Rezando el Gloria

Hoy comienzo mi oración con el rezo del Gloria, deleitándome con cada una de las palabras que pronuncio porque aunque breve me lleva directamente al encuentro mismo con la Trinidad.
Y doy gloria al Padre y lo siento así porque es el Amor mismo, ya que lo que le motiva a actuar es el amor. Todo lo que hace, lo hace por amor; es el creador, la misericordia pura, es el Eterno, el principio y fin de todo, el mismo ayer, hoy y siempre; el absoluto, el que me otorga la gracia; el inmutable, el que me da la vida; el bondadoso que todo lo da, el magnánimo que todo lo perdona; es la sabiduría misma porque sabe lo que necesito para ser feliz y como es tan sabio me otorga buenos consejos a través de su Palabra; es ese Padre sabio que se preocupa por mi y nunca me abandona; es el justo que juzga con justicia y rectitud, el que lee en lo íntimo de mi corazón y no se deja engañar por las apariencias; es el Padre misericordioso y benévolo que actúa amorosamente con el que se arrepiente de corazón; es el que nos acepta sin importarle nuestra raza, nacionalidad, educación o posición social; por todo esto y mucho más elevo mis alabanzas a Dios. ¡Gloria siempre a ti, Dios mío!
Y doy gloria al Hijo, Jesucristo, mi salvador y libertador, el Mesías, el verdadero salvador del mundo; el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo; el ejemplo más claro de entrega por amor; es la respuesta total a la pregunta total del hombre, el que me otorga dos de mis grandes valores vitales: la libertad y el amor; es el que me enseña el Camino, la Verdad, la Vida; es la esperanza de la Resurrección; la Luz del mundo que guía cada uno de mis pasos; el Buen Pastor que me lleva por el rebaño de su Santa Iglesia; el Pan de vida del que me puedo alimentar cada día en la Eucaristía; la Vid verdadera que me permite dar frutos en la vida cotidiana; el que me enseña a aceptar los plan de Dios y seguir el camino de Jesús; el Maestro que me enseña a vivir con su Palabra; el Siervo que se entrega por los demás y me muestra el camino del servicio; el que afrontó la humillación, la corona de espinas y los ultrajes y me muestra el camino de la humildad; pero, sobre todo, es el Señor de mi vida. ¡Gloria siempre a ti, Jesús!
Y doy gloria al Espíritu Santo, consubstancial con el Padre y el Hijo, que con su don de amor para el mundo transforma mi vida; es para mí el Aliento del Padre; es la imagen visible de Dios invisible; es el Paráclito vivificador, que Dios me entrega sin merecerlo por medio de sus siete dones y las virtudes sobrenaturales; es la fuerza de mi vida que me abren a la luz nueva de la existencia; es el Espíritu de verdad que me permite comprender todas las cosas; es la fuerza de mi debilidad que me ayuda a levantarme cada día; es el espíritu de fortaleza que me permite ser firme en la fe y audaz en mi vida cristiana; es el aire y el viento que vivifica mi vida; es el Paráclito; es el Consolador de mi existencia; es el Espíritu de Verdad que hace cierta mi vida; es el Espíritu de la promesa, el Espíritu de adopción, el Espíritu de Cristo, el Espíritu del Señor, el Espíritu de Dios, y el Espíritu de gloria; es quien me santifica porque soy templo de Dios desde el día mismo de Bautismo; es el que está en el centro de tu alma y me llama a la santidad; es el que lleva a buscar la perfección de las virtudes y me hace dócil para seguir con prontitud y amor los designios de Dios. ¡Gloria siempre a ti, Espíritu Santo!
Y claro este Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo es desde el principio de mi propia vida, de mi existencia, de mi camino de fe, esperanza y caridad, desde el inicio mismo de la Santa Iglesia, desde el momento mismo de la Creación.
Y es en el ahora, en los problemas cotidianos, en las dificultades de la vida, en los contratiempos de mi trabajo, en las desavenencias con personas cercanas, en la enfermedad, en los momentos de gozo y de alegría, en el corazón mismo de la vida, en la felicidad de mi esperanza, en la fe que tengo, en el hacerme sufrimiento de los problemas de mi seres queridos, en la acción de gracias por todo lo recibido, por el haberme puesto a mi mujer y mis hijos en el camino, por mis padres, por mis amigos, por un largo etcétera que haría inacabable esta página…
Y es en el siempre porque la vida me lleva hacia la eternidad del cielo, porque la vida es principio y es fin pero sobre todo es la esperanza de llegar a disfrutar de la gloria eterna.
Amén.

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Hoy mi oración es simple y gloriosa, amorosa y exultaste, breve pero intensa: ¡Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo como era en el principio, ahora y siempre por los siglos de los siglos, amén!

Simplemente… ser

Cualesquiera que sean las circunstancias de nuestra vida, lo importante es ser. Y ser con todas las consecuencias. Agradecer a Dios como me ha hecho, con mis carencias pero también con mis virtudes. Mirarme en el espejo de la vida y no avergonzarme por mi pecado sino para corregirlo; no llorar por mis miserias y mis tibiezas, sino para secar las lágrimas que me ayudan a corregirlas; abrazar a aquel ser querido que amo pero que con mi comportamiento tantas veces daño; orar por la propia santidad, por ser mejor cada día, por los que amo y por los que me han hecho daño; agradecer sin cesar por los bienes recibidos pero también por las cruces que se presentan; alabar a Dios por las gracias recibidas. Ser para convertirse en luz que de esperanza, alegría, entrega. Ser luz, no importa que sea con una llamarada débil o intensa, para el prójimo, porque mientras las luz permanezca encendida iluminará la propia vida y la del que está cerca.
Cuando uno «es» desde la autenticidad su vida no transita en la mediocridad, en la medianía, en la simpleza… sino que nace cada día porque quiere ser mejor, más comprometido, más generoso, más caritativo, más de Dios.
Ser implica ser cristiano con todas las consecuencias, supone proclamar la fe que se profesa y expresarla en obras y sentimientos, palabras y pensamientos.
Ser es tratar de parecerse a Cristo en lo cotidiano de la vida. La santidad no es un camino sencillo, pero se trata de buscar a Cristo en todo lo que uno hace: en el orar, en el trabajar, en el interceder, en el compartir, en el perdonar, en el ejemplo, en el comprender, en el aceptar al diferente pero, sobre todo, en el amar.
Pretender ser otro Cristo es vital en la vida del cristiano, pero debe tener una manifestación real en lo cotidiano de la vida. La pregunta va directa al corazón: ¿Estoy en el camino correcto?

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¡Señor, aquí estoy con mi miseria y mi pequeñez tratando de parecerme cada día a Ti! ¡Ayúdame a ser un cristiano fiel, a tener una relación personal contigo que me ayude a crecer en santidad! ¡Fortalece mi fe en Ti, que te ame más, que sea más obediente a tu voluntad, ayúdame a tener una vida de unión espiritual contigo! ¡Concédeme la gracia de crucificarme cada día contigo! ¡Concédeme la gracia de vivir en cristiano siendo coherente con lo que pienso y que digo, perdonando siempre a quien me hace mal y pedir perdón de corazón a quien he dañado! ¡Concédeme el don de la generosidad y el servicio para ayudar al prójimo, a no creerme mejor que los demás, a no vivir en la mediocridad sino en la perfección del trabajo santificado, a no elevarme por encima de los demás sino vivir siendo sencillo y humilde! ¡Concédeme la gracia de levantarme cada vez que caigo, a llevar bordado en mi corazón el signo de tu amor, a aprender a sacrificarme y entregar mis sacrificios por Ti, a cumplir con mis obligaciones con alegría más que por el mero deber! ¡Concédeme la gracia de acercarme al que está alejado de Ti para hablarle de tu amor y de tu misericordia, para darle un poco de mi alegría cristiana, de mi fe amorosa y de mi esperanza cierta! ¡Concédeme la gracia de vivir siempre en gracia, de participar con amor en la vida de los sacramentos, de predicar el Evangelio con obras y acciones ciertas, de ser un cristiano sincero, honrado, entregado, generoso, humilde, paciente, compasivo y justo! ¡Ayúdame a ser, respetando al prójimo con sus cualidades y defectos miserias y virtudes sin discriminarlo por su religión, ni por su raza, ni por su condición sexual! ¡Concédeme la gracia de ser siempre justo y amar la justicia, no juzgar a nadie y buscar siempre el corazón del hermano! ¡Señor, me invitas a ser un cristiano auténtico y me cuesta porque soy débil y pequeño; pongo mi vida en tus manos para que con la fuerza del Espíritu Santo y el apoyo de María sea capaz cada día de parecerme más a Ti!

¿Quién soy yo para juzgar al prójimo?

Me doy cuenta como en ocasiones tomo la piedra. Y al apretarla con fuerza entre mis dedos siento la frialdad del mineral y la rugosidad de su textura. Siento como en ese apretar puede haber dolor o enfado, crítica o malestar, arrogancia o soberbia. No importa el qué, lo que importa es que va a ser lanzada contra alguien al que considero merecedor de un castigo. Pero también me doy cuenta que esa misma mano que va a lanzar ese pedrusco contra el prójimo es la mano que acaricia cada noche a su hijo pequeño, que pasea por la calle agarrado de la mano de su pareja, que prepara con delicadeza la cena en casa para la familia, que ayuda al necesitado en el hospital, que teclea el ordenador para escribir estos textos, que pasa las cuentas del Rosario cada día… es una mano que se mueve entrelazando el bien con el mal, la benignidad con la falta de benevolencia, la generosidad con la falta de magnanimidad, la afabilidad con la falta de indulgencia, la dulzura con el prejuicio.
Abro mis manos. Miro entonces las manos de Cristo clavado en la cruz. Manos que antes de juzgar dibujaron en el suelo. ¿Quién soy yo para juzgar al prójimo? ¿Quién soy para evaluar los errores del que tengo cerca? ¿Quién soy yo para dejar al descubierto la mancha del otro? ¿Quien soy yo para convertirme en el abanderado de los defectos ajenos? ¿Quién soy yo para juzgar a quienes por sus debilidades, olvidos o negligencia, causan prejuicios a otros? ¿Quién?
Me lo pregunto de otra manera: ¿Por qué esas manos no se abren para destacar sus virtudes? ¿Por qué cuesta rendir tributo a sus buenas acciones? ¿Por qué no ahondar en lo que hay de profundo en su corazón y resaltar esos valores que lo hacen único? ¿Por qué no buscar su bien, su aprendizaje, su progreso?
¿No comprendo que si actúo desde la cerrazón del juicio ajeno mi corazón —que se dice estar cerca de Cristo— se empequeñece? ¿Qué si mi actitud es de resaltar los fallos y las faltas ajenas hago añicos la humildad que predico? ¿Soy consciente de que si mis palabras o gestos sacuden con firmeza al prójimo me alejo de las buenas obras a las que aspiro? ¿Que si juzgo con dureza a mi prójimo me estoy erigiendo en su amo y estoy usurpando el lugar que le corresponde a Dios porque uno está llamado a considerar al otro mejor porque es cuestión de ponerse a su servicio en lugar de juzgarle?
No, no tengo derecho a juzgar al prójimo con firmeza. Las faltas que pueda encontrarle no prueban que yo valga más que él. Puedo sí, corregirle con la corrección fraterna. Pero nunca ante terceros. Jesús no nos invita a cerrar los ojos y permitir que las cosas se mantengan en el error sino que se ayude a los ciegos a que sigan su camino. Pero hace una denuncia taxativa a quienes juzgan y condenan. Quiere que se reprenda con paciencia y pedagogía, advirtiéndole como verdadero hermano, con moderación en el juicio. Sólo con caridad es posible un servicio semejante. Y entonces uno es capaz de ver de donde fue rescatado en su momento.
Y esa piedra que uno sostiene con firmeza para ser lanzada al prójimo, caerá de inmediato a los pies reconociendo que el amor se edifica en la comprensión porque el amor no es jactancioso ni orgulloso. No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor. El amor no se deleita en la maldad, sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta..

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¡Señor, solo tu eres el juez justo y condescendiente! ¡Me pides, Señor, que no juzgue a mi prójimo porque con la misma medida que yo mida a los demás seré juzgado! ¡Te reconozco, Señor, que es muy estrecha mi medida para con el prójimo y muy ancha para conmigo mismo! ¡Concédeme la gracia, Espíritu Santo, de sellar la comisura de mis labios antes de que éstos emitan un juicio rápido y terrible de cualquiera! ¡Señor, cambia mi corazón para que en lugar de juzgar pueda corregir con caridad, humildad y amor! ¡Señor, envía tu Santo Espíritu sobre mí para que me enseñe a ser humilde! ¡Ayúdame a vivir siempre en la humildad y la caridad, pensando en el bien de los demás y no criticando ni juzgando nunca! ¡Señor, cada vez que me coloque por encima de alguien, lo juzgue, lo critique o lo minusvalore, envíame una humillación y colócame en mi debido lugar! ¡Sana, Señor, por medio de tu Santo Espíritu mi alma orgullosa! ¡Señor, Tu que eres la esencia de la humildad y la caridad, tu que eres humilde y manso de corazón, te ruego que conviertas mi corazón en un corazón semejante al tuyo!  ¡Señor mío, concédeme la gracia de que todas mis acciones estén revestidas de amor, de equidad, de humildad, de misericordia, de magnanimidad, de perdón, de generosidad y de justicia! ¡Antes de juzgar al otro hazme ver mis propios fallos y errores y dame el don de corregir con amor, resaltando del otro sus virtudes y sus buenas obras! ¡Y sobre todo, Señor, enséñame a amar como Tú amas, a mirar como Tú miras, a perdonar como Tú perdonas, a actuar sin prejuicios como Tú actúas, a construir en lugar de destruir! ¡Te doy gracias, Señor, porque tu cercanía y tu amor me permiten comprender que solo la Verdad nos hace libres y que mi corazón henchido de tu amor y de tu misericordia me llenan de humildad y mansedumbre para ver a los demás con ojos de bondad!

Orar, callar y dar ejemplo

Regresaba el jueves por la noche después de unos días de viaje; para dirigirme a casa tomé primero el metro desde el aeropuerto y a continuación un autobús. En la parada me encontré a un conocido, jubilado, con el que coincido en el voluntariado del Cottolengo del Padre Alegre.
Hicimos el trayecto de 25 minutos en el autobús juntos y conversamos animadamente de varias cosas. Me contaba que desde que está jubilado disfruta haciendo el camino de Santiago, que realiza en varias etapas. Le tengo especial cariño porque en mis oraciones está presente una hija suya, consagrada, que vive en Roma.
En el trayecto me explicó la historia de un sacerdote de la congregación a la que pertenece su hija que vivió una tremenda experiencia en Siria. Allí, unas monjas fueron asesinadas por un fundamentalista islámico debido a que, pese a que ni las monjas ni los sacerdotes predican, con su ejemplo de servicio, de entrega y de amor al prójimo ofrecen un testimonio claro de oración y evangelización. Cuando el asesino fue detenido señaló: «Las he matado porque con su forma de actuar dan a conocer a Cristo». Vivir el evangelio en los gestos y las actitudes. En el bullicio del autobús, en aquel momento repleto de viajeros, momentos antes de bajar ambos en la misma parada y tomar direcciones opuestas mi acompañante remató: «Todo se resume en tres palabras: orar, callar y dar ejemplo».
Y añado: orar, callar y dar ejemplo para mirar en lo profundo y en lo hondo del corazón de uno mismo y del prójimo. Para hacer oración la conversación y el servicio, para entregarse y no pretender dominarlo, para crecer en el compromiso y la fe, para anunciar la Buena Nueva, para entender las necesidades del otro, para confiar en la voluntad de Dios. Orar, callar y dar ejemplo para afrontar lo inesperado de la vida, para abrir el corazón a las sorpresas que Dios te regala, para comprender que para Dios no hay nada imposible, para hacer luminosa la vida del que tienes al lado, para respetar su libertad sin manipulaciones ni recovecos. Orar, callar y dar ejemplo para no juzgar, para entender su realidad, para afirmar la realidad del Evangelio, para que la presencia de Dios se haga Palabra viva en la vida de las personas. Para asombrarme al experimentar que mi vida depende del Dios que es amor y pura misericordia a quien quiero contemplar, entender, alabar, adorar y seguir. Orar, callar y dar ejemplo para mostrar al mundo que vivimos en la realidad de nuestra vida testimoniando a Cristo. Orar, callar y dar ejemplo para afirmar la verdad de lo que creemos, aquello que rebosa en el corazón que ama a Cristo. Orar, callar y dar ejemplo para abrirse a la confianza de aquel que en su debilidad se hizo respuesta hace no mucho en el portal de Belén.
Orar, callar y dar ejemplo. Tan simple y a la vez tan de Dios. Tres gestos abiertos a la interioridad, la sencillez del corazón y a la entrega. Tres gestos que identifican el ser de Cristo en cada una de las páginas del Evangelio.

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¡Señor, creo profundamente en Ti, confío en Ti, te adoro, te bendigo y te amo, y quiero ser como Tu; ayudarme a ser alma orante, a aprender a callar cuando toque, a dar ejemplo siempre para que mis palabras, mis gestos y mis actitudes sean un reflejo tuyo ante el prójimo! ¡Señor, en tus manos pongo la pequeñez de mi vida, todas mis intenciones para que sean santas, te entrego todo lo que tengo en el corazón, pequeño y pobre, para que cuando se abra refleje lo mucho que te amo! ¡María, Madre de la esperanza, ayúdame a tener un corazón abierto a la oración, al silencio y al servicio; un corazón como el tuyo! ¡Hazme, Señor, ser auténtico testimonio de la verdad pero no de palabra y con grandes gestos sino con obra concretas que muestren que Tú vives en mi! ¡Envía a tu Espíritu Santo sobre mí para que con sus siete dones me convierta en testigo de la verdad! ¡Dame la gracia, Señor, por medio de tu Espíritu Santo de conocerte, de amarte, de experimentarte en cada instante de mi existencia, para darte a conocer por medio de mis acciones y de una manera cierta allí donde mis pasos me dirijan! ¡Concédeme la gracia, Señor, de ser testigo tuyo, siempre, sin miedo al qué dirán, sin temor a humillaciones; quiero ser lámpara, Señor, lámpara que ilumine el camino del prójimo que no te conoce, que te niega, que te rechaza, que está confundido, que busca o se interroga! ¡Concédeme la gracia de aprender a orar, callar y dar ejemplo para comunicarte a Ti que eres el Cristo vivo, la verdad y la vida!

Cansancio

El sábado compartí el día con unos amigos. Una amiga a la que quiero mucho me confía que se siente muy cansada. Y un amigo, poco después, me comenta lo mismo. Una de las palabras que más escucho de la gente últimamente cuando les pregunto como se encuentran es: «¡Cansado!». Sí, estamos cansados de los problemas, del trabajo, de los agobios, de las responsabilidades, de las prisas con las que vivimos, de las agitaciones cotidianas, de los desplazamientos, del trabajo que se nos acumula, de las cargas familiares. El cansancio invade cada uno de los resortes de nuestra existencia y cuando te sientes así estás más arisco, menos amable, menos comprometido, duermes peor. Oras menos.
Pienso en las veces en las que los evangelistas nos muestran en sus páginas cómo Jesús también se mostraba cansado. Y nutría sus cansancios de la oración y del silencio. Oración y silencio, en lo apartado de la vida, porque Jesús hacía de la oración un encuentro con el Padre, no importaba cuáles fueran sus circunstancias.
Los cansancios de Jesús eran similares a los nuestros: fatiga física, turbación ante la incredulidad de los que le acompañaban, contratiempos varios e inesperados, malos entendidos, soledad manifiesta, incomprensión de los que tenía cerca, fe tibia de sus compañeros de viaje, corazones como piedras de granito de tantos que le interpelaban…
¿Cuál es la actitud de Jesús y cuál debería ser la mía? Se define con una palabra femenina muy hermosa: Confianza. Esa que precisa la esperanza firme que se tiene en el otro. Confianza en Dios en quién puedes depositar todos tus cansancios. Confianza para no desfallecer. Confianza para coger fuerzas. Confianza para retirarte al silencio y ponerlo todo en manos del Padre, que es el descanso del alma. Y allí, tal vez turbado o harto de todo, es donde uno puede mirar su interior y dilucidar a qué se deben sus cansancios, sus conflictos, sus angustias, su falta de energía, sus pocas ganas de hacer las tareas, las ganas de tirarlo todo por la borda, de abandonar… Y, así, te puedes preguntar si esos cansancios son producto del propio voluntarismo, del confiar solo en las propias fuerzas y de la poca fe y confianza en el Dios sobre el que descansa cada alma del ser humano. Vivimos en sociedades en los que cada vez se nos exige más y desaprovechamos la oportunidad para tomar lo que la vida nos ofrece para vivir en plenitud. Sentirse cansado no es una obligación pero hay que aprender a encontrar las causas y poner solución para fortalecernos, vivificarlos y activarnos. El primer paso es hacerlo sencilla y humildemente con el corazón abierto a la confianza en la oración.

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¡Señor, enséñame siempre a descansar en Ti! ¡Concédeme la gracia de reposar mi alma sobre tu pecho para que la savia de la confianza vaya creciendo en mi corazón! ¡Señor, conoces de mis debilidades y mis cansancios, porque lees en lo íntimo de mi ser y sabes de mis dolores, de mi agotamiento, de mis penas, de mis angustias, de mis tristezas, de mis incomprensiones, de mis tibiezas, de todo lo que me provoca falta de confianza! ¡Concédeme la gracia de sostenerme en Ti y no en mi voluntad, porque eso me debilita! ¡No permitas que luche en vano y no dejes que nunca me dé por vencido porque necesito tu compañía! ¡Señor, hazme ver que mis cansancios son también pruebas que me ayudan a crecer, dame la visión para ver como cambiar las cosas, para enriquecer mi corazón y, sobre todo, para fortalecer con tu fuerza mi espíritu débil y temeroso! ¡Acompáñame, Señor, en mi activismo, en mi trabajo, en mis actividades cotidianas, en las relaciones con el prójimo, en mis agitaciones, en mis ocupaciones, en mis responsabilidades! ¡Acompáñame, Señor, en mis ansiedades, en mis preocupaciones, en mis tensiones, en la superficialidad de mi vida, en mis agitaciones y prisas¡ ¡Señor, te pido que pese a mis cansancios encuentre el tiempo para estar contigo, para contemplarte a ti y contemplar lo que me rodea, para orar, para encontrar la paz que me falta, para simplemente ser, para vivir con hondura y profundidad y vivir en plena armonía contigo y con los demás! ¡Ayúdame a enriquecer mi humanidad con tu presencia para que aprenda a afrontar mis cansancios con determinación y entereza, oración y fe! ¡Te pido, Señor, que tu amor se derrame sobre mi, que tu misericordia me inunde, que los desafíos que me agobian dejen de ser cansancios y se conviertan en un bien preciado que me haga crecer en la verdad! ¡No deseo, Señor, contravenir tus deseos pero te pido para todos aquellos que están cansados y agobiados por las circunstancias que le impone la vida espacios de paz, serenidad y tranquilidad y que sean capaces de encontrar todo ello en la oración! ¡Dales, Señor, la capacidad para superar los cansancios cotidianos y disfrutar de la vida con determinación, alegría y esperanza!

Que mi vida se transforme en Palabra de Dios

El mundo está repleto de buenas intenciones, pero nos falta profundidad, ahondar en lo auténtico. Solo basta ver como hacemos uso de los móviles para chatear o cómo es el discurso y lenguaje de nuestros políticos, de nuestras conversaciones, etc.
Observo ahora mi interior, el plano individual y personal de mi vida y me cuestiono si, como fiel seguidor de Cristo y, por tanto, aspirante a la vida eterna, construyo mi vida sobre bases sólidas. Si lo solidifico todo en roca firme o me contento con mera palabrería sin poner en práctica la verdad del Evangelio. Si me tomo la molestia de volver a las fuentes primarias de una vida que sigue a Jesús para que mi vida se transforme en Palabra de Dios. Y podría proseguir con cuestiones como vivo respecto a mi familia, mi trabajo, mi ocio, mi servicio al prójimo, mi vida apostólica, por poner solo unos ejemplos.
Lo que tengo claro es que Jesús me invita a construir sobre bases sólidas. Y esta invitación resuena con más fuerza hoy en nuestra sociedad donde la Iglesia conoce contradicciones e, incluso, persecuciones. Hago mío el mensaje del No tengas miedo que nos legó Juan Pablo II y ensalzó el Papa emérito Benedicto XVI.
Pero, ¿cómo y dónde reconocer en qué lugar se encuentran los cimientos sólidos y duraderos de mi vida? Jesús nos dice que en el corazón, el árbol mismo de mi vida. «Porque no hay árbol bueno que dé fruto malo y, a la inversa, no hay árbol malo que dé fruto bueno. Cada árbol se conoce por su fruto».
En otras palabras, debo mirar en mi interior. No solo mirar lo que hago, sino cultivar lo que soy para dar frutos.
De hecho, si quiero dar buenos y hermosos frutos, primero debo cuidar mi árbol interior, mi propio corazón.
¿No es frecuente creer que es necesario cultivar los frutos por uno mismo? Eso es absurdo. Cualquier jardinero dirá que son los árboles los que deben cuidarse. De hecho, los frutos son el resultado de la calidad, la bondad, la fuerza, la salud y la vitalidad del árbol. Es el árbol el que debo alimentar, proteger, podar, desgranar si lo que deseo es dar frutos abundantes.
Le pido al Espíritu Santo que me ayude a cultivar mi interior para que mi vida se transforme en Palabra de Dios. Que me ayude a prestar atención al ser, no solo al hacer. Que me haga amar más la Eucaristía, que solidifique mi fe, mi vida de oración, de servicio al prójimo, mi vida cristiana en general. Y que al nutrirme de su presencia y, sobre todo, del Cuerpo y la Sangre de Cristo, fortalezca mi corazón, mi ser humano y cristiano, que enderece lo que está torcido y que haga que en mi interior fructifiquen la semilla de amor para llevar una vida impregnada de santidad.

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¡Señor, envía tu Espíritu sobre mi corazón pobre para vivir muy unido a Ti y seguir tus mandamientos y para que mi vida se transforme en Palabra de Dios! ¡Señor, tu que me has dado la vida y la impregnas de tu amor y de tu misericordia, ayúdame a permanecer siempre unido a Ti para crecer en santidad y dar frutos abundantes! ¡Concédeme vivir unido a Ti con mis esfuerzos cotidianos, con mi vida de oración, con mi profesión de fe, con mi lucha por conseguir una sociedad mejor, con mi entrega por los demás! ¡Ayúdame a crecer en santidad, caminando contigo, compartiendo mi vida, mis bienes, mi esperanza, mis testimonio, mi fe a los demás! ¡Concédeme la gracia, Señor, de saber regar mi corazón con una vida de oración, recibiéndote cada día en la Comunión, despojándome de aquello que me aparta de Ti, sabiendo amar, no bajando los brazos y desalentándome cuando las cosas no me salen bien, cuidando mi interior, cuando vivo en fraternidad real con el prójimo que me necesita! ¡Que sea, Señor, tu Santo Espíritu el que me conduzca por los senderos de la vida, el que alimente y anime mi corazón, para dar abundantes frutos de amor, de paz, de misericordia, de perdón, de servicio, de generosidad, de paciencia y de felicidad! ¡Ayúdame, Señor, a ser auténtico discípulo tuyo y sea capaz de transmitir en mi vida la Buena Noticia de tu Evangelio porque quienes se acerquen a mi vean un corazón puro, generoso y servicial que refleje que Tu vives en mi interior! ¡Señor, haz que mi vida se transforme en Palabra de Dios!

El gran regalo de María

Primer sábado de febrero con María, la Madre de la mirada pura y hermosa, en el corazón. La Madre que Dios nos ha dado para acudir a Ella como puro don. Si lo miras bien, a Dios le gusta hacer regalos maravillosos. Regalos pensados para nuestra propia felicidad no para la suya. Obsequios que dependen del amor que siente de manera individualizada por cada ser creado por Él.
Pongo en la oración la multiplicidad de regalos por Él recibidos y son innumerables. Mi vida, mis padres, mi familia, mi mujer, mis hijos, mis amigos, mis benefactores que han aparecido en momentos determinados de mi vida, mi hogar, mi ciudad, mis talentos, mis capacidades e incapacidades, el colegio en el que me forme, los profesores que me acompañaron en mi crecimiento humano y espiritual, los sacerdotes que me han asistido, bautizado, confesado o acompañado, mi vocación cristiana, mi fe, mi amor por la Palabra de Dios, mi amor por la Eucaristía, la gente que he conocido, los lugares que he podido descubrir, los talentos que me ha dado y una infinidad más de regalos que no me cabe ahora enumerar pero que los tengo muy grabados en mi pobre y agradecido corazón.
Pero hay un regalo al que aprecio mucho, quizá el que más: el de amar a María, mi Madre, nuestra Madre. La Madre de Cristo. La Madre de Dios. La Madre de la mirada pura y hermosa. Le debo este amor a mi padre que me inculcó el vivir siempre en cercanía de María. A Ella le entrego mis planes, mi corazón, mi vida, mis súplicas, mis peticiones, mis anhelos y mis alegrías. Y obtengo réditos maravillosos por ello. Ella ha estado siempre caminando a mi lado incluso en aquellos momentos en los que, por circunstancias diversas, no daba la talla y estaba alejado de su Hijo. Ella fiel, amorosa, tierna, paciente, solícita, sufriente, misericordiosa, en silencio… permaneció allí como en las páginas del Evangelio. En la espera, cubriéndome con su manto. ¿No es este, por tanto, el mejor regalo que me ha hecho Dios?
Y de la mano de María he caminado hacia el Padre, hacia el Hijo y hacia el Espíritu Santo. Las tres personas que iluminan mi vida, que dan sentido a mi existencia, que glorifican mi pobreza humana y espiritual, que solidifican mi camino.
A María la llevo en lo más íntimo de mi ser, en lo más profundo de mi corazón y de mi alma, la siento cerca como una Madre amorosa, tierna y sencilla. De su mano me siento acogido, amado, sostenido, protegido, muy querido y, sobre todo, seguro.
Doy gracias infinitas a Dios por el gran regalo de María, por su protección maternal, signo de su profunda bondad.

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¡Gracias, Padre, por el gran don de tener a María como Madre! ¡Gracias porque me permites contemplarla en el corazón mismo de la Trinidad, modelo para mi vida, porque a través de Ella me siento vivamente hijo tuyo! ¡Gracias, Padre, porque por medio de María me siento hijo predilecto tuyo como Ella es hija predilecta tuya! ¡Gracias, María, por tu presencia en mi vida, por enseñarme a dar el sí a Dios, porque me muestras como vivir en clave cristiana, de acuerdo con los planes de Dios y como hijo de Dios! ¡Gracias, María, porque me abres los caminos de la vida, de la esperanza, de la humildad, de la felicidad, de la alegría, del servicio! ¡Gracias, María, porque nunca me has dejado solo! ¡Gracias, María, porque me invitas a ser misionero y discípulo de Cristo con todas las consecuencias! ¡Gracias, María, porque me muestras que ser cristiano es anunciar la buena nueva de Jesús! ¡Gracias, María, porque me muestras con tu corredención cuál es el camino de la cruz que tengo que aprender a llevar! ¡Gracias, María, porque eres Templo vivo del Espíritu Santo, y me muestras que por eso Dios quiso poner su morada en Ti, yo debo dejarme llevar siempre por las indicaciones del Espíritu sin temer los planes de Dios! ¡Gracias, María, porque estás siempre presente en mi corazón, en mi vida, en mis quehaceres cotidianos! ¡Gracias, María, porque teniéndote cerca me siento seguro, confortado, alegre, esperanzado, fiel a Cristo, acogido y, sobre todo, profundamente amado! ¡Gracias, María, porque me llevas a Jesús, luz que ilumina mi existencia! ¡Todo tuyo, María, siempre tuyo!

En este primer día de Febrero y de la mano de María oramos también por las intenciones del Santo Padre. En este mes es la escucha de los gritos de los migrantes. Recemos para que el clamor de los hermanos migrantes víctimas del tráfico criminal sea escuchado y considerado.

Me siento vencedor

Las pruebas que se nos presentan evidencian el crecimiento que Dios espera de quienes le aman. La victoria es parte de nuestra herencia e identidad en Cristo pues los cristianos somos vencedores por medio de aquel que nos amó. Uno de los grandes consuelos es saber que Dios pretende obtener lo mejor de ti para que tu vida brille con luz de la victoria. ¡Que importante entonces es permanecer en el Espíritu dejándolo todo en manos de Dios que es quien te entrega las armas para enfrentarte a la lucha cotidiana! En este sentido me siento un vencedor en Cristo.
Me siento vencedor cuando acepto que cada prueba que se me presenta es un camino para mi santificación y mi crecimiento personal. Cuando dejo que Dios moldee mi debilidad para transformarla interiormente por medio de la prueba.
Me siento vencedor cuando cada adversidad la convierto en testimonio para el crecimiento del prójimo no desde el victimismo tristón sino desde la madurez de la fe y la creencia en los valores del Evangelio.
Me siento vencedor cuando callo cuando soy despreciado, reprendido, olvidado, injuriado, humillado, puesto en ridículo, juzgado con malicia, no se me haga caso… me permite unirme a Cristo, el que calló ante el desprecio y la humillación de los hombres y fue exaltado por Dios en la cruz.
Me siento vencedor cuando en medio de las dificultades, obstáculos y contrariedades mi fe se sostiene y no se apacigua porque creo en la promesa de Cristo de mantenerse firme a mi lado.
Me siento vencedor cuando invoco al Espíritu Santo para que me otorgue sus dones santos para crecer ante las adversidades, para encontrar soluciones a los problemas que se me presentan, para dejarle a Él que tome el control de mi vida en medio de las dificultades. 
Me siento vencedor cuando en la oración me desprendo de mis soberbias y orgullos y me abajo para que sea el Señor quien en mi desnudez humana y espiritual me ayude a sostener la cruz cotidiana.
Me siento vencedor cuando no me encierro en mi mismo cuando las dificultades se adentran en mi vida y las descargo fielmente en las manos de Dios que todo lo puede y todo lo sostiene y es el Dios de los imposibles.
Me siento vencedor cuando en los días de prueba y tribulación mi confianza es plena en Cristo que no permite que mi humanidad flojee y me da la fuerza espiritual para llevar las cruces con entereza.
Me siento vencedor cuando soy capaz de ver como Dios se manifiesta en mi vida incluso cuando las pruebas parecen insuperables. No hay cruz que uno no pueda sobrellevar bajo el manto amoroso del Padre.
Ser instrumento inútil de un Dios vivo. Seguir los caminos de Dios y amarlo atado a la obediencia a sus mandatos, caminos y palabra. En medio de todos nuestros problemas, la confianza reside en que Jesucristo, quien nos amó, nos ofrece siempre la victoria total. ¡Qué consuelo y qué esperanza!

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¡Señor, confío en ti y sé que contigo la victoria está asegurada! ¡Me postro ante ti, Señor, porque el mal abruma la realidad del mundo volviéndolo cada vez más oscuro! ¡Concédeme la gracia de ser luz que brille para dar testimonio de tu Verdad! ¡Concédeme la gracia de mantenerme firme, con una fe fuerte para luchar contra las maldades del demonio, para llevar tu palabra y que resuene para anunciar tu victoria! ¡Señor, concédeme siempre la fuerza y la confianza para afrontar las dificultades, para no pararme y seguir dando pasos adelante en tu compañía! ¡Señor, tu eres mi roca y mi refugio, que nada me haga desfallecer ante las dificultades! ¡Tu me consideras un vencedor y lo creo con fe especialmente cuando no soy capaz de ver salida a mis problemas o un final cierto a mis dificultades! ¡Déjame, Señor, descansar en ti y obtener la victoria por la fe de mi corazón! ¡Pongo en tu manos a los que a mi alrededor sufren y no se sostienen en ti, los que no te conocen, los que están alejados de ti, dales buenos planes para sus vidas! ¡Señor, sé victorioso en sus corazones para que conozcan la riqueza y la fuerza que supone confiar en ti! ¡Abro mi corazón, Señor, para que la victoria en nuestras vidas se abra a través de la oración!

Orgulloso de ser seguidor del Dios amor

En un viaje que estoy realizando por razones laborales en Irán tengo asignado un traductor que, lógicamente, es musulmán. Las largas horas que pasamos juntos me permite dialogar con él sobre diferentes temas y también sobre nuestras creencias. Los hermanos musulmanes creen en Dios pero tienen una visión diferente a la nuestra.
Existen muchos obstáculos entre la religión musulmana y la católica, especialmente en relación a la persona de Jesús, que para ellos es uno de los numerosos profetas musulmanes —como lo pudo ser Moisés o Noé— que Dios ha enviado en su pacto con la creación; Jesús es un profeta que porta consigo un libro, el Evangelio, que nos identifica a los cristianos pero que los hemos tergiversado a nuestra conveniencia.
Fundamental es el dogma de la Trinidad.  Los musulmanes se consideran los únicos y verdaderos monoteístas. Como el Corán prohíbe relacionar otros dioses a Dios, los cristianos somos considerados politeístas que en el islam es un pecado que no se acepta ni se perdona.
Otra diferencia es el de la Revelación. Para ellos la Revelación es el Corán que fue dictado de manera sobrenatural y es el resumen de todos los Libros anteriores, en especial el de Moisés (la Torá judía) y el de Jesús (el Evangelio cristiano). Es decir que El Corán es Dios hecho libro. Para nosotros, la Biblia también es un libro inspirado pero que nos permite conocer en profundidad la figura de Dios hecho hombre, es decir, a Jesucristo.
Podría mencionar otras muchísimas diferencias como el sentido de la oración, de la libertad religiosa, de la razón y de la fe, de la encarnación de Dios en Jesucristo, de la salvación, de los signos de Dios, de la figura de María, de los sacramentos, de la condición de la mujer y un largo etcétera.
Pero para mí la diferencia abismal, y que me llevó ayer a largas disquisiciones con este traductor y, luego, con algunas de las personas que compartimos un ágape es que desde el prisma cristiano Dios es amor, y desde ese amor grande, perfecto, misericordioso, generoso, humilde incluso, busca la salvación del ser humano que Él ha creado. Y eso no se percibe así en el Islam que concibe el amor de Dios circunscrito solo para quienes creen y actúan de manera correcta.
No hay nada más maravilloso sentir en tu vida al Dios que es Amor. Es lo que nos diferencia de las otras religiones. Yo me siento lleno de ese amor de Dios porque es un amor incondicional, sin fronteras, que perdona, que te une a El como Padre. Y que por muy pecador que seas, por muy miserable que sea tu vida, por muy duro que tengas el corazón, nada puede separarte de ese amor incondicional que El entrega a espuertas. Y la mayor demostración de todo ello, es que nos dio a Jesucristo, su Hijo amado, para que muera por nosotros en la cruz para la redención del género humano. Pero hay algo todavía más hermoso, es que hay unos estrechos lazos de amor entre el Padre Creador y el Hijo Redentor antes incluso de la Creación del Universo.
Creo en Dios Padre, en Dios Hijo y en Dios Espíritu Santo y estas tres figuras unidas en una Santísima Trinidad remueven de lleno mi corazón. ¿Por qué? Porque no hay nada más sublime, reconfortante y hermoso que el regalo del Amor divino que un ser humano, pequeño y frágil como puedo ser yo, recibe sin merecerlo cada milésima de segundo de su vida de manera gratuita de esta Trinidad. Me ofrece seguridad, confianza, entereza, esperanza, alegría y gozo y me invita a orar con el corazón abierto para exclamar: ¡Gracias, gracias, gracias por tanto amor desbordado inmerecidamente sobre mí!

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Señor, ¡gracias por darme la fe! ¡Quiero llenarme más de Ti! ¡Quiero dejarme llenar de tu misericordia y de tu infinito amor! ¡Déjame sentirme acariciado por Ti, contarte mis cosas con confianza y con amor! ¡Cuánto me cuesta a veces concienciarme de que Tú eres mi esperanza, mi paz y mi vida, que eres todo Amor! ¡Señor, te ruego que no permita que me olvide de que me acompañas en todo momento! ¡Gracias, Señor, por tu amor infinito, porque me fortalece cuando me faltan las fuerzas, porque aumenta mi fe cuando las dudas me embargan, me consuela cuando me invade la tristeza, me levanta cuando caigo y peco, me escucha cuando te llamo, me serena cuando me siento intranquilo, me guía cuando estoy perdido, me endereza cuando tomo la senda equivocada, me ilumina cuando la oscuridad me invade, mi alienta cuando desespero, se alegra conmigo cuando las cosas funcionan! ¡Gracias, Señor, por estas siempre a mi lado! ¡Envíame tu Santo Espíritu para que me llene con tu presencia y sepa amar como amas Tu, sepa mirar como miras Tú, sepa sentir como sientes Tu!

Las redes de un pescador

Me encuentro en una ciudad costera iraní por razones laborales. Y, aprovechando que mi hotel se encuentra frente al mar me acerqué ayer a primera hora de la mañana al pequeño puerto de pescadores. Permanecí unos minutos mirando el horizonte dándole gracias a Dios por la vida, disfrutando de la sinfonía de las olas marinas rompiéndose contra los bloques de piedra que protegen el puerto y la cadenciosa oda musical de ese mar bravo que muere a orillas del rompeolas. Y absorbiendo el característico olor a salitre. Sintiendo el frescor del viento marinero.
Junto a unas barcas cuatro marineros curtidos por el arduo trabajo de la vida del mar conversaban sobre el tiempo que se avecina y de las rachas de viento que tal vez les impidan faenar en unos días. Uno trajina unas redes con parsimoniosa experiencia.
La voz del mar habla de una manera profunda al alma. En el mar la vida es diferente porque no está formada por horas sino por momentos. En el mar se vive según las corrientes las mareas y las corrientes esas que representan el dolor, la tristeza o los ahogos. Tal vez por ello, Cristo buscará en las orillas a los que iban a ser sus seguidores, a esos sencillos pescadores a los que convertiría en pescadores de hombres, que dejaron aparcadas sus redes y decidieron seguirle sin cuestionarse nada. Aquellos hombres, acostumbrados al sacrificio de la pesca, no pensaron que sus manos repletas de callos servirían para sanar corazones heridos, para abrazar almas desesperadas y para acariciar espíritus que anhelaban esperanza.
Viendo a estos marineros trajinar sus redes, remendarlas y prepararlas para su trabajo voluntarioso, mientras me deleito con la melodía que ofrece el mar, miro al cielo y le digo al Dios de la vida: «¡Señor mío y Dios mío, aquí tienes a este pequeño ser, ayúdame a aparcar las redes de mi comodidad para ir en busca de corazones que anhelan tu encuentro!».

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¡Señor mío y Dios mío, aquí tienes a este pequeño ser, ayúdame a aparcar las redes de mi comodidad para ir en busca de corazones que anhelan tu encuentro! ¡Ayúdame a remar siempre mar adentro del corazón del prójimo, de hacerme uno con él como tu haces conmigo! ¡A confiar como cuando tu le pediste a Pedro que remara mar adentro y echara las redes! A hacer de mi vida una vida entregada por amor al prójimo, a llevarle a donde tu habitas que es el amor, la esperanza y la misericordia. ¡Ayúdame, Señor, a ser un auténtico pescador de hombres, a ser yo mismo con mi propia barca, mis propias redes y mis pequeñas manos encallecidas por los sinsabores de la vida! ¡Ayúdame a hacer de mi vida la razón de tu apasionante misión: convertirme en un pescador de hombres! ¡Señor Jesús, en cada comunión diaria que pueda escuchar de ti que esperas que cuando mi red parezca vacía sea capaz de contemplar la obra de tu salvación! ¡Señor, Tú sabes lo mucho que te amo y también conoces de mi pequeñez y mi indignidad aunque también sé que confías en mi! ¡Ayúdame a llevar una vida coherente para que pueda cada día responder a tu llamada y ser capaz de anunciarte a los demás con un corazón lleno de Ti!