Vivir con gozo

La vida se puede disfrutar y gozar de mil maneras. Basta enunciar algunas: el beso cariñoso de tu pareja al iniciarse el día, la sonrisa de tu hijo, la audición de una canción, la lectura de un buen libro, la satisfacción del trabajo bien hecho, la contemplación de un paisaje, con una conversación amena, con un abrazo de consuelo…
Uno de los elementos que me prueban la existencia de Dios es el gozo. El gozo entendido como alegría, satisfacción, júbilo. El verdadero gozo significa que Dios cambia el mundo a través nuestro porque el gozo es imposible sin la existencia de un Dios Amor.
Imagino los siete días de la Creación y a Dios entonando en el momento de dar forma a cada una de sus bellas y perfectas obras —el agua, las montañas, el sol, las estrellas, las aves, los reptiles, el viento, al ser humano a imagen y semejanza suya— cantos llenos de alegría. Me imagino los cantos serenos de los seis primeros días y el canto lleno de amor, de júbilo y de gran gozo del séptimo, la jornada en la que Dios descansó y lo bendijo y santificó todo.
El amor, la alegría, el regocijo, la esperanza… son parte intrínseca y constitutiva de la esencia de Dios porque Dios es Amor, Dios es Misericordia y Dios es alegría, tres conceptos íntimamente relacionados en el ser de Dios.
Una de las frases que más me gustan de san Pablo es aquella que vincula las obras de la carne y el fruto del Espíritu y las pone en este orden: Amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza.
En primer lugar, el Amor que lo engloba todo. La segunda palabra es gozo. El gozo es la alegría de ánimo, es el sentimiento de complacencia al recordar o tener algo que gusta; es cualquier acción que genera felicidad en el ser humano.
No es posible, por tanto, ser cristiano y caminar por la vida con cara agriada, amargada o traspuesta. Los cristianos debemos ir con el rostro limpio, con la sonrisa sincera como signo de identidad, como llevando escrito el mensaje de Jesús a sus discípulos: «alegraos de que vuestros nombres estén escritos en el cielo». ¿Es posible ante tan increíble anuncio que alguien permanezca impasible, vaya con el rostro agriado y no se llene de gozo?
Vivir con gozo debería ser un principio esencial en nuestra vida cristiana. Es, además, un mandato que viene del mismo Jesús cuando dijo que buscásemos la paz en Él; que en el mundo tendríamos que sufrir, que tuviéramos valor, pero que como Él ha vencido al mundo confiáramos. Esto implica que, como cristianos, podemos y debemos disfrutar de todas y cada una de las bendiciones que Dios nos brinda cada día. No quiere decir que las dificultades, los problemas, los obstáculos, las dudas, las frustraciones, los sufrimientos no se harán presentes, significa que contamos con una base sólida para sentir el amor, el gozo y paz interior que viene de Dios y que se manifiesta en cualquiera de las situaciones que vamos a vivir en nuestra jornada.
Mi propósito es caminar por el mundo con el rostro gozoso, con el rostro iluminado con la alegría del cielo, un rostro que manifieste que Cristo vencedor de la muerte, vivo y resucitado en esta Pascua, vive en mí como yo, en mi pobreza y pequeñez, vivo con gozo y alegría en Él, que me lo da todo y porque quien yo quiero darlo todo.

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¡Espíritu divino concédeme la gracia de caminar por el mundo anunciando la alegría del Evangelio, el gozo de sentirme cristiano, amado por el Dios Amor, testimonio de la Buena Nueva del Señor! ¡Espíritu Santo, haz que la alegría del Evangelio que llena mi corazón se manifieste en el gozo de mi vida que me libera de tristezas, de vacíos interiores, del pecado! ¡Haz posible mi encuentro cotidiano con el amor de Dios! ¡Señor, yo quiero seguir tus pasos; dame tu Espíritu para vivir en permanente alegría y con gozo para cantar las cosas bellas que haces en mi, para dar testimonio de ellas! ¡Padre, te doy gracias, te doy infinitas gracias por mis ganas de vivir, por mi gozo de sentirme amado por Ti, por tener la oportunidad de descubrir tu presencia en cada uno de los instantes de mi vida; por hacerte presente en la cotidianidad de mi jornada, de mi trabajo, de mi relación con los que quiero, de mis esfuerzos y quehaceres! ¡Dame la capacidad, Padre, de gozar de la vida, de tu presencia, de ser uno con Cristo, de vivir en unión con el Espíritu, para no perder nunca la esperanza, ni la alegría, ni la capacidad de asombro, ni la gratitud de tener un encuentro diario contigo, de construir mi vida sobre la roca firme de la fe recibida el día de mi bautismo! ¡Dame, Padre, tu Espíritu para encontrar en los rostros de mis próximos tu presencia! ¡Ayúdame a ser testigo del Evangelio de la vida e interiorizar el gozo inmenso de saber que solo hay un camino que es el que me conduce al cielo prometido donde me esperas con el gozo de haberme creado!

Con flores a María (Obsequio espiritual a la Santísima Virgen María)
María, Madre, tú eras audaz, emprendedora, siempre llena de gozo, confiada plenamente en el Espíritu que te acompañó a lo largo de tu vida: enséñame a desconfiar de mí mismo y a poner mi esperanza en el Poderoso que quiere hacer obras grandes en mí.
Te ofrezco: encomendarme al Señor antes de cada actividad que haga hoy y ayúdame a manifestar el gozo de sentirme hijo de Dios.

El significado de nuestra vida

Hoy, domingo, es la Pascua del enfermo. Recuerdo con frecuencia la imagen de mi padre postrado en la cama en los últimos meses de su vida, consumido por un cáncer que cercenaba a velocidad del rayo su debilitado cuerpo. Era el día de Navidad. Aquel día, delicado ante la enfermedad y pese a que no podía prácticamente ingerir nada, quiso levantarse. Se puso su traje y su corbata y con la elegancia que le caracterizaba con una gran sonrisa y una gran alegría que salía de su corazón, alegría que daba sentido a su vida, se dirigió a los que en torno a la mesa estábamos reunidos: «Os quiero, sois lo más hermoso que me ha dado Dios». Fueron sus únicas palabras. Mi padre fue siempre un cristiano alegre, agradecido, servidor del prójimo, entregado a su mujer, sus hijos, su familia, sus amigos, sus trabajadores…
Para mí era un cristiano ejemplar que se negaba a centrarse en sí mismo, pero que se abría al proyecto de Dios en su vida y en su entorno. Con alegría.
El auténtico seguidor de Jesús experimenta verdadera alegría porque la alegría profunda se nutre de la apertura y el don en lugar de la estrechez y el egoísmo. De él aprendí que las personas que están encerradas en sí mismas no son felices. La felicidad está en la apertura al don de Dios y en el don de uno mismo para los demás.
La forma en que vivimos en nuestras ocupaciones y nuestros compromisos, así como en nuestras obras, tiene un significado profundo si dejamos que se ilumine con fe en la Palabra de Dios, en las Buenas Nuevas proclamadas por Jesús, quien es el Camino, la Verdad y la Vida. Nuestro camino se fusiona con los caminos de Cristo y su venida. Entonces, reconociendo a Jesús como el Señor de nuestras vidas, nos invade una felicidad y una alegría incomparables.
Por supuesto, las pruebas, los obstáculos, las dificultades no desaparecen, pero nuestra vida tiene sentido a partir de ahí. No somos como personas sin rumbo, pero estamos en marcha esperando la plena revelación de Cristo que vive entre nosotros.
¿Podemos estar alegres ahora mismo en un mundo magullado por tantas desgracias como el drama actual de la pandemia, de los refugiados, del terrorismo, de los pobres olvidados, de los niños explotados…! ¡Si! Podemos alegrarnos y dejar que nuestros corazones se vistan de alegría porque hay que permanecer siempre en la alegría del Señor, que está cerca.
La alegría del cristiano va siempre en compañía. El gozo cristiano es un fruto del Espíritu que se acompaña de muchos otros frutos, en particular la paz de Dios que excede todo lo que uno puede imaginar: amor, paciencia, amabilidad, benevolencia, fidelidad, gentileza y dominio propio.
¿Qué tengo que hacer entonces? Ir al fondo de mi corazón para encontrar las respuestas que el Espíritu Santo deposite allí para salir de mi mismo, abrirme para compartir, escuchar a mi pareja, a mis hijos, a mis amigos, a mis compañeros de trabajo o a cualquiera con quien me encuentre y tenga una necesidad. Depende de mi escuchar, abrir el corazón, y dejar que penetré en él la fuerza del Espíritu. Desde ahí, tendré más facilidad para poseer a Dios, gozando de su presencia en mi corazón. Este es el significado de nuestra vida: estar alegres en el Señor.

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¡Señor tu deseo es que sea feliz porque me has creado para disfrutar de la vida eterna! ¡Quiero acoger en mi corazón tu invitación a entrar en la alegría de la comunión con tu Hijo! ¡Señor, yo aspiro a ser feliz poseyéndote a Ti, gozando de tu presencia en mi corazón! ¡Tenerte a Ti, Señor, es fuente de una alegría inmensa que ni los problemas, ni las dificultades, ni los sufrimientos, ni las adversidades, ni las aflicciones, ni las turbaciones… pueden quebrar! ¡Aspiro, Señor, a la alegría de cumplir tu voluntad, de renunciar a mi propio yo, a buscar lo mejor para el prójimo, a complacerte en todo, a renunciar al pecado, a aspirar a la santidad, a defender al débil, a servir con amor, a disponerme enteramente a Ti! ¡Señor, te doy gracias porque tus obras en mi son maravillosas, tus promesas eternas, porque me gozo en las obras de tus manos! ¡Me gozo en Ti, Señor, porque mi alegría me permite tener paz interior, serenidad del alma y búsqueda constante de la virtud! ¡Señor, he sido creado para la vida eterna contigo y con todas las personas que amo; me has dado la vida para gozar eternamente de Ti y, pese a las dificultades, quiero vivir en tu presencia desde ahora y por toda la eternidad! ¡Quiero vivir alegre con el corazón puesto en Ti porque esta es mi esperanza! ¡Y en este domingo que celebramos la Pascua del enfermo, te pido por todos los que viven la enfermedad en soledad, sin fe, sin esperanza, sin la compañía de sus seres queridos! ¡Te pido por los que no pueden participar de la Eucaristía! ¡De los que sufren y tienen miedo! ¡Y por todos los que les cuidan, para que tu Señor te hagas presente en sus vidas y tu, María, Salud de los enfermos, los cubras con tu manto maternal!

Con flores a María (Obsequio espiritual a la Santísima Virgen María)
María, Madre, cuando Jesús expuso las ocho bienaventuranzas, no hizo más que fijarse en ti: enséñame a ser manso, a dejarme traer y llevar por la obediencia.
Te ofrezco: cumplir hoy mejor con mis deberes con alegría y tener en mi corazón a los enfermos haciendo algún sacrificio por ellos.

La escuela alegre de la Pascua

Converso con numerosos clientes que, confinados en sus hogares, están muy preocupados por el devenir de sus negocios, de sus trabajos, de su economía… y de sus vidas. Observo mucha desesperanza en muchos corazones humanos con este terremoto pandémico que ha asolado el mundo.
Trato de confortar a los que se sienten más agobiados y atribulados. Les digo que rezaré por ellos. Y lo agradecen. La mayoría de las respuestas es «hazlo, que falta me va a hacer». A todos los digo lo mismo: «Yo rezaré por ti pero no basta con mi oración, sino que tú también debes orar con ahínco».
Esta actitud de tantos que no creen o tienen desesperanza choca con este tiempo de Pascua, un tiempo que se nos presenta para vivir con una actitud confiada, llena de esperanza y ¡de alegría! ¿De alegría! Sí, vivimos tiempos de incertidumbre. Sí, la crisis es profunda. Sí, el confinamiento no es fácil. Sí, el futuro es gris. Pero creer es confiar. Creer es esperar en la misericordia de Dios. La Pascua invita a la alegría. Y la alegría es un clamor, el canto de los que testimoniamos que el sepulcro de Jesús está vacío porque Él ¡ha resucitado! Esta es la alegría del «aleluya» cristiano.
¡Sí, sabemos que hay dificultades! ¡Sí, sabemos que se perderán muchos empleos, que a muchos les costará llegar a final de mes, que habrá problemas sociales! ¡Sí, sabemos que hay motivos infinitos para el pesar, la desazón y la tristeza! ¡Sí, sí y sí, pero como cristiano debo vivir este tiempo con esperanza, con confianza y alegría! Si no creo de verdad que Cristo ha resucitado, que Él lo puede todo: ¿Qué valor tiene mi existir y mi vida? ¿En qué eslabón coloco mi fe, en la del temor o en el de la confianza!
Como cristiano no puedo tener más afán que ver el lado positivo de las cosas. Si soy cristiano no puedo ser más que transmisor de alegría. Si soy cristiano mi compromiso es con la oración amorosa al Padre. Si soy cristiano debo saber encontrar la alegría en cualquier rincón y en cualquier circunstancia. ¡Ser alegría absoluta! ¡Ser alegría en la prueba de la fe! Esta es la invitación de la Pascua. Cristo ha resucitado no para que el mundo se convierta en un valle de lágrimas sino en un mundo de conquistas esperanzadas y alegres.
¡Jesucristo ha resucitado, en verdad ha resucitado! Si me lo creo, no puede haber lugar para la tristeza, la desazón y el desconsuelo.

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¡Señor, estamos inmersos en una crisis sin precedentes que a muchos tiene desconcertados, sufrientes y doloridos, viviendo sin esperanza! ¡Quiero darles consuelo y alegría para que entiendan que el misterio de tu Pasión pasa por el acontecimiento glorioso de tu Resurrección, expresión máxima de alegría y esperanza! ¡Haz señor que la alegría sea mi seña de identidad frente a los que tengo cerca, para los que se relacionan conmigo, para mostrar que tus nos liberas para vivir con alegría, son sobriedad y con confianza! ¡Ayúdame a ser testimonio convincente de mi fe en Ti! ¡Ayúdame a ser alegría ante las pruebas de la fe! ¡Ayúdame a ser paciente, sensato y sobrio para rezar cada día con el corazón abierto! ¡No permitas, Señor, que bajo ninguna circunstancia la situación que vivimos ahogue mi oración, mi fe y mi esperanza y apague mi relación contigo! ¡Ayúdame a vivir en clave de eternidad, con alegría! ¡Concédeme la gracia de vivir este tiempo de crisis como una oportunidad y hacerlo con alegría! ¡Convierte, Señor, mi oración con el corazón abierto en un vivir cristiano, en autenticidad con los valores del Evangelio, mirando siempre hacia lo transcendente de la vida! ¡No permitas, Señor, que las incertidumbres, los problemas y las dificultades minen mi vida interior, no permitas que jamás la desesperanza anide en mi corazón; y ten compasión de los que sufren y tienen miedo al futuro! ¡Quiero alegrarme siempre en Ti, Señor, y desde Ti transmitir alegría a mi prójimo!

Sacudirse el yugo de los agobios

Hay días que los cansancios por el trajín de la jornada te vencen. Estas dosis de cansancio te aplacan y te paralizan en tu capacidad para darte a los demás, para servir, para trabajar, para estar amable. Pero hay cansancios que no son físicos, son cansancios del alma. ¿Reparo en ellos? Porque estos cansancios lastiman interiormente: la codicia del querer más, el anhelo de buscar la propia comodidad, el dejarse vencer por el consumismo, el ansia de conseguir metas por encima de los demás, el apoyar cada una de nuestras acciones en un egoísmo vital…
El activismo desmedido nos desgasta. Uno de los cansancios principales es no darle al corazón un sustento al que agarrarse. Cuando el ego sustituye al amor como coraza del corazón todo se desmorona. El ego es el instinto de supervivencia emocional del hombre porque distorsiona nuestra esencia, una identidad ilusoria que aplaca lo que somos verdaderamente. Con el ego impregnándolo todo fallan nuestras relaciones personales, nuestra felicidad, nuestra paz interior, nuestra serenidad. Todo se vuelve apatía. Los ruidos que nos acechan nos impiden vivir en paz. Cada uno sabe y reconoce las causas de su desgaste emocional y vital.
«Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados», nos invita Jesús. Es una llamada que se dirige a todos los que sienten la religión como un peso que les imposibilita entender la alegría de un Dios Amigo y Salvador. Cristo te invita abandonar el yugo de la desazón y sin alegría para cargar el suyo que hace más llevadera la vida. No porque nos exija menos sino porque Jesús ofrece el amor que libera al hombre y aviva en su corazón la necesidad de hacer el bien y la alegría de la alegría fraterna.
Quiero aprender de Jesús que es humilde y sencillo de corazón y que no se enreda ni enmaraña con las cosas de la vida sino que la transforma en más clara, más simple, más sencilla pero, sobre todo, más humilde permitiendo lo mejor que hay en cada uno y mostrando como vivir de manera más honesta, auténtica, digna y humana.
Cristo promete que si te acercas a Él aprendes a vivir de modo diferente, encontrando el descanso en la propia vida. Jesús sacude el yugo de los agobios, no los genera; te permite desarrollar la libertad, y te aleja de las servidumbres; te lleva hacia el amor, no hacia el egoísmo; te inunda de alegría, expulsando la tristeza. La pregunta es sencilla: ¿Soy capaz de encontrar descanso en Jesús? ¿De qué están impregnados mis cansancios?

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¡Señor, iluminado por tu Santo Espíritu, te doy gracias porque soy consciente de que mis agobios y mis cansancios pueden servir para hacer que tu presencia en mi vida sea real! ¡No permitas, Señor, que mis cansancios me envuelvan en mi mismo sino que me lleven volverme hacia Ti y hacia otros rostros con los que convivo diariamente! ¡Gracias, Señor, por invitarnos a acudir a Ti a los cansados y agobiados, porque me impiden liberarme de mis máscaras, de mis infidelidades, de mi incapacidad para amar, de mis egoísmos! ¡Pongo, Señor, en tus manos a todos los que sufren y viven sin esperanza, los que lloran desconsolados y que esperan en soledad un vida incierta repleta de sufrimiento! ¡Hay muchos a mi alrededor, Señor, y los conoces por su nombre! ¡Llámalos, Señor, abrázalos y dales el consuelo que les dé la paz y empújame a mi, con la fuerza del Espíritu Santo, a salir a su encuentro en tu nombre! ¡Envía tu Espíritu sobre mi, Señor, para que aprenda a ayudar al prójimo con la carga de sus cansancios! ¡Abre mi corazón al amor, para que te siga fielmente! ¡Tu no me obligas a nada, más bien me ofreces tu estilo de vida que es el único que me hace libre, que no me ata a los prejuicios ni lo centra todo en el bienestar propio sino en el del bien común! ¡Jesús, tu yugo es amar y hacer el bien, no permitas que me deje engañar por esos proyectos de felicidad que te excluyen a ti de mi corazón!

Tiempo de invitación a la sencillez

El tiempo del Adviento es un tiempo que te invita a la sencillez. Sencillez como la de María, que todo lo hizo en silencio, como pasando desapercibida a pesar de que la decisión que tomó fue la más trascendente de la historia. Sencillez como la de san Juan Bautista, que se despojó de todo, para allanar los caminos de Jesús. Sencillez como la de Cristo, el Dios hecho Hombre, que viene a nosotros en la pobreza más absoluta. La sencillez es la virtud que jalona la vida de estos tres significados protagonistas del Adviento. Y yo, ¿cómo ando de sencillez?
Y es cuando caes que todo lo que tiene que ver con Dios no puede estar revestido de grandilocuencia sino impregnado de sencillez. Cristo, fuera donde fuera, hiciera lo que hiciera, no buscaba nunca el espectáculo sino, simplemente, remover el corazón del hombre. Jesús me quiero pequeño. Quiere que me haga como un. Niño. Quiere que me desprenda de todo aquello que no abone en mi vida el discurso de la sencillez. Renunciar a la soberbia, al egoísmo, a creerme más que el otro, a no vivir en la autosuficiencia; a ser consciente de que ser sencillez es mostrarme al prójimo como lo que soy sin pensar en el qué dirán, ni el qué pensarán de mi, o de si me juzgarán. Ser sencillo es vivir de manera descomplicada, sin complejos, buscando llenarse de la gracia que viene del Espíritu, con un corazón abierto siempre a Dios, sin media tintas ni medias verdades, sin recovecos en los que esconder mis miserias.
Ser sencillo para mostrar todo el amor que mi corazón atesora hacia Ti, para que cada una de mis obras esté precisamente impregnada de ese amor. Que mis palabras y mis sentimientos reflejen el profundo amor, la inmensa alegría y la gran esperanza que tengo por ser Hijo de Dios y hermano de Cristo.

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¡Señor, concédeme la gracia de optar por la sencillez de vida para ser más libre interior y exteriormente! ¡Envíame, Señor, tu Santo Espíritu para vivir acorde con las enseñanzas de Jesús, para redescubrir la belleza de la vida, de la creación naturaleza y de las relaciones humanas! ¡Hazme ver, Espíritu Santo, que no tengo que depender tanto de las cosas para ser feliz! ¡Libérame de todas aquellas ataduras y dependencias que me impiden crecer en santidad! ¡Ayúdame a ser sencillo en todos mis gestos y acciones para darme a conocer a los demás como realmente soy con sinceridad, humildad y sin máscaras! ¡Ayúdame a aceptar la verdad de mi vida, con honestidad, sin orgullo, vanidad y soberbia! ¡Ábreme, Espíritu Santo, a una apertura sincera a Dios y al prójimo! ¡Abre mi corazón con sencillez al prójimo para acogerlo, amarlo, perdonarlo y acompañarlo! ¡Libra, Espíritu Santo, mi corazón de rencores, odios, malos pensamientos, actitudes egoístas y juicios despiadados! ¡Permíteme, Espíritu Santo, abrir mi corazón para ser interpelado por Dios, valorar mi propia vida, aceptar su santa voluntad! ¡Hazme ver, Espíritu Santo, en todo lo que me acontece la huelle amorosa y misericordiosa de Dios! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a que mi corazón permita que Dios intervenga en mi vida! ¡Que mi vida sea grande, Espíritu divino, pero apoyada sobre todo en la humildad y en la sencillez de Jesús y que todo lo que haga tenga el envoltorio de la ternura, el amor, la sencillez, la generosidad, la entrega y el perdón! ¡Transfórmame, Espíritu Santo, para conformar mi voluntad a la voluntad de Dios!

