Me siento Iglesia

Respeto a los que dentro de la Iglesia ven siempre lo negativo. A los que buscan la crítica. La Iglesia la formamos hombres y los hombres somos pecadores. Para mí lo hermoso de la Iglesia es la comunión. En la Iglesia Jesús invita a la humanidad entera a volcar su fe, a creer en ella. La Iglesia es la esposa de Cristo. Compuesta por hombres y mujeres de carne y hueso, con corazones alegres o heridos, con esperanzas o frustraciones latentes. Cristo también fue hombre.
Yo me siento Iglesia. Sufro con muchas cosas que observo a su alrededor. Tampoco yo soy perfecto. Pero me siento Iglesia porque me siento parte de la comunidad trinitaria. Porque asisto cada día a las Bodas del Cordero, esa realidad misteriosa que es la Eucaristía que me llega de gozo y esperanza.
Dios nos ha creado para vivir en comunión con Él. Hay que rezar por la Iglesia, amar a la Iglesia, sentirse Iglesia. Pero cuando se rompe la unidad, el amor y la solidaridad desaparecen. Cuando la comunión entre los miembros se desmembra, la Iglesia deja de ser católica y es católica como decía tan bellamente el Papa Francisco porque es la casa de la armonía que sabe integrar la diversidad de cada elemento en la armonía de una sinfonía. Cuando restamos fuerza al mandamiento del amor, la Iglesia pierde su universalidad. Cuando el egoísmo y la crítica cerril se impone, Dios da un paso atrás y se ausenta. Cuando falla la caridad, deja de hacerse viva la experiencia del amor divino.
La comunión se debilita cuando desaparece la misericordia y el perdón. La comunión falla cuando desfiguramos la realidad de la Iglesia.
Yo me siento Iglesia porque es el camino del amor, de la entrega, de la paz, del perdón, del silencio en tiempo de tribulación, de llevar justicia, paz, verdad y misericordia al mundo; de amar hasta que duela; de servir sin pedir nada a cambio; de abrazar aunque no te abracen…
Me siento Iglesia en el momento mismo en que quiero ser el rostro de Dios en la sociedad, en mi ambiente familiar, social y laboral. Me siento Iglesia cuando trato de hacer míos los valores del Evangelio y acoger en mi corazón los pensamientos, los sentimientos y las acciones del Señor.
Me siento Iglesia cuando me alimento del pan de vida y de la sangre gloriosa de Cristo. La Eucaristía es el sacramento de la comunión fraterna. Por eso soy Iglesia porque unido a Cristo me uno al hermano en el mandamiento del amor.

orar con el corazon abierto

¡Padre bueno, me has llamado a formar parte de tu Santa Iglesia Católica, me lleno de gozo y alegría por formar parte de tu familia santa; llénanos de tu luz y de tu amor para profesar con alegría, autenticidad y caridad la fe que hemos recibido de Ti por medio del Espíritu Santo! ¡Danos, Padre de amor y de bondad, la fortaleza para afrontar las debilidades humanas y poner en valor las enseñanzas de Tu Hijo Jesucristo! ¡Hazme, Padre de misericordia, un cristiano fiel, servidor de la verdad, testimonio de amor en la sociedad! ¡Envía tu Espíritu, Padre, para que la unidad y la caridad reinen en el seno de la Iglesia y que la certeza de nuestra fe nos haga caminar juntos hacia un mismo ideal! ¡Bendice al Santo Padre, al que has confiado la misión difícil de guiar a la Iglesia y dótale de la sabiduría para que sea el guía que gobierne tu barca! ¡Bendice a los obispos y sacerdotes, cúbrelos con tu amor y tu gracia para que se conviertan en verdaderos servidores tuyos y con sus palabras y su servicio sean estímulo para que crezca nuestra fe; consérvalos en la santidad y dales perseverancia en su misión y hazlos comprometidos con su vocación! ¡Bendice a todos los laicos bautizados para que seamos luz en el mundo, sal que de sabor a la sociedad, levadura que fermenta en el mundo y agua que limpia corazones sufrientes! ¡Mantén unida a tu Iglesia, Padre, en una misma fe, esperanza, caridad y amor! ¡Únenos a todos en un mismo ideal y concédenos la gracia del amor y la luz del Espíritu Santo! ¡Te pido por la conversión de los pecadores y de los que no creen en Ti! ¡Gracias, Padre, por darme la fe, por ser miembro de tu Iglesia y por la hermandad de Jesús, tu amado Hijo!

Iglesia peregrina de Dios, testimonio de amor:

La piedad de María

Segundo sábado de agosto con María en el corazón. En este día me uno especialmente a la Virgen para aprender de Ella la profunda piedad que llevaba impresa en el corazón y que le permitía entender que todo en Ella era un don de Dios. María sentía en lo más profundo de su alma que su vida era una relación intensa de oración con el Padre. Todo se entiende ahondando en cada frase del Magnificat, el cántico poético que brotó de los labios de la Virgen.
Cuando la Virgen pronuncia el Magnificat no exalta la grandeza de ser la Madre del Mesías que redimirá al mundo, no se exalta a si misma como la más grande entre las mujeres, sino que da alabanza al Señor como parte integrante de su pueblo santo. Antepone a su yo una profunda espiritualidad. María enseña en esta profunda pieza que la oración es unirse al Padre, es hacerlo todo por amor a Dios y al prójimo, basarlo todo en la verdad sobre Dios y el hombre. María es consciente que en Ella todo fue un don de Dios que ha fijado su mirada en la humildad de una joven de Nazaret, en la profunda sencillez de su esclava
Solo así uno es capaz de comprender como es la piedad de María. Una piedad que es devoción por las cosas santas, unida al amor a Dios, que lo impregna todo de amor, misericordia y compasión en una entrega generosa y un hacer de la vida una ofrenda a Dios. Un alma la de María sencilla, humilde, serena y profunda. Un alma alejada de todo orgullo y soberbia. El alma de la Virgen es una alma piadosa que no necesita afirmarse ante Dios y que se manifiesta en hacer grandes incluso las cosas más pequeñas de la vida. Pero sobre todo, es la piedad que se une al misterio de Dios y que tiene su momento culminante a los pies de la Cruz. Allí, María ofrece sus sufrimientos de Madre para la salvación del mundo y Dios la premia con el honroso y venerable título de Corredentora de la humanidad.
Pero, sobre todo en María, su piedad indica su clara pertenencia a Dios en una intensa relación vivida desde lo más profundo del corazón; en una permanente amistad con Dios; en un continuo sentirse en presencia del Padre, en una autentica confianza filial con Él, con una enorme capacidad para dirigirse a Él con amor, humildad y sencillez. La piedad de María lleno su corazón de alegría, de entusiasmo, de amor, de generosidad, de paz… Es lo que le pido hoy a María: crecer en mi relación y comunión con Dios y volcar toda mi piedad en mi relación con Él y con los demás, para reconociéndolos como hermanos, llenar mi vida de la presencia viva del Señor convirtiendo mi vida en un cántico permanente de oración.

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¡Padre, gracias por darnos a María como Madre! ¡Gracias, Madre, por enseñarme el camino hacia el cielo! ¡Gracias por ser modelo de amor y de misericordia, de piedad y de oración, de humildad y sencillez! ¡Gracias, María, por ese amor que demuestras a Dios y tu Hijo que me enseña a ser también agradecido por todo lo que tengo y he recibido del Padre! ¡Gracias, María, porque a través de tu piedad y con la fuerza del Espíritu Santo me abres el corazón a la ternura de Dios! ¡Gracias, porque me haces ver la verdadera esencia de la oración, la experiencia de la pobreza personal, de lo importante que es vaciarse de sí para abrirse al Señor y a los demás, de la intranscendente de la vida si Dios no está en el centro! ¡Gracias, María por llena mi vida de tu experiencia de piedad! ¡Gracias, Maria, porque me haces comprender que poniéndolo todo en tus manos puedo también recurrir a Dios para obtener de Él su gracia, su ayuda, su misericordia y su perdón! ¡Gracias, porque tu delicada y amorosa piedad me ayuda a orientar mi vida de piedad y alimentar mi corazón con la dicha de la confianza y esperanza en Dios! ¡Espíritu Santo, te pido como hiciste con María, infundas en mi corazón el don de piedad para amar más y mejor, para convertir mi corazón en un corazón lleno de mansedumbre, caridad y amor como fueron los corazones de Cristo y María! ¡Ayúdame como lo fue María manso de corazón para llenar mi vida de bondad y benignidad y convertir cualquier acto de mi vida en un ejercicio de oración y de piedad!

Magnificat, el canto que dedicamos hoy a María:

Amargura en la decepción

Con cierta frecuencia, la manera en que reaccionamos ante las decepciones llega a ser más debilitadora y dolorosa que esas desilusiones en si mismas. Conozco una persona que se pierde las alegrías de la vida porque no se recobra jamás de las decepciones que padece. Eso le provoca verse inmovilizada por su profunda amargura. Como no es feliz no transmite felicidad. Conozco también personas que viven con la carga pesada de un rencor contra familiares y amigos que, en su opinión, le menospreciaron o humillaron. Lamerse las heridas y no volver a confiar en alguien provoca profundas heridas en el corazón. He pasado alguna vez por esta situación.
Como también he sufrido grandes decepciones, trágicas desde el punto de vista personal. Y, con toda probabilidad, habré generado también grandes decepciones en muchas personas que me rodean. Pero los hombres tenemos siempre la posibilidad de elegir.
Ante una adversidad y de mi subsiguiente decepción siempre pienso que la vida sigue –y seguirá- a pesar del infortunio y la fatalidad. Se trata de esforzarse en aprender de lo sucedido y aceptar las cosas tal como son. Toda decepción es una enseñanza. Si las cosas no salen como está previsto, habrá que hacer lo previsto según las cosas. Si lo consigo, me resultará mas fácil trazar nuevos planes y crear estrategias nuevas de acuerdo con los cambios vividos por esa situación. Pero hay algo más profundo y vital que los creyentes no debemos olvidar nunca: que podemos encontrar consuelo en nuestra fe, confiar en la sabiduría de Dios y la corrección del plan que ha trazado para mi, que soy ese hijo al que el Señor nunca abandona. Es un camino no siempre fácil porque el abandono implica muchas renuncias pero compensa con creces porque la adversidad es más llevadera con la Cruz a cuestas.

orar con el corazon abierto

¡Señor, hay días que no me son favorables, que son difíciles de sobrellevar, con tantas decepciones y tanto dolor! ¡Necesito de ti, mi Señor, porque siento que mi corazón se rompe y me falta coraje y valentía para seguir adelante! ¡Ayúdame, Señor, a que surja de mi corazón la fortaleza para amar porque es sencillo amar a los que me corresponden! ¡En estas situaciones, Señor, báñame en el río de tu Espíritu, porque cuando Tú no estás en mi me siento incapaz de conseguirlo! ¡Que no me falte nunca tu gracia, Señor, ni tu aliento, ni tus fuerzas, ni tu presencia! ¡Señor, Tu eres la Roca firme en la que puedo confiar! ¡Espíritu Santo ayúdame a ir a la oración no como un escape para liberar mi dolor sino en busca del Señor, el único que es eternamente fiel y el que me ayuda a superar toda decepción y todo dolor!

Adoramos, un bello canto para alegrar el día:

 

En sintonía con el Espíritu Santo

En el comienzo de toda oración invoco al Espíritu. «¡Ven Espíritu Santo para que pueda abrir mi corazón a Dios y ser sensible a su mensaje!». Es el Espíritu Santo el que te invita a rezar, quien te enseña los caminos de la oración, el que te sugiere las palabras que surgen de tus propios labios y de tu corazón para dirigirse a Dios. Es el Espíritu Santo el que te acompaña en la plegaria, rezando contigo y tu con Él. De hecho lo hacía siempre con el mismo Cristo. «En aquel momento Jesús se estremeció de gozo, movido por el Espíritu Santo, y dijo: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido» (Lc 21:10). O como dice san Pablo en la Carta a los efesios: «Elevad constantemente toda clase de oraciones y súplicas, animados por el Espíritu».
El Espíritu Santo ampara tu oración. El Espíritu Santo acompasa las notas de tu sintonía de oración. El Espíritu Santo aviva tu corazón. Sin la fuerza del Espíritu Santo, sin su gracia santificante, sin su estela de sabiduría, la oración se queda en medias palabras. La oración tiene fuerza, viveza, alegría, esperanza cuando brota directamente del Espíritu, dador de vida. Ya lo dice tan bellamente san Juan en el epílogo del Apocalipsis: «El Espíritu y la Esposa dicen: «¡Ven!», y el que escucha debe decir: «¡Ven!» Que venga el que tiene sed, y el que quiera, que beba gratuitamente del agua de la vida».
Encomendarse al Espíritu Santo, el Espíritu de Amor, es una recomendación del apóstol san Pablo que recuerda que el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad porque no sabemos orar como es debido; pero el Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables.
¡Ven Espíritu Santo, llena mi corazón con el fuego de tu amor y abre mi corazón al susurro de Dios!

orar con el corazon abierto

¡Espíritu Santo, Dios de infinita caridad, dame tu Santo Amor! ¡Espíritu Santo de piedad y dulce caridad lléname de tu sabiduría, de tu fuerza y entendimiento! ¡Espíritu Santo, fuente de luz, mándame tu Luz desde el cielo, ilumina mis actos y palabras, purifica mi alma y mi cuerpo y dame tu paz! ¡Espíritu Santo, Amor del Padre y del Hijo, perdona mis continuas infidelidades hacia la Santísima Trinidad! ¡Espíritu Santo, te adoro con toda humildad, te alabo con toda alegría y te bendigo con toda sencillez; en Ti busco amparo, protección y defensa para salir siempre victorioso de todas mis aflicciones! ¡Espíritu Santo, Dios eterno, cuya gloria colma cielos y tierra, iluminame, guíame, fortaléceme, consuélame y lléname de paz! ¡Espíritu Santo, ven y sana mi pobre corazón repleto de heridas, ayúdame a sobrellevar las adversidades de la vida y que tu misericordia sea mi seguridad y mi protección! ¡Espíritu Santo, Consuelo del alma, que tus santas inspiraciones me llenen para que vea claro, hazme fuerte para salir de cualquier situación, guíame y dirige mis pasos para que no cometa errores, y así, si es tu Santa Voluntad, concédeme el alivio y el consuelo en mis graves angustias, ayúdame en este favor en particular porque mis fragilidad no me permite avanzar por mi mismo! ¡Espíritu Santo, desde lo más profundo de mi ser y de mi corazón creo, espero y confío en Ti, sé que me acompañas cuando estoy débil, y estás a mi lado dándome impulso para seguir, sé que me guías por las mejores sendas, me iluminas y me inspiras con tus dones, sé que me otorgas tu Santo Amor para que no sufra y confío y espero que así seguirá siendo siempre!

Ven Espíritu de Dios cantamos dirigiéndonos al dador de vida:

Hacer concreta la experiencia de la Cruz

Tengo un profundo aprecio por la figura de Edith Stein, que ha pasado a la posteridad como santa Teresa Benedicta de la Cruz. Hoy celebramos su festividad. Hija del pueblo judío, conversa al catolicismo, murió como mártir en la infierno de Auschwitz —uno de los lugares donde más se ha abominado la maldad contra Dios y contra el ser humano— un día como hoy de 1942. Edith había afirmado que el amor al prójimo es la medida del amor que uno siente por Dios y así aceptó con entereza morir junto a sus hermanos judíos en las cámaras de gas.
En un día como hoy, rememorando la figura de esta santa de la que recomiendo encarecidamente la lectura de sus libros, uno comprende lo importante que supone en los momentos de mayor dolor acoger la misericordia de Dios en su vida. Edith Stein sufrió en  propias carnes el dolor y vio sufrir en las almas de sus compañeros de Auschwitz-Birkenau la más ingrata persecución contra la dignidad del hombre. Pero en el silencio de la noche oscura del dolor sintió la compasión y la misericordia divina. Su fe se mantuvo firme, su oración se mantuvo viva. Oró por todas las víctimas de la opresión y ofreció su sacrificio por los torturadores. Edith es el testimonio vivo del Evangelio del sufrimiento que hace experiencia concreta en el sentido de la Cruz. Ella apellidó su nombre con el signo de la Cruz, destino del pueblo de Dios. Con Edith Stein uno comprende que lo que realmente da la vida es participar vivamente de la Pasión de Jesús.
Santa Teresa Benedicta de la Cruz sufrió etapas diversas de creer y descreer, en un continuo debate filosófico por descubrir la fe pero, sobre todo, dio sentido a la redención en la Cruz. Su vida fue un continuo mirar hacia el Crucificado y desde esa mirada pudo recomenzar cada vez que su mundo se derrumbaba: la oposición de su ambiente familiar a su conversión, la imposibilidad de trabajar por su condición de judía, la injusticia de no poder acceder a una cátedra universitaria por ser mujer, la muerte martirial por ser fiel a Jesucristo…
Hoy, por voluntad de san Juan Pablo II, esta mártir de la fe es copatrona de Europa. Me ayuda mucho una frase suya tan profunda como esperanzada: «No aceptes como verdad nada que carezca de amor. Y no aceptes como amor nada que carezca de verdad».

orar con el. corazon abierto

¡Señor, gracias por el testimonio de verdad, amor y fe de santa Teresa Benedicta de la Cruz! ¡Gracias, Edith Stein, porque tu testimonio me ayuda a comprender el valor del testimonio en el sufrimiento y la necesidad de unir puentes entre las personas de diferentes religiones! ¡Señor, por la intercesión de santa Teresa Benedicta de la Cruz, ayúdame a crecer en santidad y amor, a comprometerme activamente en ser testimonio de verdad y libertad, que no acepte como verdad nada que carezca de amor y no acepte como amor nada que carezca de verdad! ¡Ayúdame, Señor, como hizo Edith Stein a ser testimonio de respeto, de entrega al prójimo, de tolerancia sin medida, de acogimiento desde el corazón a otros que piensan distinto de mi! ¡Ayúdame, Señor, a ser testimonio fe para construir una sociedad donde este impreso el signo de la fe, del amor, de la fraternidad, del respeto y la tolerancia! ¡Hazme comprender, Señor, que es en el Evangelio del sufrimiento donde te hayas presente! ¡Quiero mirar siempre la Cruz, Señor, estar unido íntimamente a Ti para que, con la fuerza de tu Santa Cruz, pueda consolar la aflicción del prójimo, llevar tu amor misericordioso al que sufre, mirar con tus ojos al que sufre! ¡Señor, ayúdame de hacer la oración y la Eucaristía el fundamento de mi vida, la experiencia de la cruz mi acción cotidiana y la confianza y mi abandono en Ti el sentido de mi existencia!

Cuando Dios calla, respuestas en una hermosa canción:

Un alma que contempla a Jesús

La fe me indica siempre que, a pesar de todo, Él permanece siempre ahí. La vida está hecha a base de pruebas y de apagones. Se va la luz y uno tiene que poner remedio a esa oscuridad. Pero cuando la oscuridad filial es sincera uno sabe que la luz de los días grisáceos va a ir acompañada del sol radiante que llega de lo alto. Por eso siento que debo buscar mi sol en mi propio interior. Si tengo a Dios por amigo —un amigo que ilumina— hago que mi fe vibre y eso me permite una comunicación más íntima con Él. Esa es la ilusión de mi vida. Llevar en mi interior el cielo prometido, al mismo Cristo de la bienaventuranzas, del perdón, del amor, de la justicia, de la ternura, de la alegría, de la generosidad, de la humildad, del servicio, del misterio…
Anhelo ser un alma que contempla cada día a Jesús crucificado para ser capaz de darse a los demás como el mismo Cristo. Ser la sonrisa de Dios para los que me rodean. ¿Y por qué soy capaz de lograr este hermoso ideal? Porque en mi corazón hay demasiada autosuficiencia, orgullo, soberbia, autocomplacencia, justificaciones… Pero mi opción es Cristo, revestido de desprendimiento, de caridad y humildad.
Busco cada día subir un peldaño más de la escalera hacia el cielo. Me falta tal vez amar de verdad y vivir hasta las últimas consecuencias los valores del Evangelio.

Happy couple together on the peak of a mountain at sunset

¡Señor, quiero hacer camino contigo; ser uno contigo! ¡Quiero, Señor, que mis pasos sigan tus huellas, buscarte sin descanso! ¡Señor, quiero estar lleno de la dicha de encontrarte, de sentirte cerca, de vivir los valores del Evangelio! ¡Quiero hacer mía tu Palabra, Señor, y convertir las enseñanzas de tu Evangelio en la norma que rija mi vida! ¡Quiero, Señor, ser columna que fortifica, corriente de agua viva, luz que ilumina, viento que alienta! ¡Quiero, Señor, a tu lado dar frutos y alegría,  transmitir paz y esperanza, amor y misericordia! ¡No permitas, Señor, que me desvíe del camino, que tome atajos que me alejen de ti! ¡Envíame tu Espíritu, Señor, para que me moldee según tu voluntad, me ilumine según lo que tienes pensado para mi, que me transforme para hacerme un hombre nuevo! ¡Señor, quiero ser hombre de espíritu firme que no sucumba ante la tentación! ¡Quiero, Señor, tener siempre mi corazón abierto a Ti, a cada uno de tus enseñanzas, de tus mandamientos y tus bienaventuranzas! ¡Quiero, Señor, en mi fragilidad y mi pequeñez ser grande en la lucha cotidiana, en los esfuerzos cotidiano, en saber llevar la cruz con entereza, saber afrontar mis alegrías y fracasos con confianza! ¡Quiero sentir cada día tu presencia en mi, Señor, tener un corazón abierto en busca de tus respuestas! ¡Quiero ser tu discípulo fiel, Señor, y aprender de Ti como hicieron tu Madre, tus apóstoles y la comunidad de los santos! ¡Porque yo anhelo la santidad, Señor, y aunque estoy muy lejos de lograrla a tu lado siempre será más fácil obtenerla!

Alma misionera, dispuesta a llevar a Cristo al mundo:

¡Venga a nosotros tu Reino!

A veces uno tiene la sensación de que ama y busca a Dios con el fin de beneficiarse de su bondad y misericordia. Algo parecido a ese hijo que se une a sus padres en la alegría cuando realiza con ellos alguna actividad que ha pedido con insistencia.
Cuando el Señor presentó a los apóstoles la oración del Padrenuestro, la oración por excelencia del cristiano, la gran enseñanza del «santificado sea tu Nombre, venga a nosotros tu reino» es que dejaba escrito el programa de lo que debo hacer como cristiano. A mi me corresponde santificar el nombre de Dios en mi mismo. Me corresponde a mi hacer descender su reino en lo más íntimo de mi interior, en lo profundo de mi corazón,; me corresponde hacer cumplir su voluntad como los santos y los ángeles del cielo cumplen en la eternidad de la gloria celestial.
Todo lo que yo hago por Dios —amar, perdonar, servir, entregarme, renunciar…— lo hago también por mi mismo. Y es así porque cada uno está en Él y Él en nosotros.
«¡Venga a nosotros tu reino!». ¡Qué gran tesoro, Señor, poder sentirlo desde la bondad de mi pobre corazón!

orar con el corazon abierto

¡Venga a nosotros tu reino, Señor, para que estés muy presente en mi corazón y reine en él la paz, el amor, la generosidad, la entrega y la misericordia! ¡Venga a nosotros tu reino, Señor, para que sea capaz de generar a mi alrededor un mundo de alegría y de esperanza! ¡Venga a nosotros tu reino, Señor, para que mi corazón se ilumine con el fuego de tu amor! ¡Venga a nosotros tu reino, Señor, para que Tú te hagas presente en mi cuando pienso, cuando siento, cuando hablo, cuando amo, cuando actúo! ¡Venga a nosotros tu reino, Señor, para que no me abone a la soberbia, al egoísmo, a la tibieza, a los sentimientos negativos, al creerme poseedor de la verdad, a emitir juicios equivocados! ¡Venga a nosotros tu reino, Señor, para que mi vida esté impregnada de tu plenitud! ¡Venga a nosotros tu reino, Señor, para que te sepa encontrar en la oración y te sienta cada día en el pan de la Eucaristía! ¡Venga a nosotros tu reino, Señor, para aprender a luchar contra las malas apetencias de mi espíritu y vivir recta y honestamente cada día! ¡Venga a nosotros tu reino, Señor, para hacer mis obras semejantes a las tuyas! ¡Venga a nosotros tu reino, Señor, para que este reino se haga presente cada día en mi vida, para que Tú reines en mi, para que Dios reine en mi y el Espíritu Santo reine en mi dando frutos de vida eterna!

Venga tu reino, cantamos hoy:

Dejarse hacer por Dios

Escucho en los últimos tiempos con relativa frecuencia el término «soberanía». Pienso ahora en este término desde la perspectiva y la visión de Dios. «Soberanía» significa que el Dios sabio, sapiencial, todopoderoso, que todo lo conoce porque ha sido creado por Él, reina mucho más allá de donde nuestra comprensión alcanza a entender.
El plan de Dios abarca el universo entero y su poder se extiende sobre todas las cosas y todas las criaturas. Ese plan es perfecto y armónico aunque uno no comprenda los por qué de lo aparentemente negativo o despreciable que sucede ni de lo hermoso y agradable que acontece.
Pero lo cierto es que la soberanía de Dios ejerce un amplio dominio, especialmente sobre los corazones heridos, sobre la fragilidad del hombre, sobre cualquier limitación que uno encuentre, sobre los momentos de mayor impotencia y sufrimiento. La soberanía de Dios se manifiesta en el ejercicio de su misericordia, en el ejercicio de su gracia, en el favor mostrado hacia quien nada merece.
La soberanía de Dios es tan grande y omnipotente que, aunque uno sea incapaz de explicar las razones, Él sí las comprende. Y cuando comprendes el plan de Dios en tu vida, en el silencio de tu corazón, sientes como te susurra: «Yo, Hijo mío, que tanto te amo lo comprendo todo porque este es el plan que tengo pensado para ti». Y, en estas circunstancias, ¡como no vas a aceptar con amor la soberanía que Dios ejerce sobre Ti! Es, simplemente, el dejarse hacer y moldear por Dios, el alfarero divino, y aprender a vivir confiando en Él en cualquiera de las circunstancias de tu vida.

orar con el corazon abierto

¡Padre, soberano de todo lo creado, en ti confío! ¡Pero para confiar en Ti, Padre bueno, tengo que conocerte íntima y personalmente; tengo que tener una relación más personal contigo buscándote en la oración, en medio de mi dolor y de mis alegrías, en cualquiera las circunstancias de mi vida… y descubrir que en Tí se puede confiar siempre! ¡Padre bueno, eres soberano en el ejercicio de tu misericordia y en este ejercicio demuestras compasión por los desventurados como yo; que tu gracia sea el favor de lo que nada merezco! ¡Dios de amor, te pido como alfarero divino que moldees mi vida para convertirme en un vaso de honra y dignidad a semejanza tuya! ¡Tu siempre buscas mi bien y deseas mi salvación eterna, tu has buscado la intimidad conmigo desde la eternidad, te doy gracias por ello, Padre, porque es lo que más deseo! ¡Tu me otorgas la libertad para elegir; tu sabes las veces que temo equivocarme por mi debilidad, mi indecisión por el camino que debo tomar, por mis confusiones vitales y porque no siempre es sencillo saber qué deseas y que es lo que más me conviene! ¡Envíame tu Santo Espíritu, Padre, para que se cumpla tu voluntad en mi y esté siempre acertado en mis decisiones! ¡Quiero lo que tu quieras, Padre, y si cumplo tu voluntad todo me será favorable! ¡Quiero dejarme hacer por Ti y vivir en la confianza plena! ¡Dame la sabiduría para cumplir tus mandamientos y aceptar tu voluntad que en las circunstancias concretas de la vida no siempre es fácil! ¡Padre, y cuando no entienda envía tu Espíritu para ver con claridad la manera de agradarte y aceptar tus designios que son siempre para mi bien!

Soberano Dios, el canto para acompañar la meditación de hoy:

Cuando María me invita a la escucha

Primer sábado de agosto con María, la Virgen de la escucha, en el corazón. Ella, que es la mujer oyente, me invita hoy a la escucha. María hizo suya la Palabra de Dios, profundizó en su interioridad a través de la oración, hizo propia la esencia de la Sagrada Escritura, acogió en su corazón el mensaje del ángel con el fíat más humilde y abrasador de la historia, conservó en su corazón el mensaje de Dios. Toda esta escucha la hizo María desde la fe, desde el acogimiento, desde la aceptación de la voluntad divina. Toda la escucha de María se resume en una frase hermosa y llena de serenidad: «¡Hágase en mi, según tu Palabra».
En la escucha María creyó siempre. En la escucha María se sometió por completo a la voluntad de Dios. En la escucha vivió María absorta en la Palabra de Dios. Desde la escucha María creyó en el misterio. En la escucha María vio cumplidas las promesas del Señor. Desde la escucha María se convirtió en Bienaventurada. Desde la escucha María se llenó de gracia.
En esta actitud de humilde escucha, María marca el camino del cristiano. Marca la senda de la Iglesia. María propone una escucha firme en la fe y esperanzada en la palabra divina. Y desde la escucha conservaba y meditaba en su corazón todo lo que había visto y oído.
Solo desde la escucha fue posible la Encarnación. La visita a su prima santa Isabel. El nacimiento en Belén. La huida a Egipto. El silencio de los años de vida oculta en Nazaret. Las palabras de Simeón anunciando que una espada traspasaría su corazón. El episodio de la perdida del Niño Jesús en Jerusalén. Las bodas de Caná. Los años de predicación de Jesús. Y, fiel a la Palabra, tuvo la entereza de formar parte del vía crucis y la muerte en Cruz de Jesús.
«Haced lo que Él os diga», señaló María en Caná. Es desde la escucha donde debo permanecer atento a la palabra, al mensaje de Jesús, a los acontecimientos de mi historia. Dios habla siempre como hizo con María. Pero hay que estar atento al susurro del Espíritu como María. Y puede hacerlo por la palabra de una familiar o de un amigo, por un acontecimiento inesperado, por una homilía de un sacerdote o de un testimonio de un laico, por una contrariedad, por una enfermedad, por un suceso gozoso… Se trata de, como María, estar atentos a la voz que viene de lo alto y saber conservarlo en el corazón.

orar con el corazon abierto

¡Santa María, Madre de Dios, Señora da la Escucha, de la Palabra y de la Oración, ruega por nosotros y por el mundo entero! ¡María, Señora de la Escucha, enséñame a guardar en el corazón todo lo que viene de Dios! ¡Enséñame, María, a proclamar al Dios vivo y a dar testimonio de Jesús! ¡Hazme, María, como lo fuiste tu humilde y servicial con el prójimo, solícito y entregado, constructor de un mundo más justo, artífice de justicia, acogedor de los que lo necesitan, abierto a la Palabra! ¡Quiero mirarte en Ti, María, que eres en si misma un canto de alabanza! ¡Quiero agradecerle a Dios las grandes cosas que ha hecho en Ti que te nos ha dado como modelo y como Madre; que aprenda de Ti tu capacidad de escuchar, acoger, amar y entregarse! ¡Quiero aprender de Ti, María, a decir que «Sí» con amor a los planes que Dios tiene pensados para mi vida! ¡Bendita eres María, Madre de la Escucha, porque me enseñas a recibir con gozo los mensajes de Dios y me muestras que debo entregarme decidido a su plan salvador! ¡Bendita eres, María, elegida de Dios, Señora de la Escucha, que agradaste a Dios por ser humilde y estar siempre dispuesta al servicio; que seas el espejo donde mirarme cada día!

Ave, Dei patris filia nobilissima, Dei filii mater dignisima, bellísimo motete de Thomas Tallis para este sabatino día mariano:

El egoísmo que mata mi interior

La generosidad extrema se resume en darlo todo por amor. En estos años de crisis he sentido en mi propia vida la generosidad de los amigos. He constatado también que las dificultades unen a los hermanos, que uno se solidariza con los que tiene cerca y sufre.
Como cristiano siento profundamente que cada vez que mi egoísmo se impone —y no son pocas las veces— estoy traicionando a Jesús y su mensaje de amor y servicio. El egoísmo, fuente de tristeza, se contrapone al amor verdadero porque mientras el amor me hace salirme de mi mismo y entregarme a lo que amo transformándome en la cosa amada, el egoísmo me convierte en el centro de todo en busca de mi propio interés. Sólo la entrega generosa por amor derriba siempre los muros del egoísmo.
Pero hay algo más profundo. Dios salva al mundo por medio de los más pequeños, de los más sencillos, de los más humildes. La ternura de Dios se vierte sobre los más sencillos, los que no cuentan en apariencia a los ojos de los hombres.
Si quiero iluminar mi identidad cristiana debo permitir a Cristo que escriba su amor y su misericordia en mi vida. Si quiero ser anuncio y presencia viva de esa misericordia de Cristo en mi historia personal solo lo lograré desde la pequeñez y la humildad. Volcándome en mi egoísmo mi interior muere porque, por voluntad divina, he sido creado para el amor.

orar con el corazon abierto

¡Señor, quiero entregarme de verdad a Ti alejando de mi corazón el egoísmo y la soberbia! ¡Quiero amarte de verdad y amarte también en el prójimo! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a cambiar mi forma de amar y de entregarme a los demás! ¡Concédeme la gracia, Espíritu de Dios, a tener un corazón grande y misericordioso! ¡Haz fecunda mi vida, Espíritu divino, para que desde la pequeñez y la humildad pueda hacer cosas grandes a los ojos de Dios y no de los hombres! ¡Elevo mis manos al cielo, Señor, para apasionarme por Ti y sufrir por el hermano, para conmoverme por las gracias que cada día me regalas, para mantener encendido el fuego de la fe y de la esperanza, para velar con el que lo pasa mal y sufre, para aceptar mis fracasos y alegrarme de mis pequeñas victorias, para vivir como si cada día fuera el último de mi existencia! ¡Quiero, Señor, imitarte cada día, adorarte en cada instante, ser consciente de la verdad de tu Evangelio, a aprender a caminar a tu lado poniendo mi corazón abierto a tu servicio y al de los demás, a saber sufrir y perdonar, a darme y no esperar nada a cambio, a confiar siempre en tu amor y tu misericordia, a ser agradecido con los dones y las gracias de Dios en mi vida! ¡Señor, me has creado para el amor no para el egoísmo! ¡Déjame, Señor, ser parte de Ti! ¡Vive en mí, Señor porque quiero experimentar la vida eterna aquí en la tierra!

Tómame, Señor para hacerme humilde y mostrarme el camino que debo seguir: