¿Y cómo es mi relación de agradecimiento al Señor?

Con frecuencia levantamos la voz enérgicamente contra aquellas personas que no han sabido agradecer aquello que hemos hecho por ellas. Nos duele que no tengan en cuenta nuestro esfuerzo y nuestro sacrificio. Nos cuesta aceptar que el darse no tenga un retorno en afecto, en agradecimiento, en reconocimiento. Pero al mismo tiempo, nos cuesta mucho aceptar que hemos sido desagradecidos con aquellos que nos han entregado su generosidad. ¡Qué fácil es mirar la paja en el ojo ajeno!¿Y cómo es mi relación de agradecimiento al Señor? No hay que olvidar que el ser humano no existiría si previamente Dios no lo hubiera amado de manera especial, única, individual. Los seres humanos existimos porque Dios así lo ha querido. Nuestra mera existencia por voluntad de Dios debería hacer imposible que existan hombres y mujeres frustrados, desalentados, viviendo en la amargura, sin alegría, sino hombres y mujeres felices, siempre arrimados a la mano de su Creador. ¿Cuántas veces a lo largo del día, de la semana, del mes, del año agradezco a Dios que me haya otorgado el don de la vida? ¿Cuántas veces al levantarme por la mañana le digo al Señor, «¡Gracias por la vida que me has dado! ¡Permíteme amarte, permíteme dar frutos, permíteme ser testimonio!». Como cristiano que comprendo que mi vida tiene sentido en el camino de la fe, ¿qué es lo que me da la seguridad en la vida, la razón de mi cristianismo? Aviva en mi corazón esas palabras tan intensas, tan profundas, tan impresionantes de la santa de Ávila: «¡Nada te turbe, nada te espante, a quien Dios tiene nada la falta». Sin fe mi vida sería una vida de desesperanza, de tristeza, de desazón, de amargura pero la fe es un don que Dios me entrega gratuitamente. Si es así, ¿cuántas veces al día, a la semana, al mes, al año le agradezco a Dios la gracia de la fe que me ha transmitido gratuitamente?
Con frecuencia levantamos la voz enérgicamente contra aquellas personas que no han sabido agradecer aquello que hemos hecho por ellas. Nos duele que no tengan en cuenta nuestro esfuerzo y nuestro sacrificio. Nos cuesta aceptar que el darse no tenga un retorno en afecto, en agradecimiento, en reconocimiento. Pero al mismo tiempo, nos cuesta mucho aceptar que hemos sido desagradecidos con aquellos que nos han entregado su generosidad. ¡Qué fácil es mirar la paja en el ojo ajeno!
¿Y cómo es mi relación de agradecimiento al Señor? No hay que olvidar que el ser humano no existiría si previamente Dios no lo hubiera amado de manera especial, única, individual. Los seres humanos existimos porque Dios así lo ha querido. Nuestra mera existencia por voluntad de Dios debería hacer imposible que existan hombres y mujeres frustrados, desalentados, viviendo en la amargura, sin alegría, sino hombres y mujeres felices, siempre arrimados a la mano de su Creador. ¿Cuántas veces a lo largo del día, de la semana, del mes, del año agradezco a Dios que me haya otorgado el don de la vida? ¿Cuántas veces al levantarme por la mañana le digo al Señor, «¡Gracias por la vida que me has dado! ¡Permíteme amarte, permíteme dar frutos, permíteme ser testimonio!». Como cristiano que comprendo que mi vida tiene sentido en el camino de la fe, ¿qué es lo que me da la seguridad en la vida, la razón de mi cristianismo? Aviva en mi corazón esas palabras tan intensas, tan profundas, tan impresionantes de la santa de Ávila: «¡Nada te turbe, nada te espante, a quien Dios tiene nada la falta». Sin fe mi vida sería una vida de desesperanza, de tristeza, de desazón, de amargura pero la fe es un don que Dios me entrega gratuitamente. Si es así, ¿cuántas veces al día, a la semana, al mes, al año le agradezco a Dios la gracia de la fe que me ha transmitido gratuitamente?
Esa falta de agradecimiento a Dios, pero también a los que nos rodean por todo lo que han hecho por nosotros, indica nuestra imperfección como hombres. Pero como Dios nunca se cansa de concedernos el perdón, de agraciarnos con su misericordia día a día, semana a semana, mes a mes, año a año nos da la posibilidad de poder rehacer nuestra vida. Sólo por eso deberíamos estar dándole gracias, agradeciéndole esa misericordia, esa paciencia, ese amor para con nosotros.
Y… ¿Cómo estoy yo de comprensión, de tolerancia, de paciencia, de generosidad hacia los demás especialmente con los que constituyen mi círculo más cercano?

¡Señor Jesús, gracias, porque has vendido al mundo a salvarnos del pecado y darnos vida eterna! ¡Gracias por la vida! ¡Gracias por tu Cruz, Señor, en la que has dado Tu vida para salvarnos y devolvernos la nuestra muerta por el pecado! ¡Quiero bendecirte, Dios de la vida, quiero bendecir a tu Hijo, que nos rescató de la muerte y quiero darte gracias por todos los dones recibidos! ¡Señor, eres mi respuesta a la necesidad, mi refugio en las tormentas que pasan por mi vida, mi consuelo ante la tristeza y mi fortaleza ante mi debilidad! ¡Señor, gracias, gracias porque todo es por tu gracia y tu amor! ¡Espíritu Santo, ayúdame a que la gracia entre en mi corazón y que la Palabra se avive en mi! ¡No permitas que me cierre a las palabras del Señor y que me aleje de Él! ¡Gracias, Señor, por la fe recibida que me has dejado como la mejor herencia para fortalecer mi vida cada día! ¡Gracias, Señor, por la vida, por mi familia, por mi hogar, por mis amigos, porque me permites compartir todo lo que Tu nos provees con ellos! ¡Gracias, Señor, por tu infinita bondad! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!
La Cantata 76 Die Himmel erzählen die Ehre Gottes (Los cielos cuentan la gloria de Dios) BWV76 de Juan Sebastian Bach el compositor nos recuerda en la XIV Chorale: “Es danke, Gott, und lobe dich” (“Gracias, Dios, te alabamos“) que tan bien se ajusta a la meditación de hoy:

Reconozco mi condición de pecador

Esta frase de San Agustín que leí hace tiempo me obliga a esforzarme a vivir en gracia y amistad con Dios: «El pecado es la causa de todos los males».Quiero tenerlo presente y abro el salmo 51: «compadécete de mí, Oh Dios». Éste miserere mei Deus del salmista es la oración del alma pecadora y te hace tomar conciencia de tu fragilidad y de tu condición de pecador porque «reconozco, Señor, que he pecado contra ti». Y lo más grave, he cometido el mal en tu propia presencia.
Y ese pecado cometido deja en mi corazón una brizna de oscuridad, una impronta de dolor, el sello de la enemistad y el alejamiento de Dios. Cada vez que peco mi pecado se vuelve contra mí.
Te quedas inerte como el paralítico acostado en su lecho. Y, entonces, solo te queda acudir a la confesión y pedirle al buen Jesús que por su infinita misericordia y amor se compadezca de ti. Y cuando el confesor, en nombre del amor y la bondad de Cristo, te ofrece la absolución te postras ante el crucifijo y contemplas el rostro ensangrentado y el cuerpo magullado de Cristo en la cruz. Y no puedes más que dar gracias por tanto amor y de tus labios surgen, amorosamente humildes, estas palabras de petición: «Señor, termina en mí la gran obra de tu misericordia y, sobre todo, no permitas de ahora en adelante que me aleje de ti».


¡Padre bueno y generoso, Señor de la misericordia y el perdón, te doy gracias porque tu infinito amor me ha salvado! ¡Gracias, Padre! ¡Padre, tu paciencia es infinita conmigo que juego siempre a hacer mi voluntad! ¡Gracias, Padre, porque es tu compasión la que me perdona y me incita a recomenzar de nuevo! ¡Gracias, Padre, porque es tu compasión la que se apiada de mí! ¡Yo lo único que te puedo entregar, Señor, es mi pequeñez, mi miseria, mi debilidad y, sobre todo, mi dolor! ¡Padre, concédeme la gracia de no volver a pecar, de reparar mis culpas, de cambiar mi manera de actuar, de reconocerme interiormente! ¡Jesús mío y Señor mío, que tu Sagrado Corazón me salve y me colme de gracias y bendiciones! ¡Espíritu de Dios, ven a mi para purificarme, transformarme y renovarme! ¡Sagrado corazón de Jesús, en vos confío!

Cristo es luz eterna, compañía perpetua, y esta idea queda hermosamente reflejada en esta obra Lux Aeterna de Edvard Elgar:

Por la vida, como esposado

Tengo un conocido que me decía el otro día que «voy por la vida como esposado, lo que me impide una libertad de movimientos, es como ir condenado a hincar la rodillas en tierra».Es una imagen muy gráfica de la desesperanza. Es un retrato claro de que donde antes fluía la alegría, la serenidad, la fe o la esperanza ahora está presente el desierto; la esterilidad del árbol que antes daba fruto o la sequedad del río que antes bajaba desbordante.
Pero también me dice que de «mi mente solo salen ideas tristes que viajan hacia mi boca para pronunciar lamentos y desdichas».
Trato de convencerle de que la única manera de cambiar esa perspectiva vital es centrándose en Cristo. Verter todos los desánimos en su corazón sagrado. Derramar sus desdichas ante Él, escucharle en el silencio de la oración y permitir que le hable. Llorar para que las lágrimas llenen ese río seco y esa tierra yerma para que el árbol vuelva a dar frutos. Tal vez incluso esas lágrimas cubrirán la tierra de agua y así podrá caminar sobre ellas sin miedo y con confianza. Entregarse enteramente a Cristo es dejar de lado los pesares y vivir en la confianza.
Por experiencia propia; cuanto mayores son las dificultades más cerca está Cristo de uno, más aprende de la infertilidad, y más «sabio» va haciéndose con las derrotas, las caídas y las incertezas. Pero no es una sabiduría emocional ni de inteligencia, es la sabiduría del saberse unido al Señor. Unido en la confianza, en la espera, en el control de los sentimientos y de las emociones, en la edificación de pilares sólidos en los que poder cimentar una vida de fe y de esperanza. Hay altibajos, sí. Hay incertezas, también. Pero para poder subir a lo alto primero hay que estar en lo profundo. Y es en lo profundo del silencio donde uno acaba por alcanzar una cierta serenidad interior, en la quietud uno escucha por medio del Espíritu lo que el buen Dios desea comunicarle. Las lágrimas purifican y sanan. Y las lágrimas vertidas que cubren de agua la tierra permiten andar sobre ellas para saberse completamente amado por el hacedor del amor más grande e infinito. Caminar sobre las aguas implica no tener miedo a nada, vivir en la confianza al saberse sujetado por Cristo, hacer desaparecer el miedo de la propia vida, dejarse guiar por la fuerza del Espíritu, entregar el propio corazón para ser renovado, transformado y purificado, ir seguro sin temer a nada a nadie ni hundirse en las dificultades de la vida, pero sobre todo, de manera extraordinaria, dejar que Dios haga en su vida el gran milagro que tanto anhela.

¡Señor, tú sabes que mi vida no es sencilla y que muchas veces está zarandeada por las olas; que el viento sopla tan fuerte que va en contra y me impide avanzar con seguridad y confianza; muchas veces por culpa de esto siento que no avanzo y que me hundo! ¡Señor, tú sabes y cuando las tormentas derraman toda su fuerza sobre mi vida la confusión me ofusca, la desesperanza hace algunas veces mella en mi corazón y la frustración me hace tomar la decisión de abandonar! ¡No lo permitas, Señor, y envía tu Santo Espíritu para que me dé la fortaleza y la valentía para seguir adelante! ¡Pero yo se, Señor, que te acercas a mi vida por medio de la oración y de la Eucaristía, de la palabra y de la vida de sacramentos, del encuentro con el hermano y a través de los pequeños gestos cotidianos que tú me regalas! ¡Dame, Jesús, tu paz para caminar seguro sobre las aguas de la vida! ¡Llena siempre mi humilde oración de tu presencia; háblame y enséñame Jesús! ¡Por medio de tu Santo Espíritu abre los ojos y los oídos para ser capaz de entender y leer tus palabras y comprender tu voluntad! ¡Dame, Jesús, una palabra para que yo pueda seguirte, baje de la barca y entre las tormentas de la vida sea capaz de caminar sobre las aguas! ¡Seguirte, Jesús, y estoy decidido a dar pasos de fe sobre cada uno de los mandatos que me hagas llegar, seguir tu santa voluntad, siempre dispuesto a ofrecer mi pequeñez para que hagas algo grande conmigo! ¡Ayúdame a salir de la barca de las incertidumbres, los miedos, las tribulaciones, los sufrimientos, las angustias y las dificultades que amenazan mi vida constantemente y pueda caminar sobre el agua aunque el viento sea fuerte y las olas impetuosas; sí, Señor, te confieso que a veces tengo miedo pero tú puedes aplacar la tormenta porque yo hoy he decidido creer en tus promesas! ¡Concédeme, Señor, la gracia de avanzar poco a poco hacia ti y que ninguna tormenta me destruya para que juntos podamos llegar a tierra firme! ¡Señor, te pido también por los atribulados, los que sufren, los desesperanzados, los que tienen soledad, los que tienen el corazón roto y herido porque todos esos necesitan de tu misericordia, de tu amor, de tu seguridad; envíales tu Santo Espíritu para que les dé la fortaleza de seguir avanzando cada día, de sentir que tú estás cerca de ellos y sobre todo, Señor, que sientan tu amor misericordioso!

Abrir el corazón para entregar las fragilidades del alma

Una de las maravillas de la oración: acercarse a Dios. Abrir el corazón para que pueda reinar en mi alma. Abrir el corazón y presentarle una a una todas mis debilidades con sinceridad, rectitud de intención, escrutando hasta el más recóndito de los rincones para enfrentar a la luz del Espíritu Santo la propia realidad ante los ojos de Dios. En el abismo de su misericordia podré luego ir a confesarme y comulgar en paz.Abrir el corazón para entregar las fragilidades del alma y no caminar con una apariencia de virtud sino con la auténtica belleza de estar limpiamente unido al Señor.
Abro una página del Evangelio. Allí surge la figura del leproso. Su lepra es corporal no del alma. Siente la cercanía del Señor que se aproxima a él. Ha visto en su mirada el amor misericordioso del Dios vivo. Y se postra a los pies de Jesús. Pone su cabeza a ras de suelo, mordiendo el polvo del camino. Es una imagen tremenda, demoledora. El leproso sufría por la condena de sus llagas. Así tiene que ser mi sentimiento por mis pecados. Orar ante Dios con el corazón abierto, con el rostro mordiendo el polvo del suelo, consciente de mi fragilidad y mi indigencia moral para presentar como el enfermo de lepra mi indignidad ante los ojos de Dios.
Y pronunciar, como el leproso: “No soy digno”. No soy digno pero por la gracia, Cristo puede sanarme. “Si quieres, puedes sanarme”, dice el leproso con fe y esperanza. Es una oración sencilla; profunda en su contenido, bellísima en su forma. No le dice a Cristo, el que todo lo puede: “Cúrame esta lepra”. Es más humilde la petición, más delicada, muy consciente de quien tiene delante: “Si quieres… puedes curarme”.
Soy consciente de que tantas veces acudo al Señor con clamores imperativos. No es eso lo que quiere Jesús de mí. Quiere que primero ponga mis faltas, todo mi corazón y toda mi alma y hacerlo con confianza bajo su divina persona para humildemente exclamar: “No soy digno, Señor, pero si quieres puedes curarme”. Lograré así, seguramente, que Cristo reine de verdad en un corazón tan pobre como el mío.
¡Señor, acudo hoy a ti con el corazón abierto a tu misericordia, a tu amor, reconociendo que no soy digno pero necesito que me cures mi parálisis y todo aquello que me aleja de Ti y de los demás!

¡Señor, si quieres puedes curarme porque necesito que me liberes de mis fracasos y de mis caídas, de mis cegueras y mis fragilidades, porque todo eso me impide verte a ti como el auténtico Señor de mi vida y a los demás como las personas a las que debo servir como un cristiano que vive la verdad del Evangelio! ¡Ayúdame, Señor, a abrirme a tu amor para no esconder mi realidad y ser consciente de que necesito de tu misericordia! ¡Hazme consciente, Señor, de que si ti no puedo caminar seguro! ¡Señor, hay cosas que me ciegan, es la lepra del orgullo y la soberbia, el pensar que si ti todo lo puedo, me autoengaño, no me permita ver la realidad! ¡Enciende mi fe, Señor, fortalece mi esperanza, da luz a mi camino para que pueda postrarme a tus pies como aquel leproso que se sentía indigno para que tus manos sane todo aquello de mi interior que deba ser sanado! ¡Sí, Señor, vengo a ti como el leproso del Evangelio porque estoy profundamente necesitado de tu gracia! ¡Te amo, Señor, si quieres puedes curarme! ¡Porque te amo, Señor, quiero amarte también en cada uno de las personas que se crucen a mi lado! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

Adoration, la música de hoy:

Corpus Christi, Fiesta de Dios

Hoy es la Fiesta de Dios porque es la vida de los hombres, compartida y celebrada por Cristo. Celebramos hoy la festividad del Corpus Christi. La celebración de la Eucaristía es el eje vertebrador de la vida de la Iglesia. El centro de la Santa Misa es la Plegaria Eucarística en la que recordamos el sacrificio de Cristo entre gracias y alabanzas a Dios. Y el culmen tiene lugar en la Sagrada Comunión, donde Cristo nos entrega su ser mismo. Y los bautizados tenemos el gran privilegio de comer y beber su Cuerpo y su Sangre. Con este gesto tan hermoso, en cada liturgia eucarística, Cristo alimenta y forma de manera permanente a su Iglesia en su peregrinación hacia el cielo prometido. Antes de recibir la Sagrada Comunión, el sacerdote anuncia de manera alegre y con palabras sencillas que vamos a recibir al Señor: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Dichosos los invitados a la cena del Señor». Y, ante un don tan inmenso, los fieles exclamamos con humildad rememorando las palabras del centurión: «Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme». A consecuencia de nues­tra condición pecadora, nadie es digno de un don tan grande. Y, sin embargo, el amor de Jesús es tan espléndido que se nos acerca en la Eucaristía para hacernos partícipes de su vida divina.
Más tarde, mientras muestra a los feligreses el pan eucarístico antes de comenzar su distribución, el sacerdote dice: «Dichosos los llamados a la cena del Señor».
Personalmente, me siento profundamente dichoso de poder acercarme a comulgar y encontrarme con el Señor que alimenta mi vida y mi fe. Es el gesto central de mi jornada. Es mi momento de mayor intimidad con Él. Pero en un día como hoy la fuerza del sacramento de la Eucaristía sobrepasa los muros de las Iglesias.
En muchas ciudades y pueblos del mundo hoy se paseará en procesión la figura del pan. Es un día para encomendar al amor misericordioso en Cristo nuestra comunidad de vecinos, nuestro pueblo, nuestra ciudad, nuestra parroquia, nuestras calles, nuestro lugar de trabajo… en definitiva, nuestra vida cotidiana.
En tiempos donde lo religioso trata de ser apartado y escondido, donde algunos movimientos sociales se hacen oír despreciando la verdad del Evangelio, siento que como cristiano debo hacer que las calles de mi ciudad sean hoy más de Jesús, que mi hogar sea más de Él, para que se sienta cómodo entre los míos. es la mejor manera de responder a ese mandato del: «Tomad y comed… Bebed todos».
Pero hacerlo también acompañado de María quien nos enseñó realmente que significa entrar en comunión con Cristo.

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¡Señor, gracias por tu presencia ante nosotros en en el Sacramento de la Eucaristía! ¡Señor Jesucristo, gracias porque te nos ofreces de manera tan admirable y porque te quedas entre nosotros de forma tan amorosa! ¡En tu solemnidad deseo exaltar y glorificar la presencia de tu Cuerpo, de tu Sangre y de tu Divinidad! ¡Ayúdame a creer más en ti, Señor, por eso te pido que aumentes mi fe! ¡Señor, no solo eres el pan vivo que me alimenta, eres mi refugio, mi esperanza, mi fortaleza, mi consuelo! ¡Bendito y alabado seas, Señor! ¡Concédeme la gracia, Señor, de que la celebración de hoy me ayude a seguir tu ejemplo y me ayude a comprender que, además del pan y el vino, también debo compartir mi tiempo, mi cariño, mi compañía, mi amor, mis esperanzas y devolver a los demás todo lo que tu me regalas! ¡Y cuando hoy comulgue sienta especialmente que entro en comunión contigo y que este acto sea un dejarme penetrar por Ti, que eres mi Señor, mi Creador y mi Redentor! ¡Que sea capaz de asimilar mi vida con la tuya, mi transformación y configuración contigo que eres el Amor vivo! ¡Sagrado corazón, en vos confío!

