¡La santidad no espera!

Vivimos en la era de Pentecostés. Es una ahora y siempre porque el Espíritu Sano no deja nunca de soplar. El Espíritu Santo santifica nuestra vida, la vivifica, la renueva y la empuja. Lo hace porque nos quiere santos y, sobre todo, porque ¡la santidad no espera!
Observas a los apóstoles el día después de Pentecostés e iniciaron su misión inmediatamente. Cuando San Pedro se encontraba prisionero en la cárcel, el ángel del Señor se le apareció repentinamente y, rodeado de una luz que resplandecía en el calabozo, le indicó: «¡Levántate rápido!». Y eso hizo Pedro.
Siento así que no tengo más remedio que levantarme a toda prisa, que no puedo esperar. Que depende de mi seguir el ritmo que me marca el Señor; la orden del ángel es clara y precisa: levantarse inmediatamente y actuar. Con esa orden, el Ángel recuerda que el Señor está allí y que su fidelidad es permanente.
Siento que este es mi deber y que esta debe ser mi vocación, a pesar de mis imperfecciones, defectos y debilidades: la santidad. La santidad es lo que el Señor pide y espera de cada uno de nosotros.
Por eso quiero inscribirme en la carrera de santidad, como hicieron los apóstoles, los discípulos y todos los santos. Es hora de entregarme radicalmente a la gracia que me lleva a proclamar con alegría las maravillas de Dios.
El Espíritu Santo se nos da para que cada uno renazca a la vida, para que todo en nosotros sea grandioso porque el mismo Dios es grande y el Espíritu viene de Él.
Pero obviamente esto no resulta sencillo pero la santidad, que es un don del Espíritu, la puedo ir adquiriendo diariamente, siendo fiel en las pequeñas cosas, como lo soy, donde Dios me ha ubicado.
Soy consciente de que vivo en la era de Pentecostés por eso quiero dejarme moldear por Dios y ser vivificado por el Espíritu Santo. Deseo hacerlo así porque la santidad no espera. ¡Es hora de levantarse rápido y actuar!

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¡Espíritu Santo, don de Dios, que todo lo iluminas y que habitas en mi corazón, amanece cada día en mi vida y manifiesta en mi el poder, la ternura, el amor y la misericordia de Dios! ¡Espíritu divino, dador de vida, hazme fuerte en la fe y ayúdame a comulgar en tu divinidad! ¡Espíritu Santo, espíritu de verdad y sabiduría, concédeme la gracia de vivir sintiendo en cada instante tu presencia; en las alegrías y las tristezas, en los cansancios del día y en los esfuerzos de la jornada, en las certidumbres y en las dudas, en los trabajos y en los descansos! ¡Espíritu Santo, espíritu de caridad y gozo, hazme una persona dócil a la voluntad de Dios, predispuesta al servicio y a la entrega generosa! ¡Espíritu Santo, espíritu de paz y paciencia, dame el don de ser paciente y aceptar siempre lo que Dios provea para mí! ¡Espíritu Santo, espíritu de santidad y justicia, concédeme la gracia de caminar cada día hacia la santidad personal manifestándolo en mi familia, en mi trabajo, con mis amigos y en cualquier lugar donde se haga presente mi persona! ¡Espíritu Santo, espíritu de bondad,  no permitas que caiga en tentación y líbrame de los miedos, la desconfianza y la autosuficiencia! ¡Espíritu Santo, espíritu de amor, llévame siempre a amar al prójimo con tu mismo amor! ¡Espíritu Santo, espíritu de acción, conviérteme en una auténtico discípulo de Jesús, transmisor de su Palabra, discípulo de su verdad, testimonio de su amor! ¡Espíritu Santo, que habitas en mí, aviva en mi corazón el deseo de darme a los demás y consagra cada una de mis palabras, gestos y sentimientos y hazlos semejantes a los de Jesús!

Canción de santidad, con Juan Luis Guerra para interiorizar nuestro camino de vida:

Orante a imitación de Jesús

El Santo Padre pide constantemente oraciones por su persona. Desde diversos medios me llegan oraciones de intercesión por esta y aquella persona. Yo también pido oraciones por unos y otros. La Iglesia, más que nunca, necesita de corazones orantes. La oración lo transforma todo, lo cambia todo.
¿Por qué un cristiano debe ser orante? Simplemente por imitar a Cristo. Él fue un hombre de oración. Un Maestro de la oración. Y, porque, cuando te acercas a Jesús exhalas el aroma de Cristo. Y ese penetrante perfume lo adquiere Cristo de su íntima relación con Dios por medio de la oración. Es hermoso pensarlo porque siento que en una unión íntima con Él puedo llegar a respirar ese mismo perfume en mi oración.
Es difícil saber cómo oró Jesús en su treinta años de vida oculta. Con seguridad santificó sus jornadas en la carpitería de Nazaret. Oraría con José y María en algún rincón de su hogar y en la sinagoga de Nazaret. Sabemos, sin embargo, que en sus tres años de vida pública buscaba lugares alejados, se adentraba en las montañas, en los descampados y los huertos, y rezaba intensamente hasta el amanecer. Su oración pausada, sencilla, silenciosa y humilde al Padre desafiaba la salida del sol por el horizonte. Y ese resplandor iluminaba la gloria de Dios. La oración de Jesús era de alabanza, de acción de gracias, de disposición y de súplica.
Al igual que Cristo oraba, yo quiero ser un corazón orante. Al igual que la Santa Iglesia es orante con la Palabra y la Eucaristía, yo también anhelo ser un corazón orante. Y quiero serlo porque quiero estar unido al Señor y a la Iglesia, su Esposa amada, a través de la oración. Identificarme con Él y unir mi corazón al suyo. Ser orante porque el mundo necesita corazones orantes, entregados profundamente a la oración y la plegaria.
Al igual que uno entrega su vida al trabajo, al deporte, a la amistad, al juego, al descanso o a las actividades culturales, cuando uno reza entra en una dinámica de unión con Dios, impulsado por la fuerza del Espíritu Santo. Orar par ser feliz. Orar para sentir en lo más profundo del corazón la unión con el amor del Padre, con la gracias del Hijo y la amistad espiritual y la fuerza del Espíritu Santo.
Y, porque cuando uno ora, deja de ser uno mismo para asemejarse a Jesús.

orar con el corazon abierto

Jaculatoria a María en el mes de mayo: Eres Bendita entre todas las mujeres, Santísima entre todas las santas y Virgen entre todas las vírgenes.

 

Simplemente… gracias Señor

Rezando un salmo de alabanza, me encuentro en la necesidad de dar infinitas gracias al Dios que me ha dado la vida. Exclamar desde lo más profundo de mi corazón, ¡gracias, Señor, gracias!
Quiero darte gracias por lo mucho que me amas. Gracias infinitas por cómo me cuidas y me proteges. Gracias por esa mirada misericordiosa que conmueve mi corazón y alegra mi alma. Gracias, porque me conoces perfectamente y aún así me amas intensamente.
Gracias por las capacidades que me has dado y por todos aquellos que se cruzan en mi camino que me ayudan a ponerlas en práctica. También por los defectos que me permiten corregir mi vida y mejorar para ser cada día mejor.
Gracias sobre todo, Señor, por la fortaleza que me has regalado para superar las dificultades y cargar con tanta dureza, sacrificio, esfuerzo y trabajo.
Gracias, Señor, por la gran confianza que me has otorgado en Ti que me permite elevar las manos al cielo y exclamar con determinación: ¡Abba, Padre, te amo, te bendigo y te glorifico!
Gracias infinitas por la fe que me llena la vida de esperanza y de creer que Tu eres el Camino, la Verdad y la Vida.
Gracias eternas por la alegría que impera en mi corazón porque me hace dulcificar cada instante de mi existencia.
Gracias, Señor, porque me permites serte fiel y encontrarte cada día en mi particular camino de Emaús entre desconciertos, temores, tentaciones y dudas.
Gracias por mi trabajo porque me permite glorificarte a través del esfuerzo cotidiano.
Especialmente, Señor, muchas gracias. Gracias por la persona que has puesto a mi lado para formar una familia. La vida en el matrimonio no es sencilla, Señor, pero me la has entregado para constituir una familia cristiana basada en el amor y en el respeto. Gracias, Señor, porque cada día me permite crecer junto a ella. Gracias, porque me permites apreciar en ella sus cosas buenas y superar las dificultades del día a día juntos. Gracias porque tu bendices con tu presencia mi matrimonio aunque a veces no puedas estar satisfecho. Gracias porque nos cobijas con tu amor y envías las manos amorosas de la Madre para que nos cubra con su manto.
Gracias, Señor, también por los hijos que nos has regalado, cada uno de ellos con sus particularidades y sus dones. Gracias por sus confidencias, por su besos, por sus caricias, por sus miradas, por sus conversaciones, por esos corazones tan inmensos que les has regalado, por sus diferencias que nos hacen crecer a todos en la diversidad de opiniones. Gracias por la fe que tienen, por el amor que sienten por Ti y por Tu Madre, por su coherencia, por su compromiso cristiano, por sus esperanzas y anhelos.
Gracias también, Señor, por mi familia. Y, sobre todo, por tanto amigos que me quieren, que rezan por mí y han estado a mi lado cuando más los necesitaba. Son un espejo de tu presencia en mi vida, Señor. Gracias. Gracias porque con sus oraciones, sus desvelos, sus consejos, su alegría, su abrazo me siento bendecido y amado. Gracias porque en ellos puedo también reposar mi cabeza y derramar alguna lágrima cuando lo necesito y reír a carcajadas cuando la luz del sol brilla cuando estamos juntos. Gracias porque Tú te haces presente en ellos.
Gracias por mi grupo de oración en la parroquia, por mi comunidad carismática, por los encuentros de oración con los más pobres, por los que están más necesitados con los que comparto en el voluntario que me hacen pequeño pero consciente de que Tú estás presente en los desvalidos.
Gracias por la casa donde resido, donde tengo mi pequeño rincón de lectura, de oración y de descanso. Gracias por tantos espacios abiertos donde Tu presencia es real. En las capillas de los oratorios que frecuento, en la iglesia donde asisto a la Eucaristía diaria, en tantos espacios donde puedo entregarme a los demás con amor.
Gracias por los sacerdotes y consagradas que has puesto en mi camino. A los que me imparten la comunión o la penitencia, a los que me aconsejan, a los que me guían espiritualmente, a los que comparten conmigo tiempos de oración y fraternidad. Gracias porque todos ellos me hacen amarte más a Ti, a Dios y tu Santa Madre.
Gracias por tantas personas anónimas que se cruzan cada día en mi camino, en mi trabajo, en mis iniciativas pastorales, en mis tiempos de ocio. Gracias, porque cada uno de ellos aporta algo nuevo a mi vida.
Gracias por todas las personas que leen estas meditaciones porque son un estímulo para seguir rezando desde el corazón y desde la fe.
Gracias por las oportunidades que me ofreces cada día, por las esperanzas que se abren en el peregrinaje de la vida. Gracias, porque son un estímulo para crecer como cristiano.
Gracias por tantas cosas hermosas que cada día siento me regalas. Gracias por que me ofreces la oportunidad de apreciarlas, valorarlas y sentirlas como un regalo tuyo.
Gracias, Señor, por tu amor y por tu misericordia. Gracias también, Señor, porque me perdonas siempre a pesar de mi miseria y mi pequeñez, de mis caídas y mis esclavitudes, de mi tibieza y mi falta de compromiso.
Gracias por que siempre me estás esperando con los brazos abiertos y la mirada misericordiosa. Gracias porque tienes una paciencia infinita conmigo y nunca te cansas de decirme: “Ven”.
Gracias, Señor, gracias. Gracias porque todas las gracias que pronuncia mi boca salen del corazón y es una gracia que de Ti recibo en este día.

iglesia

Acompaña hoy la meditación la cantata de Johann Sebastian Bach Wo Gott der Herr nicht bei uns hält, BWV 178 (“Si el Señor Dios no estuviera con nosotros“). Si no estuviera, si no lo conociéramos, ¡a quién daríamos gracias!: