Abonarse al victimismo

Hay veces que para llamar la atención del prójimo las personas nos abonamos al victimismo. El victimismo es el mejor blindaje para no practicar la autocrítica porque la culpa siempre es del otro y, así, la vida se hace más llevadera. Llenamos el corazón con el yo, con el lamento, con la negatividad, arrinconando la esperanza. En estos casos la felicidad y la alegría pierden su esplendor en nuestro corazón y el gusto por la vida se apaga. La Luz vivificante del Espíritu Santo queda oscurecida. Estas deficiencias del corazón abocan al victimismo contra la esperanza.

El victimismo te aboca a una visión negativa de todo lo que te rodea provocando en uno mismo y en los demás un sufrimiento intenso y, en ocasiones, bastante indefensión. El rol de víctima tiene como elemento tratar de protegerse para evitar afrontar la responsabilidad de sus acciones por no aceptar que una situación no salga como está prevista, por el fracaso latente o por no aceptar una situación y esto provoca proyectar la culpa en el otro.

El victimismo atenta contra la fe como rechazo de las responsabilidades. Al final todos hemos de responder ante Dios por lo realizado y lo recibido.  Ante el victimismo siempre miro la figura de Cristo. Él sí podía ser víctima. De hecho, Jesús es la verdadera víctima, la víctima ofrecida por nuestros pecados. Él da su vida por amor. Al aceptar la misión del Padre y la complejidad del mundo, es el camino a la salvación a través de su aceptación y su sacrificio, un modelo de entrega y compromiso.

Contemplando su figura uno comprende que no vale la pena perder demasiado tiempo descubriendo qué tentación te amenaza más. Más bien, conviene tomar el mensaje de Cristo sobre la voluntad del Padre: el Padre me ama, dice Jesús, porque siempre hago lo que le agrada.

No me imagino a Cristo tratando de dar lástima para llamar la atención, ni quejándose de todo, ni pensando mal de los demás, ni juzgando sus intenciones, ni manipulando sus objetivos, ni chantajeando emocionalmente, ni culpabilizando al otro, ni poniendo cuando cometía un error circunstancias ajenas para justificarse, ni teniendo una actitud pasiva ante las dificultades y problemas… Y no me lo imagino porque detrás del victimismo se parapeta el materialismo, el egoísmo, la mentira, la soberbia, el engaño. Todo sufrimiento se supera con fe, con vida interior, con oración y se debe afrontar con dignidad ofreciéndolo todo a Cristo. 

El victimismo te aboca a filtrear con el espíritu mundano cuando en realidad un cristiano está llamado a vivir el espíritu de las Bienaventuranzas para que su vida rezume el buen sabor de Cristo y del Evangelio. ¡Por eso como cristiano quiero abonarme siempre a la esperanza y no al victimismo!

¡Espíritu Santo, envía sobre mi tus done para que fortalecido en ellos, sepa y pueda perseverar, agradecer, conocer y amar al Padre y vivir siempre con esperanza! ¡Espíritu Santo dame siempre el don de la esperanza para no caer nunca el victimismo cobarde, para que no desfallezca ni pierda el horizonte cuando las cosas no me salgan como las tenga previstas! ¡Espíritu Santo, a pesar de mis debilidades y flaquezas hazme una persona siempre confiada y alegre, alejada del victimismo, para que las cosas del mundo no me arrastren amenazándome con someterme y engañarme! ¡Espíritu Santo, sabes que tantas veces el mundo me seduce y me ciega pero que nada me haga caer en el victimismo! ¡Enséñame, Espíritu divino, a guardar en mi corazón la Palabra de Cristo y reflejarme siempre en Él para afrontar las cosas que me suceden con entereza y alegría!  

Con María, la primera discípula de Jesús

Cuarto sábado de junio, con María, la primera discípula de Jesús, en lo más profundo de mi corazón. Un día después de vivir con amor la festividad del Sagrado Corazón de Jesús quiero imitar de su Madre su manera propia de seguir a Cristo. Haciéndolo como hizo Ella, conservándolas las cosas y meditándolas en el corazón, desde la interioridad, madurando desde los profundo del corazón todo cuanto sucede a su alrededor. Hacerlo desde la preocupación, el respeto y cuidado del prójimo —en su caso, que conozcamos de los Evangelios, con san José, con su prima Isabel, con los novios de las bodas de Caná, con el discípulo amado, san Juan, con los discípulos, con las mujeres que acompañaban a Jesús—. María acompaña a Jesús como madre, pero ejerciendo su maternidad desde la vertiente humana pero, sobre todo, espiritual.
Ser con María discípulo alegre de la vida; hacer presente la alegría en lo profundo de mi ser para darme al prójimo y para elevar mi canto gozoso por la grandeza de Dios, para ser portador del hágase en mi según tu palabra y llevar siempre en mi corazón la alegría de portar en él al mismo Dios.
Pero hay otros tantos ejemplos que invitan a seguir a María como discípula de Jesús: su humildad, su sencillez, su desprendimientos, su entrega, su inquebrantable fe firme, su capacidad de amar, su servicio amoroso, su manera de afrontar las pruebas y el dolor, su contrastada esperanza, su comprensión, su paciencia, su benignidad…
María, madre y discípula, compañera en el camino hacia Jesús y guía para seguirle en las sendas de la vida.
Contemplo hoy a la Virgen con el corazón abierto a la esperanza, en la plegaria para dejarme cubrir por su amor maternal, consagrado a Ella, santa entre las santas, para que me guíe en los caminos de la vida, para que tome mi mano y me enseñe a caminar hacia Jesús. ¿Quién sino como María que cumplió la voluntad de Dios, escuchó Su Palabra y la cumplió a cabalidad para guiarme por el camino hacia la Santidad?

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¡María, me uno enteramente a Ti en este nuevo día, tu que fuiste para la primera cristiana de este mundo, la Madre de la Fe en el Nuevo Testamento; la primera discípula de Tu Hijo! ¡Me uno a Ti y comienzo el Ave María y me alegro de sentirte tan unida al Padre, llena de gracia, unida siempre a Jesús, bendita entre todas las mujeres! ¡Me uno a Ti, María, que me enseñas a fundirte en una unión perfecta con Jesús! ¡Me uno a Ti, María, que me muestras como hacer siempre la voluntad de Dios, a cumplir sus designios, a dejarse llevar por la luz del Espíritu Santo, a dejarse llenar por sus dones y sus gracias! ¡Me uno a Ti, María, que me guías por el camino de la vida, que atiendes siempre mis llamadas y mis plegarias, que me prestas siempre tu socorro y tu auxilio, que me esperas siempre con los brazos abiertos para cubrirme con tu mano! ¡Me uno a Ti, María, para buscar tu amable y cariñosa compañía, para acudir con confianza a ti, para que me ayudes a cuidar los detalles pequeños de mi vida cotidiana como hiciste Tu, para que me ayudes a hacerme niño y pequeño ante Dios, para que me ayudes a reconocer que sin Jesús no soy nada y nada puedo, para que me llenes de gracia, para que me procures las fuerza para perseverar en mi camino de fe, para que me enseñes a pedir, para que me ayudes a ser sencillo, a estar siempre alegre, para que me ayudes a abrir siempre el corazón! ¡Me uno a Ti, María, y te confío mis alegrías y mis desventuras, pero sobre todo te pido que me ayudes a conocer y seguir a Jesús con más ahínco e ilusión!

Vivir con gozo

La vida se puede disfrutar y gozar de mil maneras. Basta enunciar algunas: el beso cariñoso de tu pareja al iniciarse el día, la sonrisa de tu hijo, la audición de una canción, la lectura de un buen libro, la satisfacción del trabajo bien hecho, la contemplación de un paisaje, con una conversación amena, con un abrazo de consuelo…
Uno de los elementos que me prueban la existencia de Dios es el gozo. El gozo entendido como alegría, satisfacción, júbilo. El verdadero gozo significa que Dios cambia el mundo a través nuestro porque el gozo es imposible sin la existencia de un Dios Amor.
Imagino los siete días de la Creación y a Dios entonando en el momento de dar forma a cada una de sus bellas y perfectas obras —el agua, las montañas, el sol, las estrellas, las aves, los reptiles, el viento, al ser humano a imagen y semejanza suya— cantos llenos de alegría. Me imagino los cantos serenos de los seis primeros días y el canto lleno de amor, de júbilo y de gran gozo del séptimo, la jornada en la que Dios descansó y lo bendijo y santificó todo.
El amor, la alegría, el regocijo, la esperanza… son parte intrínseca y constitutiva de la esencia de Dios porque Dios es Amor, Dios es Misericordia y Dios es alegría, tres conceptos íntimamente relacionados en el ser de Dios.
Una de las frases que más me gustan de san Pablo es aquella que vincula las obras de la carne y el fruto del Espíritu y las pone en este orden: Amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza.
En primer lugar, el Amor que lo engloba todo. La segunda palabra es gozo. El gozo es la alegría de ánimo, es el sentimiento de complacencia al recordar o tener algo que gusta; es cualquier acción que genera felicidad en el ser humano.
No es posible, por tanto, ser cristiano y caminar por la vida con cara agriada, amargada o traspuesta. Los cristianos debemos ir con el rostro limpio, con la sonrisa sincera como signo de identidad, como llevando escrito el mensaje de Jesús a sus discípulos: «alegraos de que vuestros nombres estén escritos en el cielo». ¿Es posible ante tan increíble anuncio que alguien permanezca impasible, vaya con el rostro agriado y no se llene de gozo?
Vivir con gozo debería ser un principio esencial en nuestra vida cristiana. Es, además, un mandato que viene del mismo Jesús cuando dijo que buscásemos la paz en Él; que en el mundo tendríamos que sufrir, que tuviéramos valor, pero que como Él ha vencido al mundo confiáramos. Esto implica que, como cristianos, podemos y debemos disfrutar de todas y cada una de las bendiciones que Dios nos brinda cada día. No quiere decir que las dificultades, los problemas, los obstáculos, las dudas, las frustraciones, los sufrimientos no se harán presentes, significa que contamos con una base sólida para sentir el amor, el gozo y paz interior que viene de Dios y que se manifiesta en cualquiera de las situaciones que vamos a vivir en nuestra jornada.
Mi propósito es caminar por el mundo con el rostro gozoso, con el rostro iluminado con la alegría del cielo, un rostro que manifieste que Cristo vencedor de la muerte, vivo y resucitado en esta Pascua, vive en mí como yo, en mi pobreza y pequeñez, vivo con gozo y alegría en Él, que me lo da todo y porque quien yo quiero darlo todo.

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¡Espíritu divino concédeme la gracia de caminar por el mundo anunciando la alegría del Evangelio, el gozo de sentirme cristiano, amado por el Dios Amor, testimonio de la Buena Nueva del Señor! ¡Espíritu Santo, haz que la alegría del Evangelio que llena mi corazón se manifieste en el gozo de mi vida que me libera de tristezas, de vacíos interiores, del pecado! ¡Haz posible mi encuentro cotidiano con el amor de Dios! ¡Señor, yo quiero seguir tus pasos; dame tu Espíritu para vivir en permanente alegría y con gozo para cantar las cosas bellas que haces en mi, para dar testimonio de ellas! ¡Padre, te doy gracias, te doy infinitas gracias por mis ganas de vivir, por mi gozo de sentirme amado por Ti, por tener la oportunidad de descubrir tu presencia en cada uno de los instantes de mi vida; por hacerte presente en la cotidianidad de mi jornada, de mi trabajo, de mi relación con los que quiero, de mis esfuerzos y quehaceres! ¡Dame la capacidad, Padre, de gozar de la vida, de tu presencia, de ser uno con Cristo, de vivir en unión con el Espíritu, para no perder nunca la esperanza, ni la alegría, ni la capacidad de asombro, ni la gratitud de tener un encuentro diario contigo, de construir mi vida sobre la roca firme de la fe recibida el día de mi bautismo! ¡Dame, Padre, tu Espíritu para encontrar en los rostros de mis próximos tu presencia! ¡Ayúdame a ser testigo del Evangelio de la vida e interiorizar el gozo inmenso de saber que solo hay un camino que es el que me conduce al cielo prometido donde me esperas con el gozo de haberme creado!

Con flores a María (Obsequio espiritual a la Santísima Virgen María)
María, Madre, tú eras audaz, emprendedora, siempre llena de gozo, confiada plenamente en el Espíritu que te acompañó a lo largo de tu vida: enséñame a desconfiar de mí mismo y a poner mi esperanza en el Poderoso que quiere hacer obras grandes en mí.
Te ofrezco: encomendarme al Señor antes de cada actividad que haga hoy y ayúdame a manifestar el gozo de sentirme hijo de Dios.

El significado de nuestra vida

Hoy, domingo, es la Pascua del enfermo. Recuerdo con frecuencia la imagen de mi padre postrado en la cama en los últimos meses de su vida, consumido por un cáncer que cercenaba a velocidad del rayo su debilitado cuerpo. Era el día de Navidad. Aquel día, delicado ante la enfermedad y pese a que no podía prácticamente ingerir nada, quiso levantarse. Se puso su traje y su corbata y con la elegancia que le caracterizaba con una gran sonrisa y una gran alegría que salía de su corazón, alegría que daba sentido a su vida, se dirigió a los que en torno a la mesa estábamos reunidos: «Os quiero, sois lo más hermoso que me ha dado Dios». Fueron sus únicas palabras. Mi padre fue siempre un cristiano alegre, agradecido, servidor del prójimo, entregado a su mujer, sus hijos, su familia, sus amigos, sus trabajadores…
Para mí era un cristiano ejemplar que se negaba a centrarse en sí mismo, pero que se abría al proyecto de Dios en su vida y en su entorno. Con alegría.
El auténtico seguidor de Jesús experimenta verdadera alegría porque la alegría profunda se nutre de la apertura y el don en lugar de la estrechez y el egoísmo. De él aprendí que las personas que están encerradas en sí mismas no son felices. La felicidad está en la apertura al don de Dios y en el don de uno mismo para los demás.
La forma en que vivimos en nuestras ocupaciones y nuestros compromisos, así como en nuestras obras, tiene un significado profundo si dejamos que se ilumine con fe en la Palabra de Dios, en las Buenas Nuevas proclamadas por Jesús, quien es el Camino, la Verdad y la Vida. Nuestro camino se fusiona con los caminos de Cristo y su venida. Entonces, reconociendo a Jesús como el Señor de nuestras vidas, nos invade una felicidad y una alegría incomparables.
Por supuesto, las pruebas, los obstáculos, las dificultades no desaparecen, pero nuestra vida tiene sentido a partir de ahí. No somos como personas sin rumbo, pero estamos en marcha esperando la plena revelación de Cristo que vive entre nosotros.
¿Podemos estar alegres ahora mismo en un mundo magullado por tantas desgracias como el drama actual de la pandemia, de los refugiados, del terrorismo, de los pobres olvidados, de los niños explotados…! ¡Si! Podemos alegrarnos y dejar que nuestros corazones se vistan de alegría porque hay que permanecer siempre en la alegría del Señor, que está cerca.
La alegría del cristiano va siempre en compañía. El gozo cristiano es un fruto del Espíritu que se acompaña de muchos otros frutos, en particular la paz de Dios que excede todo lo que uno puede imaginar: amor, paciencia, amabilidad, benevolencia, fidelidad, gentileza y dominio propio.
¿Qué tengo que hacer entonces? Ir al fondo de mi corazón para encontrar las respuestas que el Espíritu Santo deposite allí para salir de mi mismo, abrirme para compartir, escuchar a mi pareja, a mis hijos, a mis amigos, a mis compañeros de trabajo o a cualquiera con quien me encuentre y tenga una necesidad. Depende de mi escuchar, abrir el corazón, y dejar que penetré en él la fuerza del Espíritu. Desde ahí, tendré más facilidad para poseer a Dios, gozando de su presencia en mi corazón. Este es el significado de nuestra vida: estar alegres en el Señor.

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¡Señor tu deseo es que sea feliz porque me has creado para disfrutar de la vida eterna! ¡Quiero acoger en mi corazón tu invitación a entrar en la alegría de la comunión con tu Hijo! ¡Señor, yo aspiro a ser feliz poseyéndote a Ti, gozando de tu presencia en mi corazón! ¡Tenerte a Ti, Señor, es fuente de una alegría inmensa que ni los problemas, ni las dificultades, ni los sufrimientos, ni las adversidades, ni las aflicciones, ni las turbaciones… pueden quebrar! ¡Aspiro, Señor, a la alegría de cumplir tu voluntad, de renunciar a mi propio yo, a buscar lo mejor para el prójimo, a complacerte en todo, a renunciar al pecado, a aspirar a la santidad, a defender al débil, a servir con amor, a disponerme enteramente a Ti! ¡Señor, te doy gracias porque tus obras en mi son maravillosas, tus promesas eternas, porque me gozo en las obras de tus manos! ¡Me gozo en Ti, Señor, porque mi alegría me permite tener paz interior, serenidad del alma y búsqueda constante de la virtud! ¡Señor, he sido creado para la vida eterna contigo y con todas las personas que amo; me has dado la vida para gozar eternamente de Ti y, pese a las dificultades, quiero vivir en tu presencia desde ahora y por toda la eternidad! ¡Quiero vivir alegre con el corazón puesto en Ti porque esta es mi esperanza! ¡Y en este domingo que celebramos la Pascua del enfermo, te pido por todos los que viven la enfermedad en soledad, sin fe, sin esperanza, sin la compañía de sus seres queridos! ¡Te pido por los que no pueden participar de la Eucaristía! ¡De los que sufren y tienen miedo! ¡Y por todos los que les cuidan, para que tu Señor te hagas presente en sus vidas y tu, María, Salud de los enfermos, los cubras con tu manto maternal!

Con flores a María (Obsequio espiritual a la Santísima Virgen María)
María, Madre, cuando Jesús expuso las ocho bienaventuranzas, no hizo más que fijarse en ti: enséñame a ser manso, a dejarme traer y llevar por la obediencia.
Te ofrezco: cumplir hoy mejor con mis deberes con alegría y tener en mi corazón a los enfermos haciendo algún sacrificio por ellos.

Ser llama vivificante del cirio pascual

El sábado seguí por televisión la sobria y no por ello alegre Vigilia Pascual desde el Vaticano que transmitía la televisión. Mientras el Santo Padre encendía el cirio pascual nosotros habíamos encendido también unas pequeñas candelas como si estuviésemos físicamente en el templo. Vivimos la ceremonia con una alegría «confinada».
De la muerte a la vida. La Pascua es la luz que alumbra sobre las tinieblas del mundo, la hermosura que se trasluce sobre tantas máscaras que encubren la maldad y fealdad de esta sociedad desacralizada, egoísta y materialista, la bondad que vence al mal, la vida que vence definitivamente a la muerte, el perdón que se impone al odio y el rencor, el bien que supera el mal, la esperanza que ilumina cualquier desazón, la alegría que difumina la tristeza, la paz que derrota a la violencia… pero me toca a mi, en mi pequeñez y mi fragilidad, en mi ser cristiano, el mantener viva jornada a jornada la llama incandescente del cirio pascual. Nuestras velas del sábado emitían una llamada tímida y pequeña pero basta ésta para iluminar el entorno en el que te mueves y testimoniar que ¡Cristo ha resucitado!
Antes de soplar la llama de mi pequeña candela ante el televisor sentí la necesidad de ser llama que testimonie la luz de Cristo. Ser como esta pequeña llama del cirio pascual —que presidirá todas las ceremonias religiosas hasta Pentecostés— en la realidad de mi vida. Llama que ilumine mi corazón y el de mi prójimo. Que ilumine las almas heridas, sufrientes, doloridas —hoy quizá más que nunca— de tantos que viven situaciones angustiosas. Ser una llama viva en todos y cada uno de mis afanes cotidianos, en lo simple y complejo de mi existencia, con mis múltiples fallos y aciertos. Ser luz de amor, de paz, de entrega, de perdón, de servicio y de generosidad. Ser luz que al caminar sea para vivir desde la verdad, la autenticidad, la honradez, repleto de paz interior, con serenidad del corazón, con multiplicad de gestos de bondad y actuando siempre con limpieza de corazón.
Si Cristo es para mí la luz de la vida como cristiano comprometido quiero ser hoy y siempre testimonio de esa luz y convertirme en una pequeña llama que brille en la pequeñez de mi entorno familiar, social, profesional y parroquial. Luz que haga exclamar con gozo. ¡Jesucristo ha resucitado, en verdad ha resucitado!

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¡Señor, en este día me siento muy unido a ti por la gracia de tu Resurrección gloriosa! ¡Quiero ser un cirio viviente que testimonie que has resucitado! ¡Quiero ser como la luz del cirio pascual que ilumine el camino de la vida, la mía primero, y de la de los míos después, pues sin coherencia de vida no puedo ser testimonio para los demás! ¡Quiero ser como la llama del cirio pascual para dar calor a mi corazón y el corazón de los que amo y de los que me cruce por el camino! ¡No quiero olvidar, Señor, que los clavos que hay en el cirio simbolizan tus cinco llagas, testimonio del sufrimiento por mis pecados; concédeme la gracia de vivir en coherencia con tu Buena Nueva, con tu Palabra y con tus enseñanzas alejándome del pecado y del mal! ¡Que el fuego destruya, Señor, mis pecados que tanto me alejan de ti! ¡Que los números que hay escrito en el cirio pascual, los de este 2020, no me hagan olvidar que debo recorrer todo este tiempo junto a Ti que eres el amo y Señor de la eternidad a la que aspiro llegar el día de mi traspaso! ¡Que no olvide que el alfa y omega incrustado en el cirio, Señor, es por Dios, mi Padre, al que le debo la vida, que es el principio y fin de todo, al que alabo, bendigo y glorifico por su amor y su misericordia para conmigo! ¡Que no olvide, Señor, que el cordero que aparece en el cirio eres Tu, que te revelaste durante tu pasión y muerte como el Cordero de Dios «inmolado» en la cruz para limpiar los pecados del mundo! ¡Y finalmente, Señor, que no olvide dejar de ver esa cruz incrustada que me recuerde que es el camino de la cruz el más directo para llegar al Padre que como Tu nos has enseñado; que no aparte de mi vida las cruces que me llegan sino que las acoja con el mismo amor con el que Tu moriste en el madero santo! ¡Espíritu Santo ilumina mi vida para ser luz en la inmensidad de la vida!

Contemplar al que traspasaron

Se acerca la Semana Santa. Hoy, en mi despertar, he sentido una invitación profunda a contemplar a Aquel al que traspasaron que me lleva con toda su fuerza al corazón del misterio de la salvación, del amor loco de Dios que no dudó en dar a su Hijo, para tomar la forma de un esclavo, que se convirtió en el Siervo desfigurado por el peso de nuestros pecados y que obtuvo la salvación del Padre para todos nosotros.
Me he imaginado a los pies del Calvario. En esa escena dolorosa y terrible en la que Cristo fue clavado en la cruz. Y contemplo al que traspasaron. De su costado traspasado fluye sangre y agua. La sangre de la Eucaristía y el agua del bautismo. Y siento como Cristo me interpela: ¿Qué representa esta imagen para ti? ¿Qué le respondo al Señor?
Con este horizonte, la Cuaresma no es más que un camino de transformación personal. Ya llegará la Vigilia Pascual en la que estallará la alegría de estar con Cristo pasando de la muerte a la vida, de la oscuridad a la luz. Pero mientras tanto la figura de Jesús se me presenta como el mensajero del amor de Dios, como el que confronta la oscuridad en una batalla cuyas profundas historias de milagros revelan el amor; quien por mano de Dios es victorioso sobre el sufrimiento, el dolor, la tribulación… Todo me lleva a un mayor ardor en mi vida cristiana; caminar hacia el amor porque de lo contrario nada tiene sentido; recordar que soy polvo y que volverá un día al polvo, un concepto tan a menudo criticado pero tan realista y tan rico en profundidad humana. Por lo tanto, mi camino de Cuaresma, por pequeño que sea, me abre un camino para caminar con Aquel en quien creo, Aquel a quien traspasaron. Es una invitación para salir de mi mismo y abrirme al abrazo misericordioso del Padre.
Contemplar al que traspasaron me invita a abrir mi corazón de par en par al prójimo y abrazar sus heridas y sufrimientos, aliviar los dramas de la soledad y el abandono de tantas personas. Es vivir una experiencia renovada del amor de Dios que se entrega a nosotros en Cristo, amor que debo entregar a mi prójimo, especialmente aquel que más sufre y pasa dificultades.

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¡Señor, que no me acostumbre a verte crucificado y traspasado en la cruz! ¡Que cada vez que te contemple en la cruz mi fe se fortalezca, me acerque más a ti y sienta la necesidad de volver mi mirada a Ti, que te traspasaron el alma por mis pecados! ¡Que cada vez, Señor, que fije mi mirada en el crucifijo lo contemple con una mirada de fe, de esperanza y de amor! ¡Que sienta que no es solo una imagen en la que estás tu, sino una realidad viva de fe, esperanza y salvación! ¡Que sea, Señor, un motivo para mí de recogimiento y de mucho amor y también de agradecimiento al Padre que te entregó para que mi vida tenga sentido de eternidad! ¡Que contemplándote traspasado en la cruz suponga para mi un nuevo renacer, implique un transformar mi vida, un crecer espiritualmente, un renovar mi interior con más paz y vida interior! ¡Señor, quiero abrazarte en la cruz, quiero unirme a ti en el camino del amor, quiero amar hasta el extremo como amas tu, quiero morir en mi humanidad para ser entrega para los demás desde la humildad, el servicio y el amor! ¡Señor, contemplo tu cuerpo desfigurado por tantas indiferencias humanas, por tanta soberbia y rencores, por tanto egoísmo e iniquidad y me duele mi corazón porque siento que también soy el responsable de que tu costado haya sido traspasado por la lanza, tus manos y tus pies clavados en la cruz y tu cabeza coronada de espinas! ¡Señor, me postro ante ti, traspasado en la cruz, y te doy gracias por la autenticidad de tu amor, por tu escuela de servicio, por tu abrazo de amor! ¡Señor, que mi contemplación de la cruz sea un reencuentro cotidiano con el amor del Dios Crucificado! ¡Que no me olvide cada día de abrazar con amor tu Cruz para ser transmisor de amor y esperanza a los demás desde la escuela de la Cruz!

Hoy es primero de abril. Nos unimos a la intención de oración universal del Santo Padre. Para este mes nos pide rezar para que todas las personas bajo la influencia de las adicciones sean bien ayudadas y acompañadas.

Ser acompañante

Por razón de mi trabajo tengo que viajar mucho y, habitualmente, a lugares lejanos. La mayoría de las veces lo hago solo pero en muchas otras me acompañan personas muy diversas que trabajan conmigo o para mí. Tengo siempre la necesidad de abrir el corazón, testimoniar lo que siento y lo que soy, pequeño en mi nada pero amorosamente enamorado Cristo. No me importa hablar de Él, de plantear cuestiones en clave cristiana, de ofrecer mi oración y mi plegaria por una necesidad. Aunque pueda parecer curioso la gente lo acoge, lo aprecia y lo agradece.
El acompañamiento te invita a caminar con el prójimo de manera diferente. Todos tenemos problemas, heridas, enfermedades, sufrimientos, desavenencias, dolores, disgustos, enfados, intranquilidades, relaciones tóxicas… Todos necesitamos que nos ofrezcan un consejo, un apercibimiento, un parecer, un toque de atención; necesitamos también un hombro sobre el que lamentarnos o llorar; un oído atento a la escucha sincera; una mano afectuosa que atienda nuestras necesidades; una mirada misericordiosa y benevolente que comprenda nuestras penurias. No importa si es en la familia, en la vida social, profesional, comunitaria, parroquial. No importa donde ni cuando. Lo esperan gentes de todas las edades y de toda condición social.
Ser acompañante. El acompañamiento no consiste en dirigir, ni en mandar, ni en marcar el paso del otro, ni en pontificar, ni en manipular, ni en instruir, ni en influir, ni en hacer terapia, ni en ir de salvador de nada.
Acompañar es simplemente servir desde la alegría y la humildad, compartiendo la vida de forma natural, paciente y respetuosa, para que cada uno, creyente o no, descubra qué busca y, si es el caso, encuentre la voluntad de Dios en su vida.
Acompañar es una responsabilidad que tenemos los cristianos para que, quien acuda a nosotros, pueda vislumbrar en su vida el ir unido a la verdad, la libertad y la esperanza. Una vida enraizada en Cristo. El acompañar desde la realidad cristiana es una obra grande, llena de sentido, porque nos predispone a obrar en nombre del Señor para que alguien encuentre la paz interior y, si es posible, llevarlo a Él; nos da la oportunidad de transformar el corazón del hombre siendo instrumento del hacer de Dios. ¡Qué tarea más compleja repleta de responsabilidad!

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¡Señor, hazme una persona de oración para poder acompañar a otros con el corazón abierto al encuentro del Amor que eres Tu! ¡Señor, te doy gracias cuando me pides que colabore contigo en la delicada labor de ayudar al prójimo a que abra su corazón! ¡Concédeme la gracia de ser un instrumento humilde que trabaje en tu nombre con prudencia y sencillez para entender que todo depende de Ti! ¡Señor, te pido humildemente la gracia para aprender a acoger y tener la capacidad de escuchar con los mismos modos y actitudes con los que tu obraste en cada acontecimiento de la vida! ¡Concédeme, Señor, la gracia que venga de tu Santo Espíritu para que mi acogida al prójimo sea cálida, amorosa, tierna y evangélica! ¡Ayúdame, Señor, a generar en el prójimo un clima de verdadera confianza en el que sienta que su dignidad es respetada para que no tenga reparos en mostrarse tal cuál es! ¡Hazme, Señor, ver siempre sus cualidades y virtudes y no sus defectos y no permitas nunca que actúe con ideas preconcebidas! ¡Concédeme la gracia, Señor, de caminar a tu ritmo, según tu voluntad, y no según mis apetencias! ¡Espíritu Santo, Señor de la gracia, dame siempre la lucidez para interpretar las necesidades ajenas, para que pueda ayudar según tu voluntad divina, para captar también aquello que Dios realiza en la persona! ¡Concédeme, Espíritu Santo, la gracia de actuar siempre con respeto con la libertad ajena, la misma libertad que otorga Dios a cada uno de nosotros cuando nos llama!

Vivir una vida exprés

Al comenzar el año existe la tendencia de llenarse de grandes propósitos. Adelgazar e iniciar esa dieta milagro que te dejará el cuerpo de modelo de pasarela. Apuntarse al gimnasio para estar en forma. Aprender un idioma para relacionarse con otros. Así un largo etcétera. Muchos de estos propósitos se quedan en el camino rápidamente. No creo en los propósitos exprés. No creo en estas dietas que te prometen adelgazar a base de poco esfuerzo. No creo en la regularidad de llevar una vida de ejercicio en el gimnasio sin exigencia. Como tampoco creo en la vida sin esfuerzo, sin sacrificio, sin entrega, sin disciplina, sin orden, sin entrega, sin perseverancia ni constancia. La vida es compromiso y un continuo vencer obstáculos y dificultades.
Este compromiso exige que mi vida cristiana no sea una vida exprés. Exige orden, recogimiento, entrega, perseverancia, constancia; exige no dejarse doblegar por el desánimo, la apatía o el desaliento. La vida cristiana requiere dar mucho para recibir también. Exige mucho compromiso, rectitud e integridad, gestos que surjan de un corazón que ama, un corazón humilde y sencillo, que testifiquen que Cristo vive en el yo interior y ese vivir te permite testificarlo en tus gestos, en tus palabras, en tus sentimientos, en tus comentarios, en la cotidianidad de la vida. La sociedad nos lleva a vivir de la comodidad y de manera exprés, en lo inmediato sin ahondar en lo que es esencial, pero como cristiano no puedo acomodarme a la comodidad de la vida porque cuando lo hago acomodo mis valores y mis principios a lo que la sociedad demanda y no a lo que Cristo anhela.
Vivir en cristiano no es vivir una vida exprés dejándote llevar por el hedonismo imperante, por el individualismo insultante, por el materialismo agobiante, por el egoísmo lacerante. No es dejarse manipular por los medios y la opinión ajena. Eso es lo sencillo y fácil. Pero también lo que te aleja de la verdad.
Vivir en cristiano es vivir una vida en coherencia con el Evangelio, vivir de acuerdo con la voluntad de Dios, vivir la Buena Nueva de Cristo. Vivir así no es vivir de manera exprés porque exige esfuerzo, mucho compromiso y mucha vida de oración. Al comienzo del año me propongo continuar con alegría y esperanza mi dieta milagrosa de la Eucaristía, acudir cada día al gimnasio de la oración para vigorizar mi pobre vida interior y aprender por medio del Espíritu Santo los idiomas del alma que me permiten acudir al prójimo para servirlo hablando su lenguaje y también alimentarme de la Palabra.
Vivir una vida exprés es lo fácil, vivir una vida cristiana ya no es tan sencillo. Pero uno vive más feliz, más entregado, más lleno, más confortado, más vigoroso, más alegre y más lleno de Dios. ¿No es una opción que vale la pena?

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¡Señor no quiero vivir una vida cristiana exprés sino una vida que ahonde tu presencia en mi corazón! ¡Quiero vivir en comunión contigo, Señor! ¡Envía tu Espíritu, Señor, sobre mí para que pueda vivir una vida acorde que te agrade siempre, que me permita estar preparado para realizar buenas obras que testifiquen que vives en mi! ¡Concédeme la gracia de vivir de acuerdo con tu Palabra para que me guíe en el camino de la vida, para ganar en sabiduría que tanto necesito para transitar en el día a día, para enriquecer mi devoción a ti, para ganar sentido común, para fortalecer mis relaciones con el prójimo, para llevarlo todo a la perspectiva tuya no la de mi propio yo! ¡Concédeme la gracia de llevar una vida oraste que me permite crecer interiormente y llevar el peso de mis aflicciones pero también para salir al mundo y ser testimonio de tu verdad en mi entorno familiar, social o profesional! ¡Que mi vida sea una consagración a Ti! ¡Envía tu Espíritu sobre mi, Señor, para que enseñe a perseverar, que me guíe en mi caminar y me fortalezca en mis tiempos de necesidad y de avanzar, para que sea mi consejero y me ayude a comprender la verdad revelada por Ti! ¡No permitas, Señor, que lleve una vida exprés sino una vida comprometida contigo y con los demás! ¡Una vida que acreciente mi compresión por las cosas que vienen de Ti, y me permitan adorarte, aprender y servir! ¡Que mi vida no sea una vida exprés sino una vida de servicio a los demás como manera de servirte a Ti y testificar que vives en mí! ¡Que mi vida no sea una vida exprés sino que mi corazón se llene siempre de tu presencia porque quiero ser hechura tuya! ¡No permitas, Señor, que las dudas me atenacen, que las incertidumbres me venzan, que el hedonismo, el materialismo y el individualismo me derroten! ¡Que sepa ver, Señor, que tu gracia es suficiente para enfrentar las demandas de cada nuevo día! ¡Que sepa ver también, que los contratiempos, los problemas, las dificultades o cualquier experiencia de sufrimiento tienen una perspectiva nueva cuando tu te haces presente en mi vida! ¡Acrecienta, Señor, mi fe para que pueda descubrir el poder, el consuelo y la fortaleza del Padre en todas y cada una de las experiencias de mi vida! ¡Y que mi vida exprés no me deje llevar por las tentaciones y me detenga en ellas, ayúdame a tener entereza para vencer la tentación, por medio de la oración, del conocimiento de tu Palabra y con una vida eucarística plena!

Cuando Dios te habla a través de un no creyente

Recuerdo una comida en un santuario mariano en lo alto de una montaña. Todos los que allí estábamos habíamos subido a lo alto de aquel peñasco donde se encuentra el santuario para disfrutar de un sábado familiar en compañía de María. A la comida asistió una persona no creyente invitado por una amiga común. En el ágape planteó muchas objeciones sobre el cristianismo, sobre la Iglesia y sobre la fe. Y los que allí estábamos tratamos de convencerle con argumentos basados en la razón. Él estaba cerrado en banda, no podía entender ni asumir nuestro argumentario. Cuando regresé caí en la cuenta que personalmente le había fallado. Mis argumentos habían sido racionales y no desde la perspectiva del amor ni de mi testimonio cristiano. Aquel hombre seguramente se habría llevado la misma impresión, ¡qué corazones tan duros los de esos cristianos que trataban de imponer una idea, un argumentario, una fe!
He llorado interiormente bastante tiempo porque mis palabras aquel día estuvieron carentes de amor. Las semanas fueron pasando y me encontré a esta misma persona en un entorno diferente tres semanas antes de Navidad. Me alegré de verlo allí. Dios quiso que fuera en un lugar especial. Durante tres días compartimos experiencias de terceros, nos cruzamos palabras de afecto, miradas cómplices, sonrisas amables. Pero nada más. El último día nos abrazamos desde la fraternidad. Y desde el corazón. Y tuvimos ocasión de compartir, brevemente, con afecto, respeto y cariño.
Hace tres días me escribió un WhatsApp con sentidas palabras  felicitándome las fiestas y el nuevo año que me removieron interiormente. Desde aquel día en el santuario estaba en mi oración diaria porque era consciente de que no le había mostrado a Cristo viviendo en mi, al Cristo del amor, sino que había visto en mi la arrogancia de mi voluntad, la insensibilidad de mi corazón y la vehemencia de mi fe. Y me sentía desarmado en la pequeñez de mi misión como cristiano. Le había fallado a él y le había fallado al Señor.
Todos tenemos una misión universal. Hablar de Cristo es testimoniar a Cristo. Mostrar a Cristo. Mirar como Cristo. Amar como Cristo.
Somos enviados a continuar el plan de Dios en nuestros entornos de vida. Debemos tomar o retomar el camino. Debemos estar entre quienes proclaman las buenas nuevas a todos los hombres y mujeres de todos los tiempos y de todos los lugares. Jesús quería hombres y mujeres que proclamaran por su Iglesia. Para ir a una misión, tienes que viajar ligero. No tienes que estar abarrotado de demasiadas cosas en el corazón. Debemos dejar estos lazos que nos impiden salir y ver la nueva Iglesia que está en todas partes.
Dios está en todos. En los que creen y en los que no. En los que se entregan y los que hacen lo que pueden. Siempre hay hombres y mujeres que, en nombre de su fe, trabajan para construir un mundo más justo, un mundo de paz, un mundo en el que el amor y el respeto por los demás sean de suma importancia. Pero también hay hombres justos que en nombre de su «no importa el qué» trabajan para construir un mundo más justo, un mundo de paz, un mundo en el que el amor y el respeto por los demás sean de suma importancia.
Lo importante es el compromiso. Pero el compromiso no es una tarea fácil. Desde tiempos inmemoriales, ha habido y todavía hay mujeres y hombres que han llevado y que todavía llevan una palabra de libertad, justicia, paz y amor. La mayor alegría de estos discípulos, dice Jesús, no es cumplir la misión, es ver que sus nombres estén inscritos en el cielo. Tenemos que ser uno de ellos. Lo que se nos pide es que no tengamos muchas cosas que ofrecer para convencer a la gente. Es suficiente para nosotros ser mensajeros de paz, portadores de esperanza en un mundo que lleva sus bellezas y sus fortalezas, pero también sus debilidades y su pobreza.
Todos somos misioneros. Tenemos diferentes maneras de hacer las cosas, pero todos estamos trabajando para la misma meta, todos vamos en la misma dirección: llevar al mundo el reino del amor.
Lo hermoso es saber que, se sea creyente o no, es Dios quien prepara, quien llama y quien envía. Dios tiene sus tiempos, Él asegura nuestra misión de evangelización incluso si a escala global nuestra impotencia nos parece obvia e insuperable. Siempre podemos actuar en nuestro entorno inmediato. En nuestro trabajo, en la familia, con nuestros amigos, con todos los que nos rodean. A esta persona la llevaré siempre en el corazón. Desde aquel día que me lo encontré en lo alto de un monte, en una comida familiar, acompañado de la Virgen, me ha hecho meditar mucho sobre mi misión apostolar. Me ha predispuesto de otra manera para llevar a cabo esta misión que siento Jesús me ha confiado. Que finalmente pueda asumir este desafío y dar así un nuevo significado a mi vida vino, sorprendentemente, de alguien alejado de la fe. ¡Qué grandeza la de Dios! ¡Cómo escribe torcido el Creador! Nuestros medios y nuestro único equipaje para el compartir serán simplemente nuestra fe, nuestro amor y nuestro sentido de la solidaridad. Desde la humildad y desde el corazón. ¡Gracias, amigo, porque sin saberlo ni esperarlo Dios me habló con mucha claridad a través de ti!

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¡Señor, te pido bendigas a todos aquellos que se cruzan en mi camino y transforman mi corazón! ¡Señor, especialmente te pido por aquellos que sin saberlo me han hablado de Ti! ¡Me postro ante Ti, Señor, para que protejas siempre a los que se acerquen a mi, cobíjalos con tu luz, llénalos de tu amor, fortalecemos en su serenidad interior, cúbrelos de tu misericordia! ¡Hazte omnipresente en ellos porque su vida me interesa, Señor! ¡Cuando las tinieblas les embarguen, Señor, elimina las nieblas que les cubran! ¡Hazme un instrumento de tu paz, que puedan ver en mi lo mucho que les amas pero ayúdame a ser testimonio de tu amor, a aceptar su idiosincrasia y su realidad sin imponer! ¡Derrama tu Espíritu sobre ellos, Señor, para que se sientan protegidos en el camino de la vida, en su propia realidad! ¡Dales tu bendición! ¡Gracias, Señor, porque tantas veces te manifiestas a través del prójimo y así me lo haces ver! ¡Gracias, Señor, porque me abajas llevándome a caminar a través de terceros! ¡Bendice especialmente al que se ponga en mi camino y se haga presente por medio de Ti! ¡Concédeme la gracia de aprender a amar a los que conviven conmigo compartiendo mi vida, mi fe, mis incongruencias, mis errores, mis lágrimas, mis éxitos, mis penas y mis alegrías! ¡Que sepa verte en el rostro sereno de aquel que pones en mi caminar!

Tiempo de invitación a la sencillez

El tiempo del Adviento es un tiempo que te invita a la sencillez. Sencillez como la de María, que todo lo hizo en silencio, como pasando desapercibida a pesar de que la decisión que tomó fue la más trascendente de la historia. Sencillez como la de san Juan Bautista, que se despojó de todo, para allanar los caminos de Jesús. Sencillez como la de Cristo, el Dios hecho Hombre, que viene a nosotros en la pobreza más absoluta. La sencillez es la virtud que jalona la vida de estos tres significados protagonistas del Adviento. Y yo, ¿cómo ando de sencillez?
Y es cuando caes que todo lo que tiene que ver con Dios no puede estar revestido de grandilocuencia sino impregnado de sencillez. Cristo, fuera donde fuera, hiciera lo que hiciera, no buscaba nunca el espectáculo sino, simplemente, remover el corazón del hombre. Jesús me quiero pequeño. Quiere que me haga como un. Niño. Quiere que me desprenda de todo aquello que no abone en mi vida el discurso de la sencillez. Renunciar a la soberbia, al egoísmo, a creerme más que el otro, a no vivir en la autosuficiencia; a ser consciente de que ser sencillez es mostrarme al prójimo como lo que soy sin pensar en el qué dirán, ni el qué pensarán de mi, o de si me juzgarán. Ser sencillo es vivir de manera descomplicada, sin complejos, buscando llenarse de la gracia que viene del Espíritu, con un corazón abierto siempre a Dios, sin media tintas ni medias verdades, sin recovecos en los que esconder mis miserias.
Ser sencillo para mostrar todo el amor que mi corazón atesora hacia Ti, para que cada una de mis obras esté precisamente impregnada de ese amor. Que mis palabras y mis sentimientos reflejen el profundo amor, la inmensa alegría y la gran esperanza que tengo por ser Hijo de Dios y hermano de Cristo.

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¡Señor, concédeme la gracia de optar por la sencillez de vida para ser más libre interior y exteriormente! ¡Envíame, Señor, tu Santo Espíritu para vivir acorde con las enseñanzas de Jesús, para redescubrir la belleza de la vida, de la creación naturaleza y de las relaciones humanas! ¡Hazme ver, Espíritu Santo, que no tengo que depender tanto de las cosas para ser feliz! ¡Libérame de todas aquellas ataduras y dependencias que me impiden crecer en santidad! ¡Ayúdame a ser sencillo en todos mis gestos y acciones para darme a conocer a los demás como realmente soy con sinceridad, humildad y sin máscaras! ¡Ayúdame a aceptar la verdad de mi vida, con honestidad, sin orgullo, vanidad y soberbia! ¡Ábreme, Espíritu Santo, a una apertura sincera a Dios y al prójimo! ¡Abre mi corazón con sencillez al prójimo para acogerlo, amarlo, perdonarlo y acompañarlo! ¡Libra, Espíritu Santo, mi corazón de rencores, odios, malos pensamientos, actitudes egoístas y juicios despiadados! ¡Permíteme, Espíritu Santo, abrir mi corazón para ser interpelado por Dios, valorar mi propia vida, aceptar su santa voluntad! ¡Hazme ver, Espíritu Santo, en todo lo que me acontece la huelle amorosa y misericordiosa de Dios! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a que mi corazón permita que Dios intervenga en mi vida! ¡Que mi vida sea grande, Espíritu divino, pero apoyada sobre todo en la humildad y en la sencillez de Jesús y que todo lo que haga tenga el envoltorio de la ternura, el amor, la sencillez, la generosidad, la entrega y el perdón! ¡Transfórmame, Espíritu Santo, para conformar mi voluntad a la voluntad de Dios!