El Señor quiere utilizarnos para cosas grandes

Muchas de las cosas hacemos en la vida Dios las ha previsto para utilizarnos con un fin concreto —que, incluso, puede ser extraordinario— o poco habitual. A veces para conseguirlo basta con obedecerle y seguir con sencillez de corazón la perspectiva que Él tiene de la vida y de las circunstancias.
Hay momentos en que, por lo que nos toca vivir, no tenemos un visión clara de lo que Dios pretende y hará con nosotros pero cada uno, según su responsabilidad, sustentado en la fe y asentado en la confianza, puede ir construyendo aquello que Dios siembra en el corazón.
Las dudas son lógicas porque la incerteza ante el resultado nos agobia, el no saber como saldrán las cosas nos preocupa. Sin embargo, cuando uno es obediente a la voluntad de Dios y deja que la fe se derrame en su interior, el Señor bendice nuestra vida.
Cualquier objetivo, meta, deseo, sueño, esperanza o visión que Dios siembra en el corazón está para ser abonado aunque a los ojos de la razón parezca algo ilógico o uno no se sienta preparado para llevarlo a cabo. Cabe, incluso, que se rían de uno, que los comentarios que se escuchen nos desanimen o que pongan en tela de juicio las propias creencias porque hoy creer es de «débiles y timoratos».
Me gusta pensar que el Señor quiere utilizarnos para hacer cosas grandes y que para ello es necesario caminar por la senda de la fe. Siento que Dios moldea cada paso que damos porque como exquisito alfarero que es moldea cada día su obra para nuestra glorificación y bendición.

orar con el corazon abierto.jpg

¡Señor, olvido con frecuencia que me has dado la vida para caminar hacia el cielo prometido! ¡Olvido también, Señor, que tu has pensado para mi una vida santa y que tienes preparado para mí y mi familia unos planes que debo cumplir! ¡Hazme consciente de que por el bautismo soy hijo tuyo y que debo fortalecer mi fe y mi confianza para hacer siempre tu voluntad! ¡Concédeme el don de la obediencia para no desviarme de la sendas del bien y envía tu Santo Espíritu sobre mí para que llene mi corazón de bondad, fortaleza, sabiduría y fe, para tomar las decisiones correctas! ¡Quiero sentir tu ternura, Señor, sentir como tus manos moldean mi vida y haz que tu Santo Espíritu me de la fortaleza para no desanimarme ante los problemas y dificultades y no dejarme arrastrar por las acechanzas del demonio! ¡Señor, ayúdame a ser testimonio de verdad, que no me importe el que dirán, que no tenga miedo a testimoniar mi fe, que sea consciente de que me has dado un visión y que mi camino es la santidad! ¡Utilízame, Señor, para bendecir a los que me encuentre por el camino y que el Espíritu Santo ilumine cada una de mis palabras, gestos, sentimientos y acciones para que unidos en Jesús y por Jesús quienes estén a mi lado sientan tu presencia!

Viajamos hoy al siglo XVIII para escuchar el Miserere en sol menor a seis voces de Niccolo Jommelli:

Anuncios

Subir con María al Monte Carmelo

Gran fiesta la de hoy para la Iglesia y para la familia carmelitana. La devoción a Nuestra Señora del Monte Carmelo, que tenemos la alegría de celebrar, está muy vinculada al gran profeta Elías y su poderosa intercesión, ¡casi nueve siglos antes de que naciera Jesús de las entrañas de María!
Debido a los pecados del rey Acab y de su pueblo, Dios había castigado a Israel con una gran sequía. La Providencia había decidido que la lluvia le sería dada a la tierra por medio de la oración de Elías. Durante los largos meses de severa sequía Elías perseveró en la oración. Fue durante su oración, en el Monte Carmelo, el jardín de Israel, cuando tuvo aquella visión que está relacionada con varias tradiciones confirmadas por Ana Catarina Emmerich. En ella, Elía tuvo conocimiento del nacimiento de la Virgen que debía dar a luz al Salvador. Después de esta visión profética, los discípulos de Elías no dejaron de orar, en el Monte Carmelo, para que se produjera el nacimiento de aquella Virgen por la cual Dios daría al mundo una torrente de gracias a través del Verbo Encarnado y del Espíritu Santo.
En la tradición de las Escrituras, la montaña es un buen lugar para encontrarse con Dios. Es en la montaña, en el suave murmullo de un silencio silencioso, donde Elías se encontró con el Dios viviente. Su contemplación de Dios en el silencio y la oración le concedió la fuerza para cumplir la misión para la que fue enviado. Esta es también la vocación del Carmelo y la del hombre de hoy: contemplación y acción entrelazadas entre sí.
Hoy es el día ideal para pedirle a Nuestra Señora del Monte Carmelo la perseverancia en la oración y que, al igual que ocurrió con el profeta Elías, nos permita subir a la montaña de la vida y enseñarnos a vivir en el silencio interior pues es difícil encontrarse con Dios con el ruido que emerge a nuestro alrededor.
Nuestra Señora del Monte Carmelo ha ayudado a muchos a vivir siempre en la presencia de Dios y considerar su grandeza. Elías, en el Monte Carmelo, reveló la santidad y el poder de Dios: Dios solo es Dios, los ídolos no son nada y no pueden hacer nada. Una de las más grandes hijas espirituales de Elías, Santa Teresa de Ávila, dejó una frase para la posteridad: «¡Solo Dios basta!»
¡Que de Nuestra Señora del Monte Carmelo obtenga hoy esta convicción y me ayude a cumplir el primer deber de la vida: entregar mi vida a Dios y darle la adoración que se merece!

orar con el corazon abierto.jpg
¡Señor, que naciste de las entrañas de María, que la verdadera montaña que escale seas Tu! ¡Que el encuentro contigo en la Eucaristía y en el silencio de la oración sea el verdadero propósito de mi vida cristiana! ¡Que el entrar en la contemplación de tu figura, el enfrentar tu realidad a la mía, me permita abrir el corazón para hacer de mi vida un testimonio de oración y de apostolado! ¡María, Madre de Jesús y Madre mía, quién mejor que tu para guiarme en el camino hacia Tu Hijo! ¡Quién mejor que Tu, Señora, para abrirme cada día las sendas que me permiten acceder al Corazón Inmaculado de Cristo! ¡Ayúdame, como hiciste Tu, a vivir acogiendo siempre en mi corazón la Palabra de Dios, meditándolo todo en mi corazón, vivir siempre en la presencia del Padre y confiando en sus promesas! ¡Concédeme la gracia de ser humilde, puro, sencillo y obediente para ser capaz de dar tu mismo «Sí» a Dios! ¡Ayúdame, María, a responder siempre a la llamada de Dios y vivir bajo tu manto protector porque mi anhelo es avanzar por la vida con la plena seguridad de estar acogido por el trono de tu gracia! ¡Con confianza, Madre, me entrego a tu amor maternal! ¡Y que la gracia de esta fiesta renueve en mi interior el anhelo de vivir las perfecciones de tu propia vida y que sepa imitarte en tu amor a Dios y al prójimo! ¡Con tu ayuda, Señora, tómame de la mano y alcánzame la gracia de subir a la verdadera Montaña que es Cristo para lograr la santidad a la que Dios me llama! ¡Y, finalmente, Virgen del Carmen, Stella Maris, estrella de los mares, pongo tus manos la vida a la gente de mar; protege a marineros, pescadores y todo tipo de navegantes de los peligros más habituales del mar!

Ave Maris Stella, bello canto compuesto por san Bernardo de Claraval:

El camino hacia el prójimo

He abierto la Biblia en busca de una palabra que me inspire en la oración. Ha salido esta frase de la primera carta de san Juan: «Hijos míos, no amemos solo de palabra, sino con obras y de verdad».
Tener en cuenta al prójimo y tratar de ayudarle, especialmente cuando esta tarea implica un sacrificio personal, no es sencillo. Lo habitual es que nos venza la pereza, la comodidad, que se instale en nosotros el egoísmo. La mayoría somos egoístas por naturaleza, buscamos nuestra propio acomodo. La primera reacción suele centrarse en nosotros mismos no vaya a ser que nos veamos perjudicados o aquello que nos pidan exija un esfuerzo que nos va a costar realizar.
Sin embargo, si cuando invocas al Espíritu Santo que te ayude, que ese esfuerzo sea por Cristo, tu corazón se habitúa a adquirir hábitos nuevos y la reacción instantánea cambia porque la presencia del Amor en el corazón contribuye a que el hombre sea más amoroso, servicial, generoso y amable.
El mismo Cristo es consciente de que el amor que necesitamos para vivir de acuerdo con sus enseñanzas no nace de una manera espontánea aunque esto no sea, en ningún caso, un pretexto. El mero hecho de no poder o no querer no implica que Jesús no lo espere de nosotros, fundamentalmente porque Él por nuestra intermediación puede hacerlo por nosotros si lo pedimos con el corazón abierto. A Cristo le satisface capacitar al hombre para que entregue su amor de manera desinteresada.
En el hombre gobierna habitualmente la búsqueda de la autosatisfacción, el individualismo, el instinto de preservación, el buscar el propio bien. Existe una tendencia natural al propio bienestar antes que alcanzar la de su prójimo.Por eso el que vive en Cristo es una nueva criatura: lo antiguo desaparece de su vida y un ser nuevo se hace presente en él. Él nos permite romper con aquello que nos bloquea, con esas actitudes naturales que nos bloquean, reconduce nuestros pensamientos y transforma nuestro corazón para vivir inclinados a cumplir con Su voluntad que, tiene como principio fundamental, el amar al prójimo como a uno mismo.

 orar con el corazon abierto.jpg

¡Señor, que nos has enseñado a amar con el ejemplo de tu vida, concédeme la gracia de interiorizar en mi corazón el mandamiento del amor! ¡Envía tu Santo Espíritu, Señor, para poder vivirlo cada día como tu nos has enseñado! ¡Deseo amarte, Dios mío, porque eres lo más importante que hay en mi vida y desde el amor que siento por Ti amar a mi prójimo! ¡Señor, concédeme la gracia de que mis ojos estén repletos de misericordia para no juzgar a nadie, para ver en los demás la bondad que hay en su interior, para no juzgar a nadie por sus apariencias externas, para descubrir la belleza interior de las personas y resaltarla frente al resto de personas!  ¡Hazme, Señor, siempre dócil a las necesidades ajenas y no dejes que me recluya en mi mismo para no permanecer indiferente ante sus sufrimientos! ¡Concédeme la gracia de amar y ser caritativo, abierto a las buenas acciones y que por medio de tu Santo Espíritu no me canse de hacer el bien! ¡No permitas que me asiente en mi egoísmo y dame la capacidad de servir aunque me cueste! ¡Llena mi corazón, Señor de misericordia y hazlo siempre sensible a los sufrimientos ajenos para que nunca nadie sienta que le rechazo!  ¡Tu eres el camino hacia el prójimo, guíame por él!

Amar y servir, cantamos hoy:

Apreciar la gracia de Dios

Segundo sábado de julio con María en el corazón. Me gusta rezar con el Avemaría, me une íntimamente al corazón de la Virgen. «¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo». Me imagino en la humilde casa de Nazaret donde vive María. Contemplo la escena de la Anunciación, cuando el ángel san Gabriel se persona ante aquella mujer sencilla e, inclinándose ante Ella, exclama gozoso y honrado —¡qué gran honor para él anunciar la maternidad del hijo de Dios—: «¡Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres».
Me pongo en el lugar del arcángel y puedo imaginar el sentimiento que tuvo por la abundancia de gracias con que vio a la Virgen María adornada en aquel sublime momento. Al contemplar la grandeza de la gracia santificante, de esa unión íntima con Dios, de esa perfección que llenaba cada una de sus virtudes, de esa pureza de alma, de esa cantidad de gracias y dones recibidos del Espíritu derramados abundantemente en su corazón no podía el arcángel más que exclamar toda la grandeza de María.
En este día, bajo el amparo de María, deseo que mi corazón sea capaz de apreciar la gracia de Dios. Dios quiso agraciar a María con el don de la maternidad y el tesoro más preciado que le otorga es la gracia. Cuando el ángel se presenta ante Ella como embajador celestial la alaba precisamente por gozar de la gracia de Dios.
Como cristiano todo mi valor recae en la gracia que recibí —recibimos todos— con el bautismo. ¿Cómo preservo en mi día a día este tesoro tan valioso? ¿Con qué cosas sacrifico este preciado regalo de Dios? Deseo hoy ofrecer mi vida a María para que, con su intercesión, mis propósitos, acciones, pensamientos, palabras y obras estén impregnados siempre de la gracia, consagrarme por entero ala gracia e intentar aumentarla en mi oración, en mi via de sacramental y en mis buenas acciones. Sé que de su mano, por ser la llena de gracia, me resultará un camino más fácil.

orar con el corazon abierto.jpg

¡Dios te salve María, llena eres de gracia! ¡Acudo en este día a Ti, María, para que lleves mis oraciones a Dios e intercedas ante Él para vuelva su mirada siempre a ante mi, que su misericordia me inunde y perdone mis miserias, mis penas y mi pecado y me conceda la gracia de caminar en santidad! ¡Intercede, María, ante tu Hijo Jesucristo, para que me ayude con la ayuda del Espíritu Santos a alejarme del mal y abrazar siempre la gracia! ¡Orienta, María, llena de gracia, mi corazón y mi alma hacia la gracia, y ayúdame a vivir como viviste tu con una vida pura y santa! ¡Enciende, María, el fuego del amor de Dios en mi corazón, dame mucha fe y esperanza, y que mi vida se beneficio de la gracia divina y que allí donde vaya glorifique y honre a Dios con todas y cada una de mis actitudes!

El Ave María con Andrea Boccelli:

¡Tienes que ser más realista!

Una de las acusaciones que debemos afrontar habitualmente los cristianos es nuestra falta de realismo. Se nos acusa habitualmente de cobijarnos en la esperanza que lo vierte todo en el futuro. ¿Cuántas veces en los últimos tiempos he escuchado de boca de personas alejadas de la Iglesia que debo ser «más realista»? ¡Que Ese en el que creo es un personaje histórico que la Iglesia ha amoldado según sus intereses! ¡Que dejándome llevar por la esperanza espero en un futuro de dudosa existencia!
Me inquieta cuando cada vez más gente duda porque para mí la esperanza es base fundamental de mi fe. No es una ilusión ni una quimera. Yo tengo esperanza —al igual que me sostengo en la fe— porque para mí la vida es algo muy serio. La vivo en su totalidad con la certeza de que el futuro que me espera no es una promesa vacía sino una realidad viva. No es como la vida humana que es finita, la vida eterna es algo definitivo.
La esperanza cristiana es el andamiaje que sostiene la vida. Como la fe es el pilar básico del edificio de la vida. Por eso, según como espere, así será mi vida.
La esperanza cristiana es un signo revelador de mi verdad como cristiano. Es la que endereza mi vida, la que me ayuda a luchar por una sociedad más justa, comprometida, solidaria y fraternal, al estilo de Cristo.
La esperanza cristiana no me permite tener una actitud pasiva ante la vida porque lleva consigo el compromiso y el dolor ante tantas injusticias.
La esperanza cristiana me hace creer que existe el Reino eterno, la patria celestial, el destino final del alma humana. Por eso lucho por cambiar las estructuras de esta sociedad porque nadie puede ser ajeno a un futuro tan hermoso.

 

orar con el corazon abierto

¡Padre eterno, que cerca estás de nosotros y a cuanta gente le cuesta sentir tu presencia o, simplemente, abrir el corazón para sentir tu ternura! ¡Te doy gracias por los signos de tu presencia a mi alrededor, son un sostén grande a mi fe y mi esperanza! ¡Gracias, Señor, porque la iluminación de tu Santo Espíritu me permite mirar con esperanza el presente y el futuro de mi vida, estar atento a tus buenas nuevas, a dejarme sorprender por tu ternura! ¡Gracias, Padre mío, por esta siempre tan cerca! ¡Señor, nos angustiamos por todo, vamos dando tumbos por la vida y vivimos sin esperanza, echando a perder nuestra vida y la de los que nos rodean con nuestras quejas y nuestros lamentos! ¡Ayúdame, Señor, siempre a permanecer despierto! ¡Concédeme, Señor, la gracia de nadar a contracorriente!

El auxilio de me viene del Señor, nos unimos al canto de la Hermana Glenda:

¡Que no me canse de buscar tu rostro, Señor!

Separada de la Semana Santa a la que tan unida ésta, la Iglesia nos regala hoy la festividad de Santa Verónica, la piadosa mujer a la que Cristo le concedió el gran regalo de dejar impregnado su rostro sagrado en un lienzo blanco plegado. Lo hizo Jesús para recordarnos que su imagen siempre debe estar grabada en nuestros corazones. Quienquiera que seamos o donde vivamos Jesús debe vivir en nuestros corazones. Podemos diferir los unos de los otros, discrepar, tener diferencias… pero en esto debemos estar de acuerdo todos si nos consideramos sus hijos. Llevar con nosotros el velo de Santa Verónica para que, de acuerdo con nuestra fe, tratemos de vivir la perfección divina.
Me imagino hoy la escena. En el bullicio que asiste a la ascensión de Jesús al Calvario, allí aparece ella. Es una mujer sin rostro, sin una historia conocida pero decidida, valiente, impetuosa y caritativa. Una mujer dispuesta a escuchar el susurro del Espíritu y seguir sus inspiraciones.El amor de esta mujer servicial produce una emoción profunda. Su amor por el prójimo, en este caso por Cristo, le permite desafiar a los guardias romanos, sobrepasar el cortejo del Sanedrín, vencer a la multitud enardecida y manipulada y acercarse serena y delicadamente al Señor para con un gesto de compasión y fe limpiar con su mano temblorosa el rostro ensangrentado de Cristo, calmar el dolor de sus heridas, suavizar las lágrimas del dolor y contemplar por unos segundos la cara desfigurada detrás de la cual está escondido el mismo rostro de Dios.
En este día, siguiendo el gesto compasivo de la Verónica le digo al Señor con el corazón abierto: ¡Que no me canse de buscar tu rostro, Señor! ¡Que no me canse de hacerlo en las caras desfiguradas de tantos por las aflicciones de la vida porque son muchos los que vienen a mi encuentro y con demasiada frecuencia miro hacia el otro lado!

orar con el corazon abierto.jpg

¡Señor que como la Verónica sea tu rostro lo que busco! ¡Que sea capaz de buscar tu mirada en la mirada del otro, del que busca consuelo, una palabra de alivia, un abrazo consolador, un mirada compasiva, un perdón que alivia…! ¡Concédeme la gracia de ser como la Verónica, la mujer sin rostro, que alivia con amor tu rostro, Señor, en representación de tantas personas que sufren y tiñen de dolor su vida! ¡Ayúdame a encontrar tu rostro en los hermanos que andan por el camino del sufrimiento y la humillación! ¡Concédeme la gracia de saber limpiar las lágrimas y la sangre de los más desfavorecidos! ¡Haz que sea capaz de ver detrás de cada rostro, incluso de aquellos con los que pueda no tener buena relación, tu rostro impregnado de belleza infinita! ¡Pero ayúdame también, Señor, a ser humilde, servicial, generoso y caritativo como la Verónica!  ¡Ella, Señor, te dio lo mejor de sí, su lienzo preciado, y sin embargo con frecuencia en mi relación contigo yo deseo más recibir que dar! ¡Ya sabes, Señor, que son muchas las ocasiones que se me presentan  para darte algo, dándome a los demás, y he dejado pasar esta oportunidad! ¡No me lo permitas de nuevo, Señor, más al contrario ayúdame a darte todo lo que tengo y lo que soy! ¡Enciende en mi alma, Señor, la llama de la caridad y hazme comprender que cuando el velo de la caridad toque el rostros del hombre tu quedará grabado en él por la eternidad!

En esta festividad de Santa Verónica escuchamos este hermoso canto dedicado a ella:

«No lo voy a conseguir»

Todo ser humano vive un espacio seguro; es ese espectro de circunstancias en las cuales nos sentimos cómodos. Por eso nos resulta más sencillo interactuar con las personas con las que convivimos sin excesivos esfuerzos. En la mayoría de los casos, los límites vienen marcados por los temores que nos inundan, por el qué pensarán de nosotros, por la necesidad de ser aceptados y reconocidos, por el cómo valorarán nuestras conducta…
En esta zona segura nuestra vida se acomoda. El problema surge cuando esta comodidad se va arraigando y le permitimos que gobierne y guíe cada una de nuestras decisiones porque con ello se impide el crecimiento interior. Asfixiamos así cualquier posibilidad de experimentar lo que la vida nos ofrece. Sin esfuerzo, uno corre el grave riesgo de vivir en la autocomplacencia.
¿Pero qué sucede cuando el Señor desea ampliar mis horizontes personales para que no permanezca en la zona de confort? Que corro el gran peligro de quedarme allí, en el abismo de la mediocridad, pues es el lugar en el que me siento seguro en lugar de explorar nuevos caminos que me pueden llevar a la felicidad. Incluso se puede perder la capacidad de luchar para dar un salto cualitativo en la vida de fe.
Cuesta traspasar límites pero uno nunca desarrollará sus capacidades si no está dispuesto a esforzarse y estar dispuesto a superar sus propios límites.
El hermano de un amigo está ingresado desde varios meses en la clínica Guttmann, un hospital especializado en el tratamiento médico y quirúrgico y en la rehabilitación integral de les persones con lesión medular o daños cerebrales. Me explicaba que le están enseñando a caminar de nuevo. Desde hace poco solo da solo pequeños pasos en los que la coordinación brilla por su ausencia pero el médico considera que puede dar más de sí. Hace unas semanas, este joven que se resistía utilizando dos frases: «va a ser imposible» y «no lo voy a conseguir», por miedo al fracaso y a caerse al intentarlo, fue obligado casi por su madre a seguir los consejos del facultativo. Cuando comenzó a caminar con mayor rapidez fue consciente de que era capaz de hacerlo. Ese día, lleno de lágrimas, fue consciente de que es posible llegar al infinito con propósitos firmes.
En la vida espiritual siento también que debo tener principios firmes. Cuando uno contempla con el corazón abierto la naturaleza de Cristo se hace consciente de que Él nos aparta de los parámetros en los que asentamos nuestra comodidad y nos conduce en nuestra vida a desafíos nuevos con el objetivo de contemplar con claridad los límites que nos hemos auto impuesto para poder rebasarlos. Cuando lo logramos tomamos conciencia de que no es tan inquietante y angustioso como creíamos y que, además, se nos abre un abanico nuevo de oportunidades.
¿Por qué cuesta tanto comprender que debemos salir de nuestra comodidad y no le pedimos al Señor el valor necesario que necesita nuestro espíritu para afrontar lo que Él espera de nosotros?

orar con el corazon abierto.jpg

¡Señor, por medio de tu Santo Espíritu, dame un corazón fuerte, valiente, decidido, comprometido para adorarte, para alabarte y para afrontar con firmeza las decisiones de mi vida, para cambiar lo que deba ser cambiado! ¡Dame un corazón como el tuyo, Señor! ¡Señor que las marcas que dañan mi corazón en forma de recelos, complejos, desprecios, humillaciones, heridas… no sean obstáculo para crecer! ¡No permitas, Señor, que me quede en mi zona de comodidad porque no quiero vivir el resto de mi vida sin cumplir la promesa que el Padre tiene para mí! ¡No permitas, Señor, que ponga barreras a mi crecimiento personal y espiritual! ¡Envía tu Santo Espíritu, Señor, sobre mí para que dentro de mi corazón me de una visión renovada, una esperanza nueva y una fe firme y confiada! ¡No permitas, Señor, que haga las cosas a medias porque tu nunca las hacías así; tu me llamas con poder y autoridad! ¡Ayúdame a volar más alto, a alcanzar nuevas metas, amar como nunca he amado, sentir como nunca he sentido, esforzarme como nunca me esforzado, perdona como nunca he perdonado, sentir el dolor del prójimo como nunca lo he sentido, santificarme como nunca me he santificado! ¡Señor dame hoy un corazón nuevo que no repita«va a ser imposible» y «no lo voy a conseguir» porque a tu lado todo es posible!

Hoy es la festividad de San Benito. La Iglesia Católica fomenta el uso de los sacramentales como la Medalla de San Benito. Los laicos debemos promover el uso de los sacramentales y la oraciones de liberación contra el mal en hogares y familia ante  los ataques contra la familia y el matrimonio. La Iglesia invita a rezar la oración a San Benito  para pedir la protección espiritual y alejar la influencia del mal:
Oh glorioso San Benito, modelo sublime de todas las virtudes, vaso puro de la gracia de Dios. Heme aqui, humildemente postrado ante ti. Imploro tu corazón lleno de amor para que intercedas por mí ante el trono divino de Dios.
A ti recurro en todos los peligros que a diario me rodean. Protégeme contra mis enemigos, contra el maligno enemigo en todas sus formas e inspírame a imitarte en todas las cosas
Que tu bendición esté conmigo siempre, de modo que pueda huir de todo lo que no es agradable a Dios y evitar así las ocasiones de pecado.
Dulcemente te pido, que me consigas de Dios los favores y gracias de las cuales yo estoy tan necesitado, en las pruebas, en las miserias y en las aflicciones de la vida.
Tu corazón siempre estuvo tan lleno de amor, compasión y misericordia hacia los que estaban afligidos o con problemas de cualquier tipo.
Tú nunca has despedido sin consuelo y asistencia a cualquiera que haya recurrido a ti. Por lo tanto, invoco tu poderosa intercesión, con esperanza y confiado en que tú escucharás mis oraciones y me alcanzarás la gracia especial y favor que tan seriamente te imploro (pedir el favor a recibir), si es para la mayor gloria de Dios y el bien de mi alma.
Ayúdame, Oh gran San Benito, vivir y morir como un hijo fiel de Dios, que sea siempre sumiso a Su santa voluntad, para lograr la felicidad eterna del cielo.
Amén

Para quien lo desee adjunto información de la Medalla de san Benito contra los males que pueden afectar al espíritu, como las tentaciones del poder del mal.

Sumérgeme, cantamos hoy con Jesús Adrián Romero:

Me niego a claudicar en mis esperanzas

Al abrir la puerta de un templo observo junto a un cartel de Cáritas, los anuncios parroquiales y los horarios de misa un cartel con esta pregunta: «¿Quién a pesar de llegar cuatro días más tarde lo hizo en el momento preciso?»
La pregunta remite, lógicamente, al momento en que Jesús, antes de la Pasión, resucitó a Lázaro cuando su amigo, fallecido hacía cuatro días, se encontraba en el sepulcro.
Al arrodillarme en mi breve visita al Sagrario le digo al Señor: «¡Cuánta verdad hay en que todo lo haces en «el momento preciso». Yo busco mis tiempos y, en cambio, tu eliges siempre el momento perfecto para cada situación». Con frecuencia esperamos largo tiempo antes de ver correspondida una plegaria pero cuando la repuesta aparece es en «el momento preciso» o, cuando ya en la precariedad emocional, la acción de Dios era más necesaria.
Si contemplamos como funcionaba el ministerio terrenal del Señor es fácil comprobar cómo todo lo que había venido a hacer se correspondía con «el momento preciso» del que habla el cartel de entrada en el templo.
Si Cristo no responde cuándo y cómo uno desea o piensa que debería haberlo hecho no implica que no se dará una respuesta. Ésta surgirá de algún modo en el «el momento preciso». El Señor es un Dios justo y nada queda al albur de su misericordia.
Con el paso de los años y mi mayor cercanía al Señor he aprendido que cuando parece que he llegado al límite de mi capacidad y las fuerzas flaquean tengo que aguantar. No puedo desfallecer. Dando siempre un paso más. La paciencia confiada es la llave maestra que abre el cofre que contiene las bendiciones de Dios. Hay momentos en los que uno se tiene que conformar con esperar la respuesta. Aunque el ruego es que finalice de inmediato un problema, una dificultad o una circunstancia negativa tal vez el Señor vea preferible hacerlo más adelante. El cronograma con el que se mueve habitualmente Dios es infalible.
La fe consiste creer en la misericordia de Dios y confiar con el corazón abierto. Por medio de la fe nada hay imposible. La fe impide que las pruebas de la vida nos quiten la serenidad, la paz y la alegría.
Yo me niego a claudicar en mis esperanzas. Prefiero aferrarme a Dios a pesar de los aparentes silencios a mis súplicas, acogerme a sus promesas a pesar de no observar resultados inmediatos… porque soy consciente por experiencias previas que Dios nunca me falla.

e45d7572cb2ac1cedc313866ad414dec.jpg

¡Señor, me fe es muchas veces tibia y necesito la fuerza de tu presencia para confiar en tus promesas! ¡No permitas, Señor, que me desmorone cuando no lleguen las respuestas a mis súplicas! ¡Concédeme, Señor, la gracia de una fe firme, una confianza ciega y una esperanza cierta! ¡Cuando no se cumpla mi voluntad, Señor, no permitas que me aparte de Ti! ¡Haz ver, Señor, que mis tiempos no son los tuyos, que tu eliges siempre «el momento preciso» para cada cosa1¡Señor, es tu fuerza la que me conduce y me guía; es tu luz la que ilumina mi corazón, es tu confianza la que aligera mis cargas, es tu amor el que me sostiene gracias a tu ternura! ¡No te enojes conmigo, Señor, cuando justifique mis múltiples torpezas acudiendo a tu misericordia! ¡No te entristezcas conmigo, Señor, cuando falte a tu confianza! ¡No te apenes cuando quiera acceder a tu voluntad pero tome otros caminos! ¡No te aflijas si no correspondo a tu amor! ¡Y te pido perdón, Señor, mis tantas dudas y desconfianzas, por tanta falta de testimonio auténtico, por tantas faltas de fe, por tanta tristeza y pesimismo escondido en mi corazón, por mis cansancios y mis miedos injustificados, por mis impaciencias y mis prisas para que se cumpla lo que te pido, por mi dureza de corazón, por mi egoísmo para ver cumplidos mis sueños que tantas veces se alejan de Ti,  por mi ceguera ante los signos que tu envías! ¡Perdón, Señor, por mi escasa relación contigo que me hace tantas veces desconfiar de tu Palabra, de tus gestos, de tu amor y de tu misericordia!

Esperanza de vida, cantamos hoy:

Silencio y complicidad con Dios

¡Qué hermoso es hablar sobre las cosas bonitas que nos ocurren! ¡Pero más bonito tal vez es saber apreciar esas cosas mirándolas desde el silencio!
Ayer viví con mis dos hijos pequeños una experiencia muy hermosa. Fuimos de excursión toda la familia a un cala rodeada de bosques y caminos de ronda. Los dos pequeños y yo dimos un paseo por uno de los caminos que se asoman sobre acantilados rocosos mientras el resto tomaba el sol en la playa. Una hora y media de caminata entre bosques de pinos mediterráneos y caminos estrechos de tierra y de piedra. El pequeño, cogido de la mano de su hermana, una joven universitaria con una gran profundidad humana y espiritual, no paraba de hablar. Yo iba detrás escuchando su conversación. Era una metralleta de preguntas —«¿Por qué esto, por qué lo otro…?»—que su hermana respondía como podía porque en la vida no todas la preguntas son fáciles de responder cuando quien las formula lo hace desde la óptica de la inocencia.
El sendero por el que transitábamos se fue haciendo más dificultoso y nuestro paso iba aminorando a medida que las cuestas se hacían más pronunciadas. Sin embargo, una mirada hacia el horizonte deleitándose con el mar y el paisaje te permitía relajar el cansancio y disfrutar de la belleza del entorno y de la creación. De vez en cuando les decía a los niños: «mirad que bonito como las olas se rompen en las rocas», «fijaos en esto o en lo otro…». Mientras la mayor hacía caso el pequeño seguía a lo suyo con su monólogo interminable de preguntas. Llegamos al final del sendero y la música del parloteo no cesaba.
En el momento de regresar, con el peso del esfuerzo en nuestras piernas, las preguntas cesaron. Y durante un largo rato el silencio acompañó la caminata. Llevábamos un rato andando y mi hija se agachó de repente y tomó con delicadeza con sus manos un tritón de la familia de los lagartos. Y se lo dio a su hermano. El niño, alegre con aquel regalo, dijo: «¡Oye, tu siempre descubres cosas interesantísimas! Ella le respondió de inmediato: «¿Sabes por qué? Porque cuando voy por los sitios todo lo que me rodea lo observo en silencio».
Seguimos caminando. Aquel tritón aleccionó un nuevo cuestionario y mil preguntas recurrentes. Yo seguía caminando detrás de ellos, observándolos y recapacitando la respuesta de mi hija. Comprender que en el silencio de la vida es posible descubrir las cosas y mientras que en medio del ruido uno no se detiene en lo esencial, en lo bello, en lo delicado, en el pequeño detalle.
Cuando nos quedamos solos le dije a mi hija que su frase había sido muy aleccionadora para mí. «Papa, es en el silencio donde más complicidad tienes con Dios y más oportunidad tienes para disfrutar del entorno».
¡Es increíble que unas olas rompiéndose en las rocas, un camino de ronda, unas nubes blanquecinas deslizándose en el horizonte, un tritón cogido de debajo de una piedra, el sol irradiando sobre el mar en calma… demuestren la belleza y el poder de Dios! Con qué lentitud y quietud hace el Señor cosas majestuosas como un espectáculo de luz, o cualquiera de sus magníficas y bellas obras de arte que constituye el entorno en el que vivimos. Y es verdad. Toda la tierra está repleta de la gloria de Dios. Cada día la creación exclama: ¡Que glorioso es el Señor! ¡Que grande es Dios creador de todo! ¡Gloria al proveedor de todo! ¡Dios es amor! ¡Dios mío, estás aquí en el silencio de la vida y que cerrazón la nuestra para no reconocerte!

orar con el corazon abierto.jpg

¡Gracias, Señor, porque la creación nos habla siempre de Ti! ¡Gracias porque cada día puedo sentir la verdad de todo, que Tu existes y nos das la vida, la belleza de las cosas, el silencio para apreciarte, la grandeza de tu amor! ¡Gracias porque puedo saborear incluso tu presencia mientras disfruto con el primer té de la mañana! ¡Gracias porque incluso puedo escuchar tu susurro en el canto de un pájaro! ¡Gracias, Señor, porque la creación misma está llena de tu gloria y de tu amor! ¡Gracias, Padre, te alabo, te bendigo, te doy gracias porque eres el Amor mismo, el creador, la belleza detrás de toda belleza! ¡Alabado seas por siempre, Padre! ¡Gracias, Padre, porque la vida misma y todo lo que le rodea anuncia de manera hermosa la gran obra que sale de tus santas y amorosas manos! ¡Qué hermoso, Señor, pensar que en el silencio de la vida puedo apreciar la grandeza de tu creación y Tu, que eres el gran artista, permaneces humildemente en un segundo plano! ¡Concédeme, Señor, la gracia de detenerme a admirar en silencio y en oración la gran obra de tus manos! ¡Alabado seas, Señor, por todo lo que nos ofreces! ¡Gracias por la armonía de la vida y la belleza de tu creación! ¡Y gracias, Señor, también por los hijos que has puesto en mi vida para que los custodie y les hable de tu amor, son el mejor regalo de tu creación!

Dios de la creación, cantamos hoy:

Entre lo temporal y lo eterno

Un emprendedor que le dedica muchas horas a su negocio me contó hace unos días por qué había despedido a uno de sus trabajadores. La respuesta me dejó helado: «No valoraba lo que tiene realmente valor. Se quejaba de todo, manifestaba poco interés por las cosas, por la vida e, incluso, por su propio aspecto. Y eso afectaba seriamente a sus responsabilidades. Para él era más importante beber coca-cola que su propio trabajo. Al final, después de advertírselo retiradamente tuve que tomar esta decisión tan drástica».
¡Cuántas personas transitan por la vida sin dar valor a las cosas! ¡Cuanta gente como aquel hombre despedido no tienen sentido de lo trascendente, centrándose en lo insustancial y privándose de lo que realmente merece la pena.
A raíz de este comentario me cuestiono hoy si tengo presente qué valor le doy a las cosas, cuál es mi gran propósito para esta vida, si tengo conciencia de por qué estoy aquí. Si soy consciente de ese deber sagrado que Dios me ha asignado.
Y en el plano espiritual: ¿Cuántas veces pongo a Dios en un segundo plano? ¿Cuántas veces lo temporal prima sobre lo espiritual? ¿Cuántas veces hago caso omiso a la Palabra de Dios? ¿En qué medida lo trascendente de la vida tiene en mi vida la perspectiva correcta? ¿Cuantas excusas, disculpas y justificaciones pongo antes de sentarme a orar o a dar gracias! ¿Soy capaz de ver cuánta vida existe la Palabra de Dios para alimentar y ver crecer mi alma?
Eso me permite analizar también mis actos para encuadrarlos en los efectos que producen en mi vida y en la de los demás. Me ayuda a entender que no puedo quedarme en lo trivial cuando lo eterno espera.
Y lo importante, comprender que no puedo centrar mi vida en lo temporal porque es en lo eterno donde está el sentido trascendente de la vida.

orar con el corazon abierto.jpg

¡Señor, concédeme la gracia de darle a mi vida un sentido trascendente! ¡A conocer de verdad lo que vale la pena y tiene sentido! ¡Ayúdame, por medio de tu Santo Espíritu, a deslumbrar el mi propósito en esta vida y prepararme para la eternidad y no para la vida mundana! ¡Hazme consciente, Señor, que mi ciudadanía es la del Cielo y que el signo que me identifica es la cruz de Cristo! ¡Sé, Dios mío, que tienes reservado para mí una vida abundante concédeme por medio de tu Santo Espíritu, la perspectiva humana y espiritual para alcanzarla, que mi vida tenga siempre una perspectiva eterna, la perspectiva de Dios! ¡Señor, soy consciente de que vivir implica buscar, haz que en mi vida esta búsqueda me ayude a entender lo que es relativo o absoluto y aceptar mi pequeñez, mi indigencia y provisionali­dad! ¡Hazme, Señor, consciente que el obtener respuestas me sitúa en el horizonte de lo absoluto! ¡Señor, me corresponde vivir en una sociedad individualismo, ayúdame a salir siempre de mi propia tierra, trascender, dirigirme hacia el otro aunque en él no observe nada trascendente! ¡Dame una mirada contemplativa y no permitas que me complazca en la superficialidad! ¡Ayúdame a mirar cada día el mundo desde la perspectiva del Dios encarnado, que es Jesús, tu hijo, en el que todo lo puedo porque me fortalece!

Señor de la eternidad, cantamos hoy: