Discapacidad: privilegio y amor de Dios

Hoy se celebra el Día Internacional de las Personas con Discapacidad. Esta jornada fue declarada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1992 para promover los derechos y el bienestar de las personas con discapacidades y concienciar sobre su situación en todos los aspectos de la vida política, social, económica y cultural. 

Hace unos años, hablando con una persona sobre la discapacidad de mi hijo pequeño, mi interlocutor me dijo: «¿No lo interpretas como un castigo de Dios?». Me extrañó la pregunta porque le estaba hablando de las bondades de mi hijo. Para responderle recurrí a una frase de Jesús. La pronuncia en el Evangelio de san Juan, cuando uno de sus discípulos le pregunta a Jesús cuando se presenta ante Él un ciego de nacimiento: «¿Quién ha pecado para que nazca así?». En cierta manera es la misma interrogación en un contexto diferente. Pero con todo el amor, caridad y misericordia, Cristo contestó: «No ha pecado éste ni sus padres, en él veremos obrar a Dios». Desde mi fe es sencillo entenderlo. Tal vez desde la racionalidad sea complicado asimilar una idea tan profundamente arraigada en la aceptación de la voluntad de Dios. 

En mi hijo soy capaz de ver la mano creadora, amorosa y profunda de Dios. Ver también como en él hace patente los signos vivos de su propósito creador. Desde la vida, con sus imperfecciones físicas o intelectuales, Dios se hace presente. Y precisamente en alguien mermado de sus facultades es donde la vida adquiere un valor más supremo si cabe. Una discapacidad no es un castigo, es la oportunidad de que en esa persona se manifieste de manera sublime la obra creadora de Dios. 

Tengo muy claras dos ideas. En primer lugar que en mi casa, con mi hijo pequeño, Dios está más presente. Él es la alegría del Señor, está entre sus predilectos, porque es el más indefenso el más intensamente amado por el amor perenne, misericordioso y infinito de aquel que vino a abrazar a los sencillos, a los enfermos, a los pobres, a los necesitados. En segundo lugar, que mi hijo es un maestro en el arte de amar, de ser generoso, de acoger, de entregarse, de repartir felicidad, de vivir el optimismo, de ser imaginativo. Si Dios ha escogido lo débil del mundo para confundir a los sabios y a los fuertes, en mi hijo pequeño ha coronado la guinda del pastel. 

Y una idea final: no existe alegría que no tenga sus raíces asentadas en la cruz, es desde allí donde mayor sentido se puede dar a la unidad de la vida, en toda su integridad, incluso en la enfermedad.

¡Gracias, Señor, en primer lugar por el don de mis hijos, son el mayor regalo que me has hecho; me los has entregado en custodia para llevarles por el camino de la santidad! ¡Señor, tu conoces tus necesidades, sus intereses, sus deseos, sus pensamientos, tu te haces presente en cada una de sus circunstancias personales, cuídalos y llévalos siempre de tu mano! ¡Te pido especialmente hoy, Señor, por las personas que padecen alguna discapacidad; son tus preferidos; haz que en ellos se irradie la luz del Espíritu Santo para que desde su inocencia llenen el mundo de alegría, de paz, de esperanza, de amor! ¡Haz, Señor, que sean siempre respetados por lo que son y guárdalos cada día para que vivan siendo la gran obra de la Creación! ¡Haz que el mundo, Señor, sea con ellos bondadosos, generosos, respetuosos, porque los has creado a tu imagen y semejanza! ¡Permite, Señor, que puedan llevar una vida serena, en paz, tranquila, si el rechazo y la burla! ¡Sobre todo, Señor, te misericordia para con ellos, para que su vida y la de sus familias esté fortalecida en ti y en María, tu Madre! ¡En su indefensión, Señor, hazte muy presente! ¡Y a los que se somos padres danos sabiduría de guiarlos, fortaleza de acompañarlos, la vida interior para caminar con ellos; y haznos ver que en la sabiduría de la cruz estás presente cada día Tu! 

Llamada a la vigilancia

Esta semana hemos dado comienzo al Adviento, camino de luz de la Navidad. Lo hacemos en la incertidumbre de la pandemia con nuestras vidas, ¡en expectativa! ¡Esperando el amanecer que nos haga olvidar el entumecimiento de una noche de insomnio! 

Pero la vida es expectativa. Hay gente con la esperanza lúgubre por el cansancio de buscar trabajo, con la decepción por tanta indiferencia, por tanta burocracia para buscar ayudas oficiales a la crisis de su negocio. Espera ansiosa del paciente que aún no conoce el diagnóstico de su médico porque el covid lo centra todo. Dolorosa espera para el que no sabe si podrá salir del hospital y reunirse con su familia. ¡También hay quien no espera nada, herido, hastiado, desanimado por la vida y tantas desilusiones!… Históricamente, el pueblo de Dios siempre ha sido el pueblo de la expectativa. Durante siglos, esta expectativa se ha refinado para finalmente hacerse realidad en Jesucristo.

Comienza el Adviento, tiempo para estar atentos y estar preparados para recibir al Niño. Pero Jesús no nace solo en Navidad, nace cada día del año. ¡Lo importante es mirar y saber encontrarle!

Jesús nos insta a sus amigos y discípulos a “vigilar”: no como el soldado que hace guardia y espera con impaciencia ser relevado; no como el vigilante nocturno que hace sus rondas, sino como el centinela del alba y la luz que mira el amanecer para regocijarse en anunciarlo.

Necesitamos una luz que convierta las noches de este mundo en día y nos mantenga despiertos; necesitamos una luz para traer la reconciliación dondequiera que el odio y los enfrentamientos nos dividan; para saciar con pan y amor a los que tienen hambre de justicia; necesitamos una luz para ofrecer amistad, respeto, hospitalidad a quienes sufren el rechazo y el desprecio; para encender en todas las noches de desesperación la luz de la esperanza y el triunfo de la vida. El domingo encendimos la primera de las cuatro velas de nuestra corona de Adviento: es el símbolo muy humilde de Cristo Jesús, nuestra luz que evita que nos quedemos dormidos; la luz que ilumina los caminos a trazar en la oscuridad, la luz que vuelve a poner en pie nuestros corazones y cuerpos cansados; la luz que tranquiliza e indica el camino correcto.

¡Dios mío, con el gesto de encender la primera vela en mi hogar me conviertes en vigilante, me invitas a traza en la oscuridad de la espera un camino de luz que serpentea, como una esperanza en movimiento! ¡Si supieras, Dios mío, cuánto te estoy esperando, con qué deseo y con qué felicidad espero tu llegada en Navidad! ¡Mis ojos se desgastan mirando al cielo y a menudo se pierden en busca del horizonte! ¡Abro mi corazón de par en par, Señor, con la la alegría del que sabe que pronto llegaras de nuevo para impregnarlo todo de esperanza! ¡Pero yo sé que tú también, en las fronteras del otro, te paras y esperas, con paciencia! ¡Concédeme la gracia de tener un auténtica vocación de discípulo: ¡ser vigilantes del mundo y vigilante del alba! ¡Ser vigilante de las necesidades de mi prójimo! ¡Ven Señor Jesús! ¡No llegues tarde!

Como cuatro velas que iluminen el Adviento

El domingo encendí la primera vela de la corona de adviento. Cuando que paso junto a ella, acompañada de una imagen de la Madre con el Niño, doy relevancia al tiempo que vivimos. Su forma circular me recuerda la perfección a la que debo aspirar y que todo tiene visos de eternidad pues así es el amor del Padre. Las ramas vegetales que simbolizan la consagración me invitan a la santidad. Las cuatro velas a abrir mi corazón a la expectativa de la llegada del Salvador. 

Las ramas verdes y frescas con la que está hecha la corona ensalzan la esperanza de este tiempo en el que Cristo vivo lo impregna todo con su gracia para mi crecimiento espiritual; el centellear del fuego cuando está encendido me recuerda que Cristo es la luz del mundo y me invita a ser también luz en mi hogar y en mi entorno familiar, social, profesional…  

Cuatro son las velas que tantos símbolos expresan: luz, esperanza, calor, alegría, ilusión, entrega, vida, corazón, generosidad, caridad… Son cuatro porque cuatro son los puntos cardinales donde llega el amor y la misericordia de Dios, cuatro son los lugares donde dejar la impronta de mi misión cristiana, cuatro las estaciones del año en los que vivir en santidad, cuatro los domingos del Adviento. 

El domingo pasado al bendecir la corona me sentí plenamente colmado por la presencia de Cristo, Luz del Mundo, que llama a las puertas de mi corazón con una anhelante búsqueda para habitar en mi interior. Encendí la vela con un sentimiento de profundo amor y agradecimiento por tanto amor recibido de Él. Quedan por delante tres domingos antes de Navidad. El de la esperanza, el de la purificación y el de la alegría. 

Cuatro velas que, en este tiempo, van a iluminar mi oscuridad, mis inseguridades, mis angustias, mis sufrimientos, mis temores. Luces que van a iluminar mi alma para dar lo mejor de si para ser capaz de dar amor, para disipar lo que me preocupa, para iluminar mi camino cotidiano, para dejarme guiar por quién es la Luz, para conservar esa luz en mi interior, para dar sabor de vida a todo lo que impregne como mi propia luz, especialmente mis palabras, obras, gestos y actitudes, silencios y renuncias, entregas y servicio. 

Dios viene en Navidad para dar luz a mi corazón. Cada vez que encienda una vela recordaré que vivo en la luz de Cristo y al trasluz del centellear de la vela recordaré que con Él todo adquiere una sentido auténtico. Y, así, podré caminar en verdad, con esperanza y con fe. ¡Qué hermoso es sentirse iluminado por el Señor!

¡Señor, gracias porque me siento muy bendecido por Ti! ¡Cada vez que encienda una vela de esta corona, Señor, que no olvide que eres la Luz que ilumina mi caminar, que mi corazón se abra anhelante para esperar tu venida! ¡Te doy gracias, Señor, porque la vida está llena de símbolos que manifiestan tu presencia, ayúdame a llenar mi vida de gracia, de amor, de esperanza y ser capaz de transmitirlo a las personas que amo! ¡Ayúdame a ser cirio de la corona de adviento para que cada vez que encienda una de las velas mi encuentro contigo sea más estrecho! ¡Que cada encendido sea un motivo para bendecirte, para darte gracias, para alabarte, para que tu te conviertas en el centro de mi vida, de mi trabajo, de mi oración, de mi servicio, de mis obras! ¡Que cada encendido sea un motivo para llenar mi corazón de tu amor, de tu paz! ¡Que cada encendido suponga un vivir en comunidad con los que amo! ¡Que cada encendido, Señor, me invite a vivir en santidad alejado del pecado y de lo que me aleja de Ti! ¡Que cada encendido, Señor, me sirva para comprender que yo también debo ser lumbre predispuesta desde el interior a servirte a Ti y los demás! ¡Señor, concédeme la gracia de disponer mi corazón a tu venida, a velar y a estar preparado para recibirte cada momento de mi vida! ¡Dame, Señor, la gracia y la fortaleza para cumplir con fidelidad todos mis propósitos y haz que este tiempo de Adviento sea un momento de santificación personal!

En este primer día de diciembre nos unimos a las intenciones del Santo Padre para este mes que comienza: Recemos para que nuestra relación personal con Jesucristo se alimente de la Palabra de Dios y de una vida de oración

Desapegarse de las ataduras del tiempo

Cada mañana el despertador suena a la misma hora. Es la llamada a iniciar la jornada. Comienzan las rutinas cotidianas marcadas por las agujas del reloj. El tiempo consume los minutos de nuestros días. Actividades marcadas por un horario estricto, con poco margen para uno mismo, que hay que saber administrar para que no fragmenten tu libertad, el encuentro con tus seres queridos o tu vida interior y de oración.

El tiempo pasa entre el aseo, el desayuno, los trayectos en el transporte público o privado, entre las llamadas telefónicas, la jornada laboral, escolar o universitaria, las compras de última hora, el chateo en redes sociales, la hora del deporte, la lectura, el encargo que quedaba pendiente, la cena de la noche, el capítulo de la última serie de televisión… ¿Queda tiempo para la oración de la mañana, el rezo del Santo Rosario, la Santa Misa, la oración particular, el servicio al prójimo? 

Dejamos lo importante en segundo plano porque nuestro yo es más relevante que cultivar nuestro interior, alimentar nuestra alma. Y porque estas actividades requieren no estar pendientes del reloj y de la pantalla viciosa del móvil, del tiempo, de como pasan los minutos. Son momentos que exigen de ese silencio que invita a la interioridad pero como vivimos en un mundo donde todo está acelerado nos acabamos convirtiendo en esclavos de un tiempo que no nos pertenece.

El tiempo de Adviento sí invita al encuentro de la libertad interior. Adviento es el encuentro de Dios con el hombre. Y el Señor se nos va a hacer el encontradizo. Pero para que el encuentro con Él se pueda propiciar tiene que haber mucha vida interior, silencio y soledad sin los ruidos y las prisas en las que estamos inmersos en lo cotidiano de la vida. Dejar de estar pendientes del tiempo para desapegarse de las ataduras que encadenan nuestro mundo interior y conquistar la verdadera libertad. 

Se trata de alejarse de la tiranía del tiempo que oprime y danzar al ritmo del que es el camino de la esperanza: Cristo que quiere llegar en Navidad a lo más profundo de cada corazón. 

¡Señor, al comenzar este tiempo de Adviento abro por completo mi corazón de par en pa y pongo en ti toda mi confianza! ¡Ayúdame a buscar momentos de intimidad contigo y dame la constancia para que el tiempo no me aparte de lo que es importante! ¡Fortalece mi esperanza porque cada día quiero aprender a descubrirte presente en mi vida! ¡Que la apertura de mi corazón, Señor, implique despertar de mis sueños siempre tan efímeros, de las cosas triviales a las que doy importante, de mis pasividades e, incluso, de mis indiferencias, que me alejan de Ti! ¡Concédeme, Señor, que este tiempo de Adviento viva con la mirada dirigida hacia ti y me ayude a vivir centrado en recibirte el día de Navidad! ¡Envía tu Espíritu sobre mi para que convierta este tiempo en un tiempo de encuentro y de conversión! ¡Ilumina mi camino, Señor, y fortalece mi fe y no dejes que las rutinas cotidianas me apeguen al mundo!

Preparado porque el Señor viene sin avisar

Primer domingo de adviento. Primer domingo para preparar la venida de Jesús en Navidad. Las venidas o visitas del Señor son diversas en la historia del mundo, en la historia de la Iglesia y en la propia historia personal. El tiempo de Adviento que comienza este domingo es un período para ponerse en situación de espera. 

En el día a día de nuestra vida recibimos multitud de visitas. Se presentan de manera diferente, asentadas con sus circunstancias particulares y sus propias características. Unas son visitas preparadas como cuando recibimos a amigos o familiares en un momento específico para agasajarlos con una buena comida, con música, con el corazón abierto… Otras, sin embargo, son visitas improvisadas, a veces inesperadas, pero a menudo gratificantes. Las visitas del Señor en nuestra vida pueden tomar cualquiera de estas dos formas.

El Adviento nos devuelve a la primera situación. Inicia el nuevo año litúrgico que nos llevará a través de un plan bien definido a profundizar en los misterios de la vida de Cristo en el tiempo de Navidad y la Epifanía, en el tiempo de Cuaresma y en el tiempo de Pascua. Es bonito, porque la liturgia nos ofrecerá celebraciones específicas durante estos períodos litúrgicos como la fiesta de Pentecostés o del Corpus Christi. En todos los casos, el Señor se hará presente.

Pero Jesús se presenta a menudo de manera inesperada. ¿Qué sucede con estas visitas del Señor? Que tienen el propósito de hacernos crecer espiritual y humanamente, nos ofrecen nuevos horizontes y nos dan alas para volar más lejos. El Señor se hace presente entre nosotros a través de su Palabra, a través de sus sacramentos y a través de otros, especialmente los más necesitados. Levantado de la tierra en la cruz y resucitado, Su amor no tiene fronteras. 

Todas las visitas del Señor tienen el mismo propósito: acercarnos a Dios y sanar nuestras heridas otorgándonos la salvación. Tienen lugar al ritmo de la vida litúrgica o de nuestra vida ordinaria, a menudo de manera improvisada. Pero solo dan frutos si existe una actitud abierta del corazón.

Adviento es un tiempo para permitir que brille la luz de Dios para acogerlo en nuestro corazón y en lo cotidiano de la vida. Por eso quiero entrar en este tiempo de Adviento con el corazón abierto y preparado para recibir las visitas con las que el Señor quiera sorprenderme. ¡Son tantas las veces que viene a mi vida y no soy capaz de reconocerle!

En la espera no es el resultado lo que cuenta sino el espíritu con el que se vive y se afronta esta espera. Quiero dejarme llevar por el ejemplo de la Virgen María que aceptó la visita del Señor al recibirlo durante nueve meses en su seno. Seguramente fue para ella un momento extraordinario de encuentro con Dios. Así quiero vivir este tiempo de Adviento, en unión con María, para en estos tiempos de incertidumbres y pandemia ser capaz de crecer en la esperanza.  

¡Señor, en este primer domingo de Adviento quiero salir a tu encuentro, quiero honrar tu memoria, quiero celebrar tu presencia en mi vida, quiero prepararme para recibirte como mereces, quiero hacer mía tu Palabra, quiero quedar perfumado por la unción de tu Santo Espíritu! ¡Señor, en este primer domingo de Adviento quiero sentirte cerca, porque Tú que eres el Dios con nosotros, quiero convertirte en la razón de mi existencia, en el sentido de mi vida! ¡Señor, sé que vienes a mi vida cada día de la manera más sorprendente por eso quiero vivir cerca tuyo y como tu convertirme para los demás en donación constante, en alegría, en entrega, en servicio, en comunidad de amor! ¡En este primer domingo de Adviento, Señor, quiero que seas el centro de mi vida, el fundamento de mi historia personal, la meta de mi existencia! ¡Quiero mirar, Señor, a la luz de tu Palabra, ser luz que ilumine y luz que transforme! ¡Quiero, Señor, impregnarlo de tu luz como la primera vela que encenderé de la corona de Adviento! ¡Quiero encender con esta primera vela mi esperanza, estimular mis perezas y mis desganas, llenarlo todo de ilusión, de certezas, de fe y de esperanza! ¡Quiero, Señor, salir de mis refugios personales para salir al mundo y predicar tu Buena Nueva! ¡A la luz de esta primera vela encendida quiero mirar a los que más lo necesitan, mirar el corazón de los que sufren, mirar los acontecimientos que nos suceden y verlo todo con tu mirada y descubrir el sentido de lo trascendente! ¡Señor, quiero estar preparado para sentir la policromía de los colores de tu presencia en mi vida! ¡Quiero velar, Señor, para acogerte en mi vida y que no me coja desprevenido! ¡Y a Ti, María, te pido me enseñes a vivir este tiempo de espera como hiciste tu, meditándolo todo en el corazón, con una entrega vivificante, con un hágase tu voluntad y no la mía y con un sí permanente a la voluntad de Dios!

Vivir el Adviento con María

Cuarto domingo de noviembre con María, Señora del Adviento, en lo más profundo de mi corazón. Mañana comienza el tiempo de Adviento y quiero vivir este periodo de preparación de la mano de María, que acoge con humildad la voluntad de Dios: “He aquí la sierva del Señor”. Ella disponible, dispuesta, obediente, servil a Dios. Su “Sí” expresa toda su fe, su confianza, su abandono en las manos de Dios. Así quiero vivir este tiempo de alegría.

Al creer en el cumplimiento de las palabras de Dios, María se convierte en Madre, su fe era necesaria para que precisamente estas palabras se cumplieran. Ella es también la que escucha la Palabra: es modelo del creyente, primera cristiana, modelo y discípula ejemplar.

La herencia de Jesús, en el sentido universal, es la Iglesia; en un sentido especial, es María; en el sentido singular, toda alma fiel. En el tabernáculo del vientre de María, Cristo permaneció nueve meses. En el tabernáculo de la fe de la Iglesia, permanece todavía.

Otra dimensión aparece en esta fe generosa y gozosa de María, expresada en su respuesta al ángel: “Aquí está la esclava del Señor”: ¡Es la humildad! Ella confía en la Palabra de Dios hablada por el mensajero celestial, acoge la Palabra de su Creador y se somete humildemente a ella.

Esta humilde obediencia de María es la que me permite encontrar, en la alegría, el camino de la vida. María me enseña a aceptar su Palabra, muestra el camino de la obediencia y ajusta toda la vida al proyecto de Dios. Esta disposición del corazón de María a obedecer en todo la voluntad de Dios se refiere a una categoría de personas que el Antiguo Testamento llama anawims, es decir, los pobres, los humildes. Honrar a Dios en los más pequeños, en los sencillos, en los que sufren: esto me ayuda a pensar en el significado de la festividad de la Navidad, la celebración del misterio de la Palabra de Dios hecha carne. Dios viene a nosotros, se acerca, para darnos su vida. Si quiero darle la bienvenida al Hijo del Padre, debo hacerle un espacio en mi corazón. ¡Tengo que hacerlo, como María, hasta las últimas consecuencias! Dejarme llevar por María y meditar como Ella sobre la Palabra de Dios y los acontecimientos, dejarme interpelar y cuestionar, reflexionar y suscitar en mi lo que me turba. Dejarme llevar por el mismo Espíritu Santo que guió a María. Estar dispuesto a decirle a Dios: “¡Aquí estoy, para hacer tu voluntad!! ¡Como María! Amar a la Iglesia como María la ama. Y convertir mi vida en un comienzo sin fin en la novedad del conocimiento y el amor de Cristo Jesús en el corazón de la Iglesia, nuestra Madre. ¡Mañana comienza el Adviento, qué mejor que hacerlo de la mano de María para que me lleva a Cristo, para que me permita alzar los ojos hacia el cielo y guíe mis pasos a la vida eterna!

¡Madre, Señora del Adviento, Madre buena, iniciamos el camino que nos lleva a la Navidad, te pido que durante este tiempo me permitas conocer cada día el rostro misericordioso y amoroso de Dios que tu llevaste en tu seno! ¡Concédeme la gracia, Madre, de caminar este tiempo de Adviento de tu mano para ir al encuentro del Dios Amor! ¡Concédeme la gracia, Madre, de ver siempre la misericordia del Padre en mi vida, de sentir su amor, de no quedarme pasivo y con el corazón cerrado cuando en este tiempo en que hay tantas dificultades alguien necesite de mi apoyo, de mi oración, de mi entrega! ¡Madre, Señora del Adviento, Madre de la esperanza, ayúdame a vivir este tiempo con el corazón abierto, poniendo toda mi confianza, mis esfuerzos, mi oración y mi vida en el proyecto de Tu Hijo para llegar a vivir en plenitud! ¡Madre, cuando las dudas se ciernen sobre mi, cuando las dificultades se me presenten, ayúdame a ser valiente para decirle que “sí” a Dios! ¡Y como Tu, que te pusiste al servicio de Dios, dame la luz que necesito para encauzar mis quehaceres cotidianos y hazme siempre disponible para los demás! ¡Y, sobre todo, Madre, en este tiempo de Adviento marcado por las dificultades propias del covid, abre mis ojos y mi corazón para que que me sienta conmovida por las personas más desfavorecidas y ser generoso para quien necesite de mi ayuda y colaboración! ¡Y, sobre todo, Madre, ayúdame a hacer silencio y a rezar como hiciste Tu para tener un verdadero encuentro con Dios en lo más profundo de mi corazón!

La vida es un riesgo magnífico

La etapa intermedia entre el ahora y la felicidad del cielo es la muerte. Pero lo que aprendemos de nuestra cultura es el tabú de la muerte. En un mundo materialista y secularizado, ya no hablamos de la muerte, y si tenemos que admitir su existencia, es solo para que podamos luchar con todas nuestras fuerzas contra este terrible y espantoso final, que, nos dicen, no seria nada.

Los hechos que acabamos de vivir con esta pandemia global nos hacen tomar conciencia de una realidad que habíamos ocultado: la muerte… La respuesta que tuvimos fue protegernos de la muerte por todos los medios. En realidad, nos hemos protegido de la vida. La vida es un riesgo, pero un riesgo magnífico.  

Hemos de aceptar nuestra mortalidad y dejar que esta reflexión influya en nuestra forma de vivir. La muerte es parte integral del camino cristiano precisamente porque es el paso de la vida mortal de aquí abajo a la vida eterna prometida por el Señor. El grano de trigo debe morir antes de que dé mucho fruto.

Si la muerte significa nuestro paso de este mundo imperfecto y tan a menudo insatisfactorio a una vida eterna de unión perfecta con Dios, y si realmente comprendemos cuánto nos ama Dios, ¿no estaríamos ansiosos por llegar allí?

¿Es posible esperar con amor nuestra muerte? ¿Podemos decir con el salmista: Dios, tú eres mi Dios, te busco desde el alba: mi alma tiene sed de ti, de ti languidece mi carne? Es una gracia pedirle al Señor que nos otorgue un deseo más fuerte por el cielo. Que nos ayude a entender que el verdadero tesoro no está en la tierra sino en la comunión eterna con Él y con todos los santos.

Esta perspectiva positiva de la muerte no nos impide participar plenamente en la vida. Precisamente, nos anima a agarrar el peso de nuestros días limitados y vivir cada día en la conciencia y el reconocimiento de que todo es un regalo. Esta preciosa vida en la tierra nos da tiempo para preparar nuestra vida en el cielo. Nuestras elecciones diarias por el bien en lugar del mal, nuestro amor por los demás y nuestra relación mística con Dios, todo esto junto con todo lo que es verdaderamente bueno en nuestra vida se mantiene y se eleva a la vida eterna. No perderemos a los que amamos; de hecho, la comunión de los santos es más profunda que nuestro amor en la tierra.

Si tenemos miedo a la muerte, es posible que tengamos miedo al juicio porque nuestra conciencia nos acusa y, en este caso, la solución está en el sacramento de la reconciliación con la misericordia del Señor. Pero también podemos tener cierto miedo ligado al misterio de la muerte, a lo desconocido, y este miedo es una invitación a confiar en el Señor, a mostrarle nuestro amor diciendo: “Señor, en tus manos te entrego Mi espíritu”.

Esta preparación y espera amorosa de la muerte se puede vivir especialmente en la Eucaristía. Es alrededor del altar donde por la muerte de Cristo se nos da la vida eterna, y comenzamos a vivir la comunión del cielo. Cuando hoy reciba el pan de vida, le pediré al Señor la gracia de vivir cada día con gratitud, cada día que me ofrece para avanzar un poco más hacia el encuentro con Él y con la comunidad de los santos.

¡Gracias, Señor, porque no abandonas nunca al que confía en tí! ¡Gracias, Señor, por la vida! ¡Gracias, Señor, porque cada día puedo acudir a ti para mendigar tu amor y misericordia! ¡Gracias, Señor, por las semillas de la fe que has plantado en mi corazón y que ha esparcido el Espíritu Santo para que vayan dando frutos! ¡Gracias, Señor, por la salvación que tu nos regalas y que no son merito nuestro sino un regalo de tu amor! ¡Te pido, Señor, que sepa aprovechar cada momento de mi vida para alcanzar la salvación que nos has prometido! ¡Espíritu Santo, envíame tus siete dones para que en mi libertad sepa actuar en mi peregrinaje por la vida! ¡Soy consciente, Señor, que nos serás Tú quien me envíe al cielo o al infierno sino que serán mis actos los que me salven o me condenen! ¡Padre de bondad, que me has creado a imagen y semejanza tuya y has entregado Jesucristo a la muerte por salvarme del pecado, te pido me concedas la gracia de vivir vigilante siempre en oración, para que el día que me llames salga de este mundo sin pecado y pueda descansar en la eternidad cogido a Ti!

Dos mandamientos, tres amores

Hay dos mandamientos y tres amores. Dos mandamientos que Jesús une de manera inseparable. No hay forma de amar a Dios si no se ama al prójimo, al que tengo cerca, junto a mí. 

En una época como la nuestra, con lo que vemos y oímos en los foros de Internet y en las medios de comunicación con el racismo imperante, con el miedo al extraño que reside entre nosotros, con la preocupación por salvar la economía y los puestos de trabajo, con el alejamiento de la clase política de la sociedad civil… Jesús nos empuja al amor.  

Dos mandamientos inseparables. Pero también tres amores: amar a Dios, amar al otro y amarte también a ti mismo. Y estos tres amores en cierto modo conforman un sistema y ​permiten comprobar la calidad de nuestra vida espiritual, es decir, de nuestra vida, social, profesional, familiar, pero recapturada en su relación con el desarrollo que el Espíritu de Dios quiere de nosotros. Amar a Dios sin amar al otro no es posible. Afirmar amar a Dios sin amarte a ti mismo es lo mismo: el amor de Dios nos lleva a llegar gradualmente a la verdad sobre nosotros mismos, en una apreciación justa de nuestras cualidades, así como de nuestras faltas, y como decía una monja en los “Diálogos de Carmelitas” de Bernanos, “es muy difícil despreciarse a uno mismo sin despreciar a Dios en uno mismo”. Amar a los demás sin amar a Dios es una gran filantropía a los que algunos les gusta reducir el cristianismo, pero es una filantropía que siempre corre el riesgo de agotamiento. Como amar al otro sin amarse a uno mismo, amar al otro para huir de uno mismo, para no aceptar la obra paciente de la verdad que el Espíritu debe hacer en nosotros: amarse sin amar al otro, y sin amar a Dios, sólo conduce a un egoísmo que es una caricatura de la felicidad, un narcisismo de fatales consecuencias: te conviertes en ese Narciso que se contempla en el agua, enamorado de su propio reflejo, hasta que cae al estanque… ¡y se ahoga!

Dos mandamientos y tres amores. ¿Soy capaz de valorar cuál es el auténtico grado de mi amor?  

¡Señor, no permitas que camine por la vida sin impregnarlo todo de amor! ¡Cada vez que camine por la vida, muéstrame a mi prójimo y hazme cercano a él! ¡Cuando escuche las noticias o lea la prensa y vea las desgracias que nos asoman, haz que el prójimo esté próximo a mi corazón! ¡Cuando las buenas noticias llamen a la vida, hazme dar gracias por tus bendiciones! ¡Cuando alguien me necesite, hazme próximo a él! ¡Abre siempre mi corazón para que sea capaz de orar por las necesidades de los demás y muéstrame siempre a mi prójimo en la oración! ¡En todo momento, Señor, que mi prójimo esté muy presente en mis quehaceres de cada día; que mis ojos no desvíen nunca la mirada hacia las necesidades de los demás, que mis manos no se aparten cuando alguien las extienda por necesidad, que mis pasos no retrocedan para ir al amparo de alguien! ¡Abre siempre mi corazón, Señor, para acoger en mi interior las historias de las personas que necesitan de mi apoyo, de mi escucha, de mi fe, de mi esperanza, de mi compasión! ¡Muéstrame a mi prójimo para amarlo como lo amas Tu, para que sus alegrías y sus angustias sean las mías, para que su dolor sea el mío y sus esperanzas sean las mías! ¡Hazme abierto al amor, al amor a Ti, al amor al prójimo y al amor a mi mismo pero no desde el narcisismo egoísta sino desde la humildad y la misericordia! ¡Elevo mi mirada hacia el cielo y exclamo con fuerza: tengo deseos de amar, Señor, muéstrame en todo momento la grandeza de tu amor y muéstrame a mi prójimo para hacerme uno con él!

¿Cuál es mi reino?

Hace tres días que la Iglesia universal celebró la festividad de Cristo Rey. Me permite seguir profundizando en el significado de esta fiesta en mi propia vida. Tres preguntas revolotean por mi cabeza, ¿Me considero un rey de mi propia vida? ¿Cuál es mi reino? Y ¡Si trato de construir mi reino en la tierra y apenas se nota… entonces, ¿qué estoy haciendo?!

¡Cuán equivocado estoy cuando caigo en la tentación de la soberbia, de la búsqueda del aplauso ajeno, del poder y del prestigio social…! ¡Cuán equivocado estoy si trato de parecerme a uno de estos poderosos de este mundo pensando solo en lo temporal! ¡Qué poco valor le doy a mi existencia sino busco el reino entre los que me rodean! ¿Por qué olvido con tanta frecuencia que el Reino de Dios es en nuestro mundo donde debe construirse; es viviendo mi condición de cristiano donde verdaderamente lo construyo? Nuestra vida humana, nuestro mundo no se está desmoronando: tenemos que construir algo definitivo. Los lazos que se tejen en el amor, en la amistad permanecen eternamente. La mirada de ternura, la atención afectiva al prójimo cuando lo necesita, el rencor olvidado, el compromiso solidario, todo esto da frutos de eternidad. ¿Por que me sorprende tanto? ¿Por qué algo tan sencillo y humano se convierte tantas veces en algo tan asombroso y misterioso? ¿Qué hago para revertir todas estas situaciones? ¿Qué hago para revertir las injusticias que me rodean? ¿Qué hago para no abonarme a calumnias y chismes que matan lentamente? ¿Qué hago para que el mundo esté más unido, para que la tierra se vuelva más justa?

Todo me recuerda a aquel joven, a ese cristiano que un día relataba el sueño que tuvo la noche anterior. En su sueño, entraba a una tienda. Detrás del mostrador había un ángel. El joven le pregunta: “¿Qué vendes?” El ángel responde: “Lo que quieras”. Entonces el joven comienza a enumerar: “Me gustaría el fin de las guerras en el mundo, también me gustaría la destrucción de los barrios marginales, y también el fin del terrorismo. También me gustaría una bienvenida más cálida para los inmigrantes en mi país, ¡trabajo para todos los desempleados! Me gustaría una Iglesia más cercana a la gente, más en sintonía con la Buena Nueva de Jesús…”. El ángel lo interrumpe: “Disculpa pero has leído mal el letrero de la tienda. ¡Aquí no vendemos fruta, solo vendemos semillas!”.

Sí, Jesús ha sembrado las semillas del Reino Nuevo en mi corazón. ¿Las he hecho fructíferas? Esta es la única forma de vencer el misterio del mal ¡Señor Jesús, reina en mi corazón a través de tu amor… para que pueda ser un instrumento de tu reino en todos los corazones!

¡Quiero, señor, que reines en mi  corazón! ¡Pero que reines de verdad! ¡Pero antes, Señor, ayúdame a reconocer mi pequeñez, mi miseria, mis bajezas morales, mi debilidad! ¡Límpiame con la fuerza de tu Espíritu para que puedas reinar en mi interior! ¡Espíritu de Dios, dame la fuerza necesaria para batallar cada día sin desfallecer! ¡Ayúdame a ser consciente de mi pequeñez! ¡Ayúdame a sentir con pena todo aquello que me aleja de Ti, del reino de tu Padre! ¡Ayúdame a contemplar las manchas de mi corazón para poder purificarlas en el sacramento de la confesión! ¡Oh Cristo Jesús! Te reconozco como Rey del Universo porque todo lo has creado Tú, utilízame para hacer el bien! ¡Señor, transforma mi mente y mis pensamientos, lléname de la luz de tu Espíritu que es vida y paz, para que se refleje su presencia en mi vida, para que te reconozca como mi Señor¡ ¡Tu sabes que soy de barro y que Tú eres mi refugio; que me protegerás del peligro y me rodearás con cánticos de liberación! ¡Concédeme la gracia, Señor, de tener siempre mi mirada fija en ti, aunque reconozco que mi mente es débil y me resulta mucho más fácil perseverar en mi adversidad que en tus promesas! ¡Levántame cada vez que caiga, Señor, y hazme un instrumento de tu paz, en medio de las dificultades de la vida que pueda darte a conocer como el único camino, en medio de los obstáculos y tribulaciones que pueda desde mi cotidianidad ser sal y ser luz para quienes lo necesitan! ¡Señor Jesús, reina en mi corazón a través de tu amor… para que pueda ser un instrumento de tu reino en todos los corazones!

¿Como explicar lo imposible?

El sábado por la noche vi la película Miracles from Heaven (en español Los milagros del Cielo), basada en el libro homónimo de Christy Beam, madre de una familia de profunda fe, que narra la historia real de su hija Annabel, de diez años, diagnosticada de una extraña e incurable enfermedad digestiva que le provoca graves trastornos. Christy y su marido, Kevin, volcarán su vida en buscar una solución a la enfermedad de su hija. Ella, ante tanto sufrimiento verá como su fe se tambalea aunque seguirá luchando denodadamente por lograr lo mejor para Annabel. Él, sin embargo, tratará de mantenerla firme en la esperanza. Y seguirá firme en la oración, como muchos en su comunidad.

Durante el proceso, en el que los médicos reconocen no poder dar una solución a la enfermedad de la niña tras intentar todo tipo de tratamientos, todo se precipita cuando Annabel sufre un accidente cayéndose de un árbol, punto en el cual se sucederán una serie de milagros que provocarán la sanación definitiva de la niña. 

En los días siguientes a su recuperación, Annabel compartirá con sus padres una experiencia mística. “Fui al cielo mientras estuve en aquel árbol. Me senté en el regazo de Jesús. Me quería quedar allí, pero me dijo que no podía”. 

Cuando su hija Annabel cayó enferma, Christy no entendía que la hija que tanto amaba a Dios, pasara por aquel trance. Se sentía furiosa y desesperanzada porque sus oraciones no se sentían escuchadas. Se alejó de la Iglesia y su fe quebrada no le permitía ver lo que sucedía a su alrededor. Christy consideraba que no estaba viviendo como si la vida fuese un milagro. Y eso le hizo perder gran parte de su fortaleza espiritual. Pero como reconoce Christy al final del film los milagros están por todas partes. Los milagros son bondad. Los milagros son esperanza. Mostrándose de la manera más extraña a través de las personas con las que te cruzas, en los amigos que siempre están cuando los necesitas, en acontecimientos sorprendentes que no esperas, en una palabra que recibes… los milagros se producen. Los milagros son amor. Los milagros son Dios. Y Dios es perdón. ¿Por que se curó Annabel cuando hay tantos niños en el mundo sufriendo? No existe un respuesta a esta pregunta pero la certeza es que sea lo que nos suceda no estamos solos. Los milagros son la manera que Dios tiene de decirnos que está presente en nuestras vidas. Son los signos que invitan a la fe. Son señales de transformación interior. Son los signos más explícitos del amor misericordioso de Dios por el ser humano. Algunos serán extraordinarios como la curación de una enfermedad «incurable» a los ojos de la ciencia y otros serán pequeños milagros que se producen en lo cotidiano de nuestra existencia.

Habrá quien niegue la autenticidad de los milagros con el argumento de que es imposible que se pueden producir hechos en contra o por encima de las leyes naturales. Negarlo es negar la existencia de Dios o que, siendo Él el Creador de todo, pueda actuar sobre las cosas y circunstancias que Él ha creado. 

Al concluir la película traté de hacer un pequeño repaso de los pequeños milagros que cada día se producen en mi vida, milagros que demuestran la existencia de Dios en mi propia vida. Incluso circunstancias milagrosas que han abonado mi existencia. Albert Einstein decía que solo hay dos maneras de vivir la vida: una como si no hubiese milagros y la otra como si todo fuese un milagro. La conclusión es que no puedo más que agradecer a Dios por todas las bendiciones y los regalos esenciales que me ha hecho. Mi propia vida es ya, de por si, un milagro. Y quiero vivir mi existencia creyendo que todo es un milagro, fortalecido en la fe, en la oración, en la esperanza y en la misericordia del Dios que todo me lo entrega por puro amor.

¡Señor, te doy gracias por cómo has actuado en mi vida! ¡Abro mi corazón y quiero expresarte todo mi amor! ¡Gracias por la fe y la esperanza que me permiten darte gracias, acudir a Ti con confianza y esperar de Ti que se cumpla siempre Tu voluntad y no la mí! ¡Abro mi corazón, Señor, con humildad y entrega para darte gracias por el don de la vida y por tantas gracias y dones recibidos de Ti, por tantos pequeños milagros cotidianos que se producen en mi vida! ¡Te entrego, Padre, todas mis preocupaciones, mis dudas y mis incertezas, te entrego mi fe y lo pongo todo en tus santas manos para que seas Tu, por medio de tu Santo Espíritu, el que guíe mis pasos, el que me indique que senda seguir, el que haga los milagros que creas convenientes! ¡Abre, Señor, mi corazón de par en par para que en el centro de Él se derrame toda Tu misericordia! ¡Concédeme, Padre, que toda mi mente y mi corazón de piedra acepten tus dictados y vayan siempre en la misma dirección que tu plan divino sobre mi! ¡En tus manos, Padre, pongo mi frágil y sencilla vida, en tus manos pongo mis sueños y mis esperanzas, en tus manos pongo toda mi inocencia, en tus manos lo pongo todo para que tu lo ampares y lo llenes de tu presencia! ¡Bajo la infinitud de tu gracia, Padre, te entrego mi vida para que se haga todo de manera perfecta según tu santa voluntad!