Nacida para ser Puerta por la que Dios entra la tierra

Honramos hoy con gran alegría y gozo el nacimiento de la Virgen María, la Madre de nuestro Dios y Señor Jesucristo. Y nuestra Madre. Hija escogida de Dios, la letanía de nombres a través de las generaciones nos retrotrae a la profundidad del misterio de la Encarnación. María es la puerta por la que pasa Dios para entrar en la tierra, en nuestro mundo.

Nacida para ser Madre del Salvador. .¡Qué bello! Nacida para ser corredentora del género humano. ¡Qué esperanzador! El desarrollo de la mariología a lo largo de los últimos siglos nos muestra hasta qué punto María sigue siendo la puerta por la que pasa Dios para alcanzarnos. María es la Puerta al Cielo cuando la invocamos en las letanías de los santos. Las múltiples apariciones de la Santísima Virgen en el mundo y la infinitud de milagros debidos a Ella ilustran bien esta verdad.

La acción de la Virgen María hacia nuestra humanidad florece y desarrolla su maternidad. Es porque María se convirtió en nuestra Madre durante nuestro bautismo que ella intercede de manera constante ante su Hijo por nosotros, pueblo de pertinaces pecadores. Así que al celebrar en este día el cumpleaños de María, le quiero mostrar todo mi afecto, todo mi amor, toda mi entrega, toda mi dedicación. Me pongo bajo su maternal protección: pongo en sus manos mi familia, mis hijos, mis amigos, mis compañeros de trabajo, mis grupos de oración, mi parroquia… Le confío a Ella el futuro de nuestras sociedades, que es motivo de gran preocupación. Le confío la conciencia de los políticos y los líderes sociales que atacan a la Vida y los derechos elementales de los seres humanos. Le pido para que abra la conciencia del ser humano para evitar sociedades que se pongan al servicio del egoísmo y del orgullo del hombre que rechaza a Dios! La vida, don de Dios, está siendo atacada. Hoy, celebrando la Natividad de la Santísima Virgen, valoramos especialmente la condición de los abortados, de los niños, de los abandonados, de los que no tienen nada: María fue un bebé, una niña. ¡Jesús mismo fue un bebé y un niño! ¡Dios se hizo hombre desde la fragilidad de un niño! 

Pero celebrar la Natividad de María es también celebrar un nuevo nacimiento que comienza en el corazón del ser humano. Es el comprometerse a rezar a Dios a través de su santa Madre, a través de la Puerta del Cielo, por las intenciones que salen del corazón abierto. No hay intercesión más eficaz y poderosa que la de la Virgen María. En estos tiempos en que se multiplican las leyes de la muerte, amenazas a la vida, leyes contra la naturaleza, contra la libertad humana, contra los derechos sociales… volvamos nuestro corazón y alma a la Virgen María. Que lleve bajo su manto a todos los que le encomendamos.

¡Virgen María, Madre de Dios y Madre mía, eres mi esperanza, el camino que me guía, la que me cubre con tu manto maternal, la que me enseñas a decir que sí a Dios, la que me muestra como meditar la Palabra del Padre, la que me acompaña en los vericuetos de mi existencia, la que fortalece mi fe tantas veces tibia! ¡Vuelve en cada momento, Madre, tu mirada sobre cada ser humano de este mundo, acoge sus sufrimientos, angustias y dificultades, protégelas con tu amor de Madre! ¡Cubre con tu mirada amorosa y misericordiosa las necesidades de cada persona, consuela con tus manos santas a los que viven en la incertidumbre, a los que están enfermos, a los que han perdido a algún ser querido, a los que están en la desesperación de la pobreza, a los que tienen el corazón o el alma herida por cualquier circunstancia! ¡Naciste, Madre, para ser Madre de la esperanza, del amor, de la fe, de la misericordia; cubre el mundo con estos valores que te definen para llenar de confianza a la humanidad entera! ¡Intercede, Madre, ante el Buen Dios para que estos momentos de prueba tan difíciles que estamos viviendo a todos los niveles alcancen ya el final y podamos vivir un camino de serenidad y paz interior y de mucha esperanza! ¡Ilumina, Madre, a los dirigentes del mundo para que nos guíen según el bien común y haz que las conciencias de los poderosos están dirigidas para hacer siempre el bien para la sociedad! ¡Y a todos, Madre, haznos niños, llenos de bondad y generosidad, humanidad y caridad, para ser constantes en la fe, firmes en la esperanza y constantes en la oración!

¿Qué quieres que haga por ti?

¿Qué quieres que haga por ti? Jesús no se cansa de hacer esta pregunta. Día a día. Minuto a minuto. ¡Solo piensa en nosotros! Esta es una prueba de su amor por nosotros: ¿qué quieres, qué quieres que haga por ti? Este es el camino de la fe. ¡Creer es hablar con Jesús, escucharle y convertirse!

¡Es hermoso sentirse cerca de Cristo! Querer acercarse a Jesús, querer estar con Jesús en el Reino. Es el corazón de la vida cristiana. Me recuerda al buen ladrón en la cruz. Reconoce su pecado, sus errores, su ignominia y, sin embargo, se atreve a decirle al Señor: ¡Jesús, acuérdate de mí! Y, Jesús, que es el Amor en mayúsculas le responde: ¡Hoy estarás conmigo en el paraíso! 

Jesús es el salvador. Responde a nuestras peticiones, incluso a las que nos parecen atrevidas. Hoy me preguntaba ¿Cuantas veces me he atrevido a pedirle al Señor: ¡hazme santo!? ¡Pocas! ¡Probablemente porque le pido mi santidad o un buen lugar en el Reino sin querer pasar por la cruz, las pruebas, el sufrimiento, las necesidades, las humillaciones… ¡este es el bautismo del que nos habla Jesús!

Jesús actúa conmigo como con los dos discípulos que le piden estar a la derecha y a la izquierda en el reino o como los discípulos de Emaús. Enseña con paciencia una y otra vez: el Hijo del Hombre no ha venido para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por la humanidad. Estas palabras expresan el significado de la misión de Cristo en la tierra, marcada por su sacrificio, por su vida ofrecida, por su muerte de amor por nosotros. Jesús es el siervo fiel y su obediencia es fuente de vida, de gracia. Al acercarnos a Jesús, recibimos la santidad.

Pero para ser santo necesito una conversión del corazón. Un corazón que Jesús conoce a la perfección. Los discípulos veían a Jesús como un rey, querían compartir el poder. Jesús convierte nuestra voluntad en poder, en dominación. El único lugar real es el del sirviente. La verdadera conversión está ahí. Jesús lava los pies de sus discípulos la tarde del Jueves Santo, para sumergirlos en el bautismo, ¡el fuego de su amor! Esto te permite entender que la santidad se nutre de la comunión con Jesús, muerto y resucitado.

La vida de cada día nos invita a amar a Dios con todo nuestro corazón y a extender su Reino, rechazando el pecado. Jesús es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo en una comunión con nuestros hermanos imitando a Jesús que se convierte en siervo.

Al recibir la Sagrada Eucaristía, aceptamos entrar en los sentimientos de Jesús que nos ama hasta el final, que nos atrae hacia Aquel que da su vida por la salvación del mundo y que nos llena más allá de nuestros deseos: ¿Que quieres que lo haga por ti? ¡Hoy me atrevo a responder con alegría y con el corazón abierto a Jesús: hazme santo Señor que aspiro a gozar contigo en la reino prometido!

¡Señor, me pides cada día que quieres hacer por mi y se me olvida pedirte por mi santidad porque siempre te pido por mis problemas, mis dificultades, por los que amo, por las necesidades de cada día, por mi salud, por mi trabajo…! ¡Me pongo en tus manos, Señor, para que me arropes con tu amor, para que alumbres mi vida, para que des certeza a mi caminar, para que fortalezcas mi fe, para que des alegría a mis tribulaciones, para que llenes con tu Presencia mi corazón… para que me conduzcas hacia la santidad! ¡Señor, Tú quieres que sea santo y yo aspiro con todo mi corazón a serlo, por eso abro mi corazón y te pido que ilumine con la luz de tu Verdad y tu Palabra para ser capaz de ver lo que me aparta del camino hacia la santidad! ¡Concédeme, Señor, la fuerza para eliminar de mi vida todos aquellos obstáculos que me alejan de ti y envía tu Santo Espíritu sobre mi para me transforme, renueve y santifique! ¡Concédeme la gracia de crecer junto a Ti y dispón mi corazón con la apertura necesaria para hacer siempre tu voluntad!  

¡Dame tu amor para amar!

Hoy es domingo. Y cada domingo es una fiesta. Es la fiesta de la entrega de Cristo. Es la fiesta del Amor hecho Eucaristía. Cuando amas a Dios, ya se ocupa Él de que todo contribuya al bien. El principal y más hermoso objetivo de la vida cristiana es amar a Dios y, desde Dios, a los demás. Es lo que le pido hoy al Señor: ¡Dame tu amor para amar! Si amamos a Jesús, entonces guardamos su Palabra, la Santísima Trinidad viene a vivir en nosotros y a transformarnos. Dios obra a través de nosotros, por nosotros, para su gloria y la salvación del mundo.

¡Dame tu amor para amar! El reino de los cielos es Dios en su misterio, en su vida de amor, alegría y santidad. Solo podemos acercarnos a Dios con respeto. Dios está presente, es este tesoro escondido. Es el Amor en mayúsculas. El mundo, nuestras vidas, nuestras relaciones, nuestros talentos, nuestros sufrimientos, la Iglesia… es incomprensible sin la presencia vida de Dios. Su amor, Su vida, Su Ley perece por la violencia. Los bautizados tenemos la gracia de saber no solo que Dios existe, sino que podemos buscarlo. En Jesús, Dios se acercó para que pudiéramos vivir de Él y por Él. Ésta es la gran riqueza de la Sagrada Eucaristía. Dios entre nosotros Dios por nosotros, Dios en nosotros. Es emocionante, vivificante, profundamente esperanzador. Es lo que me enraiza con mi ser cristiano.

Así como tenemos que vender todo para comprar el tesoro, tenemos todo para hacer para que la Eucaristía, la Misa, sea el corazón y la cumbre de nuestra semana, de nuestro día. En la Sagrada Eucaristía, Jesús nos pregunta en cada momento de la ceremonia: ¿Qué quieres que te dé? ¡Porque te regalo es amor !

¡Qué gran riqueza la de Dios! ¡Que humildad hacerse presente en un trozo de pan! ¡La Santa Misa dominical, como todas las misas, es el el reino de los cielos en la tierra. Es la presencia viva de Dios que actúa, que prosigue su obra de santificación por el Espíritu Santo

Hoy a la Santa Misa dominical voy a acudir especialmente con el corazón abierto al encuentro de ese Dios amoroso, tierno, misericordioso, paciente, que no cesa de echar la red y que espera que quede atrapado por ella. A Dios no le falta nada, pero Su amor es dado y Él sabe que le necesito. Y lo sabe porque Él es el poder de la vida. Es el que da crecimiento humano, vital, espiritual. Acudiré con el corazón abierto para que Dios continúe su obra en mi. Para que sea capaz de difundir la vida y el amor del Señor a través de ser cristiano, para seguirle desde mi fragilidad camino hacia la santidad, para seguirle como amigo de Dios, testigo de Jesús, apóstol de la Iglesia. Aspiro al cielo y llegar a él tiene mucho que ver con poner en práctica el amor.

¡Señor, te doy gracias por la Eucaristía porque es el gran regalo de tu presencia amorosa! ¡Te doy gracias porque hoy especialmente, como cada día, podré saciar mi hambre de Ti acogiéndote en mi interior, abriendo el corazón! ¡Gracia, Señor, por este amor tan grande que te hace entregar la vida rememorando tu sacrificio y tu Pasión! ¡Gracias por el Amor eterno, por tu entrega vivificante, por tu enseñanza de morir por amor al que amas! ¡Gracias, Señor, porque en cada Eucaristía me enseñas que el amor es lo importante, que la vida tiene sentido desde la apertura del corazón, desde el amor entregado, desde la caridad sincera! ¡Gracias, Señor, porque tu presencia en la Eucaristía es un regalo de amistad muy valioso, es el encuentro unificador contigo, es la invitación a acogerte para darse a los demás! ¡Gracias, Señor, porque en cada Eucaristía me transformas, me renuevas, me santificas! ¡Gracias, Señor, porque puedo buscarte cada día! ¡Creo firmemente en Ti, Señor; creo en tu amor infinito; creo en la Eucaristía como centro de mi vida cristiana; creo en Ti y te adoro en la Sagrada Hostia! ¡Confieso, Señor, que tu amor es una invitación a crecer como persona! ¡Gracias, Señor, porque en cada comunión siento tu amor infinito y misericordioso, tierno y acogedor; siento lo mucho que me amas, como quieres transformar mi interior, mi alma, mi corazón, como buscas mi corazón, como quieres penetrar todo mi ser con tu amor! ¡Y por eso te doy gracias, Señor, y te bendigo, y te adoro y te glorifico! ¡Concédeme, Señor, la gracia para recibirte dignamente y por medio de tu gracia celebrar el recuerdo de tu Pasión, cambiar para ser mejor, amar más, transformar mis pecados, acrecentar mi amor por ti y vivir siempre con el corazón abierto a la entrega, el servicio y la generosidad!  

Sentir en lo profundo la delicadeza de María

Primer sábado de septiembre con María en el corazón. Me recreo en este día en la vida de la Virgen en Nazaret, para que sea espejo en mi propia vida. Esa vida ordinaria, sin aparentes momentos de emociones, sin destacar en nada, sin llamar la atención de los demás, pasando por completo desapercibida a los ojos del prójimo… Una vida oculta solo visible a los ojos de Dios, de san José y del niño Jesús. Entrega absoluta, generosidad cierta.
Vivimos un mundo donde la imagen es lo relevante, en el que se pone énfasis al que dirán de uno, al que pensarán de lo que hago y digo, lo mucho que se tiene que hacer para ser aceptado. Y ahí está María que te dice que no des importancia a lo ruidoso de la vida, que te alejes de la vulgaridad, que vivas en lo sencillo para resaltar las virtudes y crecer en la escuela de la santidad. En aquel hogar de Nazaret se aglutinan los valores sustanciales de la perfección del hombre y de la familia.
Hay un aspecto en la vida de María que es una escuela de aprendizaje. Su vida ordenada. En la familia de Nazaret imperaba el orden. El padre, san José, trabajaba en la pequeña carpintería ganándose el pan con el esfuerzo de su trabajo. En lo escondido del hogar estaba María organizándolo todo, poniendo cada cosa en su lugar, realizando sus labores cotidianas con amor de madre y esposa sin tener en cuenta fatigas y cansancios, placeres o intereses. En aquella casa se hacía todo a su debido tiempo. No importaba si una faena era más o menos agradable o costosa. No imperaban las inclinaciones personales, los intereses particulares, la desgana por enfrentar un trabajo más agotador. ¿No ocurre con frecuencia que uno trata de evadirse de lo que le cuesta, lo que no le apetece, lo que más le aburre…? Y allí esta el ejemplo de María dejando la impronta de que la constancia es el signo del amor. Y que de esa constancia depende mucho el orden que hay en la vida de cada uno.
Hoy miro a María con el corazón abierto y observo su constancia delicada, perfecta, armoniosa, entregada y generosa. Un constancia al servicio de Jesús y de los demás, una constancia impregnada, en lo grande y en lo pequeño, de auténtico amor.

orar con el corazon abierto

¡María, hoy sábado y todos los días, contigo a tu lado es más fácil aceptar mi cruz de cada día, en la que Cristo completa la oblación al Padre por mi y el resto de la humanidad! ¡María, cuando lleguen los momentos de cruz no permitas que me lamente, no dejes que me rebele, no permitas que proteste a Dios, no permitas que desfallezca! ¡Cuando lleguen esos momentos, María, que los acepte con amor, sin pretender entenderlos porque no hay explicación alguna para esa salvación, al modo de Dios, que se cumple en el escándalo de lo aparentemente absurdo! ¡María, dame la fuerza para ver mi cruz no desde ese lado humano sino desde una perspectiva sobrenatural! ¡María, que mi pobre corazón no se canse nunca de adorar esa Cruz de la que pende tu Hijo amado y permanezca siempre fiel a ella! ¡Ayúdame, María, a ser delicado en las cosas de la vida y en el servicio de a los demás!

Lo que me confiere la fe

Si uno pretende vivir conforme a sus convicciones y sus creencias, de acuerdo con su fe, no debe sorprenderse verse rodeado de indiferencia, crítica, menosprecio e, incluso, cierta hostilidad. Allegados se enervan porque los medios de comunicación menosprecian los valores cristianos, desligitimándolos con críticas cerriles. No me molesta que me vean como alguien de otro tiempo por expresar mis creencias cristianas y mi fe. No me desalienta que me señalen o me menosprecien. Al contrario. Me fortalece. Es una señal identificativa de que soy fiel a ese Cristo que también fue perseguido. A ese Jesús cuyo testimonio es símbolo de Cruz y de Amor.
Doy gracias cotidianas por mi fe. Una de las características de la fe viva es pagar con la propia vida la dimensión de la cruz. En eso se resume el amor.
Mi fe me otorga el valor y la fortaleza. Mi fe me confiere la esperanza y la confianza. Mi fe me sostiene en el testimonio y en la exigencia de la vida. Mi fe me compromete. Mi fe me reafirma en la Palabra. Me fe me ayuda a enfrentarme con valentía ante los juicios de los demás. Pero mi fe también me permite profundizar en mis culpas, esas que pueden ser causa de juicio por aquellos que no creen y que ven incoherente mi testimonio de vida, la mayoría de las veces pobre pero voluntarioso.
Mi fe me hace sentir que con Jesús nada puedo temer. Que Él está siempre a mi lado, me ama. Que configurándome en su voluntad todo lo que me suceda me alejará de cualquier temor e inquietud. Mi fe elimina de mi interior cualquier temor porque siento que es la respuesta amorosa y confiada a Dios que viene a mi encuentro. ¡Tengo fe, pero busco que el Señor la fortalezca cada día!

orar con el corazon abierto

¡Señor, ayúdame por medio de tu Santo Espíritu a fortalecer cada día mi fe para vivirla como una experiencia de amor, de gracia y de gozo! ¡Ayúdame a descubrir cada día la alegría de creer y sentir el entusiasmo de transmitirla a los demás! ¡Que mi fe, Señor, sea una fe viva, en comunión con tu Santa Iglesia, participada activamente, vivida en el servicio y el amor al prójimo, como parte intrínseca de mi ser cristiano, como Tú nos has enseñado! ¡Concédeme la gracia, Señor, por medio de tu Santo Espíritu de avivar mi fe con el testimonio del amor y la caridad! ¡Señor, te entrego mis miedos para que con fe los conviertas en esperanza y confianza en TI! ¡Señor, te entrego mis dolores y mis sufrimientos para que con fe los conviertas en una manera de crecer humana y espiritualmente! ¡Señor, te entrego mis debilidades para que con fe me permitas crecer en responsabilidad y madurez! ¡Señor te entrego mis faltas de carácter, mi orgullo y mi soberbia para crecer en humildad! ¡Señor, te entrego mis sinsabores y mis desconciertos para que con fe les des serenidad! ¡Señor, sabes de mi compromiso contigo pero de mi fe débil y sencilla porque muchas veces me cuesta fiarme de Ti, haz que crea como el ciego de nacimiento, el centurión romano, la viuda pobre o la mujer que tocó tu manto! ¡Concédeme la gracia, Señor, de levantarme por medio de la fe para vencer mi mediocridad y mi pequeñez y unirme siempre a Ti!

La belleza de la comunión

Enfilas los pasos hacia el altar. Haces silenciosa e íntimamente tu comunión espiritual consciente de a quien vas a recibir.
Además de recibir al mismo Cristo en la Hostia Consagrada, el Jesús vivo y verdadero, de tomar su cuerpo y recibir en tu alma al mismo Dios, ¿Qué es comulgar para mi?
Comulgar es aceptar que ese Cristo que está dentro de mi espera un compromiso cierto, una fe firme y una esperanza viva. Es convertir mi vida en testimonio en mi entorno profesional, familiar y social. Es hacer presencia del don personal de Dios que es Jesús en la intimidad de mi corazón. Es profundizar en su Palabra y en su doctrina. Es hacer míos los valores del Evangelio. Es hacer santas mis aspiraciones personales. Es olvidarme de mi y entregarme al prójimo. Es hacer fecundas mis obras de caridad y misericordia. Es amar al prójimo sin componendas. Es amar a la Iglesia sin enjuiciarla. Es saber llevar la cruz cotidiana. Es respetar las opiniones de los demás y no menospreciarlas. Es hacer de mis alegrías y tristezas, de mis éxitos y mis fracasos, de mis ahogos y mis esperanzas una alabanza permanente. Es convertir mis palabras, mis pensamientos, mis actos y mis sentimientos en una unidad con Cristo. Es tener el valor de condenar la injusticia y enfrentarse a la verdad. Es no tener miedo de levantar la voz por Cristo. Es perdonar al que te hiere.
Comulgar es para mi transformarme en Cristo, para que Cristo viva en mí y yo en Él y en Él para los demás. Comulgar es comprometerme de verdad por su causa y la de mi comunidad.
Comulgar es amar a Jesucristo para atraer su espíritu y sus gracias y obtener de Él, como de su origen, las virtudes que me son necesarias. Es respirar sin contención el espíritu. los sentimientos de Cristo.
Para mi comulgar… es amar.

orar con el corazon abierto

Que puedo decir yo que no se diga en esta bellísima oración de san Ignacio de Loyola:

Alma de Cristo, santifícame.
Cuerpo de Cristo, sálvame.
Sangre de Cristo, embriágame.
Agua del costado de Cristo, lávame.
Pasión de Cristo, confórtame.

¡Oh, buen Jesús!, óyeme.
Dentro de tus llagas, escóndeme.
No permitas que me aparte de Ti.

Del maligno enemigo, defiéndeme.
En la hora de mi muerte, llámame.
Y mándame ir a Ti.
Para que con tus santos te alabe.
Por los siglos de los siglos.
Amén.

Nacer de nuevo

«Tenéis que nacer de nuevo». Estas palabras que salen de los labios de Jesús tocan profundamente mi corazón. Pero… ¿cómo es posible nacer de nuevo? Profundizas en tu vida, en tus actos, en la manera en que te relacionas con los demás, lo que sientes y como te comportas y comprendes que muchos de tus criterios están dirigidos por un corazón viejo. Cada día es necesaria una transformación interior. ¡Con cuánta frecuencia vivo según los criterios del mundo y no según los criterios de Dios!
¿Y cómo puedo saber si mis criterios son parte del hombre viejo que transita por la vida? Con un profundo examen interior, analizando si detrás de todas las decisiones de mi vida —las más sencillas y las más grandes— están impregnadas de la voluntad de Dios.
Existe un abismo profundo entre esos valores en los que creemos y lo que realmente mueve nuestra vida tan condicionada por el qué dirán, por lo que pensarán de mi, por mis propios intereses y comodidades, por la ambición por tener o poseer, por no perder el prestigio social…
Ser cristiano es vivir como Cristo vivió; es hacer y actuar como Él hizo y actuó; es evitar lo que Él evitó. Ser cristiano es un camino vital. Es ser discípulo verdadero de Cristo, intentar vivir según su ejemplo y su Evangelio. ¡Y tantas veces mi vida se aleja de esta realidad! Cuando esto sucede dejo de ser luz del Evangelio porque mis actos, mis palabras, mis sentimientos y mis pensamientos se alejan de los criterios de Jesús.
«Tenéis que nacer de nuevo». Esta invitación de Jesús es para vivir cada día renovado interiormente, guiado por el Espíritu. Vivir según el Espíritu. Descansar en el Espíritu. Dejarse renovar por el Espíritu. Buscar la voluntad de Dios desde la inspiración del Espíritu. Aprender a morir mi yo desde la gracia del Espíritu. Alejarse de mis autosuficiencias con la sabiduría del Espíritu.
«Tenéis que nacer de nuevo». Esta exhortación de Jesús implica que si me considero seguidor suyo debo tratar de parecerme cada día a Él, en mi manera de pensar y de vivir para ser diferente a como era antes. Y este proceso no es trabajo de un día; es el trabajo de toda una vida para, guiado por el Espíritu, «despojarme del viejo hombre», «revestirme de Cristo» y convertirse en un hombre nuevo.

orar con el corazon abierto

¡Creo en Ti, Señor, y te acepto en lo más profundo de mi corazón! ¡Quiero ser un fiel seguidor tuyo, apóstol del amor, la verdad, la esperanza y la caridad! ¡Quiero ser un cristiano auténtico, imitador activo tuyo, Señor, que has entregado tu vida por mi redención! ¡Anhelo revestirme de Ti, vivir como viviste Tu, Jesús! ¡Quiero, Señor, volver mi corazón al tuyo y creer en todo lo que has hecho por mí! ¡Quiero luchar cada día contras esas faltas y ese pecado que me aleja de Ti, Señor, para parecerme cada día más a Ti! ¡Quiero ser heredero del reino, Señor, y necesito de tu Santo Espíritu para transformar mi corazón! ¡Quiero ser santo, Señor, anhelo serlo de corazón! ¡Concédeme, Señor, la gracia de nacer de nuevo, de vivir de acuerdo con tu ejemplo! ¡Ayúdame, por medio del Espíritu Santo, a encontrarme contigo cada día para ser testimonio de luz en el mundo! ¡Mírame con ternura, Señor y envía tu Espíritu sobre mí, porque soy débil y frágil! ¡Señor, quiero nacer de nuevo y ponerme manos a la obra para, siguiendo el soplo del Espíritu, seguirte en cada momento! ¡Espíritu Santo renuévame, transfórmame, vivifícame, límpiame, sálvame!

Acoger la gracia

Lo analizas bien y te das cuenta que Jesús y su séquito fueron siempre percibidos como transgresores de la Ley, como personas peligrosas que atentaban contra la propia identidad del Pueblo Elegido. Esta percepción pudo haber sido muy perturbadora para los buenos judíos piadosos y observadores de su tiempo.

Sin embargo, Jesús y sus discípulos no transgredieron directamente la Ley de Moisés a pesar de que les reprochaban que no respetaran algo que no estaba recogido en la Ley. ¿Qué lección puedo obtener de todo esto en mi vida cristiana?

Que debo recibir con mansedumbre la Palabra sembrada: esto es lo que me permite salvar mi alma. Poner en práctica la Palabra, no solo desde la escucha, sino desde la acción, con una conducta pura y sin mancha o lo que es lo mismo, sirviendo, amando, entregándome al otro en su aflicción.

Esta es la gran lección. No con el fin de ofrecer una lección de moral sino como un valor insuperable, infinitamente más importante que evitar sufrir uno mismo el mal que se hace a los demás.

La ley de Moisés hizo que la humanidad diera un paso inmenso, pero lo que Jesús nos enseña no es inmenso,… es infinito. No enseña que en las profundidades del ser, desde dentro del corazón, cada uno debe evaluar su práctica religiosa de una manera totalmente nueva: no ante su propia conciencia, no ante los ojos de los demás, sino ante Dios, el Padre que nos ama.

Descubrir y aceptar que solo Dios puede convertirnos en seres puros es vivir en clave cristiana. El problema no es permitirse un gran ascetismo para volverse puro; sino aceptar dejarse purificar por Aquel que toma sobre sí el pecado del mundo.

Y Jesús sabe muy bien lo que está diciendo cuando nos invita a poner en sus manos todo el peso del pecado que habita en nosotros. Jesús sabe perfectamente lo que puede habitar un corazón humano: mala conducta, robo, asesinato, adulterio, codicia, maldad, fraude, libertinaje, envidia, difamación, orgullo, excesos. ¡Menuda lista! Te imaginas leyendo el periódico en el desayuno o escuchando las noticias de la radio. ¡Qué formidable peligro encierra un corazón humano! Jesús no es ingenuo, lo sabe bien. Ya nos advirtió que todo este mal viene de dentro y hace al hombre impuro. Y, sin embargo, no desespera por salvarnos. Jesús cree en el poder del amor. Cree que su amor por nosotros, hecho visible en la Cruz, puede salvar al mundo de este océano de impureza, estupidez y maldad.

Este es el resumen de nuestra fe. ¡Qué importante acoger esta gracia! Este el gran trabajo como cristiano: acoger la gracia; aceptar ser salvo de manera gratuita.

Y entonces me acuerdo de esta hermosa asombrosa frase de la Carta de Santiago que nos invita a recibir dulcemente la Palabra sembrada en nuestro corazón; es ella quien puede salvar nuestra almas. 

¡Señor, hay mucho ruido y demasiados voces a mi alrededor, demasiado activismo, exceso de estrés y de conformar mis necesidades, en busca de la intimidad personal para que la eficacia de mi servicio, de mi entrega, de mi darme esté presidido por un amor comprometido de verdad! ¡Ayúdame a acoger en mi ser y en mi corazón el sentido de tu Palabra, de tu Buena Nueva, para acoger lo bello que hay en ella, la verdad, la eficacia del amor, el sentido del darse, del aprender a participar de tu misma vida! ¡Concédeme la gracia, Señor, de que tu Palabra se haga presencia viva en mi propia vida! ¡Por eso, Señor, te ofrezco mi fragilidad, mi pequeñez, la pobreza de mi corazón que se quiere abrir cada día a Ti! ¡Te pido, Señor, que siembres en mi corazón tu Palabra de vida, de amor, de fe, de esperanza y acude a Ti para que envíes a tu Santo Espíritu con el fin de que la haga fecunda cada instante de mi vida porque Tu Palabra me da vida, me ayuda a afrontar los problemas y las dificultades, a seguir siempre hacia delante, me permite orar, meditar, acogerla en el corazón, suaviza mis penas y mis dolores, me reconforta cuando sufro, me ayuda a tomar decisiones y a aprender a discernir con sentido crítico! ¡Concédeme, Señor, la gracia de acudir siempre a tu Palabra para verme reflejada en ella y poder descubrirte en cada frase y con el corazón abierto tener un encuentro amoroso contigo!

En este mes de septiembre que hoy iniciamos nos unimos a la intención de oración universal del Santo Padre: Recemos para que los recursos del planeta no sean saqueados, sino que se compartan de manera justa y respetuosa.

La felicidad de ser feliz

La felicidad es una gracia inmensa. Para ser feliz son imprescindibles dos principios: saber qué es la felicidad y saber alcanzarla. Todos queremos ser felices. Todos necesitamos que nuestro corazón exulte de alegría. Un corazón alegre tiene paz, serenidad interior, esperanza… pero, en muchas ocasiones, la medimos mal porque no la alcanzamos por no saber qué es lo que más nos conviene. ¡Hay mundanidad que me aleja de la alegría!
Pienso en Dios. Lo inmensamente feliz que es. ¿Es feliz porque es el Rey del Universo? ¿por que conoce todo lo bueno? ¿por que tiene en sus manos la capacidad de lograrlo todo? Por todo esto y por algo más: porque Él es el Amor y todo lo ha creado por amor. Y nos ha dado a su Hijo por amor, el desprendimiento más grande en la historia de la humanidad.
Antes de crearlo todo, Dios ya era feliz. No creó la naturaleza, ni a los animales ni a los hombres para que le hiciésemos feliz si no para que pudiéramos ser partícipes de su felicidad.
Por eso la felicidad sólo la puedo encontrar en Dios. Y en Jesús. Dios me ha creado a su imagen y semejanza. Me ha creado para ser feliz. Me ha creado para compartir su alegría, su sabiduría y su felicidad. Si sólo Jesús me ofrece la felicidad, ¿para qué pierdo el tiempo buscándola fuera de Él!

¡Quiero ser feliz, Señor! ¡Pero quiero ser feliz a tu manera pero no como entendemos los hombres la felicidad! ¡Quiero ser feliz basándome en el amor, en el amor sin límites, en la entrega, en el desprendimiento de mi yo, en el servicio generoso, en la caridad bien entendida, en la paciencia de dadivosa! ¡Señor, quiero participar de tu felicidad encontrándome cada día contigo y desde ti con los demás! ¡Señor, me has creado para compartir tu alegría! ¡Envía tu Espíritu para que me haga llegar el don de la alegría y transmitirla al mundo! ¡No permitas, Espíritu Santo, distracciones innecesarias en mi vida que me alejan de la libertad y la felicidad de auténticas! ¡Señor, ayúdame a que encuentre felicidad en dar felicidad a los que me rodean, que abra mis manos para dar siempre, que abra mis labios para compartir tu verdad, y que abra mi corazón para amar profundamente! ¡Señor, sé que me amas y que deseas que yo sea feliz; acompáñame Señor siempre porque eres el autor de mi felicidad y la razón de mi existir!

Decepciones y adversidades que abruman

Con cierta frecuencia, la manera en que reaccionamos ante las decepciones llega a ser más debilitadora y dolorosa que esas desilusiones en si mismas. Conozco una persona que se pierde las alegrías de la vida porque no se recobra jamás de las decepciones que padece. Eso le provoca verse inmovilizada por su profunda amargura. Como no es feliz no transmite felicidad. Conozco también personas que viven con la carga pesada de un rencor contra familiares y amigos que, en su opinión, le menospreciaron o humillaron. Lamerse las heridas y no volver a confiar en alguien provoca profundas heridas en el corazón. He pasado alguna vez por esta situación.
Como también he sufrido grandes decepciones, trágicas desde el punto de vista personal. Y, con toda probabilidad, habré generado también grandes decepciones en muchas personas que me rodean. Pero los hombres tenemos siempre la posibilidad de elegir.
Ante una adversidad y de mi subsiguiente decepción siempre pienso que la vida sigue –y seguirá- a pesar del infortunio y la fatalidad. Se trata de esforzarse en aprender de lo sucedido y aceptar las cosas tal como son. Toda decepción es una enseñanza. Si las cosas no salen como está previsto, habrá que hacer lo previsto según las cosas. Si lo consigo, me resultará mas fácil trazar nuevos planes y crear estrategias nuevas de acuerdo con los cambios vividos por esa situación. Pero hay algo más profundo y vital que los creyentes no debemos olvidar nunca: que podemos encontrar consuelo en nuestra fe, confiar en la sabiduría de Dios y la corrección del plan que ha trazado para mi, que soy ese hijo al que el Señor nunca abandona. Es un camino no siempre fácil porque el abandono implica muchas renuncias pero compensa con creces porque la adversidad es más llevadera con la Cruz a cuestas.

¡Señor, hay día que no me son favorables, que son difíciles de sobrellevar, con tantas decepciones y tanto dolor! ¡Necesito de ti, mi Señor, porque siento que mi corazón se rompe y me falta coraje y valentía para seguir adelante! ¡Ayúdame, Señor, a que surja de mi corazón la fortaleza para amar porque es sencillo amar a los que me corresponden! ¡En estas situaciones, Señor, báñame en el río de tu Espíritu, porque cuando Tú no estás en mi me siento incapaz de conseguirlo! ¡Que no me falte nunca tu gracia, Señor, ni tu aliento, ni tus fuerzas, ni tu presencia! ¡Señor, Tu eres la Roca firme en la que puedo confiar! ¡Espíritu Santo ayúdame a ir a la oración no como un escape para liberar mi dolor sino en busca del Señor, el único que es eternamente fiel y el que me ayuda a superar toda decepción y todo dolor!