Ayúdate, que yo te ayudaré

Con cierta frecuencia tendemos a apoyarnos en nosotros mismos y en nuestras propias fuerzas en lo que atañe a la vida, la salud, la pobreza o la riqueza, las empresas, el apostolado, las relaciones con las personas que nos rodean.Es lo que denominamos confianza; algo tan humano y tan natural cuando las cosas van sobre ruedas, cuando la vida sonríe, y cuando todo brilla alrededor de uno.
Hay un proverbio popular que no aparece en la Biblia pero que muchos ponen en boca de Dios que dice así: «Ayúdate, que yo te ayudaré»; esta frase pone de relieve la importancia de la iniciativa propia. El problema, es que imbuidos como estamos de un manto materialista, relativista, egoísta, interesado… hacemos indirectamente un uso de este proverbio, creyéndolo y exagerándolo. Damos gran importancia a la primera parte de la frase —«ayúdate»—, pero damos insignificancia a la segunda que llega a perder el verdadero sentido. Y en un momento determinado, lo que antes sonreía ahora produce lágrimas: sufrimientos, peligros, soledad, dolor, enfermedad, fracasos, desencuentros, problemas… y esa gran confianza que uno tenía en sí mismo desaparece diluyéndose paulatinamente. En la tribulación, ya no se busca la autosuficiencia si no la omnipotencia, la Providencia, la misericordia y el amor de Dios que en las dificultades ejerce un papel fundamental y que se acerca a nosotros por una senda diametralmente opuesta a la que nosotros teníamos concebida.
Con el tiempo vas comprendiendo que el camino de la vida cristiana es creer en Dios y no en uno mismo. Es confiar en Cristo y no en tus propias fuerzas. Que no se trata de contentar a Dios con tus propios esfuerzos pues la confianza perfecta es aquella que deposita todo el peso no en uno si no en el otro. La fe no es creencia sin pruebas; es confianza sin reservas. La fuerza llega entonces cuando uno escoge confiar y lo pone todo en manos de Dios en la oración, sobre la mesa del altar y en el corazón sin dejar de poner su propio empeño. Las circunstancias y las situaciones tal vez no cambien pero uno si cambia interiormente.

¡Me pongo en tus manos como nunca, Dios mío, para en mi mediocridad entregarme a Ti! ¡Unido a Ti no tengo miedo! ¡Te ofrezco en mi vida el Cuerpo Místico de Cristo, haciendolo mío para mi propia santificación! ¡Ruega por mí, Madre de la esperanza, que soy un pobre pecador y necesito de tu maternal protección! ¡Fundo mi vida en tu bondad y en tu poder, Padre mío, y en toda circunstancia de mi vida confío y creo en Ti! ¡Quiero en este día, darte gracias Señor, porque me siento fortalecido en Ti, experimento la alegría, la confianza y la paz, de alguien que se sabe amado y bendecido por Ti! ¡Qué gozo es estar a tu lado, Señor, que tranquilidad es estar cerca de Ti mi Dios porque Tu eres grande, eres misericordioso, eres poderoso, eres mi Dios y mi rey! ¡Señor, pongo en Ti mi confianza, pues Tú eres mi fortaleza, eres mi protector y en Ti confío! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

Honramos hoy a María con este bellísimo Magnificat del compositor alemán Johann Kuhnau:

Dios, familia y comunidad

Festividad entre festividades la del día de hoy: la solemnidad de la Santísima Trinidad. El misterio fundamental de la fe y de la vida cristiana se sumerge en el misterio de la Santísima Trinidad. Somos bautizados «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» y «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» nos persignamos cada día. En el Credo confesamos Un solo Dios en Tres Personas, punto central de la fe católica.Toda la vida de Cristo revela al Dios Uno y Trino: en la Anunciación del ángel a María, en el nacimiento en Belén, al perderse en el Templo de Jerusalén apenas cumplido los doce años, en su bautismo en el Jordán, en su testimonio en la vida pública, en su pasión, muerte y resurrección y en su despedida final a los apóstoles cuando les invita a predicar por el mundo en nombre de la Trinidad. En todos estos acontecimientos Jesús se revela como Hijo de Dios.
En este gran Misterio nuestra razón humana ofrece sus límites, pero es un acto de fe que llena de confianza. La festividad de la Santísima Trinidad me enseña de manera maravillosa que Dios es familia y comunidad. Que Padre, Hijo y Espíritu Santo integran la gran familia de Dios, y que esta Trinidad está presente en mi peregrinaje vital, a mi lado en las alegrías y las penas, que tiene un proyecto específico para mi, que me indica el camino a seguir y que me otorga la fortaleza para hacerlo realidad.
¡Qué día más señalado para constatar la verdad de mi fe y para ser profundamente consciente de que cada vez que digo «en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo», profeso y actualizo mi relación vital con Dios «en quien vivimos, nos movemos y somos».

¡Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo como era en el principio, ahora y siempre, y por los siglos de los siglos! ¡Santísima Trinidad, Dios Trino y Uno, Padre, Hijo y Espíritu Santo, principio y fin nuestro, te rindo homenaje y exclamo agradecido por razón de mi fe: ¡bendita y alabada sea la Santísima Trinidad! ¡Trinidad Santísima sea todo honor, gloria y alabanza! ¡Padre del Cielo, fuente de bondad y eterna sabiduría; Jesús Buen Pastor, en cuyo Sagrado Corazón mi alma encuentra refugio; Espíritu Santo, claridad que todo lo ilumina; os suplico me otorguéis vuestra ayuda, guía, iluminación y protección en el camino de la vida! ¡Y en este día exclamo con fe: «Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso, Creador de cielo y tierra, de todo lo visible y lo invisible. Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero; engendrado, no creado, de la misma naturaleza que el Padre, por quien todo fue hecho; que por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre; y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato; padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día, según las Escrituras, y subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin. Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas!»

Escuchamos hoy la cantata de Bach Gelobet sei der Herr, mein Gott, BWV 129 (Alabado sea el Señor, mi Dios) compuesta para el domingo de la Trinidad de 1726:

A imitación de María

Segundo sábado de junio con María, la mujer de las cosas sencillas, en nuestro corazón. María me enseña hoy, contemplando su vida, que cuando reservo mi vida de relación con Dios exclusivamente a los tiempos que dedico a orar, a meditar, a la lectura espiritual, a asistir a la Eucaristía diría me hago pequeño, tan diminuto que el Señor acaba colocándose al margen de mi vida y acabo convirtiéndome en un cristiano que conozco muy bien a Dios y puedo hablar maravillas de Él, pero mi vida está a años luz de mostrarlo a los demás.
Jesús me recuerda constantemente en las páginas del Evangelio cómo era su vida; cómo era su relación con el Padre; cómo trataba a los demás; cómo escogió a sus discípulos entre los más humildes y sencillos de Galilea para dejar constancia que seguirle a Él no es tarea de los que han logrado una vida santa sino de los más pequeños. Y que gracias a su convivencia con ellos pudieron alcanzar la santidad a la que hoy y cada día me invita.
Esto fue, sin duda, lo que la Virgen comprendió: sólo se puede vivir con el horizonte de Dios en cada una de las situaciones y circunstancias de la vida. En esta manera de actuar de María, que nos los muestra con su propia vida, está el ejemplo a seguir. Ella no aparece con grandes oropeles por las páginas del Evangelio. Su presencia es a cuentagotas, mostrándonos una vida escondida en Dios y para Dios, entregándose al Señor en cada una de sus quehaceres cotidianos. Ese es el camino que Jesús marca para alcanzar la santidad. Cada acción, cada palabra, cada pensamiento, cada deseo, cada actuación… incluso en lo más recóndito de nuestro ser tiene que estar revestido por la revelación divina. Es un error convencerse de que en mis grandes actos o en mis momentos de oración el Señor se hace más presente. Dios desea irradiarse desde la más ínfima de nuestras actividades y desde esa pequeñez, que le llevemos a Él a todos los corazones. Dios anhela la salvación desde mi propia vida. Y eso me enseña la Virgen, que Dios se hace presente en mi vida a través de la sencillez de mis cosas diarias impregnándolas de su amor, de su misericordia e, incluso, de su propia santidad. Si soy capaz de ser pequeño en lo diario lograré irradiarle a Él a todos los que me rodean.

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¡María, Madre de Gracia, de Amor y de Misericordia, quiero imitarte en todo! ¡Acepta, María, mi persona y todas aquellas cosas buenas que hago por la gracia que derrama sobre mí el Espíritu Santo! ¡Ayúdame a seguir tu ejemplo siempre para conservarlo todo en mi corazón como hiciste Tu y ser siempre constante! ¡Ayúdame a perseverar en mi vida de oración y mantenerme firme en mis actitudes cotidianas! ¡Dame la fuerza para seguir siempre adelante en los momentos de debilidad! ¡Ayúdame a hacer siempre las cosas bien hechas por amor a Dios y a los demás! ¡Gracias, Jesús, por habernos dado a tu Madre como nuestra Madre fiel, compañera de mi peregrinar por este mundo, por ser la linterna que ilumina mis pasos, por ser el ejemplo de que debo hacer la voluntad de tu Padre en todo momento! ¡Quiero serte fiel, Señor, como lo fue tu Madre, e imitarla siempre en todas sus virtudes, en su amor hacia ti, en su contemplación de tu vida, en ser un trabajador más para tu reino, en estar siempre a tu lado incluso en los momentos difíciles, en acudir a ella para que me consuele como te consoló a ti, para que me ayude a alcanzar una imitación auténtica de tu vida, de tu amor, de tu misericordia, de tu generosidad y de tu compasión! ¡María, gracias, por amarme como me amas! ¡Enséñame a vivir dócil a la Palabra de Dios, a dejarme guiar por ella, a ser siempre un servidor fiel!

En este sábado que dedicamos nuestra meditación a la Virgen, ofrecemos este bello Regina Coeli de Johannes Brahms:

Elogio de las pequeñas cosas

No tengo ningún problema en reconocerlo. Prácticamente todo lo que hecho y lo que hago en esta vida son pequeñas cosas. Estoy convencido de que a la mayoría de la gente le sucede lo mismo. Hay una gran felicidad en las pequeñas cosas bien hechas. Cuando alguien realiza una tarea extraordinaria tal vez no la contempla desde una perspectiva trascendente. Al final, lo humano es la consecuencia de las pequeñas cosas que hacemos cada día.
Observo a la virgen. Todo lo que hacía en su vida ha pasado desapercibido. De hecho, en los evangelios su figura pasa como de soslayo pero en momentos puntuales y trascendentes. Figura como en silencio. La propia Anunciación es un cuadro sencillo, repleto de pinceladas. La visitación a Santa Isabel, con la que estuvo nueve meses, es un punto y aparte en el texto de Lucas. Y en la Pasión, donde su figura está muy presente, deja solo retazos de su grandiosidad.
De seguro que Jesús aprendió de María a cuidar los pequeños detalles, a santificar los actos cotidianos, a hacer crecer los pequeños gestos de amor cotidianos, signos de la presencia viva de Dios en nuestro mundo. Porque Dios no está solo en las grandes cosas sino también en las pequeñas, esas que pasan desapercibidas a los ojos de la gente.
Hoy mi propósito es hacer grandes las cosas pequeñas. O como decía la entrañable Madre Teresa: no podemos hacer grandes cosas, sólo pequeñas cosas con gran amor. Y como hoy tengo muchas pequeñas tareas por delante pongo todo mi corazón para que esa pequeñez logre dar frutos abundantes.

¡Señor, con la fuerza de tu Santo Espíritu, ayúdame hacer siempre el trabajo bien hecho, concédeme la gracia de hacerlo con entusiasmo, con compromiso, con entrega, con alegría, con generosidad… y con mucho amor, por amor a ti y a los demás! ¡Señor, te doy gracias por mi trabajo, que es fuente de bienes abundantes y agradable realización personal aunque no siempre sea fácil y se presenten con frecuencia problemas e inconvenientes! ¡Gracias Señor, porque me permite desarrollar mis capacidades y dar buen fruto con mis talentos! ¡Que mi trabajo sea la oportunidad de santificar mi vida Y tratar de hacer siempre las cosas bien con honradez, con justicia, con equidad y profesionalidad! ¡Que sea, Señor, Una oportunidad de hacer el bien!  ¡La vida cristiana consiste, Señor, en estar unidos a Ti, que mis pequeñas labores cotidianas me sirvan para acercarme más a Ti! ¡Ayúdame hacer siempre las cosas por amor! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

Cristo, llénanos de ti, cantamos hoy con júbilo:

El plan alternativo de Dios

Leo pausadamente, saboreando cada palabra, el Salmo 40: «Esperé confiadamente en el Señor: Él se inclinó hacia mí y escuchó mi clamor… Porque estoy rodeado de tantos males, que es imposible contarlos. Las culpas me tienen atrapado y ya no alcanzo a ver: son más que los cabellos de mi cabeza, y me faltan las fuerzas».
Ante esto me digo que no voy a permitirle a la desesperanza que se instale en mi vida. No le voy a dejar que se aloje en mi corazón. No voy a darle la oportunidad que zarandee mi vida ni destruya todo aquello que con tanto sacrificio y trabajo voy construyendo con los esfuerzos cotidianos.
La desesperanza se presenta habitualmente ataviada con un envoltorio de prisa, y va minando y arrasando sutilmente todo aquello que encuentra a su paso. Uno puede postrarse ante ella; si lo hace se arrodilla ante un dios de barro; si la toma, la ingratitud de su presencia desmorona la vida; si se la acoge, consigue que el alma se llene de lágrimas. Por eso me propongo no permitir que ni la desazón ni la tristeza nublen el presente de mi vida. Deseo frenar esos pensamientos y sentimientos que lo van tiñendo todo con los colores oscuros del sinsentido.
Pero Dios ofrece siempre un camino alternativo, una luz en la oscuridad, un oasis en la sequedad del desierto. Pero todo conduce a lo mismo: a la presencia de Cristo. Y a los pies de Jesús te postras. Y lo que contemplas te reconforta. El Señor extiende sus manos horadadas con los clavos de la Pasión reflejo fiel del mayor sacrificio amoroso que un hombre ha hecho nunca por amor. Y la desesperanza se desvanece. Y la fe —esa semilla que necesita del adobo de la oración, del sol de la intimidad con Dios, del agua de la Palabra y de la sabia de la Eucaristía—, que implica conocer la grandeza y la majestad de Dios, retoma las riendas de esa vida que se apaga, espanta los temores y coloca ante el Señor las cargas y el peso de la tribulación.
«Esperé confiadamente en el Señor», clama el Salmo. Y debo ser consecuente con mi ser cristiano. Depositar la fragilidad de mi vida a su divina voluntad, colocar mis cansancios a sus pies, la tristeza en su corazón y ser consciente siempre —¡siempre!— que en cada acontecimiento Dios tiene un propósito para mí.
«Esperé confiadamente en el Señor», porque Él sabe todo lo que puedo soportar.
«Esperé confiadamente en el Señor», porque nunca me dejará caer sosteniéndome por muy perdido que pueda estar.
«Esperé confiadamente en el Señor», porque Él me otorgará la fortaleza parara avanzar y salir triunfante de la adversidad.
«Esperé confiadamente en el Señor». Esperaré porque con Él podré cambiar mi manera de mirar, acrecentará la llama de mi fe, perfeccionará los defectos de mi actitud y acrecentará las virtudes de mi vida.
No es sencillo llevarlo a la práctica pero si espero confiadamente en el Señor y deposito mi confianza en Él le estoy concediendo la oportunidad de que, de su mano, pueda hacerse realidad.

orar con el corazon abierto

¡Señor, espero en ti, caminando como voy por esta vida, tantas veces por sendas equivocadas! ¡Tu, sabes, Señor, que en mi corazón conviven de manera permanente el bien y el mal, pero quisiera que solo el bien fuera la razón de mi vivir! ¡Espero en Ti, Señor, porque quiero seguir tus palabras y tus mandamientos, sentirme libre con la libertad que otorgan las enseñanzas de tu Evangelio! ¡Espero en ti, Señor, porque quiero dejar atrás todas aquellas cosas que oprimen mi corazón y me alejan de ti! ¡Espero en ti, Señor, porque quiero ser semilla que de fruto! ¡Espero en ti, Señor, porque quiero nacer de nuevo bajo el influjo del Espíritu Santo, abierto a los desafíos de tus Bienaventuranzas! ¡Espero en ti, Señor, desde mis caídas y mis pecados, desde mis alegrías y mis esperanzas, desde mis fracasos y mis éxitos, abierto siempre a ti, a la confianza y a la esperanza! ¡Espero en ti, Señor, porque mi anhelo es la vida eterna donde tu moras eternamente! ¡Espero en ti, Señor, porque anhelo tener un corazón abierto a la alegría y dispuesto a cargar la cruz de cada día! ¡Espero en ti, Señor, porque asumiendo mis debilidades y mis fragilidades anhelo fervientemente ser tu discípulo y aprender de Ti lo que el Espíritu me insufle! ¡Sagrado corazón de Jesús, en vos confío!

Todo lo espero de Ti, cantamos para poner todo en manos de Dios:

¿Preparado para el encuentro?

Escucho en el metro esta conversación entre dos estudiantes de medicina: «los días comienzan de la manera más predecible pero en prácticas todo es posible».
Cuando uno se levanta cada día por la mañana podría emplear exactamente las mismas palabras —«los días comienzan de la manera más predecible»— o esta expresión: «hoy, no preveo nada extraordinario en mi vida porque ¡todo es tan predecible!».
Es lógico. Al abrir los ojos por la mañana la cabeza no queda iluminada por una luz divina ni se escuchan las voces de coros angelicales entonando un «¡Aleluya!» que suene a música celestial en nuestro honor… pero cada día, por muy anodino que se presente, puede llegar a convertirse en una jornada extraordinaria.
El día del nacimiento de Cristo en Belén nadie se despertó convencido de que aquella jornada iba ser diferente, que la llegada al mundo del Dios de la vida lo iba a transformar todo, incluso su propia vida. Con muy pocas excepciones —los pastores, los Reyes Magos y algún lugareño de Belén— todos continuaron con su vida «predecible» y «anodina».
¿Qué sucederá con la segunda venida de Cristo? Que los niños seguirán yendo a la escuela, que hombres y mujeres de todas las ciudades y pueblos saldrán de casa para dirigirse a  sus trabajos, que los aviones seguirán despegando y aterrizando, que las televisiones seguirán emitiendo los mismos malos programas… pero a diferencia de otros días se abrirán los cielos que se convertirán en el gran escenario del mundo con Dios sentado en su trono. Puede ser mañana, o pasado, en un año o en mil. ¡Puede ser, incluso, hoy mismo! Pero por muy previsible que sea la vida de uno debe estar siempre preparado y alerta con las cuentas claras en la vida interior y con la conciencia siempre limpia ante Dios. La vigilancia permanente se alcanza con vida de oración y examen de conciencia diario; con la fuerza que llega del Espíritu Santo, con la Eucaristía, con la lectura espiritual y la meditación de la Palabra. El premio consiste en tener serenidad en el alma y paz y felicidad en el corazón. Con el salir de nuestra superficialidad, de nuestra mundanidad, de nuestro egoísmo y de la cotidianeidad para abrirnos a un horizonte más abierto y a una mirada más profunda sobre la realidad de nuestra vida: el mismo Cristo.
Y, aunque como cristiano, debo vivir sin temor y preocupado por vivir mi día a día con fidelidad y siendo consciente de mi responsabilidad, a día de hoy ¿podría decir que estoy preparado para el encuentro definitivo con el Señor?

orar con el corazon abierto

¡Señor, tu conoces mi vida más que nadie! ¡Sabes como y cuando me le levanto, como y cuando me acuesto; que hago a cada minuto; donde quiera que esté tú estás presente! ¡Señor, tu sabes cuando me pongo en camino con mis alegrías y mis penas; cuando voy de un lado a otro con mis prisas y mi atolondramiento, cuando huyo de mí mismo tratando de encontrar lo que no encuentro; cuando llamo y no me oyen; cuando llamo a las puertas de tantos y todas se me cierran; pero tu me acompañas siempre en el silencio! ¡Señor, tú sabes lo que pienso y porque lo pienso, tú sondeas mi corazón y conoces hasta los pensamientos y sentimientos más íntimos; tú sabes cuáles son puros y limpios y cuales egoístas y utilitaristas; tu te haces presente en todos los conflictos de mi vida; tú te dueles cuando yo me siento herido! ¡Señor, en los momentos de dificultad y tribulación, cuando las pruebas me golpean con fuerza, cuando me siento cansado, abatido y solo, cuando la confusión me embarga, tú estás conmigo aunque muchas veces por mi auto complacencia no lo sienta! ¡Señor, tú eres el amor vivo, ayúdame a mirarme en lo profundo de mi mismo y ahondar en lo que hay en mi corazón para sentirte y escuchar tu voz porque se que estás en mi interior y tengo necesidad de tu presencia! ¡Que sea, Señor, capaz de verte siempre a mi lado vaya donde vaya, en cada acontecimiento de mi vida, porque eres el Amor que todo lo embarga y todo lo llena! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

Mi Dios, la música que acompaña hoy la meditación:

¿Vencido por la rutina?

Le estoy enseñando las horas a mi hijo pequeño. Es una tarea de paciencia y mucha rutina. Las agujas del reloj avanzan inexorables y de manera recurrente surge la pregunta de rigor: «¿Papá, qué hora es?». «Dímelo tu». Y vuelta a empezar con la explicación.Cuando ves como pasan las horas te das cuenta hasta que punto es rutinaria la vida. Al hombre le asustan los cambios, quedarse igual. Hay quien le aterroriza, incluso, cualquier cambio en su rutina diaria.
Lo normal es que la rutina nos atrape cuando no hay en nuestra vida un propósito qué llevar a cabo.
En la vida todo puede volverse rutinario: el trabajo, los viajes, el tiempo libre, la relación de pareja, el apostolado, la oración, el educar… La rutina se puede llegar a convertir en algo letal si no se le encuentra a la vida un propósito. Y la rutina tampoco puede envolver nuestra vida de fe. Hay que superar el cansancio de la fe y recuperar la alegría de ser cristianos, gozosos con esa felicidad interior de tener en nuestro corazón a Cristo. Alejarse de la rutina de la fe cansina y llena de telarañas que se mantiene tantas veces por el ambiente y abrazar esa fe consciente, pensada y reclamada al Espíritu Santo que se vive desde el corazón y la experiencia para que se convierta en algo que pertenezca a nuestro presente.
¡La fe debe ser vibrante para poder comunicarla a los demás! ¡Porque la fe es creer, es confiar, es fiarse, es esperar, es un acto de confianza! ¡La fe permite poner todas nuestras inseguridades en la seguridad de las manos de Dios!
¡Con una fe viva nada en mi vida puede ser rutinario porque segundo es una experiencia de amor!

¡Señor, te pido la gracia de renovar mi visión de las cosas para conocerte mejor y que mis rutinas se conviertan en algo extraordinario, para transformarlas en algo que sea siempre un servicio para ti y para los demás! ¡Señor, pongo mi voluntad en tu voluntad, mi nada y mi pequeñez la pongo en tus manos porque tú eres mi todo, y deseo que realices en mi vida una profunda y auténtica transformación interior! ¡Señor, hago también algo personal el Fiat de tu Santísima Madre, ejemplo de abandono filial y amoroso a la voluntad del Padre! ¡Que mi «Sí» Señor sirva para hacer tu presencia operante en mi corazón y en mi alma! ¡No permitas que la rutina de la fe me predisponga al abandono y haz que tu voluntad sea siempre en mi vida y en mi corazón un respiro y un pálpito de esperanza! ¡Señor, anhelo que reines en mi alma y ocupes un lugar de privilegio en mi corazón y eso sólo lo puede alcanzar si mi vida de fe no es rutinaria! ¡Conviértete, Señor, en el actor principal y en el espectador privilegiado de todas las acciones que lleve a cabo! ¡Señor, con la fuerza de tu Santo Espíritu, haz que mi mirada mire con tus ojos, que mis palabras salgan de tu boca, que mis pensamientos broten de tu corazón, que mis intenciones estén regadas por tu voluntad, que tu santidad esté impregnada en mi alma, que mi confianza nazca de una oración con el corazón abierto, que mis sufrimientos te ayuden a llevar la cruz! ¡Espíritu divino, sólo tú puedes transformar mi rutina en un servicio auténtico, valioso y comprometido para el Señor; transfórmame, renuévame, cámbiame, purifícame y restáurame! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

Oh, deja que el Señor te envuelva, es el canto de hoy:

Hospitalidad por amor a Cristo

El cristianismo es la religión de la hospitalidad. Acoge tu fragilidad, tu vulnerabilidad y la proyecta al distinto, al necesitado, al que está a tu alrededor, cerca o lejos. De hecho, Cristo es acogido siempre en las páginas de los Evangelios como huésped. Y como huésped va proclamando a quien se encuentra con Él las máximas de su Buena Nueva. Terminada su misión y elevado al cielo, Jesús envía a sus discípulos a proclamar el Evangelio a los confines del mundo. Sólo pueden hacerlo en la medida que son acogidos como huéspedes allí donde llegan. Es la teología de la hospitalidad. Jesús se hace presente donde es acogido como huésped.
Me siento muy unido espiritual y humanamente al Santuario de Lord, un lugar hermoso donde la Virgen te recibe con el amor de Madre. Allí he aprendido algo muy bello de la Regla de San Benito. Hay que recibir a todos los huéspedes —en este caso en el monasterio pero yo trato de aplicármelo a mi vida personal— que llegan como a Cristo puesto que Él mismo dice: «Huésped fui y me recibieron».  Está escrito en la Regla, que remarca que es necesario mostrar la mayor humildad al saludar a todos los huéspedes que llegan o se van: con la cabeza inclinada o postrando todo el cuerpo en tierra, adorando a Cristo en ellos, pues a Él se le recibe. Es hermoso. En este tiempo postrar el cuerpo o inclinar la cabeza es para mí practicar la hospitalidad por amor a Cristo.
Y esa misma hospitalidad es la que quiero tener con Él en mi vida. No quiero que Cristo se sienta forastero en mi corazón. No quiero que se sienta como un extraño. No quiero que sienta mi incomprensión. Anhelo que se sienta como en casa. En la medida que lo logre daré espacio también aquel que me acompaña en la vida, en la familia o en el entorno profesional, entre los amigos o en la comunidad, donde el prójimo pueda entrar y convertirse en amigo en vez de enemigo. La hospitalidad cambia a las personas pero les ofrece un lugar donde puedan experimentar un cambio. La hospitalidad es la mejor forma de demostrar el amor que siento por los demás y por Cristo.
Ahora medito como son mis encuentros con el prójimo. ¿Cómo tocan mi corazón? ¿Cómo puedo hacer estos encuentros más entrañables, más amorosos, más acogedores y más humanos?

¡Señor, tú sabes que con frecuencia mi día a día está lleno de prisas, intensamente repleto de actividades, de ir a lo mío, a lo que me interesa, y pierdo muchas oportunidades de encontrarme con el prójimo! ¡Enséñame, como hiciste Tú, a acoger al otro, a conocer su realidad y estar dispuesto a ofrecerle todo lo que esté en mis manos! ¡Ayúdame, Señor, a dejarte entrar en mi casa, en mi vida, en mi familia, en mis actividades cotidianas, en mis costumbres, en mi trabajo, en mi oración, en mi encuentro con los demás, en mis planes y en mis anhelos! ¡Espíritu Santo, dulce huésped del alma, ayúdame a tener siempre los ojos abiertos para descubrir lo que ocurre a mi alrededor y exige una respuesta necesaria! ¡Espíritu Santo, dulce huésped del alma, remueve mi interior, mis emociones y mis sentimientos para que sea dócil a las necesidades del otro y acogerlo siempre! ¡Espíritu divino, Tú que lo puedes todo, ayúdame a ser hospitalario para romper barreras y temores, para salir de mi mismo dejando atrás mis inseguridades, mis miedos, mis prejuicios preconcebidos y abrirme con confianza a Dios con el fin de acoger las necesidades ajenas porque acogiendo al otro acojo al mismo Dios! ¡Espíritu Santo, transforma mi corazón y hazme una persona abierta a la hospitalidad porque las personas somos lo que hospedamos en nuestro corazón con amor a lo largo de nuestra vida! ¡Espíritu Santo, dulce huésped del alma, quiero servir, ayúdame hacerlo bien para encontrarme con el prójimo, no importa quién sea ni de donde venga, ni adonde va; ayúdame a servirle simplemente porque es un hermano, porque ser hospitalario es un signo de disponibilidad, de dar lo mejor de mí y de lo que tengo, y dejar que Dios se haga presente en cada uno de mis encuentros cotidianos! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

Seguimos invocando al Espíritu Santo para que llene nuestra vida:

Veni sancti Spiritus

Transcurridos cincuenta días desde la Resurrección del Señor ha llegado la fecha en que el Espíritu Santo llega para renovar nuestra vida. El canto del «Veni Sancti Spiritus» resuena hoy en mi interior de una manera profunda. Es la teología pura de la fuerza del Espíritu Santo sobre la realidad del hombre. «Veni Sancti Spiritus».Uno se imagina a los apóstoles reunidos en oración en el cenáculo, junto a María y a las otras mujeres. El corazón de todos ellos esperan ardientemente la llegada del Paraclito con una fe firme pero también con la conciencia de su debilidad humana.
A la hora tercia un sonido estruendoso, como un viento fuerte, llena la estancia donde estaban congregados los elegidos de Cristo para difundir la Buena Nueva. Unas lenguas como de fuego se posan sobre sus cabezas y el Espíritu Divino se asienta sobre cada uno dejando la impronta de sus siete dones. ¡Que impresionante!
Gracias gratuitas que conlleva una obra ardua y difícil, confiada porque es la misión que tenemos encomendada todos los cristianos. ¿Es posible hoy poder realizar esa misión que supone buscar la salvación del ser humano que tenemos cerca y la nuestra propia? Sí, con ese «Veni Sancti Spiritus» renovador y transformador. Cada paso, cada decisión, cada obra que supone anunciar y testimoniar las buenas nuevas del Evangelio cuenta siempre con el espíritu prometido por Cristo. «Veni Sancti Spiritus».
«Veni Sancti Spiritus». Está invocación al Espíritu Santo es la actualización de la oración en el cenáculo de los apóstoles y María. Pronunciada con ardor y confianza es lo que ayuda a salir de nuestro cenáculo interior para recorrer los caminos del mundo y dar testimonio de la fuerza del Espíritu.
«Veni Sancti Spiritus». Una invitación clara a convertirnos como fueron María y los apóstoles en templos vivos del Espíritu de Dios, testigos fieles de su verdad, heraldos del Evangelio.
«Veni Sancti Spiritus». Un canto que invita a la transformación interior para ser más espirituales, sustanciados en la humildad y en la caridad.

¡Ven, Espíritu Santo, en este día de Pentecostés despierta mi fe adormecida, mi fe tan débil y vacilante! ¡Concédeme la gracia, Espíritu de Dios, de vivir en la confianza, en el amor del Padre! ¡No permitas, Espíritu divino, que se apague la fe en lo más íntimo de mi corazón donde habitas Tu! ¡No permitas que se apague en mi entorno ni en el seno de la Iglesia! ¡«Veni Sancti Spiritus», ven para que Cristo sea el centro de mi vida y del mundo, para que los falsos dioses no lo suplanten, para que su palabra sea el signo de la buena nueva y su evangelio la divina doctrina a seguir! ¡«Veni Sancti Spiritus», ven, para que siga siempre el camino marcado por Jesús y siga siempre el mandato de su amor! ¡«Veni Sancti Spiritus», ven, y hazme dócil a tus llamadas y atento a cualquier soplo tuyo en forma de sufrimiento, tribulación, alegría, problemas, satisfacción o contradicciones interiores! ¡Ven, Espíritu Santo, ven y renuévame, purifícame y transforma mi corazón! ¡«Veni Sancti Spiritus» y cámbiame por dentro para reconocer mi pequeñez y mi fragilidad y mis pecados para ser consciente de mis limitaciones y mi mediocridad! ¡«Veni Sancti Spiritus» y hazme sencillo y humilde! ¡Ven, Espíritu de Dios, ven a mi corazón para ser capaz de mirar a los demás con amor y ayúdame a cambiar mi corazón para lograr observar a los demás como los observaría el mismo Dios! ¡«Veni Sancti Spiritus», ven a mi vida porque me quiero parecer cada día más a Jesús! ¡«Veni Sancti Spiritus», «Veni Sancti Spiritus»! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

Veni Sancti Spiritus de Medjugorge, en compañía de María, Reina de la Paz:

Con María, unido al corazón de Jesús

Primer sábado de junio con María en el corazón. Este mes que hoy comienza la Iglesia lo dedica al Sagrado Corazón de Jesús, con la finalidad de que lo veneremos, lo honremos y lo imitemos. La mejor imitadora fue la Virgen María, que tan unida estuvo al corazón de Cristo pues Ella fue el templo que Dios eligió para que Jesús iniciara en su interior su vida humana. Es muy hermoso pensar y meditar que Aquel que habita en la eternidad del cielo por Él mismo creado decidiera habitar en la tierra en el seno de María, al que convirtió en el más hermoso Santuario terrenal.
María es santuario por su fe, que venció a cualquier temor, y por la santidad de su cuerpo y de su corazón. Ella, Madre Inmaculada, cobija a Su Hijo y en Él, a la humanidad entera.
María se abandonó siempre de manera libre y consciente a la voluntad de Dios. A imitación del corazón de Cristo convirtió su corazón en un Santuario repleto de virtudes. María es, de nuevo para mí, el ejemplo a seguir para llegar a Cristo.
Jesús y María forman una comunidad de amor. Los dos Sagrados Corazones se mantuvieron unidos desde el mismo día de la Anunciación, por la fuerza del Espíritu Santo, de una manera maravillosa hasta que el corazón de Cristo es traspasado por una espada en la Cruz. Allí, en el Gólgota, quedó herido el Corazón de María.
El de la Virgen fue el primer corazón que adoró con toda la potencia de su ser y de su humildad el Corazón de Jesús y, con el paso de los años, fue modelando como perfecta educadora ese corazón bondadoso de Cristo.
En este primer sábado de mes me consagro al corazón de María y al corazón de Jesús, dos sagrados corazones cuyo fin es conducirme hasta ese amor desinteresado a Dios y al prójimo, pilar fundamental de la santidad a la que como cristiano estoy llamando cada día. Y en esta orientación a Jesús a través de María intentar vivir en plenitud mi relación con la Iglesia, a la que tanto amo, Cuerpo místico de Cristo e hija de María, con el fin de que me ayude a vivir y desarrollar mi vida en función de la verdad del Evangelio, en la vida sacramental y en la caridad fraterna.

orar con el corazon abierto

¡Jesús, por medio de María, quiero ser uno contigo! ¡Quiero, por medio de tu Madre, Señor, entrar en tu corazón y vivir en tu mismo querer, sentir y actuar para que como decía San Pablo seas Tú quien vive en mí! ¡Jesús y María, os entrego mi corazón, mi alma y todo mi ser con humildad y con sencillez para que poniéndolo todo en vuestras manos lo cojáis en vuestro santísimo corazón y me ayudéis en mis oraciones, en mis buenas obras, en mi pequeño servicio, en mis mortificaciones diarias, en las cruces que debo llevar cada día, en mis luchas interiores, en mis desvelos y mis alegrías, en mis caídas y cada vez que me levanto! ¡Jesús y María, os consagro mi vida de cada día, mi familia, mis amigos y conocidos, mis compañeros de trabajo y de comunidad parroquial, los sacerdotes y consagradas que me acompañan en mi camino de fe, las personas que me han hecho daño y yo hecho daño, mi vocación y mi sencilla vida cristiana! ¡Jesús y María, os consagro mi vida y la de mi familia para que nuestro hogar se llene siempre de alegría y de esperanza, que reine la paciencia y el respeto, el amor y la tolerancia, la comprensión y el perdón! ¡Jesús y María, os consagro mi pequeño corazón para que esté siempre en paz, reine la pureza de alma y de intención, para que siempre esté vivo sacramentalmente y encuentre de vosotros esa protección que tanto espero! ¡Jesús y María, os consagro mi corazón, para contemplar cada día el misterio de la Cruz y ser capaz de descubrir el amor divino y humano de la redención, el gran misterio de la Trinidad, el auténtico amor que que Dios siente por mi y la respuesta que yo debo dar a ese amor del Padre! ¡Gracias, Jesús, por la caridad de tu corazón que me abre al misterio de tu interioridad con el Padre! ¡Gracias, Jesús, por u amor redentor, por tu entrega por mí y por los demás, que tanto me enseña de tu obediencia filial de la que tanto tengo que aprender y tu amor al Padre bajo la fuerza del Espíritu Santo de la que más me debería agarrar! ¡Gracias, María, por tu Corazón Inmaculado, porque me ayudas a contemplar el Corazón de Tu Hijo y entrar en él y escuchar con docilidad, humildad y pureza en la palabra de Jesús que cada día me llama a seguirle sin demora! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío! ¡Oh dulce Corazón de María, sed la salvación mía!

Los dos corazones reinarán, cantamos hoy: