Pesebre y cruz

Como cada año la Iglesia nos invita hoy, al día siguiente del Nacimiento de Cristo, a celebrar la festividad de San Esteban, el primer mártir. Una celebración importante que marca la entrada en la vida de los primeros mártires cuyo testimonio siempre ha mantenido un valor ejemplar en la Iglesia.
Ayer estuvimos frente al pesebre, cantando villancico y adorando el Niño Jesús; hoy estamos frente a la cruz. Ayer, celebramos en la Misa de Nochebuena la Encarnación del Salvador; hoy en la persona de San Esteban es su Pasión la que se descubre ante nuestros ojos. En ambos casos, en el centro el mismo de estos dos acontecimientos aparece el misterio de caridad. Esta caridad es la que llevó al Hijo de Dios a bajar del cielo a la tierra para salvar a todos los hombres. Y es la caridad la que elevó a san Esteban de la tierra al cielo, arrastrándolo tras el Hijo en el camino que había reabierto al dar libremente su vida por amor por aquellos a quienes se había hecho a sí mismo.
Es la caridad la que llevó a Esteban a dar su vida por Cristo al interceder por la salvación de sus hermanos. Y es la virtud de la caridad la que le pido en este día a Cristo para que mi corazón se llene de amor, de ese amor desbordante que sale de la cueva de Belén.

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¡Señor, con tu nacimiento has marcado el camino de la escalera de la caridad por la cual todos los cristianos podemos ascender al cielo! ¡En este día que celebramos la festividad del primer mártir de la Iglesia, concédeme la gracia de permanecer valerosamente fiel a la caridad que tu me has enseñado! ¡Señor, en la figura de san Esteban tu me enseñas que ser testigo es ser mártir; concédeme la gracia de comprender que al nacer por el bautismo para convertirme en cristiano mi vida tiene que ser testimonio de caridad, de amor y de entrega! ¡Señor, envía tu Espíritu sobre mí, para convertirme en un hombre con san Esteban, lleno de gracia y del Espíritu Santo, generoso en la caridad y entregado en su amor por ti! ¡Haz que como él sea capaz de dar testimonio incluso en las circunstancias más complicadas y difíciles! ¡Que al igual que la vida de san Esteban que la mí este siempre unida a Dios, conformada a Ti, encomendando todos mis actos y perdonando a los que me hacen daños! ¡Concédeme la gracia de fijar siempre mi mirada en Ti, ser capaz de contemplar en el misterio de tu Encarnación tu gran obra de amor, el precioso don de la fe que me regalas y que puedo alimentar con la vida sacramental y especialmente por la Eucaristía! ¡Y como san Esteban, Señor, ayúdame a abrir mi corazón a ti, para recorrer cada instante de mi vida el camino del bien según los designios del amor de Dios!

¡Aleluya, ha nacido el Salvador!

¡Bendita sea la Navidad! ¡Dios ha nacido! ¡No puedo dejar de exclamar “¡Aleluya!”! ¡Qué acontecimiento más extraordinario! ¡Es el gran misterio de la Navidad! ¡Aleluya! Mi corazón late con la misma alegría que el de los pastores cuando supieron del Ángel que “¡Ha nacido el Salvador! ¡Mi Salvador, el que me ama, me sostiene, me perdona, me escucha, me espera!
En mi corazón brilla luminosa la fe y la esperanza y aparco por un día la mundanidad de mis problemas, mis ocupaciones y mis distracciones para acoger al Dios hecho hombre en mi oración.
¡Dios está entre nosotros, acurrucado en el regazo de María bajo la atenta mirada de san José! Meditas esta escena y todo es Amor, humildad, confianza, serenidad, salvación, esperanza.
Y con el corazón abierto, elevando las manos al cielo sólo queda dar gracias a Dios. Y, exclamar, en la penumbra del sencillo portal, haciéndose un hueco entre los pastores, ¡Gracias, Dios mío, porque cada año renuevas tu confianza en el ser humano! ¡Gracias, Señor, porque te haces amigo de los hombres haciéndote hombre! ¡Gracias, Dios de bondad, por el amor que nos manifiestas! ¡Gracias por el ejemplo de la Sagrada Familia que nos permite crecer en el amor familiar! ¡Gracias, Señor, porque contemplando tu pequeñez, tu pobreza y tu aparente insignificancia enriqueces nuestro corazón y nuestra vida! ¡Gracias, Dios del perdón, porque nos traes la paz!
El Dios creador, hecho hombre, nos deja sin argumentos. Buscamos siempre el bienestar y Él se presenta en la pobreza más absoluta; somos soberbios y vanidosos y Él testimonia la grandeza de la humildad; nos cuesta servir y amar y Él nos reviste con amor eterno; enmascaramos nuestra autenticidad y felicidad y Él se asoma con una alegría celestial; nos lamentamos de que no nos da pruebas de su existencia y en el portal está aquí, dejándose besar y adorar esperando nuestra entrega como un mendigo del amor.
¡Menudo día el de ayer! ¡Un gran elogio a la fe! ¡Qué no se me olvide a lo largo del año lo que vivimos ayer!

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¡Padre, gracias por la generosidad de hacerte niño! ¡Gracias, Señor, porque me enseñas que en la pobreza de corazón está la grandeza del hombre! ¡Gracias, Señor, porque caminando en la humildad aplacamos nuestro orgullo y nuestra vanidad! ¡Gracias, Señor, porque en tu entrega generosa nos enseñas a entregarnos nosotros a los demás! ¡Gracias, Señor, porque has salido a mi encuentro, has inundado mi corazón de paz y me permite crecer en el amor! ¡Gracias, Señor, porque adorándote a Ti no tengo que idolatrar esos dioses que merodean mi corazón! ¡Gracias, Señor, porque en la penumbra del portal tu amor calla y me haces comprender que el sufrimiento, el dolor, la dificultad me acompañarán también en mi camino de cada día pero que contigo a mi lado nada tengo que temer! ¡Gracias, Señor, por darnos a María, Tu Madre, que junto al pesebre sabe estar y esperar! ¡Gracias, Señor, porque teniéndolo todo te presentas en Belén sin nada y eso me hace replantearme muchas cosas de mi vida! ¡Gracias, Señor, porque vives en mi corazón y me llenas de gozo, alegría, esperanza y de paz!

¡Nochebuena! ¡Qué alegría pensar que el Señor está presente en mi vida!

Esta noche nacerá un Salvador: el Mesías, el Señor. ¡Qué alegría pensar que el Señor está presente en mi vida! Que Dios se hace niño para permanecer entre nosotros. Hoy Dios entra en el mundo para acompañarnos.
Hoy quiero sentirme un humilde pastor de Belén, una alma sencilla, haciendo vela, dispuesto a dormir al raso, siendo un testigo privilegiado del nacimiento de Dios. Se lo decía a nuestras hijas ayer noche. A pesar de los problemas, de las dificultades, del sufrimiento pesan más las cosas bonitas que nos han ocurrido este año sabiendo que Cristo está a nuestro lado cada minuto de nuestra vida y que lo hará hasta el final de los tiempos.
Y me siento un pastor presuroso a reaccionar al anuncio del ángel. Y lo que vamos a vivir esta noche no quiero que me deje indiferente. Por eso quiero caminar hacia Belén, decidido y alegre, conmovido y expectante. Quiero alejar de mi corazón las preocupaciones, los problemas de mi trabajo diario, mis cansancios… Quiero responder a la llamada del ángel, que susurra en mi corazón. Quiero que hoy el Señor me encuentre velando, orando, meditando este acontecimiento tan importante en nuestra vida. Quiero aparcar mi rebaño que se manifiesta en vivir encerrado en mi propio yo, en mis egoísmos y mis intereses, en mis medianías, en mi soberbia y mis tonterías, en mis pegas y excusas cuando se trata de las cosas del Padre.
Quiero que esta noche me coja bien despierto, con los ojos bien atentos, con el corazón predispuesto. Quiero estar en comunión con el Señor; sentirlo vivo en mi corazón; escuchar los susurros del Espíritu Santo; dejarme guiar por la voluntad del Padre; actuar, pensar y vivir de acuerdo con lo que espera de mí; poner las cosas de Dios en mi vida como algo prioritario; no dejarme oprimir por las urgencias de la vida cotidiana…

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¡Quiero amarte Señor! ¡Quiero sentirte, Niño Jesús! ¡Quiero abrazarte con el mismo mimo que tu Madre, la Virgen María! ¡Quiero arroparte con telas dignas que cubran tu desnudez divina y oculten la desnudez de mi alma humana, Niño Dios! ¡Quiero, Señor, deshacerme de esos pañales ásperos y sucios producto de mi miseria y mi pequeñez y arroparte con trapos de hilo que cubran también mi alma sedienta de Ti!
¡Que nazcas de nuevo en mi vida, Niño Dios, y que en el pesebre de mi interior se renueve mi pobreza espiritual, mis infidelidades hacia ti y mis amores tantas veces egoístas e interesados! ¡Te quiero, Cristo Niño, porque contigo hoy en mi corazón veré la vida con optimismo, confianza, esperanza y alegría! ¡Renueva y transforma mi alma, Niño Jesús, para que pueda caminar siempre a la luz de Dios! ¡Jesús, manso y humilde de corazón, haz un corazón semejante al tuyo!

Veni, Veni, Emmanuel entonamos hoy con alegría:

Rodeado de ángeles en Navidad

Mañana es Nochebuena que, en toda su esencia, es la Navidad convertida en dulzura del espíritu, alabanza que cantan los ángeles del cielo.
Una Navidad sin ángeles ignora el inmenso misterio de la Encarnación, esta unión única entre la naturaleza divina de la Palabra y la naturaleza humana. Dios, que es espíritu puro, se une a la condición carnal del hombre para que el hombre descubra la vida espiritual y reciba, a partir de la Navidad, la revelación. Así como el ángel le anunció a María y, más tarde, a José este gran misterio, en Navidad es nuevamente un ángel el que anuncia a los pastores —en el que todos estamos representados— que ha nacido un Salvador.
Los ángeles están entre nosotros, especialmente en el día de Navidad. Los ángeles son, esencialmente, los reveladores del mundo invisible: revelan a Dios, nuestra alma, la divinidad de Jesús. La dulzura de la Encarnación en María es dulzura angelical, como en el momento supremo en que Dios se unió a Ella con un cuerpo real y un alma real, los espíritus puros de los ángeles deben recordarnos que tanto el camino recorrido por Dios para unirse a la carne como la carne del hombre toma todo su significado en la vida del espíritu en el contacto real de Dios. Porque solo el espíritu sabe y ama, y ​​el conocimiento en amor con Cristo es el secreto de la dulzura. Navidad, entonces, es esta vida espiritual hecha accesible de nuevo, la dulzura de la gracia. La comunión entre los hombres, los ángeles y su Dios es la dulzura de la Navidad. Para ello, la Encarnación tendrá que ir al final de la noche y amar durante la Pasión, la violencia de la Cruz, del pecado y de los ángeles malos.
Mientras tanto, esta dulzura de la Nochebuena la cantan los ángeles: “Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra para los hombres que ama el Señor”. Para hacer que el hombre vuelva a ser amigable y libre de amar, Dios ha inventado esta dulzura extrema de la noche de Navidad que se suaviza con la delicadeza de un Dios que habita entre nosotros.
Dulce encarnación del Salvador, gentil bajada de nuestro Dios, dulce paz en los corazones. Dulce noche, santa noche para todos los lectores de esta página.

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¡Gracias, Niño Jesús, por venir a mi corazón¡ ¡Gracias, porque habitas en mi! ¡Que se encienda en mi corazón el amor, la generosidad, la paz, la humildad, la entrega, la paciencia, la fidelidad, la fraternidad, el entusiasmo, la caridad, la solidaridad, la compasión, la confianza, la dicha, la felicidad, la magnanimidad…! No viniste, Padre, a la tierra para ser alabado, querido y amado sino para amarnos Tu. Padre, tu has querido la encarnación de Tu Hijo no tanto para tener a alguien fuera de la Trinidad que te amara de manera digna, sino para amar sin medida. ¡Gracias, por tu amor infinito! ¡Gracias porque eres amor y vida, haz que sepa convertir mi familia en un santuario verdadero de amor, alegría y paz! ¡Haz que tu gracia guíe siempre mi vida para crecer en la verdad y en el amor! ¡Haz que, al igual que Tu, sea semilla de esperanza entre mis amigos y familiares! ¡Feliz Navidad, Niño Dios, Tu que eres hombre y Dios a la vez!

Oración para encender la cuarta vela de Adviento

Al encender esta cuarta vela, en el último domingo de Adviento, pensemos en la Virgen, Madre de Jesús y nuestra Madre. Nadie le esperó con más ansia, con más ternura, con más amor. Nadie le recibió con más alegría.
Tú Señor, te encarnaste en Ella, como el grano de trigo se siembra en el surco. Y en sus brazos encontraste la cuna más hermosa. También nosotros queremos prepararnos así: en la fe, en el amor, y en el trabajo de cada día. ¡Maranatha, ven, Señor, Jesús!

Lo que María ha vivido para la eternidad, yo quiero vivirlo en el presente

Cuarto sábado de diciembre, a dos jornadas del día de Navidad, con María en el corazón. Unido entrañablemente a la Virgen, que dará a luz un hijo al que pondrá por nombre Jesús. Él será grande, será llamado Hijo del Altísimo. Un sublime acto de Dios para encajar en la historia de los hombres.
Es un anuncio alegre porque es el amanecer de la salvación. La primera luz que viene a superar la noche. Es el misterio que nos permite admirar la Encarnación de la Palabra eterna de Dios. La palabra se hace carne y Él viene para vivir entre nosotros.
Pero esto no sucede de una manera sencilla. El ángel anuncia que la Virgen concebirá el espíritu. El mismo espíritu que originalmente flotaba sobre las aguas. Y el ángel está esperando la respuesta de María porque debe volver a quien lo envió con un respuesta.
Esta respuesta de María el mundo entero la está esperando porque de la palabra de María depende el alivio de los desafortunados, la redención de los cautivos, la liberación de los condenados, la salvación de todos los hijos e hijas descendientes de Adán, caídos por el pecado original. Una breve respuesta de María es suficiente para recrear la vida misma.
María cuenta con el favor de Dios. Nada es imposible para Él, dice el ángel.
María es el vínculo entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Entre el antiguo y el nuevo pacto. A través del sí de María hay una alianza entre Dios y el hombre para que la salvación brille en la tierra. Es con este sí que Jesús viene a nuestro mundo para salvar a los hombres.
Lo que María ha vivido para la eternidad, yo debo vivirlo en el presente. Dar cabida a Cristo en mi corazón, en mi propia vida. Por eso quiero vivir este día como una nueva anunciación. Una nueva Anunciación que me permita escuchar del Señor que quiere venir de nuevo a mi vida, que quiere que lo acepte con el corazón abierto, porque espera que crea y confíe en Él, en su amor y en su misericordia.
Pero antes de este anuncio, el deseo de Dios es que esté preparado, como María, para recibir a Jesús. Por eso, en este día acudo a María para pedirle que me acompañe en la expectativa de la venida de su Hijo. Dejarle un lugar en la posada de mi corazón. Estar listo para abrirle la puerta, para que su luz pueda entrar en mi morada y disipar los rincones de la oscuridad de mi existencia. Estar listo para encontrar el favor de Dios, para responder como María, que soy su siervo y siervo del Señor. Que todo se haga en mi según su palabra.
Que el Señor me ayude a seguir el mismo camino y a tener la misma disponibilidad que María para recibir con alegría la llegada del Emmanuel, el Dios-con-nosotros.

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¡Dios te salve, María, llena eres de gracia! ¡Dios te salve, Madre de Cristo y Madre mía! ¡Te doy gracias por tu sí a Dios, por tu confianza a Dios nuestro Padre, por tu disponibilidad a cumplir su voluntad y sus planes, por tu espíritu de entrega, por recibir con amor la Palabra de Dios en tu vida, por tu fe en el ángel, por tu vivencia del amor en tu interior, por tu humildad de esclava, por tu vocación de servicio, por sencillez y tu amor! ¡Son ejemplos de vida para mí, María, testimonio inquebrantable que me invitan a cambiar, a transformar mi interior para recibir con alegría a Tu Hijo! ¡Gracias, María, porque en la noche de Belén irradia sobre el mundo la luz eterna que es tu Hijo Jesús! ¡Gracias, María, porque me predispones a abrir mi corazón, a acogerte con el corazón abierto y el alma limpia a Ti y a tu Divino Hijo! ¡Hoy María, quiero pedirte por todas las familias del mundo, tan atacada y disuelta por los errores humanos, para que recuperen el valor de su existencia para que cambien sus dificultades, para que enderecen sus caminos, para que ensalcen sus propósitos! ¡Da a todas las familias del mundo, María, la fortaleza inquebrantable de la fe, de la esperanza, del amor, del respeto, de la comprensión, del perdón y de la generosidad! ¡Gracias, María, por tu amor! ¡Todo tuyo, María! ¡Totus tuus, María!

Bendita eres entre todas las mujeres, te canto hoy María:

¿De qué quiere hablarme Dios?

Quedan apenas tres días para llegar a Navidad. En el silencio, necesito que Dios me hable para poder escucharlo. Contemplo a un Niño Jesús que tengo en casa, recostado en una cuna al que beso cada vez que paso por su lado y al que le hablo con lo que me surge del corazón.
En este Niño, Dios me muestra que no es un ser distante. Que haciéndose pequeño, se pone a mi alcance. Me permite que lo tome entre mis brazos, que lo sostenga con mis manos. Dios me revela que no es un principio alejado de la vida del mundo. Dios es el que viene a nosotros, se hace como nosotros, se convierte en alguien como nosotros. No es un Dios silencioso que no puede hablar. Dios habla, y lo hace a través de su Hijo. Dios habla y escucha. Dios escucha y ve.
Pero, ¿de qué quiere hablarme este Dios tan íntimamente? De la gracia y de la verdad que vinieron a través de Jesucristo. A través de Él, te abre a la plenitud de la gracia y la verdad. Y la verdad es conocer a Dios. Jesús es el único a través del cual se nos da el conocimiento del Padre. Nadie conoce al Padre, sino el Hijo. Si lo recibimos, si creemos en su nombre, nos da el poder de convertirnos en hijos de Dios. Solo Él es digno de revelarnos el verdadero rostro de nuestro Padre que está en el cielo.
A Dios nadie lo ha visto nadie pero ahora su Hijo viene a revelarlo. Y así, a través de Jesús, entiendes quien eres al comprender quién es tu verdadero Padre. Él es nuestra vida y nuestra luz.
Nuestra vida porque va más allá de nuestras vidas, viene a traer esta presencia, esta dulzura, esta vitalidad divina. Sí, este niño me da razones para vivir, me introduce en las profundidades de la nueva vida en Dios. Viene a renovar toda mi vida internamente, viene a vivificarme para que sea capaz de vivir al ritmo de Dios, en el esplendor de la vida de Dios. Viene a nacer en mi corazón para que Dios pueda sembrar mi vida con su propia vida.
Pero también es mi luz, quien da sentido y orientación a la vida que llevo. Este niño es luz porque me revela quién es Dios. Mi vida necesita tener un significado y, a menudo, lo que más extraño es esta luz que me permita descifrar mi realidad.
En Navidad, Dios está muy presente. Lo siento con este Niño tomado entre mis brazos. La Palabra de Dios en mi regazo. La Palabra nacida de Dios que dice que cada uno ha nacido de Él.
Solo le pido a Dios que me conceda su espíritu de gracia y me ayude a descubrir en Jesús, el hijo amado del Padre, Su palabra, la palabra que da sentido a mi vida; palabra que es verdadera luz.

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¡Señor, mi corazón late de alegría por tu amor, porque tomándote entre mis brazos siento tu presencia viva! ¡Tomándote entre mis brazos, siento tu amor, siento que me iluminas, que siembras mi vida con tu propia vida! ¡Gracias, Señor! ¡Gracias, porque tomándote entre mis brazos siento en mi regazo tu Palabra! ¡Te pido, Señor, que ilumines mi vida con tu luz ¡Dame la gracia de creer siempre en ti, de llenar mi vida de una fe alegre, con independencia de cuales sean las circunstancias que me rodean! ¡Ilumíname, Señor, cada día de mi vida, haz que tu Palabra de siempre sentido a mi propia vida! ¡Padre celestial, te doy gracias y te adoro por todo lo que me das por medio de Jesús! ¡Bendíceme y guárdame, bendice y guarda a todos los que amo, bendice y guarda a todos los que me han hecho daño y yo he dañado, bendice y guarda a todos los que me encuentre por el camino! ¡Haz, Padre Celestial, que resplandezca tu rostro sobre mi y ten de mi misericordia! ¡Que la lluvia de la bendición descienda sobre mi vida y mi casa sea una bendición permanente a Ti! ¡Te doy gracias amado Dios por todo lo que me has dado,  lo que me concedes y lo que me concederás! ¡Gracias, porque tomándote entre mis brazos, me siento bendecido, amado y glorificado!

El Señor está cerca; ¡y tan cerca!

En este tiempo de adviento tengo más conciencia de que el Señor está a punto de llegar para salvar a todos los hombres y que ofrece su palabra para la alegría del corazón. Pensamiento hermoso porque es la magnífica proclamación que hace la Iglesia de que Dios no nos olvida; al contrario, viene a nuestro encuentro para salvarnos. Depende de cada uno preparar su futuro.
Siguiendo el patrón de Juan el Bautista, hay que preparadle el camino al Señor, allanad sus senderos. Me corresponde alentar mi corazón para la penitencia, estar atento y alegre al mismo tiempo, ya que «el Señor está cerca». ¡Y tan cerca!
Y como Juan el Bautista mi voluntad debe estar decidida a cumplir la misión divina. Vivir como Juan en la humildad, una vida austera y hermosa, valiente y entregada, reveladora de un espíritu de oración. Dios también me pide que proclame a Cristo y prepare su camino. La tarea es difícil: pero dado que Dios me la confía, pongo mi confianza en su ayuda infalible.
Juan el Bautista me invita a una profunda renovación interior, en cada una de mis ocupaciones cotidianas. Cambiar aquellas cosas torcidas de mi corazón. Rectificar aquellas actitudes sinuosas. Mejorar las circunstancias personales que están en penumbra. Dejar de lado las acciones en apariencia desinteresadas. Dejar de lado los intereses egoístas. Evitar autojustificarme cada vez que me equivoco. Utilizar bien el tiempo para mi propio bien y el de los demás. Tratar de no encerrarme en mis propios intereses y placeres mundanos. Hacer que mis metas sean elevadas. Es decir, rectificar para hacer mi camino una senda de rectitud para que Cristo pueda llegar a mí por el camino llano.
Es un tiempo de conversión personal pero también de oración por la conversión de las mentalidades y los comportamientos de nuestros contemporáneos inmersos en sociedades descristianizadas. ¡Hay tantas personas, cerca y lejos de nosotros, que viven como si Dios no existiera! Incluso Dios es expulsado de las estructuras y las leyes de la sociedad en nombre del «bien» de la humanidad.
Como cristiano soy consciente de que la venida del Señor es inminente. Para recibir la gracia especial del Mesías, tengo que hacer penitencia por mis pecados, corregir mis comportamientos equivocados y reparar los daños causados por mis acciones. Estas son las bellas palabras de Isaías, que salen también de los labios de Juan: suavizar las colinas, restaurar los caminos. La tibieza, la autosuficiencia, el orgullo, la confusión de la mente, el conformismo, el desánimo, la autocomplacencia… no son elementos apropiados para un cristiano que se prepara concienzudamente para la Navidad. Preparar el camino exige olvidarse de uno mismo para comprometerse a anunciar al Niño-Dios que nacerá en Belén.

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¡Espíritu Santo, ayúdame a enderezar los camino y allanad el sendero para que Cristo llegue a mi vida como merece! ¡Abaja en mi interior aquello que me impide allanar el camino como la soberbia y el orgullo, la vanidad y los egos, la autosuficiencia y las complacencias mundanas! ¡Permíteme, Espíritu Santo, transformar mi corazón, renuévalo y purifícalos, para que Dios pueda acercarse a él sin encontrar barreras de ningún tipo! ¡Reduce mi vida a la humildad y la modestia, para que el Niño Dios hecho Hombre llegue a mi corazón con la alegría de llegar a lo pequeño! ¡No permitas, Espíritu Santo, que mi preparación sean superficial, repleta de adornos exteriores, sino que lo que brille es mi interior! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a contribuir en esta misión desde la autenticidad de mi testimonio y desde la humildad de mi trabajo apostólico! ¡Espíritu Santo, sanador de corazones hambrientos de Dios, no permitas que cierre mi corazón al amor de Dios, escogiendo la comodidad y la autosuficiencia, lo fácil y lo que me desvía de Dios! ¡Espíritu divino, permíteme enderezar de mi vida todo lo que tiene que ser cambiado y torcido! ¡Toma, Espíritu divino, las riendas de mi vida y ayudarme a preparar las sendas para que Cristo llegue a mi corazón! ¡María, Virgen Santa, Estrella de la Evangelización, ayúdame a ser dócil a la llamada del Señor y trabajar con humildad en dar a conocer la Verdad de tu Hijo Jesús! ¡Te pido, Espíritu de Dios, que transformes también los corazones de aquellos que están alejados de Jesús, que lo han abandonado o que luchan por alejarlo de la sociedad actual!

Tiempo de invitación a la sencillez

El tiempo del Adviento es un tiempo que te invita a la sencillez. Sencillez como la de María, que todo lo hizo en silencio, como pasando desapercibida a pesar de que la decisión que tomó fue la más trascendente de la historia. Sencillez como la de san Juan Bautista, que se despojó de todo, para allanar los caminos de Jesús. Sencillez como la de Cristo, el Dios hecho Hombre, que viene a nosotros en la pobreza más absoluta. La sencillez es la virtud que jalona la vida de estos tres significados protagonistas del Adviento. Y yo, ¿cómo ando de sencillez?
Y es cuando caes que todo lo que tiene que ver con Dios no puede estar revestido de grandilocuencia sino impregnado de sencillez. Cristo, fuera donde fuera, hiciera lo que hiciera, no buscaba nunca el espectáculo sino, simplemente, remover el corazón del hombre. Jesús me quiero pequeño. Quiere que me haga como un. Niño. Quiere que me desprenda de todo aquello que no abone en mi vida el discurso de la sencillez. Renunciar a la soberbia, al egoísmo, a creerme más que el otro, a no vivir en la autosuficiencia; a ser consciente de que ser sencillez es mostrarme al prójimo como lo que soy sin pensar en el qué dirán, ni el qué pensarán de mi, o de si me juzgarán. Ser sencillo es vivir de manera descomplicada, sin complejos, buscando llenarse de la gracia que viene del Espíritu, con un corazón abierto siempre a Dios, sin media tintas ni medias verdades, sin recovecos en los que esconder mis miserias.
Ser sencillo para mostrar todo el amor que mi corazón atesora hacia Ti, para que cada una de mis obras esté precisamente impregnada de ese amor. Que mis palabras y mis sentimientos reflejen el profundo amor, la inmensa alegría y la gran esperanza que tengo por ser Hijo de Dios y hermano de Cristo.

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¡Señor, concédeme la gracia de optar por la sencillez de vida para ser más libre interior y exteriormente! ¡Envíame, Señor, tu Santo Espíritu para vivir acorde con las enseñanzas de Jesús, para redescubrir la belleza de la vida, de la creación naturaleza y de las relaciones humanas! ¡Hazme ver, Espíritu Santo, que no tengo que depender tanto de las cosas para ser feliz! ¡Libérame de todas aquellas ataduras y dependencias que me impiden crecer en santidad! ¡Ayúdame a ser sencillo en todos mis gestos y acciones para darme a conocer a los demás como realmente soy con sinceridad, humildad y sin máscaras! ¡Ayúdame a aceptar la verdad de mi vida, con honestidad, sin orgullo, vanidad y soberbia! ¡Ábreme, Espíritu Santo, a una apertura sincera a Dios y al prójimo! ¡Abre mi corazón con sencillez al prójimo para acogerlo, amarlo, perdonarlo y acompañarlo! ¡Libra, Espíritu Santo, mi corazón de rencores, odios, malos pensamientos, actitudes egoístas y juicios despiadados! ¡Permíteme, Espíritu Santo, abrir mi corazón para ser interpelado por Dios, valorar mi propia vida, aceptar su santa voluntad! ¡Hazme ver, Espíritu Santo, en todo lo que me acontece la huelle amorosa y misericordiosa de Dios! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a que mi corazón permita que Dios intervenga en mi vida! ¡Que mi vida sea grande, Espíritu divino, pero apoyada sobre todo en la humildad y en la sencillez de Jesús y que todo lo que haga tenga el envoltorio de la ternura, el amor, la sencillez, la generosidad, la entrega y el perdón! ¡Transfórmame, Espíritu Santo, para conformar mi voluntad a la voluntad de Dios!

Al encuentro del Dios-con-nosotros

He leído un libro extraordinario, una historia real en la Afganistan de los años ochenta en el momento de la invasión soviética. Una novela de perdón y de amor entre dos jóvenes de distintas clases sociales unidos por la amistad que el tiempo los separa para volver a unirse décadas después. Aunque el libro no es en absoluto religioso, más al contrario es un crudo relato de un tiempo duro y doloroso, está impregnado de detalles que tal vez el autor no tenía intención de mostrar desde esta perspectiva pero que te enseña como Dios, en sus obras, se sirve de una manera increíble de instrumentos inútiles para hacer el bien y cambiar las circunstancias. La novela habla en cierta manera de la libertad del hombre. Y mi conclusión al terminarla ha sido que Dios nos otorga una voluntad libre que desea que la utilicemos para hacer el bien; desea que seamos sus instrumentos inútiles poniendo nuestra voluntad a sus disposición para transformar el mundo. No es más que poner en práctica en la vida las palabras de María: «¡He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tu Palabra!». ¡Con qué fuerza resuena esta frase en este tiempo de Adviento de la boca de la Virgen! Porque estas palabras son una invitación permanente a vivirlas en nuestra vida cotidiana. Vivir para hacer la voluntad de Dios, en perfecta armonía con Él.
Adviento es el tiempo de la alegría, del ir al encuentro del ¡Dios-con-nosotros! Y que mejor manera de hacerlo que de la mano de la Virgen.

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¡Señor, ayúdame a caminar por la vida con la esperanza de que todo es para hacer el bien, seguir tu voluntad, cumplir con tus mandatos! ¡Me pongo, Señor, a tu servicio para que me hagas instrumento inútil de tu obra en mi pequeño mundo! ¡Concédeme, Señor, la gracia de caminar paso a paso, confiadamente, con la alegría de saber que Tú estás a mi lado! ¡Ayúdame, Señor, a utilizar siempre para bien la libertad que me otorgas! ¡Utilízame, Señor, como pequeño instrumentos de tu obra redentora para cambiar el mundo según tu voluntad! ¡María, Señora del Adviento, predispón mi corazón en este tiempo para que se haga siempre la voluntad del Padre! ¡Predispón, Madre, mi vida para que se haga siempre en mi según la Palabra de Dios! ¡Que no deje nunca de imitarte, Madre, porque mi deseo es hacer como hiciste Tu que viviste siempre en perfecta armonía con el Creador!

Navidad, un canto del Amor Divino

La Navidad es para mí como un canto del Amor Divino. Amor Divino el de ese Niño que, recostado en un pesebre, te abre el corazón para recibir la abundancia de su gracia. ¿Cómo es posible que perdamos con tanta frecuencia la capacidad de entender que el amor divino es capaz de transformar y trascender todo en nuestra vida? ¿Por qué nos cuesta tanto confiar en esta fuerza e, incluso, en los milagros que se provienen de ella? Los seres humanos tendemos a dejarnos llevar por la tristeza, la decepción, las dudas, los miedos, los temores, las dificultades, las angustias… todo esto nos invade y cuando se asienta en nuestros pensamientos y emociones frenan nuestro crecimiento interior y bloquean determinados aspectos de nuestra vida.
Pero en Navidad contemplas al Niño recostado en el pesebre, arropado por José y María, y no puedes más que ver al Amor Divino. Amor Divino que es la paz, la alegría, la confianza, la armonía, la fe, el valor, la esperanza, la bondad, la gracia, la libertad, la compasión, la sabiduría, el perdón, la humildad, la unión, el valor, la espera, la misericordia, la sinceridad, la entrega, el servicio, la magnanimidad, el respeto, la sinceridad… cualidades todas ellas del corazón divino de Cristo que llega a nuestro propio corazón cuando se abre a la gracia y rompe lo que nos bloquea y angustia.
El Amor Divino te enseña a amar sin condiciones, a entregarte sin condiciones, a servir sin condiciones, a vivir alimentados de este gran Amor. El Amor Divino te permite reconocer en tu propia alma la profundidad de su trascendencia.
El tiempo de Navidad es el más adecuado para dejarse impregnar de este Amor Divino que, como un rayo, lo llena todo de amor, compasión y alegría. El Amor Divino te permite tomar conciencia de tu realidad y saber que puedes convertirte en ese rayo de esperanza, de amor y de alegría que caliente a todos los que están a tu alrededor. Ese rayo abrasador penetra en el corazón del prójimo y corresponde al Amor Divino abrasar su corazón, su alma y su conciencia por medio de la gracia.
¡Bendita sea la Navidad que nos da la oportunidad de abrir nuestro corazón al Amor Divino manifestado en un niño nacido en un portal!

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¡Niño Jesús, Emmanuel, Dios con nosotros, Dios que salva, ilumíname interiormente y haz que tu luz brille en mi corazón para que disipe toda oscuridad! ¡Envuelve, Niño Dios, tu luz en mi alma para que esté dispuesta alimentarse de Tu Palabra! ¡Dios con nosotros, tu eres la luz que ilumina mi vida porque tu amor es eterno! ¡Tu que habitas, Niño Dios, en el misterio de la luz inefable y has creado la luz, guía mis pasos para convertir mis oscuridades en luz! ¡Niño Dios, que eres la luz que brilla en la oscuridad, inunda mi corazón con tu amor para que a través de tu luz y con la fuerza del Espíritu Santo, caminar en tu luz! ¡Envía tu luz y tu verdad para que resplandezcan en mi alma, porque ya sabes de que soy tierra estéril que necesita de tu luz para dar fruto! ¡Niño Dios, derrama sobre mí las gracias del cielo y haz que llueva sobre esta tierra árida la gracia del Espíritu Santo y las fecundas aguas de la piedad, del amor, de la entrega, de la generosidad para que produzca frutos buenos y saludables en mi entorno familiar, social y profesional!