Dios me pide que proclame a Cristo y prepare su camino

En este tiempo de adviento tengo más conciencia de que el Señor está a punto de llegar para salvar a todos los hombres y que ofrece su palabra para la alegría del corazón. Pensamiento hermoso porque es la magnífica proclamación que hace la Iglesia de que Dios no nos olvida; al contrario, viene a nuestro encuentro para salvarnos. Depende de cada uno preparar su futuro.
Siguiendo el patrón de Juan el Bautista, hay que preparadle el camino al Señor, allanad sus senderos. Me corresponde alentar mi corazón para la penitencia, estar atento y alegre al mismo tiempo, ya que «el Señor está cerca». ¡Y tan cerca!
Y como Juan el Bautista mi voluntad debe estar decidida a cumplir la misión divina. Vivir como Juan en la humildad, una vida austera y hermosa, valiente y entregada, reveladora de un espíritu de oración. Dios también me pide que proclame a Cristo y prepare su camino. La tarea es difícil: pero dado que Dios me la confía, pongo mi confianza en su ayuda infalible.
Juan el Bautista me invita a una profunda renovación interior, en cada una de mis ocupaciones cotidianas. Cambiar aquellas cosas torcidas de mi corazón. Rectificar aquellas actitudes sinuosas. Mejorar las circunstancias personales que están en penumbra. Dejar de lado las acciones en apariencia desinteresadas. Dejar de lado los intereses egoístas. Evitar autojustificarme cada vez que me equivoco. Utilizar bien el tiempo para mi propio bien y el de los demás. Tratar de no encerrarme en mis propios intereses y placeres mundanos. Hacer que mis metas sean elevadas. Es decir, rectificar para hacer mi camino una senda de rectitud para que Cristo pueda llegar a mí por el camino llano.
Es un tiempo de conversión personal pero también de oración por la conversión de las mentalidades y los comportamientos de nuestros contemporáneos inmersos en sociedades descristianizadas. ¡Hay tantas personas, cerca y lejos de nosotros, que viven como si Dios no existiera! Incluso Dios es expulsado de las estructuras y las leyes de la sociedad en nombre del «bien» de la humanidad.
Como cristiano soy consciente de que la venida del Señor es inminente. Para recibir la gracia especial del Mesías, tengo que hacer penitencia por mis pecados, corregir mis comportamientos equivocados y reparar los daños causados por mis acciones. Estas son las bellas palabras de Isaías, que salen también de los labios de Juan: suavizar las colinas, restaurar los caminos. La tibieza, la autosuficiencia, el orgullo, la confusión de la mente, el conformismo, el desánimo, la autocomplacencia… no son elementos apropiados para un cristiano que se prepara concienzudamente para la Navidad. Preparar el camino exige olvidarse de uno mismo para comprometerse a anunciar al Niño-Dios que nacerá en Belén.

orar con el corazon abierto

¡Espíritu Santo, ayúdame a enderezar los camino y allanad el sendero para que Cristo llegue a mi vida como merece! ¡Abaja en mi interior aquello que me impide allanar el camino como la soberbia y el orgullo, la vanidad y los egos, la autosuficiencia y las complacencias mundanas! ¡Permíteme, Espíritu Santo, transformar mi corazón, renuévalo y purifícalos, para que Dios pueda acercarse a él sin encontrar barreras de ningún tipo! ¡Reduce mi vida a la humildad y la modestia, para que el Niño Dios hecho Hombre llegue a mi corazón con la alegría de llegar a lo pequeño! ¡No permitas, Espíritu Santo, que mi preparación sean superficial, repleta de adornos exteriores, sino que lo que brille es mi interior! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a contribuir en esta misión desde la autenticidad de mi testimonio y desde la humildad de mi trabajo apostólico! ¡Espíritu Santo, sanador de corazones hambrientos de Dios, no permitas que cierre mi corazón al amor de Dios, escogiendo la comodidad y la autosuficiencia, lo fácil y lo que me desvía de Dios! ¡Espíritu divino, permíteme enderezar de mi vida todo lo que tiene que ser cambiado y torcido! ¡Toma, Espíritu divino, las riendas de mi vida y ayudarme a preparar las sendas para que Cristo llegue a mi corazón! ¡María, Virgen Santa, Estrella de la Evangelización, ayúdame a ser dócil a la llamada del Señor y trabajar con humildad en dar a conocer la Verdad de tu Hijo Jesús! ¡Te pido, Espíritu de Dios, que transformes también los corazones de aquellos que están alejados de Jesús, que lo han abandonado o que luchan por alejarlo de la sociedad actual!

Un motete de Navidad de Johann Stadlmayr:

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«¿Dónde estás?»