Quiero adorarte, un canto eucarístico para el día de hoy:

Profundizar en la fe de María

Tercer fin de semana de junio, mes del Sagrado Corazón, con María en nuestro corazón. Hoy el Señor me invita a profundizar en la fe de María, una fe que le fue revelada especialmente el día de la Anunciación y que tuvo sus momentos álgidos en el día de la Encarnación y de la Redención por esa íntima relación que la Virgen tuvo con el Verbo Encarnado. La fe de María fue una fe profunda, una fe viva, una fe marcada por la fuerza del Espíritu Santo, una fe impregnada en lo más profundo de su alma.
La Virgen creyó desde el momento mismo de la Anunciación. Lo hizo desde el instante que le fue revelada la Verdad divina.
Creyó en el momento que, abrazada a Santa Isabel, escuchó esas hermosas palabras del Magnificat: «Bienaventurada Tú entre las mujeres porque has creído».
Creyó ese día gélido de Navidad cuando dio a luz al Niño Dios en un pobre establo de Belén y supo desde ese momento que había dado vida humana al Creador del universo.
Creyó cuando tomó en sus brazos a aquel niño pequeño, frágil, y supo que desde sus primeros balbuceos en el interior de Dios estaba la misma sabiduría.
Creyó cuando san José la subió a un asno y la Sagrada Familia tuvo que huir de Egipto huyendo del despótico rey Herodes y supo que el único monarca, el único rey de reyes, era su Hijo, el Hijo de Dios.
Creyó aquel día en que, desesperada, fue en busca de su Hijo a Jerusalén y se lo encontró perdido en el Templo porque supo que desde ese mismo momento se hacía real el impresionante misterio de la Redención.
Creyó el día de las bodas de Caná cuando les dijo a los sirvientes que hicieran lo que Jesús les ordenara porque sabía que en su Hijo todos los milagros dan luz que superan a la oscuridad.
Creyó porque María era consciente en su corazón de la verdad de los misterios divinos que ensalzan las bienaventuranzas.
Creyó al pie de la Cruz y todos, incluso los propios apóstoles, habían abonando al Señor. Creyó allí, en el Calvario, que su Hijo era verdaderamente el Hijo de Dios que quita los pecados del mundo que vence a la muerte, al mal y al pecado.
Creyó el día de la Resurrección, el día que Dios vence a la vida. Creyó en los momentos de mayor oscuridad dejándonos claro que su fe era más consistente, más firme, más difícil pero en el corazón de María había el convencimiento de que Cristo, muerto en la Cruz, había dado vida a la victoria. Pero la fe de María es tan firme porque está iluminada por los dones del Espíritu Santo. Es la grandeza de la fe de María la que nos hace entender que a través de la inteligencia con la que nos dota el Espíritu Santo es posible introducirse en los misterios de revelados desde la intimidad del corazón, misterios en los que Ella había participado de manera directo. El Espíritu Santo también inspiró a María la sabiduría para juzgar las cosas de Dios con esa humildad y sencillez de la que lo guardaba todo en el corazón.
María gustaba de las cosas de Dios por su caridad, porque no hacía más que crecer en su vida en humildad y pureza. En María se hacía patente la gratuidad de Dios y la gracia divina y Ella es el ejemplo claro de quienes son bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán siempre a Dios.
Y finalmente, el Espíritu Santo dotó a la Virgen de don de la ciudad para ver las cosas creadas como símbolo de la fuerza de Dios en nuestra vida.
Este ejemplo tan grande me hace meditar hoy cuál es el grado de mi fe para vaciarme de mi yo y poner todo en manos de la Virgen y ser capaz de mejorar en mi vida personal para llegar a un auténtico encuentro con el Señor.

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¡Ayúdame, María, a tener una fe viva como la tuya! ¡Ayúdame a creer, Señora! ¡Bendice mis pensamientos, mis palabras, mis acciones, mis actitudes, Señora! ¡Imprégname con tu amor, María! ¡Protégeme, Señora, de todas las cosas que me separan de Tu Hijo! ¡Llévame siempre de tus manos amorosas, María! ¡Dame un poco de tus virtudes, Señora, esas virtudes que están impregnadas de la fuerza de Dios! ¡Ayúdame a creer, María, para tener siempre confianza en la voluntad de Dios! ¡Ayúdame a creer, Señora, para dar siempre un sí confiado como el tuyo! ¡Ayúdame a creer como Tú, María! ¡Te entrego, María, lo poco que tengo pero esa pequeña posesión te pido la entregues Tú al Señor! ¡Te doy mi voluntad para que sea siempre la voluntad del Padre!

¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío! ¡Corazón Inmaculado de María, ruega por nosotros!

En este sábado, cantamos a María:

Pobreza enorme

Ayer oficiaba la Santa Misa del jueves de Corpus Christi un sacerdote anciano. Su voz apagada, temblorosa y lenta hacia cadenciosa la ceremonia. En el momento de la consagración eleva sus manos temblorosas para ensalzar la Hostia. ¡Un hecho tan extraordinario en tanta pobreza humana! Y, sin embargo, en esas manos frágiles y desgastadas del sacerdote se encierra el mayor símbolo del Amor y de la entrega. ¡Impresionante!Una de las características de Jesús es su entrega absoluta. Se despoja de su condición divina y, haciéndose hombre, se dispone a servir al prójimo. Pero esa entrega es tan radical que va unida a la mayor de las pobrezas. Solo así puedo darse la muerte en Cruz y la redención.
La pobreza es innata al ser de la Iglesia. Pobreza en María y José; pobreza en san Juan, pobreza en la vida del primer colegio apostólico, pobreza en los seguidores de Jesús y, sobre todo, pobreza —¡santa pobreza!— en la Cruz.
Todo en Jesús rezuma pobreza. No la pobreza material sino la del corazón donde se asienta la mayor de las grandezas: el desprendimiento, la caridad, el amor… Y, mientras, los hombres buscamos siempre los oropeles y la grandeza, el corazón pobre de Cristo busca nuestra debilidad y nuestras fragilidades, esas que no relucen a los ojos de los hombres. Lees en tu propio corazón: ¿estoy dispuesto a renunciar a todo? ¿Qué apegos me encadenan? ¿Qué seguridades me esclavizan? ¿Qué actitudes disparan mis egos? ¿Qué honras vacías busco? ¿Qué compensaciones me llenan? ¿Qué autosuficiencias me llevan a engaño? ¿Qué agrieta mi corazón? ¿Por qué me autoengaño con tanta frecuencia?
Te lo preguntas, sí. Te lo cuestionas sobre todo admirando esa Hostia elevada en la Eucaristía. Y cuesta comprender que lo que Cristo desea de uno es la sencillez de su propia vida. ¡Su pobreza interior! Esa pobreza que se convierte en un tesoro valiosísimo cuando uno aparta de su lado las lisonjas, la búsqueda del reconocimiento de los demás, los aplausos, las honras estériles, las máscaras que impiden mostrar como uno en realidad es, las apariencias, la fama efímera, la volatilidad del dinero, la gloria vana del ser y el poseer… todo son migajas frente al gran tesoro que encierra todo corazón pobre. Es aquí donde Dios se siente a gusto, guarnecido. Es en torno a esa pobreza interior donde Dios gusta permanecer por eso duele ese empecinamiento por poner freno a la presencia del Señor en el corazón.
Las manos frágiles del sacerdote elevan la Hostia consagrada y, ante tanto Amor, uno solo puede exclamar consciente de su nada: «Sagrado Corazón de Jesús, en ti pongo mis debilidades y mi fragilidad, acógela en tu misericordia y despréndeme de todo lo que me aparta de Ti; haz de mi algo provechoso y santo y no permitas que mi orgullo y mis egoísmos me alejen de Ti; no permitas que mis ambiciones me separen de Ti; que mi cerrazón me impida ver la grandeza de tu amor; ayuda a ser humilde y pequeño; Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!»

¡Señor, concédeme la gracia de que la única riqueza que anhele sea poseerte a Ti! ¡Ayúdame a ser un siervo inútil, que no posea nada más que Tu amor y tu misericordia para llevarla a los demás! ¡Señor, tu conoces a la perfección mis imperfecciones; tu sabes de mis debilidades y mis fragilidades; conoces mi pequeñez… sostenme, Señor, y ayúdame a sobrellevar con entereza mis propias imperfecciones porque te las ofrezco con toda mi humildad! ¡Ayúdame a ser libre a tu lado, sin esperar honras ni aplausos! ¡No permitas, Señor, que me duela mi pobreza; es más, te pido que me ayudes a ahondar en ella para que mi miseria sea el asiento de tu misericordia! ¡Señor, no te puedo ofrecer nada más que mi indigencia y mi pobreza, mis necesidades y mis penurias y las pongo en tus manos para que seas Tu el que me guíe y me sustente! ¡Me abandono en tus manos, Señor, donde encuentro la felicidad y el consuelo, la paz y la esperanza! ¡Ayúdame a eliminar todo lo que sobra de mi vida, a dejar de vivir preocupado e imponer mis criterios! ¡Y ayúdame a abandonarme en tu voluntad! ¡Sagrado Corazon de Jesús, en vos confío!

O Salutaris Hostia, la música que acompaña la meditación de hoy:

Instrumento de paz y amor

Abro el Salmo 45: «desistid, reconocer que soy Dios, yo domino los pueblos, domino el mundo». Se hace en mi interior un silencio largo y profundo. Lo que dice el Padre es muy claro: detened cualquier tipo de lucha, que las guerras se paren, que los hombres no luchen por ideales falsos, que las armas se abandonen. Todo esto está destruyendo el amor en la tierra que Él había plantado.Atentado en Manchester, cristianos asesinados en Egipto, hombres, mujeres y niños abandonados ante las costas de Chipre… El horror en forma de muerte y desastre están al orden del día. Pero no hay que dejar de llorar. Tantos acontecimientos trágicos exigen a los que tenemos fe rezar por la paz en el mundo. La paz es un don de Dios y como tal se ha de pedir incesantemente en la oración.
Los cristianos hemos tomado partido. Es una opción radical y firme. Es la opción por la paz, por la lucha contra la injusticia, contra el odio, contra la discriminación. Pedirle a Dios en la oración es rogarle por un mundo donde impere la justicia y la fraternidad, el respeto y la dignidad. Frente a los actos de terrorismo, de violencia, de destrucción, de asesinatos, la oración del cristiano es un canto al amor, es edificar en base al corazón.
La exigencia del amor es consustancial al mensaje evangélico; es, por tanto, una exigencia vital para cualquier hombre de bien y especialmente si está bautizado.
Pero no basta simplemente con orar y ser consciente de cuál es mi obligación como cristiano: es fundamental ser capaz de lo que implica ser constructor de paz. Y eso es vivir en la cercanía de Dios. Vivir su amor, su misericordia y su perdón. Cuando uno se acerca a Dios sus horizontes se amplían y es más capaz de acoger en su corazón el sufrimiento del mundo, de la sociedad y del prójimo que sufre. Cantar como hace San Francisco para que uno pueda convertirse en instrumento de su paz y donde haya odio ponga amor y donde haya ofensa ofrezca perdón. El problema radica en que la oración suele ser frágil, débil y de poca fe, como es mi caso, y como el corazón está repleto de heridas y rencores cuando eso ocurre debilita mi amor a Dios y la eficacia de mi oración.
Pero este mal solo se supera por medio del amor y el perdón base del compromiso cristiano.

¡Vengo, Señor, en mi oración de hoy para llenarme de tu presencia y conseguir que mi vida se llene de ilusión, de fuerza, de alegría y de paz! ¡Señor, el mundo se olvida con gran frecuencia de tus enseñanzas y eso nos lleva a tener actitudes violentas y agresivas y a la pérdida de la paz! ¡Señor, el problema no radica solo en los atentados, en los asesinatos, en las guerras, en los malos tratos, en los desórdenes de ámbito social y de todos esos males que hacen que se deteriore la paz en nuestro entorno, sino en que los corazones abrigamos mucho rencor y dolor y eso nos lleva a perder la serenidad interior y la paz! ¡Señor, no permitas que mi corazón se aleje de ti para que no olvide las palabras de tu buena nueva y los mensajes de tu evangelio, para que mi corazón esté impregnado de tu amor y pueda darle a mi vida una amplitud de miras cristianas porque si no me queda el vacío y eso lleva a la soberbia, al rencor, la envidia, la autosuficiencia, el egoísmo y otros tantos males que me llevan a refugiarme en actitudes negativas alejadas de ti! ¡Señor, quiero expresarte hoy mi compromiso con la paz, con el encuentro con el hermano, con la generosidad de mi corazón! !Como rezaba San Francisco de Asís hoy quiero ser un instrumento de tu paz. Donde haya odio, que yo ponga amor. Donde haya ofensa, que yo ponga perdón. Donde haya discordia, que yo ponga unión. Donde haya error, que yo ponga verdad. Donde haya duda, que yo ponga fe. Donde haya desesperanza, que yo ponga esperanza. Donde haya tinieblas, que yo ponga luz. Donde haya tristeza, que yo ponga alegría. Haz, que no busque tanto el ser consolado como el consolar, el ser comprendido como el comprender, el ser amado como el amar. Porque dando es como se recibe. Olvidándose de sí mismo es como se encuentra. Perdonando como se encuentra el perdón. Muriendo, como se resucita a la vida eterna! ¡Gracias, Señor, porque tu cercanía es garantía de paz, de serenidad, de esperanza y de amor para mi! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

Hazme un instrumento de tu paz, con la voz de Susan Boyle:

Apreciar la simplicidad

Ayer me levanté con un propósito concreto: observar minuciosamente todo lo que ocurre a mi alrededor y ser capaz de ver, en cada acontecimiento, la belleza de las cosas sencillas en aquello que otros pueden contemplar solo fealdad, rutina o insignificancia. Y esa mirada diferente me permitió darme cuenta de que todo en la vida tiene un significado, un matiz especial, una característica que hace única a la vida, un romper con la monotonía cotidiana. Es como contemplar un cuadro de vivos colores con una música melodiosa y hermosa de fondo en un ambiente de profunda relajación.
Detallo, por ejemplo, esos pequeños momentos en las primeras horas del día de ayer: la sonrisa amable de la portera de mi edificio al salir de casa, el cántico alegre de los pájaros que escucho por la calle, la delicadeza de la panadera al tomar el pan recién hecho y envolverlo en su característico envoltorio marrón, las sonrisas de dos niños pequeños cogidos de la mano de su padre en dirección al colegio, la brisa de la mañana salpicando mi rostro, el beso de despedida de mi mujer antes de salir hacia su trabajo, el cadencioso trabajo de la vecina de nuestra casa tendiendo la ropa húmeda de su hijo pequeño, el saludo cómplice en el ascensor de un compañero de oficina, la música de fondo que se escucha en la copistería donde he ido a recoger un trabajo, la delicadeza con la que el sacerdote eleva la Hostia en la consagración, la mano del jardinero que trabaja en el platanero de una de las principales avenidas de mi ciudad, contemplar calladamente a los viajeros del bus en dirección a mi trabajo que no saben que son contemplados y por los que rezo una oración… podría seguir por detalles del medio día, de la tarde y de la noche. Son infinidad de momentos en los que Dios hace también su presencia. Porque Él es el creador. El Hacedor de todo. Porque miras a tu alrededor y todo es de Dios.
Si uno es capaz de ir enumerando una a una todas esas pequeñas cosas que suceden a su alrededor cada día, esas nimiedades que dan forma a su vida, comprende entonces que la vida merece ser vivida. Llevar más allá la mirada hacia lo profundo. Pero no es sencillo. No lo es porque las prisas no nos permiten centrarnos en lo esencial. La vida es peregrinar y en cada recodo hay una hermosura digna de ser vivida. Con Cristo en el centro, claro, que lo hace todo más hermoso.

Chance Meeting

¡Señor, te pido el don de tener siempre la mirada limpia para hacer el bien, para encontrarte en medio de mis propios quehaceres cotidianos, para ver a mis cercanos y alborójimo como hijos tuyos, para penetrar en lo que de verdad vale la pena, para contemplar junto a ti la belleza de las cosas divina que son un rastro de tu creación! ¡Ayúdame a tener la mirada limpia para que mi corazón sea capaz de amar, para mantenerlo siempre puro! ¡Ayúdame, Señor, a tener siempre una mirada limpia semejante a la tuya! ¡Enséñame siempre a desear lo mejor a los demás y buscar para ellos lo que quisiera para mi! ¡Concédeme la gracia de una mirada bondadosa y enséñame a no pensar solo en los que están cerca de mí sino también en aquellos que me han hecho daño o no me aprecian! ¡Dame, Señor, una mirada purificadora para amar de verdad a los que no son como yo o no hacen las cosas como a mí me gustaría, o a los que a veces me resultan incómodos de aguantar! ¡Dame, Señor, una mirada pura para no despreciar nunca a nadie! ¡Concédeme la gracia, Señor, de ver en los pequeños detalles y en las grandes cosas tu mano bondadosa y misericordiosa! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

Anhelo conocerte Espíritu Santo, cantamos hoy para que nos ofrezca una mirada limpia:

Elevad las manos y bendecid al Señor

Releo el Salmo 134 —de apenas tres versículos—, una pequeña joya de profunda intensidad. Es el ejemplo vivo de que en un pequeño frasco cabe mucha esencia. Los dos primeros versículos advierten que, pese a que la casa de Dios pueda estar vacía y a oscuras, y de que en apariencia nada relevante sucede, invita a «Elevad vuestras manos al santuario y bendecid al Señor». En el último versículo la comunidad eleva su voz para clamar en la soledad de la noche: «¡El Señor que hizo el cielo y la tierra los bendiga desde Sión!».
Coincide la relectura de este salmo por la conversación que mantuve hace unos días con un grupo de personas entregadas a difundir la palabra del Señor, convencidas de su amor a Cristo, organizadoras de numerosas actividades para acercar a gente a Cristo en las periferias humildes de mi ciudad. Me encontré con ellos para impartir una charla en un curso Alpha. Un padre de familia me decía que servía en lugares muy pequeños, donde apenas hay feligreses y donde la receptividad es pequeña e, incluso, hostil. A veces se siente desanimado, tentado a abandonar, porque ofrece lo mejor de sí mismo pero no observa frutos espirituales en el prójimo, aunque las recompensas personales no están en su lista de prioridades. Una joven decía que a veces parece que predica en el desierto y se planteaba si realmente a alguien le importaba lo que estaba haciendo. Ese grupito se sentía pequeño, solo, frágil, insignificante. Pero se me ocurrió decirles que por muy pequeño que fuera su lugar, por muy insignificante que parecieran sus acciones, el lugar era santo y sus obras estaban bendecidas. Al terminar, oramos juntos con el salmo 134 que deja constancia de que todo lo que sucede en el cielo y en la tierra Dios lo observa desde las alturas y las obras buenas están bendecidos por Él que, además, obra a través de cada una de las personas que ponen su corazón en servirle. Dios actúa y se sirve eficazmente de pequeños instrumentos; cualquiera que obra según su voluntad lo que realiza es sumamente relevante ante sus ojos.
Por eso cuando en apariencia uno piensa que su apostolado es infructuoso que «Eleve sus manos al cielo en el santuario, y bendiga al Señor para que cubra sus obras de bendiciones».

¡Padre mío, hazme y haznos a todos los que pertenecemos a tu Santa Iglesia vivos estandartes de adoración para alabarte y bendecirte siempre! ¡Haz, Señor, que también los jóvenes y los niños te adoren siempre porque a través de tu Hijo Jesucristo te acercaste a ellos y los pusiste de ejemplo! ¡Derrama, Padre, tu Santo Espíritu sobre tu Iglesia como si fuera un frasco de perfume derramado para dar esencia a todos sus miembros! ¡Padre, bendice a todos los que dan su vida por honrarte y trasmitir la buena nueva que enseñó Jesucristo y que puedan elevar sus manos hacia tu santuario y bendecir tu santo nombre! ¡Señor, úngenos siempre para estar preparados para adorarte en el Espíritu y verdad! ¡Ayúdanos a cuantos te seguimos a estar despiertos y prevenidos para darte la honra que mereces! ¡Concédenos la gracia de levar siempre en nuestras manos hacia tu santuario para darte gracias, bendecirte, glorificarte y alabarte! ¡Ayúdanos por medio de tu Santo Espíritu a bendecirte en cada instante de nuestra vida! ¡Gracias, Padre, por justificarnos por la fe de tu amado Hijo Jesucristo! ¡Padre bendice a tu amada Iglesia desde Sión para que te sirva en la hermosura de la santidad en esta época de dificultades y rechazo final para que te pueda adorar mientras se entrega en la labor misional de llevar tu palabra y los símbolos de tus bienaventuranzas! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

Del compositor inglés, John Taverner, disfrutamos hoy de su sensible y armoniosa Lord’s Prayer: