Te espero en Belén, Señor, con el corazón abierto

Todos recordamos bien estas palabras similares a las pronunciadas por el centurión romano de Cafarnaún: «Señor, no soy digno de que entres en mi casa pero un palabra tuya bastará para sanarme». Las rememoramos en la Misa, después de la plegaria eucarística, mirando la fracción de la Hostia consagrada que nos presenta el sacerdote antes de ir a comulgar. Cristo se hace presente en el altar. Antes de lanzar esta súplica nos hemos dirigido a Dios llamándole Padre y nos hemos intercambiado el don de la paz, el primer don que Cristo regaló tras Su Resurrección.
Corremos el riesgo de acostumbrarnos a esta frase de súplica —una bellísima profesión de fe, por otro lado— pronunciada con humildad extrema y confianza ciega por aquel oficial romano pagano y no corresponder interiormente a las palabras que pronunciamos. Estas palabras son la señal explícita de la fe de un hombre, un extraño para la casa de Israel, que reconoce la necesidad de salvación, no precisamente para él, sino para su siervo enfermo. Aquel hombre confía en Jesús, quien reconociendo y admirando su fe, le devuelve esa confianza con su intervención salvadora y sanadora.
En estos primeros días de Adviento, le pido al Señor que reviva esa fe en mi. Nadie es digno de Cristo, de su presencia, de su amor, pero todos necesitamos ser salvos y una palabra suya basta para sanarnos. Por eso de mi corazón surge este clamor que anhelo sea un señuelo durante todo el tiempo de Adviento: «Señor, Jesús, ven a mi vida; ven y no tardes. Y si vienes, Señor, me basta un signo, una mirada, una palabra o un gesto y mi alma sanará por tu intercesión. Te espero en Belén, Señor, con el corazón abierto a tu amor infinito».

 

orar con el corazon abierto

¡Señor, sabes bien que no soy digno de que entres en mi casa, en mi vida, aunque me hayas elegido como morada de Tu Espíritu! ¡Camino hacia Ti, Señor, sobrecogido por tu amor; voy a tu encuentro en estos días y te pido con sencillez por mis necesidades y por las de aquellos que me rodean! ¡Creo en Ti, Señor, y en la fuerza sanadora de Tu Palabra! ¡En estos días que van hacia la Navidad, Señor, ven a despertar mi corazón adormecido y agítalo del letargo en el que se encuentra! ¡Concédeme la gracia de escuchar siempre los susurros de tu Espíritu! ¡Señor, permíteme en este tiempo revivir mi experiencia de Ti, la vigilancia activa de mi fe para involucrarme en cualquier lugar donde se pisotee la vida, el amor, donde falte la caridad, donde se desprecie al ser humano, donde se amenacen las esperanzas! ¡En este tiempo de Adviento, concédeme el estar vigilante para preparar el triunfo final de tu Reino, que es el Reino del Amor! ¡Y aunque no sea digno de que entres en mi casa quiero prepararme para darte la bienvenida! ¡Ayúdame a caminar con alegría y confianza para que entres en mi corazón! ¡Inspírame los gestos para compartir tu amor, tu perdón y tu paz y dar a conocer a todos los que me rodean la Buena Nueva de que vienes a nuestro encuentro! ¡Señor, Jesús, ven a mi vida; ven y no tardes. Y si vienes, Señor, me basta un signo, una mirada, una palabra o un gesto y mi alma sanará por tu intercesión. Te espero en Belén, Señor, con el corazón abierto a tu amor infinito!

No soy digno de que entres en mi casa, cantamos con la Hermana Glenda:

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De la superficialidad a la coherencia

Vivimos, tristemente, en la civilización de la ligereza que genera respuesta fáciles, impulsos emocionales inmediatos, impresiones poco sopesadas, sensaciones efímeras. Hay demasiado estruendo en el corazón, en la mente, en el ambiente… que genera inestabilidad emocional. Por eso se hace tan difícil convertir el corazón pues la superficialidad impide ir a la esencia de las cosas. A lo trascendente. Somos superficiales en las relaciones con los demás y con las situaciones que nos toca vivir. Damos más importancia al envase que al contenido. Nuestra cultura está regida por la imposición de lo intrascendente donde solo importa lo inmediato. Ponemos más énfasis a las apariencias que al fondo humano y divino de la vida. Pero sin trascendencia lo esencial se evade y el corazón del hombre va dejando en el olvido aquello que es importante.
Cuando se vive en un estado de superficialidad humana y espiritual el corazón levanta un muro que hace imposible la interioridad.
La superficialidad nos impide penetrar en nuestro propio interior, nos convierte en seres inconstantes, mudables como veletas de la vida, caprichosos y cambiantes. El problema no es vivir superficialmente con la familia, con los amigos, con el entorno laboral o social sino con el mismo Dios. La superficialidad nos aleja de Dios porque el superficial, con el corazón endurecido, no puede abrirse a Su amor.
Cultivar la interioridad implica predisponer el corazón para el encuentro con el Señor. Esto implica que la persona ha de tratar encontrar el silencio para la escucha del prójimo y para escucharse a sí misma, discernir las virtudes y los defectos que atesora, y examinarse bien para saber qué siente y como piensa. Esta tarea es imposible desde la superficialidad porque sin un ápice de trascendencia uno está incapacitado para aprender las lecciones de la vida.
Vivir el vacío que genera la superficialidad no es fácil de gestionar. Pero cuando careces de vida interior, cuando no tienes una meta clara quedas sometido a merced del relativismo, a las modas pasajeras, a las respuestas fáciles, al vivir del oportunismo y huyes del silencio donde es posible escuchar el susurro del Espíritu.
Se trata de ser coherente, auténtico y verdadero para hacer de la vida un carpe diem permanente, con rectitud, con palabras y comportamientos sólidos, sin dobleces, sin contradicciones, sin doble vida o moral, diciendo lo que se siente, se cree y se piensa. Ser coherente es vivir con responsabilidad. Es no tener miedo a ir a contracorriente, haciendo las cosas desde la verdad.
Hermoso propósito para este tiempo de Adviento. Implorarle al Niño Dios que me otorgue siempre el don de la coherencia, que me conceda gozar de profundidad en nuestro vivir para siendo consciente de mi debilidad y mi pequeñez recibir el anhelo de vivir en la verdad, auténtico camino de conversión del corazón y alejar de mi vida aquellas dosis de ligereza y de superficialidad pues en Él todo es integridad y rectitud.

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¡Señor, en este tiempo de preparación a tu venida te pido que, bajo la gracia del Espíritu Santo, me otorgues la gracia de la sabiduría para ser auténtico y coherente en mi vivir cotidiano, alejado de toda superficialidad! ¡Que mis creencias y mis ideas no se vean entorpecidas por la ligereza en el vivir! ¡Concédeme, Señor, la gracia de vivir de manera recta, ser coherente con lo que pienso, lo que digo y lo hago! ¡A no tener miedo, Señor, a caminar contracorriente como hiciste tú, que antepusiste la verdad en tu actuar sin miedo al qué dirán! ¡Concédeme, Señor, la gracia de la sencillez, para vivir tal como soy, sin máscaras ni maquillajes que cubran mis contradicciones y mi falta de autenticidad! ¡Dame, Señor, por medio de tu Santo Espíritu, el don del equilibrio para llevar siempre una vida ordenada, sin engaños ni mentiras, sin críticas ni juicios ajenos! ¡Ayúdame, Señor, a ser siempre responsable, a no depender del qué dirán o pensarán de mi, de seguir lo que piensan los demás y tener criterio propio basado en la verdad! ¡No permitas que me deje llevar por las modas siempre pasajeras! ¡Dame, Señor, por medio de tu Santo Espíritu, el don de la rectitud para ser coherente en mis pensamientos y mis ideas! ¡Dame, Señor, el don de la humildad para reconocer mis fallos y mis errores y para no buscar con mis actos el reconocimiento ajeno! ¡Concédeme, Señor, por medio de tu Santo Espíritu el don de amar todo cuanto haga para implicarme en busca de la perfección y la santidad!

Escuchamos este bellísimo motete de adviento de J. G. Rheinberger, Prope est Dominus (Cerca está el Señor):

¿Qué espero de este tiempo de Adviento?

Hoy comienza el Adviento. Con frecuencia hay acontecimientos y sucesos que pasan involuntariamente desapercibidos. ¡En cuántas ocasiones se me ha olvidado el aniversario de un acontecimiento familiar o el cumpleaños de algún amigo! Sin embargo, tengo un acontecimiento marcado en el calendario de mi corazón: el día del nacimiento de Cristo. Es, para mí, el día más feliz del año. Es el día en el que el Niño Dios quiere cobijarse en el corazón de cada hombre para convertirlo en su propio hogar. Y esto es imposible si la rutina se afianza de mi vida, si no correspondo a lo que Dios espera de mí, si no estoy dispuesto a crecer en amor, si mi alma no se limpia con un examen de conciencia en profundidad, si no soy consciente de aquello que me separa de Dios. El Adviento es el periodo que tengo por delante para cambiar aquellos aspectos de mi vida que no caminan por la senda correcta. Es el tiempo para el encuentro con Dios que viene a visitarme, que quiere permanecer en mi, que quiere vivir para liberarme del mal y del pecado, que quiere librarme de todo a aquello que me impide ser feliz.
Jesús viene al encuentro. Estos días que restan para la Navidad —es curioso el tiempo que necesita nuestro corazón para ser consciente que ha de cambiar para recibir profundamente el regalo de Dios— es la oportunidad que la Iglesia me ofrece para la preparación del nacimiento de Cristo, aunque Él esté presente diariamente en las Escrituras, en la Eucaristía diaria, en el Santísimo Sacramento expuesto en tantas iglesias, en el prójimo que se cruza en mi camino, en las cruces que se cargan cada día, en mi lugar de trabajo, en mi familia… El Adviento es ese tiempo en que estoy invitado a estar presto a reconocerlo y servirlo viviendo la caridad, el sacrificio, la penitencia, la oración, la generosidad y el agradecimiento. ¿Percibo el nacimiento de Cristo como el mayor regalo de Dios Padre para la humanidad? ¿Estoy preparado para darle la bienvenida en mi corazón, en mi vida, en mi ambiente? ¿Arde mi corazón de esa alegría, paz y amor que cantan los ángeles en la Noche bendita del nacimiento de Jesús! ¿Encontrará el Niño Dios mi corazón confortable para acomodarse el día de Navidad?
Me propongo este Adviento dejar abierta la puerta de mi corazón para dejar entrar a Jesús.

orar con el corazon abierto mediacion

¡Señor, ¿qué espero de este Adviento?! ¡Te espero a Ti, tratando de que mi casa de mi corazón esté lo más preparada posible porque Tú eres un invitado especial pero, sobre todo, espero la salvación! ¡Esta Salvación es tu propia persona, Señor, que nos traes para salvarme del pecado y liberarme de esta incapacidad para amar! ¡Cuarenta días, Señor, tiempo que tengo para recibir en mi corazón el gran regalo de Dios! ¡Quiero prepararme bien, Señor, porque quiero darte la mejor bienvenida! ¡Anhelo que me encuentres limpio, impecable, luciendo de la mejor manera para que puedas morar en mi alma por siempre, para hacer de mi corazón tu morada cotidiana! ¡Que este tiempo de adviento se convierta para mí en una escuela de confianza y esperanza! ¡La esperanza de Tu venida, la esperanza de ver manifestarse la gloria del Cielo, la esperanza de tu regreso, la esperanza de sentir los cambios en mi corazón! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a abrir mis ojos a la esperanza, a quitarme el impermeable de la indiferencia para que todo cuanto suceda a mi alrededor toque mi corazón de piedra! ¡Ayúdame, Espíritu divino, a abrir los ojos hacia Dios! ¡Permíteme, Espíritu Santo, revivir de nuevo y ser capaz de ver con los ojos bien abiertos cuanto ocurre a mi alrededor, abriendo el corazón al prójimo en los que se manifiesta siempre el Dios que viene hacia nosotros! ¡Ayúdame, Espíritu de Dios, a preguntarme en este tiempo si soy capaz de reconocer a Dios en mi pareja, en mis hijos, mis compañeros de trabajo, en mis familiares, en mi colaboradores en la pastoral de la parroquia…! ¡Señor, que me encuentres bien dispuesto a acogerte para que tu presencia en mi vida de frutos abundantes y el Reino de Dios que nos traes reine en mi corazón y en el de todos los que me rodean! ¡Gracias por todo, Niño Dios!

Oración para el encendido de la primera vela de la corona de adviento: «Encendemos, Señor, esta luz, como aquél que enciende su lámpara para salir, en la noche, al encuentro del amigo que ya viene. En esta primera semana del Adviento queremos levantarnos para esperarte preparados, para recibirte con alegría. Muchas sombras nos envuelven. Muchos halagos nos adormecen. Queremos estar despiertos y vigilantes, porque tú nos traes la luz más clara, la paz más profunda y la alegría más verdadera. ¡Ven, Señor Jesús. Ven, Señor Jesús!»

Veni, veni Emmanuel, un breve motete para este primer domingo de Adviento:

Junto a María en el Adviento

Primer sábado de diciembre con María, Señora de la espera, en el corazón. Mañana comienza el Adviento, el tiempo que dedicamos los cristianos a la preparación para la venida de Cristo. ¡Y qué mejor manera de hacerlo que acompañados de María pues Ella, mejor que nadie, comprendió el significado de la espera paciente, humilde y esperanzada de la llegada de su Hijo!
Es Ella la que te enseña que Jesús permanece cerca del que le abre sinceramente el corazón, que permanece fiel a Él, el que le da un «sí» sin contemplaciones, el que acepta y se entrega a los planes de Dios. Eso es lo que hizo María convirtiendo su embarazo en una espera de amor inefable. María recibió en su seno a Jesús con su amoroso «hágase en mí según tu Palabra». Es el Adviento de María, la Virgen que te enseña a ser fiel a Jesús y a su Evangelio.
En esta antesala del Adviento, la figura de María recobra una gran relevancia porque hace posible entender cuál debe ser el papel de mi autenticidad cristiana en este tiempo de apertura a Dios y de alegría en la espera. El como vivir el adviento en mi propia vida.
María te enseña a darle al Señor un «sí» basado en la confianza, abierto al amor de Dios y al verdad del Evangelio. Te invita a la humilde escucha para aplicar en la propia vida la Buena Nueva de Cristo. Promueve la proclamación de la grandeza de Dios y su misericordia para ser conscientes de la importancia de dar y recibir con el corazón abierto. Te hace comprender la necesidad de vivir la caridad, la fraternidad y la comprensión del otro con grandes dosis de ternura —la de María, una ternura de Madre— para acogerlo con amor sin juzgarlo ni criticarlo y encontrar en él los mejores valores y virtudes. Te lleva a vivir una vida más contemplativa, más orante, más meditativa, para poder como Ella guardar en lo íntimo del corazón los misterios de Dios y los susurros del Espíritu. Te permite comprender que es en la cruz donde se sustenta el amor y que en el sufrimiento puede haber también mucho amor y mucha felicidad. Te acerca al descendimiento del yo para que, olvidándote de mi mismo, puedas darte a los demás siendo cercano a sus necesidades y sus anhelos. Te invita a proclamar el Magnificat cotidiano en tu vida alejándote de actitudes soberbias y orgullosas y dando paso a la humildad y a la sencillez, yendo al encuentro de los que más lo necesitan. Te ayuda a vivir con moderación y sobriedad estos días en que el consumismo lo invade todo tratando de compartir los bienes que Dios nos ha dado con aquellos que más lo necesitan.
Este es para mí el mensaje de María en este adviento. Convertirme en hijo de Dios por medio de la fe y de la espera, una espera alentada por el anuncio de la salvación. Una espera desde la pequeñez de mi vida sostenida por la fuerza del Espíritu, la amistad con Cristo, el compromiso con Dios y la compañía de María de la que en estos días puedo tomar sus mismas actitudes de confianza, agradecimiento, humildad y aceptación de la voluntad divina. ¡Feliz adviento a todos los lectores de estas meditaciones!

orar con el corazon abierto

¡María, quiero convertirme en un auténtico hijo de la espera, que lo espere todo de Dios con la valentía de la fe y la certeza de la esperanza! ¡María, concédeme la gracia de entrar en el misterio del amor, de la esperanza, de la paz del corazón y la alabanza para cantar con tu misma voz la grandeza de Dios que nos envía a tu Hijo! ¡Quiero seguir, María, tu ejemplo en la espera; que seas Tu mi modelo; ayúdame a prepararme vigilante en la oración y alegre en la esperanza para salir al encuentro de Tu Hijo! ¡Ayúdame a preparar el corazón para recibir las manifestaciones de su presencia en mi vida y acoger con alegría todas las gracias que Él quiera darme! ¡Predispón, María, mi corazón a la gracia del Espíritu para acoger con mi a ese Niño Dios que espera y ansía el encuentro conmigo! ¡Dame un corazón semejante al tuyo, María, para gozar de esa fe, esperanza y caridad que residen en tu corazón inmaculado! ¡Dame tu misma fe ejemplar, María, para creer con firmeza las verdades reveladas por Dios y ser capaz de responder a su llamada! ¡Permíteme pronunciar contigo, María, las palabras que dijiste al ángel, y estar así lleno de gracia para recibir a Jesús en esta Navidad y comprender el gran privilegio de acoger en mi vida los planes de Dios! ¡Concédeme la gracia de aprender de tu humildad y obediencia y ayúdame a confiar por completo en la palabra de Dios! ¡Ayúdame a crecer en el don de la escucha, del acogimiento, del meditar en lo profundo del corazón para dar frutos abundantes como pide tu Hijo! ¡Concédeme el don de la disponibilidad y la prontitud para acoger las cosas de Dios, comprometerme con Él,  abrirme a su infinita bondad y permitir que Jesús nazca en mi corazón, en mi familia, en mi trabajo, entre mis amigos y en mi comunidad eclesial!

Del maestro Johannes Ockeghem propongo escuchar esta hermosa antífona mariana Alma Redemptoris Mater, a 4 voces para el tiempo de Adviento:

Vivir con el peso del pasado es morir al presente

Una persona me comentaba hace unos días que se siente atrapada por su pasado, presa de sus actos de antaño. Mira hacia atrás con relativa frecuencia tratando de volver a un tiempo pasado para comprender la realidad de su presente, situación que le provoca un gran sufrimiento. Recordar el pasado con nostalgia es algo muy aventurado si no eres capaz de mitigar esa sensación de triste añoranza pues uno se acaba convertido en una especie de estatua de bronce sin alma. Las cosas del pasado no se pueden cambiar aunque sí aprender de los errores cometidos. Vivir del pasado solo te lleva a vivir una vida irreal, triste o desesperanzada. Lo hermoso es rememorar ese tiempo en que uno fue rescatado, ese momento de intimidad en el que Cristo se hizo presente en tu vida, ese instante de alegría que uno se sintió abrazado por la inmensidad de sus amor. Llevar en el corazón el sentimiento de gratitud plena de ese momento en que uno sintió la misericordia de Dios.
Vivir con el peso del pasado es morir al presente. Cuando vives en el pasado de manera continuada no eres capaz de afrontar los desafíos que la vida conlleva pues lo incierto te ancla y provoca un sentimiento de permanente inseguridad.
La grandeza de vivir en la fe, en la esperanza, en la confianza, en el poner todo en las manos amorosas de Cristo es que te acabas acostumbrando a recibir sus bendiciones, sientes cómo Él te cuida y por medio del Espíritu te da la fuerza que te falta. Te hace comprender que todo con lo que gozas es obsequio suyo. Por eso cuando regresas al lugar de donde fuiste rescatado, ese lugar de incertezas de dónde Él te arrancó es para abrazar la esperanza del presente; en ese retorno se es consciente de lo que uno es y donde se encuentra por la fidelidad del Padre que ama con un amor eterno. Eso te permite comprender también como Dios ha ido transformando paulatinamente tu propia vida, esa vida tan proclive al pecado, pero que por medio de su acción te puede permitir ser un alter christus, otro Cristo.
Hay un hecho irrefutable y es el poder que tiene Dios para anular los vestigios de nuestro pasado. ¡Cuando te unes a Cristo te conviertes en una criatura nueva! ¡Tu pasado, con todos los lastres, pecados y errores, queda en la cuneta del perdón y ese pasado pertenece a una vida caduca y pecaminosa mientras que en Cristo recibes una naturaleza nueva que, bajo la gracia del Espíritu Santo, te conduce a un futuro de victoria!

 

orar con el corazon abierto

¡Señor, gracias por todo el amor que derramas en mi corazón mostrándome todas las bendiciones cada día! ¡Gracias, Señor, porque provees tantas cosas hermosas que no se apreciar en el camino de mi vida! ¡Gracias, Señor, porque reparas mis fuerzas y me conduces por caminos de seguridad a los que quiero agarrarme! ¡Ayúdame, Señor, a abrirme a tu santa voluntad y a pisar con firmeza la roca de tu Buena Nueva, de Tu Palabra, de tu amor y de tu misericordia! ¡Concédeme, Señor, la gracia y la valentía de enfrentarme con valentía a esta batalla espiritual a la que se enfrenta mi corazón para rechazar lo que me ofrece el mundo para alejarme de Ti! ¡Ayúdame, Señor, a mirar siempre el presente y el futuro y alejarme de las tristezas del pasado y no dejarme arrastrar nunca por las pasiones, los recuerdos o los pecados que me gobiernan! ¡No permitas, Señor, con la gracia de tu Santo Espíritu, que me quede deslumbrado por las fascinaciones que ofrece el mundo y ábreme la puerta de tu corazón para que viviendo en Él sea leal a tus mandatos! ¡Derrama, Señor, por medio del Espíritu Santo, tu misericordia sobre mí y dame la fortaleza y la sabiduría para avanzar cada día, para levantarme cuando me siento derrotado; ayudarme a despreciar mis errores y corregir aquello que me desvía del camino y evita que mi corazón se selle con el egoísmo, la soberbia y otros defectos del alma que me alejan de ti y de lo demás! ¡Orienta mi camino, Señor, y por muchas batallas interiores que tenga que librar, aunque el mundo me convierta en el algo muy pequeño, permíteme caminar hacia Ti en que todo lo puedo!

Nos unimos a las intenciones del Santo Padre Francisco para este mes de diciembre:  Por los ancianos, para que sostenidos por las familias y las comunidades cristianas, colaboren con su sabiduría y experiencia en la transmisión de la fe y la educación de las nuevas generaciones.

Sublime gracia, cantamos en este primer día de diciembre camino hacia el Nacimiento del Niño Dios:

¡Misericordia quiero y no sacrificio!

«Si comprendierais lo que significa «quiero misericordia y no sacrificio», no condenaríais a los que no tienen culpa». Me impresionan estas palabras de Cristo. Hoy llegan a lo más profundo de mi corazón porque he abierto la Biblia en busca de una palabra y he comprendido la gran actualidad que tienen estas palabras del Señor. Pronunciadas hace más de dos mil años son de una rabiosa actualidad.
¡Misericordia quiero y no sacrificio! ¡Qué sencillo es condenar a alguien y que complicado es comprender su realidad! ¡Que difícil es ser misericordioso y cuánto cuesta perdonar! ¡Cuánta carencia de misericordia en el corazón que nos lleva a juzgar, condenar, criticar y minusvalorar al prójimo! ¡Nuestra falta de misericordia nos convierte en abogados de la «verdad», jueces estrictos de la ley, faltos de amor ante cualquier circunstancia o situación! ¡Cuánto vacío en el corazón que nos impide comprender a los demás y qué ceguera para mirar en nuestro propio interior! ¡Nos convertimos en «los intocables» de la verdad porque hablamos en nombre de la justicia pero en nuestras miradas falta el amor, en los sentimientos la comprensión, en las manos el acogimiento y en el corazón la misericordia!
Miramos al que ha errado, al que se ha equivocado o al que ha pecado con desprecio o indiferencia como si el pecador no pudiera cambiar nunca su comportamiento y tener que cargar de por vida con la culpa encima. Convertimos a muchos en leprosos sociales pero olvidamos que Jesús impuso sus manos sobre tantos enfermos de cuerpo y de alma, que hizo bajar a Zaqueo del árbol para entrar en su casa, que a la mujer adúltera le recondujo hacia el bien y tantos ejemplos que podríamos recordar. En todos los casos Jesús se acerca a ellos, personas vulnerables y estigmatizadas, para dignificarles gracias a su fe.
¡Misericordia quiero y no sacrificio! Hoy quiero llenar mi vida de la bondad de Jesús. Poner el amor en el centro de todo, que sea el corazón el que haga latir mi vida cristiana. Que la misericordia sea hija de mi amor por los demás. Hacer que mi corazón se llene de bondad, que mis actitudes y sentimientos, que mi forma de actuar y de sentir me convierta en alguien más compasivo y misericordioso. Entender que por encima de las normas está el bien del ser humano. Eso me impide crucificar al prójimo relegándolo en nombre de Dios porque por encima de la condena está el consolar, el atender, el aliviar y el perdonar.

orar con el corazon abierto

¡Señor, me dices misericordia quiero y no sacrificio! ¡Haz, Señor, que el error del prójimo lo mire con misericordia para demostrar que Tu te haces presente en mi corazón! ¡Quiero dar las gracias que recibo de Ti a los demás! ¡Yo te amo, Señor, y este amor que tu sientes por nosotros, tu misericordia y tu compasión quiero hacerla mía para darla los demás! ¡No permitas, Señor, que la rutina de mi vida y las normas abonen mi orgullo para ver solo lo negativo de los demás y que eso me impida responder a la vida llena de amor que nos envías por medio de tu Santo Espíritu! ¡Hazme comprender, Señor, que el fluir de la vida divina tiene su máxima expresión en el amor y la Misericordia que siento por los demás! ¡Ayúdame, por medio de tu Santo Espíritu, a expresar el amor hacia los demás de acuerdo con tu plan divino porque tu nos recuerdas que estamos hechos para las obras buenas! ¡Ayúdame a amar como amas Tu; haz que el Espíritu Santo llene mi vida y me otorgue entrañas de amor y misericordia! ¡Haz, Señor, que el Espíritu Santo me transforme para que mis ojos sean misericordioso, mis oídos sean misericordiosos, mi lengua sea misericordiosa, mis manos sean misericordiosas, mi corazón sea misericordioso y todo mi ser se transforme en Tu misericordia para convertirme en un vivo reflejo tuyo! ¡Que Tu misericordia, oh Señor, repose dentro de mí!

Del compositor escocés James MacMillan escuchamos su motete Sedebit Dominus Rex:

Dar valor a mi relación con Dios

El pensamiento de Cristo al contemplar la Cruz que le llevará a la muerte es que pudiera glorificar a su Padre. ¡Glorioso pensamiento porque es una invitación a que sea también el deseo de mi propio corazón!
Este es pensamiento que me invade hoy: ¿Por qué al levantarme cada día a pesar de dar gracias por la nueva jornada, ofrecer los acontecimientos que se me presentan, pedir por aquellos que me encuentre durante el día, entregar mi pobre persona mi ruego no es que Dios sea glorificado como cantamos en el gloria? En definitiva, en el trajín de la vida, entre las ocupaciones cotidianas, más sencillas o más complicadas, mi anhelo como cristiano debería ser que Dios sea alabado, bendecido, alabado, adorado y glorificado.
Con tantas gentes que niegan su existencia, con tantas decisiones de responsables políticos que tratan de borrar la existencia cristiana de nuestras sociedades, con tantas personas que rechazan a Cristo y huyen de la Cruz, Dios gusta de que su nombre pueda ser glorificado por lo que es, el Amor infinito.
¿Acaso no fueron estas las palabras de María cuando saludó su prima santa Isabel: Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios mi salvador!
Sabemos que ningún ser humano puede añadirle absolutamente nada a la gloria de Dios pero es mi obligación como cristiano proclamarla a la humanidad entera. En definitiva, le honro cuando le rezo en nuestras iglesias y lo adoro en mis plegarias, testifico con alegría la gran obra que realiza en mi vida y proclamo que su Palabra es santa cuando escucho las lecturas en la Eucaristía diaria y dominical.
Cada uno de mis pensamientos, mis actos, mis actitudes, mis sentimientos, mis palabras… es un motivo de dar valor a mi relación con Dios, mostrar que en mi propia sencillez puedo convertirme en un verdadero instrumento a su servicio y eso me exige glorificarlo en cada circunstancia de mi propia vida. En realidad cada uno es un instrumento al servicio de Dios y esto adquiere más dimensión cuando uno toma conciencia de que la gloria del Señor brilla sobre él.

orar con el corazon abierto
¡Padre bueno, mi alma se abre a Ti y se entrega Ti para que la penetres y la invadas con tu presencia, para que la llenes de vida, la conduzcas y la santifiques! ¡Te alabo y te bendigo, Dios mío! ¡Padre bueno, te glorifico con mi pequeña vida! ¡Te glorifico con el gran amor que siento por Ti! ¡Te glorifico, Dios mío, y exalto todos los atributos con los que te manifiestas como tu fidelidad, tu amor, tu majestad, tu poder, tu santidad, tu soberanía, tu magnanimidad, tu misericordia, tu gracia…! ¡Padre, tu me das la libertad de amarte y yo quiero hacerlo cada día con mi entrega generosa, con mi acción de gracias, con mi obediencia ciega, con mi fidelidad cotidiana, con mi servicio a los demás, con el despojo de mi mismo, con la aceptación de tu voluntad en mi vida! ¡Gracias, Padre, por todo lo que me das que no merezco! ¡Gracias, Padre, porque gozas con nuestro bien, porque deseas mi felicidad y porque me ofreces la vida en abundancia que es tu Hijo Jesucristo para que lo siga con su Palabra y lo vivifique diariamente en la Eucaristía! ¡Gracias, Espíritu Santo, porque iluminas mi vida y me haces tomar conciencia de lo que soy y de que todo lo que tengo es recibido de las manos generosas de Dios no para mi propio provecho, no para abusar de ello y emplearlo mal sino para dar gloria, para desde mi beneficio darlo a los demás, para que se cumpla siempre la voluntad en mi vida y para el bien común! ¡Quiero, Padre, glorificarte con mi propia vida! ¡Que mi relación contigo, Padre, este presidida por el amor, por la experiencia personal, por el gustar de tu presencia y beber de tu Espíritu! ¡Que mi alabanza no sean solo conceptos y palabras sino sentir en mi vida la emoción y el asombro de tu presencia, tu amor y tu misericordia! ¡Configurarme, contigo Padre, con Jesús tu Hijo, y con el Espíritu Santo, pues en esta Trinidad está el camino, la verdad y la vida!

Eres todopoderoso, le cantamos hoy al Señor:

Dios me llama, me elige y me justifica

El sentimiento de desánimo es consustancial a todo ser humano, es consecuencia de los pensamientos negativos que nos embargan sobre nuestra realidad. Es habitual sentirse atrapado por el desánimo cuando las esperanzas se ven frustradas, los proyectos caen como castillos de naipes o las expectativas se ven truncadas. La desilusión es la primera reacción que altera el ánimo. Cuando esta se eterniza y perdura en el tiempo puede llegar a devenir en profundo desánimo y parece que no haya cabida para la satisfacción o la alegría.
Cada uno es rehén de su propia vida. La manera de revertir esta situación depende de cada uno. Cuando te dejas hundir por la tristeza tu alma cae en la desolación y difícilmente puedes afrontar con valentía cualquier situación que se te presente.
La mente se resiente cuando el desánimo hace mella en el corazón. Y cuando más profundo es el desánimo mayor es también la ira que llena el arca del corazón. Así, es fácil verter la responsabilidad sobre Dios o sobre ser terceras personas sino a uno mismo.
No hay circunstancia más dolorosa que manejar de manera inconveniente una frustración porque mal llevada puede llegar a convertirse en motivo de desesperanza. ¿Cuantas veces mi frustración me aleja de los demás pues a nadie le apetece estar acompañado de un permanente quejica, de un amargado e, incluso, de un fracasado?
Dios no desea para nadie actitudes auto destructivas. Solo desea que uno confié plenamente en su misericordia, incluso cuando se vea asolado por los sentimientos más tristes y por las expectativas no cumplidas. Sabemos, además, que Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman, de aquellos que él llamó según su designio. Lo recuerda muy bien san Pablo en su carta a los Romanos.
Todo lo que sucede en mi vida es un regalo de Dios para cada día; mientras peregrino por este mundo busca que me asemeje cada día a Cristo. Este es el gran propósito por el cuál Dios me —nos— ha elegido, me —nos— llama y me —nos— justifica, por mero amor y por mera gracia. Lo impresionante es pensar que en la perspectiva de Dios Él ve el futuro de cada uno glorificado en la eternidad del cielo. Si Dios nos ha entregado a Cristo, ¡cómo puedo dudar de que no nos entregará con Él cualquier cosa para hacernos sus semejantes!
Por tanto todo lo que suceda a mi alrededor debo entenderlo como un regalo de la bondad de Dios. Es parte integrante del plan que tiene ideado para mi crecimiento personal, espiritual, familiar y social.

orar con el corazon abierto

 

¡Señor, ayudarme a comprender que todo lo que sucede a mi alrededor son regalos que Tú me haces, que todo forma parte del plan que tienes pensado para mí! ¡Señor, que cada una de esta experiencias las lea desde el corazón, desde la fe y desde la confianza! ¡Hazme, Espíritu Santo, comprender que Dios conoce la historia de mi vida y que no va a permitir si pongo por entero mi voluntad que me desvíe del camino! ¡Ayúdame, Espíritu de Dios, a vivir cada una de las experiencias cotidianas con la confianza de saber que siempre está la mano misericordiosa y amorosa de Dios! ¡Concédeme la gracia de leer la vida con espíritu crítico para darle la dimensión que merece, para entender y comprender mi propia realidad, para no quedarme en lo superficial, para dar lo mejor de mi en cada situación! ¡Dame la capacidad, Espíritu divino, del compromiso alcanzar lo que Dios quiere de mí! ¡No permitas que el desánimo me embargue antes los problemas y dificultades! ¡Ayúdame a asimilar las incertezas y ser consciente de que Dios me ama profundamente y conduce mi vida a pesar del sufrimiento y el dolor! ¡Hazme ver que cada situación que vivo es una bendición de Dios, un instrumento útil de su enorme misericordia para mi propio bien!

Y para levantar el ánimo, un ¡Celebra la vida!:

Ciudadano del cielo en la tierra

Cada día cuando escucho la Palabra de Dios en la Misa me surgen preguntas que cuestionan mi propia existencia, la realidad de mi propia vida. Las lecturas me llevan a una profundización de mi realidad como cristiano. Cuando centro mi atención en ellas en lo más profundo de mi corazón algo se remueve interiormente porque, de alguna manera, marcan parte de ese itinerario íntimo que delimita mi vida espiritual; me ayudan a crecer espiritual y humanamente y me sirven para orar después de la comunión. Aunque soy consciente de mi pequeñez en esa escucha trato de que haya un avance sereno y gradual hacia la santidad que tanto anhelo y de la que tan alejado estoy.
La santidad es la meta del camino del cristiano. Ser santo en esta vida no es sencillo. El corazón tiene excesivos apegos que te impiden progresar como realmente anhelas. Hay preguntas recurrentes que se plantea mi corazón: ¿es la santidad mi máxima aspiración? ¿A qué aspiro realmente en esta vida? ¿Me alejo con frecuencia de la Cruz de Cristo a consecuencia de mis aspiraciones terrenales? ¿Me marco ideales nobles y sueños y metas grandes? ¿Aspiro a ellas?
En ocasiones las respuestas son decepcionantes. Y lo son porque uno se deja arrastrar con frecuencia por la mediocridad y la falta de autenticidad aún cuando uno sea, como dice el apóstol Pablo, ciudadano del cielo.
¡Ciudadano del cielo en la tierra! Sí, caminamos por la vida terrera aspirando al cielo. Somos peregrinos y nuestro destino es la patria celestial. Pero esta noble aspiración no te impide dejar de lado las obligaciones y responsabilidades que tienes encomendadas. Cada uno debe mirar cuál es su meta. Disfrutar de las maravillas de esta vida, gozar de las cosas buenas que ésta nos ofrece, y ser conscientes de que la plenitud la disfrutaremos únicamente en Dios.
Así, el único que puede ayudarnos a cambiar nuestra vida es Cristo. Él es el que transforma nuestra condición humilde según el modelo de su condición gloriosa. Él es el que puede ayudarnos a borrar el egoísmo, la soberbia, la autosuficiencia y la vanidad, el considerarnos más que el prójimo, el que puede destruir la esclavitud de las pasiones mundanas y los apegos terrenales, la rutina, las envidias y los rencores… defectos todos que nos alejan de Dios y del prójimo.
¡Se trata de vivir lo que cada uno es verdaderamente: ciudadano del cielo! ¡Transformarse día a día hasta alcanzar el cielo prometido y este proceso comenzó el día mismo del bautismo!
Mi lealtad es para Dios, para el cielo. Y aunque soy consciente de que mi vida está hecha de arcilla, soy del mundo aunque cuento con la carta de ciudadanía del cielo. ¡Que esto me ayude a perseverar en la fe, fundada en fuerza del Espíritu Santo, en la humildad de Jesús y a perseverar como cuerpo de Cristo en la fidelidad de quien me llama a la gloria celestial! ¡Qué dignidad y que responsabilidad ser representante de esta ciudadanía!

orar con el corazon abierto

¡Señor, sin ti nada soy y nada puedo, nada valgo ni nada tengo; tu sabes que soy un siervo inútil pero quiero ser servidor tuyo pues soy ciudadanos del cielo! ¡Señor, hazme comprender que cualquier renuncia vital debe pasar por entregarme primero a Ti! ¡Señor, anhelo tomar opción por mí aunque muchas veces me desvíe del camino como consecuencia de mi tibieza y mi debilidad! ¡Envía tu Espíritu, Señor, para que me de la fuerza y la sabiduría para convertirme en un auténtico seguidor tuyo sabiendo discernir lo que es mejor para mi! ¡Señor, que no tenga miedo a las renuncias mundanas y que sea siempre consciente que ser cristiano implica renunciar a cosas que pueden ser importantes pero que tienen como fin la eternidad y el encuentro con tu amor! ¡Señor, que no olvide nunca que ser cristiano no permite dobleces sino que tiene una única verdad: el encuentro contigo! ¡Señor, hazme consciente de que la santidad es un mandato tuyo, que tu voluntad es mi santificación y no permitas que me conforme a los deseos que impone mi voluntad; ayúdame a ser santo en todos los aspectos de mi vida a imitación tuya!

Ciudadanos del mundo, cantamos hoy:

Hoy mi corazón proclama a Cristo como mi Rey

Hoy domingo en la Iglesia celebramos una de las fiestas más importantes del calendario litúrgico, la conmemoración de que Cristo es el Rey del universo y que su Reino es el Reino de la verdad y de la vida, de la santidad y de la gracia, de la justicia y del perdón, del amor y de la paz.
En este día mi corazón proclama que Jesús, aquel se hincó de rodillas como un vulgar servidor ante los apóstoles para lavarles los pies y que murió derramando su sangre por mí en la Cruz, es mi Rey y mi Señor. Hoy mi corazón proclama con orgullo que Cristo es mi Rey y mi Salvador, que llena mi vida con su divinidad y que me siento profundamente unido a Él, camino de verdad y de vida.
Hoy mi corazón proclama con alegría que ese Rey y Señor es la luz que guía mi camino y quiero alabarle por siempre, quiero exclamar a los cuatro vientos que a «Él la gloria y el poder por los siglos de los siglos».
Hoy mi corazón proclama que siento la Cruz como el signo paradójico de su realeza y que su ley es cumplir la voluntad del Padre por amor.
Hoy mi corazón proclama que estoy dispuesto a seguir siempre a ese Rey y Señor cuyo poder no es terrenal sino divino, el poder de dar la vida eterna, de liberarnos del mal y de vencer la muerte y el pecado. Que su ley es la ley del Amor capaz de transformar los corazones para llenarlos de paz, amor y esperanza.
Hoy mi corazón proclama que ese Cristo que es mi Rey y mi Salvador es el auténtico testimonio de la entrega y que su bandera es la de la verdad y de la justicia y que seguirle a Él no me garantiza la seguridad según los criterios arbitrarios de nuestra sociedad pero me garantiza la alegría de lo que soy y la seguridad de la paz interior porque Él anida en mi corazón.
Hoy mi corazón proclama que Cristo es mi Rey y mi Salvador y que se quiere gloriar en obedecer sus mandatos y seguir su Palabra porque el fin es vivir con Él en el cielo prometido.
Hoy mi corazón proclama que Jesús es mi Rey y mi Salvador y que anhelo impregnar toda mi vida de las enseñanzas de Su Evangelio, transitando por los caminos de la humildad y la sencillez y no por los del orgullo y el egoísmo; de la virtud y la comunión con el prójimo y no por la autosuficiencia y el egoísmo; del bien y la solidaridad y no la mentira; del amor y la justicia y no la falsedad y la arbitrariedad; del servicio desinteresado a los demás…
Hoy mi corazón proclama que Cristo es mi Rey y mi Salvador y que todo cuanto realice en esta vida tiene como finalidad llevar su reinado a la sociedad.
Hoy mi corazón proclama que Jesús es mi Rey y mi Salvador que implica que mi vida esté abierta al perdón y a la reconciliación, a la aceptación humilde y sincera de lo que soy y de lo que son los demás, del respeto a la diversidad, de la comprensión de la realidad del prójimo, del olvido de mi mismo para ponerme en la piel de los demás, de no importarme ser el menos valorado si soy capaz de ver lo atractivo que atesoran los demás.
Hoy mi corazón proclama que Jesús es mi Rey y mi Salvador y que esta afirmación no deseo que quede en palabras huecas y vacías sino que sean un auténtico compromiso de amor y fidelidad a Él.
Hoy mi corazón proclama con fe alegre y rotunda que Cristo es mi Rey y mi Salvador y que tuyo es el Reino, el poder y la gloria por siempre. Porque lo creo de verdad, porque creo que mi destino es la vida gloriosa en el cielo, la plenitud del Reino donde Cristo sentado en el trono de la Cruz me espera para compartir la felicidad de la vida eterna en la que yo, pobre instrumento de su amor, podré disfrutar toda la eternidad alabándole siempre a Él junto al coro celestial.

 

orar con el corazon abierto

¡Señor, te reconozco por mi Rey mi y Salvador y me comprometo a luchar como Hijo tuyo por la verdad del Evangelio, a procurar por mis medios el triunfo de la verdad y testimoniar tu realeza sagrada en este mundo! ¡Anhelo fervientemente, señor, que reines en mi  corazón! ¡Pero que reines de verdad! ¡Pero antes, Señor, ayúdame a reconocer mi pequeñez, mi miseria, mis bajezas morales, mi debilidad! ¡Límpiame con la fuerza de tu Espíritu para que puedas reinar en mi interior! ¡Espíritu de Dios, dame la fuerza necesaria para batallar cada día sin desfallecer! ¡Ayúdame a ser consciente de mi pequeñez! ¡Ayúdame a sentir con pena todo aquello que me aleja de Ti, del reino de tu Padre! ¡Ayúdame a contemplar las manchas de mi corazón para poder purificarlas en el sacramento de la confesión! ¡Oh Cristo Jesús! Te reconozco como Rey del Universo porque todo lo has creado Tú, utilízame para hacer el bien! ¡Y en este día, renuevo mis promesas del Bautismo, renunciando a Satanás, a sus pompas y a sus obras, y prometo vivir como buen cristian y muy en particular me comprometo a hacer triunfar, según mis medios, los derechos de Dios y de tu Iglesia!

En esta festividad de Cristo Rey, un regalo de la mano de J. S. Bach. Se trata de su cantata Herr Jesu Christ, du höchstes Gut, BWV 113, (Señor Jesucristo, supremo bien):