El caminar es una experiencia connatural para el ser humano; somos viajeros, estamos en constante movimiento, no solo en un sentido geográfico espacial sino en el camino que nos lleva a alcanzar la plenitud.
En el tejido del mundo, nuestra vida es una aventura extraordinaria que conoce caminos fáciles pero también momentos de perplejidad, de crisis, de parón, de deseo de volver atrás, pero a través de estas etapas uno madura humana y espiritualmente.
Así, el caminar se convierte en un requisito fundamental para el hombre. El profeta Miqueas escribe que caminar humildemente con Dios es una de las dimensiones inseparables que dan forma a la experiencia humana y espiritual del hombre: «Se te ha indicado, hombre, qué es lo bueno y qué exige de ti el Señor: nada más que practicar la justicia, amar la fidelidad y caminar humildemente con tu Dios».
Y Dios, por medio de Jesús, se hizo humano, compañero de viaje de cada hombre que le da la bienvenida. Él, que es el Camino, nos educa para salir de la cueva egoísta que nos hace ciegos e inmóviles, nos arranca de la lógica mundana y el poder, abre nuevos horizontes y descubre que el camino de la vida no lo caminamos solos sino junto a muchas otras personas que nos pueden parecer extrañas pero que son hermanos. Es el umbral donde todo hombre realmente comienza a vivir.
Pienso que Dios cuando llamó a Adán y le dijo: «¿Dónde estás?» me lo pregunta también a mí. Cada vez que Dios hace esa pregunta, no es porque me tenga que hacer saber algo que todavía no sepa de mi. Al contrario, quiere provocar una reacción que golpee en mi corazón y dejar que quede impactado por esta llamada.
Pero Adán, se esconde y lo hace para no sentirse responsable y escapar de la responsabilidad de su propia vida. De modo que cada vez que yo me escondo, porque cada hombre somos Adán, trato de ocultarme del rostro de Dios.
Escuchar esa pregunta, lo que pone en cuestión todas las preguntas de mi vida, es tratar de comprenderme a mi mismo. Escuchar y preguntarse, son momentos esenciales en la vida de un hombre que quiera conocer y, sobre todo, conocerse sin cansarse, en un itinerario interminable.
El hombre que escucha y escucha profundamente no huye de sí mismo, sino que, por el contrario, se reconoce a sí mismo, se acepta a sí mismo, en una confrontación real y auténtica, consigo mismo. Una condición fundamental para una apertura auténtica a los demás.

orar con el corazon abierto

¡Espíritu Santo hazme ver que la vida es para mí para mí un camino de crecimiento! ¡Hazme ver, que crecer es darme cuenta de que no solo cuento yo sino que hay algo más por encima de mi, el mundo exterior que me rodea y las personas que me rodean! ¡Espíritu Santo ayúdame a caminar a tu lado para crecer humana y espiritualmente! ¡Espíritu Santo hazme ser un hombre integral, alguien que desafíe todas las dimensiones esenciales de la vida! ¡Hazme, Espíritu Santo, transitar por el camino de la autenticidad para lograr el equilibrio interior, para unir mi corazón a Dios! ¡Espíritu Santo, concédeme la gracia de crecer con esfuerzo y empeño, para no detenerme! ¡Hazme comprender que el vivir es un éxodo continuo, un caminar que se abre hacia lo inédito que es Dios! ¡Hazme ver, Espíritu Santo, que abrir mi corazón a la novedad implica dejar certezas para aventurarse a la verdad y la vida que es Jesús! ¡Hazme saber, Espíritu Santo, que el camino es un paradigma que me hace crecer en madurez! ¡Hazme por tanto, Espíritu Santo, crecer cada día para abrirme cada vez más a la realidad, a los demás, al don de mi mismo, a la responsabilidad!

Cantate Domino, motete de Navidad para acompañar la meditación de hoy:

¿Prefiero a Jesús por encima de todo lo demás?

Hoy me cuestiono: ¿A qué tipo conversión me llama el Adviento? ¡La conversión de decidir seguir a Cristo! ¡Un decisión que no es sencilla! Hay un segundo tipo de conversión que me invita a ir más allá de mi anhelo de seguir a Jesús: preferirlo sobre todas las cosas. ¡Y aquí todo se convierte en más complejo y complicado!
Entonces observo a san Juan Bautista: podría haber tenido una vida bien regulada. Su padre, Sumo Sacerdote en el Templo de Jerusalén, era un hombre influyente y respetado y su madre pertenecía al linaje de Aarón. Ambos, según el Evangelio, eran justos ante Dios. Con esta posición social acomodada, el Bautista tenía ante si un futuro prometedor pero escogió, en la pobreza del desierto y la oración, darlo todo a Dios de manera radical para convertirse en su profeta. ¿Me siente llamado a dar todo a Dios, en mi vida laical, para convertirme en un profeta de este tiempo?
Observo también a la Virgen. María gozaba también de una acomodada situación personal. Una vida tranquila. Un proyecto de boda con san José. Una vida bien regulada. Una familia estable. Pero ella prefirió a Dios antes que cualquier otra cosa.
La cuestión que se plantea en el Adviento es sencilla: ¿prefiero a Jesús a todo lo demás? Para responder a esta pregunta, basta con tomar alguno de los elementos que rodean mi vida: el trabajo, mis diversiones, la televisión, Internet, mi partido semanal de tenis, mi salida a un restaurante, mi lectura…. Y hacerme pregunta crucial: «Si Jesús me pidiera que abandone alguno de estos asuntos, ¿le diré que sí?». Con frecuencia juzgamos nuestra existencia en lo grande y nuestro corazón, henchido de orgullo, dice de nosotros mismos: «En realidad no soy tan mala persona. En definitiva, ni robo, ni mato, ni miento, me esfuerzo; peco, claro, pero mis pecado son veniales y sin importancia». Nos creemos buenos —santos, incluso— pero no nos planteamos una auténtica conversión.
Pero, ¿prefiero a Jesús por encima de todo lo demás? ¿Lo que hago, lo hago por amor? ¿Amo lo suficiente a Dios y a mi prójimo? Esta es una de las claves de la conversión a la que me invita al Adviento: preferir a Jesús a todo lo demás; amar a Jesús más que a todos los demás para que, a través de este amor, darse a los demás.

orar con el corazon abierto

¡Jesús mío, es dulce tenerte en mi corazón! ¡Aspiro, buen Jesús, a tu amor, a tu misericordia, a tu perdón! ¡Antes, Señor, te pido transformes mi corazón de piedra y lo purifiques para poder recibirte en Navidad! ¡Haz, Señor, que este tiempo de Adviento sea para mi un tiempo de espera, de esperanza, de conversión, de atenciones, de meditación, de oración! ¿Que sea, Señor, un tiempo de confianza, de fidelidad y de deseo de Dios! ¡Que se haga en mi según tu voluntad, Señor! ¡Deseo, Señor, convertirme en tu imagen! ¡Ayúdame a escuchar tu Palabra, a vivir los sacramentos, a preocuparme por los demás, a tener atención por los más necesitados, a abrirme a una vida nueva, a ser más generoso, a estar vigilante por si llamas a mi puerta! ¡Ayúdame a entrar en el Adviento para que vivas en mi corazón ¡Condúceme a la expectativa de la alegría, de la esperanza,  del compromiso para transformar mi vida y mi historia, la pequeña historia de mi mundo cotidiano, para encarnar en los desafíos de la vida cotidiana, la caridad que Dios nos mostró en en Ti, Señor Jesús ¡Ayúdame a ponerme de pie y levantar la cabeza porque sé que mi liberación está cerca! ¡Hazme comprender que la liberación es de Dios, es su palabra pronunciada en el silencio y la oscuridad de la opresión y el mal, una palabra de esperanza y alegría por la cual puedo mantener intacta la confianza en el significado último de mi historia! ¡Ayúdame a ir con la cabeza erguida, listo para escrutar de Dios las llamadas realizadas a través de la conciencia, de las personas con las que vivo y de los eventos que me suceden! ¡Hazme, Señor, preferirte a Ti antes que a todos!

Jesus está llegando, cantamos en adviento:

El Niño Dios, fuente de la mayor alegría

El tiempo de adviento avanza. Le pido al Señor en la oración que me conceda llegar a la Navidad con una gran alegría en el corazón. ¡Qué mayor alegría puede tener un cristiano que celebrar el nacimiento del Hijo de Dios sabiendo que Jesús es nuestro Salvador! Este es el motivo por el que cualquier persona, por muchas dificultades que sobrelleve, debe estar alegre. La Navidad es la fiesta de la alegría. En el pequeño portal de Belén una familia irradia alegría. Aquí radica el secreto de la Navidad, en una cuna recubierta de paja en la que descansa el Niño Jesús. Él es la fuente de mayor alegría. Contemplando a Jesús uno contempla al Dios del Amor. Viviendo en comunión con Jesús uno siente que vive en la mayor de las alegrías. Por el contrario, cuando vives cerrado a la gracia de Dios, la tristeza hace mella en mi corazón.
Como María le digo al Niño Jesús que se «alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador, porque ha mirado la humillación de sus esclava y ha hecho obras poderosas en mí».
Uno vive su fe en medio de profundas dificultades, con una vida plagada de contradicciones y de una sarta de sufrimientos profundos. Cada uno conoce su propia miseria; sabe cuando acude a las seguridades materiales, al placer… para alcanzar la ¿felicidad?. Pero cualquiera sabe que en estas situaciones es imposible tener el corazón alegre. Lo normal es encontrar desilusión y aflicción. En ese se «alegra mi espíritu en Dios, mi salvador» se resume la razón de ser de nuestra existencia: la búsqueda de la alegría en el encuentro con el prójimo, en el agradecimiento por la vida, en el disfrute de la naturaleza, en la potenciación de las virtudes propias, en la alegría de hacer el trabajo con rectitud y bien hacer, el cumplir las cosas como corresponden, el servir con generosidad, el aprender a perdonar, el ser misericordiosos, el sacrificarse por el prójimo… en vivir, en definitiva, por Dios, con Dios y para Dios. En todo esto uno demuestra que verdaderamente cree que el Señor es su fuerza y su poder, que es su auténtico Salvador. ¡La auténtica alegría del corazón!

orar con el corazon abierto

¡Señor, concédeme el don de la alegría para estar siempre abierto a Ti y a los demás! ¡No permitas que las tribulaciones me paralicen! ¡Quiero acogerme a tu bondad, Señor! ¡Anhelo estar siempre alegre, para que la alegría lleno de luz mi vida y mi corazón y sea capaz de iluminar también el entorno en el que vivo! ¡En este tiempo de espera y de vigilia, Señor, hazme abrir los ojos y déjame iluminar por Ti; ayúdame a vivir este tiempo creciendo en el amor hacia los demás para que mi corazón esté preparado para recibirte con alegría! ¡Concédeme la gracia de estar alegre, vigilante, preparado, que mi corazón y todo mi ser sean capaces de reconocerte cuando te hagas presente entre nosotros! ¡Ayúdame a acoger como mi Dios, el Dios amor que trae la felicidad incluso en la tribulación! ¡Espíritu Santo, ayudarme a estar siempre alegre en Jesús; no permitas que nada me inquiete y permíteme poder presentar a Dios todos mis anhelos y necesidades con esperanza y alegría, en la confianza de que Dios custodia mi corazón y me lo llena de alegría! ¡Ayúdame a estar siempre alegre en el Señor y que Su alegría se impregne en mi corazón como signo de comunión, de esperanza y de caridad hacia el prójimo! ¡Hazme comprender, Espíritu divino, que todos los acontecimientos cotidianos son parte del plan de Dios en mi vida, signos de su atención por mí; ayúdame a acogerlos con alegría y esperanza! ¡Que este tiempo de Adviento sea para mi un tiempo de oración y de alegría, la ocasión para despertar en mi interior la fuerza de mi fe, la certeza de que Cristo es el Mesías nacido en la pobreza del portal de Belén y que nos ha venido a traer el don del amor y de la salvación!

Hoy música medieval para el tiempo de Adviento con este hermoso canto Veni, Redentor gentium:

¿Por qué me gusta la Navidad?

¡Me encanta la Navidad! Cada año renueva mi espíritu. Me encanta porque en mi país los días se acortan pero mis pensamientos se ensanchan proyectando luz hacia el 25 de diciembre.
Me gusta el frío que me permite refugiarme en la calidez de mi hogar y me gusta la oscuridad de la noche de la ciudad que le da a sus calles, decoradas con luces multicolores, la apariencia de una ciudad mágica y festiva. Me gusta porque mientras caminas por sus calles descubres también el camino de la alegría.
Me gustan los chocolates que salen cada día del calendario de adviento acompañado de un papelito con el propósito del día y la oración por una intención. Y, aunque no estoy sometido al consumismo de estas fechas, me gusta ver las tiendas engalanadas de luces y decoración navideña.
Me encanta la música de los villancicos tradicionales y las cantatas barrocas de Navidad que regocijan el corazón y baña de felicidad mis oídos y te permite cantarle al Niño Dios frente al Belén que has montado con esmero en el salón de casa.
Me encantan los cuentos de Navidad porque tienen siempre un final feliz y te calientan el corazón que tanta frialdad tiene habitualmente.
Me gusta la Navidad por las sabrosas galletas navideñas que preparamos cada año en este tiempo,
Me gusta el tiempo de engalanar el árbol de Navidad en familia, el ritual de comprar cada año una figurita para el pesebre y su planificación cuidada y minuciosa para superarse cada año con creatividad e imaginación.
Adoro la Navidad porque me permite encontrarme con el alma de mi familia, con sus dificultades y alegrías, con sus problemas y sus esperanzas.
Adoro la Navidad porque satisface mi necesidad para el asombro, la inocencia, la generosidad, la bondad y el servicio. La Navidad responde a esa necesidad intrínseca para lograr un mundo donde reine la justicia, la paz, la esperanza y la alegría.
Me gusta la Navidad porque es un tiempo para hacer limpieza interior. Porque al igual que hay que recoger los adornos, recoger los restos de musgo seco que caen de la mesa, guardar la corona de adviento y ver como se desaparecen las luces alegres de las calles, uno tiene que guardar en el corazón a Dios para que permanezca en su interior dando luz lo que resta del año.
Amo profundamente la Navidad porque para mí tiene una fragancia de eternidad.
Me gusta la Navidad porque se convierte en un itinerario por diferentes iglesias de mi ciudad para honrar a Jesús visitándolo en los pesebres de los templos.
Amo la Navidad porque me produce todavía asombro y alegría deleitarme con esa historia extraordinaria del Nacimiento de un Dios hecho Hombre, nacido de una joven virgen de Nazaret que dio el más hermoso en la historia de la humanidad.
Me gusta la Navidad porque me deleito contemplando a ese Niño, nacido en la pobreza de un desvencijado portal siendo el rey del Universo, y que permanece junto al hombre hasta su muerte en la cruz con el único fin de llevar al ser humano la salvación eterna. Me gusta por esa necesidad de bondad, repleta por el amor de Dios que ofrece a los hombres el mayor regalo que jamás haya existido: la vida eterna a través de su Hijo Jesús.
Me gusta por la magia de los Reyes Magos que me invitan a adorar al Niño Rey.
Me encanta la Navidad porque es un tiempo de paz, ese deseo tan ardientemente propagado por los ángeles, disponible para todos los que sueñan en su corazón hacerlo con Dios.
¡Adoro la Navidad! Es el tiempo de la alegría, presente en cada recoveco de la historia bíblica. Alegría de María, alegría de José, alegría de los pastores que pasan del temor a la adoración, alegría del sabios Reyes de Oriente guiados por una estrella hacia Belén, alegría de los ángeles que cantan el nacimiento de un Salvador… alegría desbordante de todos aquellos que desde hace miles de años alabamos cada año desde el corazón al Dios de la esperanza, de la misericordia y el amor.
Me encanta la Navidad. Adoro la Navidad. Amo la Navidad. Me permite vivir este tiempo con el corazón abierto a Dios en lo cotidiano y sencillo de mi vida.

orar con el corazon abierto

¡Gracias Niño Jesús por venir a traernos la sonrisa de Dios a este mundo tan necesitado de ti! ¡Gracias, Niño Jesus, por venir a ofrecer la alegría de Dios a todos los habitantes de este mundo! ¡Gracias, Niño Jesús, por llevar a nuestra vida el amor de Dios! ¡Gracias Niño Jesús por que me permites ver en tu rostro aniñado el auténtico rostro de Dios! ¡Gracias, Niño Jesús, por quedarte entre nosotros, por manifestar por medio de tu presencia la ternura de Dios con nosotros!  ¡Gracias Niño Jesús porque tu cuna está abierta para la humanidad entera, para que todos podamos venir a adorarte! ¡Gracias, Niño Jesús, porque me enseñas que naciendo en un pobre establo quieres que el secreto de Dios nazca profundamente en mi corazón! ¡Gracias Niño Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, porque desde el primer momento de tu concepción nos invitas a ver la mirada amorosa de Dios y alabarlo contigo! ¡Gracias Niño Jesús por ese firme deseo de unirte a mi, por este proyecto de amor que es nacer en Belén, por perdonar mis resistencias y por permitirme dejarte vivir en mi! ¡Niño Jesús reúnenos a todos en torno a Ti, llévanos a todos en estos días de amor, en este amanecer de paz y esperanza que es este tiempo de Navidad para que nuestros corazones puedan encontrar refugio en el más dulce, amoroso y tierno corazón que eres Tu! ¡Niño Jesús, ven a las almas que te estamos esperando gozosas ante el pesebre de nuestro corazón!

Con Haendel, honramos al Niño Dios con uno de los coros más hermosos de su oratorio de Navidad:

¿Cuál es el mejor regalo para esta Navidad?

He recibido en mi correo electrónico este mensaje publicitario: «¡Ya llega la Navidad! Y hablar de Navidad es hablar de regalos, motivo de preocupación porque nunca sabes qué regalar. Te vamos a ayudar a resolver tu dilema cada vez que llegan estas fechas, para que quedes como un auténtico Rey… Mago. Regalos ilusionantes para todos, hombres, mujeres y niños… ¡Feliz Navidad!»
Este mensaje testimonia que el efecto Navidad ha llegado a nuestras ciudades. Las decoraciones navideñas llenan escaparates y, por la noche, las ventanas de muchas casas lucen festivas. En las calles la luminaria se ha encendido recordando para muchos la próxima llegada del Salvador, para otros muchos que hay que empezar a vaciarse los bolsillos para adquirir los regalos de Navidad.
¡Regalo! Regalo es una palabra que se pronuncia con fruición en este este mes de diciembre, sumido en esta corriente consumista en la que nos arrastra la sociedad. Regalos para la familia, para los amigos, para cumplir con el amigo invisible que organizan en la oficina… regalos personalizados, regalos más o menos caros… y olvidamos con frecuencia que el mejor regalo que podemos ofrecer a los demás es darse uno mismo.
Hemos perdido en parte el sentido auténtico de la Navidad. El problema es que, conociendo su significado, con frecuencia ignoramos su profundidad porque nos resulta más sencillo adquirir un obsequio con el que hacer feliz al otro que invertir lo mejor de nosotros mismos dándonos a los demás. Es paradigmático no tomar como ejemplo al mismo Jesús, modelo de donación personal. El Niño Dios se hace don para el ser humano, entregándose por amor para nuestra redención, asumiendo nuestra humanidad para regalarnos lo mejor de Él: su divinidad. Es la enseñanza de que ningún regalo tiene valor en esta Navidad si previamente uno no ha sido capaz de darse un poco de si mismo para hacer feliz a los demás.

orar con el corazón abierto meditación

¡Señor, que no olvide que el regalo más grande que hemos recibido de Ti, eres Tu mismo! ¡Que no olvide que esta donación no solo tiene lugar en tu nacimiento en Belén, en tu sacrificio en la Cruz, en tu diaria presencia en la Eucaristía sino también en el momento mismo de darnos la vida! ¡Que no olvide, Señor, que en todo lo que das te estás entregando tu mismo! ¡Que esta sea mi ejemplo a seguir, Señor, que mi humilde caminar sea un viva participación en tu mismo ser, siguiendo el ejemplo de entrega generosa, perfecta, amorosa y compasiva! ¡Señor, me presento ante ti con toda mi pobreza a la espera de darme con lo poco que tengo y lo poco que soy! ¡Señor, tu sabes como está la casa de mi corazón, te la ofrezco con su pobreza! ¡Te doy gracias por el gran regalo de tu presencia, por haberme creado a tu imagen y semejanza, para ser don para los demás! ¡Ayúdame, con la fuerza de tu Santo Espíritu, a lograr este fin! ¡Te doy gracias, Señor, por haberme creado de la nada y convertirme en alguien único, repleto de obsequios que provienen de tu generosidad! ¡Me consagro a Ti, Señor, para vivir conforme a los designios de tu santa voluntad! ¡Te doy gracias por tu amor tan grande, por hacerte presente en nosotros naciendo en Belén, para que todo el que crea no perezca sino nazca a la vida eterna! ¡Tu, Señor, eres es mi vida y el motivo de mi existencia, que Tu ejemplo me lleve a ser donación para los demás, el mejor obsequio para quien vive a mi alrededor!

Oración para el encendido de la segunda vela de la corona de Adviento: Dios poderoso y amoroso, tú que moras en cada momento en nuestros corazones, guárdanos siempre cerca de ti. Ayúdanos a reconocer y apreciar los dones y talentos que nos has dado. Enséñanos a aprovechar nuestras energías para el bien de los demás y para la gloria de tu Hijo, Jesús, cuya promesa es demasiado preciosa para ignorar. Guarda nuestros corazones y mentes siempre despiertos a tu toque personal y amoroso en cada oración, en cada acto de adoración. Amén.

 

Hay que allanar las sendas de la vida porque el Señor está cerca, exclama este canto de Adviento:

Como María, aceptar la voluntad de Dios

Segundo sábado de diciembre con María, ejemplo vivo del ofrecimiento a Dios, en el corazón. De la mano de la Virgen quiero hacer de mi vida una oración de ofrecimiento a la voluntad de Dios ya que numerosas  situaciones personales, familiares, profesionales o sociales no depende de mi poder cambiarlas y eso provoca dolor y sufrimiento e, incluso, heridas profundas ante esa impotencia manifiesta para lograr modificarlas y evitar el dolor de las personas que quiero.
Como cristiano soy consciente de que, si esa es su voluntad, la omnipotencia de Dios puede hacer variar cualquier situación. Cuando le ofreces a Dios lo que te genera turbación y sufrimiento el el alma se libera del dolor. Al ponerte en presencia de Dios con toda tu pequeñez y humildad en una actitud de fe profunda y confianza cierta entregas todo al corazón misericordioso al Padre.
Mi ejemplo es María que, con su testimonio de aceptación a la voluntad divina, dijo primero «sí» a la llamada del ángel y llegó hasta su ofrecimiento total a los pies de la Cruz viendo morir a su Hijo en el momento cumbre de la Pasión. La manera en que María ofrece a Dios su corazón inmaculado y lo une a Cristo te hace comprender que yo también puedo ofrecer mis pequeños sufrimientos cotidianos como una plegaria de amor al Padre. Y que esa oración puedo hacerla unido a Jesús y a María. Madre e Hijo me muestran que Dios todo lo recibe, lo grande y lo aparentemente pequeño. Que todo es importante para Él. Que cada pequeño ofrecimiento de amor se convierte en una oración sencilla y sincera que conmueve el corazón de Dios.
Que es necesario mantenerse unidos permanentemente a Él. Porque, como hizo María, cuando te unes a Dios por medio de Cristo, a través de la oración, de la vida de sacramentos, de la escucha de la Palabra… le estás entregando a Dios lo que es suyo. Es cuestión más de recibir, de aceptar. María comprendió que ser cristiano es aceptar a Cristo en la vida personal. En la medida en que más me doy a Dios, más se entrega Él a cada uno.

orar con el corazon abierto

¡Uno mis manos a las tuyas, Santa María, en este tiempo de adviento, para que prepares mi corazón para recibir a Jesús en mi interior! ¡Uno mis manos a Ti, Señora, para que refuerces por medio de la oración mi esperanza e intercedas por mí ante Dios para que acepte siempre su plan en mi vida! ¡Uno mis manos a las tuyas, Madre de bondad y misericordia, para que cumplir con lo que Él me diga, hacer siempre su voluntad! ¡Te entrego mis súplicas, María, para que las hagas llegar al Padre por medio de tu Hijo, como hiciste en Caná de Galilea! ¡Te pido, María, por mi familia, por mis amigos, por mi comunidad eclesial, por mi trabajo, por mis necesidades, por los sufrimientos de lo que están cercan; danos la gracia de aportar con nuestra vida aunque sea ínfimamente la construcción del reino de Dios en esta tierra!

Cantamos a la Virgen este canto de adviento:

La Inmaculada Concepción, un día señalado para celebrar a María

En pleno camino del Adviento celebramos hoy la Solemnidad de la Inmaculada Concepción, que privilegia a María el haber nacido sin mancha de pecado. Hermosa festividad que nos regala la Iglesia y que afianza nuestro caminar pausado hacia la Navidad de la mano de María. Es difícil encontrar en las páginas de los Evangelios una narración tan hermosa como la del encuentro entre el Arcángel San Gabriel y la Virgen María. Esta historia presenta el primer paso de la historia de la Redención de Cristo en la tierra. Y pone en la figura de la Virgen María el elemento clave de aquella misión única y extraordinaria. ¿Acaso no fue Ella la que con su sí amoroso abrió de par en par su corazón para acoger en su seno al Hijo de Dios que iba a venir a dar esperanza al hombre?
Es un día que te invita a ser también santo e inmaculado; pues ese es el proyecto que Dios tiene pensado para cada uno de sus hijos. Al crear su Iglesia el Señor nos pide que formemos una comunidad de santos e inmaculados con el fin de que el día que nos presentemos ante Él podamos hacerlo mirándole a los ojos con la alegría de la autenticidad y no rehuyendo la mirada por la indignidad de nuestro pecado. Y, Dios, en su infinita bondad, en su proyecto universal nos ha dado a su Madre, y nos la entrega inmaculada, como abogada de gracia y santidad.
Mi corazón está alegre y orgulloso por poderle decir a María, la «llena de gracia», lo mucho que la quiero. Mi corazón exulta de gozo por dar gracias a Dios por haber hecho de nuestra Madre un dechado de virtudes, limpia de pecado y de todo mal con el único fin de engendrar a su Hijo. Mi corazón se llena de esperanza porque en el camino de preparación para recibir la Luz de Cristo Ella es la que anuncia el nacimiento de esa Luz. Ella es el espejo donde mirarse.
En este solemne día de María uno siente la necesidad de darle la gracias a María por enseñarnos el valor de la libertad humana. María fue completamente libre para asumir su camino y aceptar en su seno al Salvador del Mundo. María no tuvo miedo en tomar una decisión libre y, desde esa libertad que otorga Dios, unir su destino a la historia de Cristo. Es en parte la libertad de su decisión la que hace grande la figura de María, guía para cualquier cristiano. Me enseña también que cualquier peregrinación terrena requiere de la fuerza de la fe siempre unida a la esperanza. Que la disponibilidad a las necesidades de Dios y la docilidad a la gracia más allá de lo que uno pueda entender es permitir que se cumplan los planes que Dios tiene para cada uno de los hombres. Que la humildad sencilla de María es el camino a imitar por el cristiano. Que debo tratar de evitar en mi vida el mal y procurar siempre el bien. Que no me desanime nunca ante la tribulación y el sufrimiento. Que mire siempre el futuro con esperanza. Que debo intentar caminar íntimamente unido en Cristo por María porque hoy es también la fiesta del triunfo de Cristo. Porque la victoria de María es la victoria de Dios pues como Ella misma exclama: «el poderoso ha hecho obras grandes en mi».
Hoy es un día alegre para celebrar a María. Para contemplándola a Ella dar gracias a Dios por manifestar su gloria. Y de la mano de Ella caminar por las mismas sendas de santidad por las que caminó María.

orar con el corazon abierto

¡María, Madre Inmaculada, quiero hoy saludarte con el corazón abierto y invocarte como hizo el ángel llamándote con alegría «Llena de gracia»! ¡Lo eres, María, «Llena de gracia» porque así lo quiso el mismo Dios! ¡María, «Llena de gracia», Madre de Cristo, corredentora del género humano, ayudadme con tu gracia a ser santo e inmaculado en el amor, en el servicio, en la entrega, en la generosidad, en la misericordia y en el perdón! ¡Me fijo en Ti, María, «Llena de gracia», en tu humildad y en tu bondad, y quiero parecerme a Ti, que lo llenas todo de serenidad y amor! ¡María, «Llena de gracia», tu conoces mi pobre corazón y la podredumbre que hay dentro, ayúdame a limpiar mi corazón y redescubrir a tu lado la hermosura de la elegancia interior, de la bondad, de la verdad y del amor! ¡Condúceme, María, «Llena de gracia», al cielo prometido! ¡Concédeme la gracia, María, de pronunciar cada día un «hágase» como el tuyo que acepte la voluntad de Dios, que asuma los planes que Él tiene pensado para mí! ¡Enséñame, María, a crecer humana y espiritualmente a tu lado, a esperar lo que Tu esperas, a amar como tu amas y no dejes de indicarme nunca cuál es el camino que debo seguir para alcanzar el reino prometido! ¡Tu que eres tan pura y bella, ruega por mi, hombre cargado de pecados y de culpas! ¡María, abogada de la gracia, modelo de santidad, enséñame a abrirme a la acción de Dios para que aprenda a mirar y actuar siempre con los que me rodean desde lo más profundo del corazón, con amor, con cariño, con ternura, con misericordia y con magnanimidad como lo haría el mismo Dios! ¡Gracias, Madre santa, modelo de santidad, por tu silenciosa presencia en este corazón que tanto te ama! ¡Virgen Inmaculada te confío en este día a los míos, especialmente a mi familia, a los enfermos, a los ancianos, y los que están sufriendo en este tiempo tantas dificultades económicas y familiares! ¡Vela sobre todos y cada uno de nosotros, Madre de consuelo y esperanza! ¡Te encomiendo María mi vida, para llenarla de más confianza y amor, para no caer en la tentación, para afrontar con decisión y responsabilidad los acontecimientos de la vida, para encarar los problemas y aceptar la voluntad del Padre! ¡María, luz de esperanza en mi vida, haz que sea capaz de reflejar la luz de Cristo en toda mi vida y enséñame a creer, esperar y amar contigo!

En este día tan hermoso dedicado a la Virgen escuchamos el Gaudens Gaudebo de la Misa de la Inmaculada:

La pobreza que propone Jesús en Navidad

Un niño recién nacido es, ante todo, fragilidad. Su aspecto delicado intimida. Necesitas cuidarlo porque no se vale por si mismo, depende por completo del amor de los padres o de la persona que está a su cargo. En el día del nacimiento de Cristo, María y José estaban solos. No tenían familiares, ni amigos, ni vecinos, ni conocidos que pudieran ayudarles. En la pobreza de Belén, en el intenso frío de la noche, un poco de paja, un asno y un buey; en la oscuridad de aquel pesebre a las afueras de la aldea aquellos dos peregrinos no tenían de dónde sacar agua para lavar al niño, ni una estancia confortable donde calentarle. La pobreza del nacimiento del Niño Dios, un niño que nace necesitado de todo y solo reclama nuestro amor, es tan profunda y sencilla que se convierte en virtud.  En este cuadro excepcional elige Dios dar inicio a la era cristiana.
Días de fragilidad que ponen en el cuadro de la vida, en el marco de mi corazón, la imagen de que Dios es comunión de amor y que la comunión se fundamenta y necesita de la pobreza, del vaciamiento de sí para, por amor, transformarse en donación al otro.
Tiempo de recuerdo para los que más lo necesitan, en lo material y lo espiritual. Jesús, de manera voluntaria, compartió con todos la pobreza de la vida. Se hizo pobre, en la pobreza, por el ser humano consciente de que con los necesitados y desde los necesitados es factible caminar hacia una sociedad del amor.
La pobreza elegida por Jesús de manera voluntaria demuestra que Dios se pone siempre al lado del débil, del desamparado, del pobre, del necesitado. Incluso los primeros actores del pesebre de Belén son pastores sencillos y humildes que nos conquistan por su sencillez y su disponibilidad. Dios les elige a ellos para darles la Buena Nueva del nacimiento de su Hijo. Son los primeros adoradores porque su alma está bañada por el perfume efectivo del bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
Cuando el corazón es pequeño, uno es consciente de la pequeñez, cuando nos sentimos orgullosos de ser lo que somos sin más pretensiones que recibir la grandeza del amor de Dios en el corazón, nos convertimos en pesebres del Niño Dios, un lugar donde Él quiere quedarse y reposar. Así, es posible trazar el camino para el otro. Somos como sus profetas, discretos y humildes. Somos luz tenue de su presencia; esa es nuestra misión.
Se trata de dar espacio en el corazón al desprendimiento del yo, a evitar estar llenos de nosotros mismos. Cuando uno se muestra satisfecho de si mismo, cuando le ocupa más el hacer que el dar, cuando no tiene cabida la necesidad del otro, no cabe entonces la necesidad de Dios. Así, la pobreza evangélica que propone Jesús en esta Navidad no tiene relación con el abandono de lo material sino en dar a nuestra vida una forma sencilla, de apertura, de vaciarse de uno mismo, de donación, en que la renuncia a lo superficial y lo innecesario, se convierta en testimonio y condición necesaria de la auténtica pobreza de la comunión. La condición de pobre, espiritualmente hablando, es condición indispensable para ser aquello que el hombre está llamado a convertirse: donación por amor.

orar con el corazon abierto

¡Señor, tu me invitas en este tiempo a vivir la pobreza, a vivir y amar la pobreza del desprendimiento del yo, del abandonar la búsqueda exclusiva de lo material, del reclamar el reconocimiento de los demás, de la necesidad de consumir! ¡Con tu venida, Señor, me enseñas la importancia que tiene para ti el espíritu de pobreza, siendo desprendido aunque en mi vida no me falten los bienes! ¡A ejemplo tuyo, Señor, no permitas que mi corazón se apegue a las riquezas mundanas sino a la pobreza de espíritu! ¡Ayúdame, Señor, a mortificar mis apegos, mis comodidades, mis necesidades, mi superficialidad, mis intereses! ¡Ayúdame a saber utilizar bien los bienes de los que dispongo y vivir en la sencillez de lo cotidiano! ¡Concédeme la gracia de ser generoso, predispuesto al otro, a ser sensible a la necesidad del prójimo, a dejar que mi corazón se conmueva por la necesidad del que sufre! ¡Ayúdame, Señor, a aprender de ti, a abrir mi corazón a la caridad y la generosidad, a la donación y al amor, a dar sentido auténtico a mis gestos y mis palabras, a hacerlo todo por amor! ¡Hazme comprender, Señor, que quien escasamente siembra, con dificultad recogerá frutos, pero que siembro a manos llenas, a manos llenas recogeré! ¡Concédeme la gracia, Señor, de amar y darme a los demás con alegría para dar luz a mi alrededor! ¡Que ser la luz de tu presencia sea mi misión! ¡Ven, Señor, y no tardes en llegar a mi pobre corazón!

Cuatro bellos motetes de Francis Poulenc para el tiempo de Navidad:

Jesús viene para quedarse

La Navidad se otea en el horizonte. Estamos a la espera de que Jesús venga a salvarnos. ¡Se acerca el Señor, el Salvador! ¡Y este hecho extraordinario no nos debería aterrorizar, al  contrario debe ser motivo de gran alegría! Jesús, al revelar de esta manera el significado de nuestra existencia, nos señala la actitud que debemos seguir para una buena preparación para recibirlo como corresponde en el corazón.
En las páginas del Evangelio hay muchas frase que te hace estar alerta: «Levántate y anda», «mantente en guardia», «permanece despierto» y, sobre todo, «ora sin desfallecer». Todos estos consejos, estas llamadas a estar vigilantes, esta invitación a la oración forman parte del camino del Adviento. ¡Porque el Señor viene a nosotros para siempre! Debo ser consciente de que en Navidad no conmemoro solo el hecho de que Jesús vino una vez. Celebro su venida, en el presente de mi vida: este año, como todos los años en Navidad, Jesús nace por mi —nuestra— salvación. Hoy, y todos los días, el Señor viene a mí, a mi vida, allí donde me encuentre y con el estado de ánimo en el que me encuentre. Lo impresionante es que nunca ha dejado de venir a mí y me llama constantemente para que le deje entrar en mi corazón y conocerlo mejor. ¿Estoy atento a su llamada, preparado para su venida, para su presencia en mi vida? ¿Quiero conocerlo de verdad?
Es este un tiempo en que debo tomar conciencia de mi propia responsabilidad en este encuentro con Dios. Mi alma debe volverse hacia Dios, con todo lo que es —corporalidad, sensibilidad, inteligencia, memoria, voluntad—, es decir, con todo mi ser. La vida es muy breve y al mismo tiempo algo extremadamente seria pues no solo es creación de Dios, la ha salvado Él. Es mi responsabilidad ir al encuentro de ese Dios que va a nacer. Y hacerlo con amor.  Dios nos ama y quiere ser amado por cada uno de nosotros en nuestra propia individualidad. El nacimiento del Hijo de Dios en Navidad está motivado únicamente por el amor que él tiene por cada uno de los hombres.
En esta primera semana de Adviento quiero profundizar en lo que hay en mi interior y contemplar mi vida desde la perspectiva del Señor. Volver mi mirada hacia Él que ya está presente en mi interior tantas veces como le dejo entrar.  Y, bajo el prisma de su mirada, ser consciente de las riquezas y la pobreza que hay en mi vida en este momento, así como los deseos y aspiraciones para llevarla a la santidad. Todo esto es lo que hace que el tejido de mi existencia tenga un sentido. Y, dado que el Señor me está esperando,  no puedo más que exclamar: ¡Bendito seas, Señor, por tu presencia y tu amor en mi vida! ¡Dame, por medio de tu Espíritu, una buena preparación para recibirte en Navidad!

orar con el corazon abierto

¡Jesús, Niño Dios, ven a vivir la realidad de mi humanidad; te necesito para hacer de mi vida una vida sencilla y santa! ¡Señor, tu tomas la condición humana con su belleza y sus limitaciones, tu me llamas a la conversión interior, tu me llamas a vivir la vida con intensidad para una auténtica conversión! ¡Enséñame, Señor, a adaptarme a la novedad que exige vivir tus mandatos, a dar sentido auténtico a mi vida según tus enseñanzas, a aceptar con coraje, humildad y amor tu voluntad, a creer que Tu, Señor, estás aquí con nosotros! ¡Hazme consciente, Señor, de que tu vienes porque nos amas y nos eliges para trabajar en tu viña, para hacerla más viva, para entregarnos a los demás como lo hiciste tu con amor, caridad y misericordia! ¡Abre, Señor, mis ojos a las necesidades y aspiraciones de los que me rodean, a los que sufren a mi alrededor, a los que necesitan de mi comprensión! ¡Abre, Señor, mi corazón al amor, para que nazca en mi interior un ardiente deseo de amar y compartir mi experiencia de Ti! ¡Señor, quiero ser un testigo vivo de tu venida, quiero ser artesano de tus obras, testimonio de tu mensaje! ¡Quiero transformar mi vida por medio de tu Santo Espíritu! ¡Gracias, Señor, por tu presencia y tu amor en mi vida!

Un hermoso villancico navideño para alegrar el corazón en este tiempo de adviento: