vida a base de críticas, juicios, malas interpretaciones, enfados, enfrentamientos o conflictos con el prójimo! ¡Concédeme, Señor, la gracia de ser siempre flexible con el otro, fiel a mi compromiso con él, exigente pero al mismo tiempo amable! ¡No permitas, Señor, que mis actitudes estén precedidas por la ley del que más puede, de la astucia o del ser más pillo que el otro sino que todas mis acciones, palabras y gestos estén impregnados de sencillez, humildad, generosidad y libertad para hacer el bien, para que el ambiente sea agradable y no esperar recompensas a cambio! ¡Concédeme, Señor, la gracia de cultivar en mi corazón la nobleza para que todo esté impregnado de gratitud! ¡Te pido, Señor, que conoces mi pequeñez que sea sencillo en el dar y en el recibir! ¡Gracias, Señor, por tus enseñanzas! ¡Te invito a que seas el jardinero de mi jardín interior para que podes todo aquello que deba ser podado y no haya más que flores que dan luz, color y olor a mi vida para entregarla a los demás!