Impregnarse de la alegría de María

Primer sábado de agosto con María en el corazón. Como todos los sábados marianos quiero que mi día esté impregnado de alegría unido a la Virgen, la Madre del Autor de la Alegría. En ella todo fue motivo de alegría pese los momentos de la Pasión. Alegría el día de la Anunciación, alegría en los desposorios con José, alegría el día de la visitación, alegría el día del nacimiento en Belén, alegría viendo crecer a Jesús, alegría en su santidad cotidiana trabajando en las tareas del hogar, alegría en las Bodas de Caná, alegría el día de la Pascua, alegría el día de la Resurrección, alegría en la jornada de Pentecostés, alegría en la expansión de la Iglesia fundada por Jesús…
La alegría de María estaba sustentada en la fe, en la confianza, en el saber que todo depende de Dios. Era una alegría llena de esperanza porque todo lo guardaba en el corazón consciente de que todo depende del cumplimiento de las promesas de Dios. María sabía a ciencia cierta que nada puede turbar el corazón porque la vida hay que vivirla con alegría cuando el corazón es templo de Dios.
Se puede argumentar que es fácil escribir algo así cuando las jornadas cotidianas están jalonadas de problemas y tormentas en ocasiones difíciles de lidiar. Que en lo cotidiano, la vida no es sencilla porque son muchos los obstáculos que imposibilitan tener paz y felicidad, que sobre nuestros hombres recaen numerosas responsabilidades difíciles de sobrellevar, que las dudas y la incerteza por el futuro nos impide vivir con tranquilidad.
En este primer sábado de agosto me quedo con el canto del ángel: «¡Alégrate, María!». Esta expresión es también un «¡Alégrate!» dirigido a mí porque junto a mí caminan María, Jesús, el Espíritu Santo… que se hacen cargo de mis proyectos, de mis esperanzas, de mis problemas, de mis batallas cotidianas, de mis decisiones, de mis esfuerzos, de mi caminar, de mi trabajo, de mis pruebas…
Este «¡Alégrate!» es poner en el centro de mi vida la alegría que, como virtud cristiana, si es auténtica, no puede tener otra fuente que Dios. María me enseña que un cristiano no puede ser alguien triste pues mi alegría tiene que ser un reflejo de su alegría. Es lo que le pido hoy a María, que infunda en mi espíritu esa alegría que rebosa todo su corazón.

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¡María, Tu que eres la causa de la alegría, quiero ser para Ti lo que era Jesús en tu vida! ¡Quiero que la alegría, más allá de mis dificultades y mis problemas, sea la razón de ser de mi vida! ¡Tu eres la llena de gracia, María, y esa gracia es la fuente de la alegría porque es vivir en comunión con Dios! ¡Ayúdame a que mi vida esté siempre unida al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo! ¡Como sucedió contigo, María, que todo mi ser esté inundado por la presencia de Dios, que todo lo que soy y piense, que todo lo que crea y haga, lo que sueñe y espere esté siempre en armonía con Él que es la fuente suprema de la alegría! ¡Que yo sepa, María, encontrar la felicidad y la alegría en mi vida poniendo toda mi vida a disposición de Dios! ¡Que sepa decirle siempre que sí a Jesús! ¡Ayúdame, María, a impregnar toda mi vida de una humildad profunda y sincera que me permita aceptar aquello que no comprenda de la voluntad de Dios con alegría! ¡Ayúdame a tener una fe alegre y cierta, en constante diálogo íntimo con el Señor, para que me permita abrir la mente y el corazón a la alegría! ¡Ayúdame, María, como hiciste Tu a encontrar la felicidad y la alegría en el servicio para llevar la presencia de Dios y el amor a los que lo necesitan! ¡Ayúdame sobre todo, María, a vivir mi vida como la viviste Tu sin mirar mis problemas y mis necesidades sino poniendo toda mi vida al servicio de Dios y ser capaz de encontrar así la auténtica alegría! ¡Concédeme la gracia, Espíritu Santo, de poner en mi corazón la misma alegría de la Virgen María! ¡Conviértete, María, en la razón para estar siempre alegre!

Hoy celebramos la fiesta de San Juan María Vianney, conocido como el Santo Cura de Ars, humilde sacerdote parroquial, santo patrono de los sacerdotes. Consiguió su santidad a través de su perseverante ministerio en el sacramento de la confesión y a su ardiente devoción a la bienaventurada Virgen María. Junto a María, rezamos la oración al Santo Cura de Arts por la santidad de todos los sacerdotes: Santo Cura de Ars y espléndido modelo de todos los ministros de las almas, tú que fuiste un ejemplar conductor de almas, un constructor de puentes entre Dios y su pueblo, y que condujiste a innumerables penitentes a través del sacramento de la reconciliación, al encuentro con Jesús, te pedimos que inspires a todos los sacerdotes que se dedican como mediadores entre Dios y su pueblo. Amén

Maria, música de Dios y causa de nuestra alegría:

 

¿En qué doy gusto a Dios?

Primer sábado de junio con María, Reina de la alegría, en el corazón. Esa alegría de María le hizo apreciar las cosas de la vida con una delicadeza especial.
La permitió interiorizar la llamada del Ángel, disfrutar de los nueve meses de maternidad, gustar del educar al Hijo de Dios —¡menuda responsabilidad si uno lo analiza bien!—, amar a san José y a Jesús desde la entrega y la caridad, disfrutar de la vida familiar y de la amistad… Esa delicadeza también se manifestaba en sus estados de ánimo: gozo ante la visita de los pastores y los Magos que honraban a Jesús, dicha al saludar a santa Isabel, felicidad viendo crecer a Jesús, serenidad interior cuando conservaba todo en el corazón, temor al perder a Jesús en el templo de Jerusalén, confianza en Caná cuando indicó a los sirvientes el «haced lo que Él os diga», tristeza profunda en la mañana de Pascua, dolor ante la crucifixión, regocijo ante el sepulcro vacío, paz la noche de Pentecostés…
El mayor gusto de la Virgen, sin embargo, fue complacer en todo a Dios. Desde su corazón abierto al Padre, María deseó en todo momento hacer el bien con humildad, sin ruidos, con confianza, llena de certeza y esperanza, obediente siempre a la voluntad de Dios, consciente de la enorme responsabilidad que había asumido.
Contemplas a María, observas esas docilidad de hija de Dios y te preguntas con el corazón abierto: ¿En qué doy gusto a Dios? ¿Está mi vida impregnada de la misma fragancia que tenía María tratando de crecer y esperar siempre en el Padre? ¿Actúo como María buscando dar gusto a Dios con mis palabras, con mis gestos, con mis obras y mis pensamientos?

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¡María, Madre del amor hermoso, me entrego enteramente a Ti y te pido que me ayudes a gustar la presencia de Dios en mi vida como hiciste Tu a largo de tu existencia! ¡Concédeme la gracia de amar a todos los que me rodean como amaste Tu y amar a Dios con el corazón siempre abierto! ¡Dame el gusto por las cosas de Dios, ese gusto que te llevó a aceptar siempre Su voluntad! ¡Quiero, María, vivir un cristianismo nuevo, el de la alegría que tu representas, el de la oración y la piedad que te tienen a Ti como máximo exponente, el de la caridad y el servicio que te muestran como la primera discípula de Jesús, la del amor que impregna toda tu vida! ¡Permíteme caminar desde la verdad y no desde el miedo, desde la autenticidad y no desde la insubstancialidad de las cosas! ¡Ayúdame, María, a comprender que mi vida espiritual no es una conquista propia sino que es un don del Espíritu que hay que acoger en el alma como hiciste Tu! ¡Ayúdame a ver a Jesús, Tu Hijo, Dios y hombre, mediador entre el Padre y cada uno de nosostros, que es el camino, la verdad y la vida! ¡Concédeme la gracia de gustar de mi fe, con firmeza y alegría, con esperanza y confianza, y proclamar que ha sido resucitado gracias tu Hijo y que estoy en este mundo para darle gloria a Dios! ¡Concédeme, María, la gracia de amar siempre a Jesús, de quererle e identificarme con Él y proclamarle como Rey del Universo! ¡Hazme bueno María, hazme alegre, confiado, profundamente piadoso, generoso hasta el extremo, sumiso a la voluntad del Padre, entregado al servicio al prójimo, amoroso con un amor desprendido; hazme como Tu, María, para gustar de las cosas de Dios en el día a día de mi vida! ¡Quiero, María, llenar mi vida de Jesús, sentirme salvo por su gracia gratuita, experimentar su cercanía y comprender que en Él todo lo tengo! 

La alegría del primer sábado de mes me invita a celebrarlo con este hermoso Sancta Maria, mater Dei, KV 273, gradual para la fiesta de la Bienaventurada Virgen Maria obra de Mozart compuesta en 1777 para solistas, coro, cuerdas y órgano. ¡Una maravilla en honor de María!

¿Soy una persona amable?

La amabilidad, que tiene en la prisa y la impaciencia sus principales enemigos, es un cuerpo cada vez más extraño en nuestro mundo.
Amable es aquel que en su tarjeta de presentación tiene impresas la cordialidad, la delicadeza, la dulzura, la atención, la exquisitez en el trato, la suavidad y la empatía. El que se esfuerza en sembrar afecto y esperanza a su alrededor y recoge los frutos de la alegría. Es el que considera al otro por lo que es y sin importarle su origen y su condición social lo trata con respeto, elegancia y cortesía. Es el que se da sin esperar nada a cambio, el que abre caminos a la alegría, el que brinda oportunidades de construir puentes. Es el que se alegra siempre del encuentro con el prójimo y tiene para él palabras y gestos de cordialidad.
El amable, con sus actitudes, uniendo sensibilidades y construyendo vínculos, abre camino a la confianza, facilita la convivencia entre las personas y expresa disconformidad sin ofender.
Ser amable exige grandes dosis de sinceridad, naturalidad y espontaneidad y mucha humildad y sencillez —fundamentales en el amor— porque en el amable no cabe la hipocresía ni la falta de caridad ni la mala educación.
Quien es persona —con toda la profundidad que tiene este término— rebosa de amabilidad porque el amable es generoso, busca siempre la empatía y aparta de su caminar la indiferencia del prójimo.
El amable es también alguien discreto que, aunque se preocupa por el prójimo, trata de no invadir su intimidad, sabe respetar su pensamientos y opiniones y no molesta con sus actitudes y sus palabras porque busca las afinidades y no las diferencias.
Una persona auténticamente amable es alguien que sabe amar y trata de que a su alrededor la convivencia sea siempre agradable.
Amable es aquel que da valor a la persona, el que tiene capacidad de amar y ser amado y el que sabe relacionarse con el prójimo ofreciéndole grandes dosis de cariño y afectividad.
¿Cómo miran mis ojos a los demás? ¿Tengo habitualmente gestos amables para con los otros? ¿Les reconozco como hijos de Dios? ¿Acabo mi jornada con actos y gestos repletos de benevolencia, ofrecimiento, buen humor y generosidad? ¿Consigo realizar gestos sencillos y pequeños que contribuyan a extender un espíritu positivo a mi alrededor que haga la vida más agradable a los demás? En definitiva, ¿que hago a diario para promover la amabilidad a mi alrededor?

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¡Señor, hazme parecido a Ti, manso y humilde de corazón, siempre amable con los demás! ¡Concédeme la gracia, Señor, de tener un corazón siempre abierto a la claridad y la amabilidad y no al fingimiento y la falsedad! ¡Dame capacidad de amar y de ser humilde para acoger al prójimo como amor! ¡Envía tu Espíritu sobre mi pobre corazón, Señor, para frecuentar siempre el bien y sacar siempre lo positivo de los demás! ¡Ayúdame, Señor, a sellar mis labios y en mi corazón las palabras «gracias» y «por favor»! ¡Hazme generoso, Señor, para tener una gran capacidad para entregarme sincera y sencillamente a los demás con naturalidad y amabilidad! ¡Ayúdame, Señor, a ser amable con todos! ¡Impregna todos mis gestos, mis palabras, mis actos, mis actitudes y mis sentimientos de Ti, Señor! ¡Hazme comprender, Señor, que si no amo con amor fraternal nunca podré ser amable con los demás! ¡Envía tu Santo Espíritu, Señor, sobre mi para recibir la sabiduría que viene de lo alto que es, ante todo, pura además de pacífica, benévola y conciliadora; está llena de misericordia y dispuesta a hacer el bien; es imparcial y sincera y ambiciona siempre el bien!

Comienza hoy el mes de junio y nos unimos a la intención de oración del Santo Padre para este mes dedicado a las redes sociales, para que estas favorezcan la solidaridad y el respeto del otro en sus diferencias.

¡Qué amables son tus moradas, Señor! cantamos hoy:

Desbordado por la alegría

Cuarto sábado de mayo con María, Causa de nuestra alegría, en el corazón. La Virgen, que experimentó en su corazón la experiencia de la alegría con su a Dios, con el gozo de la maternidad, con el acompañamiento a Jesús en sus años de vida oculta, con la alegría de la Resurrección te enseña que la experiencia cristiana es una fiesta de gozo continuo porque el cristiano tiene en Dios la fuente de su verdadera alegría y en el Espíritu Santo la luz que ilumina esa alegría.
Miro con ternura una imagen que llevo grabada en la pantalla de mi móvil (es la fotografía que acompaña a este texto). Me fijo en esa mirada de María, una mirada de introspección e interioridad puesta en Dios, en una íntima comunión con Él, atenta a su ternura y su misericordia; esa mirada es lo que nos permite vivir bajo el signo de la alegría. Y cuando el hombre cierra las puertas de su corazón a Dios, vive alejado de Él, no siente su presencia en su interior, queda apresado por la tristeza.
Signos de la alegría hay múltiples en la escritura. El más hermoso es el de María, el día de la Anunciación: «Se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador…». Encontramos también variedad de salmos que exaltan el desbordante gozo de sentir a Dios pero es Isaías quien, quizás, tiene la frase más concluyente que es bueno grabar en el corazón: «Desbordo de gozo con el Señor y me alegro con mi Dios».
La fe no es sencillo vivirla porque el cristiano se enfrenta a múltiples dificultades, barreras, contradicciones… Así, en tantas ocasiones, tenemos la triste tentación de alcanzar la alegría en los placeres mundanos, en la búsqueda del confort, en la autocomplacencia, en la seguridad del dinero o de lo material, en las tentaciones múltiples que ofrece este mundo despiadado… Sin embargo, en estos espacios, no se halla la alegría auténtica.
La alegría debe descubrirse en el interior del corazón que Dios predispone y nos coloca en el camino de la vida: la alegría de ser conscientes del don de la vida, la alegría de la propia existencia, la alegría de la creación, la alegría de la familia, la alegría de la dignidad humana, la alegría de la fe, la alegría del trabajo bien hecho, la alegría de la entrega, la alegría del servicio, la alegría del sacrificio por el prójimo… Alegrías hay abundantes pero la gran alegría es saberse amado por Dios, el sentir ese amor misericordioso que Dios siente por cada uno y que nos ha entregado a Cristo.
Siento que como cristiano debería repetir más a menudo como la Virgen «Se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador…». Es el canto del corazón repleto del Espíritu Santo, el dador de la alegría cristiano, el que trasmite la gracia y que nos predispone a la alegría. Cuando la alegría es fruto del Espíritu es una alegría que llena de paz, de felicidad, de consuelo, de serenidad interior y de sensación de una intensa relación con Dios.
¡Hoy, especialmente, queridos lectores deseo con el corazón abierto que estéis muy alegres en el Señor!

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¡María, eres causa de nuestra alegría; enséñame a amar y a estar siempre alegre, a rebosar amor y felicidad para darla a los demás! ¡Concédeme la gracia de tu sonrisa y de tu alegría para tener siempre con el prójimo un trato delicado y amable, tierno y generoso! ¡Dame la alegría para admirarme, como hiciste Tú, por las maravillas de la Creación, por la belleza de la vida, por las obras grandes que Dios hace en mi, por las preciosidades que Jesús, Tu Hijo, realiza en mi vida cada día! ¡Dame, María, tu alegría para ir por el mundo celebrando mi fe, mi esperanza en Jesús y mi confianza en el Padre! ¡Concédeme, María, la gracia de la alegría que contrarreste el sufrimiento, la prueba y el dolor! ¡Dame tu sonrisa eterna, María, porque soy frágil y débil y necesito el manantial de la gracia alegre que emana de Ti! ¡Dame tu alegría, María, que nace de un corazón abierto a la acción del Espíritu! ¡Hazme ver, María, que cuanto más lleno de Dios, cuanto más lleno de su gracia y de su amor, más grande será mi felicidad interior! ¡María, Madre mía, que las carencias materiales, el reconocimiento de los demás, los honores públicos, la tendencia al pecado no sea causa de desasosiego y de tristeza; que mi vida esté impregnada de la alegría de saber que me basta con el amor de tu Hijo y de los que tengo alrededor! ¡Que esto sea, Madre, motivo de mi alegría interior! ¡Y en los momentos de dificultad, Señora, que no decaiga mi alegría; ayúdame a reposar mi corazón en Ti para que eleves Tu mis súplicas al Padre! ¡Ayúdame, María, cuando sea el momento a llevar el sufrimiento con alegría! ¡Gracias, María, porque en tu mirada tierna y amorosa observo el secreto de la felicidad auténtica: el llevar a Dios en el corazón y aceptar siempre alegre y confiadamente su voluntad!

Jaculatoria a María en el mes de mayo: ¡María, causa de nuestra alegría, que aprenda de Ti a amar con el corazón y repartir alegría a mi alrededor!

María, Tu eres mi Madre, cantamos hoy a María:

 

 

Cristo me mira… y me ama

Me siento alguien muy afortunado. Bendecido, incluso. Y me siento así, porque sin merecerlo, siento como Cristo ha fijado su mirada en mi. Así, tan sencillo y tan directo. Ha fijado su mirada en alguien que ha fracasado en muchas ocasiones, que es un ser imperfecto, de dureza de corazón, con multitud de defectos y limitaciones, que cae una y otra vez, que se equivoca, que durante mucho tiempo ha tenido una fe tibia… Y ante tanta ineptitud no hay, por tanto, motivos aparentes para que Cristo haya fijado Su mirada divina en mi. No soy digno de la mirada de Jesús. Una mirada penetrante de amor. Una mirada que mira el potencial que está dentro del corazón del hombre. Una mirada que dice que uno es parte de Él. Jesús tampoco me mira con amor por mi carácter, ni por mi alegría, ni por mi afán evangelizador, ni por lo poco y valioso que tengo. Cristo me mira —y me ama—, simplemente, por mi insignificancia. Y eso me llena de orgullo.
Tiempo he necesitado para comprender la grandeza de que otros sean más amados y estimados que yo, que otros sean empleados en cargos y a mi se juzgue inútil, que otros sean preferidos a mi en todo, que otros sean alabados y de mi no se haga caso. No me importa. No es una necesidad en mi vida. Cristo se pone siempre al lado de los más sencillos, de los que no son nada, de los que pasan desapercibidos. De los que anhelan tener un corazón de niño, de los que se dejan seducir por Él y dependen de su dirección, de los que se acogen a su esperanza, de los que mendigan su confianza y se amparan en su misericordia. Cristo busca a los que, débiles y necesitados, le cogen de la mano, caminan a su lado y conversan con Él para hacer suya Su Palabra. Cristo busca al que corresponde Su mirada con ojos de amor, de esperanza y caridad a pesar de sus muchas y manifiestas imperfecciones. Y eso me llena de esperanza.
Soy una persona muy afortunada porque comprendo que Cristo ha fijado su mirada en mi. Así, tan sencillo y tan radical. Me ha mirado fijamente a los ojos y me ha llenado de amor, ternura, dulzura, compasión, misericordia, perdón, esperanza y amor. Es una mirada que ha transformado por completo mi corazón. Me ha sanado las heridas del alma y las ha llenado de paz.
Y tras esta mirada de Cristo estoy muy feliz. Desde que ha fijado su mirada nada puede ser igual en mi vida. Y ahora exclamo con fuerza: ¡Amigo, mírame tu a los ojos y perdona el mal que te hecho! ¡Perdona cuando te he abandonado y no estaba cuando me necesitabas! ¡Quiero mirarte y quererte como Cristo me mira y me ama a mí!

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¡Gracias, Jesús, amigo, por tu mirada de ternura y amor que todo lo dignifica! ¡Gracias, Señor, porque no apartas nunca tus ojos de mi vista, porque con sólo mirarme sabes lo que necesito! ¡Gracias, Señor, por tu mirada que ilumina mi vida! ¡Gracias, Señor, porque tu mirada me reconforta y me alienta! ¡Señor, ya sé que no soy nada aunque me crea un superhombre, pero a Tu lado me siento fuerte, alegre y comprometido! ¡Señor, con tu sola mirada sabes lo que hay en lo más profundo de mi corazón, consuélalo, transfórmalo, purifícalo y renuévalo! ¡Haz de mi un hombre nuevo, Señor! ¡Qué mi mirada sea como la tuya, Señor, para parecerme solo un poco a Ti! ¡Y que sea capaz de mirar siempre a los demás como los mirarías Tu!

 

Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado: