La felicidad de ser feliz

La felicidad es una gracia inmensa. Para ser feliz son imprescindibles dos principios: saber qué es la felicidad y saber alcanzarla. Todos queremos ser felices. Todos necesitamos que nuestro corazón exulte de alegría. Un corazón alegre tiene paz, serenidad interior, esperanza… pero, en muchas ocasiones, la medimos mal porque no la alcanzamos por no saber qué es lo que más nos conviene. ¡Hay mundanidad que me aleja de la alegría!
Pienso en Dios. Lo inmensamente feliz que es. ¿Es feliz porque es el Rey del Universo? ¿por que conoce todo lo bueno? ¿por que tiene en sus manos la capacidad de lograrlo todo? Por todo esto y por algo más: porque Él es el Amor y todo lo ha creado por amor. Y nos ha dado a su Hijo por amor, el desprendimiento más grande en la historia de la humanidad.
Antes de crearlo todo, Dios ya era feliz. No creó la naturaleza, ni a los animales ni a los hombres para que le hiciésemos feliz si no para que pudiéramos ser partícipes de su felicidad.
Por eso la felicidad sólo la puedo encontrar en Dios. Y en Jesús. Dios me ha creado a su imagen y semejanza. Me ha creado para ser feliz. Me ha creado para compartir su alegría, su sabiduría y su felicidad. Si sólo Jesús me ofrece la felicidad, ¿para qué pierdo el tiempo buscándola fuera de Él!

¡Quiero ser feliz, Señor! ¡Pero quiero ser feliz a tu manera pero no como entendemos los hombres la felicidad! ¡Quiero ser feliz basándome en el amor, en el amor sin límites, en la entrega, en el desprendimiento de mi yo, en el servicio generoso, en la caridad bien entendida, en la paciencia de dadivosa! ¡Señor, quiero participar de tu felicidad encontrándome cada día contigo y desde ti con los demás! ¡Señor, me has creado para compartir tu alegría! ¡Envía tu Espíritu para que me haga llegar el don de la alegría y transmitirla al mundo! ¡No permitas, Espíritu Santo, distracciones innecesarias en mi vida que me alejan de la libertad y la felicidad de auténticas! ¡Señor, ayúdame a que encuentre felicidad en dar felicidad a los que me rodean, que abra mis manos para dar siempre, que abra mis labios para compartir tu verdad, y que abra mi corazón para amar profundamente! ¡Señor, sé que me amas y que deseas que yo sea feliz; acompáñame Señor siempre porque eres el autor de mi felicidad y la razón de mi existir!

Decepciones y adversidades que abruman

Con cierta frecuencia, la manera en que reaccionamos ante las decepciones llega a ser más debilitadora y dolorosa que esas desilusiones en si mismas. Conozco una persona que se pierde las alegrías de la vida porque no se recobra jamás de las decepciones que padece. Eso le provoca verse inmovilizada por su profunda amargura. Como no es feliz no transmite felicidad. Conozco también personas que viven con la carga pesada de un rencor contra familiares y amigos que, en su opinión, le menospreciaron o humillaron. Lamerse las heridas y no volver a confiar en alguien provoca profundas heridas en el corazón. He pasado alguna vez por esta situación.
Como también he sufrido grandes decepciones, trágicas desde el punto de vista personal. Y, con toda probabilidad, habré generado también grandes decepciones en muchas personas que me rodean. Pero los hombres tenemos siempre la posibilidad de elegir.
Ante una adversidad y de mi subsiguiente decepción siempre pienso que la vida sigue –y seguirá- a pesar del infortunio y la fatalidad. Se trata de esforzarse en aprender de lo sucedido y aceptar las cosas tal como son. Toda decepción es una enseñanza. Si las cosas no salen como está previsto, habrá que hacer lo previsto según las cosas. Si lo consigo, me resultará mas fácil trazar nuevos planes y crear estrategias nuevas de acuerdo con los cambios vividos por esa situación. Pero hay algo más profundo y vital que los creyentes no debemos olvidar nunca: que podemos encontrar consuelo en nuestra fe, confiar en la sabiduría de Dios y la corrección del plan que ha trazado para mi, que soy ese hijo al que el Señor nunca abandona. Es un camino no siempre fácil porque el abandono implica muchas renuncias pero compensa con creces porque la adversidad es más llevadera con la Cruz a cuestas.

¡Señor, hay día que no me son favorables, que son difíciles de sobrellevar, con tantas decepciones y tanto dolor! ¡Necesito de ti, mi Señor, porque siento que mi corazón se rompe y me falta coraje y valentía para seguir adelante! ¡Ayúdame, Señor, a que surja de mi corazón la fortaleza para amar porque es sencillo amar a los que me corresponden! ¡En estas situaciones, Señor, báñame en el río de tu Espíritu, porque cuando Tú no estás en mi me siento incapaz de conseguirlo! ¡Que no me falte nunca tu gracia, Señor, ni tu aliento, ni tus fuerzas, ni tu presencia! ¡Señor, Tu eres la Roca firme en la que puedo confiar! ¡Espíritu Santo ayúdame a ir a la oración no como un escape para liberar mi dolor sino en busca del Señor, el único que es eternamente fiel y el que me ayuda a superar toda decepción y todo dolor!

La vida es mucho más que mis problemas

Esta mañana me he levantado cansado, con tedio, con cierta pereza, con una inercia que tiende a afrontar con pesadez la jornada, con la cargas de lo que viene en el día con poco ánimo. He hecho la oración y he rezado las laudes distraído. Pero, enseguida, he tomado el bello y motivador Salmo 62 y lo he leído con ahínco, con esperanza. Y he comenzado clamando como hace el salmista: «Oh Dios, Tú eres mi Dios, por ti madrugo» y he continuado recitándolo con alegría, con esperanza, con gozo y cuando he terminado lo he visto todo con otros ojos, como una ofrenda amorosa a la vida, como un agradecimiento profundo a todo lo que me Dios me concede; con el ímpetu de que este nuevo día y todo lo que él depare, positivo o no tan agradable, me servirá para ir edificando en mi vida, para ir construyendo puentes de afectividad, de esfuerzo, de compromiso y, sobre todo, para que se convierta en una encuentro con Aquel que todo lo da, todo lo ofrece, todo lo entrega. 

Y he permanecido un rato en silencio, sentado en el silla donde he leído el texto. Y me he dicho: «Me pesa el día, ¡pero a cuantos les cuesta cada día la jornada! Me siento cansado, ¡pero cuántos cansancios acumulan tantos cuya vida sí que es difícil y complicada! Hoy tengo que convertir este día en una jornada llena de vitalidad,  de ánimo, de alegría, de esperanza, de caridad, de amor. No lo tengo que hacer por mí, tengo que hacerlo ofreciéndolo por todos aquellos a los que hoy les va costar levantarse por los problemas que les pesan, los sufrimientos que les embargan, las pesadumbres que les agobian, por los que no tienen donde llenar las manos de alimentos o de ilusiones, por los que les falta trabajo o alegría, por los que ven hundirse sus negocios oo su trabajo pende de un hilo si no lo han perdido, por los que están solos y no tienen a nadie que les acompañe».

Y me he puesto en pie. La vida es mucho más que mis problemas, mis cansancios, mis agobios, mis dificultades, ¡mi individualismo! La vida es darse y entregarse. Es dar trascendencia a lo que vivimos. Es dar un sonrisa y llenar al otro. Es dar un abrazo y consolar. Es secar una lágrima con el pañuelo de tu amor. Es humanizar la existencia de los que te rodean. ¡Claro que puedo tener problemas pero puedo ponerlos en un lado para acoger los del otro y unidos, darle un sentido de amor!

La vida es convertir lo ordinario, lo pequeño, lo sencillo en algo extraordinario. Basta un gesto, una sonrisa, una mirada, una palabra y todo se hace acontecimiento. Así, todo se abre a la providencia de Aquel que nos enseñó la Buena Nueva de la entrega por amor al prójimo.

Mi referente es un pequeño hogar de un pueblo perdido donde tres personas santas convirtieron aquel espacio en el centro del amor, de la entrega, del silencio, del trabajo santificado, de la convivencia humanizadora, de la oración sencilla con el corazón abierto; un hogar donde el Espíritu rondaba dando sabiduría, inteligencia, fortaleza, vida interior, trascendencia, pureza, ¡vida en Dios!

Esa escuela me enseña a que la vida tiene como horizonte la eternidad y que mis cansancios cotidianos puedo convertirlos en un estadio más para mi crecimiento personal y espiritual.

¡Espíritu Santo, tu lees lo que hay en mi interior, en mi vida, en mi camino; sabes que hoy me he levantado cansado y con pocas fuerzas, desgastado por el agotamiento de ayer y por las cargas de mis agobios! ¡Pero tengo, esperanza, tengo fe, tengo alegría, tengo a la Trinidad Santa que me acoge y no puedo más que dar gracias, que bendecir, que alabar y que seguir adelante! ¡Acudo a ti, Espíritu de Dios, para darme la fortaleza que me falta, el empuje que necesito, la sabiduría para ver las cosas con otra mirada! ¡Me acuerdo, Espíritu divino, como acompañaste a Cristo en sus jornadas agotadoras dándole fuerza para seguir adelante y sobre todo recuerdo como estabas a su lado aquel día capital de su subida al Calvario cargando con la cruz de mis pecados! ¡Me acuerdo como diste a nuestra Madre, la Santísima Virgen, el valor y la fuerza para permanecer a los pies de la cruz y me digo: ven, Espíritu de Amor, ven a mi vida y no me permitas que me queje nunca por mis cansancios! ¡Dame la fuerza para sostener a los que están a mi lado y dales a todos los que amo y a la humanidad entera la fuerza para luchar cada día, para no decaer ni desfallecer antes los cansancios de la jornada! ¡Y que los cansancios de mi jornada no me hagan caer en el desánimo ni en la desesperanza más al contrario que me permitan abrir el corazón para ser testimonio del amor de Dios a loa humanidad entera!  

 El arte de amargarse la vida (y la de los demás)

Conozco una persona que vive en la permanente amargura. En la vida puedes tener alegrías y penas, momentos gloriosos y de gran dolor, días repletos de bondades pero también de infinitas desdichas. Pero cuando tu vida es una permanente amargura es motivo de máster de postgrado. Es el arte de amargarse la vida… y la de los que le rodean.
El arte de amargarse la vida es aquel en que desde las ventanas de la vida todo se observa desde la negatividad. El que lo impregna todo de la queja. El que solo ve lo negativo de los demás. El que únicamente ve la injusticia de las cosas y las situaciones. El que se deleita vomitando su rencor sobre los que le rodean. El que cautiva con sus palabras y sus gestos a los que tiene cerca. El que llena de sentimientos negativos todo lo que subyace en su vida. El que ve en las bondades de la vida una desgracia. El que siempre tiene un pero a lo bonito que acontece. El que siempre tiene una frase cínica que rompe el encanto de una conversación apacible. El que siempre mira al pasado subliminándolo para no aceptar el presente. El que ve en todo lo que sucede en el mundo cosas malas y suerte que está esa persona para poder solventarlo.
Esta inclinación al placer por amargar la vida al prójimo convierte todo lo que le rodea en una perfume de infelicidad. Normalmente estas personas están llenas de rencores, resentimientos, hiel en el corazón y pesadumbre en el alma. Estos elementos se anclan en la vida y hacen que la persona se quede varada en la playa de la vida y a la deriva en el mar de la existencia.
Pero uno no nace con amargura. Nace con el corazón limpio. Son las experiencias propias y el regar el dolor en el corazón lo que te impide gestionar con esperanza y alegría las situaciones de la vida, por muy dificultosas que estas sean. Una persona que no tiene paz interior no puede estar bien consigo misma ni con los demás y entrará siempre en conflicto con todo lo que le rodea y con todos los que le rodean.
Por eso es tan importante una vida de oración, vivir buscando en el interior la paz serena para vivir en libertad, para que no sean las circunstancias las que te posean y tomen posesión de tu vida sino que desde el conocimiento de uno mismo que viene iluminado por el Espíritu Santo te permita caminar en libertad, con esperanza y con amor.

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¡Señor, envía tu Espíritu sobre mí para que me ayude a caminar por la vida siempre con optimismo y esperanza, con el don de la alegría, para ver siempre lo positivo de la vida, la belleza del mundo, la grandeza del corazón humano, la bondad con la que tu te comportas con los hombres, la alegría de caminar por la vida pese a las cruces cotidianas! ¡Envía, Señor, tu espíritu sobre mi para que llene de luz mi corazón y me permita conocerme más con el fin de crecer en bondad, paciencia, alegría, esperanza, humildad, amor, generosidad…! ¡Te doy gracias, Señor, por los dones recibidos, porque me siento tu hijo amado, porque todo es en mi vida una oportunidad para vivir según tu Evangelio y un regalo para caminar en tu presencia! ¡Gracias, Señor, porque me siento protegido por ti, por que vivo recogido por tu presencia en mi vida; eso me hace vivir en el optimismo y en la esperanza! ¡Por eso, Señor, te doy todo mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y mi voluntad porque tu me lo has dado y a ti te lo devuelvo, quiero que hagas de tu amor y de tu gracia un camino para mi santificación! ¡No permitas, Señor, que amargue la vida a los que me protejan y que cuando mi vida se impregne de amargura sea tu Santo Espíritu quien elimine de mi corazón el rencor, el resentimiento o el dolor! ¡Te pido, Señor, por aquellas personas que conozco que viven en la amargura permanente, en la decepción que les duele, por los que les cuesta cambiar, por los que piensan en negativo, por los que acumulan demasiadas decepciones y no pueden asumir la cruz, por los que tienen una visión negativa de tu existencia, por los que sienten que no contratan su vida… Señor, hazte muy presente en ellos para que germine en su corazón la esperanza y a alegría; hazme entonces un instrumento de tu amor para que pueda ser un pequeño instrumento que les llene de tu amor!

Vivir con gozo

La vida se puede disfrutar y gozar de mil maneras. Basta enunciar algunas: el beso cariñoso de tu pareja al iniciarse el día, la sonrisa de tu hijo, la audición de una canción, la lectura de un buen libro, la satisfacción del trabajo bien hecho, la contemplación de un paisaje, con una conversación amena, con un abrazo de consuelo…
Uno de los elementos que me prueban la existencia de Dios es el gozo. El gozo entendido como alegría, satisfacción, júbilo. El verdadero gozo significa que Dios cambia el mundo a través nuestro porque el gozo es imposible sin la existencia de un Dios Amor.
Imagino los siete días de la Creación y a Dios entonando en el momento de dar forma a cada una de sus bellas y perfectas obras —el agua, las montañas, el sol, las estrellas, las aves, los reptiles, el viento, al ser humano a imagen y semejanza suya— cantos llenos de alegría. Me imagino los cantos serenos de los seis primeros días y el canto lleno de amor, de júbilo y de gran gozo del séptimo, la jornada en la que Dios descansó y lo bendijo y santificó todo.
El amor, la alegría, el regocijo, la esperanza… son parte intrínseca y constitutiva de la esencia de Dios porque Dios es Amor, Dios es Misericordia y Dios es alegría, tres conceptos íntimamente relacionados en el ser de Dios.
Una de las frases que más me gustan de san Pablo es aquella que vincula las obras de la carne y el fruto del Espíritu y las pone en este orden: Amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza.
En primer lugar, el Amor que lo engloba todo. La segunda palabra es gozo. El gozo es la alegría de ánimo, es el sentimiento de complacencia al recordar o tener algo que gusta; es cualquier acción que genera felicidad en el ser humano.
No es posible, por tanto, ser cristiano y caminar por la vida con cara agriada, amargada o traspuesta. Los cristianos debemos ir con el rostro limpio, con la sonrisa sincera como signo de identidad, como llevando escrito el mensaje de Jesús a sus discípulos: «alegraos de que vuestros nombres estén escritos en el cielo». ¿Es posible ante tan increíble anuncio que alguien permanezca impasible, vaya con el rostro agriado y no se llene de gozo?
Vivir con gozo debería ser un principio esencial en nuestra vida cristiana. Es, además, un mandato que viene del mismo Jesús cuando dijo que buscásemos la paz en Él; que en el mundo tendríamos que sufrir, que tuviéramos valor, pero que como Él ha vencido al mundo confiáramos. Esto implica que, como cristianos, podemos y debemos disfrutar de todas y cada una de las bendiciones que Dios nos brinda cada día. No quiere decir que las dificultades, los problemas, los obstáculos, las dudas, las frustraciones, los sufrimientos no se harán presentes, significa que contamos con una base sólida para sentir el amor, el gozo y paz interior que viene de Dios y que se manifiesta en cualquiera de las situaciones que vamos a vivir en nuestra jornada.
Mi propósito es caminar por el mundo con el rostro gozoso, con el rostro iluminado con la alegría del cielo, un rostro que manifieste que Cristo vencedor de la muerte, vivo y resucitado en esta Pascua, vive en mí como yo, en mi pobreza y pequeñez, vivo con gozo y alegría en Él, que me lo da todo y porque quien yo quiero darlo todo.

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¡Espíritu divino concédeme la gracia de caminar por el mundo anunciando la alegría del Evangelio, el gozo de sentirme cristiano, amado por el Dios Amor, testimonio de la Buena Nueva del Señor! ¡Espíritu Santo, haz que la alegría del Evangelio que llena mi corazón se manifieste en el gozo de mi vida que me libera de tristezas, de vacíos interiores, del pecado! ¡Haz posible mi encuentro cotidiano con el amor de Dios! ¡Señor, yo quiero seguir tus pasos; dame tu Espíritu para vivir en permanente alegría y con gozo para cantar las cosas bellas que haces en mi, para dar testimonio de ellas! ¡Padre, te doy gracias, te doy infinitas gracias por mis ganas de vivir, por mi gozo de sentirme amado por Ti, por tener la oportunidad de descubrir tu presencia en cada uno de los instantes de mi vida; por hacerte presente en la cotidianidad de mi jornada, de mi trabajo, de mi relación con los que quiero, de mis esfuerzos y quehaceres! ¡Dame la capacidad, Padre, de gozar de la vida, de tu presencia, de ser uno con Cristo, de vivir en unión con el Espíritu, para no perder nunca la esperanza, ni la alegría, ni la capacidad de asombro, ni la gratitud de tener un encuentro diario contigo, de construir mi vida sobre la roca firme de la fe recibida el día de mi bautismo! ¡Dame, Padre, tu Espíritu para encontrar en los rostros de mis próximos tu presencia! ¡Ayúdame a ser testigo del Evangelio de la vida e interiorizar el gozo inmenso de saber que solo hay un camino que es el que me conduce al cielo prometido donde me esperas con el gozo de haberme creado!

Con flores a María (Obsequio espiritual a la Santísima Virgen María)
María, Madre, tú eras audaz, emprendedora, siempre llena de gozo, confiada plenamente en el Espíritu que te acompañó a lo largo de tu vida: enséñame a desconfiar de mí mismo y a poner mi esperanza en el Poderoso que quiere hacer obras grandes en mí.
Te ofrezco: encomendarme al Señor antes de cada actividad que haga hoy y ayúdame a manifestar el gozo de sentirme hijo de Dios.

La escuela alegre de la Pascua

Converso con numerosos clientes que, confinados en sus hogares, están muy preocupados por el devenir de sus negocios, de sus trabajos, de su economía… y de sus vidas. Observo mucha desesperanza en muchos corazones humanos con este terremoto pandémico que ha asolado el mundo.
Trato de confortar a los que se sienten más agobiados y atribulados. Les digo que rezaré por ellos. Y lo agradecen. La mayoría de las respuestas es «hazlo, que falta me va a hacer». A todos los digo lo mismo: «Yo rezaré por ti pero no basta con mi oración, sino que tú también debes orar con ahínco».
Esta actitud de tantos que no creen o tienen desesperanza choca con este tiempo de Pascua, un tiempo que se nos presenta para vivir con una actitud confiada, llena de esperanza y ¡de alegría! ¿De alegría! Sí, vivimos tiempos de incertidumbre. Sí, la crisis es profunda. Sí, el confinamiento no es fácil. Sí, el futuro es gris. Pero creer es confiar. Creer es esperar en la misericordia de Dios. La Pascua invita a la alegría. Y la alegría es un clamor, el canto de los que testimoniamos que el sepulcro de Jesús está vacío porque Él ¡ha resucitado! Esta es la alegría del «aleluya» cristiano.
¡Sí, sabemos que hay dificultades! ¡Sí, sabemos que se perderán muchos empleos, que a muchos les costará llegar a final de mes, que habrá problemas sociales! ¡Sí, sabemos que hay motivos infinitos para el pesar, la desazón y la tristeza! ¡Sí, sí y sí, pero como cristiano debo vivir este tiempo con esperanza, con confianza y alegría! Si no creo de verdad que Cristo ha resucitado, que Él lo puede todo: ¿Qué valor tiene mi existir y mi vida? ¿En qué eslabón coloco mi fe, en la del temor o en el de la confianza!
Como cristiano no puedo tener más afán que ver el lado positivo de las cosas. Si soy cristiano no puedo ser más que transmisor de alegría. Si soy cristiano mi compromiso es con la oración amorosa al Padre. Si soy cristiano debo saber encontrar la alegría en cualquier rincón y en cualquier circunstancia. ¡Ser alegría absoluta! ¡Ser alegría en la prueba de la fe! Esta es la invitación de la Pascua. Cristo ha resucitado no para que el mundo se convierta en un valle de lágrimas sino en un mundo de conquistas esperanzadas y alegres.
¡Jesucristo ha resucitado, en verdad ha resucitado! Si me lo creo, no puede haber lugar para la tristeza, la desazón y el desconsuelo.

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¡Señor, estamos inmersos en una crisis sin precedentes que a muchos tiene desconcertados, sufrientes y doloridos, viviendo sin esperanza! ¡Quiero darles consuelo y alegría para que entiendan que el misterio de tu Pasión pasa por el acontecimiento glorioso de tu Resurrección, expresión máxima de alegría y esperanza! ¡Haz señor que la alegría sea mi seña de identidad frente a los que tengo cerca, para los que se relacionan conmigo, para mostrar que tus nos liberas para vivir con alegría, son sobriedad y con confianza! ¡Ayúdame a ser testimonio convincente de mi fe en Ti! ¡Ayúdame a ser alegría ante las pruebas de la fe! ¡Ayúdame a ser paciente, sensato y sobrio para rezar cada día con el corazón abierto! ¡No permitas, Señor, que bajo ninguna circunstancia la situación que vivimos ahogue mi oración, mi fe y mi esperanza y apague mi relación contigo! ¡Ayúdame a vivir en clave de eternidad, con alegría! ¡Concédeme la gracia de vivir este tiempo de crisis como una oportunidad y hacerlo con alegría! ¡Convierte, Señor, mi oración con el corazón abierto en un vivir cristiano, en autenticidad con los valores del Evangelio, mirando siempre hacia lo transcendente de la vida! ¡No permitas, Señor, que las incertidumbres, los problemas y las dificultades minen mi vida interior, no permitas que jamás la desesperanza anide en mi corazón; y ten compasión de los que sufren y tienen miedo al futuro! ¡Quiero alegrarme siempre en Ti, Señor, y desde Ti transmitir alegría a mi prójimo!

¿Pero qué es ser feliz?

En una larga espera en un aeropuerto deambulo entre librerías disfrutando de las novedades editoriales. Muchos libros todavía no se han traducido en mi país por lo que son una novedad interesante por conocer. Tomo aquellos que me llaman la atención por la portada, o por el autor o por el tema. Leo con atención las contraportadas. Me sorprende un fenómeno. En las librerías de los aeropuertos la mayoría de los libros son novelas o títulos de autoayuda. En la lista de las obras de no ficción más vendidas seis de ellas corresponden a guías de iluminación espiritual, de crecimiento personal y de terapias alternativas que te aseguran él éxito hacia la felicidad… ¿Seguro?
Estas obras de desarrollo personal intentan convencer al lector de que leyéndolas serán capaces de ver sus inquietudes, problemáticas y conflictos con una mirada nueva de una manera directa, práctica, simple y sanadora. Estos títulos surgen porque hay un anhelo del ser humano para alcanzar la felicidad. Eso brota de lo más íntimo del hombre.
¿Pero qué es ser feliz? ¿Lo eres tu, querido lector? La respuesta no es sencilla porque hay tantas respuestas como corazones humanos: ¿Vivir bien? ¿Gozar de salud? ¿Ver contentos a tus seres cercanos? ¿Disfrutar de la vida? ¿No sufrir penalidades o calamidades? ¿Tener un trabajo estable? La pregunta es: ¿Es esta la felicidad verdadera?
Yo me pregunto muchas veces si puedo ser capaz de imitar la felicidad de Jesús, un hombre cuya vida estuvo presidida por las dificultades y que padeció una muerte indigna en la cruz acusado y tratado como un mero delincuente. Y aún así todo Él, como recogen los Evangelios, está impregnado de amor, de bondad, de gozo, de serenidad, de paz interior, de esperanza, de optimismo, de generosidad. Jesús era el paradigma del hombre feliz. El que no tenía nada pero lo tenía todo.
Entonces ¿qué es ser feliz? Es, por ejemplo, ¿creer en la promesa que viene de Dios como hizo María a pesar de las consecuencias que esta decisión comportó en su vida?; ¿es estar atento a la Palabra y confiar en el Señor, como se recita en Proverbios?; ¿es cumplir las prescripciones de Dios y buscarlo con el corazón abierto como canta el bellísimo Salmo 119?; o ¿cuando examinas tu propia conducta y encuentras en ti mismo y no en el prójimo un motivo de alegría y satisfacción como recomienda san Pablo en la carta a los Gálatas?; o como dice san Lucas cuando acogemos la Palabra de Dios y la guardamos en el corazón; o cuando nos alegramos siempre en el Señor, como se recita en la Carta a los Filipenses… Pero la felicidad máxima es una propuesta del mismo Jesús. Es la que Él mismo vivió. Nada tiene que ver con lo material ni lo existencial. No es la felicidad pasajera de las pasiones y del mundo. Es una felicidad en apariencia difícil de lograr pero que llena a espuertas el corazón humano. Es la capacidad de amar y de ser amado. La máxima expresión de la felicidad es sentir que eres amado por Dios y poder darlo a los demás. Y la gran escuela de la felicidad se resume en las Bienaventuranzas. Por eso Cristo fue inmensamente feliz porque su vida no fue más que una completa donación de sí mismo a Su Padre y a los demás. La plasmación práctica de las Bienaventuranzas. Una vida plena impregnada por el amor. Es paradójico pero esta felicidad no se recoge en ninguno de los libros de autoayuda que puedas encontrar en una librería de una ciudad o de una aeropuerto. Pero es la única que te asegura la felicidad.
Yo me pregunto ahora si soy feliz. Y la respuesta es que lo soy. Y no porque mi camino sea un camino fácil ni sencillo. Lo soy porque a pesar de todas las circunstancias siento de manera profunda, cierta y misericordiosa en lo más íntimo de mi corazón el amor que Dios siente por mí. Un amor gratuito y fiel y porque siento también ese amor de Cristo que ha donado la vida por mi, al que puedo recibir cada día en la Eucaristía y me ha donado la Palabra para crecer en mi camino pobre y humilde hacia la gloria celestial. Un camino que me muestra el sentido del amor y me hace entender —y tratar de vivir— aquello del «bienaventurados los…». ¡Y esto me llena de una profunda alegría y felicidad!

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¡Señor, gracias por el legado de la Bienaventuranzas porque me hacen comprender que la felicidad se alcanza desde el amor y con el amor! ¡Gracias por tu mensaje, Señor, por tus enseñanzas, porque me muestran el camino hacia la felicidad del corazón! ¡Gracias, porque me permite comprender que solo puedo ser feliz en una donación total de mi mismo abriendo el corazón a los demás de par en par como hiciste tu en gestos cotidianos de gratuidad y de amor! ¡Gracias, Señor, porque dándome me desquito de las ambiciones, del egoísmo, de la soberbia… para acercarme más a ti y a los demás! ¡Gracias, Padre, por tu amor incondicional, por tu amor misericordioso y paciente, gracias porque siento que camino entre tus manos; gracias porque tu presencia en mi vida me hace sentir paz y serenidad y ser feliz! ¡Gracias, Señor, porque tu presencia en mi vida no permite que nada me altere pese a los problemas y las dificultades! ¡Gracias, Padre, yo creo, adoro, espero y te amo! ¡Señor, hoy me propongo eliminar del corazón todo aquello que me aparta de ti y de los pensamientos tristes, de los lamentos y te alabaré agradeciéndote la alegría que nace de Ti! ¡Y ante las pruebas y problemas recordaré tus promesas que ponen a prueba mi voluntad de alcanzar la felicidad porque contigo nada temo! ¡Hoy caminaré confiado porque tu, Señor, estás conmigo en todos los momentos de tu existencia! ¡Hoy más que ayer quiero mostrar al prójimo que soy feliz porque tu presencia en mí corazón lo impregna todo de felicidad!

 

Navidad, un canto del Amor Divino

La Navidad es para mí como un canto del Amor Divino. Amor Divino el de ese Niño que, recostado en un pesebre, te abre el corazón para recibir la abundancia de su gracia. ¿Cómo es posible que perdamos con tanta frecuencia la capacidad de entender que el amor divino es capaz de transformar y trascender todo en nuestra vida? ¿Por qué nos cuesta tanto confiar en esta fuerza e, incluso, en los milagros que se provienen de ella? Los seres humanos tendemos a dejarnos llevar por la tristeza, la decepción, las dudas, los miedos, los temores, las dificultades, las angustias… todo esto nos invade y cuando se asienta en nuestros pensamientos y emociones frenan nuestro crecimiento interior y bloquean determinados aspectos de nuestra vida.
Pero en Navidad contemplas al Niño recostado en el pesebre, arropado por José y María, y no puedes más que ver al Amor Divino. Amor Divino que es la paz, la alegría, la confianza, la armonía, la fe, el valor, la esperanza, la bondad, la gracia, la libertad, la compasión, la sabiduría, el perdón, la humildad, la unión, el valor, la espera, la misericordia, la sinceridad, la entrega, el servicio, la magnanimidad, el respeto, la sinceridad… cualidades todas ellas del corazón divino de Cristo que llega a nuestro propio corazón cuando se abre a la gracia y rompe lo que nos bloquea y angustia.
El Amor Divino te enseña a amar sin condiciones, a entregarte sin condiciones, a servir sin condiciones, a vivir alimentados de este gran Amor. El Amor Divino te permite reconocer en tu propia alma la profundidad de su trascendencia.
El tiempo de Navidad es el más adecuado para dejarse impregnar de este Amor Divino que, como un rayo, lo llena todo de amor, compasión y alegría. El Amor Divino te permite tomar conciencia de tu realidad y saber que puedes convertirte en ese rayo de esperanza, de amor y de alegría que caliente a todos los que están a tu alrededor. Ese rayo abrasador penetra en el corazón del prójimo y corresponde al Amor Divino abrasar su corazón, su alma y su conciencia por medio de la gracia.
¡Bendita sea la Navidad que nos da la oportunidad de abrir nuestro corazón al Amor Divino manifestado en un niño nacido en un portal!

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¡Niño Jesús, Emmanuel, Dios con nosotros, Dios que salva, ilumíname interiormente y haz que tu luz brille en mi corazón para que disipe toda oscuridad! ¡Envuelve, Niño Dios, tu luz en mi alma para que esté dispuesta alimentarse de Tu Palabra! ¡Dios con nosotros, tu eres la luz que ilumina mi vida porque tu amor es eterno! ¡Tu que habitas, Niño Dios, en el misterio de la luz inefable y has creado la luz, guía mis pasos para convertir mis oscuridades en luz! ¡Niño Dios, que eres la luz que brilla en la oscuridad, inunda mi corazón con tu amor para que a través de tu luz y con la fuerza del Espíritu Santo, caminar en tu luz! ¡Envía tu luz y tu verdad para que resplandezcan en mi alma, porque ya sabes de que soy tierra estéril que necesita de tu luz para dar fruto! ¡Niño Dios, derrama sobre mí las gracias del cielo y haz que llueva sobre esta tierra árida la gracia del Espíritu Santo y las fecundas aguas de la piedad, del amor, de la entrega, de la generosidad para que produzca frutos buenos y saludables en mi entorno familiar, social y profesional!

Domingo de la alegría

Tercer domingo de Adviento, el conocido como el domingo de la alegría. Alegría de la espera. Alegría por la cercanía del Señor, razón de nuestra alegría. Alegría por el encuentro con él en la oración perserverante, alegría por la vida que nos regala, alegría para vivir en permanente agradecimiento por lo que recibimos de Él. Alegría por poder adorar al que va a venir. Alegría por la Redención Prometida. Alegría por la fe.
Y, sobre todo, alegría que proviene del Espíritu Santo que es quien, como a María, nos une a Jesús. Alegría por sentir a Cristo nacer en nuestro interior. Alegría por esa capacidad que nos ofrece el Espíritu Santo para transformar y renovar nuestra vida. Alegría por la esperanza que se abre a nuestro alrededor. Alegría por acoger en nuestra vida la esperanza. Alegría por la serenidad interior que viene de Jesús. Alegría del compartir con el prójimo la cercanía del Niño Dios. Alegría por los dones y gracias que cada día se reciben de Dios. Alegría por la bondad y paciencia que Él tiene con cada uno. Alegría por su infinito y fiel amor.
Alegría porque Cristo es la Alegría. Cristo es el Amor. Cristo es la Esperanza. Cristo es la Misericordia.
Alegría porque caminamos con María, en este tiempo de Adviento, causa de nuestra alegría. ¡Bendito el domingo de la alegría que llena el corazón de esperanza!

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¡Señor, estoy alegre porque ya estás cerca! ¡Estoy alegre, Jesús, porque en unos pocos días celebraremos la Navidad, la fiesta de tu venida, del Dios que se ha hecho niño para compartir nuestra condición humana! ¡Jesús, estoy alegre porque siento en esta cercanía tuya la gran bondad de Dios! ¡Señor, estoy alegre porque siento que nada me puede separar del amor de Dios que se manifiesta en ti!  ¡Señor, estoy alegre pero consciente de que el pecado me aleja de Ti! ¡Estoy alegre, Señor, porque conociendo mi pequeñez y mi miseria no dejas de amarme y tu misericordia me llena! ¡Estoy alegre, Señor, porque soy consciente de que puedo elevarte todas mis peticiones, mis preocupaciones, mis sufrimientos, mis heridas, necesidades y mis súplicas y tu las escuchas siempre, las acoges y las elevas a Dios! ¡Estoy alegre, Señor, porque reconozco en ti tu gran misericordia, tu infinita bondad y tus gracias! ¡Gracias, Señor, por este domingo de la alegría! ¡Concédeme, Señor, la gracia de abrir mi corazón y mi espíritu a la alegría, ir a tu encuentro! ¡Virgen María, que esperaste y preparaste, silenciosa y orante, el nacimiento del Redentor, abre mi corazón a la alegría! ¡Amén!

So this is Christmas, con Celin Dion:

Raíces regadas por agua santa

Abro la Biblia, busco el primero de los salmos para manducar la palabra y leo: «Es como un árbol plantado junto a corrientes de agua, que da a su tiempo el fruto, y su hoja no caerá; y todo cuanto él hiciere, irá en prosperidad».
Y he comprendido la importancia de tomar el agua del Espíritu para producir frutos y el por qué tantas veces, cuando el follaje de mi vida está seco y amustiado, no los produce. ¡Con el agua del Espíritu cuántos frutos daría mi vida! Mi carácter sería más dócil, obediente, disciplinado, benigno, agradable, apacible, tranquilo y dulce. Mis palabras construirían y no derribarían a otros, mi servicio a los demás —que es lo mismo que hacérselo a Dios— estaría más impregnado de amor, mi pasión por proclamar el Evangelio y hablar de Cristo no decairía, mi vida se encaminaría sin titubeos hacia la santidad, corregiría sin herir y asumiría mis responsabilidades con alegría. El contacto con el agua del Espíritu me fortalece y me ayuda a superar las tantas dificultades que merodean por mi vida pero para dar frutos —caridad, alegría, paz, paciencia, generosidad, bondad, fidelidad…— mi interior necesita ser regularmente podado y regado por el agua del Espíritu que inunda mi ser. El bendito viñador realiza su perfecta labor ayudándome a dar fruto, podando lo que sobra y limpiando el interior para que en Él repose el Señor. Cuando mis raíces estén regadas a este agua santa fructificaré haciendo buenos obras.
Dios siempre emplea métodos que funcionan, disciplinas que corrigen y procesos que ayudan. Dios no quiere que caigan mis hojas porque Dios quiere estar presente en mis obras, por muy pequeñas que están sean. El eterno viñador tiene el firme propósito de bendecirme y ayudarme a trabajar mi carácter, mis hábitos y mi personalidad para que germinen hojas verdes y quitarme aquellas que no son buenas y perjudican mi crecimiento como cristiano. Dios, por medio del Espíritu, poda porque ama, para que uno pueda crecer en santidad y dar mejores frutos.

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¡Señor, quiero ser como un árbol de raíces firmes y tronco robusto nutrido por las aguas abundantes de tu gracia sin miedo a que lleguen los momentos áridos de mi vida! ¡Quiero ser, Señor, como un árbol floreciente, de hojas verdes, que se nutren de tu Palabra, de la oración, de la Eucaristía diaria, de la inspiración de tu Santo Espíritu, floreciendo en el jardín de la vida, para dar fruto constante! ¡Señor, quiero ser un árbol de tu jardín, regado por el agua de tu gracia, con hojas siempre verdes que evidencien mi vitalidad y mi ser cristiano, para dar frutos abundantes! ¡Señor, quiero ser un árbol de tu jardín, asentado en la tierra, en la verdad de tu Evangelio, que no caiga cuando soplen vientos tempestuosos y la furia del pecado arremeta contra mi! ¡Quiero, Señor, ser un árbol siempre erguido, con raíces profundas que se sostengan por mi encuentro contigo, por alimentarse de tu Palabra, de la Eucaristía y de la vida de sacramentos, con una fe firme, convencido de la Verdad, que comprende el sentido de las cosas y que se siente libre porque está unido al Amor, a la Verdad y a la Vida! ¡Quiero, Señor, ser un árbol firme regado por tu gracia cuyo principal valor no radica en lo que hace o en lo que tiene, sino fundamentalmente en lo que es! ¡Deseo, Señor, ser un árbol frondoso de tu jardín que hunda sus raíces junto a la corriente del Espíritu, consciente de que sin esta agua de vida no soy nada, que sin tu presencia en mi interior no me basto por mi mismo!¡Concédeme la gracia, Señor, de ser un árbol que de frutos, que nunca me desanime, que aprenda a esperar y a tener paciencia y aceptar siempre tu santa voluntad! ¡Señor, que no me arrugue nunca ante las injusticias, ante los problemas, ante los inconvenientes que se me presenten, ante las batallas perdidas, antes las caídas constantes o ante los fracasos reiterados de mi vida! ¡En tus manos, Señor, me pongo, poda lo que tenga que ser podado y llena mi vida de la gracia de tu Espíritu porque quiero ser un árbol frondoso de tu jardín que de frutos abundantes!